Vietnam: Tribunal Russell


DOCUMENTOS

Suplemento de la edición Nº 18 de "Punto Final",
segunda quincena de diciembre de 1966 - Santiago de Chile.

EL FILOSOFO inglés Bertrand Russell, presentó recientemente en Londres, en conferencia de prensa, al "tribunal internacional" que ha sido constituido bajo su iniciativa para juzgar el comportamiento de las tropas norteamericanas en Vietnam. El tribunal está integrado por Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y el profesor de la Escuela Politécnica, Laurent Schwartz, en representación de Francia; Lelio Basso (Italia); Lázaro Cárdenas (México); Stokely Carmichael y Dave Dellinger (EE. UU.); Vladimir Dedijer (Yugoslavia); el historiador Isaac Deutscher (Gran Bretaña); Gunther Anders y Peter Weiss, autor de Marat-Sade (Alemania); Josué de Castro (Brasil); Amado Hernández (Filipinas); Shoichi Sakato (Japón), y Mahmud Ali Kasuri (Pakistán). Bertrand Russell es el presidente honorario.

El tribunal ha encargado a cinco comisiones realizar una encuesta sobre los cinco siguientes "crímenes de guerra": agresión, bombardeo de objetivos civiles, experimentación de armas nuevas o prohibidas (como el napalm), violación de las convenciones sobre trato de prisioneros y genocidio La revista francesa "LE NOUVEL OBSERVATEUR" entrevistó sobre el particular al escritor Jean Paul Sartre. "PUNTO FINAL" entrega a sus lectores el texto de dicha entrevista, que va complementada al final con una corta biografía de Bertrand Russell.

JOHNSON, REO DE GENOCIDIO

Se ha dicho que el "tribunal" de Bertrand Russell no podría más que representar una parodia de la justicia porque está compuesto de personalidades parciales, hostiles a la política norteamericana y cuyo veredicto ya es conocido. Según un periodista inglés, "allí va a pasar lo que en "Alicia en el país de las maravillas": primero habrá la condena y, luego, el proceso."

Jean Paul Sartre.—Estos son los límites y el sentido de lo que nuestro "tribunal" se propone hacer: para nosotros no se trata de juzgar si la política norteamericana en el Vietnam es nefasta —de eso a la mayoría no nos cabe la menor duda—, si no de ver si ella cae en la legislación internacional sobre los "crímenes de guerra".

Condenar jurídicamente la lucha del imperialismo norteamericano contra los países del tercer mundo, que tratan de escapar a su dominación, no tendría ningún sentido. Esta lucha, en efecto, no es más que la transposición, en el plano internacional, de la lucha de clases, y ella está determinada por la estructura de los grupos presentes. La política imperialista es una realidad histórica necesaria y escapa, por este hecho, a toda condenación jurídica o moral. Solamente se puede combatirla, ya sea como intelectual, mostrando su mecanismo; ya sea políticamente, tratando de incorporarse a la batalla (lo que, a pesar de las apariencias, el gobierno francés no ha hecho realmente), ya sea por la lucha armada. Reconozco que yo soy, como otros miembros del "tribunal", un adversario declarado del imperialismo y que me siento solidario con todos los que lo combaten. Y el compromiso, desde este punto de vista, debe ser total. Cada cual ve el conjunto de la lucha, y se adhiere a un lado o al otro, según las motivaciones que van desde su situación objetiva hasta la idea que se hace de la vida humana. A este nivel, se puede odiar al enemigo de clase; pero no se le puede juzgar en el sentido jurídico del término. Incluso es difícil, sino imposible, mientras uno se mantenga en el punto de vista puramente realista de la lucha de clases, encerrar a sus propios aliados en el concepto jurídico y definir rigurosamente los "crímenes" cometidos por su gobierno. Esto ya se ha visto en el problema de los campos de concentración estalinianos. Entonces, o bien se planteaban sobre ellos juicios morales, lo que era ajeno a la cuestión, o bien se contentaban con avaluar lo "positivo" y lo "negativo" en la política de Stalin. Algunos decían: "es lo positivo lo que importa"; otros: "es lo negativo". No era ese, sin embargo, el mejor terreno.

