La "aristocracia" obrera; bastión local del reformismo

DOCUMENTOS
Suplemento a la edición Nº 57 de PUNTO FINAL
Martes 18 de junio de 1968
Santiago - Chile.

La "aristocracia" obrera; bastión local del reformismo

Por J. B.

"Entre los revolucionarlos de América Latina hay distintos enfoques. Tales diferencias han surgido cuando el movimiento revolucionarlo de América Latina ha visto llegar a sus filas masas considerables de nuevos combatientes que provienen de los sectores políticamente más atrasados del proletariado y de la pequeña burguesía y cuando, en el plano mundial, hay en el seno de las fuerzas revolucionarlas discrepancias"...

"Unión de las Fuerzas Revolucionarias y Antiimperialistas de América Latina",
de Luis Corvalán Lepe, "El Siglo", domingo 2 de Julio de 1967.

LA cita del epígrafe está cargada de insinuaciones para ciertos sectores del movimiento revolucionario latinoamericano y doméstico. No se precisan exactamente. Dirigidas a buen entendedor, sólo bastan pocas palabras.

No es casual que el documento citado haya salido a la luz pública en vísperas de la Primera Conferencia de OLAS realizada en La Habana, en lo que parece fue una fijación anticipada de posiciones. No se podría acusar de suspicacia a los que reconocieran en ello una referencia a los enfoques sustentados por los dirigentes de la Revolución Cubana y por los que en diferentes países latinoamericanos, incluido Chile, se identifican en mayor o menor grado con esos enfoques, pues, de otro modo, las insinuaciones de marras habrían sido un documento carente de sentido.

En cuanto a las insinuaciones propiamente tales, vamos por orden. Primero que nada —si no estamos descaminados en cuanto a su objetivo— no se trata de "nuevos combatientes" del movimiento revolucionario de América Latina, porque antes que ellos "llegaran" no había ninguno; se trata, pues, de combatientes (a secas) que se enfrentaron materialmente al común enemigo de los pueblos y entraron en diferencias con los "no combatientes" que "ya estaban pero en el terreno del verbo". De suyo se desprende que estos "nuevos" combatientes demostraron, en los hechos, no ser "los sectores políticamente más atrasados del proletariado y de la pequeña burguesía": iniciaron, condujeron, desarrollaron y llevaron a término una Revolución triunfante (Cuba), han luchado y luchan en distintos países de América Latina (Venezuela, Guatemala, Colombia, Perú, Bolivia). Tal es el caso de combatientes como Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, Camilo Torres, Turcios Lima, Luis de la Puente, Fabio Vázquez y muchos otros.

En cierto lenguaje tradicional, cuando se habla peyorativamente de "los sectores políticamente más atrasados del proletariado", se refieren a todo, menos al obrero de la gran industria, al que de manera tácita y automática parecería asignársele el derecho y el deber de ser políticamente desarrollado. La imagen de este obrero suele presentarse en su prensa en vestimenta de trabajo futurista —atuendo siderometalúrgico, por ejemplo—, con "overall" a la manera desarrollada norteamericana o europea: paradojalmente, casi la imagen de lo que constituye típicamente nuestra aristocracia obrera.

En cambio, el obrero "subdesarrollado" del taller subdesarrollado —que es el que más abunda en nuestro medio latinoamericano— tiende a ser considerado, en los escalones más bajos, una especie de trabajador lumpen al cual le estaría negada una conciencia de clase ortodoxamente revolucionaria, en oposición a aquel obrero industrial (petróleo, electricidad, cobre, siderurgia, etc.), que por derecho propio vendría a constituir el sector más revolucionario de nuestra sociedad capitalista (subdesarrollada).

Pues bien, este sector de la clase obrera vinculado a la gran industria, por lo menos en nuestros países subdesarrollados, no parecería representar exactamente a los proletarios que en la revolución no tienen nada que perder más que sus cadenas, teniendo en cambio un mundo que ganar. Más bien esta situación correspondería, dentro de la clase obrera, al proletario superexplotado de las pequeñas empresas y talleres —con frecuencia ni siquiera sindicalizados— así como a los sectores del proletariado agrícola. En la práctica el espíritu revolucionario tiende a ser tanto mayor cuanto más nos alejamos de la imagen estereotipada de ese obrero de la gran industria. Este con frecuencia adquiere hábitos conservadores: consciente de la situación de relativo "privilegio" que ostenta dentro de su clase, teme naturalmente ser lanzado al ejército de reserva o hacia ocupaciones de literal subsistencia, que son precisamente "el resultado de la abundante oferta de fuerza de trabajo que mantiene el capitalismo, todo lo cual pende sobre la cabeza de los obreros ocupados como una pesada espada de Damocles.

La dialéctica también acusa su vigencia en el campo de los ingresos y de la conducta del sector asalariado: cambios cuantitativos en el nivel de los salarios producen cambios cualitativos en la conciencia y en la acción política de los asalariados, muchísimos más cuando las diferencias cuantitativas son extraordinariamente importantes. Así por ejemplo, los salarios medios pagados a los obreros de la explotación del cobre y del petróleo son 7 veces más altos que los pagados en la agricultura y 3 veces más elevados que los que se pagan en las actividades de la construcción, de los transportes y de las comunicaciones. La diferencia resultaría más espectacular si, en vez de salarios "medios", hiciéramos la comparación, por ejemplo, entre los salarios percibidos por los obreros de la extracción del petróleo en Magallanes, de la refinación del petróleo en Valparaíso, de la explotación de las grandes empresas mineras de Antofagasta, Atacama y O'Higgins, de la gran industria fabril de Santiago, Valparaíso y Concepción, por una parte, y los bajísimos salarios de superexplotación en el resto de las actividades productivas. Las desigualdades de salarios entre los obreros (que son todavía mayores que las que se registran en los sueldos de los empleados) quedan de manifiesto en la siguiente situación:

—Un 28% de los obreros percibe sólo el 5% de los salarios.
—Un 54 % de los obreros percibe sólo el 19% de los salarios.
—Un 71% de los obreros percibe sólo el 35% de los salarios.
—Un 83% de los obreros percibe sólo el 51% de los salarios.

