El Golpe de Estado en Chile


El Golpe de Estado en Chile

Robinson Rojas
Punto Final. Año 1. Nº 4. Octubre de 1965

Prólogo

El chileno medio considera a su país una isla democrática en el continente, lo cual no deja de ser en algún punto razonable. Pero ese pensamiento nacional va más allá. Es difícil encontrar un ciudadano de esta Arcadia que acepte siquiera la posibilidad de que el tranquilo proceso de evolución política a que está habituado quede interrumpido por un golpe de fuerza. A esa ciega confianza contribuye, claro está, la actitud profesional de nuestras Fuerzas Armadas. No hay razón objetiva para dudar de la lealtad de los altos mandos militares. Por otra parte, esta manera optimista de mirar el porvenir, y de cerrar los ojos al pasado inmediato, ha sido cuidadosamente alimentada por las clases dirigentes que a veces no dudaron en servirse de las Fuerzas Armadas como instrumento golpista. Una montaña de literatura política, envuelta en celofán de civismo, ha terminado por convencer a grandes sectores de que "en Chile no puede pasar nada". Eso ha engendrado, a la vez, un rabioso orgullo que a duras penas se contiene gracias a bien conocidos rasgos del carácter nacional. Aquel orgullo hace a muchos chilenos mirar por encima del hombro, como algo ajeno a sus ocupaciones y experiencias, el dramático vivir contemporáneo de pueblos vecinos.

Sin embargo, no siempre este país fue un remanso de paz y en el hecho ni siquiera ha transcurrido una generación de sucesos políticos en que las FF. AA. fueron activas protagonistas. La historia del país no ha sido tan tranquila como la confabulación político-didáctica tiende hacer creer. Sin tomar en cuenta los períodos de anarquía y revoluciones del pasado -por lo demás corrientes en toda América hispánica-, Chile también ha vivido en el filo de la espada. A los cuatro años de la Guerra del Pacífico siguió la cruenta guerra civil del 91. Un capitán de navío unido a los políticos del Congreso derrocó al Presidente de la República y lo arrastró al suicidio. El periodo subsiguiente fue de alternativas en las que los hombres de armas jugaron importante rol. Los soldados estuvieron en un primer plano o detrás de los políticos profesionales, pero siempre presentes.

A parejas se inicia en esa época la sacrificada y la más de las veces sangrienta lucha de los trabajadores organizados. La irrupción del proletariado estuvo jalonada por matanzas de obreros en la pampa salitrera y de campesinos en el sur.

Una sucesión de gobiernos, algunos que sólo duraron días y entre los que se cuentan hasta una República Socialista con soviets y todo, completan el agitado período que terminó con la segunda Administración de Arturo Alessandri.

¿Terminó?

Estamos en 1938. Hace sólo 27 años.

Triunfo del Frente Popular, y nuevamente un intento golpista. El general Ariosto Herrera se alza contra el Poder civil. Su intentona fracasa por la decidida movilización del pueblo, que aborta el golpe en los cuarteles comprometidos. ¿Ha llegado la idílica paz que hoy se pretende ha sido eterna?

Pues, no.

La "pequeña historia" de los años siguientes registra numerosas conspiraciones. El general Carlos lbáñez, derrocado en 1931, va a complotar a lo menos un cuarto de siglo hasta alcanzar otra vez la Presidencia, armado con una escoba, en 1952. Los complots de "las Patitos de Chancho" y de Colliguay, este último hace menos de quince años, alcanzan notoriedad. Y no sólo eso: ponen en serio peligro la estabilidad de los gobiernos. La semilla sembrada por lbáñez germina inclusive en su segunda Administración. Aparecen logias militares al estilo argentino. Algunas se descubren y asombran a la opinión pública: la Línea Recta, Los Pumas, etc. En algunos casos se inician procesos; en otros, algunos oficiales son discretamente llamados a retiro. Ninguna de las logias, evidentemente, persigue fines deportivos o de socorros mutuos. Aún hoy, que se sepa, existen logias militares. Su posible reactivación en determinado sentido es cuestión que escapa a la simple observación externa. Puede ser, perfectamente, que no ofrezcan peligro alguno. ¿Cómo asegurarlo?

