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PUNTO FINAL
Año II. Nº 60
Martes 30 de julio de 1968

El Diario del Che

LA PUBLICACIÓN del Diario del Che en Bolivia ha acaparado la atención de la opinión pública internacional. Las repercusiones políticas han sido vastas y en el caso chileno doblemente interesantes. Desde luego, una publicación chilena, PUNTO FINAL, tuvo el orgullo de recibir de Cuba una copia del Diario para reproducirlo en forma exclusiva en los países del área sur de América Latina. Dificultades obvias, resultado del infructuoso intento de los gobiernos de rodear de silencio este sensacional documento, han impedido que PF llegue en forma masiva más allá de las fronteras. Sin embargo, debidamente facultado para ello, PF autorizo la reproducción del documento en otros países. En Chile se han lanzado —hasta ahora— cuatro ediciones del Diario (Nº 59 de PF) con una venta de 35.000 ejemplares. Los pedidos, tanto de Santiago como de provincias, siguen adelante y creemos que en los próximos días se podrá llegar a la cifra de 40.000 ejemplares, lo que nos parece constituye un verdadero record —en nuestro país— en materia de venta de un libro político.

Otro aspecto que liga a Chile a este asunto, es la serie de consecuencias que la publicación del Diario produjo en el plano político boliviano. En nuestro país, en efecto, buscó asilo el Ministro de Gobierno de Bolivia, Antonio Arguedas, que admitió haber sido quien proporcionó la copia del Diario que llegó a Cuba. Los incidentes sobre este caso son analizados en las páginas siguientes de PF. Uno de nuestros redactores, Jaime Faivovich, fue comisionado por PF para reclamar la libertad de Arguedas y la concesión de asilo —de acuerdo a la tradición chilena—, al observarse la dudosa conducta del gobierno democristiano en este caso.

Finalmente queremos anotar, que la publicación del Diario coincidió con el resurgimiento de la lucha armada en Bolivia. Este es el mejor homenaje a las ideas y a la conducta del Che: otras manos se han tendido para recoger su arma caída en la lucha.


Análisis

GUERRA DE LA ARAUCANÍA: FENÓMENO EXCEPCIONAL

Los indios "acostumbran decir dirigiéndose a su lanza: He aquí mi amo: este amo no me hace extraer el oro, ni producirle legumbres ni leña, ni cuidar su ganado, ni sembrar, ni segar. Y porque este amo me conserva la libertad, es que yo quiero andar con él". [1]

LA fiera y heroica lucha sostenida por los araucanos frente a los conquistadores españoles, es políticamente aleccionadora, y en algunos aspectos, de importancia contemporánea. Aparte del heroísmo y la capacidad de lucha de que hicieron derroche, pudieron sostener una lucha de tres siglos en condiciones muy desiguales por su determinación irrevocable de defender su libertad e independencia, a cualquier precio. En este sentido, podría señalarse un remoto precedente continental de la lucha que actualmente sostiene el heroico pueblo de Vietnam contra los conquistadores del imperio yanqui. Hechas las salvedades históricas, acaso la diferencia de mayor importancia entre ambas experiencias heroicas sea la conciencia más elevada acerca de la necesidad y posibilidad de llevar adelante la lucha en el caso vietnamita, por tratarse de una época y de una guerra donde los ingredientes políticos conscientes alcanzan nivel cualitativamente más alto.

En contraste con la fulminante conquista de los poderosos imperios de Méjico y del Perú, la conquista de Chile —al menos de una parte de su territorio— tomó tres siglos de sangrienta lucha. Y parece una extraña paradoja que, mientras en Méjico y Perú, por ejemplo, el desarrollo económico-social y el Estado habían alcanzado altos niveles de desarrollo, en el caso de los mapuches estaban todavía en un nivel embrionario.

Descontados el valor, la pertinacia y su increíble destreza militar [2] , y a falta de dichos elementos políticos conscientes, ¿qué circunstancias históricas determinan que la guerra de la Araucanía se haya podido sostener durante un período de tiempo tan desmesurado? Desde este punto de vista, Chile constituye un fenómeno excepcional en el contexto americano.

Alvaro Jara intenta proporcionar una respuesta a esa interrogante en su interesante obra "Guerre et Société au Chili", lamentablemente aún no impresa en español. Ciñéndonos a su apasionante "incursión en lo que puede contribuir a hacer más comprensibles" estos problemas, anota Jara que el desarrollo del Estado implica la existencia de toda una serie de características y modalidades en la estructura de la sociedad, no tan sólo políticas, sino principalmente sociales y económicas. Sobre el plano social, existe en el Imperio Incaico una profunda diferencia entre las diversas capas de la población: la familia real, la nobleza y la clase sacerdotal constituyen categorías especiales, una clase privilegiada, detentora del poder político, del poder militar y del poder económico. El resto de la población, la clase laboriosa, está acribillada de obligaciones y de servidumbres impuestas por las necesidades del régimen tribal señorial autóctono y de un Estado evolucionado.

Había contradicciones inherentes y no existía, pues, una fuerte unidad intrínseca del pueblo. Su unidad era más formal que real. En las condiciones indicadas, en los casos de Perú o de Méjico, el reemplazo del grupo dominante por los conquistadores europeos no era demasiado difícil. Si traducimos correctamente a Alvaro Jara, "se trataba de un cambio que aportaba, de seguro, variaciones importantes, pero la modificación era de grado y no de naturaleza, ella no implicaba desde el primer momento una transformación completa de la sociedad: una dominación social era reemplazada por otra y debía ajustarse poco a poco a los moldes que el conquistador español deseara o pudiera imponer con los medios a su disposición. Aun la importancia de los funcionarios medios, indígenas, fue bien comprendida por los españoles, puesto que ellos permanecieron como el intermediario entre el Estado y la gran masa del pueblo: se les transformaba en colaboradores del nuevo régimen, otorgándoles una situación privilegiada, ganándose así su adhesión por razones materiales, y el español obtuvo gracias a ellos un factor de estabilidad, al propio tiempo que le facilitaban el cobro de los tributos y el empleo de la mano de obra". El régimen tribal señorial autóctono era substituido por el régimen feudal-señorial europeo. Coincidiendo con lo que anota Jara más arriba, el profesor Alejandro Lipschutz en "La Comunidad Indígena en América y en Chile" señala: "Igual que en la Nueva España y Yucatán, participan en la lucha feroz contra el agricultor indio en el Perú, caciques de alta alcurnia incaica. Remitimos al magnífico estudio de Rowe que de modo muy apropiado habla de los "inca quisling". Los españoles, dice Rowe, disponían para su defensa como de reserva la aseveración de que eran los caciques quienes maltrataban a los indios, y no los españoles."

En Chile, por el contrario, el panorama era bien distinto, aunque con diferencias de grado regionales.

Hasta el río Maule por el sur —y probablemente hasta el Bío-Bío— se adivinaban la presencia de cierto señorialismo y de formas de un Estado, en lo que era un territorio asociado al imperio incaico y sometido a su influencia directa, si bien atenuada por razones de distancia y características periféricas: mejores técnicas de cultivo, desarrollo de la ganadería y de la metalurgia; noción del tributo, traducido en el envío de metales preciosos al imperio; presencia de representantes autorizados del inca —extranjeros a los territorios ocupados—, a los que se sumaban guarniciones militares. Así, la dominación de esta región norte del reino de Chile debería haber sido menos laboriosa, y lo fue en efecto: la conquista española se asentó más rápidamente en esta parte del territorio.