En el hecho, si el desarrollo de la Historia no está dominado por el derecho y por la moral —que por el contrario son sus productos—, estas dos superestructuras ejercen sobre este desarrollo una "acción de vuelta". Es lo que permite juzgar una sociedad en función de criterios que ella misma ha establecido. Es, pues, absolutamente normal preguntarse, en un momento dado, si tal acción no desborda el dominio de lo "útil" y de lo "nefasto" para caer bajo una jurisprudencia internacional que se ha constituido poco a poco.

Marx escribía en uno de sus prefacios de "El Capital": "somos los últimos a los que se pueda acusar de condenar a los burgueses porque estimamos que, condicionada por el proceso del capital y por la lucha de clases, su conducta es necesaria. Pero hay momentos en que ellos se exceden en este comportamiento".

Todo el problema está en saber si hoy los imperialistas se han excedido.

Cuando Talleyrand dijo: "Es más que un crimen, es un error", resumió muy bien la manera en que siempre se consideró, en el curso de la historia, a las acciones políticas: ellas podían ser hábiles o torpes, útiles o nefastas: escapaban siempre a la sanción jurídica. No había "política criminal".

Y después, en Nuremberg, en 1945, apareció por primera vez la noción de "crimen político". Era sospechosa, naturalmente, porque se trataba de imponer la ley del vencedor al vencido. Pero la condenación de los jefes de la Alemania nazi por el tribunal de Nuremberg no tenía sentido si ella no implicaba que todo gobierno que en el futuro cometiera actos condenables, según tal o cual artículos de las leyes de Nuremberg, sería juzgado por un tribunal análogo. Nuestro "tribunal" se propone ahora aplicar al imperialismo capitalista sólo sus propias leyes. El arsenal de la jurisprudencia no se limita, por otra parte, a las leyes de Nuremberg: hubo antes el pacto Briand-Kellog, la Convención de Ginebra y otros acuerdos internacionales.

Insisto, no se trata aquí de condenar una política en nombre de la historia, de juzgar si ella es o no contraria a los intereses de la humanidad, sino de decir si" ella cae bajo las leyes existentes. Por ejemplo, se puede criticar la política actual de Francia, se puede estar en oposición con ella totalmente, como yo lo estoy, pero no se puede calificarla de "criminal". Eso no tendría sentido. Se pudo hacerlo, en cambio, durante la guerra de Argelia. La tortura, la organización de campos de reagrupamiento, las represalias sobre las poblaciones civiles, las ejecuciones sin juicio, eran asimilables a ciertos crímenes condenados en Nuremberg. Si se hubiera constituido, entonces, un "tribunal" como éste que ha ideado Bertrand Russell, yo, ciertamente, habría aceptado integrarlo. No es porque entonces no se concretó la idea contra Francia que hoy no deba ser válida para los Estados Unidos.

Se les preguntará con qué derecho —porque es el derecho lo que ustedes invocan— se erigen en jueces, siendo que ustedes no lo son...

Jean Paul Sartre.—A esto yo respondería, primeramente, que no se trata de condenar a cualquiera a una pena cualquiera. No me veo condenando al Presidente Johnson a muerte. Me cubriría de ridículo.

Nuestro objetivo es otro. Es estudiar, en conjunto, los documentos que existen sobre la guerra del Vietnam, hacer venir a todos los testigos posibles —yanquis y vietnameses— y determinar si ciertas acciones caen bajo las leyes de las que he hablado. No inventaremos ninguna legislación nueva. Diremos solamente, si lo establecemos, y en esto no prejuzgo: "tal o tales actos, cometidos en tales lugares, representan una violación de tal o tales leyes internacionales y son, en consecuencia, crímenes. Estos son los responsables".

A ellos, si existiera un verdadero tribunal internacional, éste los declararía culpables en virtud, por ejemplo, de las leyes aplicadas en Nuremberg, y les aplicaría tal o tales sanciones. No se trata, pues, de manifestar la reprobación indignada de un grupo de honestos ciudadanos, sino de dar una dimensión jurídica a actos de política internacional, a fin de combatir la tendencia de la mayoría de las gentes a no aplicar juicios prácticos y morales sobre el comportamiento de un grupo social o de un gobierno.