En cambio:

—Un 17% de los obreros percibe la mitad de los salarios (49%).
—Y hay un 10% de los obreros que percibe el 37% de los salarios.

Visto de otro modo, examínese la situación siguiente:

—Un 10% de los obreros gana 6 a 7 veces más que el 30% de los obreros.
—Ese mismo 10% de los obreros, gana unas 5 veces más que el 54% de los obreros.

Alrededor de un 25% de los obreros poseen salarios comparativamente "privilegiados" —en relación con sus hermanos de clase — y constituyen de hecho una "aristocracia obrera" cuyo espíritu revolucionario y solidaridad de clase tiende a ser, naturalmente, mucho menor y, en ocasiones, inexistente. .

"LIBERAR EL PRESENTE DEL PASADO"

Parafraseando a Debray, cuando pensamos en los sectores políticamente más atrasados o avanzados también deberíamos precavernos del peso de las imágenes del pasado en cuanto emboten nuestra sensibilidad para extraer toda la esencia de la nueva realidad: "Jamás somos completamente contemporáneos de nuestro presente. No nos percatamos de que la historia avanza enmascarada y entra al escenario con la máscara de la escena precedente, y ya no reconocemos nada en la pieza. La culpa, desde luego, no es de la historia, sino de nuestra mirada, cargada- de recuerdos e imágenes aprendidas" del pasado (y a menudo sistematizadas en recetarios europeos que recitamos sin espíritu crítico). En efecto, con frecuencia, toda la clase obrera se asimila al proletariado de la revolución industrial europea, o a la clase obrera descrita por Marx en los capítulos históricos y descriptivos de "El Capital", o a la clase obrera rusa que fue el agente de la insurrección (urbana) soviética.

Pero aguas de todo tipo han corrido bajo los puentes de la historia. Como consecuencia del secular economismo "tradeunionista" y la consiguiente influencia ideológica burguesa sobre vastos sectores obreros; como consecuencia del reformismo burgués, primero, y del reformismo en el seno del movimiento obrero, después, incluidos partidos que expresaban políticamente a la clase obrera y que fueran sangrientamente estigmatizados por Lenin; en fin, como consecuencia de las migajas economistas derivadas del espíritu de conquista del capitalismo y del desarrollo del imperialismo a escala mundial, el sistema burgués —que hoy día gira enteramente en torno de las metrópolis imperialistas— tendió a adocenar políticamente a los estratos más altos de la clase obrera, a embotar su filo revolucionario y a crear una aristocracia obrera que llegó a convertirse en uno de los principales bastiones del oportunismo reformista contemporáneo.

Precisamente por las razones indicadas, la situación del presente tiende a ser muy distinta. Por eso —y porque piensan y aplican un esquema diferente de lucha— los "nuevos combatientes" revolucionarios de América Latina tienden a desconfiar del actual espíritu revolucionario de la "aristocracia obrera" (que casi no cabe en su esquema de lucha), en tanto que algunos sectores tradicionales y seudorrevolucionarios están influidos por e influyen en dicha aristocracia obrera, a la que consideran tácitamente y de hecho el sector políticamente más estimable y avanzado del proletariado. Esos sectores seudorrevolucionarios y la aristocracia obrera se necesitan unos a otros, dependen unos de otros, tienen análogas preocupaciones y comparten los mismos objetivos mezquinos y cortoplacistas de naturaleza oportunista: ambos luchan por migajas, ninguno lucha por la conquista del poder político.

Esos sectores de la clase obrera, a los que sus autotituladas vanguardias ni siquiera han despertado una conciencia revolucionaria, ofrecen no obstante a estas últimas amplias perspectivas para su esquema de trabajo "político" y "revolucionario": constitución de sindicatos, elecciones sindicales, formación de federaciones y confederaciones nacionales y por ramas, centrales únicas de trabajadores, confederaciones de trabajadores de América Latina, federaciones sindicales mundiales, etc., con posibilidades cada vez más amplias de elecciones en todos los planos, de asentar una jugosa burocracia de funcionarios sindicales, locales y por ramas, nacionales e internacionales, perspectivas de viajes dentro del país y al extranjero, que contribuyen a entonar las finanzas y la movilidad del partido de la clase obrera, etc. Con todo, la masa obrera sindicalizada es una minoría de los que se ven obligados a vender su fuerza de trabajo: en Chile, uno de los países de mayor desarrollo sindical del continente, los trabajadores sindicalizados representan una décima parte de la clase trabajadora; y siendo uno de los países de mayor gimnasia sindical y huelguística de América Latina y acaso del mundo, bien poco hemos adelantado por transformar la esencia de la explotación burguesa sobre la clase obrera nacional.

