Historias de Monos

HISTORIAS DE MONOS

Sergio Villegas

Araucaria de Chile. Nº 4, 1978.

Señor director:

Hace algunos días llegó un grupo de chimpancés sin traductor. Usted sabe lo que es eso. Llenaron la oficina de chillidos. Se introdujeron por todas partes, se colgaban de las lámparas, abrían los cajones, saltaban sobre las mesas. En pocos instantes no dejaron nada en su lugar.

Era un curso primario en viaje de estudios. Tenía en orden su autorización para hacer la visita, de modo que sólo cabía cruzarse de brazos y contemplar el estupendo allanamiento. Poco después llegó el encargado del grupo, un chimpancé reposado y cincuentón, que nos rogó en todos los tonos excusar el desenfreno de sus discípulos. Era uno de esos raros chimpancés con cabeza que uno puede encontrar. Me desarmó su actitud de respeto y con unas cuantas palabras amistosas despojó el asunto de importancia.

Ahora, con absoluta frialdad y haciendo honradamente abstracción del incidente, quisiera preguntar: ¿cuándo va a terminar esta chacota pedagógica de los simios? ¿No sería el instante oportuno? Casi está demás, a esta altura, aducir razones. Se ofrece a los «inteligentes antropoides», señor director, cursos larguísimos y complicados que desangran el erario nacional y que, en definitiva, nada logran. Se les educa para catedráticos y grandes personalidades y ¿en qué terminan? En ascensoristas, en humildes picadores de leña, en lustrabotas, en recaderos-ciclistas, que son, con su yóquey y su ampuloso pedaleo (efecto de sus ínfulas y no de sus cortas piernas, como algunos humanitariamente piensan), el hazmerreír de la calle.

Poseen, quién podría discutirlo, una portentosa habilidad para aprender, pero es sin duda mucho más portentosa su facilidad para olvidar. En el mundo de la delincuencia nadie ignora que constituyen un instrumento ideal para la transmisión de mensajes verbales, en la comprensión de que sus cabezas se transforman con rapidez en simples papeles en blanco. Nada puede frente a ellos el interrogatorio policial. ¿Debemos suponer que en materia tan simple de psicología tienen más perspicacia ciertos grandes hampones del puerto que los genios de la docencia ministerial? He visto chimpancés repetir completa una lección de historia medieval, o describir con lujo de detalles un combate entre normandos y vikingos, imitando en forma notable incluso el humor descriptivo algo grueso del maestro. Pues bien, una hora después, señor director, ese chimpancé no era otra cosa que un par de ojos inquietos, transparentes, en los que podía verse hasta el fondo un alma animal pura y simple, un ser que daba chillidos, que de historia medieval sabía tanto como un mono cualquiera arriba de un árbol.

Pero mientras tanto el señor Sala y Angulema publica un optimista ensayo: La incorporación del Ancestro; la prensa habla de «abrir el diálogo hacia la selva», y un conocido filósofo de la antropología, con criterio más científico, aboga por «soldar con suavidad la fisura entre el pasado y el presente de la especie», confundiendo en su magnánima miopía fisuras con abismos. Pero hay otros que van más allá y aprovechando el generoso entusiasmo general pretenden extender a los simios algunos derechos cívicos que nos estaban estrictamente reservados, con lo que se advierte tras toda esta baraúnda el propósito inequívoco de utilizar a unos pobres animales, animales, digámoslo sin prejuicios, con respetuosa objetividad, para afirmar la tambaleante monarquía y, de este modo, sus vergonzosos privilegios.

Lo saluda

O. B.

Señor director:

Soy chimpancé. Desde hace ocho años atiendo importantes funciones en la Biblioteca Central y nadie se ha quejado jamás de mi competencia funcionaría. Para escribir esta carta no he debido tomar piridolina y no me considero, como tan ofensivamente dice el señor O. B. en su carta, «un mono cualquiera arriba de un árbol». Me hice el tratamiento hace quince años y hasta ahora todo ha andado en orden (salvo unas pequeñas alucinaciones traumáticas que no querrá el señor O. B. echarme en cara). Es un ultraje gratuito a una raza modesta, pero digna.

Lo saluda

M. N.

Señor director:

Me consta, el señor M. N. ha sido siempre un buen funcionario. Es correcto. Usa ternos cruzados, a rayas, muy elegantes, y se pasea entre las mesas con las manos en los bolsillos del chaleco. No puede desconocerse que es el único que tiene su sección empastada y cuida como joya cada libro. Hasta hace algunos años trepaba por las estanterías en cualquier dirección, omitiendo la escala, lo que hacía rapidísimo el servicio.

