Chile: el voto o el fusil

DOCUMENTOS
Suplemento a la edición Nº 73 de PUNTO FINAL
Martes 28 de enero de 1969
Santiago - Chile

Chile: el voto o el fusil

por MANUEL CABIESES DONOSO

"Y bien, suponiendo que ustedes no me volvieran a ver más, que yo tuviera que morir mañana, mis últimas palabras serían: el voto o el fusil, el voto o el fusil...".

MALCOLM X,
discurso pronunciado en Cleveland,
EE.UU., 3 de abril de 1964

ESCOGIMOS en forma deliberada para encabezar este artículo una cita del discurso de Malcolm X, el líder negro norteamericano asesinado en 1965. Estamos conscientes, sin embargo, que esa frase fue acuñada por el precursor del Poder Negro en el contexto de una realidad distinta a la de Chile. Sin embargo, al plantear a la población afro-norteamericana la disyuntiva del voto o el fusil, Malcolm X estaba colocando frente a su auditorio un problema que es común en lo substantivo a toda sociedad mediatizada, a las minorías raciales acosadas, a las naciones dependientes y a las masas explotadas de cualquier lugar del mundo.

Dicho problema consiste, en esencia, en escoger el camino revolucionario o abandonarse a los designios de los más fuertes, de los que imponen su ley y las reglas del juego mediante su poder ideológico, financiero y militar. Esos poderosos son los menos pero ejercen su dictadura implacable sobre la mayoría.

Cuando el voto no consigue abatir la fortaleza reaccionaria, es que ha llegado el momento del fusil.

¿Ha sonado en Chile la hora de escoger entre el voto o el fusil?

En nuestra opinión: sí. Pero esta respuesta supone el examen a fondo de una opción revolucionaria, tarea que, sin duda, no quedará agotada en este artículo. Aún más, en los términos de una proposición a un análisis completo, verdadero sentido de este artículo, es casi obligado dar por establecidos ciertos hechos y antecedentes que PF viene difundiendo desde hace más de 2 años. Lo contrario exigiría un trabajo cuyas dimensiones no son tolerables en las posibilidades físicas de una revista.

¿Por qué ha llegado el momento de escoger el fusil? En primer lugar, porque ha terminado —si alguna vez existió realmente— la etapa de los regímenes democrático-burgueses en el continente latinoamericano. Esto no tiene remedio y no nos corresponde a nosotros echarnos a llorar porque así sea.

En sus formas más elaboradas (sofisticadas, diríamos), ese sistema de gobierno dentro de América latina sólo persiste en Chile. Ello hace todavía más difícil y pantanoso el terreno en que deben actuar y trazar sus tácticas concretas los revolucionarios chilenos.

En el resto de los países —salvo la excepción socialista ejemplar de Cuba—, las burguesías han renunciado en una u otra medida a las apariencias democráticas, echando mano al arsenal fascista. Nadie honesto podría alegar que regímenes surgidos de "elecciones", como los de Colombia o Venezuela, por ejemplo, constituyan excepciones. Las características corrompidas del sistema mexicano —en cuya denuncia el año pasado fueron masacrados más de 200 estudiantes—, o el monótono sucederse de golpes militares en Ecuador, que mantienen en el filo de la navaja a su actual gobierno civil, también señalan la declinación democrático-burguesa en América latina. Uruguay —que llegó a ser considerado una "Suiza de América"— es hoy otro reducto de las dictaduras que no se atreven a llamarse por su nombre.

Esta realidad continental puede enfrentarse de dos modos. Uno es luchando por el restablecimiento de las "garantías democráticas". Esta consigna cada vez encuentra menos eco en las masas, lo que es natural si se considera que desde hace más de un cuarto de siglo acompaña como la sombra al perro a los partidos populares latinoamericanos. En algunas oportunidades el desencanto se ha traducido no sólo en indiferencia ante la consigna —lo cual ha facilitado la consumación de golpes militares y la consolidación de regímenes fascistas—, sino que, además, ha procurado bases de ancha sustentación de masas a gobiernos reaccionarios pero demagógicos. Es el caso actual del Perú.

LA LUCHA ARMADA

Otra manera de hacer frente a esta situación expandida por casi toda la superficie latinoamericana, es tomar el fusil.

Quienes desde hace poco menos de diez años han comenzado a empuñar las armas, tienen una perspectiva muy distinta a la de quienes luchan por que se restablezcan las "garantías democráticas". Los combatientes revolucionarios surgidos en América latina a partir del ejemplo cubano, saben perfectamente que sería inútil el sacrificio de vidas por tan menguado objetivo. La experiencia de los partidos y movimientos populares del continente así lo demuestra. La bitácora de vida de cada uno de nuestros países está plagada de vastas —y a veces heroicas— acciones de las masas, luchando por recobrar un mínimo de respeto democrático. En forma invariable el proceso político vuelve a su cauce "normal" o sea el poder a la burguesía. El ascenso en la lucha de masas que acarrea el esfuerzo concertado para derribar una dictadura militar, es ahogado por el gobernante que se "elige" a continuación. Este ha vuelto a apoyarse en las clases dominantes y en el aparato policiaco-militar que esas clases y su aliado el imperialismo norteamericano, han diseñado y equipado para mantener "su orden".

