Dejar a un lado el ilusionismo electoral


Dejar a un lado el ilusionismo electoral
Entrevista al dirigente socialista Clodomiro Almeyda.
Punto Final Nš 42. Supl. Martes 22 de Noviembre de 1967.

Por Augusto Olivares B.

Se ha hablado con insistencia en el último tiempo de una "crisis en la Izquierda", lo cual aparece avalado, según algunos, por las revelaciones que han hecho dirigentes comunistas y socialistas de las diferencias que existen en las tácticas de ambos partidos. A juicio suyo ¿puede hablarse con propiedad de tal crisis?

CREO que si en algún proceso cualquiera se produce una crisis ello no envuelve necesariamente algo negativo. Por el contrario, puede reflejar la maduración de nuevas tendencias creadoras que pugnan por nacer en agudos antagonismos. La llamada crisis de la Izquierda, que se manifiesta en el plano ideológico y orgánico y en su liderazgo, refleja en Chile el contradictorio proceso de una toma de conciencia más profunda de nuestra realidad y de su problemática. Refleja igualmente la discusión mundial, surgida en el seno del movimiento comunista internacional; las interrogantes abiertas por la Revolución Cubana con relación a los caminos tradicionales de la Izquierda en América Latina; los cambios producidos en el propio país en los últimos treinta años, que hacen de Chile algo muy distinto de lo que fuera en la época en que nacieron y se conformaron los actuales partidos de Izquierda; refleja la caducidad de las formas orgánicas en que estos partidos concibieron y realizaron su política y expresa por último la caducidad de las generaciones de dirigentes que correspondieron a ese período, incluyendo por cierto la mía. Digo esto último, porque mi generación, la que pasó por las aulas universitarias en los años 40, sufrió directamente el impacto de una concepción tecnocratista y economicista de la realidad que deformó su visión de la lucha política y del socialismo, a diferencia de la generación actual que se está forjando en un crisol mucho más rico de experiencias y perspectivas por lo que ésta puede, a mi juicio, en forma más auténtica y creadora, servir de agente para la emergencia en Chile de una nueva Izquierda en la medida que madure y decante sobriamente sus propósitos. En síntesis, por eso no me asusta esta crisis, que como todas las crisis, no se puede programar sesudamente, ni estar exenta de extravíos y excentricidades accidentales.

De su respuesta anterior se entiende que hay elementos externos que influyen en el proceso actual por que atraviesa la Izquierda. Esos elementos que usted menciona ¿podrían interpretarse como propios de una crisis de la Izquierda en el mundo?

Sí, la pugna chino soviética dentro del movimiento comunista internacional refleja los cambios producidos a escala universal en la situación del mundo en los últimos veinte años. En la medida en que éste es cada día más uno y solidario, la crisis alcanza con sus proyecciones a todos los rincones de la tierra. Proyectada esa crisis hacia la Izquierda latinoamericana y chilena, dos son los rasgos que van definiendo la futura y correcta orientación que debe caracterizar en este plano al movimiento popular en nuestro continente: su creciente internacionalización y su progresiva radicalización.

Su internacionalización, porque es cada vez más claro que todas las luchas de los pueblos del mundo tienden a integrarse en un frente común en contra del imperialismo norteamericano y sus agentes domésticos, convertido el primero en gendarme armado de la reacción mundial. En la medida en que ese proceso se va haciendo más nítido, va siendo también mayor la subordinación y el entronque de las luchas aisladas de los pueblos en un frente único que libra una y gran batalla universal, que requiere por ello, de una estrategia antiimperialista también universal.

Hoy por hoy, entonces, en Chile la gran cuestión política que divide objetivamente a los chilenos es su posición frente al imperialismo yanqui. Como alguien lo ha expresado, no son ya las cuestiones de la secularización de la vida política ni la intervención del Estada en la economía ni la defensa o ampliación de las libertades públicas, lo que divide las aguas en el proceso político real, sino la actitud frente al imperialismo. Este último por el rol reaccionario que cumple, ha planteado su tarea estabilizadora en términos de fuerza y de violencia. Esto determina la radicalización de la lucha mundial antiimperialista, la que adquiere también un carácter esencialmente violento, considerada globalmente, como lo demuestra la serie de escenarios bélicos que desde la Segunda Guerra Mundial hasta ahora han ido ocupando sucesivamente la primera plana de la atención mundial. La lucha de clases en esta segunda mitad del siglo XX, se manifiesta a través de la lucha antiimperialista a nivel mundial, cuyo desenlace global en la cúspide se define en términos de violencia. No hay ya, pues, desenlaces nacionales de las luchas políticas. Todas éstas se han ido insertando en un proceso de alcance general al cual ningún país puede escapar. Al desembocar la lucha antiimperialista, necesariamente, en la derrota del sostén armado de todas las estructuras capitalistas de la sociedad, el desenlace socialista de la pugna se hace globalmente viable y necesario para el mundo, radicalizándose así los objetivos de todo el movimiento revolucionario.

Creemos entender que usted considera inevitable la radicalización y la continentalización de la lucha en América Latina.

Esta perspectiva estratégica de tipo ecuménico de la lucha política, no adviene de golpe sino que va de un modo necesario materializándose escalonadamente. Es evidente que en América Latina, después de la Revolución Cubana y como consecuencia suya, se está planteando objetivamente ya la necesidad de abordar la lucha revolucionaria en términos continentales, como que continental es la estrategia contrarrevolucionaria concebida y realizada por el imperialismo a través de la Alianza para el Progreso y la Doctrina Johnson. Ambos aspectos de la estrategia continental contrarrevolucionaria se condicionan mutuamente y determinan la necesidad de que la lucha revolucionaria de nuestro continente se conciba como una sola, que cada fuerza política nacional se estime como un destacamento de un ejército común, y que su estrategia y objetivo estén determinados por la forma armada con que la doctrina Johnson ha definido su rol de gendarme del imperialismo en nuestro continente, desnudando la esencia de su función política. Santo Domingo nos ahorra mayores comentarios. La Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) es el reflejo de estas características continentales, armadas y radicales, que está progresivamente asumiendo el proceso político en el continente.

La muerte del Comandante Ernesto Che Guevara está sirviendo a un sector del movimiento de izquierda latinoamericano para negar la radicalización de la lucha antiimperialista en el continente. ¿Comparte usted esa opinión?

Para contestar creo indispensable hacer algunas precisiones. Desde luego, el carácter armado que está asumiendo la lucha política en su fase decisiva, en el mundo considerado en su conjunto y en América Latina, considerada como un foco, es de la esencia de toda lucha política que se plantea la toma del poder y la sustitución de una legalidad de clase y de una escala de valores por otra. De allí que el desenlace del episodio que en Bolivia llevó a la muerte al Comandante Guevara, no puede afectar la naturaleza esencial de los fenómenos políticos ni eliminar el hecho básico y macizo de que el orden social capitalista en escala mundial y en escala latinoamericana se apuntala y se defiende por la fuerza, de manera que no cabe por el resultado de un combate cuestionar la naturaleza de la guerra. Establecido que el contenido de la lucha política en su fase superior ha alcanzado en este momento y en escala mundial y continental la forma armada, procede distinguir las diversas expresiones que pueden afectar ese contenido esencial. La guerrilla es una de esas expresiones. Se caracteriza, tal como ha sido definida por Régis Debray en su forma típica, como la emergencia de un foco de violencia en el campo, destinado a generar a través de su desenvolvimiento y expansión un movimiento político y un liderazgo revolucionarios que pasan a constituir el eje de la lucha política por el poder. Supone esta forma de violencia revolucionaria no sólo determinadas condiciones geográficas y demográficas, que no son las más importantes, sino principalmente la ausencia de un real y efectivo proceso político vigente que comprometa a la mayoría de la población. Ello ocurre, especialmente, cuando no existe participación política popular, cuando dictaduras reaccionarlas, como la de Batista, obturan los canales formales de participación política o cuando estos canales se convierten en instrumentos para el juego político de las oligarquías con prescindencia de toda real inserción de las masas en sus mecanismos, como ocurría en el Perú hasta hace muy poco y hoy todavía en Argentina, Brasil y Colombia, para no decir más.

