Chile Vive

CHILE VIVE

Raúl Zurita - Carlos Orellana

Estos textos han sido escritos a propósito de la jornada denominada Chile Vive, que se realizó en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes, entre el 19 de enero y el 18 de febrero del presente año, con el auspicio del Ministerio de Cultura del gobierno español.

Araucaria de Chile. Nº 37. Madrid 1987.

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Raúl Zurita
ARTE Y AUSCHWITZ

Probablemente no hay más sueños que el sueño colectivo. Desprendidos de un mundo, cuyo escepticismo pareciera no ser más que una respuesta tardía a un problema cuyo espectro se ubica en el centro de nuestra época: el problema de Auschwitz y sus múltiples repeticiones contemporáneas, asistimos en general a un quiebre que primero aparece como una pérdida de sentido y de la idea de la historia para, finalmente, terminar escudándose en una catatónica desesperanza. Es lo que aquí en España llaman el «pasotismo». Gran parte de la literatura en nuestra lengua y de su arte da testimonio de ello.

En ese contexto la muestra Chile Vive representa probablemente una actitud distinta. Una forma que sin caer tampoco en esa otra cara del pasotismo; el arte dirigido, no puede resolver por cierto el problema de Auschwitz y sus manifestaciones actuales: la dictadura de Pinochet, el Líbano, el Apartheid, El Salvador, pero si al menos constituye un intento por responder frente a él.

No se trata que tanto dolor, muerte y asesinatos concretos que hemos sufrido en tantas partes del mundo nos obliguen, como espectadores, a sentirnos permanentemente culpables por ello, pero sí a comprender que desde el momento en que hay un solo desaparecido en Suramérica, un solo torturado en el mundo o un solo muerto a causa de sus creencias todos los demás somos sobrevivientes y hablamos sólo por eso.

Esa es también la historia del arte. Levantada desde los tiempos más inmemoriales todas las obras que hemos construido; desde los grabados de Altamira hasta el Cien Años de Soledad, cada poema, cada cuadro, cada novela, no ha sido más que una metáfora de la lucha de millones y millones de seres humanos sobre la faz de la tierra por convertirse en seres humanos y por continuar siéndolo. Arte y Auschwitz representan así los opuestos de un mundo en que se ha jugado permanentemente la irrenunciable alegría de ser un sobreviviente al mismo tiempo que la paralizante sensación de sentirnos sonriendo sobre el valle de muertos.

Por supuesto, siempre existirá la alternativa del olvido. Sin embargo, también permanentemente, como en un cuadro de Goya, volveremos a ver repetirse sobre el cielo la revolución y la tragedia, la pesadilla y el sueño y ese mismo cielo que siempre hemos cargado con las desesperanzas de la tierra nos devolverá también siempre la imagen de nuestros propios ojos. Muerte y vida, arte y sobrevivencia, se van encadenando así en una secuencia del cual la poesía y el campo de exterminio no son más que las muestras más dulces y duras de un universo que nos consume al mismo tiempo que nos levanta. El sobreviviente canta su sobrevivencia y al cantar da origen a todo arte. Emergido entonces desde el hecho de la muerte el arte vuelve a dibujar siempre la alegría infinita y el espanto de su nacimiento y su historia recoge al fin el único testimonio real de que efectivamente hemos vivido. Y lo hemos hecho porque esa vida no es también sino una cierta dimensión de nuestros sueños. Por eso también un pueblo, entre tantos otros, puede levantarse desde su Auschwitz y mirar.