Pero eso, ¿no lleva a admitir que hay una manera condenable de hacer la guerra y otra que no lo sería?

Jean Paul Sartre.—No. La lucha del imperialismo contra ciertos pueblos del tercer mundo es un hecho que yo constato. Me opongo a ella con todas mis fuerzas, en la medida de mis débiles medios; pero no tengo por qué decir si hay una buena o una mala manera de hacerla. En verdad, mientras las tranquilas gentes de nuestras sociedades de consumo quieren ignorarlo, se lucha en todas partes. El mundo está en llamas y podemos tener una guerra mundial de un momento a otro. Debo tomar partido en la lucha, pero no tengo por qué humanizarla. Hay que tratar, solamente, de saber si en el desarrollo de esta lucha existen gentes que "se han excedido" y si la política imperialista cae sobre las leyes dictadas por el propio imperialismo.

Se puede preguntar, evidentemente, si es posible llevar a cabo una guerra de represión imperialista sin violar las leyes internacionales. Pero esta no es nuestra tarea. Como simple ciudadano, filósofo, marxista, tengo el derecho de pensar que este tipo de guerra lleva siempre a la utilización de la tortura, a la creación de campos de concentración, etcétera. Como miembro del "tribunal" de Bertrand Russell, eso no me interesa. Yo debo solamente investigar si las leyes fueron violadas, para reintroducir la noción jurídica del crimen internacional.

Es necesario preguntarnos si las ideas que tenemos de la política —a saber, que es necesario juzgarla de un punto de vista realista, que está determinada por una relación de fuerzas, que es necesario tener en cuenta el objetivo que persigue, etcétera— deban llevarnos, como muchas gentes lo hicieron en el tiempo de Stalin, a no considerar la política más que bajo el ángulo de su eficacia y a aceptar una complicidad pasiva juzgando los actos de un gobierno sólo bajo una perspectiva práctica. ¿Es que un hecho político no tiene también una estructura ético-jurídica?

En este terreno nuestros juicios no pueden ser adelantados, aun si estamos comprometidos como individuos en la lucha contra el imperialismo. Le repito, combato al gobierno de De Gaulle con mi voto, pero no se me vendría a la cabeza decir que la política degaullista es criminal. Se puede hablar con indignación de crimen, a propósito del asunto Ben Barka, pero no veo qué ley debiéramos aplicar si quisiéramos condenar al gobierno francés por este asunto. Es totalmente diferente cuando se trata de juzgar tal acto de guerra de los norteamericanos en el Vietnam, tal bombardeo, tal operación ordenada a alto nivel.

Querer constituir un verdadero tribunal y pronunciar sentencias, sería actuar como idealistas. Pero tenemos el derecho de reunimos, como ciudadanos, para volver a dar su fuerza al concepto de crimen de guerra mostrando que toda política puede y debe ser juzgada objetivamente en función de criterios jurídicos que ya existen.

Cuando se grita en un mitin: "la guerra del vietnam es un crimen", se actúa en el terreno de lo pasional. Esta guerra es, ciertamente, contraria a los intereses de la inmensa mayoría de los hombres, pero ¿es jurídicamente criminal? Es lo que trataremos de determinar sin poder decir antes cuáles serán nuestras conclusiones.

Hay casos en que la violación del derecho internacional aparece claramente. Cuando el gobierno de África del Sur rechaza aplicar una decisión de las Naciones Unidas invitándole a abandonar un territorio bajo fideicomiso, se coloca abiertamente en una situación de delincuencia internacional. Todo el mundo se da cuenta.

En Vietnam la situación es diferente. Se han producido allí ciertos hechos que se pueden establecer: nuestra intención es ver si ellos caen bajo el imperio de una ley.

Algunos les reprocharán el no juzgar a los vietnameses al mismo tiempo que a los norteamericanos, y dirán que ambos bandos han cometido crímenes de guerra.

