La revolución cultural china


La revolución cultural china

Ediciones Punto Final. Nº 12
Santiago de Chile, Septiembre de 1966.

EL PROCESO que está viviendo la República Popular China con motivo de la llamada "revolución cultural" es uno de los fenómenos que más inquieta a la opinión de izquierda mundial. PUNTO FINAL decidió abordar profunda y objetivamente este asunto que, por distintas razones, está siendo presentado en forma trunca y distorsionada en Chile. Nuestros redactores prepararon una recopilación de documentos críticos extranjeros que son incluidos en el anexo "Documentos" de esta edición. A la vez solicitaron la opinión de algunas personas que, desde distintos ángulos ideológicos, se han preocupado del problema chino. PUNTO FINAL pidió la opinión del profesor de sociología y ex diputado socialista, Clodomiro Almeyda Medina; del profesor del Instituto Pedagógico y corresponsal de la Agencia Sinjua, Jorge Palacios; del diputado democristiano Bosco Parra, presidente de la Comisión de RR. EE. de la Cámara, y del senador Volodia Teitelboim, miembro de la Comisión Política del Partido Comunista de Chile. Este último, sin embargo, no hizo llegar su respuesta, lo cual lamentamos.

CLODOMIRO ALMEYDA, dijo:

LA REVOLUCIÓN CULTURAL que se lleva a efecto en estos días en la República Popular China, —cuyo contenido esencial es erradicar de la conciencia de los hombres los resabios ideológicos y los hábitos de vida provenientes de las sociedades clasistas—, constituye uno de los episodios más trascendentes en la multifacética lucha que los pueblos del mundo desarrollan para construir el socialismo.

Prevalecía hasta hace poco la idea de que el socialismo, como forma de vida, advendría un tanto mecánicamente de resultas de las transformaciones en el plano de la estructura económica, que transferían la propiedad de los medios de producción a manos de la comunidad. Pero la experiencia ha demostrado que el proceso no es tan sencillo. Si una economía se socializa, pero continúan orientando la conducta de los hombres los valores propios de la sociedad burguesa, se corre el riesgo de que la sociedad en que eso ocurra tienda a retornar a un tipo de formación social parecida a la del capitalismo.

La inercia de la superestructura ideológica, determina que sea necesario dirigir toda una acción política en el seno de las sociedades socialistas, destinada a favorecer la emergencia de una nueva conciencia humana y, en consecuencia, de un hombre nuevo, cuyas motivaciones no pueden ser las de una sociedad economicista como la burguesa, donde todo se mide en términos de unidades monetarias más o menos, de toneladas más o toneladas menos, de ingresos más o ingresos menos. Incluso el propio término nivel de vida, del que tanto se usa y abusa hoy en día, tiene un muy distinto significado si se evalúa en función de las categorías morales e ideológicas de las sociedades clasistas o en función de los valores que engendra el socialismo, entendido no ya solo como una mera técnica de administración o de distribución de la riqueza, sino como una nueva manera de existir, de sentir y de pensar.

En la medida que la Revolución China responde a esa necesidad objetiva de luchar por un socialismo integral, ella a mi juicio interesa y merece el apoyo de las fuerzas populares y antimperialistas de todo el mundo.

Para los compañeros chinos, el agente de esa Revolución Cultural deben ser las masas, expresado en la fórmula de confiar en ellas, movilizarlas audazmente y respetar su iniciativa. No se trata aquí de masas indefinidas e inorgánicas, se trata fundamentalmente de la juventud forjada en la lucha por el socialismo y que en el transcurso de esta lucha se ha formado políticamente en el espíritu de la Nueva Sociedad.

De allí que por tratarse de masas así nutridas ideológicamente los compañeros chinos no han vacilado en romper una tradición del movimiento comunista internacional, permitiendo amplia iniciativa a los agentes de la Revolución Cultural. El procedimiento ofrece riesgos y peligros. Los propios chinos declaran que "en el curso de semejante movimiento es inevitable que ellos muestren tales o cuales defectos".

Es claro que semejante prevención no descarta la posibilidad de que el movimiento se desvirtúe o se deforme. Pero la lucidez de la estrategia general que inspira a los comunistas chinos y la fidelidad con que han interpretado la realidad de su país, sin dogmatismos a priori, autoriza para abrigar fundadas esperanzas que el desenlace de la Revolución Cultural no va a degenerar en último término en una situación parecida al stalinismo, cuyas perniciosas consecuencias para el auténtico florecimiento del socialismo, como empresa de liberación humana, todavía padece el movimiento revolucionario internacional.

BOSCO PARRA expresó:

LAS REVOLUCIONES deben consolidarse. Ello implica desarrollar nuevos valores culturales, nuevos tipos de conducta social. Había que esperar que, en algún momento, los chinos se decidieran a "transformar los dominios de la superestructura que no corresponden a la base económica socialista".

Lo que produce perplejidad es el estilo. ¿Pero se trata sólo de "estilo"? Lin Piao afirma que el pensamiento de Mao y la revolución cultural marcan "una etapa enteramente nueva" en el desarrollo del marxismo-leninismo. ¿Pero se trata sólo de "etapas"? Porque hay demasiados rasgos particulares en la conducta china. ¿No consistirá el problema en que el marxismo es utilizado ahora por una entidad antropológica por entero distinta a las que antes habían tomado contacto con dicha disciplina? No pienso en las "razas misteriosas". Pero de todos los países socialistas ¿cuál más asediado que China, no ahora, sino por siglos? ¿Cuál enfrenta, en términos cuantitativos, un desafío mayor? Si el marxismo es un método, un instrumento operacional, entonces pasan a tener una importancia determinante las circunstancias particulares de quien lo manipula. El problema específico chino es la organización y disciplina de 800 millones de personas. Eso no es lo mismo que conferir organización y disciplina a 100 mil, ni a 200 millones. Hay un salto cualitativo entre una y otra situación. Producir alimentos, instrucción y máquinas para tal cantidad de gente, en condiciones secularmente desfavorables, requiere homogeneizar las conductas colectivas mediante mecanismos muchísimo más activos y eficientes que el simple aparato estatal represivo u orientador.

