Una carta a Neruda


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Una carta a Neruda

Más de 30 intelectuales cubanos suscribieron esta carta abierta, cuyo texto íntegro publicamos a continuación. En ella se analizan algunos aspectos relacionados con las actividades del poeta chileno.

Compañero Pablo:

CREEMOS deber nuestro darte a conocer la inquietud que ha causado en Cuba el uso que nuestros enemigos han hecho de recientes actividades tuyas. Insistiremos también en determinados aspectos de la política norteamericana que debemos combatir, para lo cual necesitamos de tu colaboración de gran poeta y militante revolucionario.

No se nos ocurriría censurar mecánicamente tu participación en el congreso del Pen Club, del que podían derivarse conclusiones positivas, ni siquiera tu visita a los EE.UU., porque también de esa visita podían derivarse resultados positivos para nuestras causas. Pero, ¿ha sido así? Antes de responder, convendría interrogarse sobre las razones que pueden haber movido a los Estados Unidos, tras 20 años de rechazo, a concederte visa. Algunos afirman que ello se debe a que se ha iniciado el fin de la llamada "guerra fría". Sin embargo, ¿en qué otro momento de estos años, desde la guerra de Corea, un país socialista ha estado recibiendo la agresión física sistemática que padece hoy Vietnam?. Los últimos golpes de estado organizados con la participación norteamericana en Indonesia, Ghana, Nigeria, Brasil, Argentina, ¿son la prueba de que hemos entrado en un período de armónica convivencia en el planeta? Nadie con decoro puede sostener este criterio.

Si, a pesar de esta situación, los EE.UU. otorgan ahora visas a determinados izquierdistas, ello tiene pues otras explicaciones: en unos casos, porque tales izquierdistas han dejado de serlo, y se han convertido, por el contrario, en dirigentes colaboradores de la política norteamericana; en otros, en que sí se trata de hombres de izquierda, como es el caso tuyo, y el de algunos participantes más del Congreso, porque los Estados Unidos esperan obtener beneficios de su presencia: por ejemplo, hacer creer, con ella, que la tensión ha aflojado; hacer olvidar los crímenes que perpetran en los tres continentes subdesarrollados, y los que están planeando cometer, como en Cuba; y, sobre todo, neutralizar la oposición creciente a su política entre estudiantes e intelectuales no sólo latinoamericanos, sino de su propio país. Jean Paul Sartre rechazó, hace algún tiempo, una invitación a visitar los EE.UU. para impedir ser utilizado, y dar además una forma concreta a su repudio a La agresión norteamericana a Vietnam.

Aunque sabemos de tus declaraciones políticamente justas y de otras actividades positivas tuyas, existen razones para creer, Pablo, que eso es lo que ha querido hacerse, y se ha hecho, con tu reciente visita a EE.UU.: utilizarla en favor de su política.

EN ese órgano de propaganda imperialista que es "Life en Español" (título que es toda una definición: un verdadero programa) su colaborador Carlos Fuentes; cuya firma nos ha sorprendido allí, reseña el Congreso al que asiste, bajo el título: "El PEN: entierro de la guerra fría en literatura" (agosto, 1º de 1966). Una de las figuras más destacadas de ese supuesto entierro, se dice, eres tú. De paso nos enteramos también, gracias a ese artículo, de que la mesa redonda del grupo latinoamericano fue presidida por Emir Rodríguez Monegal, a quien Fuentes llama impertérrito "U Thant de la literatura hispanoamericana", y a quien, con igual chatura metafórica, pero con más precisión, cabría llamar "Quisling de la literatura hispanoamericana"; como sabes, a Rodríguez Monegal le ha encomendado dirigir su revista en español, (Después de fallecido "Cuadernos") el Congreso por la Libertad de la Cultura, organismo financiado por la CIA, según informó el propio "New York Times" (edición internacional, 28 de abril de 1966).