Jean Paul Sartre.—Rechazo el colocar en un mismo plano la acción de un grupo de campesinos pobres, golpeados, obligados a mantener en sus filas una disciplina de hierro, y la de un gigantesco ejército sostenido por un país superindustrializado de 200 millones de habitantes. Además, no son los vietnameses los que han invadido a Norteamérica y han desencadenado un diluvio de fuego sobre un pueblo extranjero. Durante la guerra de Argelia siempre rechacé colocar en paralelo el terrorismo, que era la única arma de que disponían los argelinos, con las acciones y exacciones de un poderoso ejército de 500.000 hombres que ocupaba todo el país. Es lo mismo en Vietnam.

Esta posibilidad que se les ofrece en el curso del "proceso" de poner en evidencia normas jurídicas aplicables a la política de cualquier gobierno, ¿puede desembocar en una acción más amplia contra la política norteamericana en el Vietnam?

Jean Paul Sartre.—Evidentemente. Pero eso tendrá que venir más tarde. Es a partir de los resultados de nuestra encuesta —si ella llega a una condenación— que se podrá organizar manifestaciones; reuniones, marchas, campañas de firmas. Nuestro primer trabajo será de educación, de información, y nuestras "audiencias" serán, evidentemente, públicas.

Se nos ha reprochado que estamos haciendo legalismo pequeño-burgués. Es verdad y acepto esta objeción. Pero, ¿a quién queremos convencer? ¿A las clases que están en lucha contra el imperialismo, o a ese sector bastante ancho de la clase media que está hoy vacilante? Son a las masas pequeño-burguesas a las que es necesario hoy despertar y sacudir, porque su alianza —incluso en el plano interno— con la clase obrera es deseable. Y es por el legalismo que se les puede abrir los ojos. Por otra parte, tampoco es malo recordar a las clases trabajadoras, que han sido a menudo entrenadas para no considerar más que la eficacia, que hay una estructura ético-jurídica en toda acción histórica. En el período post-estaliniano que vivimos, es muy importante tratar de poner en evidencia esta estructura.

¿Cómo explican ustedes que las manifestaciones contra la guerra del Vietnam hayan sido más numerosas y vigorosas en Inglaterra, Alemania occidental y Bélgica, que en Francia?

Jean Paul Sartre.—Hay en Francia cierta impermeabilidad de la conciencia pequeño-burguesa y aun, a veces, de la conciencia obrera. Eso deriva, creo, de que estamos saliendo recién de un período largo de guerras coloniales. Hemos estado por largo tiempo "bloqueados" frente a todos los problemas de importancia mundial —en particular los del tercer mundo— porque éramos nosotros los que oprimíamos a Indochina y luego a Argelia. Era una época en que el mundo entero estaba preocupado por el desarrollo de las armas atómicas. Los franceses jamás se preocuparon. No comprendieron que su país, que albergaba bases norteamericanas en su territorio, sería aniquilado como los otros en caso de una guerra atómica. No lo entendieron porque su atención estaba constantemente movilizada por nuestros problemas coloniales.

Hay otra razón, además, para la apatía francesa: es la confusión que logró crear De Gaulle al hacer pasar por una verdadera política antimperialista una afirmación de independencia puramente verbal. El discurso de Pnom Penh, resulta al fin pura palabrería, porque De Gaulle si bien condenó la política norteamericana, no se dio, en lo interno, los medios económicos para escapar de la tutela yanqui.

Pero el hecho de que De Gaulle sea el único jefe de un estado capitalista que haya denunciado la política de los Estados Unidos, tranquiliza la conciencia de los franceses. El mismo ciudadano que, hostil a la independencia de Argelia, se sintió feliz porque un jefe venerado puso fin a una guerra imposible de ganar, está hoy contento porque las palabras definitivas del gran hombre, con el cual se identifica, le dan una justificación a su pasividad: "ya que De Gaulle se muestra tan firme frente al Vietnam, es inútil que yo haga algo más".

Si los partidos de izquierda estuvieran unidos, deberían dar la prueba de que la ambición degaullista de hacer de Francia un adversario serio del imperialismo norteamericano, no tiene, sentido, porque ella no se apoya en una política interna capaz de liberarnos realmente de la empresa norteamericana.

Hoy, Francia no es más que una esclava rebelde que sigue sumisa al orden norteamericano. El estado mayor de la OTAN se irá fuera de territorio francés, pero los norteamericanos pueden dejar cesantes a obreros franceses o cuando lo quieran pueden paralizar nuestra economía nada más que retirando sus calculadoras, y pueden ejercer presiones enormes contra las cuales estamos indefensos.