Sus paseos con las manos en el chaleco, me he podido dar cuenta, no son simples paseos, sino sagacísimas rondas de vigilancia. Lo he visto volar de improviso sobre varias mesas y caer conminatoriamente junto a un sospechoso, usted sabe, uno de esos salvajes solapados que van a la biblioteca provistos de navaja. Su sala es como un templo. Siempre está bien encerada y hay en ella un silencio absoluto. Todos saben que entrar a la sala del señor M. N. es cosa seria. Hay que limpiarse los pies veinte veces en el felpudo y caminar poco menos que en puntillas. Cuando alguien no observa esta regla y hace, por ejemplo, crujir las tablas, el señor M. N. se lo queda mirando desde su elevado escritorio, levantando ligeramente unos anteojos sin vidrios que suele usar. Es suficiente. Muchos le estamos agradecidos del clima de tranquilidad que reina por fin en una sala, una al menos, de la Biblioteca Central.

No es un hombre. Es un mono. Seamos ecuánimes. A pesar de las rabietas es un excelente bibliotecario.

Lo saluda

X. T.

Señor director:

Coincido con el señor X. T. El señor M. N. es un buen funcionario de la Biblioteca. Lo único que choca es que cuando está muy ocupado escribiendo pasa los libros con la pata.

Lo saluda

M. O.

Señor director:

Me parece bajo que se nos critique por una condición natural nuestra. Cuando yo paso un libro con la pata lo paso con la misma gentileza con que lo haría con la mano.

Lo saluda

M. N.

Señor director:

Sobre este asunto de las rabietas, una pequeña explicación. Fue una sola vez, hace unos siete años, cuando la Comisión de Incorporación me hizo saber, por boca de un correcto funcionario, que mi compañera había resuelto definitivamente no venirse de la selva. No sé, me enceguecí. Hice trizas algunos objetos que veía muy ligados a mis sueños. Usted sabe cómo son las cosas de la juventud. Quiero decir en mi descargo que pagué todo honradamente y que no se me ha visto ni se me verá otra vez en trances semejantes, porque uno va alcanzando felizmente ese equilibrio que dan los años, el trabajo y la ilustración.

Lo saluda

M. N.

Señor director:

Soy mono y me gano la vida como ciclista repartidor. Cuando leí la carta del señor O. B. fue como si me hubieran dado un mazazo, porque me vi retratado ahí como un miserable mono pedaleando por las calles, ridículo con la gorra y con la cabeza trabajosamente torcida sobre los paquetes.

Muy penoso, señor director, porque es injusto. Somos una legión los monos profesionales que no encontramos trabajo en nuestro ramo. A veces es por los prejuicios, a veces por la desocupación.

Mi caso, sin ir más lejos. Me especialicé diez años en el examen de textos filosóficos e hice una memoria sobre Darwin, no crea, señor director, algo bastante alejado del panegírico habitual. Nota máxima, medalla de oro y abrazo del rector, que aprovechó la ocasión para decir algunas palabras muy generosas, muy conmovedoras. Y aquí me tiene repartiendo paquetes todo el día en esta bicicleta de dos cuerpos marca «Reina», que no requiere, le aseguro, gran formación filosófica. ¿Es culpa mía?

Puedo citarle el caso de otro chico, un sociólogo amigo. Usted lo puede ver a cualquier hora del día en la Estación Central sacando basuras de la línea con el típico overol a rayas y yóquey. Si el señor O. B. pasa por ahí dirá: ¡Monos inútiles! Pero las cosas no son tan sencillas.

Además quiero aclararle al señor O. B. otro detalle: esa forma «ampulosa» en que movemos los pedales tiene por causa no nuestras «ínfulas», sino lo terriblemente doloroso que es para nosotros hacer ese movimiento. Nuestra anatomía, por desgracia, no está hecha para la bicicleta. Cuando vea el señor O. B. a un mono pedaleando por las calles, equilibrándose cómicamente para sacar la mano en las esquinas, más que sonreír o reírse piense que va ahí un ser vivo y casi humano soportando toda clase de sufrimientos por la simple necesidad de ganarse la vida.

No es mi propósito helarle la risa a nadie, pero me veo obligado a decir con franqueza lo que pienso.

Lo saluda

S. B.

Señor director:

Soy orangután. Hace ocho años, creyendo en el cuadro dorado que me pintó un funcionario oficial, dejé la jungla, mi mundo natural, y me vine a estudiar artes pictóricas. Tenía al principio la mano un poco dura y cierta tendencia al brochazo, pero poco a poco, con la ilusión de ser algún día un gran artista, fui afinando mis cualidades y consiguiendo éxitos que mis profesores celebraban con golpecitos en la espalda (me volvía loco, porque esto me llenaba de satisfacción y de orgullo).

¡A costa de cuántos sacrificios! No le diré las noches, las madrugadas, los días enteros que me pasé ensayando un trazo, una mezcla, soportando el sueño, sin llevarme una miserable fruta a la boca. Mi obsesión era el impresionismo, empresa difícil, porque para eso hay que ser un maestro en la finura.

Comprenderá la alegría que se apoderó de este pobre animal de la selva el día en que la Facultad puso en sus manos el soñado título, agregando la recomendación muy encarecida de no dejar los pinceles. Mi pequeño cuartito de estudiante se vio aquella noche muy concurrido por los más diversos orangutanes que querían celebrar con el amigo el acontecimiento.