DESPRECIO POLÍTICO POR EL "LUMPEN" Y OLVIDO DEL CAMPESINADO

En torno a los "sectores políticamente más atrasados del proletariado", resulta pertinente traer a cuento algunos juicios del antropólogo norteamericano Oscar Lewis sobre sus experiencias en la población "callampa" cubana de "Las Yaguas" en los períodos pre y post revolucionarios. Afirma Lewis que, a diferencia de lo sustentado en otra época y en condiciones diferentes por Marx y Engels, Fidel no consideró al "lumpen" como una fuerza reaccionaria, sino que advirtió y utilizó su potencial revolucionario incorporándolo al proceso de cambio social. Ya en 1961, advierte, los pobladores de Las Yaguas tenían un sentido de poder e importancia, estaban armados y contaban con una doctrina que glorificaba a las clases humildes como esperanza de la humanidad. Y añadió: en mis recorridos por América Latina jamás he visto a un comunista interesarse por el "lumpen"; casi siempre los encontraba dando conferencias en las universidades, a despecho de que la nula participación social, la carencia crónica y el odio a las clases dominantes confieren a la "cultura de la pobreza" un alto valor potencial de protesta que puede ser usada en movimientos políticos enderezados contra el orden social existente.

Sobre este mismo particular, André G. Frank nos recuerda que a menudo estos sectores "marginales" constituyen la mayoría de la población urbana. Se pregunta Frank si esa población es realmente un lumpen-proletariado no organizable, y nos trae a la memoria tres experiencias históricas que importan una clarinada de advertencia para quienes desprecian o no reparan en las posibilidades políticas de este sector social: a) con frecuencia el sector más reaccionario de la burguesía latinoamericana ha logrado el apoyo de muchos llamados "marginales". El caso de Ibáñez en Chile y, sin ir tan lejos, el propio Frei; b) en Caracas estos sectores han sido movilizados por las fuerzas revolucionarias; y c) en Santo Domingo ellos llegaron a movilizar al Coronel Caamaño, en lo que fue una lucha mil por ciento política y de profundo alcance revolucionario.

Finalmente, al insistir casi exclusivamente en el proletariado o clase obrera y en el partido obrero, se corre el riesgo de omitir formalmente o de hecho al campesinado y sus potencialidades revolucionarias, con prescindencia del rol crucialmente importante que ya han demostrado poseer en las revoluciones de Corea, China, Vietnam, Cuba y Argelia, del rol que desempeñan en Guatemala, Colombia y otros países, y del que están llamados a jugar en el nuestro. Potencialmente, este peligro es todavía mucho mayor para quienes el campesinado no cabe o es difícil de injertar dentro de su tradicional esquema de insurrección (urbana) —obsoleto en las condiciones latinoamericanas— donde frecuentemente y a lo sumo, se le asigna un rol de afianzamiento del poder, momento en el que atemperarían su política a tenor de "la alianza obrero-campesina". La gran centralización burguesa en las urbes metropolitanas, que permea todas las instituciones y la propia vida social, con los ministerios, el parlamento, la prensa, la gran industria, las centrales sindicales, las directivas de los partidos políticos, y toda la vida política del país concentrada en la capital, coloca también su "granito" de arena en esta misma dirección peligrosa.

Por cierto, todo lo dicho hasta aquí no significa negar el papel revolucionario de la clase obrera sino que trata de impedir que este rol de agente revolucionario se le asigne exclusivamente a ella o a un sector de ella minado por el economismo oportunista y reformista, al propio tiempo que trata de llamar la atención sobre el hecho de que el agente motor que pondrá en marcha el "proceso revolucionario no tiene por qué ser necesariamente la clase obrera, y hasta es probable que no lo sea, entre otras muchas razones, por el oportunismo reformista de que ha sido víctima, con la complicidad y connivencia de los seudorrevolucionarios que la exaltan.

LA LLEVADA Y TRAÍDA "PEQUEÑA BURGUESÍA":
¿FUENTE DE POSICIONES REVOLUCIONARIAS?

Podría decirse de la pequeña burguesía, como de la libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre. La "extracción pequeño-burguesa" pone de inmediato en guardia la vigilancia revolucionaria a menudo tan embotada y poco sensible frente a otros estímulos; la "actitud pequeñoburguesa" se ha convertido en el colofón de una cadena de dicterios estereotipados. ¿No ha oído Ud. decir que PF es una revista pequeñoburguesa, dirigida por un grupo pequeñoburgués y "financiada" por pequeñoburgueses portadores de la ideología pequeñoburguesa en el continente?

Sin perjuicio de que, efectivamente, existe una actitud y un espíritu pequeñoburgués estrecho, que tiende a embotar el filo revolucionario de las masas y a expresarse en posiciones ideológicas contrarrevolucionarias y contrarias al marxismo-leninismo, se ha hecho un hábito arremeter, a falta de argumentos, contra la pequeña burguesía por parte de sectores que se autocanonizan de proletarios y creen monopolizar la ideología de la clase obrera.

Los creadores del marxismo-leninismo, sus principales ideólogos ulteriores, así como los dirigentes y conductores de prácticamente todas las revoluciones socialistas, no han sido, en propiedad, obreros, sino precisamente pequeñoburgueses. Esto en primer lugar.

Lenin acepta como "profundamente justas e importantes" las siguientes palabras de Kautsky: "Muchos de nuestros críticos revisionistas entienden que Marx ha afirmado que el desarrollo económico y la lucha de clases, además de crear las premisas para la producción socialista, engendran directamente la conciencia de su necesidad. Y he aquí que esos críticos replican que Inglaterra, el país de mayor desarrollo capitalista, es más ajeno que ningún otro país a esta conciencia". "El socialismo, como doctrina, tiene sus raíces en las relaciones económicas actuales, exactamente igual que la lucha de clase del proletariado...; pero el socialismo y la lucha de clases surgen paralelamente y no se deriva el uno de la otra; surgen de premisas diferentes. La conciencia socialista moderna puede surgir únicamente sobre la base de profundos conocimientos científicos". "Pero el portador de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa: es del cerebro de algunos miembros de esta capa de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos quienes lo han trasmitido a los proletarios... los cuales lo introducen luego en la lucha de clase... De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera en la lucha de clase del proletariado, y no algo que ha surgido espontáneamente dentro de ella."

