Construir una poesía tan vasta como la tragedia chilena

CONSTRUIR UNA POESÍA TAN VASTA COMO LA TRAGEDIA CHILENA
Conversación con Raúl Zurita

Chile es un país -según una definición que no hallamos a quién atribuir- que limita con la cordillera, con el mar y con la poesía. No sólo por la presencia de algunos grandes nombres -desmesurados y seguramente irrepetibles, como el de Neruda, en una nación tan pequeña como la nuestra-, sino porque el territorio entero está poblado, literalmente, de poetas que no cesan de confirmar, asombrándonos, la alta nobleza de un producto cuya veta, hasta ahora, parece empeñada en mostrarse inagotable.

De este modo, no es poco decir, como muchos afirman, que Raúl Zurita es "el mejor poeta chileno de este tiempo". Algunos van más lejos y sostienen que ya se ganó un lugar al lado de los próceres mayores: Neruda. Mistral, Huidobro, De Rokha, Parra y unos pocos más. Como quiera que sea, lo cierto es que, a los treinta y cinco años, domina sin esfuerzo el espectro de la creación poética chilena de la última década.

Raúl Zurita se parece físicamente al Greco, o a Cristo; o mejor, a Cristo pintado por El Greco. En ambos artistas, la imaginaria se define, entre otras cosas, por un cielo azul que apenas puede contra los grises y el negro del Apocalipsis que se aproxima. Para nuestro poeta, en su entretela más desgarrada y profunda, el Apocalipsis ya está llegando; se lo siente en Chile desde septiembre de 1973.

Esta conversación es, en realidad, la suma de dos conversaciones diferentes aunque complementarias. Una -las tres primeras preguntas y sus respuestas- reproduce parcialmente el diálogo sostenido por el poeta con la comunidad chilena residente en Moscú, ciudad que visitó en el mes de agosto. El texto restante es un extracto de la entrevista que tuvo con él Carlos Orellana, en Santiago, en el mes de mayo pasado.

Este encuentro es para mí muy especial, muy significativo. Se produce cuando apenas estoy conociendo un poco la Unión Soviética, un país del cual uno sabe tanto o sabe tan poco: son tantos los sueños que uno ha invertido en él. Uno llega y ve a través de tantas cosas la presencia viva de la paz, tan enraizada en los repliegues más profundos de la historia de este pueblo; y entiende que esa visión de la paz arranca de una visión socialista y nueva del mundo, y de lo que fue aquí la guerra y el fascismo. Y uno no puede, al ver este pueblo sino sentir el recogimiento que inspira enfrentarse a un verdadero monumento a la paz. Es lo que ocurre cuando uno ve el cementerio de Leningrado o cuando se topa con el monolito que hay a la entrada de Moscú. Fui dos veces a aquel cementerio y sentí que más que un recordatorio de la guerra es un homenaje y un monumento a la paz.

Para el que viene de Chile no deja de ser impresionante constatar este hecho aparentemente simple. Los que tienen en nuestro país las armas se han demostrado extraordinariamente valientes para asaltar al pueblo indefenso, para matar niños y mujeres inocentes durante las protestas o en los allanamientos masivos a las poblaciones de Santiago. Imagínese lo que significa comparar esa situación, de países como el nuestro, donde los ejércitos son tan extremadamente corajudos para luchar contra sus propios pueblos, con una realidad como ésta, una sociedad nueva donde de una forma u otra todos están comprometidos en la lucha por la construcción diaria de un mundo distinto.

Esto es lo que quería decir para comenzar, fuera de expresarles que éste es un encuentro muy feliz para mí.

- ¿Qué hay del "apagón cultural" de que tanto se ha hablado todos estos años?

-En verdad, en Chile se produjeron dos situaciones. Una, que es lo que podríamos llamar la más evidente: el golpe sangriento, la ruptura de todas las formas de convivencia, de nuestra concepción del futuro, del modo de ver el pasado y de relacionarse; todo aquello, en suma, que significó para tantos de nuestros compatriotas la muerte, la cárcel, el destierro. Pero hay también una especie de segundo golpe de estado, algo así como el eco del primero. Esto sucede aproximadamente un año y medio o dos años después, cuando empieza a entenderse a nivel masivo que la implantación de la dictadura no es un proceso transitorio, sino que, probablemente, va a durar mucho tiempo. Entonces se produce, por así decirlo, el quiebre de una imagen cultural, aquella que el pueblo se había dado para sí mismo a través de los años. En ese momento se derrumba toda una concepción de la historia, del futuro que pensábamos que podíamos ganar, y empezamos a entender que todo va para largo, y que es necesario recomenzar aunque sea precariamente, por donde se pueda.

Eso es lo que marca en general el hecho cultural en Chile. El sistema es tan brutal, que durante años uno, en su trabajo (si lo tiene) habla con su compañero de al lado y el tema se referirá siempre a cualquier cosa, el fútbol, el concurso miss Chile, el clima, etc., menos a aquello de lo cual todos querríamos hablar. Es una crisis en el sistema general de comunicaciones; las palabras han dejado de tener el significado que tenían, sus contenidos están en crisis.