A la inversa, en la región continental situada al sur del Bío-Bío, la agricultura estaba todavía en estado embrionario y la subsistencia de los indígenas debía complementarse con la recolección, la pesca y la caza. El régimen de comunidad agrícola imperante importaba condiciones de vida precarias así como la falta de excedentes (que dieran lugar a un sistema regular de trueque y de acumulación) y, lo que es muy importante, al surgimiento del señorialismo, que era apenas incipiente. Sus aptitudes de trabajo, de consiguiente, eran débiles y su organización política prácticamente inexistente. El concepto inmediato y en vigor era el del grupo familiar, y las obligaciones no excedían de ese marco, salvo casos de peligro común. Estaban agrupados en pequeños grupos núcleos familiares ("rehue"), algo así como gens, constituidos por un conjunto de moradas que formaban modestas aglomeraciones usualmente de no más de una cincuentena de rucas. En cada uno de esos caseríos había un jefe o cacique, cuyas tierras toman su nombre [3] ; el conjunto de los grupos de una zona se sentía ligado por razones de familia y de interés y, frecuentemente, se unían por razones de defensa mutua ("aillarehue").

El sistema de reclutamiento y de constitución de los ejércitos para ir a la guerra se derivaba del sistema de organización social de los araucanos, caracterizado, más que por una sociedad en sentido estricto, por sociedades o grupos.

En asambleas generales de caciques se discutían las razones que habían para declarar la guerra y se designaba al jefe de operaciones, fuera uno de los principales "toqui" [4] o un indio de cualidades militares reconocidas. Este fijaba el número de "conas" o soldados que debía procurar cada uno de los grupos aliados. La conducción de las operaciones se beneficiaba de la cooperación de los caciques que iban también al combate, a la cabeza de sus grupos respectivos, en calidad de auxiliares del jefe supremo proclamado. La autoridad ejercida por el jefe ocasional estaba supeditada a su prestigio y antecedentes personales, y sus resoluciones se adoptaban con el acuerdo de los otros jefes. Cada soldado debía procurarse sus propias armas, lo que prueba la ausencia de sentido de la unidad o del Estado. Sólo el interés y la defensa comunes los unía en organizaciones más amplias; no había, pues, una unidad formal, pero existía una unidad de objetivos que no era interferida por contradicciones reales.

Estas características de la sociedad indígena entrañaban otros aspectos de importancia en el plano de la guerra, una de las cuales era lo que los españoles definían como la ausencia de una cabeza o rey que los dirigiera; si una o varias facciones hacían la paz, las demás permanecían fuera de las negociaciones, toda vez que carecían de una autoridad única que los rigiera a todos, o la paz no era duradera pues algunas facciones terminaban por seguir su propia política.

Este fraccionamiento en clanes y su subdivisión en grupos poco numerosos e independientes —característico de la organización social de los mapuches— producía también otros efectos vinculados al grado de su cultura: los indios no llegaron probablemente jamás a tener conciencia justa de su enemigo español; con el horizonte geográfico y cultural de esta sociedad primitiva, no podía existir la comprensión del verdadero poderío y de la magnitud de la conquista española en América, ni tampoco una idea clara del nervio motor de la conquista, de la virtual capacidad de guerra de España y, por eso, cada refuerzo español que se incorporaba a la guerra de la Araucanía les parecía como la última prueba de fuerza de que los españoles eran capaces, lo que les comunicaba mayor optimismo y determinación, esto es, confianza en sus propias fuerzas.

La enorme brecha cultural que separaba a los mapuches del conquistador —señala Jara— era imposible de suprimirse por la sola dominación militar tan inestable por su característica señorial y privada.

De todo lo anterior, concluye jara: "Si se observa la conquista de la América, el grado de desarrollo alcanzado por el Estado parece estar en razón directa con la mayor o menor facilidad de asimilación de las sociedades indígenas a las normas impuestas por los conquistadores".

JAIME BARRIOS


América Latina

UN SACERDOTE OPTA POR LA REVOLUCIÓN

SEIS meses atrás, a bordo de uno de los Britannia que periódicamente quiebran el bloqueo imperialista contra Cuba, pude conversar demoradamente con un compatriota, de rostro abierto y magra figura, a quien había conocido en París hacía apenas tres días. Entre los temas habituales a las conversaciones de viaje, entre las variantes de confraternidad y entusiasmo que suele provocar en los pasajeros de un Britannia la anticipación de la isla revolucionaria, algunos puntos se hicieron constantes en esa charla: América Latina, el Tercer Mundo, la lucha por la liberación, sus diversas formas, los caminos que habría de transitar el Uruguay dentro de ese contexto; precisamente por entonces, el país asistía con cierta perplejidad a la concreción de un fenómeno que, común al resto del continente, muchos creían le sería ahorrado a la ex "Suiza de América": la represión ideológica por decreto, expresada en la disolución de partidos de izquierda y en la clausura de periódicos, con el agravante de prisión para varios dirigentes de aquellos partidos. Las opiniones de mi ocasional interlocutor acerca de tales temas no sorprenderían, por cierto, a nadie que conociera su más reciente militancia política (justamente, en uno de los grupos disueltos por el Ejecutivo uruguayo), pero la precisión inteligente con que manejaba algunos sutiles vericuetos teóricos no parecía condecir con el relato de sus experiencias junto a los obreros zafrales del norte uruguayo o con sus manos encallecidas por las labores de albañilería; una pieza curiosa en el equipaje de Juan Carlos Zaffaroni aumentaría probablemente la sorpresa: el clergyman-collar que aparecía como el único indicio visible de su condición de sacerdote.

Hoy, mientras procuro recordar sus reflexiones sobre la lucha política latinoamericana, sobre la jerarquía eclesiástica en el Tercer Mundo, sobre la inserción de los cristianos en el combate revolucionario del continente, sobre la vida de los trabajadores cañeros, desgranadas en el avión, en los horribles salones del aeropuerto de Gander, a lo largo del entonces nevado Boul-Mich, el sacerdote católico Juan Carlos Zaffaroni ha debido incorporarse a la vida clandestina, requerido por la Justicia (?) uruguaya. Su delito: sostener públicamente que a la violencia reaccionaria sólo puede contestarse con la violencia revolucionaria, que esa opción es válida, imperiosa, también para el Uruguay, que los cristianos no pueden ni deben eludir tal elección.

Pero no serán ciertamente estos recuerdos personales los que hagan efectiva justicia a Zaffaroni; en rigor, el caso informa no sólo sobre su propia lucidez y su propio coraje, sino también y especialmente sobre la fuerza creciente que viene adquiriendo la corriente que propugna un compromiso político decidido y progresista dentro de los sectores católicos, y, en última instancia, sobre la misma situación de endurecimiento represivo que Zaffaroni ha citado como elemento de base al proclamar que, también en el Uruguay, habrá de recurrirse a la acción directa, a la violencia revolucionaria, para lograr la toma del poder, instrumento de la definitiva liberación.

Anecdóticamente, "el caso Zaffaroni" (como lo han bautizado los cronistas policiales y los escribas de las páginas editoriales reaccionarias) se reduce a una entrevista televisada en que el cura obrero participara junto a otro sacerdote, éste de cuño reformista, frente a un locutor argentino, Rene Jolivet, tristemente famoso en el Uruguay gracias a una curiosa mezcla de analfabetismo, impertinencia, pedestre histrionismo, servil inclinación ante los instrumentos de poder del régimen y delación policial. Pocas horas después de realizada esa entrevista, María Angélica Gonella, fiscal de 2º Turno, pidió el procesamiento del sacerdote invocando el inciso 6º del artículo 132 del Código Penal; el texto citado establece que "será castigado con diez a treinta años de penitenciaría y de dos a diez años de inhabilitación absoluta" quien "por actos directos pretendiere cambiar la Constitución o la forma de gobierno por medios no admitidos por el Derecho Público interno". Los "actos directos" que la muy celosa fiscal Gonella creyó "sorprender" en la pantalla de su televisor (y que el bienmandado Jolivet puso, en cinta magnetofónica, a disposición del comisario Alejandro Otero, otro personaje tristemente famoso, por dosis igualitarias de saña e inepcia en la persecución a los movimientos de izquierda) serían algunas expresiones del cura Zaffaroni, que vale la pena reproducir:

ZAFFARONI: ...en el Uruguay, en este momento, la violencia ya está desatada.

