Poemas de «La Vida Nueva»

POEMAS DE «LA VIDA NUEVA»

Raúl Zurita

Raúl Zurita es autor de Anteparaíso y otros libros. Los presentes poemas pertenecen al libro inédito La Vida Nueva.

Araucaria de Chile. Nº 40, Madrid 1987.

Como una vergüenza que yo tenía empecé a soñar, mire sí, soñé que estaba acurrucada contra la pared igual que una india chamana y que una gran cantidad de gente me rodeaba mirándome y yo toda sola, muerta de vergüenza, trataba de cubrirme. Iba a parir y mi terror era qué hacer para cortar el cordón de la criatura cuando ella saliera. Cada vez más encogida yo ya no sabía dónde poner la vista y lo único que quería era hacerme más chica y más chica para desaparecer de los ojos que me observaban. Parí. Entonces tomé el cordón con la boca y lo corté mordiéndolo. Creí que todo había pasado, pero venía otra pujando. Cuando ya estaba afuera también le corté el cordón con los dientes. Pero todavía venía una más y detrás de esa otra y otra y otra, que igual parí, una por una, rebanándoles el colgajo a mordiscos. Entonces me fui para adentro y me vi entera las entrañas. Me veía como por una ventana transparente. Toda por dentro me miré y ahí estaba el cordón umbilical colgando igual que una tripa, cortado, goteando sangre.

Miles de banderas flameaban sobre las casuchas de cartón y plástico del campamento Silva Henríquez. Amontonados, los cuerpos de sus moradores parecían fundirse entre los guitarreos y los extraños zumbidos de las radios portátiles. Afuera, mientras algunos niños estiraban sus manos pidiendo lo que en este idioma se llama limosna, el brillo de estrellas ya extinguidas comenzaba a constelar el cielo haciéndome recordar una leyenda que dice que si una persona está a punto de morir, hay que agarrarla de los pelos del centro del cráneo, con fuerza, con toda la fuerza y entonces la muerte no puede llevársela. Esa noche soñé con naves venidas de otros mundos ardiendo en el espacio, muñecos llenos de amor quemándose como paja. Al otro día volví y hablé con algunos. Después, uno de ellos me contó que, una vez, al despertar de un sueño llorando desesperadamente, vio a su madre y a su hermana agarrándole de los pelos de la cabeza, sólo que él quería morir. Fue allí cuando empecé a grabar sus sueños. Lejos, muy lejos, la luz de otros soles iluminaba las estepas de planetas desconocidos y algo de su palidez seguramente alcanzaba también a teñir estas casuchas improvisadas. Así comenzará mi libro, pensé; con sus sueños. Está bien. Todos moriremos algún día ardiendo como un sueño en el espacio. Salvo que yo no quiero que mi amor se muera.

La colombiana

Toda la noche sueño que lloran y que lloran y yo no los puedo parar. Cuando he hecho callar a uno el otro se larga y todo empieza de nuevo. Nada más que de sufrir yo creo que lloran tanto. En el sueño yo los oigo y es igual, duermen todos apretados y me matan de cansancio, tienen hambre, pienso, o se los estarán comiendo los animales. Me paso yo también llorando en el día y en el sueño salgo y de este hervidero de pocilgas y me voy y llego a los cerros, a uno muy verde como una aparición. Pero allí siento de nuevo sus berrinches y me devuelvo corriendo, me caigo y me rompo toda por las piedras y se me clavan las espinas. Cuando llego al campamento no quedan sino unos pedazos de papeles y cartones que vuelan como si ya no hubiera nadie. Están muertos, pienso, mis niños están muertos y es mía la culpa. Es mía la culpa grito, yo los maté, yo los maté. Pero son tan buenos mis chiquillos que en medio de mis gritos uno se me acerca, con sus manilas me toma la cabeza y me dice: «no mami, nunca vivimos aquí». Y sonriéndose como si fuera un angelito, llama a los otros y se me aparecen.