El primer punto de un programa de izquierda debería ser luchar por una política de inversiones prioritarias —en su mayor parte públicas— para detener la invasión de los capitales norteamericanos. Eso será muy difícil, lo sé, y Francia no puede hacerlo sola. Es necesario que se sirva del Mercado Común y que pueda llevar a sus socios a practicar la misma política. Ellos también, por el momento, están dominados por la potencia económica norteamericana, pero se puede pensar que ciertos países, Italia por ejemplo, podrían ser llevados a revisar su actitud si Francia practicara una política de verdadera independencia económica.

Por ahora sólo esperamos que la izquierda se una, aunque no veo que se llene el foso que separa a los partidarios y los adversarios del Pacto Atlántico. El problema está en parte disfrazado, porque los comunistas han hecho algunas concesiones para las elecciones, pero éste sigue planteado y continúa paralizando a la izquierda. Hemos tenido un ejemplo perfecto cuando Guy Mollet, en la primavera última quiso plantear una moción de censura contra la política exterior del gobierno. Los comunistas estaban molestos porque ciertos aspectos de esta política les convenían y dijeron: "condenemos mejor el conjunto de la política gubernamental, probando que ella no es satisfactoria tanto en lo interno como en lo externo". Guy Mollet no aceptó.

A mi juicio, la oposición al Pacto Atlántico debería ser el principal criterio de una política de izquierda. Diría, incluso, que el único punto común entre la posición abstracta de De Gaulle y lo que debería ser la actitud de la izquierda, es la reivindicación de la soberanía nacional. Soberanía que es necesario reconquistar no para defenderla celosamente —se puede lograr la asociación con otros países igualmente soberanos y constituir organismos internacionales a los cuales se les darían ciertos poderes—, sino para oponerla al imperialismo yanqui que rompe, en todas partes, las estructuras nacionales.

Supongamos que la izquierda se una, ¿qué podría hacer de eficaz en este asunto del Vietnam?

Jean Paul Sartre.—Primeramente, podría movilizar a la opinión. No es fácil, pero hay países donde esto se ha podido hacer. En Francia, una huelga de cierta amplitud, desencadenada con motivo de reivindicaciones económicas, pero cuyo motivo real fuera la oposición a la política norteamericana en Vietnam, es inconcebible. En Japón —vengo llegando de allá— hubo el 21 de octubre una huelga general "contra el imperialismo norteamericano". No digo que haya sido un éxito completo, pero pudo realizarse.

Los franceses también, seguramente, están "contra" la guerra del Vietnam, pero no se sienten afectados. No saben que arriesgan ser arrastrados a un conflicto mundial por el desarrollo de una lucha que no interesa más que a los norteamericanos. De Gaulle, sí lo sabe. Estoy impresionado por la reacción de los japoneses ante el discurso de Pnom Penh. Ellos opinaron que "De Gaulle tuvo miedo". Querían decir que él había avizorado de pronto el peligro de ver a su país destruido por algo que no le concernía. Fue un discurso del miedo y, desde ese punto de vista, un buen discurso. Pero un simple grito de alarma sirve para bien poco.

Ahora debemos concebir la lucha en la perspectiva de una durable hegemonía norteamericana. El mundo no está dominado por dos grandes potencias, sino que por una sola. Y la coexistencia pacífica, a pesar de sus aspectos muy positivos, le sirve sólo a los Estados Unidos. Gracias a la coexistencia pacífica y al diferendo chino-soviético —este último consecuencia, en gran parte, de aquélla— es que los norteamericanos pueden bombardear Vietnam con toda tranquilidad. Ha habido, es incontestable, un retroceso del campo socialista, debido a las rivalidades que lo destrozan y a la política tranquilizadora de Khruschev. Y tanto, que los norteamericanos se sienten hoy con las manos libres, hasta el punto que el Presidente Johnson ha dado a entender, en un reciente discurso, que no permitirá a los chinos desarrollar su armamento atómico más allá de cierto punto. Esta pavorosa y cínica amenaza no habría sido proferida por Johnson si estuviera convencido de que la Unión Soviética irá en ayuda de China.

