Peñas" y ¿mercaderes?


Peñas" y ¿mercaderes?

Ediciones Punto Final. Nº 12
Santiago de Chile, Septiembre de 1966.

FOLKLORE

Siete "peñas" en Santiago, una en Valparaíso, en Viña del Mar, en Concepción, en Chillán, en Temuco y otras que se nos escapan, constituyen un elocuente aspecto de un saludable despertar colectivo hacia la música popular y folklórica de nuestra tierra, que todos hemos aplaudido.

Tanto de público como de intérpretes. Un refugio para los que siempre han sentido "hambre" en relación a nuestro rico acervo musical —autóctono o con carta de ciudadanía, pero igualmente folklorizado—, ya fuera para oírlo, para verlo o para interpretarlo.

Un sitial que permitiera a los artistas antiguos no perder su contacto con el público y a los nuevos darse a conocer, unos y otros casi sin escenarios en un ambiente semi-idiotizado por un cancionero foráneo, insulso, ridículo e intrascendente.

Un lugar para los amigos extranjeros a quienes queremos mostrar —con cierto orgullo— algo típico nuestro que estaba faltando, y que no lograban suplir la alfarería de Pomaire, los chamantos de Doñihue, las espuelas chillanejas o los tallados pascuenses.

Un centro de reunión popular y familiar —a la manera de las "peñas" argentinas y uruguayas— donde la mayoría de los chilenos pudiéramos aprender por fin nuestras danzas tradicionales.

Un escenario, asimismo, para "cantoras", payadores, "puetas" y otros depositarios de un folklore en estado puro.

No bastaban tampoco las loables y acosadas presentaciones de "Aún tenemos música, chilenos" de José María Palacios, de "Chile ríe y canta" de Rene Largo Farías y las ocasionales de Raquel Barros, Manuel Danneman y Calatambo Albarracín.

Lamentablemente, gran parte de estas ilusiones han resultado trizadas o rotas. Tales objetivos, si es que alguna vez se consideraron en la medida que lo estamos planteando, han sido frustrados o distorsionados.

Es curioso cómo la avidez del comerciante suele en algunos casos crecer y madurar junto a la sensibilidad del artista, formando una extraña simbiosis. Y es precisamente ese espíritu de mercader —del cual no sólo el artista es responsable— el que está amagando seriamente esta magnífica iniciativa de las "peñas" folklóricas.

No todos —menos aún un obrero o un campesino— pueden gastar cinco escudos en la entrada, y, si quieren comer o beber algo, invertir tres escudos en una empanada, dos escudos en una "mistela" (pariente lejana de la auténtica mistela) o cinco escudos por un magro "anticucho".

Esto en cuanto a la cuestión culinaria.

En cuanto al ambiente, ¿por qué tiene que ser un local estrecho, maloliente, lleno de humo, mal iluminado, a la manera de las "caves" existencialistas o de los centros de arte "pops" para turistas con dólares? ¿Es que se piensa que tales deben ser los requisitos obligados para lograr una intimidad de fogón, cuando a lo mejor no sean sino la antesala del "snobismo" y de la "exquisitez"?

El folklore pertenece al pueblo. Verdad de Perogrullo. Y si es del pueblo, hay que estar devolviendo permanentemente lo que se tomó prestado, buena o malamente recreado, pero devolverlo al fin. Y las "peñas" —la mayoría, desgraciadamente— no parecen ser los lugares más indicados para ello, tal como están en la actualidad.

Por eso es que los artistas de las "peñas" folklóricas tienen que ser consecuentes con esta deuda hacia el patrimonio popular. No es compatible con un artista honrado seguir las aguas de aquellos que industrializaron Pomaire y Quinchamalí o tienen legiones de mapuches tejiendo chamantos a ritmo "taylorista" en las reducciones de Temuco.

Muchos artistas están conscientes de esta deuda con su pueblo y hacen cuanto pueden para saldarla en parte, participando en festivales populares, en escuelas, estadios y poblaciones. Pero algunos "divos", no. Ellos, no. Ellos tienen "su" público y se consagran exclusivamente a él. Olvidan, reniegan de esas presentaciones populares y gratuitas que contribuyeron a formarlos, a hacerlos conocidos, a consagrarlos.

Y para no negarse abiertamente, apelan a compromisos artísticos —supuestos o no— a los que podrían faltar —es su argumento— siempre que fueran bien recompensados. Y ponen tarifa: tantas canciones, tantos escudos.

Naturalmente, los artistas folklóricos tienen perfecto derecho —un derecho justo y legítimo— a ganarse la vida con su arte. Total, es su profesión. Y la vida para ellos es difícil y dura en un medio donde el folklore —la más olvidada y relegada de las categorías artísticas por parte de los sectores oficialistas— "no es comercial", como alegan ciertos empresarios.

Es cierto. Pero también es cierto que una cosa es ganarse la vida con el folklore y otra muy distinta lucrar y además distorsionar los objetivos de una misión artística que, tratándose como es de un patrimonio del pueblo, debe tener, ante todo, la esencia de un apostolado. Aún creemos que es tiempo para enmendar rumbos.

Mario Cerda Gutiérrez


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02