La lucha armada en América Latina

DOCUMENTOS
Suplemento a la edición Nº 31 de PUNTO FINAL
Segunda quincena de julio de 1967,
Santiago, Chile.

LA LUCHA ARMADA EN AMERICA LATINA
Por CARLOS ALTAMIRANO

El texto de este apartado corresponde a la versión de la conferencia pronunciada por el senador Carlos Altamirano, miembro de la Comisión Política del Partido Socialista, al regreso de la visita a Cuba de una delegación oficial del PS chileno, que encabezó el secretario general de esa colectividad, senador Aniceto Rodríguez Arenas, y que integraron Altamirano y el secretario nacional de organización del PS, Adonis Sepúlveda.

AMERICA Latina, gran nación deshecha en veinte repúblicas, tiene una superficie de 21.000.000 de kilómetros cuadrados y 240.000.000 de habitantes. El orden burgués y la explotación imperialista "están cautelados por 1.200.000 guardias nativos de ejércitos profesionales al servicio del Pentágono.

Vietnam del sur tiene una superficie de 170.000 kilómetros cuadrados y 14.000.000 de habitantes. A pesar de la fantástica desproporción de fuerzas —600.000 rangers norteamericanos y 30.000 millones de dólares al año de gasto—, el sistema occidental, cristiano y capitalista de vida, no ha logrado ser impuesto en vietnam por las potencias cristiano-capitalistas.

Si lograra materializarse la gran consigna lanzada por el comandante Ernesto Guevara, de vietnamizar América Latina, para mantener igual proporción de fuerzas, en consideración a la extensión del territorio y al número de habitantes, serían necesarios más de 15.000.000 de soldados yanquis en tierra latinoamericana.

Cómo derrotar a los ejércitos profesionales nativos y a sus tutores armados yanquis, guardianes del sistema de vida capitalista en esta zona del hemisferio, es el gran dilema planteado a las vanguardias políticas continentales.

Cuba —socialista y revolucionaria— nos entrega su respuesta clara, audaz, optimista y desafiante. Pretendo plantear, en forma por demás esquemática, la estrategia concebida por Cuba para lograr liberar a nuestros pueblos de la implacable explotación imperial, del hambre, del analfabetismo, del retraso y del subdesarrollo.

REVOLUCIÓN EN LA REVOLUCIÓN

En primer lugar, debo reconocer el profundo impacto sicológico y político que nos produce Cuba. Allá logramos entender por qué Debray dio a Su ensayo el título de: "¿Revolución en la Revolución?". En Cuba, en estos instantes, se vive una revolución en la revolución: el escenario, los actores, los temas y la trama, del gran drama histórico latinoamericano, han cambiado radicalmente.

La estrategia y las tácticas de las vanguardias políticas, hasta ahora utilizadas, han sido sometidas a una profunda revisión y a una implacable critica dialéctica.

En primer lugar, el escenario en que nosotros estamos acostumbrados a actuar, es el de nuestros respectivos pequeños países: el escenario chileno, el escenario argentino o el de Brasil; incluso para Cuba, el escenario era Cuba. Hoy día, el escenario donde se representa el gran drama continental es América Latina. No son más sus estados compartimentos.

Los actores, los antiguos actores de la vieja y gastada comedia continental, han sido desahuciados definitivamente. Los Haya de la Torre, los Betancourt, los Figueres, los Frondizzi y los Frei, todos ellos, ya no tienen vigencia en el proceso histórico desatado por Cuba. Los unos por ineptos e incapaces, los otros por traidores y vendidos al statu imperialista.

Nuevos nombres ocupan el firmamento político continental, todos hombres jóvenes: Fidel Castro, Che Guevara, Camilo Torres, Douglas Bravo, Fabio Vásquez, Marulanda, César Montes, Yon Sosa, Hugo Blanco, son los auténticos protagonistas del gran acto histórico iniciado en nuestro continente, como ayer fueran Bolívar, Sucre, San Martín u O'Higgins.

Los temas y la trama de la historia también se están escribiendo de manera distinta. Sería como comparar una vieja tragedia clásica de Shakespeare con un moderno drama de Ionesco.

Nosotros, formados en la vieja escuela del teatro clásico, aún continuamos hablando de alianzas políticas, de pactos electorales; en Cuba, nadie habla de alianzas políticas, ni de pactos electorales; ellos preguntan por los frentes guerrilleros.

Aquí nosotros hablamos de partidos políticos, allá ellos hablan de ejércitos del pueblo.

A la antigua lucha electoral y pacifica ellos contestan con un audaz llamado a la lucha armada, revolucionaria, en escala continental.

A las vanguardias de clase (de obreros y campesinos civiles) ellos oponen las vanguardias militares (de obreros y campesinos guerrilleros).

Para ellos, político revolucionario es el que se hace en el combate guerrillero, de la sierra o de la montaña, no el que se forma en la lucha municipal, sindical, o en los pasillos parlamentarios.

Político revolucionario es el que lucha por establecer un poder revolucionario para desde allí realizar auténticos cambios revolucionarios. No son políticos revolucionarios los que aspiran a mantener o restablecer hipotéticas garantías individuales dentro de farsas democráticas representativas.

En Cuba, lógicamente no interesa una victoria electoral o el resultado de una huelga general; les preocupa sí, intensamente, la conquista de nuevas posiciones en las montañas del Bachiller, en Venezuela o en el frente armado de Falcón, en ese mismo país.

En síntesis, en Cuba se está viviendo otro universo conceptual e ideológico; se escuchan otros temas; otros son los actores, protagonistas del rico y explosivo proceso histórico continental ya en marcha.

Explicar, aunque "sea someramente, la nueva estrategia de lucha planteada por Cuba para enfrentar a los imperialistas, es la tarea que me he propuesto.

LA LUCHA ES CONTRA EL IMPERIALISMO

En primer lugar, el supuesto esencial sobre el cual descansa esta estrategia, es que la batalla por la libertad de América, básicamente, debe librarse contra el imperialismo norteamericano. El es el enemigo número uno. Estados Unidos se ha convertido no sólo en el centro y líder del capitalismo monopolista mundial, sino también en su defensor y ejecutor armado. Las burguesías latinoamericanas y sus gobiernos títeres son simples lacayos del imperialismo.

Ninguna de ellas puede subsistir sin la ayuda financiera norteamericana y sin el apoyo militar y policial del Pentágono y de la CIA. El retiro del apoyo financiero, económico y militar yanqui, significaría la inmediata caída de las castas gobernantes latinoamericanas. Ellas y ellos lo saben. Por eso, también, el imperialismo se torna cada vez más agresivo e instruye a los gobiernos títeres de América para adoptar formas comunes de lucha para derrotar la insurgencia espontánea y masiva de los más vastos y variados sectores de obreros, campesinos y estudiantes latinoamericanos.

A esta estrategia común del imperialismo debe oponerse una estrategia común de los revolucionarios.

A la fuerza interamericana de paz de los reaccionarios, debe responderse con la fuerza armada guerrillera, continental, de los revolucionarios.

El imperialismo está actuando coordinadamente. Su cuartel general es el Pentágono y la CIA. Sin embargo tiene el cinismo y la desvergüenza de condenar la proyectada unidad de las vanguardias políticas revolucionarias latinoamericanas, expresadas en la OLAS.

En el hecho, la fuerza interamericana "de paz" ya ha sido creada y está en plena acción. Nuestro propio gobierno, con su acostumbrada hipocresía, la niega en el derecho, pero la justifica y la acepta en los hechos. Los altos mandos del ejército chileno concurrieron el año pasado a una reunión conjunta de todos los ejércitos, en Buenos Aires.

En estos mismos instantes los servicios de inteligencia militar de Chile y de América Latina están congregados en Bogotá para estudiar "los métodos para afrontar la constante subversión guerrillera comunista-castrista en el continente". Así dice el cable. El gobierno chileno no lo ha desmentido.

Y a esa misma hora y fecha, los altos mandos de las fuerzas aéreas de Chile y del continente se reunieron, con iguales finalidades, en Caracas.

Cerca de 35.000 oficiales de los ejércitos profesionales latinoamericanos, entre los cuales lógicamente se cuentan los chilenos, se adiestran anualmente en Panamá, en la lucha antiguerrillera norteamericana.

Chile —año a año— realiza operaciones "Unitas" con la armada y el ejército yanqui, y las armadas y los ejércitos de otras naciones de esta zona del hemisferio.

En consecuencia, nadie puede negarlo. El gobierno de Chile está integralmente comprometido en esta monstruosa conspiración reaccionaria, militarista, de yanquis y de gobiernos títeres, para aplastar los movimientos populares, revolucionarios latinoamericanos.

Por eso la lucha es fundamentalmente contra el imperialismo. Sus objetivos son claros y precisos. Por una parte, aspira a integrar las economías de nuestras naciones a sus grandes consorcios monopolistas, financieros, industriales y comerciales, a través del llamado "mercado común"; y por otra, pretende integrar nuestros ejércitos y los aparatos represivos de la burguesía, al Pentágono, a través de la "Fuerza interamericana de Paz". Así, rápidamente, estamos marchando hacia la "portorriqueñización" de América Latina.

En Cuba no hay dudas acerca de que el imperialismo será derrotado en Vietnam. Al respecto, quiero recordar brevemente la inolvidable entrevista sostenida con el embajador del Vietcong en La Habana, quien ratificó su fe absoluta, inquebrantable, en la victoria final sobre el imperialismo. No deja de impresionar hondamente escuchar a un hombre pequeño, armado de la vieja calma y cortesía oriental, expresar con suma tranquilidad, sin el menor asomo de jactancia: "Nosotros vamos a ganar; los norteamericanos nos han invadido con más de 600.000 hombres, dotados de todos los armamentos más modernos, incluso han recurrido a la guerra química y bacteriológica; este año 1967, van a elevar el contingente a 1.000.000 de soldados, y según nuestras informaciones, en el curso de los próximos años pueden llegar a disponer de 3.000.000 de soldados. Sin embargo, no nos derrotarán. Nosotros también estamos en condiciones de oponer un contingente similar de hombres para repeler la criminal invasión extranjera."

En cuba se piensa que la derrota del imperialismo en Vietnam, necesariamente los va a obligar a replegarse sobre su "patio trasero", indudablemente apretarán aún más la soga puesta al cuello de América Latina. Por eso la lucha será más dura y será más larga, pero siempre será victoriosa.