El golpe fue demasiado fuerte como para que se pudiera recuperar demasiado pronto la conciencia. Salvo en sectores del país muy lúcidos, capaces de comprender que lo que ocurría no tenía nada de primario, todo el resto no es sino silencio. Se ha roto todo un sistema relacionado con la posibilidad de reunión. Se quiebran los sindicatos, que eran un lugar natural de encuentro; las federaciones estudiantiles dejan de existir; las universidades son brutalmente intervenidas. No hay, por tanto, ninguna forma de convivencia, y no me refiero a la forma profunda, política de convivencia, sino a la más elemental y cotidiana del ser. Eso fue lo que sucedió, y lo que se ha dado en llamar "apagón cultural".

Hay que acordarse, además, que las desgracias se sumaron, ya que muy poco después del golpe muere Neruda, y con su muerte es como si se hubiera trizado por algún tiempo una concepción del lenguaje, de la vida, del futuro. Es literalmente un pueblo que se ha quedado absolutamente sin nada, y que desde entonces, durante muchos años -perdonen si me sale un poco poético-, no ha cesado de llorar, no se ha cansado de llorar. Hasta la cordillera de los Andes parece que hubiera crecido, como una especie de símbolo, como una especie de síntoma de nuestro aislamiento, de nuestra soledad, de nuestra pérdida de contacto con el mundo. El clima mental que se ha vivido en Chile durante mucho tiempo ha sido no sólo el de la represión y el terror, sino el desconocimiento de la solidaridad que ha habido fuera del país, con lo cual la sensación de aislamiento fue todavía mayor. Fuimos un pueblo que vivió la sensación de sentirse olvidado. Y su primera relación con el mundo también fue trágica, porque se establece en aquello que yo calificaría como lo más bajo: es cuando los Chicago Boys abren el país a las baratijas taiwanesas y coreanas.

Todo esto no podía durar mucho tiempo. No podía ser así y en realidad no fue así. Hoy la situación ya no es la misma, es radicalmente distinta. Y el cambio se produce cuando surgen las primeras protestas, cuyos síntomas venían manifestándose desde mucho tiempo antes: huelgas, algunas manifestaciones callejeras. Con las grandes protestas colectivas, mucha gente supo, por primera vez, que aquel que había sido su vecino durante diez años también era alguien que estaba absolutamente contra el régimen.

Este es el clima dentro del cual se ha desarrollado estos años la poesía; el marco en el cual hay que entender el arte y la cultura.

-¿Y de la poesía chilena de hay, qué puede decirse?, ¿está en alza o en baja? Y otras preguntas: ¿De qué forma ustedes los poetas pueden llegar a las poblaciones? ¿Podrías hablamos algo de lo que fue la poesía en el 73?

- Las preguntas son muy amplias y será necesario retroceder en el tiempo. Ustedes me perdonarán los posibles errores, porque me voy a meter en cosas que no corresponden a mi especialidad. Pero quiero hacerlo para que nos formemos un panorama más global y ver cómo se inserta en él la aparición de una nueva poesía, o mejor, la aparición, nuevamente, de la poesía en Chile. Y entenderlo un poco en relación a nuestra historia y también en relación a la historia del movimiento obrero.

No es aventurado decir que a partir de los años 20 el movimiento popular chileno, en medio de sus avances y derrotas fue captando sectores cada vez más amplios. Paralelamente, forjó para nuestro país lo mejor que este país puede mostrar de sí mismo. No es casual que sea probablemente muy difícil separar la historia del movimiento obrero, de su clase trabajadora, de lo que se llama la gran poesía chilena, que, en cierto sentido se puede decir que es ganada por ese movimiento popular, dándole a éste y al país una imagen de sí mismo, una imagen de su futuro, una forma de expresarse. Cuando, por ejemplo, pensamos en los versos de los Veinte poemas de Neruda -como aquél "Me gustas cuando callas, porque estás como ausente"- comprendemos que, de una u otra forma, ellos han influido en el sentimiento amoroso de un pueblo, en toda la gama de su efectividad, en el conjunto de sus emociones. Nuestra historia, por eso, y nuestra poesía no pueden en verdad separarse; forman parte de un mismo tronco, de una misma maleza. El pueblo que, a través de Neruda, puedo expresarse y construir, por ejemplo, el Canto General, es el mismo pueblo que año más tarde podrá soportar y sobrevivir a la "Muerte General" que han significado los trece años de dictadura de Pinochet.

El que tengamos tan alta poesía en un país tan pobre, tan pequeño y aislado, a mí me gusta interpretarlo, aunque puede que no sea cierto, como un signo de la finura, la delicadeza que nuestro pueblo ha sabido mostrar hacia las cosas, hacia el mundo que lo rodea. La poesía, por otra parte, le ha dado a las masas un lenguaje, una forma de entender el mundo, de relacionarse. La poesía de Neruda y también la de los otros poetas, representa la memoria y el modo más puro y generoso de proyectarla hacia el futuro. Es por eso que nuestro pueblo, cuando accede al gobierno, lo hace con una imagen y con un sueño de futuro.