Las burguesías latinoamericanas y el imperialismo han sido hábiles para colocar siempre sus apuestas en diferentes números. Así, salga el que salga, ellos ganan. Aparte que han logrado infiltrar económica e ideológicamente a casi todas las organizaciones políticas, las burguesías y los imperialistas poseen una destreza política que les permite estar invariablemente en la mesa del reparto. Casi sin exclusiones, es posible advertir su presencia tanto en el gobierno dictatorial —mientras tenga posibilidades de mantenerse— como en las fuerzas que luchan por abatir a ese régimen.

Un caso ejemplar en esta materia fue lo ocurrido en Venezuela, en enero de 1958.

Las fuerzas revolucionarias venezolanas fueron copadas por dentro y cuando se vio claro que la dictadura de Pérez Jiménez estaba derrotada, la burguesía venezolana y el imperialismo norteamericano abandonaron por completo el barco de la dictadura y pasaron a compartir el timón revolucionario. La Junta Patriótica venezolana —que en realidad venía siendo manejada por el partido comunista con el apoyo de otros partidos populares—, se llevó los homenajes por su lucha clandestina contra la dictadura. Pero el poder efectivo lo arrebataron al pueblo, en las mismas narices de su vanguardia, los burgueses y agentes del imperialismo. Ya se sabe qué pasó después en Venezuela... hasta el día de hoy en que otro personero de confianza del imperialismo, Rafael Caldera, democristiano, ha sido "elegido" Presidente de la República, y Pérez Jiménez, senador, con más votos que cualquier parlamentario comunista.

Ni siquiera en Cuba, en 1959, fue posible eludir por completo la infiltración de la burguesía y de los agentes del imperialismo. Prudentemente ellos hicieron algunas apuestas al número de la revolución —por si salla—, y, cuando ganó, pretendieron cobrar. Algunas maniobras de último momento para formar un gobierno títere en reemplazo del que abandonaba Batista, se estrellaron contra la firmeza de los jefes de la rebelión. Pero, aún así, esos eximios jugadores del tapete político no fueron derrotados. Lograron incrustar a un "Presidente", Manuel Urrutia Lleó, en el aparato del nuevo gobierno revolucionario, y a numerosos altos funcionarios, incluso jefes militares a cargo de zonas estratégicas de importancia, como Hubert Matos en la provincia de Oriente.

Sin embargo, el peligro común a toda rebelión latinoamericana contra una dictadura militar de la burguesía y del imperialismo, de ser copada por esas mismas fuerzas, fue conjurado en Cuba por la decisión y claridad revolucionaria de los líderes populares encabezados por Fidel Castro.

Esto no fue una casualidad que se pueda atribuir sólo a las cualidades políticas personales de los jefes revolucionarios. Fue el producto de la trayectoria que seguía la rebelión desde 1953, desde el asalto al cuartel Moncada.

La lucha contra la dictadura de Batista fue encabezada por una vanguardia guerrillera que ganó la adhesión del pueblo, después de sufrir derrotas de magnitud en el inicio de la lucha armada. No es un factor digno de menospreciar la experiencia práctica de gobierno revolucionario que tanto los guerrilleros como los campesinos tuvieron en las zonas liberadas por el Ejército Rebelde.

Desde el desembarco del "Granma" hasta la entrada triunfal a La Habana, luego de reclamar el poder a los vestigios del antiguo régimen y de abortar las últimas maniobras de la burguesía-imperialismo, Fidel Castro y sus compañeros habían adquirido toda una experiencia revolucionaria que comprendía una vinculación sólida con las masas campesinas y urbanas de Cuba. Ellos entendieron que devolver el poder a los eternos politiqueros era liquidar un proceso más vasto que había echado a andar la guerrilla de Sierra Maestra.

En este caso, pues, la rebelión popular contra una dictadura militar de la burguesía y del imperialismo, pudo —y así fue en efecto— deshacerse de todo lastre y eludir cualquier trampa de los enemigos del pueblo, para convertirse en una revolución liberadora y más tarde en una revolución socialista.

Es ésta —quizás— la verdadera y única excepcionalidad de la Revolución Cubana, como modelo histórico en el continente.

EL CASO CHILENO

Pero, todo esto ¿qué tiene que ver con Chile?, se preguntarán aquellos que conciben nuestra realidad ajena a la del continente.

Tiene que ver, lógicamente, en cuanto las técnicas de retención y usufructo del poder que utilizan las burguesías y el imperialismo, alcanzan también a nuestro país. La debilidad —en este sentido— del sistema democrático-burgués como fórmula de gobierno en América latina, ha ido minando las bases de sustentación de ese régimen en Chile.

El sistema ha caído en el descrédito y con él las instituciones que le afianzan.

El régimen democrático de la burguesía necesita una buena dosis de prestigio ya que supone un margen de libertades, algunas bastante formales, en cuyo marco deben jugar intereses encontrados.

