La sombra de Luis Vulliamy

LA SOMBRA DE LUIS VULLIAMY

Carlos Orellana - Luis Sánchez Latorre - Jorge Teillier

Araucaria de Chile. Nº 46, Madrid 1989.

1
Carlos Orellana

Al escritor Luis Vulliamy le ocurrió una vez convertirse en objeto momentáneo de la admiración de Pablo Neruda, pero no por su talento literario sino por su extrema destreza para resolver problemas prácticos.

Había ido -hablo de un día ya remoto- con su amigo, el crítico Yerko Moretic, a visitar al poeta en La Chascona. Hacia el final del atardecer se produjo un cortocircuito en el sistema eléctrico y la morada mágica quedó sumida en la semitiniebla. Vulliamy no esperó que nadie se lo pidiera: se dio de inmediato a la tarea de establecer dónde estaba la falla y no tuvo gran dificultad para remediarla. No se limitó a eso; su inspección le permitió descubrir otros desperfectos, y con el asentimiento del dueño de casa se dio a la tarea de corregirlos. Neruda lo miraba poseído de una fascinación absoluta; llamaba a su esposa: «¡Ven, Matilde, ven a ver a este muchacho maravilloso; míralo cómo trabaja con sus manos y nos trae de nuevo la luz!» El poeta, como se sabe, era casi enteramente inútil en las labores manuales, y no escatimaba su admiración por quienes poseían las habilidades de que él carecía.

Me contó esta anécdota Moretic, entre divertido y decepcionado; había previsto el encuentro para que Neruda conociera al entonces promisorio escritor lautarino, y sólo consiguió introducir ante el poeta a un diestro electricista.

Vulliamy sufrió a menudo las consecuencias de esta suerte de doble personalidad: el intelectual que acumula como puede la energía y el tiempo que necesita para su labor, robándoselos al artesano, al trabajador manual. Pocos entre quienes lo conocían en primera instancia podían imaginar la suma de penetrante sensibilidad artística y torrencial talento creador que se ocultaba detrás del experto chofer de camiones, el ebanista y cerrajero, el mecánico de élite, el gasfiter, el mago de los artefactos eléctricos y de la relojería. No muchos sabían por qué -en la época en que trabajaba para la Compañía Chilena de Electricidad- cuando sus acompañantes se encaramaban en los postes para tender los cables callejeros de la luz, Vulliamy permanecía en la cabina del vehículo, afirmado en el volante y con un cuaderno entre las manos. No se trataba de que estuviera absorbido por la bitácora del tendido eléctrico; estaba, invariablemente, ¡escribiendo poemas, o algún cuento, o iniciando o rematando alguna de sus estupendas novelas!

Lo miraban en algunos círculos literarios como de reojo, con recelo y hasta desdén. No podía ser de verdad un escritor alguien que tenía aires y una apariencia exterior muy poco cercanos a la imagen que algunos se forjan de lo que debe ser un intelectual. (Que en su caso sólo se manifestaba por su simenoniana afición a la pipa, en público, y al narguilé, en privado.)

La verdad es que conspiraron contra el reconocimiento público de Luis Vulliamy diversos factores. Perteneció a una generación -la llamada «del 50»- en la que predominaba el escritor proveniente de capas medias más bien altas, donde lo normal era detentar una cierta formación universitaria, algún dominio en el conocimiento de las literaturas europeas más recientes, y una vocación por el tema literario -en narrativa, en particular- de corte «universalista», denominado así por oposición al «criollismo». Antinomia dogmática, sin sentido, que condujo a más de alguien a valorar algún relato -evoquemos un ejemplo disparatado- sólo porque la historia transcurría en Niza y no en Rancagua. Algún crítico importante, inteligente pero despistado, derrochó energías y no pocos litros de tinta para tratar de demostrar que Daniel y los leones dorados, una novela hoy olvidada de un escritor de quien ya nadie se acuerda, marcaba el rumbo de la gran novelística chilena nueva; las razones: su trama se apoyaba en un mito religioso, moda por entonces muy en boga en Europa.