Y Lenin agrega a continuación: "No puede ni hablarse de una ideología independiente, elaborada por las mismas masas obreras en el curso de su movimiento"... "el desarrollo espontáneo del movimiento obrero marcha precisamente hacia su subordinación a la ideología burguesa, ... pues el movimiento obrero espontáneo es tradeuniohismo, ... y el tradeunionismo implica precisamente la esclavización ideológica de los obreros por la burguesía." ("¿Qué hacer?")

A niveles más prosaicos y más de acuerdo con nuestro bajísimo nivel de abstracción científica, no está de más recordar a los que ostentan el monopolio de la ideología "de la clase obrera", que ninguno de los actuales dirigentes de los "partidos obreros" de América Latina es obrero y que, por el contrario, todos son pequeñoburgueses, y por añadidura, generalmente viven más o menos integrados a un medio pequeñoburgués; en Chile, Luis Corvalán es un pequeñoburgués, y lo es también Orlando Millas; en el resto de América Latina, Codovilla, Prestes, Vieira, Monje, Faría y Pompeyo Márquez son también pequeñoburgueses. Todavía más, es frecuente el caso de partidos obreros —y notoriamente en Chile— que, habiendo tenido elementos dirigentes de auténtica extracción y condición obrera, los han transformado en "funcionarios" pequeñoburgueses.

"ALGO QUE NACE Y SE DESARROLLA Y ALGO QUE MUERE Y CADUCA"

Hay, pues, que profundizar y precisar muchísimo más en las verdaderas razones de los "distintos enfoques" que hay en América Latina. Pero por lo pronto hay algunas cuestiones claras. La legión de "nuevos combatientes" es creciente y abarca a todo el continente y, a su modo, también a algunos países capitalistas maduros. ¿Qué pasa? ¡Necesidad de nuevas vanguardias revolucionarias ante la realidad cierta y dolorosa de que los partidos de la izquierda tradicional fueron incapaces hasta el presente de motivar, movilizar y encauzar las inquietudes y energías revolucionarias de una nueva generación con renovados apremios! (De paso, no olvidemos que más de las tres cuartas partes de la población chilena (75%) tiene menos de 40 años de edad.)

J. B.


La clase alta chilena

Por Emilio Willems

El autor, profesor Emilio Willems, enseña actualmente en el Departamento de Sociología y Antropología de la Vanderbilt University, Tennessee. El articulo fue traducido por PF del portugués, tomado de la revista "América Latina" (Abril-Junio de 1967) impresa en Río de Janeiro por el Centro Latinoamericano de Investigaciones en Ciencias Sociales, creado con la cooperación de los gobiernos y bajo el patrocinio de la Unesco y de la Flacso. Este extracto es también de PF.

ENTIÉNDASE aquí por "clase alta chilena" un agregado de 319 grupos de parentesco de tamaño variable, escogido de acuerdo con criterios especificados más adelante. Presumiblemente, el término "clase alta", en cualquier país latinoamericano, sugiere una gran propiedad rural como base, tradiciones "aristocráticas" de familia (abolengo), así como poder económico y político, que permitiría un grado de control casi ilimitado sobre el aparato institucional de la nación.

El término "clase social", aplicado a ese segmento de la sociedad chilena, implica características de permeabilidad, pues una clase, en contraste con una casta, es "abierta" por definición, y permite, bajo determinadas circunstancias, el ingreso de individuos y grupos que no le pertenecen por nacimiento. Esa implicación es la hipótesis que será examinada en este trabajo. Lo que contraría a ciertas generalizaciones sobre la estructura social de América Latina, generalizaciones esas que culminan en afirmaciones de rigidez o impermeabilidad. Usase con frecuencia la palabra "casta" para caracterizar la composición de determinadas estructuras sociales, como la de Guatemala, por ejemplo, donde las relaciones entre ladinos e indios estarían determinadas por el hecho de que ellas pertenecen a castas diferentes. Sin entrar en discusión de este o de otros casos, quiero apenas notar que, a base de la evidencia empírica acumulada hasta ahora, no se puede llevar en serio ninguna generalización sobre "la" estructura social de América Latina. En cuanto a Chile, mantengo la hipótesis de que la clase alta fue y continúa siendo permeable y que, debido a esa permeabilidad, ha conseguido sobrevivir sin perder su identidad social y cultural.