Una gran parte del pueblo chileno sabe —de manera no muy consciente a veces— que el Estado burgués es su enemigo; que éste no le pertenece; que, al contrario, es el ejecutor de medidas que cautelan los privilegios de una minoría nacional y los fuertes intereses de compañías extranjeras.

CUADRO Nº 1
VOTOS DEL PARTIDO COMUNISTA EN ELECCIONES ORDINARIAS
DE DIPUTADOS VERIFICADAS DESDE 1925 A 1965

Años

Total de votantes

Votos obtenidos
por el partido

Porcentaje en el
total de votantes

1925

261.779

-

-

1932

327.162

-

-

1937

412.230

17.162

4,16%

1941

450.248

53.144

11,80%

1945

449.930

46.133

10,25%

1949

464.872

-

-

1953

779.174

-

-

1957

878.229

-

-

1961 

1.339.896

157.572

11,76%

1965

2.282.443

290.635

12,73%

NOTAS: En el total de votantes, no se han considerado votos nulos y en blanco.
En 1925, el Partido Comunista participó en estas elecciones aliado con el Partido Demócrata y Asalariado, obteniendo, en conjunto, 58.658 sufragios.
En 1937, se ha considerado al Partido Nacional Democrático.
En 1941 y en 1945, al Partido Progresista Nacional.
Desde 1949 hasta 1957, el Partido Comunista, con motivo de la dictación de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, fue declarado fuera de la ley.
Fuente: Oficina de Informaciones del Senado.

Es cierto que desde hace más de 35 años, en Chile no se ha instalado una dictadura militar. Pero es falso que ello obedezca a una conciencia democrática fuertemente arraigada. Se debe, esencialmente, a que las clases dominantes no han necesitado recurrir a un método tan drástico. Les ha sido suficiente echar mano a la represión para liquidar la lucha de las masas cuando ésta ha amenazado, en algún modo, la estabilidad del sistema o el área inviolable de los privilegios. Todos y cada uno de los gobiernos democrático-burgueses de Chile en el último cuarto de siglo, como asimismo esos que los antecedieron, anotan una o más masacres obreras en su hoja de servicios. El gobierno actual, por ejemplo, que además de "demócrata" es "cristiano", es responsable de dos masacres, una en la mina El Salvador, en marzo de 1966, y otra en las calles de Santiago, el 23 de noviembre de 1967. En total, más de 20 muertos bajo las balas del ejército y la policía, sin que mediara ataque armado alguno de parte de los obreros.

En oportunidades, como en 1946, la burguesía y el imperialismo han utilizado en Chile a los partidos populares para alcanzar el poder. Hasta le han entregado carteras ministeriales y cuando han advertido que se tornan peligrosos y molestos, les han echado y perseguido.

El partido comunista, que llegó a tener tres ministros en el gabinete de radicales y liberales de González Videla, meses más tarde fue lanzado a la calle. Dos años después de la elección de ese presidente radical, se dictaba la Ley de Defensa de la Democracia que mantuvo en la ilegalidad al PC hasta 1958.

Sin embargo, desde 1935 —casi sin variaciones— el PC chileno ha venido sosteniendo la necesidad de los "frentes" amplios que incluyen a los partidos de la burguesía. Es la ideología de ésta —y no la de la clase obrera— la que maneja tales frentes. Por mucho que se ' falsee la historia —para acomodar nuevas posibilidades "frentistas"— lo cierto es que el gobierno del Frente Popular de 1938 significó un considerable beneficio, en definitiva, para la burguesía "nacional" y para el imperialismo. El capitalismo de Estado que se desarrolla vigoroso a partir de esa época, supuso en el caso chileno la creación de una infraestructura en materia de energía, comunicaciones y fomento a la producción, que redundó en el crecimiento acelerado de la burguesía local. Tal como, ha sido observado en otros ejemplos históricos, en este caso el capitalismo de Estado no constituyó en modo alguno una "antecámara" del socialismo. Más, al contrario, acarreó en el curso de sucesivos gobiernos una penetración vasta y aguda del capital monopolista del imperialismo norteamericano, que pasó a ser el aliado principal de las clases dominantes chilenas, asumiendo virtual control de la economía nacional.

Sin embargo, el Frente Popular del 38 y la Alianza Democrática del 46, todavía eran estimados en marzo de 1956 por el PC como demostración de "la posibilidad de que la clase obrera y el pueblo de Chile conquisten el gobierno por una vía que no es la insurrección". [1]

LA LINEA DE LOS “FRENTES”

Esta línea de pensamiento no parece haber cambiado básicamente en los últimos años. Por el contrario, se persiste en un sistema falsamente acumulativo de fuerzas (ya que de hecho se estructuran "frentes" carentes de todo contenido democrático-revolucionario real).

El planteo que se va organizando con vistas a la elección presidencial de 1970, lleva ese signo por más que se le encubra con abalorios antiimperialistas o antiderechistas, que vendrían a ser lo "nuevo" con respecto a anteriores "frentes" electorales.