Vulliamy nunca estudió en universidad alguna, y su talante fue siempre el del provinciano, o peor, el del campesino, estilo que incluso cultivaba, lo que no le costaba mucho ya que era en varios sentidos, efectivamente, un campesino. Un campesino suizo, a lo mejor, por su origen, porte y colores, pero campesino al fin, que eligió conscientemente escribir de lo que conocía y comprendía: de su provincia, de su amada/odiada ciudad, Lautaro, y de ese dramático universo tan desconocido en su esencia: el de la vida y la cultura de los mapuches. Fue calificado de inmediato por comentaristas superficiales de «criollista», y aventado del miniolimpo literario de los jóvenes que empezaban a escribir en los años 50-60.

No obstante el fervor casi furioso que puso en su tarea literaria, no pudo nunca romper una suerte de conjuro, por culpa del cual estuvo condenado a subrevivir cumpliendo siempre funciones reñidas con su condición profesional verdadera. Trabajó muchos años, por ejemplo, en una editorial importante, pero a diferencia de otros escritores contratados por las casas editoras para desempeñarse como consejeros literarios, directores de colecciones o correctores de estilo, Vulliamy ocupó siempre allí el flamante cargo de... chofer: su función era manejar la camioneta de reparto de la empresa.

Sólo un crítico importante supo reconocer desde el comienzo, -el año 1957, en que aparece la modestísima primera edición de Piam- el gran talento literario del entonces desconocido Luis Vulliamy. Fue Yerko Moretic, el crítico del diario El Siglo, que se convirtió desde entonces en su defensor, el propagandista de su obra y, con el tiempo, en uno de sus grandes amigos.

En los años posteriores Vulliamy maduraba en edad y en calidades literarias y daba muestras de una laboriosidad no muy común en el mundo de nuestras letras. Publicó varias novelas: Juan del agua. Aquella lluvia lenta. El mejor lugar del mundo. Isla firme. El paraíso de los malos. Me saqué la polla gol, y varios tomos de poesía: Ritual del hombre inquieto. Los rayos no caen sobre la yerba. La oscura luminaria, Déjenme en el paraíso, entre otros títulos.

Hay un largo capítulo -el de nuestra amistad- que dejo por el momento pendiente. Y hay otro más, exclusivamente suyo, que no conozco: el que corresponde a mis dieciséis años de exilio. No supe virtualmente nada de él durante todo ese período, no tuve ninguna noticia suya; hasta este año, en que me enteré de su triste desenlace. La información me llegó tardíamente. La mala nueva la trajo a Madrid su hijo varón, que venía con un presente compensatorio inesperado: su última novela.

Al ahora hombretón -Pocho, apenas, en los tiempos en que era casi un sobrino de brazos- lo reconocí por la misma sonrisa entre socarrona y desamparada del escritor de La Frontera. Su padre, en fin de cuentas; aquel que escribió siempre sobre esa tierra, no porque pensase, como podría sugerir el título de una de sus novelas, que se tratara del «mejor lugar del mundo», sino porque estaba convencido de que sí era, en cambio, el sustrato macizo y necesario, el sitio más seguro y entrañable, el mejor mirador, el más adecuado punto de partida y probablemente el mejor punto también de llegada.

2
Luis Sánchez Latorre

Ha sido una loable empresa de amistad y reconocimiento publicar en una separata de la revista Efímeros este poema compuesto de quince cantos, que Luis Vulliamy dejó en medio de sus papeles inéditos. Efímeros, ¡qué sugerencia de nombre para una revista! Es decir, la vida. Es decir, sic transit... Luis Vulliamy murió casi ayer, o quizá anteayer. El poema se titula «El cumpleaños de mi sombra» y desde su primera estrofa revela al hombre delicado y sensitivo que le dio existencia: «Cuando se piensa en mí / nadie se acuerda de mi sombra; / tan tierna, estupefacta y sigilosa, / que nunca asusta a nadie, / que sabe reír mejor de lo que río...» La presentación es otro poema. Este, de Jorge Teillier, constituye una suerte de retrato de Vulliamy, escrito en septiembre de 1953. El autor de El cielo cae con las hojas describe así a su amigo y paisano de atmósfera sureña: «Tu condición de puelche, de feroz alegría, / tu afán de risa más fuerte que manzanas, / tu aprovechada estirpe de leñador o vago / va iluminando grises barrios, torpes plazas, / oscuras fuentes de soda que se ahogan estúpidamente / entre discos chillones, maltas y la vejez podrida de las mesas; / así desperdigas luz, vas esparciendo días / que zarpan hacia el puerto donde ya no hay recuerdos...»

