Nueva orientación de las luchas gremiales


Informe especial

Nueva orientación de las luchas gremiales

EL RESULTADO de los últimos conflictos laborales ha sido desfavorable para los gremios afectados y para la clase trabajadora, en general. Tal es el caso de la huelga de los obreros y empleados de la Gran Minería del cobre, de los campesinos de Colchagua, de los profesores y del personal del Banco de Chile, para citar las más recientes.

No sólo no han logrado imponer sus justas reivindicaciones económicas, sino que han tenido que regresar a sus faenas, con la excepción de los maestros, dejando a sus dirigentes procesados, desaforados o exonerados. El descabezamiento, la mutilación de los sindicatos, ha pasado a ser habitual al término de las huelgas. Estos hechos, que revisten extraordinaria gravedad y tienen consecuencias muy negativas para el desarrollo de las luchas sociales, deben preocupar muy seriamente al sector asalariado, sea que esté o no sindicalizado.

Es indispensable y urgente analizar los métodos de lucha de la clase trabajadora, sus instrumentos y armas de combate, las finalidades o metas perseguidas, la naturaleza y potencialidad del enemigo que se debe enfrentar, y los propósitos que éste tiene.

Nada puede ser más perjudicial para el futuro de la clase trabajadora que evitar la autocrítica, negarse a reconocer los fracasos, tratar de convencer a la opinión pública y a la masa asalariada que se ha ganado cuando se ha perdido, idealizar el desenlace de cada conflicto, y, sobre todo, persistir en un camino errado. Para buscar y encontrar la estrategia adecuada, el movimiento gremial y sus dirigentes deben desprenderse de todos los prejuicios, consignas, esquemas, orgullos y susceptibilidades y encarar la verdad descarnada, tal como es y no como quisiéramos que fuera.

La huelga es y sigue siendo el arma principal de lucha de la clase trabajadora en este régimen capitalista. Pero, naturalmente, sus efectos y resultados dependen de la habilidad de quienes la usan, de la convicción y decisión de quienes la emplean, de la oportunidad en que acuden a ella, de la fuerza numérica de los que la empuñan, de la moral de los combatientes, de los objetivos que se persiguen en cada batalla y de que los trabajadores tengan claridad sobre cuál es la meta final que quieren alcanzar.

Esto último es lo más importante, porque determina el énfasis y grado de combatividad de las luchas sociales. Tener claridad sobre las metas significa saber con precisión cuáles son los móviles y propósitos políticos que movilizan a los asalariados. ¿De qué se trata?, debe preguntarse cada trabajador. ¿Se trata de mantener el régimen capitalista, basado en el dominio de la tierra, de las industrias, de los bancos, de los medios de producción, de las riquezas naturales de Chile por los latifundistas, los banqueros, los monopolios, los empresarios, los norteamericanos? ¿Se trata de conservar un sistema económico basado en que la inmensa mayoría del país —los campesinos, los obreros, los empleados— trabaje en beneficio de un puñado de explotadores que profitan y se apropian del fruto de su esfuerzo y de su sacrificio y sólo les entregan a aquéllos, que son los auténticos creadores y productores de la riqueza, una migaja, apenas lo estrictamente indispensable para su subsistencia y a veces menos que eso? ¿Se trata de mantener la situación actual en que los yanquis nos roban, nos despojan de nuestro cobre, de nuestro salitre, de nuestro hierro, de nuestros minerales radioactivos, y se quedan con miles de millones de dólares que nos podrían servir para industrializar al país, dar trabajo a todos los chilenos y elevar las condiciones de vida de toda la población?

Y cada trabajador debe responderse: No se trata de eso. Lo que pretendemos es destruir hasta sus cimientos este régimen económico y social, en que no sólo el poder económico, sino que también el poder político está en manos de un grupo minúsculo privilegiado. Queremos colectivizar la tierra y entregarla a los campesinos, nacionalizar los bancos y socializar los medios de producción, hacer a Chile dueño y usufructuario de sus riquezas nacionales, eliminar los monopolios y conquistar el poder político para el pueblo.

Cada trabajador debe decirse: No nos hacemos ninguna ilusión sobre las posibilidades que nos ofrece este régimen. En él nunca podremos obtener salarios justos, ni bienestar. Los capitalistas nacionales y extranjeros, los patrones, los empresarios y el gobierno, que los representa y respalda, nunca nos darán lo necesario para llevar una existencia digna. Siempre habrá una excusa: que las ventas no son suficientes, que la producción no ha aumentado, que las utilidades son escasas, que los índices del alza del costo de la vida están falseados, que las empresas norteamericanas exigen más dólares, que los banqueros yanquis imponen la congelación de los salarios para prestarnos plata.

En consecuencia, cambiar el régimen debe ser la gran perspectiva política de la clase trabajadora. Y es de acuerdo con ella que debe trazar su estrategia.

Esto implica que la clase trabajadora no debe ser despolitizada, sino que lo más politizada posible. La despolitización de la clase ásala riada sólo favorece a sus enemigos, que se aprovechan de ella para dividirla, mellar su combatividad, transformarla en soporte del sistema capitalista. En vez de alejar a las masas de la política, hay que acercarlas a ella cada vez más y adoctrinarlas con más dedicación. A las masas y a sus dirigentes.