Ha quedado en pie que usted considera inevitable la radicalización de la lucha política en el continente y que la fase superior de ésta es la lucha armada y menciona como una de las expresiones de esta lucha a la guerrilla. ¿Cree que ésta es la expresión adecuada para Chile?

Conforme al criterio esbozado en la respuesta anterior, resultaría que si en un país determinado no existiera proceso político vigente alguno, el foco guerrillero vendría a sustituirlo totalmente y todo el proceso político se confundiría con el proceso guerrillero en expansión. Ahora, en la medida que en un país existe un proceso político vigente, en esa misma medida el foco guerrillero deja de ser el eje fundamental a través de! cual se genera y desarrolla el proceso político y el foco guerrillero, de producirse, cumpliría el papel de acelerador del proceso político preexistente, de precipitante para que ese proceso en su conjunto se lleve al nivel armado, en fin, para que tome un carácter complementario.

De acuerdo a este punto de vista, y dada la vigencia mayor o menor de un proceso político en nuestro país, no creo que en Chile sea la guerrilla la forma fundamental en que ha de expresarse la violencia revolucionaria. En este país existe un real proceso político que ha ido integrando, con mayor intensidad sobre todo en los últimos años, a cada vez más vastas capas de población en su seno, eso sí que con un sentido y una orientación fundamentalmente conservadoras que les han impreso las clases dirigentes con la complicidad inconsciente de la izquierda. La fase superior de la lucha política que es la violencia revolucionaria, no surgirá aquí de un foco externo a ese proceso político, como sería el foco guerrillero típico definido por Debray, sino a la inversa, emergerá como resultado de la agudización y del calentamiento al rojo del proceso político vigente.

Aquí la violencia expresará la forma más avanzada de un proceso preexistente y no la primera etapa de un proceso político naciente.

Me explico. Si en Chile una resuelta y audaz política revolucionaria de izquierda en todos los planos, encaminada a la toma del poder, llega en un momento a comprometer la estabilidad del sistema, la violencia contrarrevolucionaria —consubstancial con la naturaleza de clase del super estado norteamericano que se ha ido configurando por encima de nuestras soberanías nacionales— se hará presente en una u otra forma. O será un golpe de Estado de una fracción de las Fuerzas Armadas estimuladas por la CIA, o será una invasión de "marines", para proteger "las minas de cobre", o será un levantamiento de "guardias blancos" impulsados por los yanquis, o será una invasión de Chile por los "gorilas" argentinos.

En otras palabras, cuando el sistema aparece de veras cuestionado, la violencia contrarrevolucionaria emerge por fin. De ahí que si la Izquierda desea realmente tomar el poder no puede seriamente plantearse su triunfo sino en base a su capacidad en el plano de la violencia, de hacer frente y derrotar al enemigo armado.

No se trata, pues, de hacer la idealización de la violencia por la violencia sino de tomar realísticamente las cosas como son. La Izquierda, repito, no puede capturar el poder sin ser más poderosa y fuerte que la reacción y mientras ésta, a través del super estado norteamericano y su agente, el gobierno chileno, tenga el monopolio de la violencia, no será posible derrotarlo.

Es claro que para que una situación de esa peligrosidad para el orden social se produzca, es necesario que la izquierda aspire realmente al poder para capturarlo para sí, y no limite sus ambiciones a ser un grupo de presión que desde afuera vaya obteniendo sucesivas "conquistas" economicistas o aumentando el número de sus parlamentarios. Esta política que mecánica y periódicamente practica la Izquierda frente a cada elección para fuñar representantes en el Parlamento y frente a cada huelga, para generar nuevos lazos que comprometan al movimiento popular con el sistema, nunca va a poner en peligro su estabilidad y, por lo mismo, no hace necesario que el enemigo saque la espada para defenderse. Su esencia violenta permanece disfrazada bajo una apariencia que disimula sus objetivos reales.

La forma fundamental que en un país como Chile pueda asumir la fase superior de la lucha política, cuando el proceso vigente llegue a colocar a la orden del día el problema del poder, es impredecible en términos absolutos. Yo me inclino a creer que es más probable que tome la forma de una guerra civil revolucionaria, a la manera española, con intervención extranjera, pero de curso más rápido y agudo. Ni la clásica insurgencia popular culminando en la huelga general ni la guerrilla, según el abstracto modelo de Debray, me parecen las vías armadas fundamentales más viables y más probables para nuestro país. Aunque tanto la insurgencia obrera como la guerrilla pueden integrar el proceso general revolucionario, pero no con el carácter de su vía fundamental, sino como elemento acelerador o precipitante, como se dejó dicho más atrás.

Es curioso anotar que, a mi juicio, la revolución cubana no es un ejemplo del modelo guerrillero típico que define abstractamente Debray. En Cuba sólo aparentemente el desembarco del "Granma" significó la emergencia de un foco militar ajeno al proceso político tradicional. En rigor, ese foco fue la culminación de un proceso político vigente, cuyas raíces hay que buscarlas en la oposición de los "ortodoxos" —en la cual militó Fidel— al "batistato" y al corrompido autenticismo, en el asalto al Cuartel Moncada y en el sensacional proceso a que fueran sometidos sus actores, que culmina con el célebre alegato "La historia me absolverá". Este documento señala precisamente el entronque entre el proceso real que vivía Cuba y su nueva etapa militar que se concreta en el desembarco del "Granma".

Me parece que factor decisivo en el destino de la guerrilla en Bolivia ha sido la falta de relación directa entre el proceso político que ha vivido este país en los últimos quince años, proceso que ha impactado a la existencia nacional, y la emergencia del foco guerrillero, marginal desde muchos aspectos al real acontecer político del país. La articulación entre el proceso político y la guerrilla en un todo superior me parece condición necesaria del éxito y ella estuvo ausente en Bolivia.

Dentro de la Izquierda y del campo revolucionario millares de chilenos se preguntan, ¿qué hay que hacer para desembocar en la fase definitiva revolucionaria?

El cómo, la forma y la oportunidad en que el proceso político llegue a su etapa culminante de la toma del poder y del enfrentamiento armado, que es su correlato inevitable, no puede ser sino el producto de la lucha que en función de la toma del poder acometan las fuerzas revolucionarias. No puede ser el resultado ni de un capricho ni de un esquema ni de un deseo voluntarista, sino es el resultado de un proceso real que va configurando la fisonomía de sus etapas posteriores y definitivas. Por eso lo importante es que la Izquierda comience a actuar en función del poder, subordine a este propósito, concebido dentro del marco de la estrategia de la lucha armada y continental, todas las otras formas de lucha, las electorales, las parlamentarias, las ideológicas, las sindicales, etc., de manera de ir agudizando la lucha política, aumentando y concentrando fuerzas y precipitando el desenlace natural del proceso. Por eso, lo que hay que hacer es comenzar a trabajar en ese sentido y en esa dirección, dejando de lado ilusiones electoralistas, prácticas parlamentaristas y luchas simplemente reivindicacionistas, que dispersan, desorientan y confunden con el sistema a las fuerzas potencialmente revolucionarias.

Usted no parece compartir la tesis de los dirigentes de izquierda chilenos que sostienen que las acciones actuales que ellos alientan están dirigidas a hacer conciencia revolucionaria en las masas.

No, no creo que fundamentalmente produzcan ese efecto, en la medida en que esas acciones no están insertas dentro de un contexto general que conduzca a la captura del poder, de manera que quienes se comprometen en esas acciones en definitiva agotan sus posibilidades en la acción misma, sin que ésta se engarce y se proyecte en una empresa revolucionaria.

Stalin lo ha expresado claramente: "Para el reformista, ha dicho, las reformas son el todo; a él la revolución sólo le interesa como medio para charlas, para desorientar. Por eso con la táctica reformista, bajo las condiciones del poder burgués, las reformas se convierten inevitablemente en instrumentos de consolidación de este poder, en instrumentos de descomposición de la revolución; para el revolucionario, por el contrario, las reformas son un producto accesorio de la revolución. Por eso, con la táctica revolucionaria, bajo las condiciones del poder burgués, las reformas se transforman naturalmente en instrumentos de descomposición de este poder, en instrumentos de fortalecimiento de la revolución, en punto de apoyo para el desarrollo ulterior del movimiento revolucionario".