No es nuestro objetivo, repetimos, abrir trincheras de dudas entre ciudadanos civiles y militares. Por el contrario, como cualquier chileno, aunque en medida más razonable, nos sentimos orgullosos de comprobar que nuestras Fuerzas Armadas encuadran ahora sus actividades en fronteras profesionales. Es halagüeño saber que muchos oficiales en años recientes, y posiblemente ahora mismo, han desdeñado los cantos de sirena de quienes pretendían convertirlos en instrumentos de sórdidos propósitos. En este sentido, vale la pena destacar el mensaje que dirigiera el 19 de septiembre pasado el Comandante en Jefe del Ejército, general Bernardino Parada, con motivo del Día de esa rama de las FF. AA. Sus palabras, recordando los deberes fundamentales del soldado profesional, resultaron en especial elocuentes si se considera que por aquellos días el país tuvo un desagradable huésped: el teniente general Juan Carlos Onganía, Comandante del Ejército Argentino, la figura más prominente de un militarismo que, sin duda, no queremos en Chile.

Junto a ese hecho positivo hay otro que no lo es y que conviene destacarlo sin ambages. Nos referimos a los discursos del General Director de Carabineros, Vicente Huerta Celis, en la Academia Policial de Washington y en la Escuela de Carabineros de Santiago. Ambas piezas oratorias, fruto de la incursión castrense en terrenos minados por la sospecha, fueron en extremo deplorables.

Sin embargo, de lo que aquí se trata es de examinar en forma realista un tema usualmente considerado "tabú". La misma creencia cultivada por los administradores de la opinión pública, de que Chile sería una excepci6n continental, vacunada contra golpe!!, insurrecciones, atentados políticos y atropellos a la soberanía nacional, ha vedado en la práctica el tratamiento de estos asuntos en forma descarnada y leal.

El reportaje de Róbinson Rojas que presenta Ediciones Punto Final, tiene ese mérito. Aborda con sincera claridad la eventualidad de un golpe de Estado en Chile. Todavía más: plantea que se están conjugando factores que podrían conducir a un golpe. Hablar de este tema, someterlo a análisis público, creemos nosotros, es útil y provechoso para la democracia. No se quiere esparcir la inquietud ni el temor. Por el contrario, se trata de formar en la conciencia pública los necesarios anticuerpos golpistas. Se requiere desde ya un criterio de rechazo a la aventura antidemocrática que el reportaje de Róbinson Rojas demuestra que pudiera ocurrir, hoy, en Chile. Creemos que hay algo peor que la ingenua confianza de muchos compatriotas en las pretendidas virtudes de nuestras instituciones: guardar silencio cuando se tiene la certeza que no es así.

PLANTEADO, PUES, que compartimos la creencia de Rojas de que existe un peligro golpista en nuestro país, veamos el porqué.

Primer aspecto: la dependencia económica y política de Chile respecto a una potencia extranjera, concretamente los Estados Unidos de Norteamérica. Nuestro país tiene importancia fundamental en el abanico de naciones proveedoras de materias primas. En nuestro caso es el cobre: las reservas mundiales de ese metal se calculan en 212 millones de toneladas cortas de cobre fino. EE.UU. tiene una reserva de sólo 42 millones de toneladas cortas (la Unión Soviética y Polonia reúnen 46,5 millones). La reserva chilena se calcula en 46 millones de toneladas de cobre fino, o sea, el 22 por ciento de la reserva mundial. Estas cifras explican por qué Chile está dentro de la llamada "zona de influencia" norteamericana. El desarrollo industrial y las utilidades del capital financiero imperialista de EE.UU. dependen en medida apreciable de que Chile se mantenga dentro de esa "zona".

Segundo aspecto: Desde la Segunda Guerra Mundial, concretamente desde Pearl Harbour, los militares norteamericanos se incorporaron a la dirección política de los EE.UU. El verdadero centro de poder en Washington no está en la Casa Blanca ni en el Capitolio, sino en el enorme edificio de cemento y piedra caliza del Pentágono.

Los “señores de la guerra” imprimen el rumbo al gobierno de los EE.UU., lo mismo que agencias paramilitares como la CIA que son llamadas no sin justicia “el gobierno invisible” de Norteamérica. Los políticos han sido desplazados por los militares y por los representantes de las grandes corporaciones financieras e industriales. C. Wright Mills ha escrito: “El capitalismo norteamericano es ahora, en gran medida, un capitalismo militar y la relación más importante entre la gran corporación y el Estado se funda en la coincidencia de intereses de las necesidades militares y corporativas, tal como las definen los señores de la guerra y los señores de las corporaciones” Nota a pie

El cobre chileno es un material estratégico en esa "economía de guerra permanente".