Y por eso, también, la inmensa importancia que atribuyen a la lucha del pueblo vietnamita. Este año lo llaman "año del Vietnam heroico", y en todos sus actos, en sus emblemas de agitación, en sus banderas de lucha, destacan en forma muy particular la heroica gesta escrita por este pequeño país en su lucha a muerte en contra de la potencia más poderosa y criminal de la tierra.

También tuvimos oportunidad de extendernos, en nuestra conversación con Fidel Castro, sobre las consecuencias económicas del imperialismo, como siempre, presentó una visión nueva, original y personal sobre este tema. Hablábamos de lo que significa para nuestros pueblos el saqueo imperialista. Con alguna costumbre un tanto cansadora, recordábamos cifras acerca de lo que los norteamericanos nos roban: 2.000 a 2.500 millones de dólares anuales. La respuesta de Fidel vino rápida, en la forma simpática y sencilla con que él lo sabe hacer: "mira, chico, lo más importante no son los 2.500 millones de dólares que nos roban; si de mi dependiera, haría un trato con estos imperialistas; quédense con los 2.500 millones de dólares; pero no impidan el progreso y el desarrollo en América Latina. Ellos son los guardianes de un sistema que mantiene el retraso, la miseria y el estagnamiento. Esto significa para América Latina mucho más de 2.500 millones de dólares anuales. Haríamos un buen negocio si ellos se quedaran con los 2,500 millones de dólares; pero, en cambio, nosotros pudiéramos hacer progresar a nuestros pueblos a través de auténticos cambios revolucionarios."

LA LUCHA ES CONTINENTAL

En segundo lugar, supuesto también esencial de esta estrategia, es que la lucha por la emancipación debe darse —conjuntamente— en el plano continental.

Para Cuba está claro que ningún país podrá, independientemente, conquistar su plena soberanía. La lucha de cada pueblo, es la lucha de todos, y la victoria de uno, asegura y afianza la victoria de todos. En buenas cuentas se reivindica la vieja estrategia bolivariana: la lucha deberá librarse —al igual que en el siglo pasado— en todo el amplio y vasto escenario hemisférico.

Indudablemente, surge una inmensa similitud entre estas dos egregias figuras latinoamericanas: Bolívar y Fidel Castro. Si bien el marco histórico en que actúan es totalmente diferente, la grandiosa tarea propuesta los iguala en su noble finalidad: independizar y unir en una sola gran nación a América Latina.

Bolívar fue el hijo romántico de una revolución democrático-burguesa; en cambio, Fidel Castro es hoy el símbolo vivo y dinámico de una revolución proletaria y marxista.

Simón Bolívar combatió por la independencia política de nuestras naciones, inspirándose en los grandes Ideólogos del siglo XVIII y en el ejemplo de la Revolución Francesa.

Fidel castro construye la primera sociedad socialista en América Latina, adoptando como filosofía la concepción "marxista-leninista" y basándose en el ejemplo de la victoriosa revolución bolchevique de la Unión Soviética.

Las grandes batallas que dieron la Independencia política a América Latina, en el siglo pasado, no sólo fueron ideológicas, fueron fundamentalmente armadas. La independencia de la metrópoli española se conquistó en los campos de batalla de Boyacá, en Colombia; de Carabobo, en Venezuela; de Maipú y Chacabuco, en Chile; de Junín y Ayacucho, en Perú.

Igualmente, las grandes batallas libertadoras de hoy se están dando en las montañas del Bachiller y del frente de Falcón, en Venezuela; en Ñancahuazú y Camiri, en Bolivia; en el frente "Camilo Torres", en Colombia.

Y para Cuba todos estos frentes, guerrilleros y armados, deben responder a una estrategia común, de manera tal, que sea un solo gran frente de liberación el que se ramifique a lo largo de nuestro continente y el que enfrente victoriosamente al imperialismo.

Para Cuba, evidentemente, la emancipación de nuestros pueblos no se logrará a través de los cauces pacíficos.

Ellos desechan esta vía en las relaciones internacionales dominantes en nuestro continente. El imperialismo la ha negado, y de hecho impone su "manera de vivir" por la vía armada. En consecuencia, la libertad de los pueblos de América Latina será fruto de su propia lucha: será producto de grandes combates armados librados por nuestras naciones.

LA LUCHA ES ARMADA

La lucha debe ser armada. El imperialismo no será derrotado por la vía pacífica. Al imperialismo no se lo derrotará con buenas palabras o conquistando el poder por la vía electoral. En definitiva, el enfrentamiento final entre imperialismo y revolución se decidirá en el campo armado.

Por esto, cuba no cree que sea posible trasplantar mecánicamente la política de la co-existencia pacífica a nuestra realidad continental.

Para ellos, la política exterior de la Unión Soviética "cabalga en un error estratégico"; en cambio, la política internacional de China "cabalga en un error táctico".

Esto quiere decir que la concepción general de la Unión Soviética para enfrentar los grandes problemas internacionales es equivocada; no así su conducta táctica, la cual es alabada sin reticencias por los cubanos. Aún más, están profundamente reconocidos de la ayuda soviética y del respeto absoluto mantenido por esta nación frente a las decisiones del gobierno cubano.

En cambio, los lineamientos generales de la política internacional china serían más justos, pero tácticamente se habrían manejado con torpeza y con falta de diplomacia, lo que les habría enajenado la amistad de más de un país socialista.

Según Cuba, las condiciones objetivas y subjetivas para promover procesos revolucionarios en nuestros países, están dadas. "No son condiciones las que faltan —dicen—, sino revolucionarios".

Además piensan que para que esta lucha se dé en condiciones estratégicas adecuadas, es necesario dar cima a la gran aspiración del comandante Guevara, concretada en un mensaje enviado a la Tricontinental, cual es: "Vietnamizar América Latina. Tres, cuatro o cinco Vietnam en América.

Muchos y grandes focos de lucha armada y guerrillera en nuestros países. Esta es la consigna de la hora presente."

Sobre el particular, es importante recordar las palabras de Fidel Castro dichas en su último discurso, en relación con esta materia:

"Condenemos la agresión imperialista a Vietnam, condenemos los crímenes que los imperialistas yanquis cometen contra el Vietnam, y condenémoslos con todas nuestras fuerzas y nuestros corazones; pero condenemos desde luego los futuros Vietnam en América Latina. Condenemos desde hoy las futuras agresiones imperialistas en América Latina."

En este párrafo no sólo se expresa la profunda solidaridad del pueblo de Cuba por la heroica lucha del Vietnam, sino también la completa seguridad de que América Latina marcha rápidamente hacia una situación similar, donde estallarán muchos Vietnam, y por eso Fidel castro se adelanta a exigir el apoyo y la solidaridad internacional socialista a los futuros Vietnam latinoamericanos.

Y agrega más adelante:

"¿Qué pensarían los revolucionarios vietnamitas si nosotros enviáramos delegaciones a Vietnam del Sur a tratar con el gobierno títere de Saigón? ¿Qué pensarían los que están luchando en las montañas de América cuando con los títeres del imperialismo de este lado del continente, con los títeres de futuras agresiones e intervenciones yanquis en este continente, desde ya buscáramos estrechar relaciones?"

Aquí Fidel Castro dirige una directa y no disimulada crítica a la actitud de la Unión Soviética en el caso concreto de Colombia. Como se sabe, allí la Unión Soviética mandó una delegación comercial y diplomática a estrechar vínculos con el gobierno de Lleras Restrepo, y el mismo día que llegaba la delegación soviética a Bogotá, el gobierno de Colombia ordenaba detener a todo el Comité Central del Partido Comunista. Para Fidel Castro este problema es claro. La Unión Soviética no debiera prestar ayuda comercial o económica a aquellos gobiernos que están en guerra con sus pueblos, expresados en las vanguardias guerrilleras, populares, antimperialistas. Para Cuba el gobierno de Lleras Restrepo es un gobierno títere; el gobierno de Guatemala y el gobierno de Brasil, los gobiernos de la gran mayoría de nuestras repúblicas, son gobiernos títeres, son gobiernos puestos por la CÍA y mantenidos por los yanquis. Y tienen razón. Nadie puede ignorar que en Colombia, el señor Lleras Restrepo apenas concitó el apoyo del 25% del electorado nacional. Para qué referirnos a las ominosas dictaduras militares imperantes en el 90% de los países latinoamericanos.

No hay dudas para Cuba. La lucha se decide en el campo armado, la lucha se decide en un nivel continental, y la lucha debe tener un carácter fundamentalmente antimperialista.

LA LUCHA ARMADA DEBE ADOPTAR LA FORMA DE GUERRA DE GUERRILLAS

La lucha armada debe adoptar las formas propias de la guerrilla, y el significado concedido a esta lucha armada guerrillera es muy otro del que nosotros podríamos atribuirle. Aquí, nuevamente, nos encontramos frente a una innovación, profunda y radical, hecha a la antigua ortodoxia clásica.

La primera experiencia exitosa, la toma del poder por la clase trabajadora, fue el resultado de una lucha de masas, en progresivo ascenso, la cual culminaba en una insurrección general armada urbana, la que a su vez permitía destruir el poder burgués.

Así sucedió en la Unión Soviética. Pero para Cuba, por razones distintas, el proceso en América Latina se ha dado en orden inverso. O sea, es la lucha guerrillera la causa desencadenante del proceso político revolucionario; es la lucha armada la que da origen a la acción política consecuente. No es la acción política propiamente tal la que culmina en una insurrección armada.

Al respecto, me remito a la definición dada por Régis Debray, sobre lo que se ha entendido, tradicionalmente, por conquista del poder a través de la lucha de masas:

"Las masas obreras y campesinas reclaman en todas partes el socialismo; pero no lo saben todavía. Hay que despertar, pues, la espontaneidad latente de los trabajadores. Para obtener ese fin, la guerrilla no es la forma más elevada de la lucha revolucionaria; hay que instalar en la base el doble poder, es decir, llamar a la formación de comités de fábricas y comités campesinos, cuya proliferación permitirá al fin constituir la Confederación Única de Trabajadores; esta Confederación, a través de la insurrección instantánea y general de la montaña y la ciudad, será el instrumento de la toma del poder. El trabajo de agitación debe, desde ahora, aspirar a desatar huelgas y manifestaciones obreras. En el campo, a constituir sindicatos campesinos, proceder a la invasión de las tierras; organizar insurrecciones localizadas que, poco a poco, van en la ciudad con la consigna de revolución socialista. Los trabajadores deben, desde ahora, paso a paso, tomar el control de los medios de producción. Después, alzarse directamente contra el poder del Estado, en el acto, sin intermediarios y destacamentos especializados. La revolución partirá de las luchas económicas existentes o latentes, que se agudizarán hasta convertirse en insurrección de masas. Se pasa directamente de la acción sindical a la insurrección."