En cierto sentido, el golpe desmiente esa finura, esa delicadeza de que hablaba, y lo que sucede es aquello que se llama, con justa razón, aunque la frase esté gastada, "La noche del fascismo", o sea, la dictadura, la cárcel, la muerte y el exilio. El pueblo, o un sector de ese pueblo, es brutalmente golpeado, de la noche a la mañana se le obliga a girar la cara ciento ochenta grados, a quedar exactamente mirando para el otro lado, porque eso fue lo que ocurrió el día 11 de septiembre. Y en realidad no se puede torcer la cabeza tan rápidamente sin que eso deje una profunda huella y que esa huella sea casi tan dolorosa como la misma muerte. Por eso es que cuando hablamos de "apagón cultural" hay que entenderlo no como un hecho puramente intelectual, de gente que no lee, que se desentendió de todo, sino como el tránsito, el paso extremadamente doloroso de un pueblo y de sus artistas tratando de encontrarse de nuevo a sí mismos. Y así surge, después de algunos años, un movimiento cultural extremadamente vigoroso, que de una manera u otra se reencuentra a sí mismo, se reencuentra con los hilos de una historia que es muy anterior a la dictadura. El desencuentro, el olvido no podía durar demasiado tiempo. Trece años de dictadura no pueden borrar todo lo que, en décadas de historia, un pueblo ha conquistado. Y eso es lo que expresa, en mi opinión, la poesía que nuevamente se está haciendo en Chile. Por lejanos, por delirantes que sean los sueños o la visión de un poeta, nunca ellos van a ir más allá ¿e lo que sus propios pueblos, sus propias comunidades piensan o sueñan.

En verdad, los grandes sueños y la necesidad de llevarlos a la realidad y de construirlos, de concretarlos, no es algo que inventen los artistas o los poetas, ni tampoco los escritores o los políticos. Quienes realmente los inventan -y no estoy haciendo una frase retórica- son aquellos que más necesitan que cambie la situación en que viven, que ésta se transforme y cambie radicalmente para todos. Es decir, las grandes imágenes de futuro son finalmente los pueblos los que las construyen, y los poetas, los artistas no hacen más que transcribirlas, ponerlas ahí. Es en este sentido que se puede decir que el genio es colectivo, que pertenece a un pueblo, y en particular al sector más desposeído, porque es el que tiene más necesidad que nadie de que todo cambie.

La alegría que yo siento cuando se comprueba que nuevamente hay poetas, que otra vez hay obras que se crean en todas panes, es saber que todo eso es la manifestación de un pueblo que vuelve a reencontrarse con su historia, incorporando a ella la historia de lo que ha sido nuestro dolor, nuestros sufrimientos, nuestra derrota. Allí, en ese momento es cuando a mi juicio surge nuevamente la poesía en Chile.

En cuanto a la poesía en las poblaciones, hay artistas y hay escritores, entre los que humildemente me cuento, que sí queremos estar presentes en los sectores poblacionales o marginales y aprender de ellos. Y estar también en las universidades o donde se quiera. Otros no. Pero la situación chilena afecta y compromete, y es lógico que así sea, a todos sus creadores. No hay un artista en Chile -y esto lo digo muy responsablemente- que apoye a Pinochet. Algunos pueden ser más progresistas o menos progresistas, pero no podemos juzgarlos por eso, porque más allá de la voluntad individual, ellos transcriben de una u otra forma la situación del país, la dimensión de su sueño y de su dolor.

- Háblanos un poco de tu vida, de tu propia obra...

- La primera persona del singular me cuesta un poco más. (Como a Carlos Caszelli, que dice, al responder: "Carlos Caszelli piensa...") Nací en Santiago, en enero de 1951. Mi madre, mi abuela son italianas, de Génova. Mi segundo apellido es Canessa. Mi padre murió cuando yo tenía dos años, y yo viví siempre con una hermana menor, mi abuela y mi madre. De tal modo que yo no sé en verdad cuál fue la primera lengua que hablé, si el italiano, éste en su variante genovesa, o el castellano. Fue una vida difícil, porque vivíamos del sueldo de mi madre, que era secreta- ria, es decir, que ocupaba un lugar muy bajo en el escalafón funcionario Recuerdo un hecho que me marcó en el sentido del terror, del miedo. Fue cuando la echaron de la Compañía de Teléfonos donde trabajaba, por haber participado en una huelga. Yo tenía cinco o seis años. Nunca olvidaré cuando llegó: ella era realmente nuestra única posibilidad de subsistencia.

Mi abuela era todo un personaje. Tenía una verdadera obsesión por lo italiano, un orgullo patrio inconmensurable. Vivía hablándome de Dante Alighieri, siempre. Curiosamente, le gustaba hablar del Infierno... Con mucha fuerza...