Bien, en septiembre de 1973, un héroe delicado y trágico: Salvador Allende murió en Chile defendiendo un sueño cuya concreción finalmente nos sigue concerniendo a todos. Los treinta mil muertos que inmediatamente siguieron fueron el pavoroso saldo del quiebre de apenas un solo sueño de este mundo, como siempre la tragedia fuera el corolario de la delicadeza. No siempre es así y hay también numerosos ejemplos en el mundo que nos lo demuestran. Sin embargo, Auschwitz sigue representando algo que es mucho más que un problema de conciencia. Hoy es Chile y Suráfrica. Ayer lo fue Treblinka, Indonesia, el franquismo. En un mundo en el que sus líderes dan muy poca opción a la esperanza, son, finalmente, las grandes obras que también hemos colectivamente construido las que se nos abren también como una posibilidad de nuestro futuro. Porque existe la Divina Comedia, el Guernica, de Picasso; el Canto General, de Neruda; la barbarie es más bárbara y el asesino es más asesino. No porque esas obras «denuncien» la maldad, sino porque frente a la construcción de su amor el cielo que se nos abre es distinto y también nosotros. Tal como el escultor de Renacimiento esculpía en el mármol también nosotros -espectadores y sobrevivientes de este mundo- tenemos la posibilidad y la responsabilidad de esculpir colectivamente con nuestras vidas nuestra propia Pietá. Salvador Allende, como tantos otros, fue una parte de ese tejido y la tragedia de Chile, un estilo de morir, pero también la emergencia del nuevo canto de sus sobrevivientes.

Allí probablemente se pueda sintetizar el correlato de la muerte, del sueño y de la sobrevivencia, del arte y Auschwitz. Chile vive porque más allá del fatalismo que encierra necesariamente esa frase, los pueblos sueñan y es el sueño también su modo de entender la muerte y desplegar desde ella las enigmáticas imágenes de su futuro. Hace siete siglos un florentino ya lo había entendido. En la última página de «La vida nueva», Dante prometió escribir una obra en la que esperaba «decir aquella bienaventurada lo que no ha sido dicho jamás de mujer alguna». Muchos años después terminó la Divina Comedia, pero para que esto se cumpliera, su amor tuvo que morir. Bien, desde otro hemisferio, bajo un cielo invertido, es probable que nuestros pueblos hayan siempre intentado el viaje inverso para pasar no de la promesa a la obra, no de la vida nueva a la comedia, sino que un poco más puros, pasar de la comedia a la vida, de la obra a la promesa, del Viejo al Nuevo Mundo; a las orillas de esta tierra que a pesar de todo nos ama. Si Chile vive es porque eso -contra todas las evidencias- quizá es posible. Morir es una parte de esa vida nueva y su coste, fatalmente, nos concierne a todos en este mundo despierto. Salvo que nadie quiera ya más que su amor se muera.

2
HOMENAJE A UN PUEBLO PERTINAZ

Carlos Orellana

Los chilenos de Madrid también acudimos, como miles y miles de españoles, todos los días, durante un mes entero, a constatar una verdad que no nos coge por sorpresa: a pesar de los ya casi catorce años de Dictadura, Chile Vive. Lo prueba su cultura: sus poetas, sus pintores, sus fotógrafos, sus teatristas, sus cineastas, sus editores. Estas manifestaciones viven, lo que demuestra que el país está lejos de haber muerto.

Como bien lo expresó alguien en uno de los coloquios finales, en Chile la cultura nunca estuvo muerta, ni siquiera en los años iniciales de la tiranía, en que la capacidad nacional de respuesta no lograba todavía articularse. Sólo había una suerte de «silencio cultural», producto del explicable miedo, del estupor, el acoquinamiento y la angustia, y de la muerte o mutilación de los soportes anteriores, de los medios de que otro tiempo se dispuso.

Fue la propia prensa del régimen la que acuñó el término: «apagón cultural». La cultura estaba adormecida, sumida en un letargo, arrinconada en la penumbra. El silencio tenía, entre otras cosas, una explicación: faltaban las voces de los ausentes, y en cuanto a los presentes, la mayoría tardó un tiempo en hallar las vías de los nuevos lenguajes y códigos posibles.