Entonces Teillier era la juventud misma. También lo era Vulliamy. Teillier, nacido el 35. Vulliamy, nacido el 29. Tengo nítido el suceso, sencillo, modesto, provinciano, diáfano, de la aparición de su primer libro de cuentos: Piam, 1957. En aquellos tiempos los libros no se «lanzaban» en bullangueros actos públicos. El autor, virtualmente desconocido, iba a dejar el suyo en forma personal a quienes consideraba los destinatarios de mérito.

Rubio, tímido, risueño, despojado de formalismos urbanos, Luis Vulliamy parecía un campesino venido de la Europa del norte. «Piam». Para Nicomedes Guzmán y para mí, puesto que ambos teníamos escritorio en común en el Ministerio de Educación, Luis Vulliamy pasó a ser «Piam». No resultaba raro, de esta forma, que yo en ocasiones comunicara a Guzmán:

-Vino a verte «Piam». Te dejó saludos...

Luis Vulliamy, con una aparente pereza de ademanes: fue alcanzado por el vértigo de las publicaciones. ¿Sustentaba la adivinación de que su vida no iba a ser prolongada? Entregaba sin cesar a la estampa libros de poemas, novelas, antologías. En 1960 «Piam», nuestro «Piam», publicó su primera novela: Aquella lluvia lenta; en 1962, acaso la más depurada expresión de su pluma en este género: Juan del Agua. Nicomedes Guzmán, entre tanto, se olvidó de «Piam» y lo invocó de una manera más chilena: «El Rucio». Para Jaime Laso Jarpa, Luis Vulliamy fue «Juan del Agua». Todos esos libros de Vulliamy los guardo como tesoros de la humildad de un gran escritor del sur en el departamento «solarium» de mi biblioteca. Antes de que enfermara de la enfermedad que se lo llevó de este mundo, creí verlo enfermo. Errático, ido, algo despistado con respecto a lo que a su alrededor acaecía. En la conversación tomaba partido por los monosílabos. Hijo de padre suizo, criado bajo el enorme azul del sur, expresaba mucho mejor su interioridad con el brillo de los ojos. En el poema póstumo que ha editado Efímeros, Luis Vulliamy, a quien las nuevas generaciones deberán leer en serio, transmite este sentimiento íntimo: «Y sólo soy un hombre que oculta / la dolorosa existencia de su sombra

Jorge Teillier
Luis Vulliamy

Tu condición de puelche, de feroz alegría,
tu afán de risa más fuerte que manzanas,
tu aprovechada estirpe de leñador o vago
va iluminando grises barrios, torpes plazas,
obscuras fuentes de soda que se ahogan estúpidamente
entre discos chillones, maltas y la vejez podrida de las mesas;
así desperdigas luz, vas esparciendo días
que zarpan hacia el puerto donde ya no hay recuerdos;
pasas, tu nombre desvela trenes, o sureñas casas de madera
o a provincianas muchachas de quinceaños,
pasas, tu nombre enciende un recuerdo
en el figón donde el humo ciñe las formas prostibularias,
recoges la cosecha perdida del mapuche, los piojos artesanales,
y los echas a correr por libros de cuentas o cuadernos.

Ahora la muerte te quiere seguir como perra enamorada,
quizá te lame los zapatos sucios y amarillos;
pero tú estás viviendo, tú la pisoteas,
mientras te dan su férrea estructura los robles y los pinos,
y por tus venas corren como la vida misma,
la subterránea boca de los ríos, las carretas nocturnas,
pone el trigo despierto, pasa el vino que gime en los burdeles pobres,
y el amor te saluda entre relinchos de gavillas y escondidos montes,
mientras tú abandonas las siniestras escaleras de las pensiones,
sacudes el fardo ciudadano
y recorres la vida lentamente,
con tu faz sonriente, tu piel de marinero,
tu condición forjada por barrancos y bestias,
tu amor por la mañana de signo proletario.