Esta sería, en palabras de Debray. la estrategia clásica de toma del poder, la cual se dio en forma más o menos concreta en la Unión Soviética. Pero piensa Cuba que no es posible repetirla en nuestros países.

Además, la estrategia de Cuba difiere de lo que pudiéramos llamar la estrategia clásica en cuanto a la distinta valoración que se da a la "coyuntura histórica".

Nadie puede olvidar que la "coyuntura histórica" que favoreció determinantemente la victoria de la revolución bolchevique de octubre fue la derrota zarista en la primera guerra mundial.

Según Cuba, no es necesario esperar con paciencia musulmánica el advenimiento espontáneo y natural de esas "coyunturas históricas"; no es necesario, por ejemplo, esperar una gran e hipotética crisis económica del universo capitalista, para incitar a las masas a la lucha armada; no es tampoco necesario que sobrevenga una guerra mundial atómica entre la Unión Soviética y los Estados unidos, o entre China y los Estados Unidos, para que de sus cenizas surja el movimiento revolucionario latinoamericano.

Si bien no es posible crear estas condiciones "coyunturales", es posible acelerarlas, y aún más, es posible llevar a la victoria los movimientos populares, sin que existan "coyunturas históricas" tan favorables como las que se dieron en otros países donde han triunfado revoluciones socialistas.

Además, la lucha armada debe adoptar la forma de guerrillas, por las condiciones —táctico-militares— extraordinariamente favorables que éstas reúnen para enfrentar ejércitos profesionales, inmensamente superiores en número y mucho mejor armados. No me voy a extender sobre estos problemas, más bien de carácter militar. Lo que sí puedo asegurar, es que el ejército libertador de Cuba, en el momento en que logró reunir el mayor número de revolucionarios, juntó 1.000 guerrilleros. Y con 1.000 guerrilleros derrotó a 50.000 soldados batistianos. Esa fue la correlación de fuerzas: uno a cincuenta.

Aún más, para Cuba la lucha guerrillera tiene tal supremacía militar sobre otras formas de lucha, que el propio presidente Dorticós, con el cual también conversamos largamente, nos contó los graves problemas que tuvo que enfrentar el gobierno cubano para exterminar las guerrillas contrarrevolucionarias, adiestradas y financiadas por los norteamericanos, establecidas en la región de Escambray, a pesar de tener el ejército revolucionario cubano una larga y acabada experiencia guerrillera.

LA LUCHA GUERRILLERA NO ACEPTA EL GOLPE DE ESTADO

Por otra parte, la lucha armada guerrillera desahucia todo contacto con grupos o sectores militares resueltos a promover golpes de Estado.

Un golpe de Estado, dado con el apoyo de los militares, significa inevitablemente entregar el poder al ejército; y por eso, en más de una ocasión, los revolucionarios cubanos estuvieron en condiciones de dar un golpe de Estado, apoyados por unidades militares de la ciudad, y Fidel Castro siempre se opuso tenazmente a ello, argumentando que esto significaría, en último término, entregar el poder a una junta militar. En circunstancias así, el poder lo asume el ejército y no los revolucionarios. No se conoce un caso en que el ejército tome el poder para entregárselo gratuitamente a los revolucionarios. Fidel ha dicho: "Lo revolucionario no es el golpe de Estado, sino la incorporación de los militares a la lucha armada."

LA LUCHA GUERRILLERA NO ACEPTA EL TERRORISMO

Dentro de la estrategia de la insurrección armada guerrillera cubana, no cabe, por regla general, el acto terrorista.

Fidel castro, en uno de sus últimos discursos condenó la muerte de Julio Iribarren Borges, en los siguientes términos:

"Nuestro criterio es que los revolucionarios deben evitar procedimientos que puedan servir de instrumento al enemigo. Hombre muerto después de ser secuestrado ... Nosotros nunca hicimos eso, cualquiera que fuese nuestro grado de indignación frente a la ferocidad del enemigo.

El revolucionario debe evitar aquellos procedimientos que se asemejan a los procedimientos de la policía represiva. Nosotros ignoramos cómo se produjo esa muerte, ignoramos quiénes la realizaron, ignoramos incluso si se produjo de una manera incidental o accidental, si fueron o no fueron los revolucionarios. Nuestra honesta opinión, y eso forma parte de los derechos que tiene cualquier revolucionario, y en este caso a dar nuestra opinión: si fueron los revolucionarios consideramos que constituye un error, un error el emplear este tipo de procedimiento que ante la opinión pública puede ser explotado por el enemigo y que ante el pueblo rememora los procedimientos del enemigo."

LA LUCHA GUERRILLERA TIENE POR ESCENARIO EL CAMPO

La lucha guerrillera es, por sobre todo, una guerra rural. Sobre esta materia, resume perfectamente el pensamiento de los revolucionarios cubanos, Douglas Bravo, comandante guerrillero del frente de Falcón, en Venezuela, cuando expresa;

"De manera que viendo, no el panorama en particular de un país aislado, sino el conjunto latinoamericano, diríamos que para esa gran nación de América Latina, para este gran continente de 240.000.000 de habitantes, el desarrollo de la guerra revolucionaria tendrá supremacía, su motor central estará en el ejército rural, en el ejército del campo, independientemente de que en algunas áreas los ejércitos urbanos adquieran gran importancia."

En términos generales, se desahucia la posibilidad de guerrillas urbanas o suburbanas. Esencialmente esta estrategia contempla la guerra de guerrillas en el campo, en la montaña; lo cual, lógicamente, no impide el desarrollo de bases de apoyo revolucionario en los grandes centros urbanos.

La guerra de guerrillas no sólo debe librarse en el campo por razones geográficas y de estrategia militar, sino también porque en estos instantes, y en el contexto general de América Latina, el proletariado urbano ha pasado a ser una fuerza menos explosiva que el proletariado rural y el pequeño campesino; lo cual no obsta, según palabras textuales del Che Guevara, para que la dirección política y revolucionaria esté en la clase trabajadora y en los intelectuales revolucionarios, debido a que "el campesinado es una clase que se ha mantenido en la ignorancia y en el aislamiento."

LA LUCHA GUERRILLERA DEBE TENER UNA SOLA DIRECCIÓN
POLÍTICO-MILITAR RADICADA EN EL FRENTE GUERRILLERO

Los revolucionarios cubanos insisten en que la dirección político-militar del procesó armado debe estar en la guerrilla. Piensan que el marco histórico en que se desarrollaron los movimientos revolucionarios de otros países socialistas, es diferente del que existe en América Latina.

En China, por ejemplo, fundamentalmente, la dirección política se radicó en Mao Tse-tung y la estrategia militar en Chu Teh. En Vietnam, el gran líder político fue Ho Chi Minh, y el extraordinario estratega militar fue Giap, el vencedor de Dien Bien Phu. En cambio en Cuba, no es fruto de una simple casualidad el que la dirección de la lucha política y militar se radicara en una sola persona: Fidel Castro.

De aquí la discrepancia —por todos conocida— surgida entre la estrategia planteada por el Partido Comunista de Cuba y la estrategia defendida por el Partido Comunista de Venezuela.

En el Partido Comunista de Venezuela existía una doble dirección; una dirección política establecida en la ciudad y una dirección armada, en la guerrilla, en el frente de Falcón, comandada por Douglas Bravo. Para los cubanos, esta doble dirección —política, en la ciudad, y militar, en la montaña— fue causa de una serie de graves contradicciones, las cuales en gran medida obstaculizaron el proceso revolucionario guerrillero venezolano.

Una doble dirección —político y militar— permite que la dirección política de la ciudad transe la lucha guerrillera de la montaña. En determinados momentos la dirección política de la ciudad creyó conveniente llegar a acuerdos con el gobierno, y ordenó a su brazo armado, en el campo, atemperar, e incluso, paralizar la lucha guerrillera; y la guerra de guerrillas, para ser realmente efectiva, no puede estar dependiendo de las transacciones políticas o de los pactos de conciliación convenidos en la ciudad. Por eso, tanto en el caso de Venezuela como en el de Colombia, Cuba ha defendido apasionadamente la tesis según la cual la dirección político-militar, unitaria, radicada en el frente guerrillero y no en el partido político de la ciudad, es la única conveniente y favorable a los intereses de la lucha revolucionaria.

LA LUCHA GUERRILLERA DEBE REALIZARSE
A TRAVÉS DE FRENTES POLÍTICOS AMPLIOS

Otra característica importante de la estrategia planteada por Cuba, es que ésta debe efectuarse a través de un frente amplío —social e ideológico—, y en este aspecto, una vez más me remito a lo dicho por Debray:

"Lo que unifica es la guerra y sus objetivos políticos inmediatos. El movimiento guerrillero comienza por hacer la unidad en él, en torno a las tareas militares más urgentes, que son ya tareas políticas: la unidad de los sin partido y de todos los partidos, representados en los guerrilleros. La más decisiva de las definiciones políticas es pertenecer a la guerrilla, a las fuerzas armadas de liberación."

Para Debray, la lucha guerrillera marca de tal manera a sus integrantes, lo que hace innecesario buscar otras formas de definición —clasistas o ideológicas— más restrictivas.

Por esto, no sería necesario, en un frente guerrillero plantear, como lo hemos hecho nosotros, como lo ha hecho el Partido Socialista, un frente de clase, un frente de trabajadores. La nuestra es una lucha política. La de ellos es una lucha armada, y esta lucha armada guerrillera imprime tal carácter a quienes se arriesgan a participar en ella, lo cual hace inútil pedirles "pasaporte" de antiimperialistas o de verdaderos revolucionarios.

Douglas Bravo insiste en estos mismos conceptos al manifestar:

"Es más, puedo decirles algo que a lo mejor va a sorprenderles: en las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, aquí mismo, entre estos guerrilleros, pueden ustedes conseguir hombres que son de Acción Democrática, y que son de COPEI, y que son de URD y de los sectores que están en el poder o de los que han estado en el poder en los últimos siete años."