Es evidente que la conservatización que se observa en las clases medias y en algunos sectores de trabajadores, demuestra que las acciones a que aludía en su pregunta han ayudado más a estabilizar el sistema que a debilitarlo.

Usted señala que la marcha hacia la revolución se inicia con la decisión auténtica de los revolucionarios de trazarse una estrategia que los lleve a la conquista del poder; de todos modos queda en el aire el problema que inquieta a millares de personas. ¿Qué debe hacerse para comenzar este movimiento?

Yo creo que una vez definida la estrategia general en los términos ya aludidos, lo que corresponde sería promover la unidad de todos los revolucionarios. Para adquirir fuerza por una parte y para romper por otra los marcos estrechos y limitados que hoy día los dividen y esterilizan. Un frente de los revolucionarios chilenos, que unifique por encima y más allá de las fronteras partidarias a quienes se definan consecuentemente en contra del imperialismo, procurando plantear el proceso político chileno en términos de dos fuerzas contendientes, los antiimperialistas por un lado y los proimperialistas por el otro. Esto implica romper el esquema tripartito de la política chilena en los últimos años, en que los radicales y los demócratacristianos han jugado el papel de tampón en la radicalización de la lucha política, sirviendo de instrumentos, cada uno en su hora, para neutralizar en beneficio de la derecha a los sectores populares que han caído bajo su influencia. La destrucción del centro político en Chile a fin de definir la pugna en los términos reales que se da en los hechos, constituiría a mi juicio la primera condición para que el camino revolucionario pueda recorrerse. Esto implica superar todo sectarismo, todo chauvinismo partidario, y, siguiendo el ejemplo de la Revolución Cubana, estar dispuesto a aliarse con todos los que quieran comprometerse en esa lucha. Esto envuelve el rechazo de todo intento de resucitar bajo una u otra forma el frente-populismo en la medida que éste significa integrar a un radicalismo en descomposición al movimiento popular, fortaleciendo con su presencia en él, a todas las fuerzas y potencialidades reformistas y que laten virtualmente en su seno, ahogando así el impulso de las tendencias revolucionarias.

Como esas fuerzas y esas virtualidades existen en el seno de la Izquierda, un apoyo a un radical en la elección de Cautín por ejemplo, por muy auténticamente izquierdista que fuera, despertaría toda clase de ilusiones en las perspectivas electorales del frente-populismo proyectadas hacia 1970, en circunstancias que incluso una discutible victoria en esas condiciones significaría, seguramente, una nueva capitulación frente al imperialismo. No faltarían razones de sensatez ni alusiones al "interés nacional", entre comillas, para justificar que se arriaran las banderas antiimperialistas a fin de hacer posible desde el Gobierno "realizaciones concretas y positivas".

Esto no quiere decir que no deba conscientemente intentarse atraer con lealtad y optimismo a los elementos jóvenes de los partidos de centro en descomposición hacia la causa antiimperialista en la medida en que se vayan definiendo a favor nuestro. Creo singularmente que en la juventud demócrata cristiana hay fuerzas a las que no cabe rechazar con un sectarismo absurdo, sino a las que corresponde Impulsar a fin de que puedan llegar hasta las últimas consecuencias en sus posturas inconformistas.

En definitiva creo que precisada la estrategia general, todas las alianzas que conduzcan a favorecer su realización, ampliando el frente antiimperialista son justas, y que todas las alianzas cuyo sentido nos aleje de los objetivos de esa estrategia cualesquiera que sean sus justificaciones inmediatistas, son equivocadas y funestas.

El Partido Comunista sostiene que el resultado de la última Convención Nacional del Partido Radical y la elección de la Mesa del Partido Democristiano que preside el senador Rafael Agustín Gumucio, son elementos positivos para el proceso revolucionario. ¿Usted lo entiende así también?

No, no lo entiendo así, en la medida en que el primero de los hechos citados envuelve básicamente el propósito de utilizar Una plataforma doctrinaria de carácter izquierdista para pretender integrar al radicalismo como un todo en el seno del movimiento popular, siendo así que los intereses y la ideología que representan son expresivos de realidades caducas y obsoletas, cuyo único sentido es el de ser instrumentadas por la derecha a fin de neutralizar o castrar a la Izquierda. En cuanto al segundo hecho, estimo que también la directiva actual de la Democracia Cristiana está lejos de interpretar el contenido conservador de los Intereses de esa fuerza política, de manera que sería un auto-engaño vergonzoso el que quisiéramos definir a una fuerza que es hoy la nueva cara de la derecha y el agente directo del imperialismo en el Gobierno, por las declaraciones de líderes que en realidad expresan sólo a un sector limitado de un partido que globalmente los utiliza para simular una posición de Izquierda, que en el fondo no tiene.

Por esta razón yo me opongo a las alianzas formales con los partidos de centro para fines reformistas e inmediatistas, cualesquiera que sean los pretextos con que se las quiera justificar y soy partidario de estimular a que vengan hacia nosotros aquellos que dentro de esas fuerzas están en proceso de desarrollo de una conciencia revolucionaria que, entre paréntesis, no es monopolio de nadie y puede advenir en todo chileno que lealmente quiera colocarse al servicio de los intereses del pueblo y del país.

Esta estrategia que usted ha ido definiendo a lo largo de esta entrevista, importa un desahucio de la unidad socialista-comunista?

De ninguna manera, pensamos que el Partido Comunista debe integrar naturalmente el movimiento revolucionario. Y así, como los socialistas, también el Partido Comunista debe adecuar su comportamiento a la estrategia general que ambos Partidos aprobaron en la Conferencia de OLAS.

El entendimiento socialista-comunista es un hecho político de innegable valor y elemento decisivo en el desenlace favorable del proceso revolucionario chileno. De ahí por qué nuestra principal tarea común debe ser el tratar de conformar para Chile tácticas que nos permitan realizar conjuntamente una política revolucionaria, combatiendo las desviaciones reformistas y electoralistas que se han generado por la convivencia estéril dentro del dispositivo legal del país.

Las discrepancias que puedan surgir entre nosotros deberán ser superadas por el método de la discusión fraterna y su resultado lo determinará la práctica y no los anatemas y las proscripciones.

¿Cómo sitúa usted al Partido Socialista dentro de esta estrategia trazada en sus declaraciones?

Yo creo que nuestro Partido, sobre todo, como resultado de su próximo Congreso está en condiciones óptimas para poder promover la realización de una política como la bosquejada, aspirando a ser el núcleo del partido de la Revolución chilena, con un espíritu a la vez intransigente y abierto como el que inspiró al Movimiento "26 de Julio" y a les comunistas cubanos cuando se Integraron en un solo y gran Partido, sobre la base de una política común. Considero que en el próximo Congreso, el Partido debe adecuar su organización y su dirección a la realización de esta política que germinalmente nosotros ya concebimos cuando formulamos la línea del "Frente de Trabajadores", prolongada y contenida ahora en la línea general de OLAS.

La actitud de los jóvenes socialistas al restarse a participar en el Mitin Latinoamericano de Solidaridad con Vietnam, realizado en Santiago, ¿correspondería a esa nueva línea que usted augura para el Partido Socialista?

No me parece que así sea. Hay en esa conducta cierto negativismo y cierta evasión que no veo traduzcan fielmente el espíritu de unidad y profundización del antiimperialismo, que debe caracterizar nuestra lucha.

Ese tipo de actitudes conduce al aislamiento, no estimula ni fortalece a los gérmenes de descomposición que se han generado en el seno de eses partidos de centro, que es nuestro deber acelerar, y nos margina de los procesos políticos reales llevándonos a vivir ideal y especulativamente un proceso revolucionarlo, en vez de incitarnos a realizarlo en la práctica.

Por otra parte, para una política centrada en la acción antiimperialista y en la que la toma de conciencia del significado de la gesta del Vietnam, tiene una Importancia fundamental, no cabe adoptar una actitud aislando el hecho frente al cual se reacciona del sentido general en el que va envuelto. En un momento en que el repudio de la opinión pública mundial, incluso norteamericana a la política de Johnson es pieza decisiva en la estrategia destinada a vencer en el más agudo e importante de los escenarios políticos del mundo, no cabe sino subordinar a ese objetivo cualesquiera otra consideración.