Si esa es la perspectiva y la meta de la clase trabajadora, las huelgas también deben ser políticas, porque son combates destinados a debilitar al adversario, a los latifundistas, a los monopolios, a los banqueros y al Gobierno.

Esto significa que la huelga no debe limitarse sólo a los planteamientos estrictamente reivindicativos económicos inmediatos, que debe desarraigarse definitivamente de las luchas sindicales el "economismo", sino que debe proyectarse hacia la gran aspiración política de la clase trabajadora. No hay que alentar la ilusión de las masas trabajadoras en que sólo a través de la huelga con fines reivindicativos o que mediante la satisfacción transitoria de sus reivindicaciones dejarán de ser explotadas o mejorarán sus condiciones. Los planteamientos políticos deben acompañar siempre a los estrictamente económicos. O sea, los campesinos no deben conformarse con pedir un salario mínimo más alto, o la reducción de la jornada, o el pago de sus asignaciones o un pedazo más de tierra. Lo fundamental es cambiar la estructura agraria, confiscar o expropiar la tierra, liquidar el latifundio y la clase que lo posee. Los trabajadores del cobre no deben considerar suficiente el reajuste de sus salarios, o la construcción de viviendas humanas, de escuelas u hospitales, sino que deben plantear la nacionalización de las minas. Los empleados bancarios no pueden conformarse con que los bancos les den una pequeña tajada más de sus suculentas y multimillonarias utilidades, sino que deben exigir su socialización para liquidar uno de los pilares del capitalismo y la tenebrosa asociación del capital monopolista, industrial y financiero que representan, etc.

Justamente, porque la clase trabajadora no se ha trazado ninguna perspectiva política o una muy limitada, existe la tendencia a frenar las huelgas y a la conciliación, incluso mucho antes de que estén agotadas todas las posibilidades de lucha. No puede haber conciliación con los enemigos de clase, ni con los sectores políticos que los representan, ni con el Gobierno que los defiende. Aplacar la lucha de clases importa favorecer a los capitalistas. La experiencia de este último tiempo lo demuestra. Mientras más contemporizan los trabajadores, más prepotentes, soberbios y abusadores se tornan los capitalistas. Mientras menos agresividad y combatividad exhiben los gremios, más duro e implacable es el trato que reciben de los dueños del capital y del Gobierno.

En definitiva, porque no hay una perspectiva política clara, ni de la vanguardia política, ni del propio movimiento gremial, se teme agudizar la lucha en vez de impulsarla responsablemente. Lo único que se ha logrado con esta conducta tímida y pusilánime es que se golpee y se desarticule, que se desoriente y se atemorice al movimiento gremial. No podemos quedarnos impasibles mientras se agrede con violencia inusitada a la clase trabajadora y se destruyen las organizaciones de masas.

No hay que ilusionar a las masas tampoco con un supuesto espíritu paternalista del Gobierno y del sector empresarial.

El enemigo es poderoso e inteligente. Quiere dividir a la clase trabajadora para debilitarla aún más. Quiere adormecerla, otorgándole minúsculos beneficios, demagógicos e incapaces de resolver los problemas de fondo de los asalariados. Quiere controlarla, para que no se agite contra la injusticia social y deje disfrutar de su vida a los antiguos y a los nuevos ricos. Quiere silenciarla, para que no proteste contra el saqueo del país por los norteamericanos, y contra la explotación creciente de los monopolios. Quiere amedrentarla, para que no se atreva a rebelarse contra el orden estatuido.

Porque el adversario es fuerte y astuto, hay que saberlo enfrentar. No hay que dar las batallas en el momento y en el terreno que desee el enemigo, sino en las condiciones que convengan a la clase trabajadora.

No hay que dejar entregada la lucha a la improvisación. Es necesario preparar las huelgas en sus más mínimos detalles. Asegurarse y promover la solidaridad física y económica, gremial y política. Hay que terminar con las batallas aisladas, porque le convienen al Gobierno y a la oligarquía, y son desastrosas para los trabajadores. Los gremios deben entender que cada huelga no es asunto ajeno, sino propio. Porque de la suerte que corran sus compañeros dependerá más tarde la suya propia y el resultado de la guerra final.

Ningún gremio debe volver nunca más al trabajo dejando abandonados a sus dirigentes. La agresión en contra de ellos es un ataque a toda la organización gremial y a todos y a cada uno de los trabajadores. La defensa de los dirigentes debe ser tanto o más implacable que la de los propios pliegos de peticiones. Porque ningún ejército y tampoco el proletariado podrá librar y ganar batallas sin jefes o con dirigentes apatronados u oficialistas, que a la menor oportunidad están dispuestos a entregar un movimiento.

La experiencia se ha encargado de probar reiteradamente que los actuales métodos, que el estilo, la estrategia y las perspectivas del movimiento gremial chileno son equivocados y han terminado por encajonarlo.

Hay que reaccionar con prontitud para clavar la bandera victoriosa del proletariado. Esta es una tarea colectiva e impostergable.

Jaime Faivovich


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02