LUIS VULLIAMY

El cumpleaños de mi sombra (1)
(Fragmentos)

1
Cuando se piensa en mí
nadie se acuerda de mi Sombra;
tan tierna, estupefacta y sigilosa,
que nunca asusta a nadie,
que sabe reír mejor de lo que río... hacia el aire libre afloran,
mientras a raudales caen hacia el fondo de mi piel
y hasta herrumbrar mis huesos,
sensata mi Sombra, desoladamente llora
con todas las lágrimas del mundo.

2

Los cumpleaños de mi Sombra
no los celebra nadie.

Ni siquiera yo, tu dueño,
me acordaba de que eres
lo que probablemente soy,
que también los años te envejecen.

Y mientras algunos me desean
felices aniversarios venideros,
y los míos piensan en la vida
con ternura melancólica,
tú, mi Sombra, estabas lejos,
tal vez triste, quizá sola.

4

Quizá no me pertenezcas,
y yo no sea tu hombre;
pero nos llevamos desde lo oscuro
hasta la más viva claridad del horizonte.

Pero tanta es mi locura a veces
o mi desvarío suele ser tan lúcido,
que nos arrastramos mutuamente a una tiniebla.

Quizá no seamos ni siquiera extraños,
puesto que comienzas en mi término.

No me dejes caer en el abismo,
porque aun no siento tuyo
tendrías que seguirme.

5

Yo te pido perdón por olvidarte.

Hablando de lo mío, conmigo mismo,

te fuiste adelgazando;
me convertí en lo que parezco.
Y sólo soy un hombre que oculta
la dolorosa existencia de su sombra.

6
Sombra misteriosa a veces,
y otras tan clara como un témpano.

¿Por qué no te caíste conmigo
desde la torre del molino?
¿O me acompañaste desde la bocatoma
hacia los espejeantes salmones del río turbulento?

¿Por qué no entraste en mi asfixia,
ni al hospital conmigo,
ni al lance canallesco en la barcaza?

¿Es que no eras más que una sombra,
una simple sombra sin motivos ni brazos?

¿Tanto valía mi vida para Ti
que desaparecías cada vez
que me cruzaba con la muerte?

8
Si Tú te asemejaras a la que amo
serías una sombra florida,
cubierta de sombreros y de abejas.

Pero cuando este sueño muere
y queda en su lugar una persona,
siento titaquear mi corazón
como un reloj descompasado y triste
que sólo marca el tiempo desolado.

Entonces, Tú, mi Sombra, reflejas mi esqueleto,
coronado con esa calavera
que llevo escondida detrás de mi sonrisa
de hombre silvestre, despreocupado y cancionero.

9

Mi tierna, estupefacta y sigilosa
me ha hecho cavilar esta mañana
en todo lo que está perdido,
absurdamente lejos,
o es tan extraño como un pez al aire.

Ocurre que al hombre a quien ahora
suele acompañar un ángel que creía indiferente,
solamente sabe dar lo que rechazas por indeterminado,
o por ambiguo.

Mi sabia Sombra por mí te lo pregunta:

¿Dónde está lo confuso
sino en las redes que tejes y te lanzas?

¿O en aquello que ocultas tras la engañosa
profundidad de los espejos?

11

Mi corazón a veces no tenía remedio,
y me esperabas, Sombra, en una esquina,
hasta que regresaba de un jubiloso amor ganado para siempre,
o irremediablemente perdido.

12

Sé que ayer conversaste con mi sombra
en el escaño aquel de nuestra plaza.

Tal vez te dijo el porqué ya no desea estar contigo;
o te pidió simplemente que aprendieses a dar
lo que a través de ti yo entregaba a una imagen.

14

Caeremos cierto día uno en brazos del otro,
porque nos hemos seguido de lejos o de cerca
desde que somos nada más que un hombre y una sombra.