Y agrega, confirmando y aclarando su pensamiento:

"De manera que en síntesis, no es sino la asociación de las clases revolucionarias contra la asociación de las clases reaccionarias, lo que caracteriza la lucha guerrillera."

Entre los objetivos aglutinantes de las Fuerzas Armadas de Liberación están:

"Conquistar la independencia, la libertad y la vida democrática para la nación; rescatar el patrimonio, la integridad y las riquezas nacionales; establecer un gobierno revolucionario, nacionalista y popular; velar por el cumplimiento de las leyes revolucionarias y apoyar a las autoridades constituidas por la revolución; proteger los intereses del pueblo, sus propiedades e instituciones."

Aun más, Douglas Bravo critica indirectamente la posición de Yon Sosa, por haber fijado objetivos demasiado restringidos y sectarios al frente guerrillero que él comanda.

Como se ha informado, existen indudables discrepancias dentro de los movimientos revolucionarios latinoamericanos, discrepancias que por lo demás se han ido superando. Según los cubanos, Yon Sosa estuvo un largo tiempo sometido a la influencia negativa del movimiento trotskista mundial. Y esa influencia negativa lo habría conducido a una serie de errores estratégicos y tácticos. Digo "estuvo", porque en la actualidad Yon Sosa se desprendió de este grupo de consejeros trotiskistas, lo cual —indudablemente— ha favorecido la posibilidad de constituir un solo gran frente revolucionario en Guatemala.

Expresa Douglas Bravo:

"Recientemente leía yo una revista norteamericana que exponía el programa de un grupo o sector del movimiento guerrillero guatemalteco; allí se hablaba de luchar en el campo, abiertamente, por un gobierno socialista, por un gobierno comunista. Consideramos nosotros que esto no está planteado en Venezuela. No se trata de un juego de palabras ni de posiciones demagógicas; se trata de una postura doctrinaria. Podemos decir que los pueblos coloniales y semicoloniales van hacia una lucha de liberación nacional, que es lo que llamamos el primer gran período estratégico de estos pueblos. Ese primer gran período estratégico comprende la lucha contra el feudalismo y contra el imperialismo norteamericano. Ese primer gran período plantea un frente de aliados en el que están incorporados los campesinos, los obreros, la pequeña burguesía y un sector de la burguesía nacional que quiere liberarse de la competencia desleal de los monopolios gringos y que tiene también en su seno a hombres patriotas."

En consecuencia, el Frente de Liberación armado debe estar constituido por un frente político amplio, no sectario, porque quienes se comprometen en la lucha guerrillera, tienen que tener una profunda y acerada conciencia antimperialista y revolucionaria.

LA LUCHA GUERRILLERA ES LARGA, ES DURA Y ES DIFÍCIL

Por último, es necesario tener en cuenta que la guerra de liberación continental no será una guerra corta. En Cuba se condena duramente a los que siembran la Imagen de una victoria fácil y rápida —"inmediatistas"— como ellos los llaman. Los imperialistas son poderosos, y no es cuestión de semanas o de meses derrotarlos. Esta perspectiva equivocada —la de los inmediatistas— habría inducido a una serie de graves errores a más de algún revolucionario latinoamericano.

LA LUCHA GUERRILLERA Y LOS PARTIDOS
DE VANGUARDIA LATINOAMERICANOS

Este es otro tema que moverá a graves y profundas controversias a los partidos políticos tradicionales de clase en América Latina, porque los conceptos e ideas dominantes entre los revolucionarios cubanos, alteran radicalmente los términos en que nosotros hemos estado acostumbrados a pensar.

Como ya expresé, para la estrategia cubana lo fundamental es el foco militar guerrillero, y no la acción política revolucionaria. Sobre el particular, me remito a lo que manifiesta Régis Debray:

"Para expresarlo esquemáticamente, digamos que se va del foco militar al movimiento político —prolongación natural de una lucha armada de esencia política—, pero no se va, salvo excepciones, de un' movimiento político puro al foco militar."

Y agrega:

"Lo decisivo para el futuro, es la apertura de focos militares, y no de focos políticos."

Esto nos da una idea del valor esencial que se atribuye a la lucha guerrillera en la concepción armada de liberación continental.

Remachando sus conceptos anteriores, Debray afirma:

"Por lo tanto, en lo inmediato hay un orden de tareas históricas fundamentales. El ejército popular será el núcleo del partido, y no a la inversa. La guerrilla es la vanguardia política, y sólo de su desarrollo puede nacer el verdadero partido. Por ello hay que desarrollar la guerrilla para desarrollar la vanguardia política."

Evidentemente, en el análisis cuidadoso de estas opiniones de Debray, compartidas por los revolucionarios cubanos, es necesario tener muy en cuenta el cuadro general que presenta América Latina en este orden de ideas, donde la existencia de partidos políticos de vanguardia con real ascendencia en las masas, no existe, salvo el caso de uno o dos países, entre ellos el de Chile.

Por lo demás, también el propio Régis Debray se encarga de dejar claramente establecido que no se trata de fomentar la lucha fraccional dentro de los escasos partidos tradicionales de clase, la lucha antipartido, y manifiesta textualmente:

"Entendámonos bien. Ya pasó el momento de creer que basta ser del partido para ser revolucionario. Pero ha llegado el momento de poner punto final a los reflejos obsesivos y estériles de todos los que creen que basta ser antipartido para ser revolucionario. Estos reflejos no son sino los anteriores puestos boca abajo, pero idénticos en el fondo. El maniqueísmo partidario (fuera del partido "no hay revolución) encuentra su correspondiente en el maniqueísmo antipartido (con el partido no hay revolución); ambos son quietistas. En la América Latina de hoy no se determina un revolucionario por su relación formal frente al partido: con o contra el partido. El valor de un revolucionario como el de un partido, es el de su acción."

Sin embargo, no debemos ocultar el evidente menosprecio que se respira en Cuba por las colectividades políticas tradicionales de izquierda en América Latina; menosprecio que, por lo demás, tiene su justificación en los múltiples y reiterados actos de traición de partidos como Acción Democrática en Venezuela, del MNR en Bolivia, del APRA en Perú, quienes —no hace mucho— levantaban rojas banderas antimperialistas y antifeudales, y en cambio hoy aparecen coludidos con los más conspicuos imperialistas y entregados en alma y vida a servir los intereses de las plutocracias nativas.

Fidel Castro se pregunta textualmente:

"¿Quiénes harán la revolución en América Latina?" Contesta: "el pueblo, los revolucionarios, con partido o sin partido."

Y agrega a renglón seguido:

"No hay revolución sin vanguardia, y esa vanguardia no es, necesariamente, el partido marxista-leninista". "Los que quieren hacer la revolución, tienen el deber y el derecho de constituirse en vanguardias, independientes de los partidos."

Pero en otros párrafos, tampoco niega la posibilidad de que algunos partidos puedan constituirse en auténticas vanguardias armadas de la lucha antimperialista, siempre que, lógicamente, sepan adaptarse a las circunstancias históricas por que atraviesa el proceso social y político de América.

CARACTERÍSTICAS PROPIAS DE LA LUCHA
REVOLUCIONARIA EN AMÉRICA LATINA

En términos generales, la estrategia de liberación continental en América Latina presenta características diferentes de las formas clásicas de lucha revolucionaria dadas en otros lugares de la tierra, como fueron las de la Unión Soviética, las de China o las de Vietnam.

En la Unión Soviética, en lo esencial, la lucha tomó el carácter de una insurrección de la clase obrera y de los trabajadores de la ciudad, quienes derribaron el poder zarista e instalaron el poder soviético de obreros y campesinos. En otras palabras, se dio la fórmula clásica de toma del poder a través de un proceso de lucha de masas, el cual, utilizando la coyuntura histórica de la derrota zarista en la primera guerra mundial, culminó en una insurrección general del proletariado urbano y en la toma del poder por el partido bolchevique.

La revolución china, en cambio, asumió más bien las características de una guerra civil. El Partido Comunista chino había colaborado con el Kuomintang. El Kuomintang, como se sabe, era un movimiento semejante al del Frente Popular, destinado a dar cima a los objetivos propios de la etapa democrático-burguesa en la China feudal y semicolonizada. Pero en el año 1927 se produce la ruptura entre el Partido comunista y el Kuomintang. La revolución adquirió los perfiles propios de una guerra civil, puesto que el Partido Comunista y el Ejército Rojo dominaban importantes provincias de China.

En Vietnam, el sello permanente de la lucha ha sido su carácter antimperialista. En el año 1939, el imperialismo japonés invadió Vietnam. La dominación duró hasta el año 1945, o sea, hasta el término de la segunda guerra mundial, año en que la insurrección popular repelió la invasión japonesa e instauró la primera República Democrática de Vietnam, bajo la presidencia de Ho Chi Minh. Casi inmediatamente de proclamada la República Democrática de Vietnam, la primera república socialista y revolucionaria de Vietnam, vino la invasión de los imperialistas franceses. La guerra por la independencia duró largos años, desde 1945 a 1954, fecha en que se produjo la famosa e histórica derrota de las tropas francesas en Dien Bien Phu.

Sin embargo, el vía crucis del pueblo de Vietnam aún no había terminado. Luego se produjo la invasión de los imperialistas yanquis a Vietnam del Sur. En consecuencia, la guerra en Vietnam ha tenido siempre el carácter de una guerra por la independencia nacional, de una guerra de pueblo, de todo el pueblo, en contra del invasor yanqui, quien ha llegado al extremo de hacer santificar su crimen con el santo óleo del pope negro del cristianismo: el cardenal Spellman.

En síntesis, la lucha revolucionaria en la Rusia zarista tomó las formas clásicas de una insurrección proletaria urbana; la lucha revolucionaria en China adquirió —por sobre todo— el sello de una guerra civil, y la lucha revolucionaria en Vietnam ha sido, por sobre todo, una guerra anticolonialista.