Es inaceptable que entonemos loas a una supuesta coexistencia pacifica y hablemos del fin de la guerra fría en cualquier campo, en el mismo momento en que tropas norteamericanas, que acaban de agredir al Congo y a Santo Domingo, atacan salvajemente a Vietnam y se aprestan para hacerlo de nuevo en Cuba (directamente o a través de sus cipayos latinoamericanos).

Para nosotros los latinoamericanos, para nosotros los hombres del tercer mundo, el camino hacia la verdadera liquidación de la guerra (fría y caliente), pasa por las luchas de liberación nacional, pasa por las guerrillas, no por la imposible conciliación. Como la condición primera para coexistir es existir, la única coexistencia pacífica es la integral, de que habló en El Cairo, el Presidente Dorticós: la que garantiza no sólo que no cayeran bombas en New York y Moscú, sino tampoco en Hanoi ni en La Habana; la que permitiera la absoluta liberación de todos nuestros pueblos, los más pobres y numerosos de la Tierra. Aspiramos, como ha dicho Fidel, a un mundo donde la igualdad de derechos prevalezca lo mismo para los grandes, que para los pequeños.

No somos democratacristianos, no somos reformistas, no somos avestruces. Somos revolucionarios. Creemos, con la Segunda Declaración de La Habana, que "el deber de un revolucionario es hacer la revolución", y que, cumpliendo ese deber, y sólo así, nos será dable existir.

Y coexistir es dar fin a todas las guerras.

NO basta con denunciar verbalmente las agresiones, no basta con deplorar, por ejemplo, la criminal guerra de Vietnam: ésta es sólo una forma, particularmente horrible, de la política yanqui. Otros pasos, previos, la han hecho posible. Hay que negarse también a respaldar esos pasos; y, llegado el caso, apoyar a quienes, frente a la violencia opresora, desencadenan la violencia revolucionaria.

La prueba de que los imperialistas norteamericanos entienden que tu viaje les ha sido ampliamente favorable es el juicio manifestado en torno a la visita por voceros norteamericanos, como "Life en Español" y la "Voz de los Estados Unidos".

Si ellos sospecharan que tú habías servido con tu visita a la causa de los pueblos, ¿se hubieran regocijado igualmente?

Por eso nos preocupa que hayan podido utilizarla de este modo.

Que algunos calculadores se presten a ese papel, mediante prebendas directas o indirectas, es entreguismo, pero nada más. Pero que tú, grande de veras en la profunda y original tarea literaria, y grande en la postura política; que un hombre insospechable de cortejar tales prebendas, pueda ser utilizado para esos fines lo creemos más que entristecedor: lo creemos grave, y consideramos nuestro deber de compañeros el señalártelo.

Por si tu visita a los EE.UU. fue utilizada en ese sentido, aunque cabría haber obtenido con ella otros resultados, ¿qué interpretación positiva puede dársele a tu aceptación de una condecoración impuesta por el Gobierno peruano y tu cordial almuerzo con el Presidente Belaúnde?

¿Qué habrías pensado tú, Pablo, el escritor de nuestra América, figura política de nuestra América, de que un escritor se hubiera prestado a que Gabriel González Videla lo condecorara, y que departiera cordialmente con él, mientras tú estabas en el exilio?

¿Hubieras creído que ello fortalecía los nexos entre Chile y el país de ese escritor?

¿Le hubieras concedido a Gabriel González Videla el honor de representar a Chile, mientras tú, por ser auténtico representante de tu pueblo, estabas desterrado?

Por eso no te costará trabajo imaginar lo que en estos momentos piensan y sienten no sólo los desterrados, sino los guerrilleros que, en las montañas del Perú, luchan valientemente por la liberación de su país; los numerosos presos políticos que, por pensar como aquéllos, yacen en cárceles peruanas.