Fui a la escuela y mis humanidades las hice en el Liceo Lastarria. Después me fui a estudiar ingeniería civil en la Universidad Santa María, de donde regresé justamente el año 73, en el primer semestre. No me alcancé a titular. Creo que el hecho de haber estudiado ingeniería fue muy significativo, porque fue la forma como concebí lo que yo quería hacer, que es para mí casi como un proyecto. Pienso en ese sentido, que el Canto General es la obra de ingeniería más impresionante que se ha construido en nuestro país.

La poesía me gustaba desde que estaba en el colegio, pero no empecé a escribir en serio, sino hasta los dieciocho o diecinueve años. De repente pensé que la creatividad, no exactamente la poesía, era lo único que quería y lo único que podía o podría en realidad hacer. El 11 de septiembre fui detenido en Valparaíso con mucha gente. Estuve en un barco, en el "Maipo", donde pasé dos meses. Pero en realidad no es nada comparado con lo que ha pasado en Chile... verdaderamente, no es nada.

Mi obra, o el proyecto de obra que he estado empeñado en diseñar todos estos años, comienza en 1975, que es cuando yo veo que la situación va para largo, que esto no es algo tan transitorio. Después del golpe yo me cambié de Valparaíso a Santiago, y en la situación en que vivíamos cambiarse de ciudad era como viajar a China. Uno perdía todo, perdía sus pocos referentes; quedaba virtualmente librado, perdía sus pocos referentes; quedaba virtualmente librado a su suene. Yo empiezo a sentirme cada vez más obsesionado por la relación del arte y la vida, y me afirmo en aquello que todavía sostengo: que el único sentido que tiene el arte es hacer que la vida sea algo más humanamente vivible, y que probablemente la única obra de arte, el único poema, la única sinfonía o el cuadro que realmente valen la pena de ser leídos, escuchados o vistos es la vida misma, la vida de cada uno y de todos.

-Tú pones mucho énfasis en el fenómeno que se dio el año 75. ¿Cómo se manifestó eso exactamente para ti?

- La verdad es que, aunque el 73 fue el momento real del quiebre, yo siento que 1975 es más crucial desde el punto de vista del lenguaje, por así decirlo, y de sus efectos sobre la cultura. En ese instante hemos advertido que las cosas se van a prolongar probablemente por un tiempo largo, y eso nos hace entender que a una situación tan dura sólo se le pueden oponer, desde el punto de vista de la creatividad, de nuestro trabajo como poetas, como artistas, obras "que le hagan el peso". Por decirlo de alguna manera; obras tan elocuentes como la situación misma que estábamos viviendo. No bastaba con el poema lisa y llanamente de denuncia, porque eso era quedarse corto. La dimensión de la soledad individual y del aislamiento colectivo era tan grande, tan enorme, que las empresas que se propusieran, en lo político, por ejemplo, tenían que ser, al menos, tan grandes y tan vastas como aquello que nos tocaba enfrentar. Hay algo que ha cambiado para nosotros. Ya no se trataba de un simple ejercicio, un ejercicio rápido, como jugar al pimpón; estaba en juego todo lo que pudiéramos entender por humano, y había que sacar fuerzas de uno mismo, es decir, de la situación que se vivía, porque de otro modo no había de dónde sacar fuerzas. Paradojalmente, era la tragedia chilena y su dimensión tremenda la que nos daba la energía y la posibilidad de adquirir la visión de algo completamente distinto.

- Hablando ahora directamente de tu trabajo poético, hay una duda que nos asalta mirándolo desde afuera: ¿te sientes de verdad inscrito dentro de la poesía chilena?