El caso de América Latina es diferente. Según los comunistas cubanos, la estrategia de "lucha de masa" difícilmente logrará culminar con una insurrección general armada en la ciudad. Tampoco creen en guerras civiles, entre hipotéticos ejércitos rojos, populares y revolucionarios, y ejércitos profesionales, oligárquicos y reaccionarios. Por último, tampoco sería el caso de Vietnam, donde el imperialismo ha invadido, militar y físicamente, a ese país. En América Latina, en las apariencias formales, se goza de cierta independencia, y la presión y el control imperialista se ejerce a través de mecanismos indirectos, y la mayoría de las veces secretas, salvo —lógicamente— en el caso de que ellos no basten para asegurar la propiedad y los bienes de los grandes monopolios yanquis. como ocurrió en Santo Domingo.

LUCHA ARMADA GUERRILLERA, AUDAZ RESPUESTA DE CUBA
AL DESAFÍO ARMADO DEL IMPERIALISMO

En consecuencia, la respuesta de las vanguardias revolucionarias en América Latina a la implacable agresión imperialista debe tener, según los cubanos, un solo nombre: lucha armada guerrillera.

Por lo demás, el imperialismo siempre ha recurrido a la lucha armada para mantener su régimen de factoría en América; eso sí que ellos la han llamado, desaprensivamente, "golpe de Estado".

En otras palabras, el golpe de Estado "gorila" equivale —simbólicamente— a la guerrilla revolucionaria.

La CIA y el Pentágono son las grandes universidades yanquis donde coroneles y generales nativos se adiestran en el arte de derrocar gobiernos, para establecer otros aún más dóciles a los mandatos norteamericanos.

CONCLUSIONES

Por último, séame permitido decir algunas pocas palabras, pero ya no como simple relator de esta nueva estrategia armada, continental y guerrillera concebida por Cuba revolucionaria, para enfrentar a los imperialistas.

Particularmente, permítaseme llamar la atención acerca de la extraordinaria deferencia y cordialidad con que el gobierno de Cuba recibió a la delegación del Comité Central del Partido socialista, deferencia expresada no sólo en el trato fraternal que se nos dispensó, sino también en las palabras de elogio que tuvieron para el partido y para la línea política mantenida por él.

Por esto, es absurdo y mal intencionado pretender atribuir a la actual dirección el deseo de revivir etapas ya superadas en el proceso político y social chileno, como fue el del Frente Popular el año 1938.

Aún más, personalmente iría más lejos; pienso, que la estrategia concebida por el movimiento comunista mundial "de frentes populares amplios", para enfrentar el auge y crecimiento fascista en Europa, fue equivocada, tal cual se aplicó en Chile. Al igual que pienso que es errónea la estrategia de la coexistencia pacífica, trasplantada mecánicamente a nuestro continente.

La política de coexistencia pacífica está construida sobre la vergonzosa cobardía yanqui, puesto que ella sólo sirve para hacer respetar la integridad territorial de la Unión Soviética, pero no la autonomía, la independencia y la dignidad de aquellas naciones desprovistas de poder atómico.

América Latina no ha recorrido aún las etapas de desarrollo del proceso europeo, ni tampoco se encuentra en la situación concreta y especifica de la Unión Soviética.

De allí que no sea posible aplicar —sin más ni más— concepciones extracontinentales, no siempre adecuadas a la etapa histórica en que nos encontramos.

Por lo demás, fue evidente la debilidad con que actuó el movimiento popular el año 1938. No debemos olvidar que ese mismo año, Lázaro Cárdenas, en México, nacionalizaba el petróleo y realizaba una profunda reforma agraria; en cambio, en Chile, apenas nos contentábamos con exigir una Corporación de Fomento, la cual, si bien tuvo gran importancia en el desarrollo económico nacional, no justificó el enervamiento y paralización experimentados por las fuerzas populares, al comprometerse en líneas políticas de carácter claramente reformistas.

Nuestro partido ha ido configurando, cada vez en mayor medida, una posición clara, precisa y tajante frente a la compleja realidad latinoamericana y chilena. Por eso no hemos dudado en emitir una declaración pública, manifestando resueltamente nuestra concordancia con la concepción general de la estrategia cubana para enfrentar al imperialismo. Es obvio que esta adhesión no importa un pronunciamiento definitivo sobre todos los supuestos en que descansa esta teoría revolucionaria, lo que sí hemos confirmado es que más tarde o más temprano, la gran confrontación entre el imperialismo norteamericano y el proceso emancipador latinoamericano se dará en un plano armado; y para esa ocasión debemos estar preparados.

Estamos absolutamente convencidos que el retraso y la miseria continental no podrán ser superados a través de las actuales estructuras semi capitalistas, feudales y democrático-burguesas; como tampoco podrán serlo a través de lentos procesos reformistas, vacilantes, indecisos y confusos.

El proceso revolucionario desatado en nuestro continente, es inevitable. Las masas latinoamericanas no están dispuestas a esperar un siglo para conocer la libertad, la educación, la salud, los alimentos y la dignidad.

El ejército interamericano de defensa, el adiestramiento antiguerrillero, el adoctrinamiento político de los altos mandos de los ejércitos latinoamericanos, no bastan para contener la marea en ascenso de la insurgencia popular.

* * *

Confirmación clara de la inoperancia de todo este monstruoso mecanismo "panamericanista", es el sainete trágico-cómico representado en Punta del Este, donde jefes de Estado —presuntamente soberanos— se congregaron en un casino, el casino San Rafael, para rendirle cuentas del estado de su feudo, al sumo sacerdote del norte, quien desde un portaviones se trasladaba diariamente a escuchar el lenguaje oscuro y confuso del "lorerío" nativo, donde se entremezclaban los agradecimientos con las quejas, los reproches con los ruegos, las peticiones con las ofertas.

Este hecho constituye un vivo y dramático símbolo de la indignidad y el deshonor en que habita nuestro continente, sumergido en la miseria, el retraso y el estagnamiento: un casino y un portaviones. Esto es —sin más ni más— América Latina bajo el signo del orden imperial-capitalista, una gran timba vigilada por un portaviones, donde las burguesías criollas, las castas militares y el imperialismo se reparten el producto del pueblo, ganado a las pauperizadas masas latinoamericanas.

* * *

No hay solución dentro del actual status de vida. El último informe de la CEPAL para el año 1966, confirma una vez más la trágica realidad en que se encuentran nuestras naciones. A pesar de la llamada Alianza para el progreso, a pesar de los términos de intercambio favorables en el caso concreto de Chile, a pesar del inmenso endeudamiento, a pesar de todo ello, el grado de miseria y de abandono progresa inconteniblemente. Debemos considerar que si la población de hoy es de 240.000.000 de habitantes, en treinta años más América Latina tendrá 600.000.000 de habitantes. Más de 350.000.000 vivirán en las ciudades. ¿Qué posibilidad hay de dar alimento a estos 600.000.000 de habitantes, de darles oportunidades de trabajo, digno y bien remunerados, de darles habitación a 350 millones de seres humanos? Ninguna dentro de las actuales estructuras regresivas.

Tenemos ciara conciencia que pertenecemos a aquella inmensa periferia del mundo occidental, capitalista y "civilizado"; pero estamos en el centro del mundo revolucionario. Estamos en la periferia del mundo presente, pero estamos en el centro del mundo por venir.

Asistimos a la gran rebelión de las poblaciones periféricas y explotadas del mundo.

El proletariado externo del universo capitalista, se ha sublevado. La lucha de hoy y mañana será entre este proletariado externo de las grandes regiones periféricas del mundo capitalista y las naciones occidentales imperialistas, parapetadas tras su brazo armado: el imperialismo norteamericano.

Llamamos "a la juventud a participar en este gran desafío histórico, en este gigantesco enfrentamiento entre explotados y explotadores, entre naciones imperialistas y pueblos oprimidos. Cuba nos ha entregado su respuesta heroica y desafiante. Nosotros debemos hacer otro tanto.


Ideas

PRAXIS Y VIOLENCIA

Por ADOLFO SÁNCHEZ VÁSQUEZ

Adolfo Sánchez. Vásquez es profesor de filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México. "Praxis y violencia" forma parte del libro "Sobre la praxis", presentado como tesis por Sánchez Vásquez para optar al grado de Doctor en Filosofía, en 1966. Fue publicado originalmente por la revista de la Casa de las Américas, La Habana, marzo-abril de 1967.

TODA praxis es proceso de formación o, más exactamente, de transformación de una materia. El sujeto, por un lado, imprime una forma dada a la materia después de haberla desarticulado o violentado. En este proceso el sujeto toma en cuenta la legalidad del objeto de su acción para poder desarticularlo y doblegarlo. El objeto, por otro lado, sólo es objeto de la actividad transformadora del sujeto en cuanto que pierde su sustantividad para convertirse en otro. De este modo, es arrancado a su propia legalidad, a la ley que lo rige, para sujetarse a la que establece el sujeto con su actividad. El objeto sufre así la invasión de una ley exterior, y en la medida en que acepta esta legalidad extraña que le es impuesta, se transforma. Claro está que esa legalidad que le viene de fuera no puede ser absolutamente exterior, pues de otro modo encontraría una resistencia absoluta, irrebasable en el objeto. Ciertas propiedades de éste, o cierto nivel de su desarrollo, han de ofrecer determinadas condiciones de posibilidad para su transformación, pues, en caso contrario, la actividad del sujeto sería nula, ya que la materia al imponer un límite irrebasable haría imposible su transformación en la dirección deseada. Así, pues, la interioridad del objeto ha de estar abierta a la transformación que el sujeto inicia desde el exterior, y, que, en principió, como transformación ideal, deja todavía intacto al objeto. Ahora bien, la transformación real, efectiva, exige que el objeto sea forzado o violentado, pues sólo así las posibilidades de transformación ínsitas en él, pueden realizarse. Pero esas posibilidades sólo existen como tales para el sujeto de la praxis, y únicamente se realizan mediante su actividad real y objetiva.

Así, pues, la transformación del objeto exige, por una parte, el reconocimiento y sometimiento de la legalidad del objeto, y, por otra, su alteración o destrucción. Cuando esa alteración o destrucción se ejerce sobre un objeto real, físico, la podemos calificar de violenta, y los actos realizados para alterar o destruir la resistencia física del objeto podemos denominarlos de violentos. En cuanto que la actividad práctica humana se ejerce sobre un objeto físico, real, y exige la alteración o destrucción física de su legalidad o de ciertas propiedades, puede decirse que la violencia acompaña a la praxis. La violencia se manifiesta allí donde lo natural o lo humano —como materia u objeto de su acción— resiste al hombre. Se da justamente en una actividad humana que detiene, desvía y, finalmente, altera una legalidad natural o social. En este sentido, la violencia es exclusiva del hombre en cuanto que es el único ser que para mantenerse en su legalidad propiamente humana, necesita violar o violentar constantemente una legalidad exterior (la de la naturaleza).