Algunos, como Héctor Bejar, murieron lentamente; los que viven bajo la amenaza de la pena de muerte impuesta en su tierra a los que auxilian a los nuevos liberadores; los seguidores de Javier Heraud, Luis de la Puente, Guillermo Lobatón, cuya sangre se ha sumado a la de los mártires que tú cantaste en grandiosos poemas, ¿aceptarán ellos que el gobierno de Belaúnde, al imponerte la medalla (a sugerencia de la organización que sea), ha podido hacerlo a nombre del Perú? No son esos gobernantes con quienes almorzaste amigablemente, sino ellos, quienes ostentan la verdadera representación del Perú. Así como a Chile lo representan los mineros asesinados, Recabarren, el Neruda que en destierro nos dio el admirable "Canto General", los grandes líderes populares de ese gran pueblo tuyo, y no González Videla y Frei. Este último ha sido escogido por los yanquis como cabeza del reformismo (hasta le dejan mantener relaciones con la URSS), del mismo modo que los gorilas del Brasil, y últimamente de Argentina, son cabeza del militarismo; pero unos y otros, con distintos métodos, tienen un mismo fin: frenar o aplastar la lucha de liberación. No son Perú y Chile quienes fortalecen sus vínculos gracias a esos actos tuyos, sino Belaúnde y Frei, es el imperialismo yanqui.

PORQUE es evidente, Pablo, que quienes se definían con estas últimas actividades tuyas no son los revolucionarios latinoamericanos, ni tampoco los negros norteamericanos, por ejemplo: sino que es propugnar la más singular coexistencia a espaldas de las masas de desposeídos, o a espaldas de los luchadores. Es una coexistencia que se reserva para la pequeña burguesía reformista, los que quieren marxismo sin revolución, y los intelectuales y escritores latinoamericanos negados hasta ahora, humillados, desconocidos y estafados. Los imperialistas han ideado una nueva manera de comprar esa materia prima de nuestro continente que es el intelectual.

Transportada espléndidamente a los EE.UU. es devuelta a nuestros pueblos en forma de "intelectual que cree en la revolución hecha con la buena voluntad y el estímulo del State Deparment".

La situación real de su país no ha cambiado: lo que ha cambiado es la ubicación del intelectual en la sociedad, o más bien su ubicación con respecto a la metrópoli.

Existe en América Latina un estado de violencia permanente que se manifiesta en constantes gorilazgos, el más reciente de los cuales es el de Argentina, represión en Guatemala y Perú, carnicería sistemática en Colombia, masacre de manifestaciones obreras en Chile, "suicidios" de dirigentes gremiales en Venezuela, intervención armada en Santo Domingo, constante estado de amenaza a Cuba. El intelectual latinoamericano regresa a su tierra y declara, engolando la voz; "Ha comenzado la etapa de la coexistencia..." ¡No! Lo que ha comenzado es la etapa de la violencia, social y literaria, entre los pueblos y el imperialismo.

El pueblo sigue hambriento, asfixiado, aspirando a una igualdad social, a una educación, a un bienestar material y a una dignidad que no le dará ninguna declaración en "Life". Se puede ir a Nueva York, desde luego, a Washington, si es necesario, pero a luchar, a plantear las cosas en nuestros propios términos, porque ésta es nuestra hora y no podemos de ninguna manera renunciar a ella; no hablamos en nombre de un país ni de un circulo literario, hablamos en nombre de todos los pueblos de nuestra América, de todos los pueblos hambrientos y humillados del mundo, en nombre de las dos terceras partes de la humanidad. La "nueva izquierda", la "coexistencia literaria" —términos que inventan ahora los imperialistas y reformistas para sus propios intereses, como antes inventaron el de guerra fría para sus campañas de guerra no declarada contra las fuerzas del progreso— son nuevos instrumentos de dominación de nuestros pueblos.

DE la misma manera que la "Alianza para el Progreso" no es más que el intento de neutralizar la revolución latinoamericana, la "nueva política cultural" de EE.UU. hacia América Latina no es más que una forma de neutralizar a nuestros estudiantes, profesionales, escritores y artistas en nuestras luchas de liberación. Robert Kennedy lo admitió claramente en su discurso televisado el 12 de mayo pasado: "Se aproxima una revolución (en América Latina), se trata de una revolución que vendrá, querámoslo o no. Podemos afectar su carácter, pero no podemos alterar su condición de inevitable". ¿Qué lugar van a tomar nuestros estudiantes, profesionales, escritores y artistas en esa revolución cuya inevitabilidad subraya incluso el propio Kennedy?