La cultura había sido en Chile, mayoritariamente, expresión del anhelo democrático, del culto a la justicia, del afán de progreso. El fascismo no pudo aplastar esos contenidos y tampoco fue capaz de crearse una cultura propia. Aquel impulso creativo inmovilizado en una somnolencia transitoria, terminó por despertarse y recuperar la totalidad de su aliento. Y Chile vive hoy en él, renace en él, porque todo lo que es ahora importante en la plástica, las letras, la escena, la música, en el conjunto de lo que es creación cultural en el país, está de un modo u otro impregnado del rechazo al orden dictatorial, del repudio al oscurantismo y al crimen. Su salud se ha restablecido afirmándose en los mismos valores humanistas que fueron siempre los suyos.

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Desde el principio pareció que había, tal vez, dos líneas distintas en la interpretación posible del torneo, en el modo de asumir este fenómeno de una cultura que reverdece. Una era la del «espejo», que se delataba, según algunos, en el logotipo del encuentro que, sabiamente invertido, producía un efecto hipnótico indudable cuando lo mirábamos (nos miraba) en los enormes y espectaculares carteles distribuidos en vallas callejeras y en paneles del «metro». Veámoslo:

El «espejo» tiene en spécere una lejana raíz latina común con «especulación», lo que podría significar que el guiño gráfico nos está invitando al tan en boga «análisis del análisis» o al «discurso a propósito del discurso». Otra lectura alternativa: la reivindicación de la imagen «desde el otro lado del espejo», es decir, más allá del tópico, del odiado lugar común al que suele ser arrastrado el arte por coyunturas políticas «deleznables».

Si ésa fue la idea que algunos tuvieron en su cabeza, lo cierto es que el torneo anduvo exactamente por la senda contraria. No prosperaron, porque no hallaron eco, ni la prédica ecologista de uno de nuestros poetas mayores (prédica que todo el mundo sabrá con el tiempo perdonar u olvidar, porque las travesuras -veniales- cometidas en vida por el poeta nadie las recuerda cuando se juzga, después de su muerte, que la obra poética es buena), ni los estallidos, dictados más por la ira que por la inteligencia, de ese anticomunismo de los años 80 que le causa más daño a sus autores que a los propios comunistas.

La «especulación» quiso tal vez ser la cuestión central del coloquio sobre Cultura y Sociedad. Lo logró a medias. (Pero de eso hablaremos hacia el final de esta nota). Se manifestó, además, en ciertas conductas vacilantes o ambiguas, como esa idea, por ejemplo, bastante sorprendente, de haber metido en la muestra de publicaciones, ejemplares de la prensa chilena oficialista. Como si Chile «viviera» en la páginas de El Mercurio o de La Tercera. Si eso hubiera correspondido a una política coherente, alguien podría preguntarse por qué sólo se mostraron libros de las editoriales de la oposición -que era el propósito- y no, también, por ejemplo, de las editoriales Andrés Bello o Lord Cochrane, incluidas, para que el cuadro hubiera sido completo... las obras de Campos Menéndez.

Esa ambigüedad flotaba también en ciertos aspectos de la muestra de Arquitectura y en la información social y económica que proporcionaban los paneles dispuestos en el gran salón central.

La segunda línea -la verdadera, diríamos, aunque bastaría precisar: la única que justifica el formidable despliegue de recursos que significó montar en Madrid esta gran manifestación- se expresaba de golpe, casi con efecto de shock, al enfrentarse el visitante en la acera de la calle Alcalá frente al Círculo de Bellas Artes, sede del torneo, los dedos ciclópeos que esculpió Mario Irarrázaval. El enterrado, el desaparecido entrevisto en el infierno donde ha querido condenárselo. El escultor rescata en la imagen de la mano emergente la voluntad desesperada y furiosa de quien no se resigna a morir. Viendo luego en la planta de la exposición de plástica los otros trabajos de Irarrázaval, muchos descubrieron con asombro y emoción la escultura que querremos ver en alguna plaza de Santiago del Chile libre: unas pocas docenas de seres sombríos, figuras fantasmagóricas encorvadas por el sufrimiento y la espera, que han juntado sus cuerpos y sostienen una losa colosal. Su fuerza reunida es mayor que el peso de la enorme lápida. El título de la obra: «Homenaje a un pueblo pertinaz».