En un mundo estable, inmutable, idéntico a sí mismo, no se conocería la violencia, ya que ésta es precisamente alteración de la estabilidad, inmovilidad o identidad. Si el hombre viviera en plena armonía con la naturaleza, o supeditado pasivamente a ella, no recurriría a la violencia, ya que ésta es, por principio, la expresión de un desajuste radical. En este sentido, podemos decir que sólo el hombre puede ser violento. El animal, inserto pasivamente en un orden establecido, al que se somete pasivamente, sin poder alterarlo, no conoce la violencia. En cambio, las relaciones entre el hombre y la naturaleza, como violación constante de un orden natural establecido, se rigen siempre por la violencia. ¿No es hacer violencia a la naturaleza transformarla, es decir, imprimirle una forma humana mediante la alteración de su propia legalidad? La humanización de la naturaleza no es sino un proceso por el cual el hombre le impone una ley extraña a ella, una ley humana, forzando o violentando su legalidad natural. La sociedad humana es violación constante de la naturaleza.

Como destrucción de un orden establecido, la violencia es un atributo humano. No se muestra con la sola presencia de la fuerza. En la naturaleza hay fuerzas naturales, pero la violencia no es la fuerza en sí, o en acción, sino el uso de la fuerza. En la naturaleza, las fuerzas actúan, pero no se usan; sólo el hombre usa la fuerza, y puede usarse a sí mismo como fuerza. Por ello decimos que la fuerza de por sí no es violencia, sino la fuerza usada por el hombre. De ahí el carácter exclusivamente humano de la violencia.

Las consideraciones anteriores no permiten acercarnos a la cuestión principal de este capítulo; el tipo de relaciones entre violencia y praxis. Pero esta cuestión no puede plantearse de un modo general y abstracto, sino de acuerdo con la forma específica de praxis, y. por tanto, de acuerdo con los términos que se unen y se oponen en la relación práctica.

Veamos, en primer lugar, la praxis productiva. Aquí lo humano se opone a lo no humano (la naturaleza). Las propiedades del objeto de la actividad son alteradas, y el modo como se articulan sus partes es destruido. La materia ofrece resistencia a estas alteraciones y destrucciones, y el sujeto tiene que realizar una serie de actos violentos para dominarla. La resistencia es ciega, opaca; resistencia sorda del orden natural a ser quebrantado. A la praxis se opone un orden establecido que reacciona como si pugnara por perseverar en su ser. Ahora bien, la praxis productiva conoce resistencias, límites, fuerzas que hay que vencer, pero no conoce una antipraxis, es decir, un sistema de actos tendientes a nulificar la praxis misma, o a asegurar la supervivencia de una realidad dada. No puede decirse, por ello, que a la violencia del sujeto se oponga una contra violencia del objeto, o la materia. Esta resiste, pero no se opone como una antipraxis a la praxis del sujeto.

Algo semejante sucede con la praxis artística. La materia resiste mas aún que en la praxis productiva, porque la forma que se le quiere imprimir viola todavía más su legalidad propia. Por ser, en toda su plenitud, la marca de lo humano, en la materia misma, la violencia de que se le hace objeto es aún mayor, y, con ello, mayor es también la resistencia del material. Pero por dura que sea esta resistencia, tiene también un carácter ciego y opaco; es decir, no se inscribe en el marco —exclusivamente humano— de una antipraxis. En consecuencia, no puede decirse tampoco que la violencia que ejerce, por ejemplo, un escultor sobre el mármol conozca una contraviolencia.

Resulta así que tanto en la praxis material productiva como en la artística, la violencia sólo está del lado del sujeto, cumpliendo, a su vez, una doble función: por un lado, es negación de una legalidad dada (o sea, destrucción de una forma, de un orden, de una realidad) y, por otro, es negación de esta negación, negación dialéctica de la materia que se resistía a ser vencida para que, al fin, reciba una nueva forma, una nueva legalidad.

Ahora bien, ¿cuál es el papel de la violencia en la praxis social, es decir, cuando el hombre no sólo es sujeto sino también objeto de la acción? Se trata aquí de la praxis como acción de unos seres humanos sobre otros, o como producción de un mundo humano tras la subversión de la realidad social establecida. La praxis social cobra así la forma de la actividad práctica revolucionaria que entraña la destrucción de un orden social dado para instaurar o crear una nueva realidad social. Aquí se abre —y se ha abierto históricamente— un ancho campo a la violencia. La materia de la acción humana se resiste a su transformación, y la acción del hombre adopta una forma violenta porque sólo ella permite remover los obstáculos para que una creación tenga lugar. Praxis y violencia se acompañan tan íntimamente que, a veces, parece desdibujarse la condición de medio de la segunda. La violencia se halla tan vinculada a toda producción o creación histórica, que no falta quien vea en ella la fuerza motriz misma del desenvolvimiento histórico. Tenemos, pues, que tratar de delimitar las verdaderas relaciones entre praxis y violencia para poder determinar hasta que punto es o no un elemento indispensable de la praxis social y, en particular, de una praxis creadora.

Recordemos, en primer lugar, lo que afirmábamos anteriormente con respecto a la praxis que tiene por objeto no al hombre en cuanto tal, sino a una materia no humana: no se reduce a la violencia, pero —como medio— es un elemento indispensable de ella. Hemos visto, asimismo, que es exigida en esas formas de praxis por la resistencia o límite que la materia ofrece, resistencia que es, a su vez, la de un orden no humano que reacciona ciegamente frente a la acción humana encaminada a alterarlo o destruirlo. La acción tropieza con un límite, no con otra acción de signo contrario dirigida a anularla. Frente a la praxis, decíamos, no hay una antipraxis. El límite es un límite físico, corpóreo en cuanto que el objeto se resiste a que determinada estructuración corpórea, física, sea alterada o destruida. La violencia es aquí el uso de una fuerza física para destruir o quebrantar una resistencia física. La producción de un objeto útil, presupone una serie de actos físicos que el hombre ejecuta, directamente con sus manos o indirectamente con las herramientas o máquinas que las prolongan, para alterar el estado físico de la materia, sin esta violencia que el obrero aplica, no podría haber propiamente una praxis productiva. Lo mismo puede decirse de la praxis artística. Por rica y profunda que sea la significación espiritual del objeto artístico y por más que la obra de arte sea irreductible a lo que ella tiene de mero objeto físico, la creación artística, como proceso de objetivación de un contenido espiritual humano en una materia dada, no podría lograrse sin la violencia física a que somete el artista el material.

Tanto en una como en otra forma de praxis, la violencia es alteración o destrucción de un orden físico, de una estructuración material dada. La violencia, por ello, reviste también un carácter físico. Podemos decir, por consiguiente, que aquí el sentido amplio del término violencia, como destrucción o alteración humana de un orden natural dado, se identifica con un sentido más restringido de ella —destrucción física o uso de la fuerza física para lograr esa destrucción.

Cuando nos instalamos en el terreno de la praxis social, la acción se ejerce sobre hombres concretos o relaciones humanas que constituyen, de este modo, un objeto o materia. Estos hombres son seres dotados de cuerpo, hombres de "carne y hueso", como diría Unamuno. Pero las acciones humanas que se ejercen sobre ellos no apuntan tanto a lo que ellos tienen de seres corpóreos, físicos, sino a su ser social, es decir, a su condición de sujetos de determinadas relaciones económicas, sociales, políticas que se encarnan y cristalizan en determinadas instituciones; instituciones y relaciones que no existen, por tanto, al margen de los individuos concretos. La praxis social tiende a la destrucción o alteración de una determinada realidad social, constituida por ciertas relaciones e instituciones sociales. Pero esa praxis social sólo pueden llevarla a cabo los hombres actuando como seres sociales, y se ejerce, a su vez, sobre otros hombres que sólo existen en relación con los demás, y como miembros de una comunidad; pero, a su vez, como individuos dotados de una conciencia y de un cuerpo propios.

La praxis social, como actividad encaminada a la transformación de una realidad social dada, tiene también que vencer la resistencia de la materia (social, humana) que se quiere transformar. La praxis tropieza con un limite: el que le ofrecen individuos y grupos humanos. La violencia se inserta en la praxis en cuanto que se hace uso de la fuerza, pues la acción violenta es justamente la que tiende a vencer o saltar un límite por la fuerza. Obviamente, se trata aquí de una fuerza material, física, pues la fuerza espiritual —si cabe la expresión— no destruye resistencia física o corpórea alguna. La acción violenta en cuanto tal es la acción física que se ejerce sobre individuos concretos, dotados de conciencia y cuerpo, pero, asimismo, se ejerce directamente sobre lo que el hombre tiene de ser corpóreo, físico. Decimos directamente, porque el cuerpo es el objeto primero y directo de la violencia, aun cuando, en rigor, ésta no apunte en última instancia al hombre como ser meramente natural, sino como ser social y consciente. La violencia persigue doblegar la conciencia, obtener su reconocimiento, y la acción que se ejerce sobre el cuerpo apunta por esta razón a ella. No interesa la alteración o destrucción del cuerpo como tal, sino como cuerpo de un ser consciente, afectado en su conciencia por la acción violenta de que es objeto. Así, pues, la violencia que se ejerce sobre su cuerpo no se detiene en él, sino en su conciencia; su verdadero objeto no es el hombre como ser natural, físico, como mero ser corpóreo, sino como ser humano y conciente. Aunque la violencia se ejerza, en primer término, contra el cuerpo, la violencia que acompaña a una praxis o antipraxis social entraña cierto reconocimiento de que el cuerpo no es mero cuerpo sino el cuerpo de un ser humano.