La experiencia que dejó la elección presidencial de 1964, en definitiva, parece que será desestimada. Las autocríticas entonces se hicieron francamente y por igual en el seno de los partidos socialista y comunista. Se reconoció que se hablan arriado y ocultado las verdaderas banderas de los partidos del proletariado. .. para no atemorizar (como si la burguesía y el imperialismo, dueños del aparato armado del Estado, se fueran a atemorizar por tan poco). También se admitió que había causado daño el complicado laberinto de compromisos e invitaciones realizado en esos días con toda clase de personas y sectores.

Pero ya todo eso se olvidó y se gesta —bajo apariencias nuevas— un proceso en esencia similar.

Debe recordarse que en 1964, se llegó al extremo de prohibir a algunos oradores de las tribunas populares que mencionaran a la Revolución Cubana en términos que pudieran "asustar".

La táctica electoralista de la izquierda chilena ha sido un fracaso y no hay temor a exagerar si se pronostica que seguirá siéndolo ininterrumpidamente.

Por una parte se ha contaminado de los vicios propios del electoralismo, y el descrédito que cubre hoy al sistema también la alcanza a ella. De otra parte, la táctica de vestir piel de oveja no ha permitido avanzar grandemente, más bien, en términos absolutos, se ha retrocedido.

En los últimos diez años, un pequeño país, Cuba, surgió como el primer Estado Socialista de América latina. ¿Cuál ha sido el avance, en el mismo período, de los partidos marxistas en Chile?

Socialistas y comunistas juntos, en reiteradas elecciones de parlamentarios y regidores, no logran llegar al 30 por ciento del total de los votos, la cual es una cifra más o menos constante en las marcas electorales conjuntas de esos partidos.

En la elección presidencial de 1964, el candidato del PS y PC logró el 38,93 por ciento. Pocos meses después, en una elección parlamentaria, ambos partidos bajaron al 23,31%. En 1967, en una elección de regidores, los dos partidos populares reunieron el 29,29 por ciento. O sea, las dos elecciones generales posteriores al 64, dejaron en claro que el PC y PS no pudieron siquiera conservar la votación acumulada en los comicios presidenciales, suponiendo que ellos significaran algún crecimiento de la conciencia antimperialista y revolucionaria.

Es un pobre resultado para un esfuerzo gigantesco como el que hacen los partidos de izquierda en cada elección.

Entre 1961 y 1965, el PC subió de 4 a 6 senadores (en un total de 45), y de 16 a 18 diputados (en un total de 147). En el mismo período, el PS bajó de 7 a 6 senadores, y aumentó de 11 a 15 diputados. [2]

La verdad es que en elecciones generales, tanto el PC como el PS no han logrado reeditar los porcentajes más elevados de sus récords políticos, alcanzados hace más de 20 años.

Su más alto porcentaje lo obtuvo el PS en 1941 (16,69%), y el PC en 1947 (16,52%). Desde ahí en adelante ha sido un continuo pero difícil vegetar. Ese vegetar en el campo electoral exige cada vez más recursos financieros, más elementos de propaganda, más trabajo abnegado de los militantes que, de hecho, pasan de una campaña de finanzas y de recolección de adhesiones a otra, sin pausas, sin poder llenar ese tonel sin fondo de las elecciones. Cada día más, el electoralismo requiere ponerlo todo a su servicio, adquiere contornos de empresa. Si se mide por sus resultados —votos—, se llega a la conclusión que cada voto cuesta más caro a los partidos populares que a los reaccionarios.

¿LA MITAD MAS UNO?

La vía electoral —que, reconocemos, es un aspecto de la vía pacífica aunque suele confundírselas—, se supone que sea una fórmula de acceso al poder. Mediante esa táctica gana el que tiene más votos. El PS (fundado en 1932 y el PC (fundado en 1922), vienen participando en elecciones desde 1932 y 1937, respectivamente, y sus mayores victorias son las que hemos reseñado.

Creemos que no es posible mencionar ninguna circunstancia actual —más bien por el contrario—, que permita razonablemente sostener que la vía electoral está abierta para el acceso del pueblo al poder. Y esto, por cierto, sin entrar a considerar los posibles efectos de un eventual triunfo, en lo que se refiere a la casi segura reacción de la burguesía y del imperialismo yanqui, para lo cual tanto en 1958 como en 1964 no hubo ninguna preparación práctica en lo relativo a una defensa armada de la victoria electoral. Aún más, en 1964 se redujo a un mínimo "protocolar" toda protesta por la ruptura de relaciones con Cuba para no dar pretexto alguno a una interrupción del proceso electoral que estaba en marcha.

(Quizás vale la pena recordar aquí que en 1938 el PC no aceptó la invitación para ingresar al gabinete de Aguirre Cerda a fin de evitar hasta la sombra de un pretexto que pudiera servir a la reacción para combatir al gobierno frente-populista, y que luego se mostró conforme con aplazar toda medida de reforma agraria debido al mismo motivo. Esta clase de renunciamientos han sido invariablemente aprovechados por la burguesía que recobra en su favor el terreno que dejan las vacilaciones de un partido revolucionario).