-La poesía chilena es una suerte de fenómeno, a partir, sobre todo, de Pablo Neruda. Ha trascendido, en nuestro país, los marcos de lo que se entiende por un género literario específico, para ser realmente, en un sentido más propio, una especie de Patrimonio Nacional. En los años 30, la poesía, y en particular la de Neruda, es ganada por el movimiento popular, el cual la incorpora a su propia lucha; la conviene, por decirlo así, en su reivindicación. Por eso, se puede decir que cuando en 1970 la Unidad Popular entra a La Moneda con Allende, es toda la poesía de Neruda la que también entra, acompañada de la memoria de la gesta de un pueblo, de una clase, de un movimiento. La verdad es que se puede o no haber leído a Neruda, pero él es tan real para todos como la cordillera de Los Andes. Es por eso que cuando en las concentraciones, en los desfiles, se oyen los gritos "Neruda, Neruda, el pueblo te saluda", uno puede entender el que, más allá de que seamos un país que tiene dos premios Nobel de Poesía -lo que es bastante, es mucho decir-, la creación poética no es entre nosotros sólo un género literario, sino algo que abarca el sentido global de la colectividad, o al menos de un sector importante, de ella. Entonces, desde este punto de vista yo me siento absolutamente inscrito en la poesía chilena, soy como una molécula de ella, como una gota de agua sumida en esa corriente, que para mí es más que el concepto restringido de poesía chilena; tal vez habría que hablar de poesía latinoamericana, una poesía en nuestra lengua que tiene hitos tan grandes como Huidobro, como Gabriela Mistral, Neruda, de Rokha, César Vallejo. Yo me siento partícipe de esa corriente, aportando algo o quizás no aportando nada, como alguien que recoge muchas veces lo que significa el quiebre, ese quiebre absoluto que fue el año 73 para Chile, momento que, para muchos que nos quedamos en el país, nos produjo en una primera instancia la sensación de que había que partir desde cero, desde la nada, porque los intelectuales chilenos, los poetas chilenos habían partido al exilio, y por la represión sangrienta que vivíamos y porque aparentemente se había producido un corte rotundo. Y la sensación de soledad, de aislamiento que fueron los primeros años después del golpe militar, y que de algún modo se ha reflejado en nuestra poesía. Lo que hemos vivido lo hemos ido incorporando a nuestra obra. Con el tiempo se terminó por entender colectivamente que en realidad no había habido tal corte, se trataba de una tragedia, de una derrota en el terreno político y militar, pero no, por así decirlo, en el campo ideológico, en el campo de las ideas. Neruda y Gabriela Mistral sintieron que el presente no es algo absoluto porque ahí están las huellas de la historia anterior, en la que se descubre un pueblo que soñó con un destino distinto. Eso es lo que se refleja de cierta manera con el Canto General, y lo que nosotros -me refiero a los poetas y a los artistas que han surgido después del 73 hemos hecho no es sino retomar, a partir de la tragedia, lo que se viene gestando históricamente, y que trasciende con mucho el drama vivido en Chile estos trece años. En el fondo, lo que hemos hecho es trabajar con el imaginario de nuestro pueblo, porque un poeta, por delirante que sea, por vasta que sea su visión poética, nunca irá más lejos que lo que su pueblo pueda imaginar.

Estoy, entonces, en la corriente, y vivo el quiebre y siento que me he quedado sin modelo; en ese momento toda la poesía nerudiana no me sirve, como tampoco me sirve el lenguaje coloquial de Parra, porque la oralidad del discurso ha cambiado de jerarquía. Fue necesario, pues, partir desde la nada para después, con el tiempo, reencontrarse con el sentido histórico que nos antecede con mucho y que es también, por otra parte, lo que le otorga una cierta garantía de futuro.

-Has mencionado a diversos poetas del pasado. Pero a propósito de los más recientes, los de tu generación o de la promoción anterior más inmediata, ¿te sientes de algún modo ligado a ellos, o habrá que considerarte algo así como un lobo solitario?

-Yo no me siento en ningún sentido un lobo solitario, desde el momento en que participo en todos los actos solidarios que se realizan en mi país, en las poblaciones, en los sindicatos, entre los estudiantes. En la medida humilde de mis posibilidades, estoy en todo lo que tenga que ver con el destino de Chile. Creo que desde niño sentí que tenía este compromiso con la historia. A los siete años ya me gustaba Salvador Allende; no sé por qué, pero me gustaba. En cuanto a mi relación con los demás poetas como compañeros de trabajo, creo que plantearse diferencias estéticas, diferencias literarias en medio de una situación tan concreta como la que nos envuelve a todos es lisa y llanamente ridículo. Me siento partícipe de la generación a que pertenezco, también de los más jóvenes, así como de aquellos que en el momento del golpe tenían diez años más que yo. Es la corriente. Ahora bien, desde el punto de vista estrictamente de la construcción de la obra, yo hago una lectura de la historia de nuestra literatura, nuestra literatura hispanoamericana, que pasa por los grandes poetas, por Neruda, por Vallejo, especialmente; y por los narradores, porque yo creo que, en realidad, ellos continuaron el legado del Canto General, tomaron el relevo. No fueron los poetas, sino que fue García Márquez, tal vez Donoso, en cierto sentido Vargas Llosa. La gran poesía latinoamericana después de Neruda es la narrativa. Los poetas como que se achicaron, salvo probablemente Nicanor Parra, Ernesto Cardenal. Como que se volvieron hacia sí mismos, interrogándose sobre su propia naturaleza. Y yo creo que cuando eso ocurre y cuando alguien ya no se hace preguntas sobre lo que ocurre a su alrededor, es porque de algún modo se está muriendo, y el desafío "textual", por así decirlo, tal vez sea en realidad entender que se han escrito grandes gestas, que la poesía pasa por el Canto General, por las Residencias, por Trilce, pero también pasa por Cien Años de Soledad y por Pedro Páramo, por las grandes obras narrativas que se han escrito en nuestra lengua, que ya están hechas y que no pueden dejar de ser tomadas en cuenta. Entonces, en un sentido, mi relación con la literatura pasada y con la del presente tiene que ver -y lo digo sin ningún pudor- con las "grandes obras" hechas en nuestros países. Esas son las que realmente me afectan, lo cual no quiere decir que, como compañero de oficio, como colega, no me sienta integrado y participante de toda una generación de autores nuevos, en la que hay gente muy buena, que apenas está apareciendo, jóvenes de veinte, veintidós años, jóvenes increíbles, gente formada en los años de la dictadura y que, sin embargo, tienen una visión sorprendente.