De manera que, en el caso chino, bien podría resultar verdadero que cierta religión y cierto marxismo se parecen. La revolución cultural significa que cada uno de los cientos de millones de chinos ha sido puesto frente a la necesidad de optar entre el bien y el mal corporizados, de elegir entre Cho Yang y Mao, entre los socialistas y los monstruos. Si opta para siempre por el bien, su capacidad de trabajo crece inconmensurablemente. Combate a los malos y es un productor inagotable. Como los "santos" de Cromnwel. Se construye una condición humana superior a la del simple miembro del partido dirigente. Ya no se trata tan sólo de la calidad tradicional del militante. Los guardias rojos, los estudiantes "se comprometen a mantenerse por toda la vida... en defensa del Presidente Mao, del PC, de China y de su patria" ("Pekín Informa" Nº 35). Ya sabíamos del equivalente a la pobreza, obediencia y castidad para millones. Ahora sabemos de los votos perpetuos. Y en los monstruos ya no deben creer los puros aldeanos, sino también los profesores y estudiantes universitarios.

Veremos esto y mucho más mientras la tarea de alimentar a cientos de millones ha de acometerla un país aislado y sometido a cerco.

Mientras tanto, hay gente que sigue preguntándose si puede "permitirse" el ingreso de China a la ONU. ¿No llegará el día en que haya que rogarle de que se integre al resto del mundo?

JORGE PALACIOS declaró:

LAS ACCIONES DE MASAS encabezadas por los "guardias rojos" en diversas ciudades de China, que tanto atemorizan a los sectores reaccionarios de nuestro país, son una expresión de la decisión revolucionaria del pueblo y la juventud china de llevar la Revolución Cultural Socialista hacia adelante. Según pude percatarme en mi reciente visita a China, los objetivos de dicha revolución consisten en el desenmascaramiento de un núcleo revisionista enclavado en diversos organismos del Partido, de la prensa, del Ejército, de los planteles educacionales y otros lugares claves. Ellos utilizaban las posiciones alcanzadas para crear una opinión pública favorable al ablandamiento de la posición revolucionaria de China. Los dirigentes del Partido Comunista de China piensan que estas actividades de haber proseguido habrían conducido a la larga a la restauración del capitalismo.

Sin embargo, la Revolución Cultural es mucho más que el desenmascaramiento de un puñado de oportunistas. Ella consiste en el propósito de las grandes masas de crear su cultura arrebatando la creación artística, literaria, etc. de manos de un puñado de especialistas, a menudo, heredados de la vieja sociedad; consiste en el propósito, planteado por primera vez en la historia de la Humanidad, de que un pueblo entero se forma en el estudio del marxismo-leninismo y, particularmente, en su desarrollo más reciente contenido en el pensamiento de Mao Tse Tung, aplicándolo a su actividad práctica en todos los terrenos. La Revolución Cultural reviste especial importancia para la juventud china y por eso los jóvenes la han acogido con particular entusiasmo. Los dirigentes chinos sostienen que el futuro de la revolución se decide en las dos generaciones siguientes a aquellos que la realizaron. De la formación de esa juventud, que no conoció los rigores de la explotación y de la lucha revolucionaria, depende el porvenir socialista de China. Basta observar la actitud de la juventud en algunos otros países socialistas europeos para darse cuenta de la justeza de esta afirmación.

Yo sentí en China una profunda alegría cuando vi a las masas populares y juveniles realizando en las calles grandes manifestaciones en apoyo de la Revolución Cultural. Me he encontrado, sin embargo, con muchos amigos, hombres de izquierda, asustados porque las masas se empeñan en borrar los últimos vestigios de la vieja sociedad. En general se trata de amigos pequeño-burgueses que desean el socialismo pero que conservan un gran apego por una formación adquirida de la cultura burguesa. Se atemorizan de ver a las masas obreras y campesinas dueñas de su país en China y derribando todo lo que les recuerde su pasado en un régimen de explotación. Es posible que decaiga el refinamiento de ciertas formas culturales a las cuales estamos acostumbrados cuando las masas se deciden a derribar los aspectos negativos de la vieja cultura. Sin embargo, lo que las masas crean en su reemplazo es algo infinitamente más revolucionario y, por lo tanto, más útil para el propio futuro de nuestro pueblo. Los aspectos formales ya se perfeccionarán más adelante cuando surjan los grandes valores artísticos y culturales del pueblo. A todos los que se asustan con lo que está sucediendo en China, cabría responderles con las palabras de Mao Tse Tung: "la revolución no es lo mismo que invitar a una comida, ni es una obra literaria, ni un dibujo, ni un bordado; no puede hacerse con tanta elegancia, calma, delicadeza, ni ser tan apacible, amable, cortés, moderada y magnánima." (Informe sobre la investigación verificada en Junan acerca del movimiento campesino, 1927). Los dirigentes chinos podrían haber procedido en forma administrativa contra el equipo revisionista y las herencias de la vieja sociedad, pero, han preferido que las propias masas descubrieran estas lacras y se movilizaran para terminar con ellas.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02