Zile y Mora

Yo no quería despertarme, yo quería cerrar los ojos y volver a ver los mundos. Yo decía en el sueño mío son los mundos, pero eran los países tendidos igual que una estampa en el cielo y mire yo nunca, nunca he soñado más feliz. Estaba en un parque y podía sentir el pasto bajo mis pies, pero algo como desde dentro me decía que fuera hacia la playa y yo no sabía por qué pero me largaba a correr. De pronto me veía en una inmensa playa, enorme, que se perdía de vista. El mar estaba muy oscuro, encrespado de olas, y yo sentía como una angustia, como un gran miedo que me llenaba, pero luego empezó a aclarar. El mar se iba haciendo cada vez más translúcido, más calmo y luminoso, como una gran taza transparente y se podían contar uno por uno los granos de arena bajo el agua. Entonces sentí el impulso de levantar la vista, poco a poco la volví para arriba y fue como si me hubieran dado un golpe: sobre el cielo negro, igual que en las películas del cinerama, estaban todos los países del mundo cada uno con distintos colores, como en el mapamundi de la escuela, cada cual con los colores más vivos y luminosos, y hasta las pumitas de las islas yo las veía, sí señorita, todos los países del mundo tendidos allá arriba, como recién lavados los países, brillando.

María Fabres

Uno piensa en Dios, andando, cocinando, andando por ahí, siempre pensando en que él vive y por eso vivimos. Entonces uno sueña; él da un sueño como un aviso porque él dice que los viejos sueñan y los jóvenes ven visiones. Yo soñé entonces que me estaban dando un rezo en mapuche, eso era, en un viejito con una vestidura así de machi, como mi papi, pero con el pelo con trenza igual que una nieve y me decía: «así tenis que rezar en mapuche», y después me soñaba con trutrukas, que tocaban trutruka y era mucho el sonido mientras yo rezaba, muy bonito. Mi papi siempre me iba a ver así a Santiago, en mis sueños. Pero el último que yo tuve fue como más, como de terror, le habían hecho mal a mi papi y lo iban a enterrar vivo, pero yo alcanzaba a sacar lo del nicho y ahí me disperté recordándome que no tiene flores mi papi y ya viene el mes de Noviembre. Eso decía el sueño; que hay que ponerle flores porque Dios así lo manda: flores en Noviembre.

Lincura Núñez

Yo solamente sueño que me persiguen, señorita; yo de un tiempo a esta parte lo único que sueño es que me persiguen y siempre son carabineros o gente de civil. Ahora, en el sueño mío, yo había salido a caminar pero me perdía y empezaba a correr. Iba por una calle llena de piedras que se hacían cada vez más filosas y de pronto estaba arrancando por un campo arado, como cuando era chico, porque nosotros venimos del campo. Me escondía en la acequia pero el agua comenzaba a bajar dejando una arena blanda y seca donde me quedaba dormido. Al despertar iba en el acoplado de un camión que se iba alargando y alargando y mientras más corría más me iba desesperado pero nunca llegaba el final. Después algo pasaba; me veía colgando de un helicóptero, los campos se veían chiquitos, como puntos, y unos carabineros trataban de echarme abajo apaleándome las manos. Yo me miraba caer. Repentinamente estaba en la casa del patrón, la vieja, y yo huía dando grandes saltos por un pasadizo y me parecía volar. Al salir me encontraba con mi señora, la finada Marta, y nos abrazábamos y nos hacíamos cosas bueno igual que en la mejora que teníamos, pero ahí yo me despierto señorita y es siempre como si fuera.

Jacinto Quezada

Soñé mal sí. Soñé que se hizo una ventana en el techo y allí se asomaron unos chivos, me llamaron con voces y se reían. Entonces con ése casi me trastorno, con ése quedé asustado y empecé a soñar mal, mal. Así empezó a soñar la cabeza. Me empezó a doler todo y después ya me perdió los sentidos. Estaba en la rancha y veía a la Manuela -mi hija mayor señorita- que me mostraba los dientes y me decía «lo espero en la ventana porque yo lo voy a dominar a usted». Eso lo escuchaba clarito, entonces empezaba a perseguirla para pegarle no más pero había una reja de alambre como la del ingenio y mi hija corría por el otro lado pero yo me iba haciendo cabra y le decía Manuelita, soy yo, pero no me salía la voz. En pura lana estaba cuando me miré de nuevo la cabeza que me soñaba para atrás. Voy a despertarme decía porque estoy soñando mal y me voy a morir. Pero no podía. Entonces vi al viejo que se me venía diciéndome «mira, tú vas a tener que taparme de nuevo porque tu hija con las pezuñas me ha desenterrao» qué más señorita mire este pobre y yo con un horror me despertaba.