-Hubo una etapa en tu poesía, la de las "acciones de arte", que, mirada desde lejos, desde el exilio, nos resultaba, tal vez injustamente, un poco "dadaísta".

-En realidad, las "acciones de arte" surgen en Chile a partir del año 79 en el interior de un colectivo que fundamos un pequeño grupo de personas y que en ese momento se propuso justamente eso: organizar "asociaciones de arte". Hay que tener en cuenta que en ese momento se estaba todavía lejos de lo que años después llegarían a ser las protestas masivas, y estas "acciones" fueron una tentativa concreta de respuesta con ocupación de escenarios públicos: calles, museos y sitios por el estilo. Se lograron cosas bastante espectaculares, como esa acción en que se tiraron cuatrocientos mil panfletos sobre Santiago desde seis aviones. Todo lo que hacíamos era una mezcla de esfuerzo y astucia, y nuestra pretensión fue siempre lograr la masividad, irrumpir en los escenarios colectivos, desenclaustrar la obra de arte de la galería en que estaba sumida, rescatarla del parroquial ismo, sacarla hacia afuera. En cierto sentido fueron acciones que, a mi juicio, recogieron un legado histórico que no había sido atendido antes.

Trabajamos con los pobladores, con los compañeros de los centros culturales; el primer trabajo grande que hicimos fue justamente en una población; se llamó "Para no morir de hambre en el arte". Pensábamos que lo que hacíamos era equivalente, en una situación histórica completamente distinta, a los murales que habían hecho las brigadas Ramona Parra antes y durante la época de la Unidad Popular.

Cuando, tiempo después, surgen las protestas, la "acción de arte" como tal, deja de tener todo sentido. Así lo sentimos cuando el cura André Jarlán es asesinado en la población La Victoria, y los pobladores cubren con velas encendidas todas las calles que conducen a la parroquia. Allí supimos definitivamente que la "acción de arte" estaba absolutamente cumplida, ampliada, puesta de manifiesto por la creatividad, por la dolorosa creatividad de nuestro pueblo.

Yo creo que la "acción de arte" fue en un momento bien preciso de nuestra vida una respuesta a la brutalidad del presente que enfrentábamos en ese instante, una respuesta absolutamente pasional, pero concreta, que implicaba todo tipo de riesgos en el sentido personal, y que fue entendida por quienes participamos en una de sus etapas casi como un trabajo político, como el que hacían los cantores y los poetas que iban a las poblaciones y cantaban o leían sus poemas ante diez. quince personas, a veces mucho menos. Las "acciones de arte" constituían, es cierto, por así decirlo, otro mundo, y ahora tal vez entienda que probablemente aquellas experiencias de los cantores representaban una actitud más rotunda a la larga que las "acciones de arte", pero éstas, de todos modos, fueron una forma de respuesta social concreta desde la creatividad. Al menos, lo fueron para mí.

- En todo lo que dices está presente el contexto político chileno, todo lo cual no parece que te enfrente necesariamente al riesgo de tener que escribir poesía política, en el sentido panfletario del término. Me gustaría escuchar tu opinión sobre esto.

-Bueno, yo no creo que lo que sostengo signifique: ergo "poesía panfletaria", ni cosa que se le parezca, aunque respeto a quienes hacen una poesía de corte panfletario. Yo creo que el panfleto es necesario en ciertos momentos; está bien, entonces, y cumple una función. Pero, personalmente, no creo que la ecuación se resuelva por allí, porque la poesía es una crítica del presente, pero es también una pelea en un terreno muy concreto, el del lenguaje, terreno que es probablemente uno de los primeros que trata de hacer suyo cualquier sistema fascista. Pensemos que una de las más atroces dictaduras sudamericanas, tal vez la más represiva y más sangrienta, se denomina a sí misma "gobierno autoritario", y nos daremos cuenta que en este caso la pelea está entablada en el campo de las palabras, y que quienes mejor pueden darla son los creadores, los que trabajan con la palabra. Hay una lucha concreta en el dominio del lenguaje, en esa parte de la memoria colectiva que es la lengua que hablamos, y en la cual también podemos quebrar el proyecto fascista para Chile.

En todo esto está bien nuestra medida de libertad, de la posibilidad del cambio, de nuestro futuro (acerca del cual no tengo duda alguna). En este terreno, a pesar de la censura y de los efectos profundos que produce en cuanto a la conformación de las ideas (que es más importante que el simple problema administrativo de censurar), nuestro deber es trabajar, con toda humildad pero también con toda nuestra capacidad, por lograr lo que es, en el fondo el gran sueño colectivo; la aspiración a ser felices, y que para mí se encarna en la construcción de una sociedad sin clases, aunque sea bastante probable que yo no la veré. El artista se debe un poco, si no por entero, a esos sueños.