¡Feliz cumpleaños! Solo, pero juntos.

La vida comienza una y otra vez.
Y lo mismo que de la tierra húmeda
de mi cuerpo entusiasta y dolido,
inmensos capullos, fértiles como los astros,
se abrirán de nuevo, con el amor o con el sol,
aunque nazcan de estas semillas tristes.
A pesar de todo jamás entenderé la razón de mi muerte;
la de ciertos días, la de hoy, y la de siempre.

15

Y cuando tengas que desprenderte, Sombra,
de mi lado y por cualquiera suerte,
te ruego vagues un tiempo por la tierra
haciendo nido en cada una de mis huellas,
besando cuanto amé o saludando cuanto quise.

Ven después y acuéstate conmigo.
Fundida a mí serás todos los rostros y deseos
en una sola amada que busqué.

Joseluén

Pedro Antihuén apretó los párpados como si quisiera estrangularlos. Y con ellos el tronco que flotaba en el río. Esa madera de canelo, no más larga que los brazos extendidos, bajo cuya corteza la machi había enterrado cuñas de arbustos comunes, pero con cualidades sobrenaturales que sólo algunos conocían.

El hombre deseaba que al abrir los ojos no desapareciera únicamente el tronco, que giraba ahora en su propio remolino. También volvería a su lugar el rostro de la abuela, agudo y calmoso, junto con su racimo de luciérnagas agoreras. El grito de Francisco anunciando que Joseluén se ahogaba, se escurriría de los oídos. La machi, por último, con sus palabras huecas y su manera cansada, regresaría al abismo que la había parido. Entonces todo, al abrir los ojos, estaría como siempre, idéntico al día cuando con luna llena daba su primer tranco el verano.

Pedro Antihuén vio a su hijo dentro del círculo anaranjado que le bloqueaba los párpados. Lo divisó jugando con sus hermanos y primos. El muchacho era buen pastor, y ya pasaba la rastra con la pericia de un grande. Nadie se lució más que él sobre los montones, cuando botaba gavillas al cilindrero, en la trilla pasada. Pocos le ganaban a trepar a los huallis para arrebatarles sus dihueñes, o si armaba huachis donde caían muy seguido las tórtolas, y hasta choroyes. Mas la soledad no lo aburría. En el pitranto observaba cada árbol, y en la vega constataba muy atento, cualquier novedad que asomara en las patas de los camarones, o en la flor de la lagañosa. Tenía trece años y hablaba de irse, como si la reducción fuera un ámbito querido, pero demasiado estrecho. Fabricaba hélices que aleteaban raudamente en los techos de las rucas; en la vertiente construía ruedas toscas que daban vueltas despacio, cojeando, urgidas por el agua que saltaba muy fría y estruendosa desde los poros enormes de la barranca.

Pedro Antihuén pensó en aquello. Existía apenas ese pensamiento ajeno a los párpados, a otros sentidos que arden menos en el cerebro. Joseluén era dueño de una imaginación abierta, y el río y el cerro no podrían detenerlo. Se iría lejos. Se fue lejos. Sabía leer y escribir. Pronto en el correo del pueblo habría una carta; en ella su hijo le pediría perdón, arrepentido de marchar sin despedirse.

Los párpados eran una muralla blanca, pero aún no morían, y era imposible levantarlos. Se fueron adentro, hacia el fondo de los ojos cerrados, donde se paseaban unos puntos tiritones, luminosos. Luego un centelleo reventó muchas estrellas en ese telón falso, de luminarias engañosas, despiadado, semejante a las luces que bailan sobre los cementerios, o a las que se caen en el cielo.

La abuela y sus luciérnagas. La abuela de rostro puntudo de lanzadera, con sus párpados y mejillas tullidas, incapaces de una mueca, pero formada por dos ojos ávidos, inquietantes, con los que hablaba tanto y mejor que la boca. Ella sabía por qué Joseluén, su nieto preferido, encontraba matices nuevos en los atardeceres y comienzos de la noche.