La vía electoral (que consume gran parte de los recursos tácticos de la vía pacífica o "no armada", como se ha dado en llamarla), está probada como ineficaz —también en Chile — para las fuerzas revolucionarias.

En teoría, la participación en elecciones, es sólo una táctica, uno más de los recursos que las masas tienen ante sí para disputar el poder a la burguesía.

CUADRO Nº 2
VOTOS DEL PARTIDO SOCIALISTA EN ELECCIONES ORDINARIAS
DE DIPUTADOS VERIFICADAS DESDE 1925 A 1965

Años

Total de votantes

Votos obtenidos por
el partido

Porcentaje en el total
de votantes

1925

261.779

 

 

1932

327.162

18.642

5,70%

1937

412.230

46.050

11,17%

1941

450.248

75.500

16,69%

1945

449.930

57.418

12,76%

1949

464.872

43.432

9,34%

1953

779.174

109.897

14,10%

1957

878.229

93.787

10,68%

1961

1.339.896

149.122

11,13%

1965

2.282.443

241.593

10,58%

NOTAS:
En el total de votantes, no se han considerado votos nulos y en blanco.
En 1932, se han considerado conjuntamente a los partidos Nueva Acción Pública, Socialista de Chile y Socialista Unificado.
En 1937 y 1941, se toma en cuenta al Partido Socialista de Chile.
En 1945, a los Partidos Socialista de Chile y Socialista Auténtico.
En 1949, se han considerado, conjuntamente, a los Partidos Socialista de Chile, Auténtico y Popular.
En 1953 y 1957, a los Partidos Socialista de Chile y Socialista Popular.
En 1961, figura el Partido Socialista.
Fuente: Oficina de Informaciones del Senado.

Pero en la práctica —por la carencia de acción revolucionaria simultánea— se convierte en una estrategia general, y esto es lo que ha pasado a ser en Chile.

Ahora bien, los dirigentes de los partidos populares no son ningunos ingenuos. Ellos saben que mediante elecciones el proletariado sólo se acercará al poder, jamás lo tomará en sus manos. Si se persiste es porque sólo puede vislumbrarse una sola posibilidad: alcanzar la meta metiendo en un solo paquete a varias clases o capas de la población, o sea, el "frente" que puede apellidarse "popular", "revolucionario", "antimperialista" o de algún otro modo, de acuerdo a las circunstancias. En la actual, la argamasa ideada parece ser una "vía no capitalista de desarrollo", de más sabor electoral que político real. Esta posibilidad, la única a la vista, supone éxito en un sentido revolucionario si el "frente" es encabezado por el partido del proletariado para dirigir un gobierno democrático-revolucionario, de transición al socialismo. En tal caso, aunque a ese gobierno transitorio esperan enormes problemas, entre ellos asechanzas armadas, podría quizás avanzarse hacia una auténtica revolución. Por lo menos aparentemente no podría descartarse esto en un diseño estratégico teórico.

No obstante, en la situación chilena después de las experiencias electorales de 1958 y particularmente de 1964, ¿es posible albergar esperanzas serias en esa dirección? Habría que acentuar en una respuesta pesimista, que las características del proceso político denotan el cierre de un nuevo ciclo, en que la derecha tradicional tiende a retomar la iniciativa.

El fracaso casi absoluto del reformismo democristiano ha abierto las puertas, otra vez, a la ultra derecha, que, vale la pena señalarlo, posee en Chile tácticas de desplazamiento mucho más ágiles y sutiles que en el resto de América latina.

LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA

La acción de la izquierda tradicional chilena sólo puede llenar el espacio político que desde la segunda década de este siglo, después de octubre del 17, ha estado reservado a la social-democracia reformista. Entre la actual ubicación de esta izquierda chilena y las posiciones revolucionarias, hay un vacío casi absoluto que el fracaso de la Democracia Cristiana ha contribuido a ahondar. Algunos movimientos y grupos intentan —en años recientes— llenar ese vacío y desarrollar tácticas que correspondan a una estrategia consecuente de lucha armada. Su tarea es en extremo difícil porque no sólo deben luchar contra la ideología burguesa predominante en el país, sino que, además, se plantea una disputa de hecho con la izquierda tradicional, que con toda razón trata de retener las posiciones alcanzadas. Esas posiciones constituyen en la práctica un voluminoso paquete de intereses y un cierto grado de auténtico poder de presión

La lucha ideológica contra el reformismo es bastante débil y alcanza poca magnitud en el país. Sin embargo, aunque trate de plantearse en los límites de un debate entre "familiares", o sea, procurando no abrir heridas que más tarde resulten imposibles de cerrar —cuando la lucha revolucionaria generalizada exija el mayor grado de unidad popular—, esa lucha ideológica suele tomar un tono de virulencia destructiva.

Los partidos de izquierda tradicional se niegan a admitir que los nuevos sectores revolucionarios —cuyo nacimiento en Chile, como en el resto del continente, está influido por la presencia de la Revolución Cubana—, son hijos legítimos suyos.