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Los chilenos de Madrid, como todos los chilenos exiliados, donde quiera que se encuentren, tenemos mucho de vagabundos o de náufragos, de modo que allí estuvimos, recorriendo varias veces los cuatro pisos en que se agruparon las diversas secciones de la muestra. Un imán irresistible ejercía sobre nosotros la exposición de fotos. Treinta y dos fotógrafos, jóvenes en su gran mayoría, ofrecían una imagen del país dilatada, diversa e intensa. Todos los estilos y temperamentos concurrieron para iluminar el rostro de Chile: su geografía física y humana, el perfil de sus hombres y su drama. Una síntesis sobrecogedora: la fotografía de Jorge Laniszewski que recoge el instante de dolor mayor de la familia Parada-Maluenda el día del entierro de José Manuel.

En pintura estaban, tal vez no todos, pero sí los más importantes, como Roser Bru, Gracia Barros y José Balmes (de los que puede decirse lo que en el catálogo de Chile Vive se afirma de la primera: «su obra es un testimonio consciente y un grito de alerta contra la destrucción y la muerte»), Nemesio Antúnez, encantador de la nostalgia popular y ciertos mitos cotidianos (tangos, volantines, camas), Ricardo Yrarrázaval, Rodolfo Opazo, Eugenio Dittborn. Y otros más. Entre los más jóvenes tal vez no le falte razón al crítico español que hizo notar una cierta sintonía con las «tendencias neoyorquinas recientes». No advirtió, sin embargo, cómo en uno de los cuadros de Gonzalo Díaz la complicidad con Andy Warhol parecía insuficiente para disimular la intención que parece querer subrayar el título: «Madre, esto no es el paraíso».

Presidía el salón de pintores y escultores un cuadro monumental pintado expresamente por Roberto Matta para la jornada: «Munda y desnuda: la libertad contra la opresión». «Munda», es decir, «limpia» -lo contrario de inmunda- que ilustra la sabiduría e intensidad con que el maestro ha sabido instalar la condición humana en su cosmos interplanetario. Matta será travieso y socarrón, pero no ha perdido por eso los estribos de una cierta civilidad fundamental.

En el cuarto piso estaban los libros. Una muestra que podría haber sido mucho mayor, porque en Chile se vive desde 1983, pero en particular desde el levantamiento del estado de sitio a mediados de 1985, un sorprendente auge en la publicación de libros. Pehuén, LAR, Sinfronteras, Emisión, Terranova, Ornitorrinco, Galinost son, entre otros sellos, las puntas de lanza de una actividad editorial de oposición que, por su prestigio, audacia y agudeza crecientes han terminado por provocar la cólera del Dictador. También estaban las revistas -Análisis, Apsi, Fortín Mapocho, Cauce, etc.- cuya verdadera importancia sólo la pueden medir quienes, en el interior de Chile, se han sentido en la oscuridad, como perdidos, cuando el gobierno las ha clausurado.

En ese mismo piso se exhibían, en tandas continuas, videos sobre los aspectos más diversos de la vida nacional. Faltos de recursos, de infraestructuras mínimas de apoyo, los cineastas chilenos se han refugiado en el video. Y lo que han hecho es a veces, por muchos conceptos, verdaderamente notable. Algunos nombres: Patricia Mora, Andrés Racz, Lotty Rosenfeld, Carlos Flores, Ignacio Agüero, David Benavente, Pablo Salas. Una experiencia colectiva sobresaliente: Teleanálisis, que en dos años ha producido alrededor de setenta reportajes sobre la realidad chilena. Toda nuestra historia cotidiana está allí, filmada a menudo con riesgos ciertos para la vida de quienes la han recogido en imágenes.