Esta hegemonía actual de los Estados Unidos no excluye, sin embargo, cierta vulnerabilidad. En vez de un enfrentamiento directo con el campo socialista —muy gravemente dividido— la solución puede venir de un cansancio de las masas norteamericanas y de una inquietud de los dirigentes de Washington frente a la reprobación creciente del mundo entero y, en particular, de todos sus aliados.

¿Creen ustedes que gestos como los de David Mitckell, ese joven norteamericano, que se ha opuesto a servir en Vietnam invocando las leyes de Nuremberg, puedan contribuir a una toma de conciencia de los norteamericanos?

Jean Paul Sartre.—Es precisamente del gesto de David Mitchell, y de algunos otros, que ha nacido la idea de nuestro "tribunal". Nuestra encuesta, si llega a establecer la culpabilidad de los Estados Unidos, debe permitir a todos los jóvenes norteamericanos que combaten la política de Johnson, invocar no solamente las leyes de Nuremberg, sino también el juicio de un cierto número de hombres libres que no representan a ninguna potencia, a ningún partido. Vale mucho más el hecho de que nosotros no representamos nada. Lo que invalida a los ojos de los neonazis los juicios de Nuremberg, es que fueron hechos por los vencedores cuyo derecho se apoyaba en la fuerza. Nosotros, por el contrario, no somos los mandatarios de ningún poder y nadie podrá decir que imponemos nuestra ley a gentes que tenemos bajo nuestra bota. Somos independientes porque somos débiles, Y nuestra posición es fuerte porque no buscamos enviar algunas personas a prisión, sino porque pretendemos hacer renacer en la opinión pública, en un momento siniestro de nuestra historia, la idea de que puede haber políticos objetiva y jurídicamente criminales.

Russell, un "viejo terrible"

LOS historiógrafos de las ideas contemporáneas anotarán con interés que el tribunal y sus cinco comisiones de encuesta sobre los crímenes de guerra norteamericanos en Vietnam, han reunido a dos personalidades de nuestro tiempo. Bertrand Russell, el empirista anglo-sajón, y Jean Paul Sartre, el hombre de la tradición filosófica continental, racionalista; el heredero de Hume y el de Descartes. El punto de unión es Vietnam donde ha surgido el problema más importante de la época, a propósito de la verdad y de la justicia.

De Sartre, los lectores de "PUNTO FINAL" conocen detalles biográficos a través de los sucesivos números de la revista. Russell, el "viejo terrible" de este siglo, continúa haciendo "escándalo" a pesar de sus 94 años. En este artículo Olivier Todd, periodista inglés, traza una resumida semblanza del filósofo británico.

Le iban a poner Galahad, pero logró salvarlo "Lady John", su abuela, la esposa de Lord John Russell, el hombre de estado whig, que brilló en la política inglesa del siglo pasado. Fue ella, también, quien lo educó después que sus padres murieron cuando apenas tenía tres años. Bertrand —porque así quedó al fin en la pila bautismal— es, pues, un aristócrata y como tal tuvo que vestirse de terciopelo azul cuando hizo su primera reverencia a la Reina Victoria.

El muchacho fue un escéptico precoz. Le dijeron que la tierra era redonda y un día lo sorprendieron cavando un hoyo en el jardín para ver si era cierto. Más tarde, cuando le contaron que los ángeles andaban a su lado para vigilarlo, Russell, con los ojos semicerrados, trató de sorprenderlos. Resultado: dejó muy pronto de creer en Dios.

A los once años tuvo su primer debut intelectual: entonces —el 9 de agosto de 1883— su hermano mayor Frank le dio una clase de geometría. Luego, en Cambridge, profundizaría el tema, después de pasar por la filosofía, influenciado por el hegeliano McTaggart y ya en contra del empirismo de Stuart Mill, que fue amigo de su padre, y enarbolando las banderas de Kant, Hegel y Bradley. Con una disertación sobre los "Fundamentos de la Geometría" fue que obtuvo un puesto de profesor residente en el Trinity College.

