América Latina necesita su propia teoría revolucionaria

DOCUMENTOS
Suplemento a la edición Nº 70 de PUNTO FINAL
Martes 17 de diciembre de 1968
Santiago – Chile

América Latina necesita su propia teoría revolucionaria

Por CARLOS ALTAMIRANO
Senador y Secretario General Subrogante del Partido Socialista.

LA AMÉRICA DUAL

AMÉRICA LATINA brutalmente escindida en dos: la América de los ricos y la América de los pobres, vive una existencia dual. La América de los ricos adopta las formas da vida burguesa occidental, sus instituciones republicanas y parlamentarias, sus lujos, sus gustos y su standard de vida; en tanto que la América de los pobres, india, negra, blanca o mestiza, vegeta en la época primitiva, ausente de la sociedad de consumo y cruelmente explotada por caudillos militaristas bárbaros u oligarquías nativas. La una es la América de Norte América, la otra, es la América de África. En cada país se repite la misma dualidad, conviviendo, superpuestos, dos mundos. Por ejemplo, Méjico. Existe un Méjico de gran desarrollo industrial, de lujosos barrios residenciales, de grandes millonarios y un Méjico de mestizos miserables y de campesinos hambrientos. Un Méjico de cuarenta y cinco millones de habitantes, donde diez millones viven a la manera y en el standard norteamericano y donde treinta y cinco millones vegetan en la oscura miseria africana. De los doscientos cincuenta millones que pueblan nuestra América Hispánica, sólo cincuenta pueden estimarse incorporados a formas de vida moderna, en tanto que doscientos millones de seres humanos escasamente superan las épocas de las sociedades más primitivas. Las instituciones impuestas por la América rica y europeizada no afincan sus raíces en la verdadera realidad socio-económica latinoamericana. Esto es, subsisten, paralelamente, dos estructuras sociales: una aparentemente civilizada y otra sumida en el oscuro mundo de los hombres sin derechos, a la libertad, a la justicia y a la felicidad humanas. Por eso, dividir a nuestra América en "Estados-provincias" no corresponde a una realidad social y económica. Mucho mayor similitud existe entre la oligarquía peruana, colombiana o brasileña que entre estas oligarquías y sus respectivas masas indígenas y campesinas. Algunos han creído encontrar grandes diferencias en el desarrollo entre los distintos países de América latina. Tal apreciación no es, a nuestro juicio, exacta. La verdadera separación entre las naciones latinoamericanas no pasa por sus débiles y precarias fronteras geográficas sino por las fronteras sociales.

Actualmente América latina tiene una población de doscientos cincuenta millones de habitantes. Antes de concluir este siglo tendrá una población cercana a los seiscientos millones de habitantes.

Esta unidad geográfica y humana está llamada a jugar un papel protagónico en el siglo veintiuno. Si pensamos en quiénes eran Estados Unidos o Rusia en el siglo pasado y el papel de fundamental importancia que hoy están jugando en la historia universal, observaremos que no es una ilusión o un puro idealismo plantear la posibilidad de una América latina unida y transformada en gran potencia mundial. La falta de perspectiva histórica de nuestros gobernantes y de las clases dominantes han llevado a la América a servir de simple postillón de cola de las grandes sociedades industriales imperialistas.

Cada día, América hispánica afirma más su presencia política y cultural en el mundo. Lamentablemente, gobernantes ciegos, ignorantes o conformistas prefieren taparse los oídos para no escuchar el sordo clamor de pueblos secularmente oprimidos y cerrar los ojos para no ver el portentoso nacimiento de una nueva sociedad. Evidentemente resulta más cómodo continuar por el camino fácil de la entrega de nuestras riquezas al imperialismo, del desarrollo dependiente y deformado, de la copia grosera de instituciones y modos de vida extranjeros y de la adaptación de una cultura alienada, en vez de decidirse a luchar para crear una entidad histórica, nueva, enraizada a sus propios valores nacionales y continentales.

EL MUNDO DIVIDIDO EN DOS SISTEMAS

Aparentemente, en el mundo de hoy existirían dos modelos de sociedad a las cuales se podría imitar o seguir: la sociedad norteamericana o la sociedad soviética. No podamos negar que en términos de pura "política de poder" sólo hay en este instante dos grandes potencias mundiales: Estados Unidos y la URSS. El primero de los nombrados había ganado una transitoria y momentánea superioridad militar sobre la segunda nación al descubrir y aprovechar con anticipación el uso de la energía nuclear para fines bélicos; sin embargo, una vez fabricada también por ésta la bomba atómica, quedaron en igualdad de condiciones. Ambas potencias pretenden constituirse en símbolos de dos sistemas de vida. Estados Unidos en símbolo y guardián del modo de vida capitalista y la Unión Soviética en símbolo y guardián del campo socialista.

Sin embargo, las tendencias dominantes de estos dos gigantescos polos de atracción económicos, culturales y militares son opuestos. Mientras el imperialismo norteamericano ha logrado constituirse en el supremo juez del mundo occidental y de sus dominios en África, Asia y América, el vasto campo del mundo socialista se ha desintegrado conformando múltiples centros de irradiación ideológicos y políticos. En otras palabras, mientras el mundo capitalista se unifica férreamente bajo la dirección totalitaria del imperialismo norteamericano, el mundo socialista se divide en varios centros de influencia política.