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Pero no todo consistía en la simple exposición estática de objetos. No era estático, desde luego, el ejemplo de «arte corporal» ofrecido por Carlos Leppe. Tampoco las veladas musicales, los recitales de poesía, los coloquios.

Poco se pudo conocer del llamado «canto nuevo», acerca del cual principalmente se oyó hablar (debate entre Ricardo García, Carlos Necochea, Isabel Aldunate, Eulogio Davales, Cristina González, más los españoles Rosa León y Víctor Manuel). Pero los conciertos fueron de alto nivel: Roberto Bravo, Eulogio Davales. Capítulo aparte -y una de las jornadas inolvidables del torneo- fue la serie de presentaciones de Isabel Aldunate. La magia en la comunicación con el público alcanzó su clímax en las interpretaciones que la cantante hizo de «Volver a los diecisiete», «El cautivo de Til-Til», «Libertad». Se rubricaba con ellas la certeza de la plena continuidad de valores en la creación artística universal: no hay ruptura en la transición entre lo mejor de nuestra música (Violeta Parra, Patricio Manns) y un elevado hito de la poesía europea (Paul Eluard).

La emoción no fue menor con las obras de teatro. La secreta obscenidad de cada día basa su impacto en el juego de la provocación constante. Lleva una y otra vez al espectador al borde mismo del precipicio -el desconcierto, el malestar, la duda-, lo acosa con un humor sórdido, delirante, a ratos feroz, y lo trae de nuevo al camino para conducirlo al fulgurante final, que lo deja literalmente sin respiración. La mordacidad e ingenio de la metáfora y la inteligencia del propósito -afirmados en una sólida construcción teatral y en una estructura escénica de extrema simplicidad hacen de esta obra de Marco Antonio de la Parra un modelo del teatro chileno de hoy, desgarrado a pesar de su comicidad y demoledor detrás de su aparente inocencia.

Se vieron también Ardiente paciencia de Antonio Skármeta, Baño a baño de Guillermo de la Parra y Jorge Vega, y Esplendor carnal de la ceniza de Jorge Díaz. No se mostró nada de Juan Radrigán, lo que no es sólo lamentable sino inexplicable, porque se lo trajo, no obstante, para participar en el coloquio sobre teatro.

Estuvo presente también la poesía chilena.

Los poetas chilenos llegan siempre por la puerta grande. La abrieron hace tiempo Gabriela Mistral y Pablo Neruda; este último, sobre todo. Los que les han sucedido han vivido tal vez la pesadilla de no poder ser tan grandes, aunque los ha favorecido la magnitud de la exigencia: han debido sumar -conforme al consejo clásico- el talento con el sudor, con lo cual han terminado por hacer de la poesía chilena una de las más dignas y sólidas construcciones poéticas de la lengua española.

De esa gran calidad dieron fiel muestra los cuatro poetas invitados al encuentro.

Hizo bien Nicanor Parra en haber incorporado a la lectura su «Defensa de Violeta Parra» y otros textos más cercanos al momento de su cénit. Su cultivo de lo coloquial, más las cuotas desacralizadoras de humor y escepticismo -la adición que ha hecho de él un poeta Hacedor de Historia- no parecen ser hoy tan eficaces ni tan pertinentes (cualidad necesaria hasta en la impertinencia) como lo fueran en otro tiempo. El lenguaje (la sintaxis) de la gente común cambia con los años conforme se transforman sus tristezas y sus alegrías, sus propósitos y sus anhelos. La gente misma cambia, y sus intérpretes no pueden dejar de tener esto en cuenta. ¿No está de acuerdo con esto el antipoéta?: ¡Répondez, s'il vous plaît!

Díaz Casanueva aportó la severidad y la serenidad de un poeta que ha trabajado la imagen poética como un orfebre del sueño y del discurso metafísico. Pasada la setentona, dando pruebas de una verdadera madurez, ha ensanchado su universo suprarreal con los requerimientos de una cierta infrarrealidad: el hijo que peleó en la guerrilla sandinista, al que saluda con su «Traspaso de la antorcha» y el niño negro de Robben Island inmolado por el apartheid.