¿El lugar de freno, de retaguardia acobardada y sumisa?. ¿Está en la línea de nuestra tradición, en la línea de Martí y Mariátegui, Mella y Ponce, Vallejo y Neruda? Kennedy propone, como primer "contraveneno" a esa revolución, a la revolución real y revolucionaria —citamos textualmente—: "El intercambio de intelectuales y estudiantes entre los Estados Unidos y América Latina".

Es un evidente programa de castración, que ha comenzado ya a realizarse. Pero ese "veneno" nuestro, esa violencia, es una violencia sagrada: tiene una justificación de siglos; la reclaman millones de muertos, de condenados y de desesperados; la amparan la furia y la esperanza de tres continentes; han sabido encarnarla entre nosotros Tupac Amaru y Toussaint Louverture, Bolívar y San Martín, O'Higgins y Sucre, Juárez y Maceo, Zapata y Sandino, Fidel Castro y Che Guevara, Camilo Torres y Fabricio Ojeda, Turcios y los numerosos guerrilleros esparcidos por América cuyos nombres aún no conocemos.

Queremos la revolución total: la que dé el poder al pueblo; la que modifique la estructura económica de nuestros países; la que los haga políticamente soberanos; la que signifique instrucción, alimento y justicia para todos; la que restaure nuestro orgullo de indios, negros y mestizos; la que se exprese en una cultura antiacadémica y perpetuamente inquieta: para realizar esa revolución total, contamos con nuestros mejores hombres de pensamiento y creación, desde México en el norte hasta Chile y Argentina en el sur.

Después de la revolución cubana, los Estados Unidos comprenden que no se enfrentan a un continente de "latinos" ni de infrahombres, que se enfrentan a un continente que reclama su lugar en el mundo, y lo reclama con violencia y para ahora, como Sus propios negros, los negros norteamericanos.

Después de la revolución cubana, los que de la misma manera "descubrieron" que a nuestro continente le hacía falta la reforma agraria, "descubrieron" también que teníamos una literatura de verdad. El último paso de ese descubrimiento lo han dado al proponer comprar (o al menos neutralizar) a nuestros intelectuales, para que nuestros pueblos, se queden, una vez más, sin voz. Y ya no se trata de personajes desacreditados, como Arciniegas. Y como Arciniegas y compañía quemaron a los liberales-conservadores, a los reaccionarios, a los agentes de la primera hornada. Ahora tienen que hablar en términos de "izquierda" con hombres de "izquierda", porque si no fuera así no serían escuchados más que por los peores círculos reaccionarios. Está la búsqueda de quienes, pretendiendo hablar a nombre nuestro, presenten la revolución y la violencia como cosa de mal gusto. Y encuentran, pagando su precio, a los insensatos, a esos colaboracionistas, a esos traidores.

Nuestra misión, Pablo, no puede ser, de ninguna manera, prestarnos a hacerles el juego sino desenmascararlos y atacarlos.

TENEMOS que declarar en todo el continente un estado de alerta; alerta contra la nueva penetración imperialista en el campo de la cultura, contra los planes "Camelots", contra las becas que convierten a nuestros estudiantes en asalariados o simples agentes del imperialismo, contra ciertas tenebrosas "ayudas" a nuestras universidades, contra los ropajes que asume el Congreso por la Libertad de la Cultura, contra las revistas pagadas por la CIA, contra la conversión de nuestros escritores en simios de saltón y comparsas de coloquios yanquis, contra las traducciones que, si pueden garantizar un lugar en los catálogos de las grandes editoriales, no pueden garantizar un lugar en la historia de nuestros pueblos ni en la historia de la humanidad.