Bajo un análisis superficial podría decirse que el mundo capitalista basado en "Estados Nacionales" se "internacionaliza"; en cambio, el campo socialista, basado en el internacionalismo proletario "se nacionaliza". Vale decir, paradojalmente, por efecto de una imposición extranjera, los países regidos por el sistema capitalista reconocen la superioridad aplastante, económica, científica y militar norteamericana y se someten a su superior tuición. El imperialismo yanqui ha obligado a superar sus nacionalismos particularistas a los países de la Europa Occidental, del Medio Oriente y de Asia. Por el contrario, la URSS ha provocado el surgimiento de renovadas tendencias nacionalistas dentro de la esfera de dominio socialista. Y así, hoy, junto a la URSS, se alzan como grandes centros de irradiación políticos e ideológicos, China, Yugoslavia, Rumania, Corea, Vietnam y Cuba (estos tres últimos unidos) e incluso el Partido Comunista italiano.

Por razones diferentes cada uno de estos países del campo socialista discrepan de la política soviética y, a su vez, discrepan entre sí, porque es sabido que las razones por las cuales China se ha independizado de la tutela ideológica soviética son muy otras de las que motivan el distanciamiento entre la URSS y Rumania. Y la estrategia política, nacional e internacional de Vietnam, de la República Popular de Corea y de Cuba también difieren de las posiciones soviéticas y chinas, aun cuando, en términos generales, se aproximan más a la de este último país que al primero.

Estamos frente a un hecho nuevo, paradojal y contradictorio. Mientras el mundo capitalista tiende a unirse en la diversidad, el mundo socialista tiende a dividirse en la unidad. ¿Por qué decimos que uno tiende a unirse en la diversidad y el otro a dividirse en la unidad? Porque el sistema capitalista se une en torno y bajo la dirección suprema de los Estados Unidos para defender el interés de la clase burguesa de cada nación y del imperialismo en su conjunto. Tanto las burguesías occidentales, como las de algunos países de África y de Asia, como Japón, reconocen la tutela de Estados Unidos y delegan en él la función de guardián del sistema burgués-capitalista de vida.

Lo expresado anteriormente no significa desconocer el hecho de que algunos de los países sometidos a la tutela norteamericana pretendan rebelarse en contra de ella; como es el caso concreto de la Francia anterior a la crisis política de mayo y junio de este año. Antes de la crisis mencionada, De Gaulle levantaba la bandera de una Europa autónoma, soberana y neutral en la gran contienda universal. Después de la crisis citada, Francia y De Gaulle han debido reconocer la superioridad aplastante del imperialismo norteamericano. Con razón Servan-Schreiber en su libro "El Desafío Americano" sostiene que existen tres grandes potencias industriales en el mundo: la primera, la industria norteamericana; la segunda, la industria soviética y la tercera, la industria norteamericana en Europa. De manera que Estados Unidos ha logrado unificar, contra su voluntad, a Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, Canadá y a sus satélites; pero esta unificación del mundo capitalista es más aparente que real, puesto que dentro de cada una de estas naciones y en el conjunto continúan persistiendo graves y profundas contradicciones de clase, raciales e incluso nacionales.

Los países del Occidente capitalista y los países burgueses de Asia, África y América tienden, como se ha visto, por efecto del colosal poder económico y militar del capital monopolista estatal americano y del terror a la propagación de la ideología marxista, a fundirse en una gran comunidad política superestatal. El imperialismo norteamericano ha avasallado, transitoriamente, los nacionalismos asiáticos y europeos, en cambio, la URSS los ha despertado. Así como en América latina no podría concebirse la existencia de ningún gobierno reaccionario sin el apoyo económico y militar yanqui, la sociedad europea también se encuentra irremediablemente ligada al destino norteamericano. El lamento expresado en el libro ya mencionado de Servan-Schreiber no es sino el canto del cisne de una Europa en decadencia cuyo centro de gravitación universal se trasladó en forma irreversible de Londres a Washington.

Pero como habíamos advertido anteriormente, la unificación de las sociedades regidas por un sistema capitalista y bajo la superior hegemonía norteamericana es un hecho accidental y transitorio en la historia. El factor aglutinante por excelencia de los Estados occidentales ha sido el "terror comunista". Pero este "terror" va disminuyendo. Estados Unidos sabe perfectamente bien que ningún partido comunista adicto a la estrategia soviética mundial patrocina la lucha armada como forma de conquista del poder. Muy por el contrario, ha elevado a la categoría de principio rector de su política internacional el de la "coexistencia pacífica" entre estados de distintos sistemas. Ya a nadie le cabe duda el carácter profundamente pacífico que impregna la vida y la política de la sociedad soviética; en cambio, nadie puede negar el carácter agresivo, violento y fascista consubstancial al imperialismo norteamericano. Sin embargo, éste ordena a sus lacayos, especialmente en la América latina, continuar denunciando al "comunismo soviético" como responsable del proceso subversivo mundial de los países periféricos y explotados. Es un hecho incontrovertible que la URSS no está promoviendo, por lo menos activamente, la causa de la revolución comunista mundial. Por razones explicables, su política apunta esencialmente a la defensa de los intereses del Estado soviético y no a la defensa de la revolución mundial.

Otra cosa muy diferente es que, en algunos casos, el interés del Estado soviético concuerde con los intereses de los movimientos revolucionarios de los países coloniales, neo-coloniales o dependientes, como, concretamente, sucede en Vietnam y como no sucedió en Francia y en Italia, después de la Segunda Guerra Mundial, ni menos en América latina, donde, por lo menos ahora, los partidos comunistas no comparten la estrategia de la lucha armada revolucionaria en contra del imperialismo.