A Enrique Lihn le hubiéramos querido oír alguno de sus inolvidables «Monólogos». Leyó «La pieza oscura», que viene a ser casi lo mismo, porque igual nos instala en la misma intensa nostalgia. Todos estos poemas están en el libro cuya desolada lucidez lo convirtieron, junto con su cuento «Agua de Arroz», en piezas literarias emblemáticas de una parte de nuestra generación. Leyó también unos espléndidos poemas, «Paseo Ahumada», que trasuntan con una cierta ferocidad la atmósfera de los años de la Dictadura. (¡Cómo querríamos quedarnos sólo con la obra literaria de Lihn, y poder pasar por alto sus resentimientos políticos, sus furores y algunos odios tenaces!)

Al final estuvo Raúl Zurita.

Fue como asomarse al cataclismo vivo del Chile de la Dictadura. No por la anécdota, que no cuenta mucho en esta poesía, sino por el tono de apocalipsis de su «Vida Nueva», en la que la mirada o el grito no se sabe si surgen del centro de la Tierra o del fondo último del Universo. Zurita no se parece a ningún otro poeta chileno anterior, y ha llegado con la fuerza de un maremoto, con todo el ímpetu y el genio necesarios para «construir una poesía tan vasta como la tragedia chilena». Y más que eso.

Los coloquios, por último.

Fue la parte menos interesante de Chile Vive. Todo concurrió para que así fuera: o porque el número crecido de participantes sólo permitía intervenciones demasiado sucintas y esquemáticas, o porque las buenas cualidades del artista de valor no siempre corren a parejas con su habilidad para explicar su arte o el de los otros. Hubo debates que habría sido preferible no haber realizado. Como el de literatura, que sólo se justificó por la simpatía de Roberto Matta (interlocutor incidental) y por la brillantez y falta de ambigüedad del escritor español Manuel Vázquez Montalbán.

Hubo otra razón: el que no haya habido, en algunos casos, como en la mesa redonda dedicada a los problemas de «la cultura y la sociedad» una participación equitativa de las varias corrientes que en la oposición chilena tienen de verdad algo que decir en torno al tema. No fue así. La tónica la dieron por eso -junto a algunas visiones parciales sensatas- reflexiones en que prevalecieron las entelequias abstrusas (sociologías fabricadas por alquimistas con vocación de entomólogos) o un sistema de conclusiones en que se nos quiso convencer más o menos explícitamente de lo siguiente: Pinochet es inderrocable, y la Oposición lo hace muy bien... en su papel de oposición, particularmente la Oposición de izquierda.

La presencia en este coloquio únicamente de sociólogos y escritores identificados con las posiciones de la Alianza Democrática, dejó en claro hacia el final de Chile Vive lo que para algunos había sido sólo materia de sospecha a lo largo de su desarrollo: que el gobierno español había hecho este formidable despliegue de recursos -sin precedentes, que sepamos, en la organización de torneos de esta naturaleza- para apoyar al Chile democrático y a su cultura progresista, eso es absolutamente cierto, pero sin descuidar algo que a menudo se advierte en su acción solidaria hacia nuestro país: el privilegio de una línea que tal vez no sea siempre muy clara en sus preferencias, pero que no deja lugar a dudas en cuanto a sus aversiones.

Como quiera que sea, repetimos lo que nos tocó decir cuando expresáramos nuestra decepción porque Araucaria -con diez años de vida en Madrid dedicados a la cultura de Chile- y los títulos de Ediciones Michay -todos, invariablemente, consagrados también a temas de la cultura chilena- habían sido inexplicablemente excluidos de la muestra de publicaciones: «Valoramos, a pesar de todo, el hecho de que esta iniciativa contribuirá a dar fuerza y resonancia a la causa de la solidaridad con nuestro pueblo». Y teniendo en cuenta eso, nos sumamos a quienes han aplaudido la celebración de Chile Vive.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03