Tanto del partido comunista como del socialista han emergido los cuadros revolucionarios que hoy comienzan a integrarse a nuevas organizaciones que tienen por objetivo la lucha armada por el poder. La ideología que sustenta a esos movimientos y grupos es el marxismo-leninismo. Aunque muchas veces aparecen motivados por tendencias pequeño-burguesas, ya que en términos de clase ese sector social sirve de principal cantera a la nueva izquierda revolucionaria, esos movimientos y grupos se han planteado, esencialmente, luchar porque Chile se convierta en una república socialista. A pesar de que hoy la izquierda tradicional quiera no recordarlo, ese mismo fue el objetivo que llevó a su propia creación como partidos políticos.

Sería injusto —como a veces se pretende— cargar a la cuenta del pueblo la falta de imaginación política nacional que permite, a todas luces, el florecimiento de la derecha, convirtiéndola en principal amenaza electoral para 1970. "Atajar a la derecha" será quizás la consigna obligatoria que permitirá, a la vez, el cómodo y nada original expediente de unir a moros y cristianos en un nuevo "frente" electoralista.

Pero el futuro de una coalición electoral de esa especie, aunque se aderece esta vez con el señuelo de una "vía no capitalista", tiene perspectivas de éxito muy relativas.

Si pretendiéramos atribuir a los resultados electorales un carácter definitorio, en el sentido de que expresan verdaderas voluntades políticas claras y firmes (y no es el caso porque pensamos que en gran proporción los electores chilenos se inclinan por factores muy heterogéneos y subjetivos), se podría pensar que un "frente no capitalista" tendría verdaderas posibilidades. Tendría que ser así en el cuadro simplista de que los no capitalistas, o sea los explotados, son una mayoría aplastante respecto a los capitalistas. Pero el estudio de las tendencias electorales chilenas en los últimos 30 años, demuestra que la minoría capitalista es capaz de imponerse directa o indirectamente a la mayoría explotada. De este modo, la tendencia general del electorado es casi totalmente centro-derechista dentro de ciclos casi matemáticos de populismo-derechismo.

No es responsabilidad de las masas —por cierto— esta situación objetiva. Es más bien responsabilidad de quienes debieran —y no lo hacen— darles una dirección revolucionaria.

Ahora bien, ¿el problema se resuelve con sólo plantearse una participación revolucionaria en el proceso electoral? Parece que no. Desde luego, en la práctica política chilena, no se divisa una forma que permita realmente utilizar el proceso electoral (al menos en los escalones municipal y parlamentario) como instrumento efectivo para difundir una conciencia revolucionaria. Las elecciones presidenciales en nuestro país revisten otras características, más favorables en ese sentido, sin embargo los "frentes" heterogéneos han abortado también esa posibilidad.

La única forma posible de utilizar las elecciones como arma revolucionaria sería uniéndolas a un proceso revolucionario efectivo. En ese caso —si la burguesía permitiera una tal representación— los candidatos de los partidos que apoyaran el proceso revolucionario que se desarrolla a parejas con las elecciones, cumplirían verdaderamente una función revolucionaria en la difusión y defensa de esos planteamientos. En otro caso —que es el actual—, los argumentos de quienes piden votos para llegar al Parlamento para "ayudar" a hacer una hipotética revolución, no logran ser convincentes.

La decadencia de las instituciones democrático-burguesas chilenas, comenzando por el Parlamento, es tan visible, su desprestigio es tan grande, que resulta imposible convencer que se quiere alcanzar posiciones dentro de ellas solamente para cumplir el deber revolucionario de destruirlas. Y ni siquiera esto último se plantea...

El desprestigio del Parlamento no significa —en esta etapa— que el pueblo chileno esté maduro para boicotear las elecciones. Todo hace presumir —en cambio— que la abstención en marzo próximo será más o menos la habitual. Pero lo que está claro —creemos— es que la gran mayoría de los que acudirán a las urnas lo harán sin ninguna esperanza de que los resultados mejoren en algo la pésima situación del país. "Los políticos son todos iguales", es una frase corriente, como esa de "quien esté arriba va a robar igual".

Estas opiniones de manejo habitual en las conversaciones de electores, engloban a todos los partidos y a todos los políticos, aunque son esencialmente injustas por su generalización.

El pueblo seguirá votando —sin verdadera conciencia política— porque los hábitos e incluso los factores coactivos de la legislación burguesa, así se lo imponen.

En este estado en que se encuentran las masas, prácticamente abandonadas de dirección revolucionaria, no resulta realista hacer recaer en ellas la responsabilidad de ver con claridad qué partidos o cuáles candidatos representarían mejor sus intereses de explotados.

UNA ALTERNATIVA REVOLUCIONARIA

En un sistema como el chileno, dominado y manejado por la burguesía, las elecciones por limpias que sean en sus aspectos formales, serán siempre una farsa en lo intrínseco. Las masas están alienadas por la ideología burguesa que ha trabajado sobre ellas con todo su vasto poder deformativo. Salvo se abra una clara alternativa revolucionaria, que las masas puedan apoyar a través de acciones no armadas, como son las elecciones (cuando por el nivel de la lucha armada todavía las permite el Estado burgués), el boicot activo a ellas, las huelgas parciales o nacionales, el trabajo lento, el sabotaje, etc., los procesos electorales resultarán inocuos o —en el dudoso caso de victoria— un endeble respaldo a un anhelo revolucionario, fácil para el aparato militar y policíaco de abatir de un soplido.