Este ejemplo demuestra la necesidad de ir en todo momento reaccionando frente a los acontecimientos que se presentan con un único criterio central que permita distinguir lo accesorio de lo fundamental y lo fundamental es siempre el golpe que se pueda dar al imperialismo y la contribución que se pueda prestar a la lucha antiimperialista continentalmente concebida y destinada a culminar con el enfrentamiento de la violencia revolucionaria a la violencia contrarrevolucionaria.

Una política como la que aquí hemos examinado es difícil de realizar y puede fácilmente degenerar en un aislamiento del Partido a corto plazo si a quienes se le encomienda su ejecución no saben conjugar las exigencias de la práctica con los imperativos de la estrategia general que vamos a adoptar. No podemos farrearnos en una borrachera de declaraciones puristas toda una línea que exige madurez y firmeza para aplicarla con sentido creador. No hay que olvidarse que lo político se desarrolla en el plano de los hechos y de las fuerzas y no al nivel de los conceptos y de las autojustificaciones.

¿Cree que el Partido Socialista actual está en condiciones de desarrollar una política como la que Ud. ha bosquejado?

El Partido debe primariamente, para irse colocando en condiciones de realizar esa política, crear tareas que converjan hacia su objetivo final y que permitan desplazar hacia ella la energía creadora de sus mejores militantes que están esperando poder materializar una conducta revolucionaria y en segundo lugar renovar sus cuadros y sus militantes, abriéndose generosamente a todos aquellos elementos de Izquierda conscientes que están buscando un lugar donde hacer carne su conciencia revolucionaria.

Una audaz promoción de cuadros jóvenes a las tareas directivas, incluso al Comité Central; una apertura resuelta y desprejuiciada del Partido hacia la gente de izquierda que está buscando una herramienta política para expresar su voluntad revolucionaria, a través de un reclutamiento generoso y calificado de lo mejor que tiene el movimiento popular y que no reconoce banderías partidistas, es condición absolutamente necesaria del éxito de nuestra empresa política.

De allí por qué pienso que la lucha en contra de todos los sectarismos —provengan de imitadores mecánicos de la gesta cubana, o de las viejas rigideces de un trotskismo mal digerido— es esencial para darle al Partido la oportunidad de crear efectivamente una política revolucionaria para Chile, sobre la base de tomar conciencia de lo que somos realmente, dentro del marco de la estrategia general ya diseñada. Nadie tiene la verdad en el bolsillo, y sólo en la lucha y en la discusión de sus experiencias podremos irla conquistando.

Tengo la impresión de que los esquemas no nos dejan ver a Chile. Las ricas abstracciones con que la teoría marxista sintetiza la experiencia de la vida, para muchos, en vez de servirles de faros orientadores para iluminar el camino y abrir perspectivas, los limitan y esterilizan en la acción, en la medida que por falta de fe interior en el hombre, las usan como nuevos dogmas o fetiches religiosos para suplir su incapacidad creadora. Si abrimos paso dentro del Partido a que lo mejor de los trabajadores y de la intelectualidad chilena contribuyan a esta toma de conciencia a través de una práctica fecunda, estamos ciertos que llegaremos a convertirnos en el mejor instrumento para aglutinar a nuestro alrededor a los chilenos que se afanan con pasión por encontrar una salida grande y socialista a la crisis nacional.

¿Cree usted que la escisión que recientemente ha dado origen al Partido Socialista Popular pueda perjudicar la política de su Partido y qué alcance y magnitud le reconoce?

Dentro del espíritu que inspira a estas declaraciones, que no es otro que el de avanzar, de mirar hacia adelante, superando prejuicios y venciendo resentimientos, no creo que sea útil y conducente referirse a un ingrato episodio que, felizmente, no ha afectado cualitativa ni cuantitativamente al Partido. Ya los hechos están diciendo su palabra definitiva y la historia se encargará muy pronto de corroborar nuestro juicio.

Perdone una pregunta indiscreta. No ha dejado de sorprenderme que usted haya dado respuesta pública a este cuestionario, en circunstancias que tradicionalmente los dirigentes de su partido se han caracterizado por el hermetismo frente a una problemática como la que aquí se ha considerado.

En primer lugar debo recordarle que estamos en vísperas de un Congreso General que deberá fijar la línea del Partido y que en este período todo el Partido tiene la obligación de pronunciarse sobre estas cuestiones, en sus organismos regulares.

En segundo lugar, yo creo que no debe haber límites absolutos entre el Partido y el pueblo en una sociedad abierta como la chilena, en la que hay opinión pública que influye y se deja influir. Creo que el Partido Socialista no es de propiedad de sus militantes sino pertenece al pueblo, pertenece a Chile, por eso todo lo que se haga por incorporar realmente al pueblo a todo lo relativo al Partido, lo convertirá en mejor expresión suya, lo hará más chileno, lo hará más revolucionario, sólo si pensamos y actuamos junto a las masas podremos dirigirlas. Si así no lo hacemos, terminaremos por ser extraños a ellas, y no lograremos ni interpretarlas ni conducirlas. Si estas opiniones, en este momento previo al Congreso del Partido, son conocidas fuera de él, creo que ello ayuda a nuestra tarea y señala, quizás, un método y un estilo más abierto y desenvuelto que el tradicional formalismo con que la izquierda ha resuelto sus problemas internos. Y también tenemos que hacer una revolución en nuestras prácticas y en nosotros, si queremos hacerla para afuera.


El Partido Socialista en la Lucha Mundial y Continental por el Socialismo

Publicamos a continuación las cinco partes de la tesis de política Internacional que discutirá el Partido Socialista en su Congreso de Chillán. Fue elaborada por una comisión en la que participaron Clodomiro Almeyda, Agustín Álvarez Villablanca, Carlos Moral, Julio Benítez y Edmundo Serani.

Informe básico sobre la situación internacional

1.— La posición internacional del socialismo es el aspecto básico de su línea política, por cuanto el socialismo mismo como ideología y como realidad es un producto de la internacionalización objetiva del mundo creado por el capitalismo. El socialismo no podrá realizarse nunca como sistema de convivencia humana, sino en la medida que se universalice y la lucha por el mismo tiene en consecuencia un carácter internacional insoslayable.

Los intentos de elaborar una línea política construyéndola sobre supuestos fundamentalmente nacionales y de construir cabalmente el socialismo o el comunismo en un solo país o región, por vasta que sea, generan necesariamente deformaciones en esa línea o esa construcción, que crean intereses contrarios al socialismo integral.

Por ejemplo, el intento de desarrollar las economías de los países atrasados desde adentro, debe conjugarse con el hecho fundamental de que la causa de su atraso en lo sustancial deriva del hecho de que la estructura económico-social del mundo impide que la riqueza ya generada por el capitalismo se utilice racionalmente en beneficio universal. Resulta así que la mejor contribución a nuestro desarrollo es la lucha por derrotar al imperialismo en el mundo.

2.— En la actualidad, dentro de las tres grandes contradicciones en que se manifiesta la pugna entre capitalismo y socialismo, a saber, antagonismo entre burguesía y proletariado dentro de los países capitalistas; antagonismo entre el sistema de estados socialistas y los estados capitalistas; y antagonismo entre el Imperialismo y los movimientos nacionales y revolucionarios de los países dependientes, aquella que ahora cobra mayor relevancia y cubre y envuelve a las otras dos, es la pugna entre imperialismo y antiimperialismo.

Ello se debe en primer lugar a que dentro de los países capitalistas, especialmente aquellos más avanzados, el movimiento socialista revolucionario se encuentra detenido en su desarrollo por la mayor o menor inserción de la clase obrera de esos países dentro del orden establecido y sólo una crisis general del capitalismo, que no se divisa debido a los mecanismos que éste ha desarrollado para conjurarla o atenuarla; o el impacto en su seno de la revolución triunfante en el resto del mundo, pueden nuevamente ponerlo en acción.

En segundo lugar, ello se debe a que los intereses específicos y particulares de los países socialistas los llevan a sostener una política de coexistencia pacífica con el capitalismo que embota también esta contradicción, además que las condiciones creadas internamente por esa competencia originan tendencias revisionistas en su seno que atemperan el vigor de la solidaridad internacional socialista.