JOLIVET: ¿De qué manera?

ZAFFARONI: En esas muertes injustas a que recién aludía el padre Martín, de enfermedades enteramente curables. Este verano murieron 40 niños entre los cañeros, hijos de cañeros, de enfermedades enteramente curables: de diarrea, más concretamente.

JOLIVET: ¿Por qué murieron?

ZAFFARONI: Por falta de asistencia médica, por falta de medios.

JOLIVET: ¿Por qué no tienen asistencia médica?

ZAFFARONI: Y bien: a veces, porque no hay dinero como para poder pagar esa asistencia.

JOLIVET: ¿Qué tiene que ver el dinero?

ZAFFARONI: Precisamente, al problema fundamental que ocasiona todo esto es la desocupación. La desocupación es una violencia. La desocupación, cuando el trabajador tiene toda la voluntad y todos los medios como para poder trabajar y no tiene trabajo, es una manera de la violencia. (...)

JOLIVET: Me resulta difícil comprender al sacerdote violento ...

ZAFFARONI: Es un problema de identificación con el desposeído ... Entiendo que en la medida en que uno se identifica con el desposeído, con el oprimido, con el despojado, es que siente reacción, que siente indignación. Y la indignación está en íntima relación con la dignidad ... El que no tiene capacidad para indignarse, es porque no tiene dignidad... Yo entiendo que sí, que sacerdotalmente puedo estar identificado con los desposeídos, los oprimidos, los que están en lucha. Me parece que lo contrario sería marginarse e, incluso como Iglesia, marginar también a la comunidad cristiana ante el proceso histórico que estamos viviendo. Y yo entiendo que eso no es tanto un problema de doctrina o de opción doctrinal, sino más bien de conocimiento de la realidad que estamos viviendo. Creo que la realidad uruguaya está en la violencia.

Y ciertamente Juan Carlos Zaffaroni sabe lo que está diciendo: jesuita, profesor de filosofía, especializado en teología en la Universidad de Córdoba y economía en la de París, proveniente de una familia de holgada posición económica, este sacerdote de 44 años ha preferido convertirse en cura obrero, trabajando como albañil y compartiendo la dura vida de los cortadores de caña de azúcar en el norte uruguayo. No sólo ha conocido de cerca la violen cia del régimen (esa violencia encubierta y silenciosa, esa sangre cotidiana que incisivamente recordara Régis Debray ante sus jueces militares de Camiri): la ha sufrido en carne propia. Ese es precisamente su delito: poner al descubierto las llagas cuidadosamente maquilladas de una democracia tan publicitada como esencialmente falsa. Lo que ha irritado la delicada epidermis de la fiscal Gonella (y de los doctores que se dispusieron a ayudar en este duro trance a la Santa Madre Iglesia, descubriendo que Zaffaroni caía no sólo bajo la imputación del artículo 132, sino de otras ocho disposiciones penales) es ni más ni menos que la cruda realidad, el fiel y aún parcial retrato de una nación que se cae a pedazos frente al hedonismo indiferente de las clases dominantes. Que el apa rato judicial de un país como el Uruguay, esa presunta "democracia modelo", llegue a movilizarse para punir a quien se atreve a decir la verdad con todas sus letras, es quizá el síntoma más lamentable e inequívoco del deterioro de un régimen, la justificación misma de los planteamientos de Zaffaroni. Así lo ha puesto en claro el propio sacerdote, al negarse a responder a los requerimientos de esa "justicia", optando por la clandestinidad, en una carta abierta que pone al desnudo las más recientes falencias del sistema judicial uruguayo. "Una justicia que se ha alejado así del pueblo —dice Zaffaroni— está desautorizada frente a la nación, y presentarse a ella es ser idiota o cobarde".

NUEVAS OPCIONES

No es extraño, en estos términos, que "el caso Zaffaroni" haya obrado inmediatamente como agente catalítico dentro de los sectores del catolicismo uruguayo. Desde el más ciego reaccionarismo (ejemplarizado en una carta pastoral de monseñor Antonio Corso, no en vano obispo de Punta del Este, balneario que retrata simultáneamente el ocio nada noble de la alta burguesía nacional y los adocenados shows de cancilleres y presidentes "interamericanos") hasta el tibio reformismo o la "solidaridad colegial" de algunos obispos y el apoyo decidido de los jóvenes sacerdotes y de los círculos cristianos más politizados, la opción de Zaffaroni ha obligado a nuevas opciones, a una delimitación de campos cada vez más necesaria y fecunda en una encrucijada como ésta, vital para la Iglesia, decisiva para la revolución.

Y cabe recordar, por otra parte, que esa opción de Zaffaroni encontró en enero último expresión unívoca a través de una ponencia firmada por él y otros sacerdotes católicos que asistieron al Congreso Cultural de La Habana; en ella, bajo la advocación de Camilo Torres, los firmantes declaraban: "Nos comprometemos con la lucha revolucionaria antimperialista, hasta las últimas consecuencias, para lograr la liberación de todo el hombre y de todos los hombres". Hoy, cuando Juan Carlos Zaffaroni asume serena y corajudamente la persecución de que se le hace objeto, y que no es sino el primer escalón de esas "últimas consecuencias" hasta las que se ha comprometido, cuando su actitud precipita la toma de posición de los católicos, cuando su proceso se convierte en un nuevo mentís para los sedicentes revolucionarios que aún conciben esperanzas sobre el "tránsito pacífico" y otras gastadas consignas por el estilo, vale la pena recordar las palabras con que Fidel Castro comentó aquella ponencia en el discurso de clausura del congreso: "Estas son las paradojas de la historia. ¿Cómo, cuando vemos a sectores del clero devenir en fuerzas revolucionarias, vamos a resignarnos a ver sectores del marxismo deviniendo en fuerzas eclesiásticas?"

CARLOS NÚÑEZ


Análisis

EL FRAUDE PERMANENTE DEL SISTEMA ELECTORAL

EN el suplemento a la edición Nº 42 de PUNTO FINAL (22/11/67), se publicó una entrevista al dirigente socialista Clodomiro Almeyda, bajo el título "Dejar a un lado el ilusionismo electoral". El tema reviste gran actualidad, en especial para el propio Partido Socialista, en un momento caracterizado por la confusión y por acciones enfiladas a las elecciones parlamentarias del 69 y presidenciales del 70, que amenazan sumergir al país en el tradicional pozo de politiquería inconducente y oportunista.

Hay sectores esclarecidos —especialmente en la juventud— que han dejado de lado el ilusionismo electoral. Pero hay todavía partidos completos que persisten en esas ilusiones. Un ejemplo reciente es el saínete protagonizado en Cautín, y también lo son las pactos de compensación PC-PS formalizados en diversas regiones del país.

Forzoso es reconocer que grandes masas no han desahuciado de plano dichas ilusiones, en lo que cabe gran responsabilidad a las vanguardias "de derecho" que, lejos de haber formado conciencia del engaño electoralista, lo han alimentado, sumándose a él de manera entusiasta y esperanzada. La realidad es que parte importante del pueblo está engañado por la "legitimidad" y hasta por las "posibilidades" de las reglas del juego de la democracia burguesa, y no está plenamente consciente de la increíble mascarada que ellas representan.

Los partidos tradicionales de izquierda, que han permanecido integrados a la institucionalidad del régimen democrático burgués, ya han proclamado sus candidatos a senadores y diputados, y han entrado de lleno a participar en las elecciones que se efectuarán en marzo de 1969. La vida partidaria se ha volcado —nuevamente— a ese tipo de actividades, relegando incluso —en el caso del PS— acuerdos diametralmente distintos adoptados en congresos.