La violencia de la praxis social se halla determinada, como en toda praxis, por la necesidad de vencer la resistencia de la materia (social en este caso) que hay que someter. Pero la resistencia que encuentra esta praxis no es del mismo género que la de la materia natural o física de la praxis productiva ó artística, justamente porque el ser del hombre no se agota en el ser físico o natural del objeto de su actividad en otras formas de praxis, sino que es un ser dotado de conciencia y voluntad, no sólo resiste ciegamente al intento de alterar o destruir un orden humano, sino que reacciona conscientemente —como tal ser social que vincula sus intereses al mantenimiento del orden que se quiere quebrantar— contra una praxis social determinada. Junto a la violencia que acompaña a la praxis, está la contraviolencia de los que se oponen a ella. Mientras que en las formas de praxis que no tienen al hombre como objeto de ella, hay violencia y conciencia por un lado, y resistencia ciega, pura opacidad, por el otro, en la praxis social, el objeto de ella no es sólo un límite que se resiste a ser rebasado o violado sino que tiene conciencia —en mayor o menor grado— de serlo. Por esto, no resiste de un modo ciego y mecánico, conforme a una legalidad que fija y determina su resistencia, sino que, de acuerdo con su grado de conciencia, puede variarla hasta transformarla en oposición abierta, como una antipraxis que responde a la violencia con la contraviolencia. La violencia está, por consiguiente, tanto en el sujeto como en el objeto, y acompaña tanto a la praxis como a la antipraxis, tanto a la actividad que tiende a subvertir el orden establecido como a la que pugna por conservarlo.

Desde que la violencia se instala en la sociedad, al servicio de la transformación o perturbación de determinadas relaciones sociales —y esto sucede desde que dividida la sociedad en clases antagónicas, éstas vinculan sus intereses a la praxis o a la antipraxis—, toda violencia suscita siempre una contraviolencia, y una violencia responde a otra (la de los oprimidos a la de los opresores; la de los gobernantes a la de los gobernados).

Pero la violencia no sólo existe en acto, como respuesta a una violencia real. La violencia se organiza y estructura como violencia potencial presta a convertirse en acto.

En la sociedad basada en la explotación del hombre por el hombre, como es la sociedad capitalista actual, la violencia no sólo se muestra en las formas directas y organizadas de una violencia real o posible, sino que también se manifiesta de un modo indirecto, y aparentemente espontáneo, como violencia vinculada con el carácter enajenante y explotador de las relaciones humanas. Tal es la violencia de la miseria, del hambre, de la prostitución o la enfermedad que ya no es la respuesta a otra violencia potencial o en acto, sino la violencia misma como modo de vida, porque así lo exige la propia esencia del régimen social. Esta violencia callada causa muchas más víctimas que la ruidosa violencia de los organismos coercitivos del Estado.

En un mundo regido por la violencia embozada o franca, ¿qué papel desempeña ella en la actividad práctica del hombre tendiente a transformar la propia realidad social? La experiencia histórica del pasado demuestra que, en las sociedades divididas en clases antagónicas, los grandes cambios sociales que han entrañado una verdadera transformación revolucionaria de la sociedad, jamás han podido prescindir de la violencia. A juzgar por el ejemplo de las revoluciones inglesa, del siglo XVII, francesa y norteamericana del XVIII, mexicana, rusa, china y cubana del XX, a las que habría que añadir las guerras de independencia nacional de los pueblos latinoamericanos del siglo XIX, y los movimientos de liberación nacional de los pueblos asiáticos y africanos del presente siglo, Marx tendría razón al afirmar que "la violencia es la partera de la historia", pero tomando esta frase en su sentido recto: la partera no hace ver la luz, sino que ayuda a hacer que se vea.

Y, sin embargo, cabe preguntarse; ¿el reconocimiento del papel determinante de la violencia en la praxis social revolucionaria debe llevar a la exclusión radical del papel que puede, o pudiera desempeñar, la no-violencia en relación con la praxis histórica, es decir, con el proceso infinito de formación, o autoproducción del hombre? Pero, antes de responder a esta cuestión, habrá que precisar el verdadero significado de la no-violencia.

La no-violencia no es pasividad, sino actividad. Puede hablarse, ciertamente, de acción no-violenta en cuanto que, de un modo peculiar, busca producir determinado efecto en el hombre. Lo que caracteriza a la violencia, decíamos anteriormente, no es la fuerza en sí sino el uso humano de la fuerza para alterar o quebrantar una resistencia física, corpórea, dada. La violencia se impone necesariamente cuando se trata de alterar un objeto físico, o, en el caso del hombre, de actuar sobre lo que él o sus relaciones o instituciones tienen de material, de corpóreo, aunque esta acción apunte, en definitiva, a lo que hay en lo humano de consciente y social. Una acción no violenta dejaría, por tanto, intacto al objeto de ella en cuanto objeto físico. Por ello, la acción resulta inoperante cuando se trata justamente de alterar o quebrantar físicamente. Así, en la praxis artística, por ejemplo, una actividad puramente espiritual —no violenta— sería inoperante, puesto que dicha actividad exige la transformación real, física, de una materia dada. De ahí que sean tan discutibles las concepciones artísticas de un Croce o un Collingwood que vienen a ser, traducidas en este momento a nuestro lenguaje, unas filosofías de la no-violencia artística.

La no-violencia, como la violencia misma, en las relaciones humanas, apuntaría al hombre como ser consciente y social, pero en tanto que la violencia busca alcanzar a la conciencia a través de su cuerpo, es decir, a través de una acción ejercida sobre lo que el hombre tiene de ser corpóreo, físico, la no-violencia trataría de suscitar una transformación de su conciencia, sin pasar por el cuerpo, es decir, sin una acción ejercida directamente sobre éste. La acción educativa podría servirnos de ejemplo de una acción no violenta, que tiende a transformar al individuo como ser consciente y social, sin hacer violencia a su cuerpo. En un terreno social, la no-violencia acompañaría al intento de transformación radical de las relaciones sociales humanas por una vía puramente espiritual, como el convencimiento, la educación en todos los órdenes, la fuerza edificante del ejemplo, etcétera. Es aquí donde la no-violencia pone de manifiesto, históricamente, su ineficacia, ya que ha de afirmarse ante un mundo que trata de afirmarse, a su vez, violentamente. La no-violencia tiene que desenvolverse, como ya hemos señalado, en un clima de violencia social, puesto que junto a la violencia espontánea, de cada día, se halla, como razón última, la violencia establecida, organizada, frente a la cual la actividad no violenta resulta ineficaz. Pero no sólo esto. La no violencia con su no, entraña, ciertamente, un límite a la violencia, en cuanto que se renuncia al uso de la fuerza, pero se trata de un límite unilateral. Al ponerse a sí misma como límite a la violencia propia, se limita la violencia posible que se pudiera oponer a la violencia establecida, pero justamente, en esa misma medida, la violencia exterior deja de encontrar un límite y, con ello, se contribuye a que se extienda. Como toda limitación unilateral, por el hecho de ser límite para un solo lado —la violencia propia posible—, el otro —el de la violencia exterior efectiva— puede extenderse ilimitadamente. Al renunciarse por principio a la violencia, se corre el riesgo de ser, objetivamente, un cómplice de ella. No se trata, por otra parte, de una elección personal; o sea, de escoger subjetivamente entre la violencia y la no-violencia, ya que hasta ahora el hombre ha vivido en un mundo que, en escala social, no ofrece semejante alternativa, si la no-violencia no ha logrado afirmarse realmente, en la historia del pensamiento podemos hallar, en cambio, en diferentes períodos, la expresión de una conciencia de la no-violencia. En su forma religiosa, aparece en la sociedad esclavista antigua con el cristianismo; en su forma filosófica, la hallamos con el hundimiento del mundo grecorromano en el estoicismo, y, en los tiempos modernos, en el idealismo alemán; en su forma político-social, la conciencia de la no-violencia halla expresión en ciertas doctrinas socialistas y comunistas utópicas del siglo pasado, así como en las teorías políticas reformistas que rechazan, por principio, la violencia revolucionaria en la lucha por la transformación socialista de la sociedad.

La conciencia de la no-violencia expresa casi siempre una impotencia real: la imposibilidad de transformar efectivamente el mundo por la vía indispensable para ello. Sin pasar por la violencia se ofrece entonces al hombre una liberación celestial, como la que brinda el cristianismo, una liberación de los bienes externos en la propia autosuficiencia, o una liberación espiritual por la autonomía y soberanía del sujeto como la que promete el idealismo alemán. El reformismo ofrece, a su vez, la esperanza de una liberación, dentro del sistema mismo, dejando que la historia trabaje por sí misma, mediante una acumulación gradual de reformas, y sin recurrir a la violencia, sin tratar de forzar a la historia misma. Haciendo de la necesidad virtud, en todos estos casos, la violencia es presentada no como índice de poder, sino de debilidad.

Frente a esta conciencia de la no-violencia, la experiencia histórica demuestra que la liberación del hombre pasa necesariamente por la violencia, es decir, la praxis social en sus momentos decisivos no ha podido prescindir de ella. Al subrayarse su papel en la historia y su presencia en las transformaciones radicales de la sociedad, hay que salir al paso de la elevación de la violencia al plano de lo absoluto.

Esta absolutización de la violencia con respecto a toda la praxis social humana, real o posible, se pondría de manifiesto al afirmarse:

a) Que la historia es violencia, o que ésta es, en definitiva, el subsuelo, la entraña o la fuerza motriz de la historia. (La historia como historia de la violencia humana.)

b) Que la praxis social al estar regida por la violencia no podría ciarse nunca como una praxis social no violenta. (La violencia en toda praxis, presente o futura, como elemento indispensable de ella.)

c) Que una violencia sucederá histórica mente a otra, (imposibilidad de una nueva sociedad sin Estado o mecanismos coercitivos.)

Estas tres afirmaciones descansan en una concepción metafísica de la violencia, aislada del contexto histórico-social en que se desenvuelve la praxis social a cuyo servicio está como medio o instrumento de ella. Hay violencia no sólo porque se rechaza un orden social dado, que se aspira a transformar para crear otro nuevo (praxis), sino también porque este intento de transformación tropieza con la resistencia consciente y organizada de quienes se empeñan en mantener lo existente (antipraxis). Hay violencia, en suma, porque hay contradicciones antagónicas irreconciliables entre los hombres, entre clases sociales. En este sentido hablan Marx y Engels, en el Manifiesto del Partido Comunista, de la historia humana como historia de la lucha de clases. En cuanto que las clases sociales se enfrentan con intereses y fines irreconciliables, esta contradicción antagónica ha de resolverse violentamente. La violencia es la vía para conquistar el poder o mantener lo conquistado. Pero ninguna clase social prefiere la violencia cuando puede lograr sus objetivos por medios no violentos, de la misma manera que ninguna clase vacilará en recurrir a la violencia, como razón suprema, cuando peligran sus intereses vitales. Esto explica que, mientras la sociedad ha estado dividida en clases antagónicas, la violencia haya estado presente en sus recodos históricos, decisivos. Sin embargo, por más que la historia esté llena de violencias, la fuerza histórica motriz no está en ella misma, sino en los intereses y fines humanos de las clases sociales que, al entrar en conflicto, empujan a la violencia.