En estas circunstancias, la contradicción que resulta más aguda y con tendencia a agravarse cada vez más, es la que se manifiesta entre los pueblos retrasados que luchan por liberarse política y económicamente y el imperialismo, que los mantiene en esa condición.

3.— En efecto, hoy día el imperialismo atraviesa por una nueva etapa en que las consideraciones políticas relativas a la necesidad de mantener el sistema y de neutralizar a los estados socialistas y aplastar al movimiento de liberación nacional de las áreas atrasadas, son las que determinan su política general. No se defiende ya solo principalmente el interés económico de un monopolio sino se defiende la subsistencia del sistema que hace posible la existencia de los monopolios.

Y quien ha asumido el liderazgo del imperialismo en este nivel político mundial, es el imperialismo yanqui, convertido en esta forma en el gendarme universal, que coloca su fuerza armada al servicio de la reacción en todo el mundo. De manera que la lucha contra él se confunde con la lucha por la revolución y en favor del socialismo.

Esto significa que dentro de esta guerra virtual entre el imperialismo yanqui y las fuerzas progresistas del mundo, la consideración básica que debe determinar la dirección principal de la política socialista, debe ser la de buscar la forma como mejor contribuir a la derrota del imperialismo en escala mundial.

4.— En el plano latinoamericano, la nueva etapa del imperialismo se caracteriza: a) por el reformismo condensado en la Alianza para el Progreso; y b) en la doctrina Johnson y los intentos de traducirla en una fuerza Interamericana de Paz, como manifestación del propósito imperialista de sofocar por la violencia cualquier intento de transformar la estructura social del continente en una perspectiva socialista.

Tales caracteres son la respuesta imperialista a las condiciones creadas por la Revolución Cubana en el Continente.

La Alianza para el Progreso significa que el imperialismo, interesado fundamentalmente en la defensa del sistema capitalista como un todo en América Latina, está dispuesto a sustituir su antigua alianza con las oligarquías tradicionales por un entendimiento con las nuevas burguesías y clases medias.

Significa que, por lo mismo, está dispuesto a presionar a las clases dirigentes de América Latina para que otorguen concesiones y promuevan reformas que eviten la agudización de crisis sociales en el continente, que puedan afectar su estabilidad política.

En este sentido el reformismo en Latinoamérica tiene un carácter fundamentalmente conservador, lo que no quiere decir que las fuerzas sociales y políticas de carácter progresista que el reformismo desate no puedan y deban ser influidas por los partidos revolucionarios con el doble objetivo de: 1) Llevar las reformas más allá de sí, proyectándolas hacia objetivos más profundos; y 2) de quebrar la unidad de las fuerzas sociales que apoyan al reformismo, de manera que su apoyo vaya siendo cada vez más reaccionario y su base de sustentación más débil en la medida que se radicalice el movimiento de masas que haya logrado atraer.

Por otra parte, la política neo imperialista, paralelamente a su empeño por disminuir mediante el reformismo las posibilidades de subversión violenta, intenta garantizar formalmente por la fuerza armada la estabilidad del sistema, para lo cual ha formulado la Doctrina Johnson, en cuya virtud los EE.UU. se reservan el derecho de hacer uso de la fuerza para evitar, en cualquier parte del continente, la instauración de un régimen de orientación marxista o comunista.

Esta doctrina, formalícese o no a través de la Fuerza Interamericana de Paz, envuelve la manifestación de voluntad del imperialismo de enfrentar por la fuerza al movimiento revolucionario y coloca a éste, en términos continentales, en la necesidad de plantear su lucha en ese mismo plano; en última instancia, la continentalización y su elevación al nivel armado constituyen los principales rasgos del proceso político latinoamericano.

OLAS, Organización Latinoamericana de Solidaridad, a cuya creación contribuyó decisivamente el Partido Socialista, conforme los acuerdos del Congreso de Linares y cuyas resoluciones aprobadas en su Primera Conferencia suscribió, constituye en el plano orgánico el reflejo germinal del carácter progresivamente continental y armado que está asumiendo el proceso revolucionario latinoamericano, reflejo orgánico destinado a estimular, impulsar e integrar cada vez más las luchas de los movimientos antiimperialistas de América Latina, bajo una orientación y una estrategia continental única.

5.— El cisma chino soviético, que evidentemente ha significado un debilitamiento de la fuerza del socialismo mundial, por una parte, por la otra, al romper el monolitismo ideológico y político, crea a su vez condiciones para que el movimiento socialista revolucionario encuentre su unidad a un nivel superior, en el que el internacionalismo no signifique la subordinación del movimiento revolucionario a los intereses de un Estado, por poderoso que sea, sino que refleje en el plano de la acción la común perspectiva socialista que objetivamente integra en un solo frente antiimperialista a todas las fuerzas populares del mundo que, en una u otra forma, experimentan y sufren la política reaccionaria del imperialismo americano.

Desde este punto de vista el socialismo chileno, dentro del contexto del movimiento revolucionario latinoamericano, se orienta en el sentido de contribuir a una paulatina integración en un frente único mundial antiimperialistas de cada uno de sus destacamentos nacionales, conseguido mediante una autónoma convergencia hacia objetivos comunes a través de la lucha contra el enemigo común.

Proyección mundial y continental del socialismo chileno

Estrategia Internacional

Al establecer su política nacional, el Partido Socialista debe partir de una realidad objetiva, hoy más vigente que nunca; la revolución chilena se entronca indisolublemente con el proceso continental y mundial de la lucha de clases, como lo demuestran los siguientes factores externos que gravitan sobre nuestro curso local.

1.— Chile es uno de los países del mundo colonial. Su economía capitalista está en lo esencial, organizada en función del mercado mundial. Las tendencias económicas internacionales afectan directamente a nuestro desenvolvimiento. Hay que tenerlas siempre en cuenta, para definir una política nacional. Por otra parte, no olvidemos que nuestro retraso económico y cultural se debe a nuestra condición dependiente, es decir, a nuestra ligazón a fuerzas económicas extrañas.

2.— El imperialismo opera con una estrategia global. En su desesperada tarea de hacer frente a la revolución, unifica a las burguesías nacionales y les da un comando centralizado. La respuesta lógica de los revolucionarios debe ser su unidad internacional. En América Latina, a la OEA debemos oponerle la OLAS; al Pentágono y al Departamento de Estado, oponerle una dirección revolucionaria continental. La revolución chilena está indisolublemente ligada a la revolución latinoamericana y ésta, a la mundial. La cabal y definitiva realización de sus tareas se logrará sólo en la medida en que se vaya derrotando internacionalmente al imperialismo y a sus aliados, y se vaya estableciendo la planificación socialista a niveles supranacionales.

3.— Consecuente con su definición marxista-leninista, nuestro Partido sustenta el principio del internacionalismo proletario, que en este instante se expresa en la lucha mundial por derrotar al imperialismo en todos los frentes y en la construcción de un mundo socialista integrado internacionalmente.

Creemos que todos estos hechos nos obligan a examinar con la mayor seriedad y atención los procesos externos, para partir de ellos en la determinación de nuestra estrategia y táctica local.

Por otra parte, nuestra participación en la OSPAAAL e integración a OLAS nos pone ante dos paralelas: una teórica, la búsqueda de una posición propia, ante la conflictiva situación internacional; otra práctica, la construcción de una nueva directiva continental y mundial para el movimiento revolucionario.

La Organización de Solidaridad con los pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL) y la Organización Latino Americana de Solidaridad (OLAS) son un paso hacia la formación de una dirección internacional de la revolución.

El Partido Socialista participó de la OSPAAAL y forma parte incluso del Secretariado Ejecutivo. Igualmente contribuyó decisivamente a la creación de OLAS. Consecuentemente debe participar activamente en el funcionamiento de esta última, tanto a escala continental como en nuestro país. Para el PS la OLAS es más que una mera institución de solidaridad. Debe convertirse en una dirección de la Revolución Latinoamericana y en paso indispensable en el proceso de unidad mundial de los pueblos, meta a la cual nuestro Partido tiene la obligación de contribuir. Y cuyo primer intento lo constituye la creación de OSPAAAL en el plano mundial.