La estructura del pueblo chileno presenta ciertas características que facilitan la tarea propuesta aquí. Aparte de todo, Chile es uno de los países más centralizados de América Latina. Todas las decisiones políticas y económicas importantes son tomadas en Santiago, siendo virtualmente nula la autonomía de los gobiernos provinciales y departamentales. [1]

Absentistas, en la gran mayoría de los casos, los grandes propietarios de tierra mantienen casa en la capital, donde desempeñan actividades profesionales o políticas (o ambas) que los vinculan a la vida urbana. Asimismo, con pocas excepciones, los miembros de la hipotética clase alta residen en Santiago, frecuentan las mismas escuelas, clubes e iglesias, se conocen mutuamente y mantienen un círculo connubial capaz de infringir las sanciones con que defienden las barreras entre sí y los demás estratos sociales. Las pocas familias de la clase alta que residen en las provincias son conocidas, al punto de no haber dudas sobre su posición social: si prefiriesen vivir en la capital, serían aceptadas en un plano de igualdad. De más en más, muchas de ellas son emparentadas con familias residentes en Santiago. [2]

"A mediados del siglo XIX", escribe el historiador Frederick B. Pike, "una clase nueva, cuya riqueza se basaba en el comercio, en la industria, en las actividades bancarias, y sobre todo en la minería, estaba ocupando posiciones de importancia social y política antes reservadas a propietarios de tierras cuyos linajes remontaban a los tiempos coloniales. Agustín Edwards Ossandón, Gregorio Ossa, Tomás Gallo y, especialmente, el magnate del carbón y el nitrato Matías Cousiño fueron los primeros representantes eminentes de la clase nueva. En 1857 la tradicional aristocracia agraria sufrió un golpe serio con la abolición de los mayorazgos (más o menos equivalente a una combinación de primogenitura y vinculación de bienes), que facilitaba la redistribución de grandes propiedades rurales. Sobre todo, una crisis entre 1858 y 1860, causó un desastroso declinamiento del valor de las tierras agrícolas, empobreciendo a muchos representantes de orden tradicional y permitiendo que los nuevos ricos adquiriesen tierras y, de esta manera, prestigio y aceptación social" (Pike, 1963:15).

A fin de compilar una relación de familias pertenecientes a la clase alta chilena se consultaron la Guía Social de Santiago (1954), la Memoria del Club de Golf Los Leones (1958) y el Diccionario Biográfico de Chile (1958). De este escrutinio resultó una relación de 319 apellidos que fueron aprobados por dos reconocidos especialistas en genealogía de familias chilenas.

La gran mayoría de esos apellidos representa más de una familia nuclear. En 44 casos es "numeroso" el grupo de familias que usan el mismo apellido, y 14 apellidos se refieren a grupos clasificados como "muy numerosos". Infelizmente, no fue posible determinar el número exacto de familias nucleares, representadas por cada apellido incluido en nuestra relación.

Entre los 319 apellidos hay 101 o el 31,6% pertenecientes a parentelas vascas, cuyos fundadores inmigraron en el siglo XVIII. 56 de éstas fueron clasificadas como "numerosas" o "muy numerosas". En otras palabras, de las 58 parentelas incluidas en esas categorías, 56 representan linajes vascos. En cuanto a las demás familias que constan en la relación, figuran aquellas cuyos fundadores llegaron antes del siglo XVIII y que conservaron» sus fortunas, los vascos inmigrados en tiempos anteriores al siglo XVIII, familias de provincia ahora radicadas en la capital, nombres asociados a la clase alta por matrimonio, extranjeros e hijos de extranjeros.

Especial importancia se debe atribuir a las dos últimas categorías, pues implican accesibilidad a la clase superior a través del matrimonio, y tal vez, por otras vías. De hecho, 42,3% de todos los apellidos se refieren a individuos que lograron acceso a esa clase social por el matrimonio. Entre ellos, apellidos no españoles pudieron ser identificados con relativa facilidad, y un examen cuidadoso de la relación reveló que 80 o 26,5% de todos esos apellidos eran ingleses, alemanes, italianos, franceses, eslavos y judíos. Con excepción de algunos extranjeros radicados en Chile y aceptados como miembros de la clase alta, los portadores de apellidos no españoles son descendientes de inmigrantes que en el pasado se integraron a la clase alta a través del matrimonio.

A esta altura tal vez sea oportuno notar que pesquisas históricas corroboran, de una manera general, los datos presentados aquí. "Por los mediados del siglo XIX, Chile mostraba una notable tolerancia por la introducción de nueva sangre a la élite social. Lo más impresionante es que, en la última parte del siglo, la clase alta estaba impregnada de apellidos de extranjeros cuyos abuelos habían llegado al país durante el período de la independencia. Del Reino Unido habían venido pobladores como los apellidos Ross, Edwards, Lyon, Walker, McClure, Garland, Mac-Iver, Jackson, Brown, Price, Phillips, Waddington, Blest, Simpson, Eastman, Budge, Page y otros; de Francia vinieron las familias Cousiño, Subercaseaux y Rogers, al tiempo que de áreas germánicas y eslavas llegaron los Piwonka y König.

Comprobada la permeabilidad de la clase alta chilena, resta determinar los criterios que controlan el proceso de reclutamiento de nuevos miembros. Todos nuestros informantes fueron unánimes en afirmar que la aceptación o rechazo de un individuo dependía de atributos personales, y no de cualidades étnicas o nacionales. La amplia variedad de apellidos no españoles corrobora, hasta cierto punto, esta afirmación. Con todo, los informantes también admitieron que a individuos de origen árabe, cualquiera que fuesen sus atributos personales, se les vedaba su admisión en la clase alta. Agregaron que uno de los clubes tradicionales, otrora un baluarte aristocrático, perdió esa distinción porque, debido a necesidades de mantener una sede suntuosa en el centro de la capital, había admitido en su cuadro de socios "unos turcos muy ricos". La discriminación practicada contra familias de origen árabe, entre las que se encuentran algunas de las mayores fortunas de Chile, parece comprobar la afirmación de Ralph Beals de que "clase social y clase económica están lejos de significar la misma cosa en América Latina" (Beals, 1953: 330).