Ahora bien, ¿significa todo esto que los partidos de izquierda tradicional deben ser repudiados, lanzados al tarro de la basura, declarados definitivamente ineptos?

CUADRO Nº 3
VOTOS DEL PARTIDO COMUNISTA EN ELECCIONES ORDINARIAS DE
REGIDORES VERIFICADAS DESDE 1935 A 1967

Años

Total de votantes

Votos obtenidos
por el partido

Porcentaje en el
total de votantes

1935

330.711

-

-

1938

485.006

29.064

5,99%

1941

488.904

-

-

1944

498.434

43.269

8,68%

1947

552.034

91.204

16,52%

1950

614.902

-

-

1953

751.962

-

-

1956

691.761

-

-

1960

1.175.116

112.251

9,55%

1963

1.997.887

255.776

12,80%

1967

2.297.371

346.588

15,09%

NOTAS:
En 1938, se ha considerado al Partido Nacional Democrático.
En 1944, a los Partidos Socialista de Trabajadores (11.050 votos) y al Progresista Nacional (32.219).
Puente: Oficina de Informaciones del Senado.

No. Ellos han cumplido una tarea histórica que debe ser reconocida ahora y en el futuro. Gracias a su acción, en Chile poseemos una infraestructura organizativa —y cierto grado de conciencia que deben ser convertidas en el principal soporte de la vanguardia armada.

Ciertamente el electoralismo —en el plano de los partidos—, y el reformismo —en el de las organizaciones sindicales—, han mellado el filo revolucionario de unos y otros. Está claro que no bastará la simple aparición en escena de una vanguardia armada para despertar revolucionariamente a la clase obrera. En cambio, es posible que sectores del campesinado reaccionen con mayor prontitud y energía. Pero debe —nos parece— darse por descontado que la necesaria colaboración de masas, en un sentido absoluto, vendrá mucho más tarde.

Es por eso que la vanguardia revolucionaria tendrá que darse su propio aparato de sostenimiento, que necesariamente será pequeño en relación a la magnitud de las masas por cuyos intereses se lucha con las armas en la mano. Sin embargo, su pequeña dimensión y clandestinidad absoluta, favorecerán la supervivencia del destacamento armado, en especial cuando la reacción de las fuerzas represivas se ponga en marcha. Esa represión podría fácilmente desmantelar mediante el terror una red de apoyo a la lucha armada basada en organizaciones de masas. En cambio convierte en operaciones puramente punitivas —que no afectarán a la vanguardia armada— las que se realicen contra la población no comprometida directamente en la lucha, haciendo aún más ostensible ante ella la ciega furia del aparato represivo.

En resumen: la organización de la izquierda tradicional en el plano político y sindical, defectuosa y todo, debería ser utilizada en el "despegue" de la lucha armada, y aún, se debería valer de ella en el futuro, según lo requieran las circunstancias.

Si bien, por razones claramente comprensibles, sería inútil pedir a la dirección del partido comunista —por ejemplo— que eleve la lucha de masas hasta un plano compatible con la apertura de un foco militar-revolucionario, ya que una estrategia internacional bien conocida así lo impide, está dentro de lo posible contar con la colaboración de determinados cuadros comunistas revolucionarios, que ayuden a crear condiciones propicias. Lo mismo ocurre en el caso del partido socialista, donde, sin embargo, una absorción mayor de la tesis de lucha armada favorece una tarea de esta índole.

Es muy evidente que aspirar nada menos que a una huelga insurreccional en el país para convertirla en plataforma de lanzamiento de la lucha armada, es sólo un sueño de dudosos orígenes ideológicos.

En nuestra realidad es como poner la carreta por delante de los bueyes. Un movimiento de masas podrá ser probablemente la culminación de la rebelión armada, pero nunca la antecederá en nuestro país. Por otra parte, la izquierda tradicional comprometida con el status —que sólo pretende mejorar pero no destruir para levantar otro orden—, no llevará la lucha social a un extremo del que sabe emergerá una nueva vanguardia. Aceptará, en cambio, cualquier componenda con la burguesía con tal de salvar su propio lugar bajo el sol. Los sucesos de Francia, en mayo del año pasado, y la conducta del PCF, son demasiado aleccionadores. Por último, aunque se pudiera hacer, resultaría suicida lanzar masas inermes a la lucha contra un aparato represivo todavía entero, que no ha recibido golpes del destacamento revolucionario.

EL "FOCO" SOCIAL Y POLÍTICO

Ahora bien, lo que sí parece sensato y ajustado a las características generales del país, es pensar estimular un determinado "foco" de lucha social y política. Su estallido vendría a ser el reactivo necesario, en un país como Chile, para plantear la irrupción de una vanguardia armada que, desde luego, debe estar preparada con bastante anticipación. En la creación de ese "foco" político-social una organización revolucionaria debería en Chile apoyarse en la estructura de la izquierda tradicional, mediante el entendimiento con sus cuadros revolucionarios.