Concretamente el Partido Socialista debe resolver:

1º.—Reconocimiento absoluto de OSPAAAL y continuar participando en ella;

2º.—Hacer suyo los acuerdos de la Iª Conferencia de la Organización Latino Americana de Solidaridad (OLAS);

3º.—Tomar las medidas para que se incorporen a su Comité Nacional, todas las fuerzas revolucionarias y antiimperialistas que declaren aceptar los acuerdos de la Iª Conferencia;

4º.—Estudiar de inmediato las formas de poner en práctica las acciones efectivas de solidaridad para con los pueblos que han tomado la vanguardia de la lucha de liberación continental.

En consecuencia, para que OLAS se convierta en el Estado Mayor de las fuerzas revolucionarias del continente, debe abrir un amplio debate entre los revolucionarios de América Latina que le permita intervenir con una visión propia en la urgente tarea de clarificación de los problemas de la lucha de clases a escala mundial. En esta forma OLAS podrá homogeneizarse y fortalecerse interiormente y aportar positivamente a la tarea de construir un comando internacional unificado de los pueblos contra el imperialismo. En cuanto a nuestro Partido debe dar el ejemplo a través de su propia discusión y clarificación interna, proyectándola después a las otras organizaciones revolucionarias del país. Para mejor hacer posible esta discusión entregamos las siguientes ideas básicas:

La gran tarea: construir un comando unificado de la revolución socialista mundial

Señalamos a continuación una serie de consideraciones que orientarán nuestra toma de posición en el cuadro continental y mundial:

a).—El Partido Socialista se reconoce parte de las fuerzas que luchan por el socialismo en el mundo entero.

b).—El proceso mundial de la revolución socialista no puede quedar librado a la espontaneidad. Debe ser dirigido en términos globales, teniendo en cuenta que el propio imperialismo centraliza la conducción de las fuerzas contrarrevolucionarias.

c).—El Partido Socialista aspira a una progresiva conformación de una dirección internacional de los socialistas revolucionarios. Es cierto que tal tarea es difícil, especialmente debido a la presión de las profundas divergencias que afectan al movimiento revolucionario mundial. Pero es de urgencia comprenderla.

ch).—Sostenemos que ningún partido, ni Estado, tiene derecho a monopolizar la dirección de los pueblos revolucionarios con un ejercicio burocrático que sacrifique el curso de la Revolución mundial a los intereses y necesidades de la tendencia o del Estado; mucho menos en el actual período de discusión y enfrentamiento tendencial.

d).—Valorizamos la superior experiencia alcanzada por otros partidos o movimientos. Queremos utilizarla positivamente, pero sin abdicar en nuestra responsabilidad de encontrar los caminos concretos que ha de seguir la revolución chilena y aportando nuestro propio punto de vista frente a los problemas generales de la lucha de clases.

e).—Reconocemos que el conocimiento y dominio de las tendencias objetivas que presiden el acontecer histórico se logra mejor desde una perspectiva supranacional. Por lo tanto, una futura dirección internacional está en las mejores condiciones para diseñar una estrategia colectiva de los pueblos. Pero la aplicación específica a las peculiares condiciones locales es tarea que reivindicamos para cada partido o movimiento nacional.

Hacia una toma de posición en el debate mundial entre revolucionarios

Los marxistas consecuentes no pueden fundamentar su acción práctica en una indefinición teórica. El internacionalismo a escala regional latinoamericana no podrá materializarse si no se comprende que hay que enunciar claramente una posición que abarque el conjunto de los problemas que enfrenta el desarrollo revolucionario. Dar vuelta la espalda a las dramáticas cuestiones que preocupan a las fuerzas socialistas de todos los continentes, puede llevar al Partido Socialista, por una parte, y a la OLAS, por otra, a una frustración e impotencia crecientes. No definirse sabría a oportunismo político, incongruente con una definición de principios.

En primer lugar, queremos caracterizar este momento histórico como el período de la transformación revolucionaria del capitalismo en el socialismo y de la derrota del imperialismo.

Esta generalización supone una transición político-militar determinada por:

1.—Estratégicamente, por el empuje de las masas revolucionarias que —a pesar de parciales y pasajeras derrotas y retrocesos— golpean sin descanso hasta la victoria final; y

2.—Tácticamente, por la negativa del Imperialismo a abandonar pacíficamente sus posiciones, oponiendo una desesperada resistencia antes de caer.

En segundo lugar, estimamos indispensable intervenir críticamente en el análisis de las siguientes experiencias de la lucha de clases internacional. Frente a cada una de ellas, esbozamos sendos planteamientos esquemáticos, que sirvan de base de discusión para una toma de posición:

1.—Procesos de liberación nacional y su curso ulterior:

Declaramos cerrada la época de las revoluciones a medias. Las revoluciones que se intitulan "pacíficas", "democráticas", "nacionales", "populistas", "paternalistas", etc., han fracasado si se proponían obtener la liberación nacional, el desarrollo económico y social y la participación creadora de las masas en el proceso revolucionario. Las experiencias de América Latina (Revolución mexicana y boliviana, reformismo guatemalteco, venezolano, populismo de Perón, de Goulart, de Frei, etc.), de África ("socialismo" árabe, nuevas repúblicas de África Negra, etc.), y de Asia ("socialismo" de la India de Nehru, "antiimperialismo" de Sukarno en Indonesia, etc.), demuestran la bancarrota de las revoluciones que no se profundizan hacia el socialismo.

O la revolución la hacen las masas obreras y campesinas, con la participación de las clases medias pobres y de los intelectuales revolucionarios, bajo la dirección marxista consecuente, o se frustra el proceso bajo una dirección burguesa o pequeño-burguesa inconsecuente. O la revolución cumple en un mismo proceso las tareas democrático-burguesas y las tareas socialistas, teniendo a la clase obrera como eje del proceso, o renacen las fuerzas de la contrarrevolución y la llevan a una grave derrota. O la revolución se proyecta hacia la región o continente para convertirse en parte de la revolución mundial, o queda aislada y facilita la intervención imperialista.

2.—Lucha de masas en los países capitalistas avanzados:

El proletariado de los países capitalistas tiene una larga tradición de lucha. El mejoramiento relativo de sus niveles de vida no lo excluye fatal y definitivamente de jugar un rol en la revolución mundial. Si hasta la fecha no ha amenazado desde dentro a los bastiones capitalistas, no es porque haya devenido contrarrevolucionario, sino porque sus dirigentes reformistas y conciliadores han pactado con la gran burguesía de EE.UU. y de Europa Occidental.

La agudización de la lucha de clases internacional lo irá radicalizando. El movimiento revolucionario de los afro-norteamericanos es una primera, aunque peculiar expresión. La revolución colonial, de la que formamos parte, necesita del ascenso de las masas europeas y norteamericanas, tanto para debilitar al imperialismo como para que, más tarde, los regímenes obreros triunfantes en esa área, pongan las fuerzas productivas allí acumuladas, al servicio de la satisfacción pronta y completa de las necesidades del recién liberado mundo colonial.

3.—Los Estados obreros, su política internacional y la pugna entre el PC soviético y el PC chino:

Nuestro Partido solidariza con los procesos de construcción socialistas iniciados en la URSS, Europa Oriental, Asia y América Latina. Saluda cada progreso en la cimentación material o Ideológica de su desarrollo por los caminos de la propiedad colectiva y planificación. Defiende las conquistas logradas por la clase obrera en esos países contra la agresión imperialista.

Nos preocupa que las divergencias entre el PC soviético y el PC chino, obstaculicen la marcha hacia la necesaria unidad de acción de los pueblos en su lucha contra el imperialismo.

Estimamos que el PS no puede seguir ignorando estas divergencias, ni volviendo la espalda a ellas. En consecuencia, debe declararse obligatorio el estudio interno de los juicios críticos que existen respecto a las verdaderas dimensiones del proceso soviético, por una parte y del proceso chino, por otra y de la política sustentada por cada una de las tendencias en que se divide el campo socialista. Sólo en esta forma, el Partido podrá definir una posición madurada frente a los problemas en discusión.