Examinando el problema del matrimonio como canal de acceso a la clase alta, averiguamos que es la mujer, no el hombre, quien transmite su posición social al cónyuge y a los hijos. Un hombre de la clase alta que se casa con una mujer de la clase considerada inferior, baja automáticamente en la escala social, perdiendo su posición anterior. Por otro lado, mujeres de la clase alta casadas con hombres que corresponden a las expectativas de la clase alta, sin pertenecer a ella, transmiten su posición social al marido y a los hijos. Nuestros informantes afirmaron que la mujer es el centro de gravedad de la casa; es ella quien frecuentemente recibe a parientes y amigos, educa a los hijos y supervisa la administración de la casa.

La existencia de una tradición de permeabilidad, que va de los tiempos coloniales hasta nuestros días, no se concilia con las características de casta. En el caso chileno, la incorporación de un número considerable de individuos de variada procedencia cultural, dotados de iniciativa, y probablemente, de habilidades, escasas en una sociedad agraria, debe haber sido provechosa a la clase alta hasta el punto de perpetuarle la capacidad de mantenerse en una posición de dominación por tanto tiempo. La infusión de elementos culturales diferentes y heterogéneos contrabalanceó la rutina y el estancamiento, inherentes a estructuras sociales agrarias. ¿Cuáles son las características que constituyen la identidad de la clase alta chilena? Puede resumirse la respuesta en una especie de modelo que, no obstante sus trazos tipológicos, fue abstraído de la realidad. Es modelo en el sentido de incorporar una serie de trazos casi ideales en términos de la tradicional escala de valores de la clase alta.

Eduardo X pertenece a un linaje antiguo de la "aristocracia terrateniente". Es casado con una señora de origen semejante al de él. Heredó una hacienda de más de mil hectáreas de buenas tierras, que cultiva con técnicas agrícolas modernas. Cría ganado holandés, llegando a poseer ochenta y tantas vacas lecheras, que ofrecen la materia prima para la fabricación de queso en la propia hacienda. De más en más, tiende a la crianza de pollos "Leghorn" en gran escala, a los cuidados de un veterinario especializado y empleado exclusivamente por la hacienda. Con todo, la hacienda X es escenario de extraños contrastes en que la tecnología moderna choca con las sobrevivencias de un pasado feudal. Los colonos (inquilinos en Chile) moran en casas bien construidas y provistas de luz eléctrica —una rareza en predios de este tipo— más los salarios pagados al personal permanente son tan bajos como los de muchas otras haciendas, y la jerarquía de los empleados encargados de supervisarse unos a otros es tan compleja y numerosa como la de otras haciendas. Los colonos mandan a sus hijos a una escuela amplia y bien equipada, mantenida por la hacienda; una visitadora social atiende las necesidades de los trabajadores y sus familias, mas éstos, como antes, prefieren llevar sus problemas al dueño de la hacienda, y Eduardo X desempeña un papel de dispensador paternal de favores y consejos, con tanta naturalidad, como sus ancestros del siglo pasado, revelando la sobrevivencia de un sistema de lealtades feudales en extraño contraste con las modernizaciones realizadas en la hacienda. Esta exhibe los símbolos convencionales que una o dos generaciones atrás, llegaron a significar "aristocracia terrateniente". La casa grande está situada en medio de un parque plantado exclusivamente con especies de árboles importados de varias partes del mundo, y cuyas alamedas son flanqueadas de estatuas de mármol blanco. Casa y parque naturalmente evocan la Francia aristocrática de tiempos pasados, y las colecciones de revistas y libros franceses que llenan los estantes de la sala de recepción, refuerzan esa impresión. La mayor parte del año la casa permanece desocupada. La familia X naturalmente reside en Santiago, donde posee una casa "aristocrática" al estilo neoclásico francés, situada en una calle tradicional del centro, Eduardo X es bachiller en derecho, católico practicante y miembro de la Cámara de Diputados, representando al Partido Conservador. Naturalmente, es socio del Club Los Leones, y sus hijos frecuentan colegios tradicionales.

Si un miembro de la clase alta puede no ser "terrateniente", ciertamente no puede dejar de tener una educación colegial o universitaria concordante con su status social. El concepto de educación "correcta" excluye, categóricamente, los liceos públicos. Entre los numerosos colegios particulares solamente pocos satisfacen las exigencias de la clase alta, y estos pueden ascender o descender en la escala social, de acuerdo con su política de admisión. Por ejemplo, dos liceos que hasta 1920, más o menos, fueron aceptables a la clase alta, pasaron a ser colegios de la clase media. Los colegios "correctos" mantienen su posición social cobrando matrículas elevadas, más ayudan a familias empobrecidas, concediéndoles descuentos considerables. Además, las instituciones, como el Apostolado Escolar, distribuyen unas 40 becas a familias de la clase alta, incapaces de pagar las matrículas regulares. Este mecanismo de asistencia evidentemente procura desempeñar la función de prevenir la quiebra social de las familias empobrecidas. 307 apellidos de nuestra lista venían acompañados de indicaciones referentes al tipo de educación secundaria "correcta". Los restantes hicieron sus estudios en el extranjero. Es decir, en 162, o 50,5% de todos los casos, hay uno o más individuos formados en derecho, medicina, ingeniería, arquitectura, agronomía o ciencias sociales.

La expresión más significativa de los cambios, ocurridos en el simbolismo atribuido a las actividades económicas, se encuentra en el número de parentelas en que hay comerciantes, banqueros e industriales. Son 260 o 81.5% del total de los grupos de parentesco en que hay representantes de tales profesiones. En vista de esos datos parece anacrónica la designación "aristocracia terrateniente", que aún se usa de vez en cuando con referencia a la clase alta chilena.