La constatación de esta característica de la política internacional soviética no debe en ningún caso hacernos olvidar el hecho indiscutido de que la existencia misma de la URSS y de su colosal poderío bélico y nuclear, similar al norteamericano, sirve para contrapesar las tendencias agresivas y militaristas del imperialismo yanqui en todas aquellas zonas que no forman parte del área vital de seguridad de éste. Tanto los militaristas fascistas yanquis, como el Gobierno socialista soviético, no pretendieron obstaculizar seriamente las ocupaciones militares en Santo Domingo o en Checoslovaquia, ambos países situados en la órbita de seguridad de estas potencias.

La URSS ha escogido la política que pudiéramos llamar de "reformismo internacional" para enfrentar al sistema imperial capitalista y en vez de oponerse directamente a él, prefiere la estrategia de la coexistencia pacífica. En estas condiciones, debiéramos preguntarnos: ¿Por qué Estados Unidos insiste en responsabilizar al socialismo soviético de las grandes .y profundas convulsiones producidas en el mundo y especialmente en la América latina? La respuesta es simple: porque así logra aglutinar bajo su hegemonía a todas las naciones vivientes bajo el sistema capitalista y puede enfrentar con relativo éxito el reto planteado por el movimiento marxista mundial en ascenso. Precisamente, en la misma medida que las tensiones entre el "estado soviético" y el "estado norteamericano" se van superando, los imperialistas necesitan fabricar un nuevo fantasma aglutinador. ¿Será éste el peligro amarillo? ¿La rebelión de los asiáticos? ¿El poder negro? La historia nos lo dirá. Existe sí un hecho concreto: en Estados Unidos se habla cada vez menos del peligro comunista y se magnifica cada vez más el terrorífico peligro amarillo.

El guardián y el seguro de vida del mundo burgués-capitalista en la vieja Europa Occidental, como en el nuevo continente americano o en las antiguas sociedades africanas j asiáticas, depende única y exclusivamente del poder bélico norteamericano.

LA MAYOR CONTRADICCIÓN ACTUAL

Sin embargo, este poder, como lo hemos afirmado, es efímero, transitorio y precario, puesto que se afirma exclusivamente en la fuerza y en la violencia. Los valores de la sociedad norteamericana, esto es, el modo de vida capitalista, no podrá jamás llegar a constituir una pauta sugestiva de acción futura para las inmensas muchedumbres de hombres, mujeres y juventud moradores de las vastísimas regiones periféricas del mundo industrial y burgués. Estados Unidos ha logrado establecer su superioridad bélica sobre la humanidad, pero no ha logrado conquistar la conciencia y el espíritu de los pueblos oprimidos y explotados. El imperialismo, por su naturaleza intrínseca, oprime y frustra, dentro y fuera de sus fronteras nacionales, a la inmensa masa humana habitante del área circundante a las grandes sociedades occidentales. Las graves contradicciones existentes entre proletariado interno y burguesía nacional, entre comunismo soviético o imperialismo yanqui no son hoy el elemento detonante en las serias y trascendentales convulsiones sociales que está experimentando la civilización humana en su edad atómica. Lo es sí —en cambio— la grave e insuperable contradicción producida entre pueblos explotados y dependientes, coloniales y neo-coloniales y el imperialismo. Esta lucha ha pasado a ser la más importante de las luchas revolucionarias y es expresión, en lo esencial, de la lucha de clases elevada a un plano mundial. De aquí que las vanguardias políticas e ideológicas en la lucha antimperialista, se encuentren ubicadas —geográficamente— en Vietnam, en Cuba o en la República Democrática de Corea y no en el continente europeo. Dicho de otra forma la lucha de clases ha adquirido, en primer lugar, una dimensión universal y, en segundo lugar, ha adoptado el carácter de una guerra revolucionaria de pueblos. Es la guerra revolucionaria de los pueblos proletarizados y oprimidos de la tierra en contra de sus opresores imperialistas occidentales.

EL MUNDO LIBRE

El llamado "mundo libre", defendido cínica y desvergonzadamente por los monopolistas yanquis, no es sino una ficción poblada de abyectas dictaduras y oscuras satrapías. Basta dirigir una mirada a las llamadas Repúblicas latinoamericanas para certificar esta cruda y dramática realidad. Aún más, la propia sociedad norteamericana está dominada por la locura, las drogas, la violencia expresada en mil formas, la frustración espiritual, el asesinato físico de sus líderes. Se trata de una sociedad señera del mundo pero que está a punto de estallar pulverizada y no tanto por la violencia externa, expresada en la rebelión de los pueblos sojuzgados, sino por la violencia interna, gestada en su propia entraña. Los reaccionarios han hecho especial hincapié en la existencia de la llamada "Cortina de Hierro", pero olvidan la "cortina atómica" establecida por Estados Unidos. Este, en su terror a todo lo que pueda colocar en peligro su "American way of life" ha minado al mundo de bases atómicas que van desde Noruega —pasando por Grecia— hasta las Filipinas. La sociedad defensora del "mundo libre" necesita de esta gigantesca "cortina atómica" para defender su zona de seguridad. El imperialismo ha dirigido todos sus cañones en contra de la posible violencia proveniente de las fronteras externas a su imperio, en circunstancias que es la violencia interna, derivada de las agudas tensiones sociales, raciales y espirituales, la que esté colocando en gravísimo peligro su estabilidad.