El PS debe rechazar la aplicación de la política de coexistencia pacífica en América Latina, entendida por la diplomacia soviética y por los partidos comunistas como conciliación entre las clases y como apaciguamiento en la lucha de los pueblos del continente frente al imperialismo y a las oligarquías dominantes. La mejor manera de defender las realizaciones del campo socialista es extender la revolución mundial, golpear al imperialismo en todas partes y por todos los medios posibles. Lo contrario es, justamente, abrir paso a la agresión contrarrevolucionaria.

4.—Cuba y la Revolución Latinoamericana:

La Revolución Cubana ha dado una dimensión diferente a la lucha de clases en nuestro continente. Demostró la viabilidad de la violencia revolucionaria para alcanzar el poder; ha legado una táctica específica, la guerrilla; ha levantado un ejemplar liderazgo simbolizado en Fidel y Che Guevara. Pero por sobre todo ha dejado al desnudo algo que los socialistas veníamos postulando desde 1957: la impotencia de la burguesía y su rol contrarrevolucionario. Una revolución verdadera —y la cubana lo es— no puede detenerse en meras tareas de democratización, independencia e industrialización, ni puede avanzar mientras tenga una conducción burguesa. En Cuba, la intervención revolucionaria de obreros, campesinos y capas medias pobres, bajo un audaz y consecuente comando marxista-leninista, ha ido cumpliendo dicho programa en la medida en que se avanza en la construcción socialista. La Revolución Cubana, o se hacía socialista o perecía.

Por otra parte, queda demostrado que una revolución, en los países coloniales y en esta época de enfrentamiento al imperialismo, desencadena de inmediato la contrarrevolución interna y la agresión externa y con ello abre curso a la extensión continental del proceso revolucionario. O avanza la Revolución Latinoamericana o Cuba puede perecer ahogada, bloqueada, a pesar de la heroica resistencia de su pueblo despertado por las potencialidades del socialismo.

Y esto que puede ocurrir con Cuba, más tarde y más dramáticamente aún, puede ocurrir con Chile o cualquier país que inicie su revolución. De allí, la importancia de convertir el camino de la revolución chilena en un camino continental que desemboque a las anchas avenidas de la revolución mundial.

La lucha antiimperialista del socialismo en América Latina

La lucha por el socialismo en Chile y en el continente americano es un aspecto de la lucha mundial contra el capitalismo y el imperialismo.

Las condiciones en que se lleva a cabo esta lucha son complejas y difíciles en Latinoamérica, debido a la política imperialista de Estados Unidos de Norteamérica que explota económicamente a nuestros pueblos, domina políticamente a nuestros gobiernos seudo-democráticos o militares y reprime por todos los medios económicos, políticos, militares y policiales a su alcance, los movimientos de rebelión de las masas. Frente a ello, los organismos políticos populares, sindicales, culturales, etc., de América Latina, no han logrado hasta ahora actuar en forma unitaria y coordinada en una acción frontal contra el imperialismo. Los partidos de orientación marxista evidencian profundas discrepancias, no sólo en su posición frente a los gobiernos reformistas del continente, que son obsecuentes ante el Imperialismo, sino, incluso, frente a la lucha guerrillera que ha surgido en algunos países latinoamericanos.

Esta situación obstaculiza el desarrollo del movimiento liberador de América Latina y del socialismo y obliga a un análisis de la correlación de fuerzas internas y externas que se oponen al socialismo. De ese análisis debe surgir, necesariamente, la tarea de equipar a los militantes socialistas con una ideología que los oriente en la lucha revolucionaria y en la organización de un partido capaz de luchar en todas las circunstancias con una táctica y una estrategia adecuadas, tanto en lo nacional como en lo internacional.

El actual panorama político internacional se presenta como una lucha entre el socialismo y el imperialismo, entre las fuerzas revolucionarias y contrarrevolucionarias y reformistas. Más de la tercera parte de la población mundial vive en regímenes socialistas o de transición al socialismo. En el propio continente latinoamericano, dominado por el imperialismo yanqui, Cuba ha logrado mantenerse hasta hoy como un ejemplo de lo que puede ser una república socialista. Asia, África y América Latina acusan fuertes movimientos de rebeldía contra el colonialismo y el neocolonialismo. El imperialismo norteamericano ha debido distraer grandes fuerzas militares para oponerse a esta resistencia de los pueblos. Vietnam, Cuba, Santo Domingo, las nuevas repúblicas africanas han sentido en carne propia la acción militar y policial del imperialismo norteamericano; pero, a pesar de este enorme despliegue de recursos represivos y de la debilidad material de los pueblos agredidos, el imperialismo no ha logrado aún sus propósitos de dominación total, y cada día crece más su desprestigio en el plano internacional mientras en el plano nacional, como en el caso de los Estados Unidos de Norteamérica, debe enfrentar agudas contradicciones internas.

En esta lucha de las fuerzas socialistas y revolucionarias contra el imperialismo y la reacción no siempre pueden anotarse victorias. El caso de la situación en América Latina, es un ejemplo típico de dominio imperialista a pesar de que la tendencia fundamental de nuestra época es la victoria del socialismo y la derrota del imperialismo. Esta afirmación, que podría estimarse como una ineludible ley histórica no significa que esta victoria se logrará sin sacrificios, sin nuestra activa participación en la lucha. Si el triunfo del socialismo sobre el capitalismo y el advenimiento del régimen socialista son necesidades históricas, debemos entenderlas como necesidades dialécticas en las cuales los luchadores socialistas constituyen el elemento principal. "Cuando decimos —expresa un autor— que el advenimiento del socialismo es necesario, eso quiere decir que las contradicciones del capitalismo son de tal naturaleza, que sólo el socialismo puede superarlas. Pero si no trabajamos por el advenimiento del socialismo, la contradicción no puede ser resuelta en manera alguna durante un largo período". Este concepto de la necesidad histórica del socialismo exige de los revolucionarios el máximo de energía y de sacrificios y el máximo de claridad intelectual para comprender la situación en que se encuentra actualmente el mundo. Un aspecto de esta situación es de que el capitalismo, en su carácter último de imperialismo no se entregará voluntariamente, no abandonará "la escena de la historia" y agudizará su actitud agresiva contra los movimientos de liberación, tratando de consolidar sus posiciones económicas, políticas, militares y policiales en todos los sitios del mundo en los cuales ejercita directa o indirectamente todavía su predominio.

Las agresiones a Cuba y Santo Domingo, la asesoría a los gobiernos títeres de América Latina para combatir las guerrillas, la penetración económica y cultural y la guerra criminal en Vietnam son, en estos momentos, ejemplo de las groseras maniobras que realiza el imperialismo norteamericano para afianzar y extender su dominación. El carácter y la extensión de estas maniobras revela que el imperialismo tiene conciencia del peligro que le amenaza, a pesar de que las fuerzas populares que se le oponen no siempre tienen conciencia de su poderío espiritual y actúan, a menudo, en forma inconexa y aislada.

En lo que a la realidad latinoamericana se refiere, los militantes socialistas deben llegar al convencimiento absoluto de que el imperialismo es el gran enemigo del progreso de nuestros pueblos, el principal agresor y el máximo explotador. Por eso el imperialismo norteamericano debe ser el principal blanco de las luchas del socialismo chileno. Aunar en una acción común, en una empresa de carácter continental, a todas las fuerzas sinceramente antiimperialistas debe ser una de las tareas principales del movimiento socialista en América Latina y del socialismo en cada uno de nuestros países. Eso es hacer realidad los acuerdos de OLAS, dando estricto cumplimiento a los compromisos que en la Primera Conferencia de esta Organización, contrajo el PS.

La actitud clara y definida contra el imperialismo yanqui es hoy el único cartabón con el cual puede medirse la calidad revolucionaria de un partido popular. El rechazo de todo compromiso con las fuerzas comprometidas con el imperialismo o indiferentes y acobardadas ante él debe elevarse a la categoría de principio inviolable en el plano de la política nacional e internacional. El apoyo, aún a título de buenas relaciones diplomáticas, a gobiernos que combaten el movimiento popular es inadmisible para los socialistas y debe ser denunciado como una traición a los principios clasistas que deben regir también las relaciones internacionales de las naciones.