Por regla general, la afiliación política de una persona se encuadra en la tradición de familia, siendo harto conocida la preferencia de la clase alta por los partidos conservador y liberal (ahora Partido Nacional). Todavía, los cambios ocurridos en la estructura política del país, especialmente el ascenso de partidos tales como el Radical y el Demócrata Cristiano, impusieron a la clase alta un problema de redefinición de valores tradicionales, Comprendiendo la amenaza implícita en esas modificaciones, la clase alta acabó por reconocer la respetabilidad social de esos partidos franqueando a sus miembros, algunos de los cuales —después de todo— llegarán a ser elegidos o nombrados para cargos administrativos, como candidatos de los partidos arriba mencionados. La flexibilidad estructural de esos partidos, desdoblados en "izquierda", "centro" y "derecha", posibilita la participación de personas que siguen, como cinco líderes radicales, todos ricos y dueños de grandes haciendas, una orientación derechista.

Entre los apellidos incluidos en la lista se encuentran 66, o 20,7% del total, que ocuparon cargos políticos de intendentes, regidores, diputados, senadores, directores de partidos y Presidentes de la República. Por extraordinario que parezca, muchos de los Presidentes chilenos, elegidos durante los veinte años de gobiernos izquierdistas, pertenecían a la clase alta. Aun ahora, es posible a un miembro de esa clase asumir la presidencia, en coalición con personas y grupos de posición social considerada inferior, sin correr el riesgo de perder su propia posición. La ascensión de un individuo de la clase media a Presidente de la República no implica admisión a la clase alta. En las últimas tres décadas se eligieron muchos Presidentes chilenos cuyos apellidos de familia no figuran en nuestra lista.

La administración pública, incluido el servicio diplomático, atrae a relativamente pocos miembros de la clase alta. Solamente 37 parentelas (11,6% del total) tienen miembros en esa profesión. Afirmaron algunos de nuestros informantes que veinte años de gobiernos de izquierda ofrecieron pocas oportunidades de participar en los niveles elevados de la administración pública. Es decir, tales cargos son considerados mal remunerados, y un grupo de individuos de la clase alta que está "ayudando" (como dicen) al Presidente en calidad de ministros y embajadores, lo hacen con "grandes sacrificios pecuniarios" y solamente porque el prestigio de Chile en el exterior requiere "personas de buenas maneras".

El Club de Golf Los Leones es un baluarte por excelencia de la clase alta. 16 apellidos de la lista, o el 67,7% del total, figuran en el rol de socios, mas todos los portadores de apellidos que constan en la lista podrían ser socios si quisiesen. Las contribuciones son elevadas, y como se podría esperar, algunas familias no pueden pagarlas. No obstante, se convida a muchas de ellas para formar parte del cuadro de socios honorarios o especiales, pues el Club los toma en cuenta como elementos deseables. La falta de recursos no constituye barrera a quien ya pertenece a la clase alta, mas la capacidad de pagar las contribuciones no remueve las barreras, para quien no es aceptable socialmente.

En asociaciones formales, la solidaridad de la clase alta encuentra medios de acción conjunta. Clases sociales que si son agrupaciones relativamente amorfas, sin capacidad de acción propia. A fin de actuar necesitan de organización específica, y a veces, especializada en sus funciones sociales. El Club Los Leones sirve, entre otras cosas, como palco de estreno a los que aspiran a ser socios. Convidados como huéspedes de algún socio titular, se les ofrece oportunidad para demostrar sus cualidades y así justificar la posible aceptación o rechazo.

Tradicionalmente, la clase alta chilena es católica, y por regla general, cuando más antigua la familia, más observantes tienden a ser sus miembros. Con todo, durante los últimos veinte años más o menos, cada vez más frecuentes fueron los casos de rompimiento con la tradición católica, y casi todos son atribuibles a problemas matrimoniales. La anulación del matrimonio civil y la subsecuente transacción del nuevo matrimonio, naturalmente contrario a las normas de la Iglesia, llegó a ser práctica tan común que suscitó críticas en la prensa. La ley chilena no concede el divorcio legal, sino apenas anulación, y ésta los cónyuges la consiguen bajo el alegato de haber sido casados en el registro civil fuera de su distrito residencial. Como en general ese alegato no pasa de una burla, el proceso requiere testigos falsos y abogados inescrupulosos; mas una vez pronunciada la anulación, nada impide a los cónyuges contraer nuevas nupcias. Naturalmente la Iglesia Católica no las reconoce, y los colegios católicos no aceptan los hijos de tales matrimonios. Los conflictos originados así envuelven parentelas de la clase alta, pues las familias más católicas dejan de recibir, en sus casas, miembros que tuvieran el casamiento anulado y volvieran a casarse, desafiando las sanciones de la Iglesia. Es difícil pronosticar los efectos que la gradual institucionalización de ésta, o de cualquier otra práctica semejante, pudiera tener sobre la estructura de clase.

Como se puede inferir de este análisis sucinto, la clase alta chilena mantiene su identidad, apegándose no a unos pocos criterios de diferenciación, sino a una combinación de muchos que alcanza, en cada modelo, su expresión máxima. Tomado por sí solo, ningún criterio parece insustituible, con la posible excepción del requisito educacional. El criterio de linaje puede ser compensado con cualidades personales, altas posiciones en la vida política, en la Industria, en el comercio, o en el sistema bancario; o ejercicio de profesiones liberales y el control de grandes propiedades agrícolas se equivalen y se substituyen mutuamente; la clase, como un todo, conserva un grado de flexibilidad suficiente Dará absorber cambios sociales inevitables, y éstas, en torno, contribuirán para perpetuar la posición de poder que la clase consigue retener.