Por esto hemos sostenido que la unidad del mundo capitalista es un fenómeno más aparente que real, puesto que en el fondo subyacen, vivas y activas, las fuerzas disociadoras de esta sociedad. En cambio, la división que afecta al mundo socialista también es más aparente que real. No podríamos negar el carácter esencialmente europeo que tenía el marxismo antes de la Primera Guerra Mundial, en cambio, después de este hecho se convirtió en el único movimiento ideológico y político de proyecciones universales, hasta un punto tal que ha superado con creces la influencia que, han tenido las grandes religiones cristianas, budistas, islámicas o hinduistas a través de la historia, en el mundo. Este hecho le imprime un carácter particularísimo al desarrollo histórico presente y futuro.

LA HISTORIA SE HACE UNIVERSAL

Así como en el pasado los historiadores nos narraron la historia de los "estados ciudades" griegos o de la Italia medieval y posteriormente, nos recuerdan la historia de los grandes "estados nacionales" de Inglaterra, Francia o Japón, para concluir en la edad contemporánea, con la historia de las "grandes civilizaciones", cristiana occidental, china o hinduista, hoy día ya nadie puede escribir la historia de "estados ciudades", de "estados nacionales" o de "civilizaciones". La historia es una sola. Es la historia de la Humanidad. En otras palabras, la historia se ha hecho universal y no existe ningún acontecimiento, por distante que él ocurra, que no afecte en mayor o menor medida a la humanidad entera.

En este mundo, cuya característica esencial, como hemos expresado, es la universalización de sus problemas, dos hechos sobresalen nítidamente en la amplia y compleja marea de acontecimientos humanos. Estos hechos son: la revolución bolchevique de octubre y el estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, durante la segunda Guerra Mundial. Ambos marcan inexorablemente el desenvolvimiento social de nuestro siglo y le imprimen un sello indestructible a todo lo que está por venir. Dos hechos de simbología muy diversa, pero ambos dialécticamente conjugados. El primero, la revolución de octubre de 1917, fue la culminación de un proceso de creación revolucionaria política y social, destinado a cambiar las sociedades humanas futuras. El segundo fue un hecho expresivo del gigantesco e inigualado desarrollo científico y tecnológico alcanzado por el hombre. El primero es un acto social, es un acto de creación de nuevas formas de vida; el segundo, en cambio, es un hecho técnico, de muerte y destrucción y no por simple casualidad, ejecutado por el imperialismo norteamericano. El primero certifica el acta de nacimiento de una nueva sociedad, la sociedad socialista; el segundo marca el comienzo del colapso final del mundo capitalista. Sin embargo, como hemos expresado, ambos se conjugan dialécticamente. La nueva edad, la del socialismo, ha de transformar el fantástico potencial encerrado en el descubrimiento de la energía nuclear, en fuente de vida, de desarrollo y de progreso. La energía nuclear, en poder de la vieja sociedad capitalista, ha sido símbolo de acabamiento y muerte.

LA PORTORRIQUEÑIZACIÓN

En este amplio escenario terrestre, dividido en dos grandes sistemas mundiales, América latina aparece jugando un papel despreciable y subalterno, de simple proveedor de materias primas del imperialismo norteamericano. Nos encontramos dentro de su zona de seguridad, sometidos a su órbita da acción y la esfera de libertad de que disponen nuestros pequeños "estados-provincias" es mínima. El imperialismo ha creado un supraestado para el gobierno y la dirección de las 20 Repúblicas latinoamericanas.

En estas condiciones la sociedad latinoamericana se encuentra enfrentada a una dramática alternativa: o acepta el camino aparentemente fácil de un desarrollo dependiente, deformado y servil o asume su responsabilidad histórica y elige la ruta estrecha y sacrificada, pero promisoria, de un desarrollo autónomo, libre y soberano. Nos encontramos ante una de las más graves encrucijadas por que ha atravesado América latina. Nuestro destino no admita decisiones intermedias, ni tampoco admite decisiones tardías. O nos portorriqueñizamos, pasando a ser un socio, socio menor, lógicamente, del gran imperio americano o nos independizamos de toda tutela extranjera. No caben transacciones. La marcha de los acontecimientos y la condición de progresiva y acelerada "satelización" así lo exigen. De aquí la urgente necesidad de iniciar y promover la guerra revolucionaria de los pueblos latinoamericanos contra el imperialismo deformante y estagnador. El gran proceso de emancipación continental no ha concluido. Se encuentra sólo interrumpido. Iniciado a principios del siglo XIX, aún no se le ha dado cima.

Aquellas sociedades que en el pasado fueron incapaces de adaptarse a las nuevas condiciones que exigía la revolución industrial pagaron su ineficiencia con siglos de atraso y obscurantismo, como ocurrió en la Europa central y, entre otros casos, en España y Portugal.

Ahora se nos presenta a nosotros, latino-americanos, la oportunidad de crear una estructura capaz de responder al desafío planteado por las nuevas exigencias del mundo Industrial imperialista. Los grandes estados nacionales del Occidente europeo, Francia, Inglaterra, Alemania e Italia, computaron su ciclo unificador recién a fines del siglo XIX. Estados Unidos llevó a cabo tal proceso después de la Guerra de Secesión, a mediados del siglo pasado. La existencia de tales estados nacionales carece ya de vigencia histórica. Las nuevas modalidades planteadas por el devenir histórico exigen la formación de grandes e inmensas superestructuras nacionales. Ahora, a fines del siglo XX, sólo es posible entender el proceso del desarrollo histórico estudiando el mundo capitalista como un todo, al igual que analizando el desenvolvimiento del campo socialista como una unidad, a pesar de sus diferencias. En consecuencia, nuestros pueblos sólo podrán tener vigencia histórica en la medida que sean capaces de crear una gran confederación de pueblos latinoamericanos y superar las estructuras arcaicas dominantes.

