Jaime Castillo, el "bonzo" del PDC


Puntillazos

JAIME CASTILLO, el "bonzo" del PDC

EL Ministro de Tierras y Colonización, Jaime Castillo Velasco, es un hombre curioso. Quizás el más curioso en la vasta colección de curiosidad del Gobierno demo-cristiano. Junto a la exultante personalidad de Germán Becker Ureta, por ejemplo, "condotiero" de la publicidad, la figura del Ministro Castillo Velasco resulta polvorienta, ajada como un miriñaque sepultado en el cajón del que asoman toda clase de asesores raros (pero bien pagados), Ministros que "van en la parada", tecnócratas de nuevo cuño, panfletistas de ideas cortas y empresarios que cultivan el mamonismo de la nueva clase instaurada en el país.

Pero es injusta la visión del público sobre el Ministro Jaime Castillo. El tiene sus gracias, no se crea. Es "ideólogo", rector del pensamiento democristiano, jefe espiritual de un movimiento en que la sal y la pimienta la ponen otros, más brillantes, o más vivos. Pero él es el gran productor de la boñiga anticomunista que destila "La Nación". Es su mérito.

El "ideólogo" apenas si aceptó, después de muchos remilgos, una cartera ministerial. Dicen que rechazó otras "pegas", embajadas, vicepresidencias, etc. Con un espíritu de Fray Andresito se conformó con un bocadito, un Ministerio, nada más.

No se crea que fue por amor a los honores. Eso no, nunca. El "ideólogo" es austero, incorruptible. Sólo consintió en hacer tan señalado favor por un motivo altruista: vigilar, en la intimidad del Gobierno, la marcha del régimen que, según Radomiro Tomic, deberá soportar el país durante 35 años.

Y ahí está de Ministro. Humilde, modestito, como siempre. Porque Jaime Castillo no aspira a un primer plano. Apetece las sombras detrás del trono. Es consueta de un Gobierno que no repara en gastos de saliva en la producción torrencial, en masa, de palabras que, encadenadas por la ambigüedad y la contradicción apenas disfrazan la indigencia espiritual del régimen.

El Ministro Castillo es guardador del templo democristiano. Está a su cargo la custodia del arca de la doctrina. Revueltos con papiros y mamotretos que conservan el secreto del "comunitarismo" y demás utilería esotérica aún no explicada al pueblo, Jaime Castillo guarda sus colecciones de revistas hípicas. Porque es un turfman, un aficionado —humildemente— al deporte de los reyes. Sabe tanto de hípica como de marxismo. Y las más de las veces los confunde. Lo primero es su pasión secreta, lo segundo su afición declarada que practica golosamente en las páginas de la prensa oficial. Ya sea con su nombre o como "Abel Marchenoir" (renuncia trapense a la vanidad), Jaime Castillo escribe, pontifica y majaderea sobre marxismo. A Lenin lo trata como a un pour sang en su intento de probar que si viviera en Chile, sería democristiano. Lo curioso es que el "ideólogo" con esta táctica de golpear primero y seguir pegando (también fue boxeador), logra atemorizar a algunos contendores. Los envuelve en sofismas, los hace caer en contradicciones, y termina burlándose —cristianamente— de lo que él cree incapacidad de sus adversarios, pero que, en realidad, sólo es temor de ellos de hablar francamente y de proclamar la hermosa verdad revolucionaria del marxismo-leninismo, antítesis del dogmatismo, la conciliación y el oportunismo.

Pero de Ministro e "ideólogo" oficial del régimen —un Versailles como el actual necesitaba también un "ideólogo" además de un bufón, un pianista, un purpurado y demás cortesanos—, Jaime Castillo ha devenido, lamentablemente, en "bonzo". Es el monje rapado y de túnica amarilla de la DC. Cargado con su colección de revistas hípicas, sus libros mal digeridos de marxismo, sus insoportables y latosos artículos y su escudilla con citas de las encíclicas, está edificando una pira en cuya cima terminará sentándose con la cajita de fósforos y la respectiva lata de gasolina.

Es el destino inevitable de un "ideólogo" que no ha podido, siquiera, llegar a una formulación inteligible del "comunitarismo".

Bonzo y cancerbero de la doctrina democristiana es el más acreditado testigo del hundimiento de ella en la práctica. Se refugia todavía en un Instituto de Estudios y en una revista que se pretende sea la suma y compendio de esa abstrusa ideología, especie de "cálmalotodo" de una burguesía aterrorizada. "Política y Espíritu", la revista que dirige Castillo, es el espejo de su pensamiento. Anticomunista de cepa (fue a la URSS y a China. pero dejó escritos en Santiago los artículos "objetivos" atacando a los regímenes que lo invitaron), Castillo concede tribuna de honor en su revista al Secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert McNamara, carnicero del sudeste asiático, para que hipócritamente hable de "las bases de la paz". Castillo Velasco no olvida sus viejos e interesados compromisos con el Congreso por la Libertad de la Cultura, el adocenado organismo financiado por Estados Unidos.

Y ahí tenemos, por fin, reunidos al Ministro Castillo, convertido en "bonzo", y a McNamara, que ha llevado al suicidio a tantos monjes budistas en Asia. Sólo falta el episodio final: cuando el bonzo impregna sus ropas con gasolina y enciende el fósforo...

MACAUREL


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02