-Tu tono afirmativo me hace recordar, por contraste, lo que le oía en Madrid a alguien que salía de Chite inmediatamente después del caso de los degollados. Hablaba de rebelarse contra la "cultura de la muerte", contra esa vida -decía- que consiste en estar yendo constantemente a enterrar nuestros muertos al cementerio. ¿Cómo te afecta esto a ti?

-Cada vez que uno participa en los entierros u otras ceremonias que se realizan en el cementerio, uno recuerda que en Chile ha habido miles de desaparecidos que no han sido enterrados, y entonces uno entiende la importancia que tiene el rito fúnebre. Antes, probablemente, no lo entendían así, creían que era una lesera, algo retórico. Pero ocurre que cuando hay desaparecidos, desde el momento en que hay un solo desaparecido, un solo muerto, un degollado, todos los demás pasamos a ser sobrevivientes y hablamos como sobrevivientes, y no se trata entonces, de que con el rito fúnebre estemos fomentando una cultura de la muerte, sino lo contrario: puesto que hay muertos concretos, degollados, torturados, desaparecidos, gente que sufre en el exilio, esto se convierte más que nunca en una cultura de la vida. Así lo entiende uno, con toda su fuerza y evidencia, cuando va al cementerio a recordar, por ejemplo, a José Tohá, o a rendir homenaje a Nattino, Guerrero y Parada, o en el hecho de viajar a Lonquén. Por supuesto que no creo, entonces, que haya algo tenebroso o llorón en el acto de ir al cementerio a enterrar a quienes de una u otra forma, de tantas maneras, han caído en esta lucha, en esta pasión colectiva. Acompañarlos, acordarse de ellos, tenerlos presentes es la afirmación más rotunda y visceral que un pueblo pueda hacer para reafirmar su derecho a la propia vida. Eso no es, repito, una cultura de la muerte, sino, justamente porque se trata de muertos concretos, es una cultura de la vida.

Nosotros hablamos como sobrevivientes. Esa historia de los degollados fue algo tan absolutamente brutal, un crimen tan innecesario, tan estremecedor, que sentimos la vergüenza de ser sobrevivientes. Pero al mismo tiempo sentimos también la infinita alegría de sabernos vivos, de participar de esta vida, de poder ver, de poder sentir, todo lo cual tiene algo de milagroso, y es, a pesar de todo, una maravilla. Los que hacemos poesía y hacemos literatura y hacemos arte, creo que hacemos estas cosas, en el fondo, por una necesidad infinita de amparo, de afirmación rotunda de la vida.

- Para terminar, querría conocer tu opinión a cerca de una tendencia que ha prendido entre algunos creadores chilenos del exilio, particularmente del exilio europeo, y que consiste en sostener que el arte no tiene identidad nacional. A algún poeta chileno se le ha escuchado decir: "¿Y qué es poesía chilena? La poesía chilena no existe. Existe la poesía, sin apellidos, y mi único deber es ser poeta. Punto".

-Yo creo que eso no es así. "Mi deber es ser poeta". ¿Qué significa eso? Recuerdo a alguien que me merece mucho respeto, que en alguna época decía que el único deber de un escritor de izquierda era escribir bien para poder dar un buen testimonio de su época. He visto a muchos que sostenían el mismo argumento y que con el tiempo se han pasado francamente del lado de los reaccionarios. Claro, no todos, pero sí recuerdo varios casos. No me refiero, por cierto, a escritores chilenos.

Yo creo que no. Yo creo que el verdadero deber de un artista es plantearse, a pesar de todas las evidencias, de las apariencias en contrario, de que es posible la construcción de un paraíso, o sea, de que es posible la construcción de una sociedad sin clases. Planteárselo ahora, aquí, cuando todo indica exactamente lo contrario. Y en cuanto a la poesía chilena, existe. Claro que existe. Probablemente no exista una patria, probablemente no tengamos patria, pero sí existe el amor a la patria. Eso es algo que hemos entendido: patria es, en realidad, amor a la patria. Entonces, todo lo que sea ese amor a la patria, que puede abarcar Chile, Argentina, Sudamérica, que puede abarcar todo, una lengua incluso, eso en realidad es nuestra patria; es el amor que sentimos hacia todas aquellas cosas que sabemos que son nuestras, y es nuestra también nuestra poesía, y nuestra poesía tiene necesariamente una identidad, una identificación, tiene un carnet. No creo que se pueda plantear seriamente eso de que "Soy poeta, que es lo que importa". Me parece una afirmación presuntuosa, el mejor camino justamente para no serlo.


EL POETA NO SE QUEDA CON EL INFIERNO

Palabras de clausura del encuentro tenido entre el poeta Raúl Zurita
y la comunidad chilena residente en Moscú.

A Moscú, ciudad tan importante y tan lejana de Chile, suelen venir compañeros de nuestro país, que son acogidos con enorme cariño, inmensa curiosidad e interés por lo que pasa allá. Y así hemos tenido a través de trece años (porque en seis días más yo cumplo trece años de estar aquí) dirigentes políticos, sindicales, juveniles, mujeres, campesinos, indígenas, jóvenes; pero hemos tenido pocos poetas. Y esta noche tenemos aquí al más importante poeta de la nueva generación de nuestra patria: Raúl Zurita.