Dionisio Bravo

Cuando llega a tener sueños siento como un bien; siento como si me hubiera ido de esta mugre de ratoneras y respirara purito, puro. Yo tengo el mal de asma pero en los sueños se me va y no siento la mugrienta del polvo. Vea, el campamento estaba entero embanderado y eran miles de palomas volando. Yo le decía allí a mi chamaquito que por qué mejor no me llevaba a la Quinta, allí al dancin a lucirnos, pero él estaba muy agrio, así muy ceñudo, sin hablarme. Entonces yo me iba dentro del ruco y le ponía el fuego pero era yo misma la que empezaba a quemarme y después estaba en el adre igual que las palomas pero era humo. Dioni me llamaba entonces él y me decía que era muy mala porque siempre me iba con sus cosas a la parranda. Así me decía mi chaparrito y yo lo volvía a ver cada vez más serio, más torvo mirándome con los torcazos suyos tan enojados que yo del puro susto me despertaba y a veces señorita, cuando cierro los ojos y me duermo entre todos los que se amontonan en estas pilchas, lo vuelvo a ver así a mi chamaco, tan enojado, y con lloro.

Demetrio Quezada

Somos todos pobres, muy pobres señorita, por eso nos vinimos y yo la peno tanto que ni para dormir me acuerdo. A veces, muy poco, duermo, pero cuando me salí de allí casi nunca he soñado. No hace mucho sí que me soñé con mi tierra. Soñé que todos estábamos hechos de pasto y que agua nos mojaba pero ahí ya no supe más de mí, el sueño, y se me apareció otro, así lo empecé a soñar: que venían tres figuras, pero eran como un trote de bestias con sus caras mirándome. El último era el toqui, pero él venía con forma humana. Se me allegó bien y me dijo que estaba sufriendo allí, que tenía que irme de la capital. Me volví entonces en aire, en suspiros me fui hasta mi tierra de Mallí de donde somos todos y él, llamándome por mi nombre de paisano seguía diciéndome. En puros brotes entonces me volvía, en tierra después y yo no más sentía los ojos que me lloraban así dentro del sueño acordándome de mi tierra de Mallí y qué le cuento yo, duermo muy poco señorita pero en el sueño yo la miraba.

Hemerlindo Salvatierra

Estaba la mala, la rapada, la mala tirándome. Me hervía la fiebre y me cuartié entero. Ya no más, decía yo, no más cuando me fui en el sueño señorita; andando no más me fui por un camino que se partía. Lejos iban quedando estas covachas y después, como sobre los cerritos, veía la tierra y subiendo y subiendo llegué a un lago que estaba entero suspendido muy grande, todo manchado de sangre en las aguas. No sabía que hacer para vadearlo cuando se me vino un perro blanco y con ladridos hizo que lo montara. Así crucé las aguas, cargándolo. Había mucha gente ahora, todos caminaban en filas dando rezos y yo iba al final. Estoy soñando decía yo pero igual me llevan a la parca. La luz era cada vez más fuerte y yo me acercaba y acercaba. Todos iban pasando por un portón de fierro, pero cuando me llegó mi turno, un cristiano se me acercó, me olió bien primero y después me dijo: «No. ¿Quién te mandó llamar a ti? Todavía no está escrito. Ándate». Entonces yo sentí un dolor muy fuerte que me tiraba para abajo y me desperté como cayéndome. Así volví yo. Y cuando abrí los ojos vi a mi mamá y mi hermana arrodilladas encima mío agarrándome de los pelos de la cabeza fuerte, fuerte, rezándole a puro grito a la virgencita las dos y hasta yo mismo señorita que me traían, sólo que yo no quería volver. Yo quería morirme.