Los socialistas hemos reconocido el principio de que el enfrentamiento final de los pueblos oprimidos con el imperialismo se dará en el campo de la lucha armada. Mientras se prepara a los pueblos, ideológica y materialmente, para esta lucha, es necesario adoptar toda clase de acciones concretas contra el imperialismo, abrir numerosos frentes de batalla en los campos económico, político, cultural, juvenil, laboral, campesino, etc., que distraiga a las fuerzas imperialistas y a sus incondicionales servidores criollos y los vaya desprestigiando y, por ende, debilitando paulatinamente. Sólo en la actividad práctica se irán creando las condiciones humanas subjetivas que hagan de cada militante socialista un incorruptible luchador social, anticapitalista y antiimperialista, esto es, un auténtico revolucionario. Sólo así se logrará alguna vez la victoria del socialismo y la derrota del imperialismo.

La situación en América Latina y lo que acontece en el plano internacional son pruebas incontrovertibles de que el imperialismo norteamericano constituye la más poderosa fuerza explotadora y agresiva de los pueblos, en connivencia con los gobiernos subordinados y obsecuentes y con las clases capitalistas criollas, formadas por latifundistas, empresarios, banqueros, políticos y altos funcionarios. Una de las tareas inmediatas y fundamentales del socialismo es hacer conciencia en las masas de que el imperialismo norteamericano es el enemigo principal y debe ser también el blanco principal de la lucha. Esta lucha no puede limitarse a declaraciones verbales, sino traducirse en acciones concretas que amaguen los puntos en que el imperialismo ejercita su penetración y su predominio: la economía, las finanzas, el periodismo, la cultura, la educación, la política, la ayuda militar, el cine, la radio, el comercio, etc. El socialismo debería transformarse en el campeón de un boicot nacional y continental, al cual se sumaran todas las fuerzas antiimperialistas populares contra la penetración imperialista. Solamente atacando al imperialismo en todas las regiones del continente y del mundo, y amagando sus intereses y abriendo numerosos frentes de lucha contra él, podremos enfrentar con éxito su estrategia de agredir por separado a nuestros pueblos y de dividir ideológicamente, por intermedio de su millonaria propaganda, a las fuerzas populares en cada país.

Esta lucha contra el imperialismo implica, al mismo tiempo, la lucha contra sus aliados nacionales e internacionales: los capitalistas criollos, los partidos seudo-democráticos y seudo-revolucionarios, los gobiernos entreguistas y militares que oprimen a sus pueblos y que, con la asesoría imperialista, tratan de detener los movimientos de rebeldía hasta en sus más débiles expresiones.

El imperialismo norteamericano, en cumplimiento de su estrategia de dividir para reinar, fomenta las rivalidades entre las naciones latinoamericanas, arma a las que son más sumisas a sus intereses económicos, políticos y militares en contra de las que aún se mantienen renuentes a sus designios y sólo grita contra el "armamentismo" cuando algunos gobiernos recurren para aprovisionarse de armas a otros arsenales que no son los yanquis. La lucha contra el militarismo de los países latinoamericanos es otro de los aspectos de la lucha contra el imperialismo norteamericano y una manera efectiva de defender la economía de nuestros países que distraen anualmente grandes sumas de su presupuesto en gastos militares.

Con el pretexto de la "ayuda militar" el imperialismo norteamericano ha creado un verdadero subsidio a la industria armamentista norteamericana y un odioso monopolio bélico. El 92% de los fondos que Estados Unidos proporciona por conceptos de "ayuda militar" se gastan en ese país, lo que significa para los países latinoamericanos una sangría anual en sus presupuestos que supera los 2.000 millones de dólares. A ello hay que agregar las contribuciones en hombres, la carne de cañón latinoamericana, con que algunos gobiernos de Latinoamérica contribuyen a las invasiones bélicas perpetradas por el Pentágono, como en el caso de Santo Domingo y los ofrecimientos para intervenir militarmente en contra de Cuba. Los esfuerzos del gobierno yanqui por la creación de la llamada "Fuerza Interamericana de Defensa" y la asesoría para combatir las guerrillas en Guatemala, Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia, son pruebas evidentes del sometimiento de nuestro continente a los dictados e intereses económicos y políticos del imperialismo norteamericano y de sus propósitos de permanente agresión contra nuestros pueblos a fin de evitar el desarrollo del movimiento socialista en América Latina.

Por desgracia, y a pesar de esta situación que es de dominio público, en todo el continente, aún no se logra hacer funcionar la OLAS conforme fue creada, transformándola en el verdadero instrumento que vigorice, oriente y coordine el movimiento antiimperialista continental. El valeroso ejemplo que está dando el pueblo vietnamita en su lucha contra la agresión militar yanqui no ha pasado hasta ahora más allá de despertar simpatías que se expresan en declaraciones políticas y de adhesión verbal. Lo mismo ocurre con la revolución cubana, que constituye el primer triunfo de la revolución socialista y la más efectiva base ideológica y práctica de la revolución latinoamericana. Para el socialismo, para el Partido Socialista de Chile y para los pueblos de América Latina, la defensa de la revolución cubana y el apoyo a la construcción socialista que ella está realizando a pesar del boicot yanqui y de los gobiernos sumisos del continente, es un sagrado deber de internacionalismo proletario. El develar de manera persistente la política anti-cubana del imperialismo norteamericano y de los gobiernos gorilas y seudo-democráticos de

América Latina debe formar parte importante del programa de acción y de lucha del Partido Socialista.

Hay quienes estiman todavía, dentro de las propias filas socialistas o entre los que se consideran auténticos marxistas-leninistas, que lo que ocurre en otras regiones del mundo no nos compete y que debemos luchar primero por cambiar la situación en nuestros respectivos países, colaborando directa o indirectamente en los planes de desarrollo de los gobiernos burgueses aun cuando éstos se hallen comprometidos con el imperialismo. Tal conducta, para los socialistas, debe ser considerada como de traición y oportunismo, como negación de la lucha de clases, como cooperación de clases y abandono de la lucha antiimperialista. Semejante actitud no es otra cosa que reformismo pequeño-burgués y contribuye a crear en las masas falsas ilusiones acerca de mejoramientos inmediatos, de perfeccionamiento de la legislación burguesa en favor del pueblo, distrae y obstaculiza la lucha revolucionaria de las masas, y posterga para un futuro imprevisible la creación de la conciencia de que únicamente la implantación del régimen socialista y la destrucción del imperialismo como máxima expresión del capitalismo solucionará los problemas del hombre y de la sociedad.

No podríamos desconocer que nuestro partido ha luchado denodadamente contra el imperialismo norteamericano, especialmente en lo que se refiere a los convenios del cobre, pero su lucha, desarrollada fundamentalmente en el plano parlamentario, no logró despertar conciencia ni fervor popular. Aún persiste en nuestro pueblo la creencia de que sin la cooperación de los Estados Unidos de Norteamérica no podemos sobrevivir económicamente. Aún persiste la imagen de que, fatalmente, debemos girar en la órbita norteamericana. Ello implica una desconfianza culpable en nuestras propias fuerzas, desconfianza que sólo puede ser erradicada si logramos desarrollar en las masas una conciencia socialista, sin desviaciones, sin conformismos reformistas, ni dogmatismos oportunistas que nos desvían de una interpretación realista de la realidad de la correlación de fuerzas internas y externas que podría guiarnos en la actividad práctica, política y sindical.

La lucha antiimperialista en nuestro país no ha podido realizarse hasta ahora en buenas condiciones, porque no hemos encontrado la justa ecuación que nos permita unir en un frente común a todas las fuerzas antiimperialistas bajo la dirección del pensamiento socialista. He aquí una de las grandes tareas que debe comprender el Partido Socialista, sobre la base de organizar y dirigir sus tácticas contra el imperialismo norteamericano y sus servidores criollos como los enemigos principales del socialismo, a quienes hay que denunciar en forma implacable y permanente.

De lo que se trata, a la postre, es de aislar al máximo al imperialismo y a sus servidores criollos y de ponerlos en el banquillo de los acusados. El Partido Socialista debería resolver si de ese modo cumple o no con los principios del marxismo-leninismo desde el punto de vista nacional e internacional, sin peligro de renunciar a su independencia y de crear confusiones en el movimiento popular, teniendo en vista siempre que su misión fundamental es aplicar en forma creadora los principios del marxismo-leninismo a la realidad nacional y continental.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02