Ha sido una gran revelación para él, nos lo ha dicho, llegar a esta tierra, sentir el país, el pueblo y descubrir una dimensión muy profunda de la paz. Me parece que esta dimensión se la ha dado todo lo que ha visto, pero particularmente un hecho concreto al cual ha aludido: el cementerio de Piskariovskie en Leningrado.

Ustedes han escuchado lectura de fragmentos de su poema y creo que se explicarán también por qué esa impresión de Piskariovskie lo ha golpeado tanto y le ha producido tan fuerte impacto. Yo creo porque nuestro Chile es también, a su modo, un cementerio Piskariovskie. Han muerto más de treinta mil chilenos asesinados por la dictadura fascista y luchando por la libertad, así como murió cerca de un millón de leningradenses para enfrentar al asaltante nazi y cayeron veinte millones de soviéticos para que esta tierra fuera libre, salvar Europa y la humanidad.

Los nuestros, sin proponérselo, están haciendo lo mismo. Antes, sin saber nada de Piskariovskie, Raúl Zurita lo intuyó en Chile.

Su último poema (algunos pedazos los ha leído aquí). Canto a su Amor Desaparecido toca precisamente el mismo tema, morir para vivir, para ser libre. Yo quedé muy impresionado cuando lo leí, entre otras cosas porque tiene algunos dibujitos, que no los ha mostrado aquí, que son tumbas, la "nichería", como dice, de los caídos. Cada nicho tiene un nombre, que no es el nombre de una persona, es el nombre de un país. Porque, al fin y el cabo, los desaparecidos no constituyen un triste privilegio chilena Los hay en Argentina, en Uruguay, en Brasil, en nuestra Sudamérica, infinitamente desdichada bajo la dirección del Gran Director de Orquesta de estas aberraciones, y también de sus trágicos músicos, los ejecutantes criollos.

Yo creo que Raúl Zurita tenía que venir aquí para encontrarse de alguna manera con su yo profundo porque al fin y al cabo Piskariovskie tiene una característica parecida y distinta: es uno de los cementerios más poblados del mundo y no hay un nicho. Es, como en Chile, el símbolo de un cementerio sin nombres, porque representa la muerte desatada contra una ciudad, contra un país, contra el Hombre. Todos esos cuerpos , centenares de miles, cubiertos por la nieve en las calles, fueron enterrados en conjunto y ahora están tapados por el césped. Descansan bajo el prado de pasto verde y brillante, porque ellos lo abonan. Y si la memoria humana no existiera, si la poesía no lo hubiera registrado, tal vez poco lo recordaríamos. Pero está la poesía también como memoria, como constancia escrita para que las generaciones futuras sepan, porque el gran enemigo sobre todo actúa borrando la historia, acallando sus crímenes, de tal modo que las nuevas generaciones nunca sepan lo que realmente, lo que atrozmente sucedió. Y si las nuevas generaciones no lo saben, los crímenes del pasado, se volverán a repetir en el futuro.

Creo que Zurita ha encontrado una parte de su ser poético chileno también en la Unión Soviética. Cuando él aludía a su abuela genovesa con su obsesión de hablarle sobre el Infierno, estaba también previendo -sin saberlo ella misma- el futuro, que alcanzaría a su nieto, porque estaba hablando del pasado. Se refería a un poeta, Dante Alighieri, quien escribió sobre el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso en la Divina Comedia. El poeta toscano adelantó los horrores del futuro, aunque yo a veces sospecho que el señor Pinochet lo dejó chico inventando torturas que no están descritas en ningún círculo del infierno. Eso quiere decir que ese libro hay que seguir escribiéndolo, ojalá no sea eternamente. Es lo que está haciendo un poeta como Raúl Zurita, al escribir su Purgatorio, su Anteparaíso, su Canto a su Amor desaparecido y La vida nueva. Porque, al fin y al cabo, él no se queda con el infierno. El hombre tiene que buscar el paraíso, la vida nueva, aunque la vida nueva nunca sea el paraíso, pero es un proyecto de paraíso. Es el ansia de felicidad y de respeto por el ser humano.

Por eso, querido poeta, el mejor embajador que nos podía enviar la poesía de nuestra patria -estoy seguro que será así- quiero que cuentes allá a los escritores, a los estudiantes, a los obreros, a los pobladores, a las mujeres, a todo chileno antiifierno, esta experiencia, que acá has visto una página de la vida nueva. Y también a un puñado de exiliados, compañeras, compañeros, jóvenes casi todos, que han venido a escuchar a este poeta que estiman su poeta.

Neruda murió, como todos sabemos, doce días después del golpe. ¡Neruda vive! ¡La poesía vive! ¡Viva la poesía!

VOLODIA TEITELBOIM


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03