Ya Engels en el Anti-Dühring sale al paso de la tendencia a hacer de la violencia el factor decisivo o fuerza motriz del desarrollo histórico, y señala su subordinación a factores económicos. Frente a Dühring, para el cual la violencia es el factor "histórico fundamental", Engels afirma que "la violencia no es más que el medio y que, en cambio, el fin reside en el provecho económico" [1] Y en otro pasaje de la misma obra sostiene que "la violencia está condicionada por la situación económica, que es la que tiene que dotarla de los medios necesarios para equiparse con instrumentos y conservar éstos". Engels tiene razón. En efecto, el grado de violencia que puede ejercerse en una sociedad dada —sobre todo cuando se trata de la violencia militar, que es la que tiene Engels presente en el pasaje citado—, está determinado por el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y de la tecnología. Pero, evidentemente, el condicionamiento de la violencia no se reduce a éste. Hay otros factores condicionantes más importantes, particularmente cuando se trata de la violencia social. El nivel de desarrollo económico o tecnológico determina, en un momento dado, los instrumentos de la violencia (desde la piedra lanzada por el hondero primitivo hasta la bomba atómica arrojada en Hiroshima). El desarrollo de las fuerzas productivas, de la ciencia y la industria, es aquí la condición instrumental de un género de violencia, en cuanto que fija el tipo de medios de destrucción y de aniquilamiento que pueden emplearse en un momento dado. Pero lo que determina su uso, y la fuerza que encarnan, es justamente el tipo de relaciones de producción, de organización social y de Estado, así como la correlación entre las clases en pugna. Es decir, la violencia no es una entidad metafísica y supra-histórica; se halla condicionada histórica y socialmente, y, en definitiva, son hombres concretos los que determinan su uso y el alcance de ella.

Ahora bien, del hecho de que en la sociedad dividida en clases antagónicas impere la violencia como razón última de la clase dominante, no se deduce que la violencia pueda imperar de un modo absoluto. En primer lugar, porque todo Estado, aun siendo esencialmente un instrumento de dominio sobre otras clases, aspira a obtener el consenso activo de los gobernados, como hace notar justamente Gramsci; [2] es decir, deja cierto campo a la no violencia. Y en segundo lugar, porque incluso en los regímenes más violentos un determinado grupo o sector social escapa a los efectos de la violencia; justamente el sector que la instituye y que, por tanto, no podía aplicársela a sí mismo.

Por otra parte, aunque la historia ha progresado como proceso de autoproducción del hombre a través de la violencia, y de ahí su innegable papel de "partera de la historia", no puede descartarse en nuestra época —si bien es cierto que como vía un tanto excepcional— una praxis social no violenta. Si, en definitiva, la violencia de una clase es la respuesta a la violencia de otra, no puede excluirse una situación en la que la clase dominante se vea forzada, por decirlo así, tomando en cuenta la correlación de fuerzas existente, a no recurrir —en virtud de su debilidad en esta correlación— a la violencia. Marx admitió la posibilidad de una situación semejante, en la década del 70 del siglo pasado para Inglaterra y los Estados Unidos, tomando en cuenta que en aquella época carecían de un aparato burocrático y militar altamente desarrollado; pero, al mismo tiempo señaló que esa vía pacífica podría convertirse fácilmente en violenta. [3] Lenin previó una posibilidad de transformación radical pacífica en el período anterior a la Revolución de Octubre, pero él mismo descartó esa posibilidad cuando los acontecimientos siguieron un nuevo sesgo. [4] En la actualidad, después del 20º Congreso del PCUS, se ha vuelto a insistir en la posibilidad de un cambio revolucionario no violento, pero, como en el pasado, la transición pacífica al socialismo se presenta como una vía admisible, pero excepcional. La violencia sigue siendo la regla general, aunque no se descarte la posibilidad de su excepción en el futuro.

La historia nos muestra hasta ahora que la violencia es la razón última —no la primera y única— de las clases dominantes. Ya hemos señalado, anteriormente, que ni siquiera el Estado más violento es la esfera de la violencia pura, o de la constante violencia en acto. Sin embargo, el predominio de la violencia sobre la no violencia, es patente tanto en la praxis como en la antipraxis social. Ante el uso de la fuerza, en el pasado, no podemos situarnos con un criterio abstracto, moralizante, al margen de la historia y de su contenido concreto, de clase. La praxis social ha pasado necesariamente por la violencia. Pero esto no puede hacernos olvidar lo que ella significa aplicada no ya a un objeto físico, sino al hombre, como ser consciente y social, en lo que tiene de ser corpóreo y físico, si el progreso en la autoproducción del hombre es un progreso en su humanización, es decir, en su elevación como ser social, consciente, libre y creador, la violencia —aun siendo positiva históricamente— resulta, en cierto modo, antihumana, es decir, opuesta a esa naturaleza libre y creadora que el hombre trata de alcanzar, unas relaciones verdaderamente humanas, en las que el hombre sea tratado efectivamente como fin y no como medio, como sujeto y no como objeto, como hombre y no como cosa, no pueden admitir la violencia. La violencia que históricamente ha acompañado a las sociedades divididas en clases, será abolida también con la abolición de las clases, y del Estado como instrumento de dominio y de coerción.

Se trata, pues, de una violencia históricamente determinada que marcha, con su propia contribución, a su desaparición futura.

Los filósofos de la no violencia han sido incapaces de ver esta función histórica de la violencia revolucionaria. Cierto es que Hegel, por ejemplo, ha situado históricamente la violencia, pero justamente para subrayar su negatividad. En las páginas que Hegel dedica al terror en la Fenomenología del espíritu, esta forma de violencia extrema se examina en relación con la experiencia histórica de la Revolución Francesa. La Revolución es el intento de realizar la razón en la tierra, o de poner en obra la libertad absoluta. Pero este intento de realización de la libertad absoluta desemboca en el terror, en la negación de lo que quería ser. "A dicha libertad sólo le resta el obrar negativo; es solamente la furia del desaparecer." [5] De la libertad absoluta y del terror que la niega, hay que elevarse a un nuevo reino, al reino del "espíritu cierto de sí mismo"; de la revolución hay que pasar a la "concepción moral del mundo".

En Marx, la violencia revolucionaria aparece como una necesidad histórica que necesariamente desaparecerá, con el concurso de ella, al desaparecer las condiciones histórico-sociales que la engendran. No tiene un contenido único, universal y abstracto; es violencia y contraviolencia; sirve a unos intereses y a otros; es elemento de una praxis y de una antipraxis. No es, por ello, pura positividad, ni mera negatividad. Es ambivalente. En las condiciones de la sociedad dividida en clases, es positiva en cuanto que sirve a una praxis social revolucionaria. Pero en un mundo verdaderamente humano donde los hombres se unan libre y conscientemente, la violencia tiene que ser excluida. En un mundo así, en el que la libertad de cada uno presupone la libertad de los demás, la violencia y la coerción exterior dejarán paso a una elevada conciencia moral y social que la harán innecesaria. La praxis social ya no habrá de apelar necesariamente a la violencia.

Así, pues, si bien es cierto que la violencia —como "partera de la historia"— ha acompañado a la praxis social humana en sus Virajes decisivos, toda violencia de signo positivo, es decir, revolucionaria, trabaja en definitiva contra sí misma, es decir, contra la violencia de mañana, por ello, al hacer posible una verdadera praxis humana —no violenta—, la violencia revolucionaria, y, especialmente, la del proletariado, no sólo va dirigida contra una violencia particular, de clase, de la que surge transitoriamente una nueva violencia —la dictadura del proletariado—, sino que va dirigida contra toda violencia en general, al hacer posible el paso efectivo a un estado no violento. Sólo entonces, la praxis social, al dejar de ser violenta, tendrá una dimensión verdaderamente humana.


Notas:

1. Anti-Dühuring, ed. esp., EPU, Montevideo, 1960. página 195.

2. "...Estado" —dice Gramsci— "es todo el complejo de actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio, sino también logra obtener el consenso activo de los gobernados..." (Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado moderno, Ed. Lautaro, Buenos Aires, 1962, páginas 108-109.)

3. Sobre las posibilidades de conquistar pacíficamente el poder y, sobre todo, de ejercerlo. Marx y Engels han escrito en la década del 70. Por lo que toca a Francia y Alemania, estados con una burocracia militar y civil altamente desarrolladas, Marx y Engels señalan que aunque un partido socialista pudiera conquistar legalmente el poder, esta victoria electoral marcaría el comienzo de la guerra civil. En cuanto a Inglaterra y a los Estados unidos, que carecían entonces de un fuerte aparato estatal militar burocrático, Marx opinaba, a la sazón, de distinta manera. En efecto, comentando en 1878 el debate del Reischstag sobre un proyecto de ley para proscribir al Partido Social Demócrata, escribía Marx: ''Sí, por ejemplo, en Inglaterra o los Estados Unidos la clase trabajadora lograra la mayoría en el parlamento o Congreso, podría legalmente poner fin a leyes e Instituciones que se le oponen en el camino de su desarrollo... Sin embargo, el movimiento "pacifico" podría tornarse "violento" por la rebelión de aquellos cuyos intereses estuvieran ligados al viejo orden... (pero entonces) serían como rebeldes opuestos al "poder legal".

4. En sus famosas Tesis de abril, expuestas varios meses antes de la Insurrección de octubre de 1917, admitió la posibilidad de que en los condiciones históricas peculiares que se daban entonces en Rusia, el poder pasara por vía pacifica a manos del proletariado. Ello era posible Justamente porque el gobierno provisional no recurría aún a la violencia contra la clase obrera. El golpe contrarrevolucionario de Julio del mismo año truncó el curso pacífico de la revolución y comenzó el camino violento de ésta.

5. Cf. G. W. Hegel, Fenomenología del espíritu, Ed. cit. (FCE), 348.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02