Las alternativas aparentes que los partidos de izquierda pudieran tener al frente son: una, aceptar de manera incondicional el reto eleccionario, mantener la actual integración al sistema y fortalecer con ello al régimen democrático burgués, con todas sus implicaciones. La otra, negarse, sin más trámite, a participar en las próximas elecciones. Respuesta honrada pero peligrosa que ya fue desechada por el PS y que el PC ni siquiera contempló. Muy probablemente las masas o buena parte de ellas, al actual nivel de conciencia política, no comprenderían tal decisión. No se puede romper súbitamente y sin mayor explicación con un pasado que se contribuyó a convalidar. Se requeriría, previamente, justificar esta nueva conducta frente a las masas. Pero si existe el propósito de participar en un juego político o de cualquier otra índole, es legítimo asegurarse que las cartas no estén marcadas y que las reglas otorguen el mínimo de garantías que diferencien el juego de un vulgar atraco. Un análisis breve del fraudulento sistema electoral vigente permite desprender, en líneas gruesas, el género de condiciones legítimas elementales que podrían y deberían exigir las fuerzas populares.

No es ninguna novedad —ciertamente— sostener que las instituciones de la democracia burguesa han sido construidas para eternizar en el poder a las clases dominantes y para cerrar el paso a las fuerzas que promueven cambios revolucionarios. Las restricciones del derecho de sufragio (limitado a alfabetos y mayores de veintiún años) reducen, con un claro objetivo clasista, la participación del pueblo en las contiendas cívicas. También se niega derecho a voto a los soldados y personal de clase en las FF.AA., pero se reconoce a los oficiales. El sufragio se puede hacer efectivo solamente en la localidad y mesa de inscripción, negando posibilidad de ejercerlo en los demás puntos de la república a la población obrera flotante que emigra de ir a norte del país en busca de trabajo, etcétera.

Debido a estas y otras restricciones, en las elecciones generales efectuadas en 1965, votaron solamente 2.347.000 personas, el 26,4% de la población. En cambio, si votaran todos los chilenos que hayan cumplido dieciocho años, sin más restricciones que las indicadas en el artículo 8º de la Constitución el número de ciudadanos con derecho a voto se ampliaría a más del doble: 5.412.000 personas en 1969 y 5.572.000 personas en 1970, comprendiendo al 54,3% de la población.

No hay razón atendible alguna, además, para negar derecho a sufragio al ciudadano de dieciocho años. Si a esa edad se está en condiciones de defender la patria con la propia vida, obviamente se está en situación de elegir mandatarios.

Es improbable que reformas electorales de este carácter —que han sido aprobadas en comisiones de la Cámara de Diputados — logren convertirse en leyes. A través de los editoriales de "El Mercurio" es posible deducir la oposición tenaz que opondrán las clases dominantes a la ampliación del derecho a sufragio.

Por otra parte, es sabido que se altera la voluntad popular mediante habilidosas truculencias legales. Una es el arbitrario sistema de "agrupaciones" para la elección de senadores. Permite, por ejemplo, que la agrupación de Tarapacá y Antofagasta, con sólo 395.000 habitantes en 1965, elija cinco senadores, es decir, lo mismo que la agrupación de Santiago con 3.152.000 habitantes. Esto significa que al 4,4% de la población se le otorga la misma representación que al 35,5%, pues en ambos casos se elige el 11,1% de los senadores. Dicho de otro molo, cada senador por Tarapacá y Antofagasta "representa", en promedio, a 79.000 chilenos, mientras que cada senador por Santiago representa" a 630.400 chilenos. Lo mismo sucede en el resto del país y su resultado es el fortalecimiento de los caciques políticos regionales.

El actual sistema departamental y de agrupaciones departamentales para la elección de diputados, a razón de un diputado por cada 30.000 habitantes o fracción que no baje de 15.000, es otro anacronismo que adultera la voluntad popular. De acuerdo con la Constitución burguesa vigente, en las elecciones de marzo de 1969 el número de diputados debería ascender a más de 333 para una población de casi diez millones de habitantes. Sin embargo, la aplicación de la absurda legislación vigente importaría más que duplicar el número de diputados, lo que aparte de ridículo y oneroso sería la mejor forma de estimular la politiquería (solamente Santiago debería elegir 120 diputados).

Lo que interesa dejar en claro es que el parlamento tiene una generación espúrea, que falsea intencionalmente la voluntad popular. Aparte lo anterior, el sistema bicameral no tiene otra finalidad práctica que facilitar el rejuego de esa politiquería, dilatar las labores legislativas y disolver u ocultar responsabilidades. Lo mismo sucede con los diferentes períodos (cuatro y ocho años) de diputados y senadores.

Estas truculencias legales constituyen una forma de amarrar el "establishment" y de consolidar el status, poniéndolo a resguardo de cualquier cambio. Aceptando la hipótesis prácticamente insostenible de un futuro gobierno popular en las actuales condiciones, las reglas del juego lo enfrentarían al hecho cierto de no contar con mayoría en el parlamento, produciéndose hasta el derrocamiento del gobierno "por medios legales" invocando la Constitución y la ley en favor de un parlamento burgués seguramente apoyado por el ejército y naturalmente por el imperialismo.

El hecho de que la Constitución tenga un origen espúreo e ilegal (ver "Origen y Formación del Partido Comunista de Chile", de Hernán Ramírez Necochea, Ricardo Donoso, o PF Nº 32, p. 19), no quiere decir que los constituyentes eran ineptos en resguardar sus intereses. Ellos sabían que a través de las "agrupaciones" y sistemas departamentales, de las dos cámaras y de los períodos distintos de mandato, estaban afianzando el sistema de clase vigente, y lo consiguieron.

Si examinamos las elecciones presidenciales, vemos que resultan un engaño por razones adicionales. No analicemos la competencia de izquierdismo y demagogia habituales entre los candidatos, que más tarde no son sancionados cuando el elegido lanza al desván sus promesas de "pan, techo y abrigo", "escobas barredoras de privilegios", "revolución sin sangre", "vías no capitalistas", etcétera. Las clases dominantes han transformado cada vez más los períodos eleccionarios en descarnadas ferias de conciencias. Se gastan centenares de millones de escudos; se entrega la propaganda a poderosas empresas publicitarias; se solicita el concurso de sociólogos, sicólogos y expertos en encuestas de opinión pública, y se desata un tropel de propaganda de todo tipo a través de la prensa escrita, la radiodifusión y la TV, medios de propaganda que los detentores del poder controlan enteramente. La cacareada "igualdad" ante la ley enfrenta a una clase dominante poderosa, dueña de todos los recursos materiales y financieros —y con el control del propio aparato del Estado— al pueblo indefenso y carente de recursos. Sobre esa base desigual pretende generarse "democráticamente" la así llamada democracia "representativa", que no "representa" otra cosa que el viejo sistema del zorro libre en el gallinero libre.

Acaso de ningún otro problema exista tan generalizada conciencia como de este engaño de las elecciones presidenciales.

Las esperanzas reiteradamente frustradas de nuestro pueblo le han llevado a un total escepticismo y hasta a un cierto grado de peligroso cinismo frente a la política. Las únicas diferencias que se perciben en la conciencia de las masas, son aquellas vinculadas con la mayor o menor edad de las personas, esto es, más o menos eslabones de una misma cadena de frustraciones.

En el "derecho privado" el engaño y el dolo son causal de nulidad de contratos y mandatos civiles y comerciales, y están penados por la ley. En cambio, el engaño a todo un pueblo, en la actualidad, ni es causal de nulidad del mandato político ni es acreedor a ningún tipo de sanción política o penal.

Si se desea participar en el "libre" juego de una democracia burguesa, cuando menos deberían exigirse reglas de juego limpias o que al menos ofrezcan el aspecto de una competencia entre iguales. Por cierto, esto último jamás será enteramente posible en una sociedad de clases, pero esta evidencia no debería conducir a aceptar dócilmente las actuales reglas impuestas por la burguesía con el objetivo confeso de consolidarse en el poder y cerrar el paso a las fuerzas populares. Se debería exigir que se haga realmente efectiva la soberanía del pueblo y que se abran de veras los cauces para que éste se exprese libremente.