Tercer aspecto: La "élite" militar-financiera que dirige los EE.UU., y que ha cobrado renovada fuerza después del asesinato de John F. Kennedy, ha trazado una política de fuerza para América Latina. En el terreno de los enunciados teóricos ella se encuentra en la llamada "Doctrina Johnson" ("no permitiremos otra Cuba en América Latina"). También en el acuerdo de la Cámara de Representantes que valida -para efectos puramente norteamericanos- la invasión de los marines a cualquier país latinoamericano susceptible de abandonar (léase cobre, hierro, petróleo, café, bananos) la "zona de influencia" de -los EE.UU. La filosofía -si así puede llamarse- de estos planteamientos, es la misma que en su época describió Charles Erwin Wilson: "Lo que es bueno para los Estados Unidos, es bueno para la General Motors Corporation y viceversa".

Los "señores de la guerra" han logrado estructurar un sistema interamericano de influencia. Los oficiales latinoamericanos del ejército, marina, aviación y policía van en creciente número a entrenarse a EE.UU., particularmente en lucha antiguerrillera, sistema de combate revolucionario que le quita el sueño al Pentágono. Las debilitadas economías latinoamericanas no son capaces de hacer frente a la carrera armamentista que estimulan los propios EE.UU. Países como Chile apenas disponen de recursos para pagar sueldos, jubilaciones y pensiones de las FF. AA. Por lo tanto, los equipos deben ser solicitados a EE.UU., ya sea en calidad de préstamo, arriendo o en compras a largo plazo. Desde camiones y jeeps hasta tanques, aviones y destructores, aparatos de radio y uniformes, llevan las iniciales del PAM (Pacto de Ayuda Militar). Las misiones militar, aérea y naval de los EE.UU. tienen oficinas en el Ministerio de Defensa Nacional y por supuesto no sólo conocen perfectamente la potencialidad bélica de Chile, sino que participan directamente en la elaboración de programas presuntamente secretos. Junta Interamericana de Defensa, en Washington, es una especie de Estado Mayor continental en cuyos planes -supervigilados por el Pentágono- el enemigo es el "comunismo". Los ejércitos latinoamericanos no sólo absorben la chatarra de las fuerzas armadas de EE.UU., cuya industria produce mes a mes nuevos modelos, especialmente en la aviación, sino que van contaminándose de la "filosofía" del Pentágono, adquiriendo "una mentalidad PAM", como lo definiera el senador socialista Raúl Ampuero.

Cuarto aspecto: Una idea del grado en que esa penetración extranjera ha minado nuestro propio Ejército la da la declaración que el coronel Schneider, secretario del Comandante en Jefe del Ejército, prestó ante la Comisión Investigadora del Plan Camelot que preside el diputado Andrés Aylwin. (Esto sin considerar los discursos ya mencionados del general Huerta, Director de Carabineros.) El sociólogo norteamericano Roy Hansen sometió al Ejército chileno, en marzo de este año, una encuesta que le serviría (a Hansen) para su tesis de doctorado en sociología. El Ejército aceptó que la encuesta fuera distribuida entre oficiales y profesores de la Academia de Guerra "porque ya se habían hecho distintas encuestas parecida. Entre las preguntas que el sociólogo Roy Hansen hizo a los oficiales chilenos había algunas como ésta: "¿Si el Presidente de la República se viera forzado a transgredir el marco de la Constitución, cree Ud. que los representantes del Ejército deberían o no seguirlo respaldando?"; otras preguntaban si era razonable que el Ejército permitiera la rebaja progresiva del presupuesto para la Defensa, si el oficial encuestado se clasificaba como de extrema derecha, derecha, centro, izquierda o extrema izquierda, en qué condiciones estimaría necesario violar la Constitución, etc.

Aunque posteriormente el Ejército prohibió toda clase de encuestas -a raíz del descubrimiento del Plan Camelot-, queda en claro que Roy Hansen contó con toda clase de facilidades para hacer la suya en la Academia de Guerra, aunque el Alto Mando no sabía de qué se trataba. El coronel Schneider declaró francamente: "La finalidad de la encuesta no se conocía; se le consideraba un trabajo de investigación científica norteamericano, por el contenido de sus preguntas y no con el fin de aplicarlo al campo internacional". Sin embargo, el Ejército de Chile no desconoce que el Pentágono ocupa a muchos científicos y profesionales y que incluso, como en el caso del Camelot, contrata los servicios de una Universidad completa (la American University de Washington) para determinados temas que le son de interés.