Era curioso que a la gente les sorprendiera más la mágica llegada del alba y no se detuvieran, como su hijo, a mirar tranquilamente la agonía de la luz y el nacimiento de la noche. Fue entonces cuando el niño vio una luz casi loca paseándose en el manchón de maquis, cerca de la huerta. La observó largo rato, alegre y mordido por la extrañeza. Se acostó tarde, y durmió con una brasa azul asediándole los sueños y alguna ilusión secreta.

Al otro día Joseluén recorrió las plantas, y en su fronda, deslucida ya por un polvo prematuro, no encontró señales de la estrella diminuta, ni huellas en los troncos, ni quemaduras en las hojas.

Pedro Antihuén estaba seguro de que aquella tarde el muchacho estuvo tentado de preguntarle a la abuela, acerca del origen de la chispa luminosa. Pero fue contenido por el sol que caía entre las nubes rosadas; y la certeza de que muy pronto, apenas la oscuridad apretara sus pliegues sombríos, podría confirmar la realidad de su hallazgo.

Ninguna luz encendió su farol movedizo en las ramas de los maquis. Pero a la noche siguiente tres lucecillas pasearon sus fanales incansables, alumbrando la imaginación de Joseluén hasta incendiarla.

La abuela velaba cuando el niño llegó a la ruca. La anciana parecía dormitar a la orilla de unas brasas mustias, con su ropa salpicada de ceniza.

-Vi anteayer una luz, abuela. Y hoy he visto pasearse tres en el manchón de maquis...

La mujer oyó sin pestañear el relato de Joseluén. Se movieron apenas sus ojos, incrustados raramente sobre los músculos rígidos de la cara y las mejillas cetrinas, medio muertas.

El niño esperó confiado. La abuela adivinaba los misterios y nunca dejaba huérfanos a los oídos que deseaban se les metiera una leyenda. Sin embargo, Joseluén debía sentir temor. Había pasado dos noches encerrado con su secreto. El silencio de la abuela auguraba un mal presentimiento o una leyenda larga.

-Mi Joseluén -habló al fin, con una voz que parecía salirle de las pupilas-. ¿Qué hacer con un niño que de un año a otro se olvida de las luciérnagas...?

Pedro Antihuén ahora vio esa luciérnaga gigantesca escarbarle la médula del ojo. Irradiar ahí sus rayos finos como agujas, o los pétalos filudos del manzanillón, y oprimirle con sus tentáculos fantásticos la cabeza temblorosa.

No divisaba el tronco. Verdad. Debía estar quieto todavía ante la mirada estupefacta de los hombres que rastreaban el río. No escuchaba asimismo ni una nota del grito desesperado de Francisco. No. El llegó a la ruca cuando Joseluén dormía y su madre aún velaba junto al rescoldo, con su ropa salpicada de ceniza.

-Pedro, escúchame sin rencor -empezó temerosa de un arrebato de su hijo-, como si una mujer joven fuera la que te habla... Joseluén se olvidó de las luciérnagas... Quien ve la primera y no las recuerda se muere, hijo... Pregúntalo a la Juana Carimán o al brujo Millapi... No te enojes y cuida a tu hijo...

Era una voz entrecortada la de su madre, cucarra como los dientes del serrucho sobre un tronco de temo. Pedro no la quería, porque ella buscaba siempre la duda y el miedo, carcomía sigilosamente con su mirada acida el alma de las fiestas, el polvillo alegre que cubría las pequeñas satisfacciones de la vida.

Pedro Antihuén presintió que algo cambiaría ahora en el pozo profundo, donde cabían sin colmarlo masas ilimitadas de luces y sombras. El dolor y la alegría tomaban también infinitos colores, aromas, dimensiones y formas. Aun los objetos más breves y blandos producen algún ruido. Quizá el rumor del río, pero no el chocar de las aguas contra el tronco penetraba en sus orejas. A pesar de los párpados desfallecientes la madera seguía dando vueltas en sí misma; cuando el grito de Francisco perforó el tejido caluroso que envolvía esa tarde tranquila.

-¡Joseluén se ahogó! ¡ Joseluén se ahogó!...