1895 lo sorprende en Berlín donde escribe su primer libro, consagrado a la social-democracia alemana. Allí cantó la "fuerza épica del Manifiesto Comunista", pero vio en el materialismo histórico "un fantasma cruel aunque sentimental". No acepta la teoría marxista de la plusvalía, por hallarla en contradicción con la de la acumulación del capital. Vuelve a Inglaterra donde reencuentra las matemáticas y durante diez años, junto con Alfred North Whithead, trabaja en "Principia Mathematica", obra colosal de lógica y matemáticas que se toma 347 páginas para llegar a la definición del número uno.

Se ha dicho que Russell es el más grande de los lógicos después de Aristóteles. Al respecto, él mismo ha dicho: "Mientras más progresos hace la lógica, menos puede probar", o "la lógica es el arte de no llegar a conclusiones".

PRISIONERO

En la primera guerra mundial se declara pacifista y debe pagar 100 libras de multa por propaganda antimilitar. En 1918 es enviado por seis meses a prisión por haber sugerido que las tropas norteamericanas en Europa podrían ser empleadas para quebrar huelgas, después de la guerra. Fue el prisionero N. 2.917 del penal de Brixton.

Se entusiasma con la revolución rusa e invitado a la Unión Soviética encuentra a Lenin y a Trotsky. De este último escribe: "Impresión muy napoleónica, implacable, pero sin crueldad". Más simpatía tiene por Lenin: "Nada en él sugiere el hombre que tiene el poder". En 1921 viaja a China y, después de su paso, Sun Yat Sen dice de él: "Russell es el único inglés que ha comprendido a China."

Años más tarde irá a Estados Unidos. A los norteamericanos les dice: "Ustedes no están gobernados por Washington, sino por la banca Morgan y el petróleo. El imperio de las finanzas americanas, limitado y cruel hasta el límite, se está extendiendo por todo el mundo. Esa es la pesadilla que nos espera..."

Heredero del título de su hermano en 1931, Lord Russell hace su primer discurso pacifista en la Cámara de los Lores en 1937. En 1948 el avión en que viaja cae al mar frente a las costas de Noruega. Russell que tiene 78 años gana la tierra firme a nado. Su regreso a Cambridge es triunfal. Los estudiantes lo aclaman más como nadador que como filósofo, que a diferencia de sus colegas, encerrados en. su especialidad, se ocupa, además, de la política y de la historia.

En esa época Russell, al que la bomba atómica ha sacado de su pacifismo impenitente, defiende el rearme occidental. Para él la paz exige que "seamos más fuertes que Rusia". Radio Moscú lo llama entonces el "lobo filosofante" y un diario soviético lo define de "ideólogo británico canibalesco". Sin embargo en 1950, su pro-americanismo no le impide denunciar el maccarthismo. Ese año recibe la Orden al Mérito y poco después, mientras viaja por Australia, le dan el Premio Nobel.

En 1954, obsesionado por la idea del holocausto atómico quiere que los sabios comunistas y no comunistas se unan para denunciar el peligro de una guerra nuclear. Einstein, a quien ha solicitado su ayuda, muere por esos días, pero en una carta póstuma apoya su idea. Luego le llegará el apoyo de Linus Pauling (EE. UU.) y de Joillot-Curie (Francia). Desde entonces Russell no ha cesado de militar contra el rearme y el armamento nuclear. Su flaca y alta silueta y su cabellera blanca se harán familiares en todas las manifestaciones de Trafalgar Square. Es él quien decidió lanzar la idea del tribunal internacional. Los historiadores de ideas, como decíamos, tendrán que preguntarse si el hombre de 1966 en Inglaterra fue Harold Wilson o este nonagenario que se llama Bertrand Russell.