HASTA AQUI NOS PARECE demostrado: 1º) Que Chile como nación productora de cobre ocupa un lugar destacado en la "economía de guerra de los EE.UU.; 2º) Que en los EE.UU. domina lo que Róbinson Rojas llama en su reportaje una “alianza industrial-militar”; 3º) Que esa élite de generales, almirantes y dueños de corporaciones no tienen escrúpulos morales y que han recetado una política "dura" para el continente; 4º) Que las Fuerzas Armadas chilenas, al igual que otras de América Latina, están estrechamente conectadas con la realidad norteamericana y que, incluso, han sido objeto de "varias encuestas" parecidas a la de Roy Hansen para averiguar la manera de pensar de los oficiales chilenos.

Pues bien, todo esto no indica por sí solo que exista peligro de un golpe en Chile. Podría señalarse con bastante razón que el actual Gobierno no amenaza en absoluto las posiciones norteamericanas en Chile y que, al contrario, tiende a fortalecerlas. Es cierto, pero hay otros hechos:

1º) La élite militar-financiera que gobierna EE.UU. ha patrocinado a lo menos la mitad de los catorce golpes de Estado que se produjeron en América Latina a partir de 1961, año en que se proclamó la Alianza para el Progreso, en Punta del Este, para fortalecer la "democracia representativa". El caso más característico es el de Joao Goulart, en Brasil, mandatario que pretendió aplicar los enunciados de la AP: reforma agraria y tributaria, alfabetización, redistribución del ingreso, etc. En ningún momento Goulart pretendió vulnerar el sistema capitalista. Algo parecido le sucedió a Juan Bosch en República Dominicana, en una dimensión más tímida. Hubo otros golpes que ni siguiera tienen ese origen: Arosemena, en Ecuador; Villeda Morales, en Honduras; Prado, en Perú; Paz Estenssoro, en Bolivia. El pentágono apoyó de inmediato a los militares locales comprometidos en la sedición.

2º) La política exterior de Chile -basada en una honrosa tradición- choca visiblemente con algunos aspectos determinantes de la orientaci6n del Pentágono, particularmente en lo que se refiere a la creación de una “Fuerza Interamericana de Paz”. El gobierno brasileño, regalón de los EE.UU., viene sosteniendo por cuenta ajena los fundamentos teóricos de esta maniobra típicamente militar. El Canciller Vasco Leitao da Cunha ha propuesto substituir los principios de "independencia nacional", "soberanía" y "no intervención" por los de "interdependencia", "limitación voluntaria de la soberanía" y "defensa del sistema interamericano". La nueva doctrina, de inequívoca marca norteamericana, propugna dejar a un lado las "fronteras físicas y geográficas" para adoptar las "fronteras ideológicas" que permitirían a cualquier país meterse dentro de las fronteras del otro para extirpar el "peligro comunista". Para Leitao da Cunha la idea es clara: Brasil, por ejemplo, podría extender sus fronteras "ideológicas" tal como los norteamericanos han extendido las suyas basta Berlín.

La actual política exterior de Chile puede llegar a molestar seriamente al Pentágono. Cabe recordar que Janio Cuadros fue obligado a renunciar por una condecoración: la que otorgó al Ché Guevara.

3º) Si bien es cierto que el Gobierno Frei no afecta a los inversionistas norteamericanos; su política exterior está lejos de gustar al Pentágono. En este sentido, el militarismo norteamericano podría perfectamente compadecer a los sectores nacionales que se sienten afectados. Es notorio que los mismas círculos que se cerraron en torno a Frei para atajar al candidato del FRAP, Dr. Allende, se niegan ahora -que consideran que ya pasó el peligro- a ceder algo de sus privilegios. El sector más sensibilizado, porque mirado desde cualquier ángulo su desaparición es conveniente, es el latifundista. Los grandes dueños de la tierra no son más de seiscientos en el país. Pero su poder es muy grande: son señores feudales en el campo, y en la ciudad están ligados a la oligarquía financiera. Muchos de ellos son socios de bancos y compañías de seguros o están conectados a ellas por razones familiares o de negocios: los "matrimonios de escopeta", como define el economista norteamericano Víctor Perlo las alianzas entre diferentes capas de los dueños del capital.