Un planteamiento de esta índole puede parecer reformista, pero depende cómo se plantee y con qué propósitos. Puede y debe abordarse de una manera enteramente revolucionaria. Lo que se exige es una ampliación de la democracia burguesa para emplearla como instrumento de fortalecimiento de la revolución, como punto de apoyo para el desarrollo ulterior del movimiento revolucionario. La exigencia de condiciones legítimas para participar en las próximas elecciones debería ser conditio sine qua non, lo que supondría un real emplazamiento público y sostenido a los partidos que expresan a las clases dominantes y, a la vez, una campaña de agitación y de esclarecimiento destinada a movilizar las más amplias masas (¡a fin de prepararlas para la revolución!), todo lo cual —creemos— tendría que hacerse con la mayor energía antes de las próximas elecciones parlamentarias. Si las condiciones legítimas exigidas son aceptadas sin trampas ni nuevos engaños por las clases dominantes —lo que es en extremo improbable— existirían razones para participar en forma igualmente legítima en las próximas elecciones. Si —como es más probable— las condiciones son rechazadas, ello constituirá argumento suficiente para justificar ante el pueblo la no participación en ningún tipo de elecciones y la cancelación definitiva de la vía electoral; para denunciar ante las masas la falacia de la "democracia representativa" y para consagrar legítimamente la lucha armada como la única vía abierta por la clase dominante para la conquista del poder político.

Aquí aparece oportuno recordar las palabras del dirigente socialista Clodomiro Almeyda: "La fase superior de la lucha política que es la violencia revolucionaria ... emergerá como resultado de la agudización y del calentamiento al rojo del proceso político vigente". "En otras palabras, cuando el sistema aparece de veras cuestionado, la violencia contrarrevolucionaria emerge al fin. De aquí que si la izquierda desea realmente tomar el poder, no puede seriamente plantearse su triunfo sino en base a su capacidad en el plano de la violencia"...

Frente a la pregunta: ¿qué hay que hacer para desembocar en la fase definitiva revolucionaria?, Almeyda responde que el proceso debe ser producto de la lucha que en función de la toma del poder acometen las fuerzas revolucionarias, y añade que "por eso, lo que hay que hacer es comenzar a trabajar en ese sentido y en esa dirección, dejando de lado ilusiones electoralistas, prácticas parlamentaristas y luchas simplemente reivindicacionistas..."

El planteamiento expuesto en este artículo, pues, cabe exactamente dentro de las posiciones hechas públicas por el dirigente socialista Clodomiro Almeyda y de expresiones similares de Carlos Altamirano. Conduce a liquidar el sentido y orientación conservadores del proceso político; puede conducir a la fase superior de la lucha como resultado de la agudización y del calentamiento al rojo del proceso vigente; cuestiona de veras el sistema; confiesa y compromete su real aspiración al poder y actúa en función de capturarlo para sí; es un ejemplo de lucha en función del poder como producto del cual el proceso político puede llegar a su etapa culminante; deja de lado las ilusiones electoralistas (en caso de rechazo) haciendo conciencia de ello de manera pública y masiva, y no solamente en el plano de un puñado de dirigentes, etcétera.

Así, pues, estos planteamientos se acercan al pensamiento dominante en el PS después de su congreso en Chillán, y en la mayoría de su comité central. En cuanto al PC, deberían encuadrar también. Para no simplificar los términos en que ese partido ha planteado el problema del poder, debe reconocerse que ha manifestado que no debe confundirse la vía pacifica con el parlamentarismo y la vía electoral. Pero también debe reconocerse que, a pesar de los esfuerzos realizados para diferenciarlos, a los efectos prácticos, hasta ahora, no se perciben diferencias sensibles entre ellos. [5]

La izquierda chilena no debería conducirse como los kautskianos en sus funciones de lacayos de la burguesía que, al decir de Lenin, se adaptaban al parlamentarismo burgués, disimulando el carácter burgués de la democracia contemporánea y reclamando tan sólo su ampliación, su aplicación completa. Lenin indicaba: "Nosotros lo hemos dicho a la burguesía: Vosotros explotadores e hipócritas, habláis de democracia y al mismo tiempo levantáis a cada paso millares de obstáculos para impedir que las masas oprimidas participen en la vida política. Os cogemos la palabra y exigimos, en interés de estas masas, que ampliéis vuestra democracia burguesa, a fin de preparar a las masas para la revolución que os derribará a vosotros, los explotadores". [6]


EL OPORTUNISMO Y LA BANCARROTA DE LA II INTERNACIONAL

"El carácter relativamente "pacífico" del periodo comprendido entre 1871 y 1914 alimentó el oportunismo, primero como estado de ánimo, luego como tendencia y por último como grupo o sector de burocracia obrera y compañeros de ruta pequeñoburgueses. Tales elementos sólo podían subordinar el movimiento obrero reconociendo de palabra los objetivos revolucionarios y la táctica revolucionaria. Sólo podían conquistar la confianza de las masas jurando que todo el trabajo "pacífico" no era sino una preparación para la revolución proletaria. Esa contradicción era un absceso que alguna vez tenía que reventar y ha reventado. Ahora todo el problema consiste en decidir si, como hacen Kautsky y Cía., hay que intentar introducir nuevamente ese pus en el organismo, en aras de la "unificación" (con el pus), o si, para contribuir a la completa curación del organismo del movimiento obrero, es menester eliminar ese pus del modo más rápido y cuidadoso, aunque este proceso produzca temporalmente un agudo dolor".

"A un reducido círculo de burocracia obrera, la aristocracia obrera y de compañeros de ruta pequeñoburgueses pueden caerles algunas migajas de las grandes ganancias de la burguesía. El fondo de clase del socialchovinismo y del oportunismo es el mismo: alianza de un pequeño sector de obreros privilegiados con "su" burguesía nacional, contra las masas de la clase obrera, alianza de los lacayos de la burguesía con ésta, contra la clase que ella explota.

"El contenido político del oportunismo y del socialchovinismo es el mismo: colaboración de clases, renuncia a la dictadura del proletariado, renuncia a la acción revolucionaria, reconocimiento sin reservas de la legalidad burguesa, desconfianza hacia el proletariado, confianza en la burguesía. El socialchovinismo es continuación directa y culminación de la política obrera liberal inglesa, del millerandismo (ministerialismo) y del bernsteinismo".

V. I. Lenin. Publicado en enero de 1916, en la revista Vorbote, núm. 1. Obras Completas, Tomo 22, p. 118 y 119.


Tribuna ideológica

SOCIALIZACIÓN DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS

EN el artículo anterior (PF número 58) tratamos de precisar el concepto de fuerzas productivas, concepto que será muy importante en nuestra futura definición de las clases sociales. Antes de pasar a examinar el concepto de relaciones sociales de producción, quisiéramos detenernos en este artículo en el problema de la socialización de estas fuerzas, ya que nos hemos dado cuenta que muy a menudo se tiene una comprensión errada de lo que esta socialización significa. Se restringe su utilización a un análisis del desarrollo de las fuerzas productivas en el interior de las industrias y no se considera el proceso a nivel social global. Un ejemplo: el llamado "socialismo comunitario". Otro ejemplo: los kibutz israelitas.

A medida que las fuerzas productivas se van desarrollando, las formas de combinación entre los agentes de la producción (trabajadores directos y no-directos) y los medios de producción van sufriendo alteraciones. La actividad directa del trabajador que ocupaba un lugar dominante en las primeras épocas debido a la escasez y simplicidad de los instrumentos de trabajo, va pasando a segundo término, ocupando la máquina el papel dominante desempeñado antes por la fuerza de trabajo. El papel que juegan los trabajadores no-directos (técnicos, administradores, supervigilantes) crece al perfeccionarse el sistema industrial, etcétera.

La tendencia general que sigue el desarrollo de las fuer zas productivas es lo que Marx llamó socialización.