Comprendió que la voz se ajusta a límites rigurosos. Cada acento no puede saltar sino sus propias vallas para no dislocarse. El grito de Francisco dejó a Joseluén acostado en el río, pegado a las piedras y arenas de aquella faja rumorosa, cuyo principio y su término no conocía, aunque era el horizonte de sus tierras y la de otros, ya sorbidos por el tiempo.

El sol que estallara en el nudo del ojo fue cayendo, o muriéndose, desalojado por una sombra verdadera. Quizá en un recodo muy ardiente y porfiado de su cerebro oyó la palabra «garfio», mas, sobre todo, al desaparecer esa fuerza que le cargaba los párpados, las sombras no palpitaron adentro ya, sino sobre la piel de su ojo. Era un negro extraordinario; más limpio que la noche más cerrada, con temporales y sin relámpagos. Tal vez una oscuridad así fuera conocida por la machi.

El río no devuelve nada, sino su bullir incesante, sus peces que, flojos en el día, durante los anocheceres disparan sus cuerpos de plata para voltear el vuelo de tábanos y zancudos. Y Joseluén debía estar con ellos. No había partido. No era justo dudar de un muchacho bueno, aunque fuera travieso y se llamara Francisco.

Había dicho eso la Juana Carimán con su habla lenta, indiferente a la desaparición de un niño. Pero puede arrancársele al río lo que roba, si algún entendido se lo propone. Para eso existen brujos y machis. Ellos educan los sentidos y encuentran el poder de plantas, objetos y pillanes, donde los demás ven apenas avellanos, piedras o volcanes.

Juana Carimán, revolviendo la ceniza, dijo a Pedro Antihuén que se fuera tranquilo, que el bien y el mal ya estaban hechos. Le pidió serenidad porque ella conseguiría esa noche lo mejor, aunque no fuera bueno.

Pájaros cansados, de colores suaves, se esfumaban en la frontera lejana para golpear la puerta de los párpados. Deseaban alojar en el ramaje alto de la vista, lleno de pesadillas y fantasías, ahora que el sueño cargaba sus alas borrachas. Pedro Antihuén no deseaba dormir después de conversar con la machi. Estuvo mirando el enjambre de luciérnagas que flotaron en el manchón de maquis, hasta que el sol quiso quemar sus luces heladas, como las escamas de las culebras. También flotaba el tronco de canelo antes de que se detuviera misteriosamente enganchado en la correntada, para indicar que debajo estaba el cuerpo de Joseluén. Frío, igual a un pez, pero sin vida tendido en las piedras y la arena, desdeñado por la corriente y curioseado por salmones y apancoras.

Un pez. Sólo un pez vive en el agua y conoce las mansiones pulidas que los siglos forjan en la roca. Cuando se aligeraron las cortinas vigorosas que cargaban los párpados, Pedro Antihuén trató de velarlos por última vez, a sabiendas que su angustia le impediría estrangularlos junto con el tronco, la abuela y el grito de Francisco. Vivos como los avellanos y lingues, rocas y raíces, pájaros e insectos que se afirmaban en el río.

Y entonces, sorpresivamente, las sombras que aplastaban sus retinas escaparon hacia la luz. Un tordo de un huachi y una oveja de un corral no huían con tanta rapidez.

Todo afuera permanecía vivo; no como antes. Como ahora.

Y Joseluén, su cabello duro y negro, los pies cubiertos con los zapatones comprados para San Juan, atrapado tenazmente por un garfio; balanceándose en el fondo de los ojos de su padre.

El mayordomo tironea las cuerdas y asiente complacido por la seguridad con que ciñen al preso; da una orden y pausadamente entre las maldiciones y la lluvia, balanceando las herramientas como fantásticos pingajos, peones y carabineros se acercan a la ruca.

Este cuento se publicó por primera vez en 1962 en la antología El nuevo cuento realista chileno (preparada por Yerko Moretic y Carlos Orellana). Con posterioridad, su autor lo incorporó al libro Piam, a partir de su segunda edición.

1. «El cumpleaños de mi sombra» fue publicado en noviembre de 1988 en una separata de la revista Efímeros, pocas semanas después del fallecimiento de su autor.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03