Regreso a la Arcadia


Regreso a la Arcadia

Ediciones Punto Final. Nº 12
Santiago de Chile, Septiembre de 1966.

“Vivo en la Siberia del Ogro”, declaró Gilberto Concha a un diario de la tarde el jueves 14, pocos momentos después de que supo que Juvencio Valle había obtenido el Premio Nacional de Literatura (5 mil escudos para 37 años de dedicación poética). El Ogro al que aludía Gilberto Concha, funcionario de la Biblioteca Nacional ("me queda una eternidad para jubilar: cuatro años"), no es otro que Guillermo Feliú Cruz y la Siberia, el tercer piso, por Moneda, de la Biblioteca, a donde el poeta-funcionario fue relegado hace ya unos cuatro años.

Juvencio Valle, seudónimo que esconde al ciudadano Gilberto concha Riffo, tal vez dio la mejor definición de su poesía al decir: "Estoy empecinado en producir belleza, la belleza de la naturaleza chilena. Es una labor de exaltación en un lenguaje sencillo, que pueden entender hasta los niños". Se podría decir entonces que Valle es un poeta bucólico, un "poeta vegetal", como alguna vez lo definiera Pablo Neruda. El paisaje sureño, húmedo y murmurante, ha sido su preocupación fundamental, una preocupación que se inaugura en 1929 con La flauta del hombre Pan y que ha permanecido inalterable a lo largo de toda una obra que Luis Sánchez Latorre, Alfonso Calderón, Mario Ferrero, Yolando Pino Saavedra y Eugenio González encontraron como la más estimable para que obtuviera el Premio en su edición 1966.

Aunque Juvencio Valle es un hombre de izquierda, perfectamente definido, su poesía no ha trascendido a lo que comúnmente se conoce como "lo social"; su producción se ha quedado asordinada en la tranquilidad de una naturaleza que pareciera inalterable. "El ha pedido que no lo hagan marchar en fila, que lo dejen sobre un cerro para que lo acaricien el sol, la lluvia, los pájaros, el viento, el alba", escribe un anónimo comentarista de la pagina editorial de El Mercurio. Y agrega: "Esto es lo que trajo Juvencio Valle: contemplación, ensimismamiento, o, mejor dicho, enajenación en el paisaje y en la vida que bulle y tiembla en arbustos, follajes, riachuelos y largos y solemnes ríos de un sur tejido de bosques y de .profundas aguas". No es culpa, desde luego, de Juvencio Valle que su poesía encuentre tan ancha acogida en el gusto mercurial, pero sería ocioso desconocer, para decirlo francamente, que ha sido la versificación que siempre han ponderado los que quieren institucionalizar un arte "puro", descomprometido e idílico.

No se puede negar que Juvencio Valle merecía el Premio Nacional desde hace ya mucho tiempo; el jurado, esta vez, ha obrado con estricta justicia ("la poesía es lo más importante en la literatura chilena", dijo Sánchez Latorre), eso hay que reconocerlo plenamente. Tampoco se puede entrar a discutir las predilecciones de un poeta: la libertad de creación es una de las manifestaciones más inalienables del espíritu. Se puede, eso sí, discutir el contenido de una producción literaria conforme a una escala de valores o medidas intrínsecas que el mismo lector puede formarse. Y esa facultad nace solamente de "gustos predominantes de cada época", como dice Galvano della Volpe en su Crítica del gusto.

En Juvencio Valle la necesidad interior, tal vez imperiosa, de reflejar en su poesía las vivencias que le eran más caras, más íntimas y sugerentes, tiene una irreprochable continuidad, lo que está demostrado, por otra parte, en cada uno de sus libros. En una época como la nuestra en que la poesía se vuelca hacia lo pop y lo que otros llaman lo camp (el gusto por el mal gusto en las grandes ciudades), el peso bucólico de Juvencio Valle, que no es de ahora, que se proyecta desde hace tantos años, tal vez resulte anodino para las actuales generaciones. Razón ha tenido Carlos Fuentes al señalar que "ya no tenemos Parnasos del espíritu ni Arcadias del buen gusto: estamos metidos hasta el cogote en la carrera de las ratas, estamos tan sometidos como cualquier gringo o francés al mundo de las competencias y los símbolos de status, al mundo de las luces neón y los Sears-Roebuck y las lavadoras automáticas y las películas de James Bond y los tarros de sopa Campbell. Murió la Graciosa Epifanía del Arte. Vivimos en sociedades modernas, maltratadas, inundadas de objetos, de mitos y aspiraciones de plástico y aluminio".

Por eso en estos años la poesía de Juvencio Valle (ese hombre que vive en la Siberia de la burocracia) suene un poco como un regreso arcádico, como la búsqueda absoluta en la naturaleza, en donde no ha penetrado aún este mundo alienado y mistificado de las grandes ciudades. Es un remanso en medio de las grandes convulsiones sociales, políticas y artísticas. Es el reencuentro con un lenguaje sencillo ("que pueden entender hasta los niños") en un mundo que tecnifica el idioma, en que la incomunicación es algo más que una simple alegoría pensada por Antonioni. Todo eso, desgraciadamente, y ya no es posible hacer retroceder el tiempo, no enternece ni deslumbra a las nuevas generaciones, a los miles de hombres y mujeres que sólo han conocido un "horizonte de cemento", que se entretienen en los billares eléctricos (flippers), que tratan de comprender la guerra de Vietnam o de descifrar los vericuetos del pop-art.

Tal vez Juvencio Valle sólo tenga pupilas asombradas para mirar esta civilización de antenas de TV y minifaldas. El prefirió quedarse en su Arcadia poética.

Carlos Ossa


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02