La creación de esta nueva y gigantesca estructura política federada es urgente e imprescindible y empresa de tan grandiosa magnitud sólo podrá ser iniciada por las fuerzas revolucionarias de carácter socialista.

No será tarea fácil la de consolidar la unidad política y económica de América latina, atendidos los viejos y gastados particularismos locales dominantes en nuestras repúblicas y considerando los mezquinos chauvinismos de pueblo, exacerbados por el imperialismo. Sin embargo, las condiciones históricas por que atraviesa América latina y el mundo obligan a nuestros pueblos a cumplir con tan irrenunciable mandato. Dado los inmensos costos que demanda el progreso científico y técnico, las necesidades de mercados económicos cada vez más amplios, la explosión demográfica, la tendencia de la humanidad a aglutinarse en torno a grandes conglomerados humanos, hacen imprescindible, en la civilización nuclear del siglo veintiuno, la unidad de nuestros estados-provincias, para enfrentar con éxito el desafío planteado por una sociedad que antes de concluir el siglo ha de tener más de seiscientos millones de habitantes. Nunca más que ahora es necesaria una definición frente al tipo de desarrollo que deseamos. O un desarrollo dependiente o un desarrollo libre y autónomo. Si se quiere lo primero deberá plantearse con honestidad la formación de una gran "empresa mixta" entre América del Sur y América del Norte. En cambio, si se rechaza esta concepción del desarrollo a través de una "sociedad mixta" entre yanquis y latinoamericanos, deberá enfrentarse resueltamente al imperialismo.

UN MODELO DE DESARROLLO

A nuestro juicio, el desarrollo encadenado al imperialismo será siempre un desarrollo limitativo y deformador de las gigantescas potencialidades de nuestros pueblos. Con razón, debemos recordar lo expresado por Gunder Frank: "El subdesarrollo, en Chile y en América, es el resultado de cuatro siglos de desarrollo capitalista". En otras palabras, el precio de nuestro subdesarrollo es el extraordinario desarrollo de los países capitalistas occidentales. Ha sido la expropiación del superávit económico de los pueblos periféricos y explotados lo que ha permitido, en medida muy importante, el inmenso crecimiento de las sociedades burguesas desarrolladas. La expropiación del superávit económico realizado a través de utilidades gigantescas, de royalties, de términos de intercambio abusivos, de amortizaciones inexistentes, de altos intereses, etc., no es, con todo, el peor daño inferido por el imperialismo a nuestras naciones satélites. Hay que considerar que para mantener tal relación de subordinación y dependencia es imprescindible la conservación de toda la estructura de poder vigente en América. En otras palabras, el daño no sólo proviene de lo que nos roban directamente, sino que también y casi en mayor medida, por las formas arcaicas y clasistas, sostenidas y apoyadas por los imperialistas en América latina.

INTEGRACIÓN LATINOAMERICANA

Ahora bien, sólo dos fuerzas podrán unificar el continente. Los grandes empresarios representantes de los gigantescos monopolios industriales y comerciales yanquis o las fuerzas revolucionarias populares latinoamericanas.

Las burguesías nativas, débiles y dependientes, no están en condiciones de materializar tan elevado objetivo histórico. Tampoco podrán concretarla los caudillos militaristas, dominados por mezquinos sentimientos revanchistas y en el fondo, instrumentados por la superpotencia militar norteamericana. En el día de hoy la integración se está efectuando en función de los intereses de los grandes monopolios financieros e industriales norteamericanos.

En el fondo no se trata de integrar las naciones latinoamericanas en un superior complejo de confederación de pueblos, sino de unificar mercados para absorber los excedentes productivos norteamericanos. La integración así concebida fatalmente estimula la penetración imperialista extranjera, dado que la ampliación de mercados es aprovechada exclusivamente por los grandes monopolios internacionales detentadores del poder económico y poseedores de una tecnología avanzada. Por otra parte, una integración programada dentro de los marcos de la economía capitalista y con prescindencia de la acción del Estado conduce, inevitablemente, a la formación en América latina de dos áreas cada vez más diferenciadas, una compuesta por los países más avanzados, los cuales tenderán a enriquecerse más, y otra por los países más retrasados, los que, por el contrario, tenderán a empobrecerse más.

La integración concebida por empresarios y reaccionarios persigue precisamente impedir los cambios estructurales.

El desarrollo económico, la integración continental y la unificación de nuestros pueblos sólo tendrán sentido en la medida en que permitan la creación de un nuevo orden social superior al viejo y gastado sistema dominante. En definitiva, el proceso integrador continental está inseparablemente vinculado a las luchas que libran nuestros pueblos en contra del imperialismo y de los sectores sociales aliados al suyo. La integración y unificación continental advendrá como corolario de las transformaciones revolucionarias iniciadas por el vasto territorio de América.

La misión histórica básica de las fuerzas revolucionarias continentales será, en consecuencia, no sólo luchar por la destrucción del viejo orden burgués, capitalista y dependiente, sino también y paralelamente luchar polla unificación de la América balcanizada en innumerables "estados-compartimentos". Dicho de otra manera, la guerra revolucionaria liberadora de los pueblos marcha inexorablemente unida a dos grandes objetivos históricos: la construcción de un nuevo orden social y político y la creación de una gran confederación de pueblos latinoamericanos.