4º) La avanzada más agresiva del latifundismo ya se pronunció a comienzos de año contra la reforma constitucional del derecho de propiedad y planteó su propio concepto de reforma agraria, una reforma naturalmente sin tierra para los campesinos. Esa declaración, que rompió los fuegos, la firmaron cincuenta latifundistas encabezados por Mauricio Valdés, Sergio Fernández, Gonzalo Costa, Carlos Andreu y Ernesto Valdés. "No queremos -dijeron- para nuestra patria un agro-reformismo dictatorial igualitario, confiscatorio y socialista". A esa primera estocada siguió la irrupción pública de un grupo "ultra" bien organizado: Fiducia. Formado por jóvenes de la Universidad Católica, hijos de terratenientes o de familias conservadoras, se lanzó al ataque con una interpelación al Presidente de la República. Fiducia basa su acción en las ideas ultrarreaccionarias del profesor de la Universidad Católica de Sao Paulo, Plinio Correa de Oliveira. Sus libros han sido traducidos y divulgados en Chile entre las clases altas. En su obra "Revolución y Contra-Revolución", este apóstol predica que el católico auténtico debe ser explícitamente contra-revolucionario. Las ideas de Correa de Oliveira vulgarizadas por Fiducia han encontrado eco en algunos niveles de la jerarquía eclesiástica, entre otros en los Obispos Guillermo C. Hart, de la Araucanía; Francisco de Borja Valenzuela Ríos, y Alfredo Cifuentes, Arzobispo de La Serena. El esfuerzo de Fiducia está destinado –como ocurrió en Brasil- a demostrar que las reformas del agro y la propiedad contrarían la ley natural y que, en consecuencia, se oponen a la voluntad divina. Sus propósitos subversivos son manifiestos. Un colaborador de la revista de Fiducia, Javier Polanco Silva, lo plantea sin ambages: "Ante una tal perspectiva de que esto sucediera, es decir; de que el Estado llevara a cabo una tal "Reforma Agraria", cabe preguntarnos: ¿A quién debemos obedecer? ¿Al Estado? o ¿a Dios? En el Libro de los Hechos de los Apóstoles leemos: "antes que a los hombres hemos de obedecer a Dios".

La intención del párrafo es bastante clara.

5º) Los latifundistas, en efecto, consiguieron la solidaridad del resto de la gran burguesía nacional. A la Sociedad Nacional de Agricultura se unieron la Sociedad de Fomento Fabril, la Cámara Chilena de la Construcción y otros organismos, que en amenazante desfile han pasado por el despacho presidencial para decirle a Frei que se oponen a la reforma del derecho de propiedad. Esa reforma pero permitiría hacer más expedito el trámite de expropiación. Finalmente, fue reconstruida la Confederación de la Producción y el Comercio, superbloque de la oligarquía local, para oponerse a tal reforma.

6º) En esferas del Gobierno, aunque no lo reconozcan públicamente, se cree que hay amagos conspirativos. Un órgano periodístico muy ligado a La Moneda señaló con inquietud que personeros del anterior régimen se reúnen regularmente para considerar la situación. Además, en círculos gubernativos se estima que desde los banco y otros pivotes de presión económica y política, se trata de agudizar el malestar que crean determinadas medidas de la política económica oficial.

7º) La escasez de alimentos y la carestía de ellos, en especial, han acumulado factores de malestar anti-gubernativo en capas de la clase media. Es un hecho evidente el descenso de la popularidad del Gobierno en ese sector de la población, usualmente sensible a los manejo políticos y económicos de la Derecha.

Todos estos son factores golpistas, sin duda. Para la extrema Derecha y para la élite dirigente de los EE.UU., el peligro seguramente no es el Presidente Frei. El temor -como anota Róbinson Rojas- es a la Democracia Cristiana. Aunque ese movimiento tiene una dirección heterogénea, y hasta ahora dominan sectores derechizantes, lo cierto es que el reformismo que constituye su razón existencial la "Revolución en Libertad", puede desatar insospechadas fuerzas populares. Una vez desatadas, esas fuerzas podrían arrasar con las valla de prudencia y vacilación del propio Frei. A eso temen los que preferirían, antes de correr el riesgo de comprobar que ello ocurre, descargar un golpe preventivo. Un golpe de Estado que frustre un proceso social lógico.

“PUNTO FINAL”.
Año 1. Nº 4. Octubre de 1965


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