Veamos aquí cómo se expresa esta socialización en los diferentes elementos que participan en el proceso de producción. [7]

SOCIALIZACIÓN DE LA FUERZA DE TRABAJO

A medida que se desarrollan las fuerzas productivas, la fuerza de trabajo ha llegado a ser cada vez más social. Basta comparar una manufactura donde el trabajo parcelario dominaba con una gran industria moderna en la que prima el "trabajador colectivo", es decir, en la que el producto final es el producto del trabajo perfectamente combinado de un determinado número de obreros y los respectivos supervigilantes y administradores. Al mismo tiempo, el perfeccionamiento de las máquinas simplifica la actividad que debe desempeñar el trabajador directo facilitando su reubicación y haciendo posible el cambio rotativo de las diferentes tareas, lo que contribuiría a disminuir la monotonía del trabajo. Evidentemente, en un régimen cuya ley de funcionamiento es el máximo beneficio del grupo que controla los medios de producción, estas posibilidades no llegan a ser concretizadas.

SOCIALIZACIÓN DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN

Por socialización creciente de los medios de producción, debe entenderse el hecho de que estos medios de producción provengan de un número cada vez más grande de ramas de la producción económica. Así, primitivamente la agricultura, por ejemplo, se bastaba a sí misma, es decir, el número de medios de producción de origen no agrícola que utiliza son muy limitados. Pero progresivamente la agricultura necesita para su propia producción de medios de producción de origen cada vez más diverso: herramientas más complicadas, máquinas, carburante, material eléctrico, electricidad, insecticidas, etcétera. Lo mismo ocurre en cada rama de la industria, trátese de las industrias extractivas o, más aún, de las industrias de transformación. La socialización creciente de las fuerzas productivas se manifiesta, por lo tanto, en el hecho do que cada rama de la producción necesita medios de producción que tienen orígenes cada vez más diversos. Este proceso es una contrapartida de la mayor división del trabajo y de la especialización creciente de las actividades económicas.

SOCIALIZACIÓN DEL PRODUCTO

Por destinación cada vez más social del producto, es necesario comprender el hecho de que los productos que salen de un proceso de producción están destinados, generalmente, a un número creciente de utilizadores, sea directa, sea indirectamente.

Este, fenómeno implica diversos aspectos, especialmente los siguientes:

1. Cada rama de la producción trabaja directa o in directamente para un número creciente de otras ramas. Esto no es sino la otra cara de la creciente división social del trabajo. Así, por ejemplo, la industria química, que cuando aparece por primera vez como esfera distinta de la producción no trabaja sino para un número pequeño de industrias, ve multiplicarse progresivamente el campo de utilización de sus productos.

Hoy día éste es casi universal. Se extiende a la agricultura, a las industrias extractivas, a las industrias metalúrgicas (especialmente al tratamiento de los metales), etcétera. Si se tiene en cuenta las utilizaciones indirectas, se ve que actualmente cada rama de la producción trabaja para todas las otras ramas y sufre, por lo tanto, también las repercusiones de todas las variaciones que pueden ocurrir en cualquier sector de la economía.

2. La destinación cada vez más social de los productos se manifiesta también bajo otra forma, cuando se examina la dimensión de la colectividad que es servida por una unidad de producción. Con el progreso de las fuerzas productivas esta dimensión va generalmente (aunque no necesariamente) creciendo. Así va pasando sucesivamente de local, a microregional, regional, nacional e internacional. La necesidad de la propiedad del Estado sobre ciertos medios de producción es tanto más fuerte cuanto más son utilizados estos medios en actividades (o en unidades económicas) más fuertemente integradas a la división social del trabajo, sea por la naturaleza misma de los medios de producción que son puestos en acción en ella, sea por la destinación de sus productos.

CONCLUSIÓN

Es esta socialización creciente de las fuerzas productivas de la sociedad lo que ha llevado aun a los países que se rigen por las leyes del sistema capitalista de producción a reconocer la necesidad cada vez más urgente de planificar la economía y de transformar en propiedad del Estado aquellos sectores que son fundamentales a la marcha de la economía global. Estas medidas que han debido tomar los estados capitalistas para poder solucionar los problemas planteados por la creciente socialización de las fuerzas productivas han conducido a que ciertos partidos comunistas lleguen a afirmar que la situación actual del desarrollo del capitalismo como capitalismo monopolista de Estado permite pensar en una transición gradual y pacífica hacia el socialismo; otros, los que hablan del desarrollo de los países atrasados, hablan de una vía "no-capitalista" de desarrollo. Estas tesis se aferran generalmente a una famosa frase de Lenin que dice que el capitalismo monopolista de Estado es la antecámara del socialismo, olvidando la continuación de la frase: "el capitalismo monopolista de Estado más el poder de los soviets de obreros y campesinos". Una cosa es la existencia de una base "tecnológica": el alto grado de socialización alcanzado por las fuerzas productivas y otra cosa es la existencia de una base social capaz de producir las transformaciones necesarias. No basta la base tecnológica, se necesita un cambio en la estructura del poder que dé la hegemonía a las clases trabajadoras. ¿Se conseguirá esto pacíficamente?

El proceso de producción no puede, por lo tanto, ser definido sólo desde el punto de vista" de las fuerzas productivas ("tecnológico"), error de los economistas burgueses, sino que es necesario considerar, al mismo tiempo, lo que Marx llamó: las relaciones sociales de producción.

NEVA


MARXISMO Y REFORMISMO

"El reformismo es un engaño de que la burguesía hace víctimas a los obreros, que, mientras subsista el dominio del capital, seguirán siendo esclavos asalariados pese a algunas mejoras aisladas".

"La burguesía liberal concede con una mano reformas, pero siempre las anula con la otra mano, las reduce a la nada, las utiliza para subyugar a los obreros, para desunirlos por grupos, para eternizar la esclavitud asalariada de los trabajadores. Por eso el reformismo, incluso cuando es totalmente sincero, se transforma de hecho en un instrumento de la burguesía para corromper a los obreros y reducirlos a la impotencia. La experiencia de todos los países muestra que los obreros salieron burlados siempre que se confiaron a los reformistas".

"Cuanto más fuerte es la influencia de los reformistas sobre los obreros, tanto más impotentes son éstos, tanto más dependen de la burguesía y tanto más fácil le es a esta última reducir a cero, con distintas artimañas, las reformas. Cuanto más independiente y profundo es el movimiento obrero, cuanto más amplio es por sus fines y más libre está de la estrechez del reformismo, con más facilidad consiguen los obreros afianzar y utilizar ciertas mejoras".

"Reformistas existen en todos los países, pues por doquier la burguesía trata de uno u otro modo de corromper a los obreros y hacer de ellos esclavos satisfechos que no piensen en destruir la esclavitud".

V. I. Lenin. Pravda Trudá, núm. 2, 12 de septiembre de 1913. Obras Completas, Tomo 19, p. 369, 370.


Crítica

DE CÉZANNE A LOS EDWARDS

AL momento de redactarse estas líneas, 17 de julio, habían concurrido a la exposición De Cézanne a Miró, 184.341 personas. Dicha exposición fue organizada por The Museum of Modern Art de New York, funcionó en las salas del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago y fue auspiciada por la Empresa "El Mercurio".

El susodicho museo neoyorquino, a través de su International Council y su presidente, Mr. Donald B. Strauss, han arreglado los detalles del viaje de 55 obras pertenecientes a 43 maestros pintores europeos —que abarcan desde el post-impresionismo hasta el cubismo—, a Buenos Aires, Santiago y Caracas. Hay que consignar en esta muestra la ausencia llamativa de los mejicanos Siqueiros, Rivera, Orozco y Tamayo, quizá por su violenta temática revolucionaria, y del francés Jean Dubuffet, artista poco manejable por la superestructura capitalista y que ante una invitación a exponer por premios considerables que le cursara el inglés Herbert Read, le respondiera con agresivo humor: "En una época como ésta, el artista no debe ser premiado, debe ser perseguido," con lo que desenmascaraba la hipocresía burguesa en cuanto al arte.