Primer canto de los ríos

Es el amor ese es el amor
Ay ese es el amor...

Ay ese es el amor que hemos llorado tanto se largan los ríos que
se aman partiendo

Borrascosos torrente abajo bañándonos las praderas que lloraban mirándose: Nosotros somos las montañas que lloraron mirándose repiten los ríos que las llamaban arrastrándolas

Cielo abajo tras las inmensas praderas que los cielos
subían Quiénes nos subieron el amor de estas montañas se van
diciendo las inmensas praderas del cielo: Somos todos los pastos
de este mundo les contestan largándose los ríos que se
aman abiertos tocados rompiéndose

Aguas de Sur a Norte, Este y Oeste que cantan rompiéndose tras las
praderas entre los paralelos 37 y 51. Los espumantes ríos del Huequi,

Pichimaco, Ranquil al sur de las provincias señaladas donde los pájaros de frío cantan, todo el deshielo cantan, todo el amor y de sus aguas cantan. Así sea.

La botera Lidia Ojeda larga
el quinto canto de los ríos

Cruzamos la boca de los pastos
sobre el viento...
-río Maitenrehue,
río Rahue-

Mira, hemos volado...
-río Collileufu, pastos,
aguas del Futa-

Para adorarnos es que estamos unos frente a otros hablan entonces pastos y ríos

Sólo para amarnos es que hemos cruzado la boca de los vientos que nos perdían se largan los verdes pastos de las aguas de más al sur caídas pariéndose

Sí por el amor de este mundo es que hemos subido por las bocas de los pastos sobre el viento contestan entonces nuestros cuerpos llenos de pasto subiendo sobre el horizonte Mira: hemos volado le repiten los ríos a los arrobados pastos de este mundo duros rajados de alegría subiéndoles con ellos

Raúl y Amparo Mardones se largan juntos
el sexto canto de los ríos

Señor: ante el torrente de las almas
que aquí van pasando
nosotros dos, boteros de estos ríos, te pedimos
que sostengas nuestro amor
como sostienes estas aguas corriendo

Y que cuando mi alma y la tuya
se desvanezcan entre los sueños y los mundos
que nuestro abrazo siga creciendo
más vasto que las marejadas y más lento

Y que cuando al fin
todo se vaya tras los torrentes, espumas y ríos
que todavía
que todavía se escuchen los gritos de nuestro amor
acompañando el pulso de los remos sobre el agua

Raúl Zurita le dice a su amor
el séptimo canto de los ríos

Brote mío, lecho de mis sueños
allí donde mi amor te rompe y te llama
donde los cielos estallan y las montañas caen
también allí
brotan nadando los dulces botones de tus aguas

Así llegamos
así subimos creciendo y arrastrándonos
sobre el torrente de todos los que se quisieron

Amor mío
que así perduren también nuestras aguas
como los ríos buenos que no se secan
y que cuando por fin despertamos
del largo sueño de todas estas vidas
que volvamos a nacer amplios y torrentosos
como los hermanos que vienen y los ríos que bañan

Canto de los ríos que se aman

Canto, canto de los ríos que se vienen, canto de los anchos del Bío Bío y las praderas que cuando rompen cantan tras los inmensos cielos de pasto. Canto del cielo que se viene amando porque en este mundo cantan todas las cosas de amor. Canta el Baker y los ríos de las aguas más heladas que aún no tienen nombres. Cantan de amor las cosas de este mundo, las grandes montañas y los cielos llenos de pasto. Canto de mi amor que eres tú, y de todas las llanuras empapadas que se abren también cantando; los muchachos y las muchachas abrazados y tú que cantas bajando por los ríos; mi lluvia buena, mi verano más ardiente, la primavera de mis sueños

mis aguas

: En las horas de A. M.
de las aguas de Norte a Sur

Este y Oeste


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03