DEFINICIÓN

Dada la situación prerrevolucionaria por que atraviesan la mayoría de los países de América latina, las burguesías nativas están vitalmente interesadas en impedir el desarrollo de cualquier movimiento popular revolucionario y no han trepidado en solicitar la ayuda económica, militar y policial del imperialismo yanqui para mantener su status de privilegio.

Considerando la gravedad de las tensiones desatadas en el Continente, no cabe adoptar posiciones intermedias, ni de tipo reformista. Hasta el imperialismo exige definiciones. Por eso no debe sorprendernos el que los grandes partidos reformistas y verbalmente antimperialistas latinoamericanos, como son: el PRI en Méjico, Acción Democrática en Venezuela, APRA en Perú, radicales en Argentina o demócratacristianos en Chile, hayan tenido que renunciar a sus declaraciones principistas y adoptado una conducta seguidista y servil frente a la política norteamericana.

Estados Unidos utilizó en el pasado a las oligarquías criollas y a los caudillos militares para defender sus intereses metropolitanos en el Continente. Ahora los verdaderos agentes del imperialismo en esta zona del hemisferio son los partidos reformistas. Ellos están llamados a aplicar la política definida en la Alianza para el Progreso y a llevar a cabo la integración de corte capitalista defendida por los trusts norteamericanos.

En síntesis, el proceso histórico de la unificación latinoamericana y de los cambios revolucionarios sólo podrá ser dirigido y realizado por aquellas fuerzas no comprometidas con el status dominante. Estas fuerzas no podrán ser las de las burguesías criollas, sobre todo después del triunfo de la Revolución Cubana. La vía de desarrollo efectuada bajo un capitalismo nacional e independiente se ha cerrado definitivamente para nosotros, desde el instante mismo en que el instrumento principal de tal tipo de desenvolvimiento, las burguesías nacionales, han debido enajenar toda pretensión de autonomía e independencia, para así poder defenderse del vasto proceso insurreccional que recorre América.

Las teorías reformistas de corte socialista europeo, evolutivo, intervencionista, parlamentario y electoral tampoco resuelven la problemática latinoamericana. Bien lo ha expresado André Malreaux en su libro "Antimemorias". En una conversación sostenida con Mao Tse-tung este último le habría preguntado por el carácter de los partidos socialista y comunista franceses, a lo cual Malreaux respondió: "El Partido Socialista es un partido liberal de vocabulario marxista. El Partido Comunista es un partido demasiado revolucionario para que nazca otro partido de combate y demasiado débil para llevar a cabo la revolución". Esta es la verdad sobre los viejos partidos socialistas europeos. La Social democracia occidental, expresada en los partidos de inspiración marxista o cristiana, son esencialmente reformistas y reaccionarios. Incluso en su visión histórica internacional han quedado a la derecha de un De Gaulle. Tanto los laboristas ingleses, como los socialdemócratas alemanes o los demócratacristianos de Italia, son simples colectividades políticas al servicio de la ideología burguesa y de los intereses estratégicos mundiales norteamericanos. El bagaje doctrinario de estas colectividades, sean de origen marxista o cristiano, está igualmente obsoleto. Sus declaraciones líricas sobre autonomía nacional, democracia representativa, sufragio universal, división de poderes, garantías constitucionales, régimen parlamentario, carecen de aplicación práctica. Los Parlamentos han caído en absoluto e irremediable desprestigio. Sólo sirven para negociar en un más alto nivel, con los diferentes grupos de presión, de Derecha, Centro o Izquierda, los proyectos de leyes destinadas a mantener el sistema. En Francia, la Asamblea Nacional está destituida de toda influencia. En Inglaterra, la Cámara de los Comunes dispone de poder sólo en el instante en que elige al Primer Ministro, después no hace sino aprobar su política. En Alemania, prácticamente no existe oposición y dos partidos, el Demócrata Cristiano y el Social Demócrata, igualmente reaccionarios y pro-yanquis, administran el Estado alemán. En Estados Unidos, tanto la elección presidencial como la elección del Congreso carecen de toda significación. El Partido Demócrata como el Partido Republicano representan los mismos intereses imperialistas de los grandes trusts financieros y bélicos yanquis. En el fondo, en Estados Unidos no gobierna el Presidente, elegido teóricamente por el pueblo, sino que gobierna un "poder invisible". La prueba de ello, entre otras muchas, está en que John Kennedy no pudo impedir la invasión a Cuba ya acordada por la CIA y el Pentágono. Por lo demás, en los hechos no existe ninguna diferencia entre la política de un Truman, demócrata o de un Eisenhower, republicano. El primero aprobó el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. el segundo la guerra de Corea y la invasión a Guatemala. Los demócratas Kennedy y Johnson iniciaron y acentuaron la criminal agresión contra Vietnam. Nixon hará lo mismo que Johnson. Hará lo que este "complejo", denominado por los sociólogos "poder invisible", determine.

El sistema institucional y la filosofía política de las sociedades occidentales y burguesas —esencialmente pragmática— se ha reducido a una concepción exclusiva de supervivencia y de poder, destinado a mantener la situación de privilegio en que se encuentra frente a la inmensa área del mundo circundante, hambriento y pauperizado. En consecuencia, las doctrinas político-sociales inspiradas en la ideología reformista y en el aparato institucional, soporte del capitalismo burgués, son absolutamente inadecuadas para sociedades como las nuestras, que se encuentran en etapas muy diversas de desarrollo y sometidas a una gigantesca expoliación imperialista.