En Chile, la exposición fue publicitada por "El Mercurio", y no se sabe qué otros monopolios colaboraron, pero lo cierto es que hasta Buenos Aires los seguros y gastos de catálogo corrieron por cuenta de Ford Motor, IBM World Trade Corp., Pepsi-Cola y la Fundación Gillette, todas norteamericanas. En Santiago dejó de acompañar la muestra Monroe Wheeler, consejero de los fideicomisarios del "Museum". quedando a cargo de todo su compatriota Mr. Kresky.

A esta altura el lector habrá advertido la filiación imperialista de organizadores y auspiciadores que pululan detrás de este extraordinario conjunto pictórico estimado en siete millones de dólares, al menos por el avalúo de los seguros, cifra que recogimos a pesar del hermetismo de los responsables, a los que hay que agregar la Embajada de EE.UU. Lo que no está claro para nadie, es en qué consistió el "auspicio" de "El Mercurio", dado que la muestra se vendía en cuatro funciones, a dos escudos la matiné y a tres las restantes. Algunos de los cuadros pertenecen a colecciones privadas, entre ellas las de Nelson Rockefeller y Averell Harriman, conocidos prohombres del imperialismo. Restando 75.000 entradas gratuitas, quedan líquidas en taquilla 110.000 localidades por valor de 300.000 escudos más o menos. Agregando los 3.000 catálogos editados en New York vendidos a Eš 10 y los publicados en Santiago a Eš 5 cada uno, la recaudación puede llegar a medio millón de escudos. ¿Cómo se prorratea este dinero? ¿Y en qué consiste el tan mentado "auspicio" con su trascendencia mercantil y publicitaria? Si USA y sus monopolios amigos quieren tan generosamente regarnos d e conocimiento estético, ¿por qué no lo costean con migajas de sus multimillonarias utilidades, mal habidas —dicho sea de paso— a costa de la plusvalía cristalizada de la sangre de Latinoamérica?

Una cosa es el arte de estos grandes maestros, y otra muy distinta su utilización, tanto propagandística como financiera. "Las ideas de la clase dominante son —escribían Marx y Engels en Ideología Alemana—, en cada época, las ideas dominantes, es decir, que la clase que es la potencia material dominante de la sociedad, es igualmente la potencia espiritual dominante (...) y tiene bajo su yugo las ideas de los que están privados de medios de producción espiritual". Ya en el Manifiesto Comunista, los creadores de la ideología revolucionaria decían: "Las obras de una nación se convierten en propiedad común de todas las naciones."

Paul Cézanne opinaba que "las charlas sobre el arte son casi inútiles." Lo que se debería ventilar entre nosotros, es el grosero aprovechamiento que se ha hecho del arte en este caso. Si el conjunto —poco representativo, por otra parte— ha sido sutilmente seleccionado y depurado de todo inconformismo y rebeldía histórica esencial, es porque el imperialismo no ha de pagar —o cobrar— para que se hable mal de él. En un momento en que los mejores artistas plásticos latinoamericanos pintan, dibujan y graban apasionadamente el drama de sus pueblos, la "inteligencia" estatal norteamericana nos quiere retrotraer a la primera época del arte moderno, en que la vanguardización de las formas fue lo más importante y saludable.

¿Podría la Embajada de USA esforzarse en dar a conocer a nuestros pintores, los mejicanos. Guayasamín, Spilimbergo, Castagnino, y los más actuales? Esperarlo sería otra ilusión coexistente. Cada gesto del imperialismo está enhebrado en su estrategia de dominación, él no da puntada sin hilo, como se dice. Y el hilo, en esta circunstancia, es mejorar su imagen deteriorada, lo que tampoco hizo gratis.

JULIO HUASI


Entrevista

"SOMOS HIJOS DE VIETNAM Y CUBA"

ENRIQUE Correa Ríos, de 22 años, es el nuevo presidente de la Juventud Demócrata Cristiana, elegido en una Junta Nacional. Reemplazó en ese cargo al sociólogo Rodrigo Ambrosio, ahora candidato a diputado por Bío-Bío. Correa también pertenece a la corriente "rebelde" de la DC, y sus declaraciones en una conferencia de prensa originaron un revuelo en el PDC que culminó con medidas disciplinarias en su contra. Su situación se dilucidó en la Junta Nacional que el partido de gobierno celebró la semana pasada, fue absuelto.

El gobierno y la directiva oficialista del PDC se han movilizado para acallar a Enrique Correa, logrando —incluso— silenciar a ciertos órganos de prensa que habían preparado entrevistas con el dirigente juvenil.

PF planteó algunas preguntas a Correa en torno al pensamiento que propugna el sector "Rebelde", y éstas fueron sus respuestas:

1.— ¿Podría definir qué los impulsa a romper la actual línea política del Partido Demócrata Cristiano?

R.— Primero, el que esa política confunde la expansión de la burguesía con el desarrollo del país.

Segundo, el que esa política, al apostar a los capitalistas nacionales y extranjeros como fuerza del desarrollo, delega en ellos la construcción de la sociedad chilena de los próximos años, sociedad que no podrá ser, sino a imagen y semejanza de quienes la construyen.

Tercero, el que esa política, aun repartiendo algunos beneficios en las capas de bajos ingresos, excluye a la clase trabajadora, más aún, está destinada a chocarse frontalmente con ella.

Cuarto, el que esa política requiere por no poder concitar las fuerzas sociales y políticas de la clase trabajadora, de una dosis creciente de represión, autoritarismo y militarización.

Quinto, el que esa política ha sido diseñada fuera del Partido y le ha sido impuesta a presión, al precio de "olvidar" la doctrina e "ignorar" su historia, es decir, al precio de desnaturalizarse.

Por eso, al romper con esa línea no rompemos con el Partido, sino que lo recuperamos para sí mismo y lo reconciliamos con su vocación popular.

2.— ¿No podría entenderse que ustedes le conceden importancia especial a la dimensión generacional? Es decir, ¿no se trataría sólo de un cambio de los actuales dirigentes por otros jóvenes?

R.— En absoluto. Sólo la clase trabajadora constituye garantía necesaria de una nueva política, incluso la garantía de que los jóvenes no tengan otro destino más que envejecer... Los jóvenes no son aval ni de su política ni de sí mismos.

En cambio, valoramos positivamente el aporte de una generación nueva en la trinchera del pueblo. Es el aporte de una "tropa fresca", ni cansada, ni amañada, con capacidad de crear y re-crear, sobre todo con ganas de combatir.

3.— La burguesía, como el imperialismo, conscientes que deben cambiar su aspecto para conservar sus privilegios, buscan ropajes diversos para conseguir sus objetivos, ¿no se sienten ustedes instrumentos de la burguesía y el imperialismo?

R.— No nos sentimos instrumentos, pero ¿tiene alguna importancia que nos "sintamos" o no? Se ha visto cómo la burguesía y el imperialismo utilizan a "progresistas de buena fe", a "izquierdistas vitalicios" y a "antiimperialistas condecorados"... Por eso hemos dicho que debemos "reconcursar" cada día para mostrar en la práctica la calidad de nuestra lucha; sólo al final de la vida se podrá hacer un balance justiciero. Los que buscan a todo precio eximirse de ese examen cotidiano y repartirse en la vida los "premios" son instrumentos disponibles para el enemigo.

4.— Un sector de la Iglesia, según confesión de los fundadores de la Falange Nacional, influyó en ellos en la década del 30. ¿Pueden ustedes hablar de alguna influencia de la Iglesia en su posición actual?

