Un objetivo para las elecciones


Análisis

Un objetivo para las elecciones

Punto Final Nº 16
2ª quincena Noviembre de 1966

Una nueva elección nacional está planteada en el país. En el mes de abril del año próximo hay que renovar los municipios; pero, el problema ya está convertido en cuestión central para las direcciones de los partidos de izquierda, por encima del reclamo acerca de los reajustes salariales, de la lucha contra la vida cara y de otras agudas cuestiones nacionales e internacionales, al centro de los cuales está la guerra del Vietnam. Las tendencias electoreras reviven alarmantemente en el seno del movimiento popular, sin que se pare mientes en la necesidad de acuñar un planteamiento político claro para que la contienda próxima tenga por lo menos, un contenido agitativo que ponga término a la pasividad y a los intentos democristianos de adormecer a las masas.

Es preciso comprender que el electoralismo nacional ni siquiera es una enfermedad de nuestra democracia. Es un régimen connatural del statu quo, es uno de los recursos del partidismo acomodado para que periódicamente se suceda un reparto de centros de poder, sin alterar el sistema. En cierta proyección histórica, es una especie de secuela revivente del parlamentarismo. En términos municipales, inequívocamente es una tendencia al disfrute de una parte de la autoridad. Mientras la social democracia radical estuvo en el poder, las municipalidades fueron fuente de acrecentamiento del poder del partido gobernante. Durante los gobiernos de Ibáñez y de Alessandri, la renovación de los municipios fue un escape benevolente que dejó la burguesía para, que los partidos tuvieran una expresión inofensiva y de este modo el verdadero poder permaneciera imperturbable en manos de sus eternos detentores. Al surgir la agresiva Democracia Cristiana, la situación ha cambiado de forma: pero no de carácter. Los democristianos, conscientes que su afianzamiento en el poder no es fume, ni siquiera piensan como los radicales que los municipios podrían darle un mayor sustento. Por eso, con la habilidad propia de toda burguesía, que teme a la clase obrera, al pueblo y a sus reacciones, maniobraron audazmente en contra de la institución municipal, presentando al Congreso un proyecto para trasladar el poder comunal a las "organizaciones comunitarias" con el propósito de controlarlas férreamente desde arriba a través de la llamada Promoción Popular. En realidad inventaron el más ingenioso y demagógico de los recursos para que se acreciente en el país un régimen clientelar y de subgobiernos, donde la Oposición, cualquiera sea su carácter, no pueda tener peso.

FALTA DE ALTERNATIVA

El plan democristiano no alcanzó a prosperar, se enredó en el Congreso. Las masas, sin embargo, entienden bien poco lo que ha ocurrido, por cuanto la izquierda en su conjunto no tuvo unidad frente a este problema y hasta ahora no formula una política clara de alternativa. El proyecto democristiano sólo sir. vio para que esta ausencia de claridad frente a los métodos y los objetivos creara mayor confusión y mayores contradicciones en las filas de izquierda. Los socialistas estuvieron por el rechazo total de la idea de legislar y los comunistas, en cambio, preconizaron la aceptación de las ideas fundamentales del proyecto, ilusionados en montarse en el caballo de batalla de los democristianos y hacer explotar su demagogia. Como estas divergencias se ahondaron, los dos partidos debieron entrar a discutir y a buscar puntos de conciliación. En el seno de los dos partidos han ejercido presión elementos influyentes que aún tienen ilusiones en torno a la derruida institucionalidad municipal. No obstante, hasta el momento, ni una ni otra colectividad han hecho planteamientos claros ni definitivos frente a este problema. Eso se explica, porque incuestionablemente el régimen municipal está en grave crisis; pero, la cuestión no reside allí. El problema no es pura y separadamente municipal. La crisis es de todo el sistema. En el fondo las presiones económicas y políticas del imperialismo han ido demoliendo todo vestigio de democracia en la institucionalidad latinoamericana. La muerte de la comuna autónoma es una parte de esa demolición.

Lo que la Izquierda tiene que decidir, frente al problema de la institucionalidad vigente es si se contenta con ser la izquierda del sistema o realmente optará por convertirse en una fuerza empeñada en romper el esquema actual. En este último caso no puede actuar con criterio de acomodo en los centros de poder sino como un ariete contra las estructuras vigentes y para ello debiera trasladar al centro de la campaña electoral los problemas más apremiantes.

La elección municipal próxima ha sorprendido desgraciadamente a la Izquierda sin haber alcanzado a clarificar métodos ni objetivos, sin que tenga hasta ahora la posibilidad de presentar una política; posición por cierto, bastante débil frente a la demagógica actitud de la burguesía democristiana, que anda ofreciendo el oro y el moro a las poblaciones, juntas de vecinos, etc., en un decidido propósito de extender la acción clientelar.