Por otra parte, el sistema mundial impuesto por la URSS dentro de su órbita de acción, tampoco, a nuestro juicio, puede llegar a constituir un modelo válido de desarrollo y de transformaciones estructurales. Las discrepancias producidas entre la concepción política del Partido Comunista de Cuba y la del Partido Comunista de la URSS son suficientemente decidoras al respecto.

Por lo demás, no se trata sólo del caso de Cuba. La República Popular de Corea y la República Popular Democrática de Vietnam, también discrepan de la estrategia mundial soviética en aspectos tan sustantivos, como son el de la "coexistencia pacífica", el del "tránsito pacífico" de una sociedad capitalista a una sociedad socialista y el de la ''emulación pacífica" entre el campo socialista y el campo capitalista.

Estas diferentes estrategias han llevado a los tres países mencionados a constituir, de hecho, un centro ideológico y político aliado, discrepante de los centros ideológicos-políticos radicados en Moscú, Pekín, Belgrado o Bucarest. Estas discrepancias estratégicas y tácticas no sólo tienen su raíz en concepciones ideológicas distintas, sino también en la situación objetiva de cada uno de estos países.

La Unión Soviética, transformada en potencia mundial, poseedora de la bomba atómica y con un alto desarrollo industrial y técnico, no se encuentra en la misma situación que países que atraviesan por períodos de desarrollo muy desigual, ubicados en latitudes diferentes, con poblaciones pequeñas, con territorios reducidos y agredidos militar y económicamente por el imperialismo. Lo anterior, ha llevado al Primer Ministro de Cuba, Fidel Castro, a afirmar que la política de la URSS estaría basada en un error estratégico, aun cuando sus posiciones tácticas serían justas; en cambio, China tácticamente actúa en forma equivocada, pero estratégicamente interpreta adecuadamente el proceso histórico en esta etapa de la lucha antimperialista.

Un hecho concreto, lo tenemos a manera de ejemplo en la conducta adoptada por el imperialismo norteamericano y por la URSS frente a sus enemigos. Estados Unidos somete a boicot implacable a Cuba socialista, en cambio, la Unión Soviética establece y mantiene las más amplias y cordiales relaciones con los gobiernos reaccionarios de América latina y de otros países del mundo.

Esto viene a confirmar lo señalado anteriormente, en cuanto al carácter agresivo y criminal de la política internacional norteamericana y el carácter pacífico y conciliador de la política internacional de la URSS, aun cuando esta realidad pudiera ser des mentida por la ocupación de Checoslovaquia. Malreaux atribuye esta situación al doble carácter que tendría la política mundial soviética y sintetiza su pensamiento en la siguiente afirmación: "Una Rusia débil quiere Frentes Populares, una Rusia fuerte quiere democracia popular". Así se explicaría por qué la URSS defendió por las armas la "democracia popular" checoslovaca, y en cambio, patrocina movimientos amplios de tipo "Frente Popular" más allá de su zona de seguridad.

UNA TEORÍA PARA LA REVOLUCIÓN

De aquí concluimos que nuestras vanguardias políticas deberán crear su propia teoría para la revolución latinoamericana. No podemos pretender trasplantar mecánicamente formas de lucha y modelos de desarrollo de otras sociedades socialistas a nuestro continente.

La revolución socialista latinoamericana deberá encontrar sus propios caminos y trazar sus propias tácticas de lucha. Indudablemente, las experiencias revolucionarías vividas tanto por el Partido Bolchevique, como por el Partido Comunista Chino y por todos los demás movimientos revolucionarios del mundo, deben servir de antecedentes inestimables para elaborar esta teoría de la lucha revolucionaria continental latinoamericana en contra de sus estructuras opresoras y del imperialismo.

Uno de los aportes más valiosos, en la elaboración de esta teoría revolucionaria continental, lo realizó el Comandante Ernesto Che Guevara. Su muerte en ningún caso puede ser esgrimida como argumento del fracaso de esta concepción de la guerra continental revolucionaria antimperialista. Por el contrario, el presunto "fracaso" sólo tiene atingencia con una escaramuza militar que nada dice con el conjunto del gran proceso emancipador de nuestros pueblos. A nadie se le habría ocurrido pensar en invalidar una estrategia revolucionaria dada, por el hecho de que tal o cual héroe de la revolución bolchevique o de la guerra popular en Vietnam o de las grandes batallas por la liberación de América hubieran muerto prematuramente en el combate. En definitiva los movimientos revolucionarios en la URSS, en Corea o en Cuba tuvieron éxito, a pesar de que dejaron en el camino muchos y grandes mártires. Lo importante es que la estrategia revolucionaria sea justa y adecuada a las condiciones objetivas y subjetivas por que atraviesa una sociedad.

Pensamos que en América latina la guerra revolucionaria liberadora adoptará, en definitiva, un carácter armado y continental.

El imperialismo así lo ha decidido.

La lucha no es solamente contra los aparatos represivos nacionales, al servicio de los intereses yanquis en cada uno de nuestros estados, sino esencialmente, es una lucha en contra del imperialismo norteamericano, quien actúa de Estado Mayor de la lucha contrarrevolucionaria en el mundo entero. No puede ningún país de América o de otro continente, pretender desafiar el poderío bélico imperialista, sólo y aisladamente, puesto que éste, a pesar de su colosal fuerza, actúa en coordinación con los demás países capitalistas del mundo y ha creado para tal efecto, toda una inmensa superestructura estatal, militar y económica, en América, Europa y Asia, para tratar de detener el avance victorioso del ideario socialista revolucionario. A la contraofensiva reaccionaria armada y continental hay que oponer también una ofensiva revolucionaria armada y continental.