Repetidas veces, nuestros informantes dijeron que muchas familias de la clase alta perdieron sus fortunas durante la crisis económica de 1930, y que las fortunas aún existentes no correspondían, en ningún caso, a las proporciones que se consideraban características de las clases altas de otros países. Es posible que así sea, mas cualquiera que sea la riqueza controlada por un miembro de esta clase, resta saber cómo consiguen retenerla.

Los hechos presentados aquí solamente se refieren al sector agrario de la clase alta. La conservación de grandes propiedades rurales en manos de familias de esa clase se logró, en parte por lo menos, por la manipulación del sistema de crédito, instituido por el Estado, para el fin de desarrollo económico. "El gobierno chileno intentó", escribe Ernest Feder, "a través de la organización de un sistema controlado de "crédito para el desarrollo", impulsar la agricultura del país para obtener niveles más elevados de actividad. En general, el crédito agrícola tiene tres objetivos principales: ayudar a financiar los gastos corrientes de operación, costear a los agricultores la adquisición de equipo-capital y mejorar el capital invertido, así como la elevación del nivel de vida de la población rural" (Feder, 1960: 40). Es el Departamento Agrícola del Banco del Estado quien concede tales empréstitos. Examinando cuidadosamente la ejecución del programa de crédito agrícola, Feder descubrió que "los agricultores con los mayores capitales líquidos, determinados por sus propias declaraciones al Banco, disfrutan amplías y claras ventajas sobre los clientes que tienen capitales líquidos menores. Estas ventajas son triples: obtienen aprobación de sus peticiones de empréstito en proporciones mayores, casi independientemente del tipo de crédito o del fin para el cual es solicitado; obtienen, en segundo lugar, un buen quinto —hasta un quinto excesivo— de los fondos totales disponibles; en tercer lugar, se ven favorecidos por el Banco en forma de un gran número de concesiones de empréstito repetido, de modo tal que los nuevos empréstitos se aprueban a medida que vencen los empréstitos anteriores, y de esta manera, algunos prestatarios obtuvieron para sí la separación de un fondo giratorio para la operación de su hacienda, al paso que los agricultores menores tienen que hacer esfuerzos considerables para obtener la aprobación de empréstitos aislados" (Feder, 1960: 56). En 1957, por ejemplo, "los nueve mayores propietarios de tierras, todos con un capital líquido que pasaba de 100 millones de pesos, recibieron más del 37% de los empréstitos concedidos" (Feder, 1960: 57).

Interpretando esos datos en términos sociológicos, Feder se expresa así: "Mas los clientes del Banco también parecen pertenecer a un grupo relativamente reducido de personas preeminentes en un sentido social, político y profesional, que fueron clientes, por largo tiempo, sin ser agricultores en el sentido tradicional. Para ellos la propiedad agrícola es apenas una cuestión de prestigio y un refugio a la inflación. La restricción de los servicios del Banco a la carnada superior de los agricultores chilenos probablemente no fue la intención de los fundadores de la Caja Agraria o del Departamento Agrícola, surgiendo, probablemente, a medida que se acentuaban las posiciones monopolísticas del Banco y las presiones inflacionarias" (Feder, 1959: 84-85).

Se desconoce la genealogía de las familias beneficiadas por la concesión de "créditos de desarrollo", siendo más que probable que algunas de ellas no formen parte de la "aristocracia terrateniente", sino de una nueva clase en proceso de ascenso social. La vanguardia de ese grupo de personas que hicieron fortuna en el comercio y en la industria está de hecho rivalizando con la tradicional clase alta, invirtiendo capital en la adquisición de grandes propiedades rurales y ejerciendo presión creciente sobre las instituciones que hasta ahora sirvieron de barreras sociales. Las oportunidades de traspasar esas barreras mejoran a medida que los "nuevos ricos" consiguen asimilarse al estilo de vida de la clase alta. Familias acomodadas de origen étnico diferente, por ejemplo, tendrán mejores posibilidades de ascender, a medida que se pierdan las características culturales que las identifican con la sociedad de origen (árabe, armenia, japonesa, etc.). De otro lado, es improbable que las familias empobrecidas de la tradicional clase alta puedan mantener su posición indefinidamente, a no ser que consigan mejorar su posición económica. Dentro de los datos presentados aquí, sería erróneo concebir a la clase alta chilena en términos de rigidez estructural. Si no fue casta en el pasado, es sumamente inverosímil que venga a serlo en el futuro, especialmente si las experiencias del pasado enseñan que la permeabilidad selectiva es una condición de sobrevivencia como clase.

Bibliografía:
Beals. Ralph: "Social Stratification in Latin America", 1953.
Feder, Ernest: "Controled Credit and Agricultural Development in Chile". Manuscrito, 1959.
Feder, Ernest: "Feudalismo y Desarrollo Agrícola: El Papel del Crédito Controlado en la Agricultura Chilena", 1960.
Pike, Frederick B.: "Aspects of Class Relations In Chile, 1850-1960", 1963.


Notas:

1. Hay gobiernos municipales elegidos, pero su alcance es extremadamente restringido. El punto de vista "oficial" es que "democracia a nivel local no da resultado".

2. Hay naturalmente, en el nivel de la comunidad local, estructuras de clase autónomas, de funciones restringidas a la órbita local. Las clases altas locales no son socialmente equivalentes a la clase alta nacional. Acontece, entre tanto, que frecuentemente miembros de esta última forman parte de la estructura local en la región en que se sitúan sus propiedades.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02