CUADRO Nº 4
VOTOS DEL PARTIDO SOCIALISTA EN ELECCIONES ORDINARIAS DE REGIDORES
VERIFICADAS DESDE 1935 A 1967

Años

Total de votantes

Votos obtenidos
por el partido

Porcentaje en el
total de votantes

1935

330.711

17.517

0,16%

1938

485.006

49.506

10,21%

1941

488.904

70.432

14,41%

1944

498.434

42.250

8,48%

1947

552.034

48.150

8,72%

1950

614.902

61.734

10,04%

1953

751.962

83.753

11,14%

1956

691.761

82.922

11,98%

1960

1.175.116

119.506

10,17%

1963

1.997.887

229.229

11. 08%

1967

2.297.371

326.155

14,20%

NOTAS:
Desde 1935 hasta 1947 se considera al Partido Socialista de Chile.
Desde 1950 a 1956. a los Partidos Socialista de Chile y Socialista Popular, conjuntamente.
En los años 1950, 1953 y 1956, el Partido Socialista de Chile obtuvo 21.602; 25.034 y 10.563 votos, respectivamente; mientras que el Partido Socialista Popular recibió en las mismas elecciones 40.132; 58.719 y 72.359 sufragios.
Fuente: Oficina de Informaciones del Senado.

Si un movimiento revolucionarlo se planteara ganar previamente a las masas, antes de iniciar la lucha armada, se vería obligado a entrar en franca competencia con la izquierda tradicional. Aparte del tiempo que consumiría igualar y ganar el ascendiente de masas que ya poseen esos partidos, sería una tarea inútil. Habría que crear aparatos burocráticos tan vastos como aquéllos, sustentados económicamente por variadas empresas, y llegar al cabo a un punto en que para hacer la revolución se exigiría un porcentaje de éxito asegurado de 80 a 90 por ciento, que es lo que hoy pasa con la izquierda tradicional, temerosa de lanzarse en una "aventura" que le haga perder pan y pedazo.

¿Es necesario demostrar —una vez más— que la lucha revolucionaria es justa en Chile como en toda la América latina?

Repetir —por ejemplo— cifras que afianzan la opinión de que las condiciones objetivas están dadas, sería majadero para un lector que sabe bien que su país está siendo explotado sin piedad por el imperialismo norteamericano, que las condiciones de vida son horribles para una gran mayoría, que una minoría pantagruélica devora el producto del trabajo de todos, que el desarrollo económico se ha estancado (lo cual en nuestro continente equivale a retroceder), que hay trescientos mil cesantes, que as mil niños mueren todos los años de hambre, que tenemos un cuarto de millón de alcohólicos, que faltan quinientas mil viviendas ...

Cuando se plantea el voto o el fusil, se está indicando una alternativa y junto con ello una opción revolucionaria que debe ser explorada con seriedad y llevada a cabo si es necesaria con el mayor rigor revolucionario.

En Chile se ha llegado a un punto en que la decepción y la indiferencia esconden una realidad apremiante. La actual es una etapa de transición en que los únicos encantados de la vida son los politiqueros cuyo contacto con las masas es más efectista que real. Eso les impide ver el bosque que avanza sobre ellos. No se dan cuenta de que su irresponsable oportunismo y el fracaso del sistema, están alentando una tempestad en el subterráneo de la sociedad.

La burguesía está dispuesta a quebrar el "orden institucional" en cualquier instante. Ella no siente repugnancia por los métodos. El voto o el fusil le es indiferente llegado el momento, siempre que sirva sus intereses. En este esquema de fuerzas proclives a trastornar un sistema inoperante, sólo la izquierda tradicional aparece, al menos en uno de sus segmentos, como defensora del orden a todo trance. La burguesía amenaza romperlo en cualquier momento. O sea, que la izquierda ha devenido "conservadora", protectora del orden burgués, mientras que la burguesía está dispuesta —en casi todos los matices de los partidos que siguen su ideología— a darle un puntapié a la mesa del juego.

Para los revolucionarios chilenos ha llegado el instante de decidir: el voto o el fusil. La responsabilidad de una vanguardia adecuada se ceñirá, en nuestro caso, a la formación de un instrumento idóneo. Nadie está pensando en líricos llamados a la inmolación, sino en el instrumento revolucionario que conduzca a la victoria. Forjarlo para que sea capaz de esa misión es la tarea actual, riesgosa pero urgente.

MANUEL CABIESES DONOSO


Notas:

1. Citado por Sergio Guilisasti Tagle, “Los Partidos Políticos Chilenos”, pág. 315.

2. En las próximas elecciones de parlamentarlos, que se realizarán el 2 de marzo, están inscritos 3.250.436 electores. Un estudio elaborado por la Oficina de Informaciones del Senado, acerca del número de diputados que obtendría cada partido político, de acuerdo con los resultados de la elección municipal de 1967, pronostica una baja para los partidos de izquierda.