LA VIOLENCIA

Los reaccionarios, los hipócritas, los idealistas pacifistas, los reformistas burgueses y los ingenuos, repudian la violencia como forma de lucha en contra del status dominante.

La violencia es una realidad innegable y siempre ha estado presente en el curso de la historia. Ha adoptado diversas formas: la de guerra entre estados, la de guerra entre naciones imperialistas, la de guerra de liberación de los pueblos colonizados y dependientes y también la de revolución entre clases de un mismo estado. La forma de violencia revolucionaria ha adquirido especial preeminencia en este siglo.

Las grandes luchas revolucionarias desatadas en los cinco continentes de la tierra, han alterado radicalmente la faz de la sociedad humana. Las guerras entre estados por intereses de predominio económico han pasado a ser anacrónicas. Las guerras de hoy tienen un carácter esencialmente social e ideológico. Por eso, ahora, no se trata tanto del reparto de los mercados mundiales entre las grandes naciones imperialistas de la tierra como ha ocurrido en el pasado, sino de una pugna ideológica entre dos formas de vida: la capitalista y la socialista.

Por esta razón, cualquier batalla librada en cualquier latitud del mundo; en el fondo, compromete la paz y la estabilidad mundial, porque de una u otra manera altera o influye en la correlación de fuerzas actualmente existente.

Dentro de esta perspectiva, podemos asegurar que hasta la liquidación definitiva del sistema capitalista, toda guerra tendrá un carácter revolucionario en cuanto apunta a obtener cambios radicales en el seno de la sociedad. Es explicable que las fuerzas dominantes en el área del mundo sometida al régimen imperial capitalista excomulgue la violencia como método legítimo para construir un nuevo orden social. En el pasado y aún más, en el presente, estas mismas fuerzas, bajo pretexto diferente emplean la violencia para defender el "mundo libre" o el "orden social amenazado" o "la zona de seguridad norteamericana" o los "valores de la cultura occidental". Bajo este camouflage los reaccionarios y los imperialistas invaden pueblos, masacran estudiantes, asesinan obreros, matan campesinos o torturan líderes populares.

No hace mucho tiempo, el Papa condenó la violencia de los pueblos como método legítimo para destruir el aparato represivo y opresor del Estado capitalista. Sin embargo, que tengamos noticias, el Papa no ha condenado el genocidio de Vietnam, ni las masacres cometidas en los países africanos por parte de los imperialistas blancos; ni condenó la invasión a Santo Domingo; ni la opresión violenta y permanente de las oligarquías civiles o de los caudillos militares ejercidas en contra de los pueblos de nuestro continente.

¿Cuándo se ha repudiado por la Iglesia Católica oficial, la violencia inaudita ejercida por obscuras satrapías en nuestro territorio latinoamericano? ¿Cuándo condenó a Trujillo o a Anastasio Somoza, o a Stroessner o a Onganía, para señalar sólo algunos?

La historia de nuestros días demuestra cómo plantearse los problemas políticos en "términos de fuerza", no es para los revolucionarios una utopía o un idealismo subjetivista. El cadáver de Patricio Lumumba; los millares de muertos en la guerra de liberación de Argelia; los 400 mil asesinados en Indonesia, las centenas de prisioneros y torturados por la dictadura reaccionaria y militar griega; las decenas de miles de hombres, mujeres y niños asesinados en Vietnam; los estudiantes, obreros y campesinos muertos por los aparatos represivos de los gobiernos pro-yanquis latinoamericanos; los golpes militares en Brasil; Argentina; Perú y Panamá; la China bloqueada y aislada, la Cuba saboteada, son todos ejemplos de sólo algunas de las fechorías perpetradas por la violencia criminal reaccionaria desatada en escala mundial.

La verdad es que la violencia reaccionaria, expresada a través de las guerras imperialistas y de los golpes militares, es antihistórica, aniquiladora y contraria al progreso humano. En cambio la violencia socialista, expresada a través de procesos revolucionarios, es esencialmente liberadora y progresista.

En síntesis, y a manera de conclusión, pausarnos que dadas las nuevas características del mundo, América latina debe crear su propia teoría revolucionaria, con el fin de constituirse en sujeto de la historia y no simple siervo de intereses extranjeros. Esta teoría revolucionaria, deberá considerar, en primer lugar, el carácter continental de la lucha; en segundo lugar, su doble objetivo de lucha por la liberación y unificación del continente y de lucha por reemplazar las estructuras de tipo capitalista, arcaicas y obsoletas, vigentes en nuestro continente; y en tercer lugar, el carácter violento que ha de asumir esta lucha, atendida la violencia empleada por reaccionarios e imperialistas para defender sus privilegios.

Se nos ofrece una nueva y brillante oportunidad a los habitantes del mundo subdesarrollado y periférico, colonizado, neocolonizado o dependiente, de conquistar nuestra definitiva e irrenunciable independencia, política y económica, llevando a cabo una auténtica revolución socialista y en escala continental.

Los pueblos que así lo hagan, como en el caso de la URSS, China, Corea o Cuba, se habrán adelantado cien años sobre aquellos que por cobardía, incapacidad o vacilación permanezcan en una cómoda, pero estéril e inútil, dependencia económica y en una vergonzante servidumbre, política y cultural.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02