R.— No. El Partido hace muchos años que ha desbordado en la práctica —por su envergadura social y su problemática— el ámbito eclesiástico. Puede que todavía lleguen a él afluentes importantes de procedencia, motivación y lenguaje católicos. Pero en la confluencia esos perfiles se engastan casi totalmente. Antes se toleraba a los ateos; ahora se tolera a los católicos. Si ciertos símbolos se conservan, ellos hablan más del pasado que del presente. El Partido se ha secularizado y nosotros somos su primera generación profana.

Más que hijos de la Iglesia somos hijos de la historia de nuestros días: hijos de Vietnam y de Cuba, hijos de los astronautas y de los guerrilleros, hijos de las rebeliones juveniles y del black-power...

Si la Iglesia no puede evitar ser sacudida por los mismos hechos es una mera coincidencia.

Lejos de nosotros, en todo caso, la intención de explotar el clericalismo de izquierda. Ese no es nuestro negocio. Jamás seremos un "Movimiento Camilo Torres".

5.— ¿No existe una contradicción entre el sentido rupturista que se aprecia en vuestro documento y la decisión de presentar candidatos a las elecciones generales de parlamentarios?

R.— Existe contradicción sólo para quienes están acostumbrados a dogmatizar sobre los medios políticos. Nosotros no tenemos prejuicio contra ningún medio, los juzgamos sólo por su rendimiento, y creemos que todos deben ser utilizados, cada uno en sus oportunidad. No desconocemos las limitaciones del sistema electoral; pero sabemos también que el pueblo ha hecho de él una posibilidad de lucha.

Nosotros queremos aprovechar esa posibilidad y ensancharla.

No hemos debido, pues, transigir en nuestros planteamientos y hacer un hueco a candidaturas consumadas. Hemos tomado una decisión política y, en seguida, hemos generado candidatos (aun aplicando, a veces, todo el peso de nuestra disciplina). Pueden ser candidatos a ganar o a perder; pero son candidatos a educar, a organizar, a "sembrar la consigna unitaria"... Nuestra herramienta de trabajo estos meses se llama candidato. ¡No nos íbamos a dar vacaciones por seis meses!

6.— ¿Es posible concebir el desarrollo económico de Chile con algún tipo de presencia económica de carácter imperialista o capitalista?

R.— El desarrollo económico de países como Chile no está condicionado por la "presencia" o "ausencia" de ciertos capitales mágicos. Depende, en cambio, del carácter realmente nacional de su proyecto de desarrollo, de la autonomía política con que cuenta para realizarlo y de la capacidad de movilización popular que es capaz de darse en un momento dado. En otras palabras, depende del carácter social del Estado.

Cuando el Estado ha sido conquistado, posesionado y trasmutado por el pueblo, o sea, cuando el capitalismo ha sido desprovisto irreversiblemente de su poder político, se abren mil caminos para el desarrollo. Lenin puede permitirse la libertad de una NEP e igual que él, todos los regímenes socialistas, sin excepción, sectores y modalidades diversas de "presencia económica de carácter imperialista o capitalista". Toda nuestra reflexión sobre el desarrollo no capitalista apunta hacia una estrategia de desarrollo capaz de utilizar, en un cierto contexto dinámico, ciertas energías capitalistas que facilitan el trámite al socialismo. Lo que no siempre se subraya es este supuesto de mutación social del Estado.

7.— ¿Cómo definirían ustedes la conducta revolucionaria?

R. —Una larga perseverancia y una audacia oportuna, unidas en el ejercicio de un análisis científico y de una disciplina rigurosa.

8.— ¿Qué piensan del diálogo entre católicos y marxistas?

R.— Positivo y necesario. Pero tengamos en cuenta que América Latina no es un continente para ecumenismos gratuitos en la hora urgente de su revolución. El tema primero y obligado de todo diálogo es hoy cómo hacer la revolución. En el camino de la revolución ya habrá oportunidad para que florezcan todos los diálogos...

DUDAN DE LOS REBELDES"

EL izquierdismo de los "rebeldes" del PDC no lo aceptan a fardo cerrado algunos democristianos. El Movimiento "11 de Marzo" —por ejemplo— lanzó un documento titulado "Los "Cambas" del PDC", coincidiendo con las detonantes declaraciones de la Juventud Democristiana que han provocado aguda tensión interna en el partido de gobierno. La palabra "Camba" la utiliza el Movimiento "11 de Marzo" en el sentido del desertor y delator de la guerrilla boliviana que aparece bajo ese nombre en el Diario de Che Guevara. El documento —que incluye una serie de antecedentes para descalificar a los "rebeldes"— tiene por objeto, según explica, "desenmascarar ante sus propias bases y ante el pueblo a estos Cambas criollos que traicionan y delatan a cambio de un sillón parlamentario o de un carguito en la burocracia del partido". Se refiere, en concreto, a numerosos militantes democristianos que han sido expulsados por "desviaciones ideológicas" y que hoy integran el mencionado Movimiento.

El "11 de Marzo" afirma que: "Los rebeldes, a pesar de algunas actitudes verbales, nunca han sido capaces de rebelarse contra nada y contra nadie, ni aun en los momentos más críticos de estos últimos tres años". Cita como pruebas el silencio que guardaron cuando la masacre de El Salvador y el respaldo al gobierno en la masacre del 23 de noviembre de 1967. Añade que en materia de delación, el sector "rebelde" ha perseguido a los militantes que denunciaban la línea derechista del gobierno, y que dejó solos a Patricio Hurtado y Rodolfo Werner, diputados que fueron expulsados del PDC. Acusa a los jóvenes "rebeldes" de haber atacado físicamente a muchachos socialistas y miristas en Santiago y Concepción, en defensa del presidente Frei.

Añade el documento del "11 de Marzo": "Hay una dura pero hermosa tarea para los que estén dispuestos a luchar; para emprenderla hay que empezar a romper los vínculos con el pasado, con los oportunistas y maniobreros que en su afán de escalar el "éxito" político han estado ablandando a la juventud y a los trabajadores".

Termina, pronunciándose "por la unidad en la acción de los grupos revolucionarios y en la fe de que cada día serán más consecuentes, saludamos a todos nuestros hermanos en la idea de la justicia para los oprimidos y libertad para los pueblos. Nuestro sincero homenaje a Che Guevara, que después de haber llegado a la cumbre, tuvo la hombría de empezar de nuevo para ayudar a los que lo necesitaban, seamos dignos de su ejemplo".


Notas:

1. Alonso González de Nájera, citado por Alvaro Jara en "Guerre et Société au Chili", essai de sociologie coloniale". La traducción es de PF.

2. Para detalles confirmativos en este sentido, ver capítulo III sobre los métodos de guerra del ejército indígena del ensayo de Alvaro Jara "Guerre et Société au Chili".

3. La noción de "cacique" se confunde, por decirlo así, con "Territorio" en el cual viven los indios a él "sujetos". A. Lipschutz, "La Conquista Indígena en América y en Chile".

4. El "Toqui" era entre los araucanos un "dictador", a la manera romana, encargado temporalmente de un poder mas amplio y de la conducción de la guerra.

5. La imprecisión de los términos ha quedado de manifiesto aun dentro del propio PC, donde son dificultosamente comprendidos. Con motivo del XII Congreso del PC, de 1962, el Congreso Regional de Bio-Bío, por ejemplo, acordó textualmente lo siguiente: "Sin perjuicio de esta aprobación en general, el 5º Congreso estima que debe hacerse mayor claridad acerca de la tesis de la vía pacífica... ya que el Congreso pudo notar que algunos militantes no comprendían adecuadamente esta tesis". En aquella oportunidad Orlando Millas, junto con manifestar su extrañeza, hubo de reconocer que "Es posible que el fenómeno anotado por los camaradas de Bio-Bío no se presente sólo allí".

6. "La revolución proletaria y el renegado Kausky".

7. Para desarrollar estos puntos hemos utilizado el trabajo de Charles Bettelhelm: Les cadres socio-économiques et l'organisation de la planification social. Etudes de planification socialiste, Nº 1-2, parte VI.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02