¿ABSTENCIÓN?

El Comité Central del Partido Socialista abrió un debate sobre esta materia y hubo dirigentes y organismos importantes, como el Comité Regional de Santiago, que propusieron lisa y llanamente la abstención. ¿Fue esa una proposición descabellada e irrealista? ¿Es la abstención condenable en todos los casos? El marxismo-leninismo y los verdaderos revolucionarios jamás condenaron la abstención de manera absoluta. No obstante, una abstención no puede plantearse en frío, y mucho menos si no hay condiciones determinadas por la correlación de las fuerzas de clases y la situación general del país. Lenin la preconizó frente a la renovación de la Duma y los revolucionarios de Sierra Maestra la utilizaron con buenos resultados como recurso de lucha en la etapa final del proceso revolucionario que condujo al pueblo a la toma del poder en Cuba.

El planteamiento abstencionista de importantes núcleos del socialismo, por tanto, debe ser examinado como una expresión más de que en la Izquierda hay crecientes sectores que se sienten asqueados ante las tendencias parlamentaristas, municipalistas y tramitacionistas de aquellos que sólo piensan en conquistar posiciones en los centros de poder del sistema vigente, creyendo que ésa es la manera de fortalecer los partidos. Hablan muy fuerte a favor de los cambios de fondo y por la ruptura de las estructuras actuales, pero sin ser capaces de comprender que a la lucha por cambios verdaderos hay que ponerle brazos y piernas, porque sólo impulsando a las masas a la lucha es posible liquidar la pasividad, la falta de confianza en sus propias fuerzas y las tendencias al abandono de toda perspectiva realmente renovadora y revolucionaria.

Embarcada la Izquierda en la campaña municipal, sería muy cómodo atenerse a los hechos consumados; pero, existe el imperioso deber político de impedir que caigamos en una nueva jornada meramente electorera y por ello creemos que es preciso librar una campaña de discusión y de esclarecimiento para que junto a la campaña electoral tomen cuerpo algunas ideas más dinámicas y desde luego más políticas que la pobre consigna propagandística: "Por más regidores..." Si la consigna "Por más regidores ..." fuera un mero recurso propagandístico mal concebido y equivocado, podría observarse una actitud benevolente y hasta pasar el asunto por alto; pero, en realidad, ella está mostrando un problema de inmadurez política, de limitación o de sub-desarrollo ideológico que debe ser puesto en evidencia. Está mostrando, también, una actitud direccional contra la cual es preciso reaccionar, porque eso significa que al militante o al elector sólo se le pide confiar en el poder del partido, no se le educa para la acción.

EL ACOMODO

Por cierto que es conveniente que los partidos de izquierda se fortalezcan: pero, no de cualquier manera. Innegablemente, entre algunos dirigentes predomina el criterio de que el poder partidario se vitaliza en el Parlamento, en los Municipios y en el seno de la institucionalidad. Honestamente creen que desde esas posiciones los partidos están mejor ubicados para estimular la lucha de masas; pero, la práctica ha demostrado que lo que debía constituir el aprovechamiento de la institucionalidad burguesa para impulsar la acción transformadora, ha servido, por inmadurez política, para subestimar el rol de las masas y reemplazarlo por el trámite parlamentario, municipal o ministerial, por la negociación por arriba. De este modo se ha ido produciendo un alarmante acomodo de las organizaciones llamadas a jugar un papel revolucionario.

Los problemas cardinales de la vida social sólo pueden resolverse sobre la base de la lucha de clases y de ningún modo sobre la base de la conciliación política. La única manera de alterar la correlación de las fuerzas de clase es haciendo actuar a las masas. Sin despreciar la conveniencia de aprovechar el Parlamento y todos los aparatos de la institucionalidad en un momento dado, los revolucionarios se convierten en social demócratas si se dejan dominar por el juego de fuerzas en los centros de poder, sean éstos Parlamento, municipios, etc. Significaría caer en los errores que derrumbaron al antiguo Partido Demócrata, en el vicio de los radicales y de la propia Democracia Cristiana. Eso es lo que los marxistas denuncian como el "cretinismo parlamentario". En el caso actual habría que hablar del "cretinismo municipal".

Los partidos de izquierda deben suprimir la consigna "por más regidores ...". Es el pueblo el que decidirá si los partidos se hacen acreedores a más regidores; pero, para ello, es preciso presentarse con ideas y proposiciones claras.

Fernando Murillo Viaña.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02