EL LLAMADO DE BERTRAND RUSSELL

 

Estos son algunos párrafos marcados del llamado al pueblo norteamericano, redactado por Bertrand Russell y en el cual anunció la formación del tribunal internacional que juzgará los crímenes norteamericanos en el Vietnam:

—"Me dirijo a ustedes, ciudadanos estadounidenses, movido por mi interés en la libertad y en la justicia social. Muchos de ustedes creerán que su país ha servido estos ideales y, ciertamente, Estados Unidos posee una tradición revolucionaria que, en sus orígenes, gravitó en favor de la libertad humana y la igualdad social. Esta tradición ha sido traicionada por la minoría que gobierna actualmente a Estados Unidos. Muchos de ustedes quizás no sepan hasta qué punto su país está controlado por industriales que fundan su poder, parcialmente, en grandes consorcios económicos en todas partes del mundo. Estados Unidos controla actualmente el 60% de los recursos naturales del mundo, aunque su población representa sólo un 6% de la mundial. Los Minerales y los productos de vastas áreas del planeta están en manos de un puñado de hombres."

—"Les pido que consideren lo que el gobierno de Estados Unidos está haciendo al pueblo vietnamita. ¿Pueden ustedes, en su fuero interno, justificar la utilización de productos químicos y gas venenoso, el bombardeo intensivo de todo el país con nafta gelatinosa y fósforo? Aunque la prensa norteamericana mienta al respecto, la prueba documentada sobre la naturaleza de esos gases y productos químicos es abrumadora. Están envenenados y son mortales. El napalm y el fósforo queman hasta que la víctima queda reducida a una masa burbujeante. Estados Unidos también ha usado armas como el "lazy dog", una bomba que contiene 10 mil esquirlas afiladas y penetrantes. Los dardos, aguzados como navajas, desgarran en tiras a los aldeanos contra quienes esas armas de consumada maldad son usadas constantemente. Sólo en una provincia del Vietnam del Norte, la de mayor densidad de población, cayeron cien millones de estos dardos de hierro en un período de trece meses.

—¿Saben ustedes que ocho millones de vietnamitas están en campos de concentración sometidos a trabajos forzados, cercados por alambres de púa y patrullas armadas? ¿Saben ustedes que el gobierno de Estados Unidos aprueba esta medida, y que la tortura y el asesinato brutal son hechos cotidianos de la vida en esos campos? ¿Saben ustedes que los gases y productos químicos utilizados desde hace cinco años en Vietnam, ciegan, paralizan, asfixian, provocan convulsiones y causan finalmente una muerte insoportable?

—¿Cómo se sentirían ustedes si una potencia extranjera hubiese saturado Nueva York, Chicago, Los Angeles, San Luis, San Francisco y Miami, de napalm, fósforo y "lazy dog"? ¿Qué habrían hecho si un ejército de ocupación usase gases tóxicos y venenos químicos en cada pueblo y aldea donde entrase?

—Violando solemnes tratados internacionales, firmados por presidentes norteamericanos y ratificados por el congreso, este gobierno de Johnson cometió crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y crímenes contra la paz. Y ha cometido estos crímenes porque el gobierno de Johnson existe sólo para la preservación, la explotación económica y la dominación militar sobre los pueblos sojuzgados por los magnates de la industria y los militares que los secundan. La Central Intelligence Agency, que tiene un presupuesto quince veces superior al de toda actividad diplomática de los Estados Unidos, se halla comprometida en asesinatos de jefes de estado y complota contra los gobiernos independientes. El cometido de esta siniestra agencia es destruir la dirección y la organización de los pueblos que luchan por liberarse de la opresión provocada por la dominación económica y política norteamericana. El militarismo estadounidense es inseparable del capitalismo voraz que reduce al propio pueblo norteamericano a la pobreza. Los mismos motivos esenciales llevaron a cometer crímenes atroces y en gran escala en Vietnam."

—"El tribunal internacional de crímenes de guerra es ya una realidad. Víctimas vietnamitas de esta guerra depondrán su testimonio. Se expondrán pruebas documentales y fehacientemente científicas respecto de los productos químicos utilizados, sus propiedades y sus efectos. Las audiencias serán grabadas y luego publicadas. Intentamos suministrar una descripción exhaustiva de lo que ocurre en Vietnam. Intentamos sublevar a los pueblos del mundo para prevenir la repetición de esta tragedia. Al igual que España, Vietnam es un sangriento campo de experimentación. El Presidente Johnson, Dean Rusk, Robert McNamara, Henry Cabot Lodge, el general Westmorelan, responderán ante una justicia más amplio de lo que suponen y recibirán una condena que no están en condiciones de entender".


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