Algunos de nosotros compartimos contigo los años hermosos y ásperos de España; otros, aprendimos en tus páginas cómo la mejor poesía puede servir a las mejores causas. Todos admiramos tu obra grande, orgullo de nuestra América. Necesitamos saberte inequívocamente a nuestro lado en esta larga batalla que no concluirá sino con la liberación definitiva, con lo que nuestro Che Guevara llamó "la victoria siempre".

Fraternalmente :

Alejo Carpentier, Nicolás Guillen, Juan Marinello, Félix Pita Rodríguez, Roberto Fernández Retamal, Lisandro Otero, Edmundo Desnoves, Ambrosio Fornet, José Antonio Portuondo, Alfredo Guevara, Onelio Jorge Cardoso, José Lezama Lima, Virgilio Pinera, Samuel Feijoo, Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, Fayad Jamis, Jaime Sarusky, José Soler Puig, Dora Alonso, Regino Pedroso, José Zacarías Tallet, Ángel Augier, Carlos Felipe, Abelardo Esterino, José Triana, Mirta Aguirre, Miguel Barnet, Jesús Díaz, Nicolás Dorr, César Léante, Antón Arrufa, Gavriela Pogelotti, Riñe Leal, José R. Brene, José Rodríguez Foc, Humberto Arenal.

Responde Neruda

Queridos compañeros:

POR infundada, me extraña profundamente la preocupación que por mí ha expresado un grupo de escritores cubanos.

Los invito a tener en cuenta no sólo las especulaciones y mutilaciones de mis textos por cierta prensa yanqui, sino con mucho mayor razón la opinión de los comunistas norteamericanos.

Ustedes parecen ignorar que mi entrada a Estados Unidos, al igual que la de escritores comunistas de otros países, se logró rompiendo las prohibiciones del Departamento de Estado, gracias a la acción de los intelectuales de izquierda.

En Estados Unidos y en los demás países que visité mantuve mis ideas comunistas, mis principios inquebrantables y mi poesía revolucionaria. Tengo derecho a esperar y a reclamar de ustedes, que me conocen, que no abriguen ni difundan inadmisibles dudas a este respecto.

En Estados Unidos y en todas partes he sido escuchado y respetado sobre la base inamovible de lo que soy y seré siempre: un poeta que no oculta su pensamiento y que ha puesto su vida y su obra al servicio de la liberación de nuestros pueblos.

Por mi parte, tengo una inquietud más realista que la de ustedes por la forma en que se están tratando diferencias que van más allá de mi persona.

Me permito llamarlos a ahondar en este hecho y a poner el acento en la responsabilidad mutua por el mantenimiento y desarrollo de la necesaria unidad antimperialista continental entre los escritores y todas las fuerzas revolucionarias.

Una vez más expreso a través de ustedes, como lo he hecho a través de mi poesía, mi apasionada adhesión a la revolución cubana.

Fraternalmente.— (Fdo.) PABLO NERUDA.

...y otra respuesta

"Compañero Pablo:

PRECISAMENTE por tu condición de comunista y poeta revolucionario nos dirigimos a ti, ante acciones que indudablemente fueron aprovechadas por nuestros enemigos. Tu respuesta no menciona los problemas fundamentales abordados en nuestra carta. Alude, en cambio, a las deformaciones de tus textos por cierta prensa yanqui que ni siquiera tomamos en cuenta, ya que nos atuvimos a hechos concretos: tu relación con Belaúnde y el beneficio que los imperialistas derivaron de tu viaje.

Te escribimos porque apreciamos con criterio bien realista, y en su inmenso valor, la verdadera "unidad antimperialista"; unidad que va más allá de cualquier persona, se expresa en las luchas de liberación de nuestros pueblos y en la coherencia entre los principios y las acciones, y afecta al destino de nuestra América toda.

Estamos seguros de que tomarás en consideración los puntos que te expusimos. Te instamos cordialmente a aceptar la invitación que tenías para venir a Cuba en enero próximo lo que nos permitirá hablar entre compañeros sobre estas cuestiones, y sobre la manera eficaz de hacer frente, en el campo cultural, a la nueva ofensiva yanqui.

Fraternalmente".


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02