Porque, de paso, mi título ponía fin a cierta leyenda negra sobre nuestra impotencia artística. Era una maldición, como si no sirviéramos para otra cosa que para echarnos sacos a la espalda y remecer ciruelos en tiempos de cosecha. Yo los reivindicaba. En el orangután había un fondo, un tesoro de sensibilidad oculta. La raza de los monos gigantes ponía un pie en el arte y, dado su conocido temperamento, podía llegar lejos.

No tenía medios. Así, pues, mi pequeña habitación se convirtió en taller y comencé a ofrecer mis servicios. De inmediato advertí las dificultades. Nadie quería posar. Me dije que sería así mientras no adquiriera cierto renombre, pero pronto descubrí que la desconfianza no era al artista, sino a la fiera. Esta idea me hacía sufrir. Sonreía, suavizaba mis modales al máximo tratando de infundir confianza, trabajaba con las puertas y las ventanas abiertas, buscaba, en suma, todas las maneras de parecer bueno, mas sin resultado. Alguna muchacha estuvo una tarde en mi taller, pero seguramente asustada, pienso yo, por la forma penetrante en que mis ojos trataban de fijar formas y colores, el conjunto de esa belleza magnífica que se abría desde el busto como una flor de morbidez e incitación, de inocencia y temor, no sé, con algo de fugitivo en la mirada, no volvió más.

Mi vacío taller, mi ex cuartito de estudiante, comenzó a hacérseme odioso y di en la costumbre de vagar. Hablé una vez con el funcionario que me trajo de la selva. Quiso buscarme provisoriamente un puesto en la Facultad, algo de tipo administrativo que me dejara tiempo. Estaba todo dispuesto y habría resultado, tal vez, de no mediar el Decano, que se mostró horrorizado ante la idea.

Alguien me propuso pintar paisajes y naturalezas muertas, que tienen mercado fácil, pero me excusé. Rechazo el comercio del arte.

Llegué al último grado de la miseria. No tenía un centavo. En cierta ocasión, desesperado por el hambre, cogí una fruta de un puesto callejero y me la eché a la boca. Cogí otra, otra y una cuarta aún. Me sentía insaciable. Desde el primer instante, los timbres sonaron a rebato. Vinieron cuatro, cinco vigilantes, no sé de dónde, me tomaron con rudeza de los brazos y así, como si fuera un elemento altamente peligroso, me condujeron por las calles. Iban rápido para dar la impresión de que debían arrastrarme y apelar a todas sus fuerzas. No sé con qué objeto, porque yo reconocía mi falta y aceptaba las consecuencias.

Me llevaron a la cárcel y me tuvieron diez días a pan y agua (lo que mi estómago no dejó de agradecer). Luego me echaron a la calle sin blue jean y sin camiseta, haciéndome probar la vergüenza terrible de un puntapié final, el puntapié de desprecio y de advertencia, señor director, que se da a los ladrones.

Cuando me alejaba entre la multitud de curiosos, gente del barrio, alguien salió de la casa policial y me arrojó por la espalda las prendas requisadas. No olvidaré el silencio casi amistoso de esa gente simple que me rodeaba, ni la forma cuidadosa con que una muchacha se inclinó, recogió las cosas y las puso en mis manos.

Acaso fue eso, señor director, lo que me dio fuerzas para vencer el desánimo total, un sentimiento de derrota sin remedio, de desilusión, sin esperanzas que se apoderaba de mí.

Con el dinero que los amigos me reunieron solidariamente pasé algunos días tranquilo. Echado en mi cuarto, comí buenas frutas, pinté algo por distracción, escuché discos y, en suma, descansé. Mi novia estuvo dos o tres veces a verme y se portó gentil conmigo. Comprendía. Pero, sin duda, algo se había roto en mi interior.

Un día, vagando por el muelle, un hombre me dijo:

-«Ora», ¿te quieres ganar unos pesos?

Le dije que sí, andaba de nuevo con hambres atrasadas y ganas de hacer algo concreto.

Y me puse a cargar sacos. Hasta hoy. Y en eso estoy en el momento de escribirle estas líneas.

Así, pues, va uno rodando, perdiendo todo lo aprendido, deslizándose por la pendiente. Hace unos días tomé los pinceles y no me obedeció ni la mano ni el ánimo. A veces mi pensamiento, que se había acostumbrado a los silencios fecundos de la disciplina interior (no es mía la frase, señor director) adquiere otra vez un discurrir gutural. Me sorprendo hablando solo en la calle, en el trabajo o en mi cuarto. «Refunfuñando cosas de monos», dicen mis compañeros, sin adivinar cuan hondamente me tocan con sus bromas. A veces los malos instintos se me agolpan, no sé, unas negras ideas que rondan roncas por el pecho, pero me contengo.

¿Qué va a ser de mí? ¿Me voy a convertir en uno de esos orangutanes carne de horca que se arruinan por delitos miserables?

Más de una vez, parado en un lanchón que cabecea, mirando la espesura verde que se extiende más allá de la bahía, me pregunto si no hice mal en salir un día de ahí lleno de absurdos sueños dejando atrás tantas cosas que, después de todo, me eran entrañablemente queridas.

Señor director, me daría mucha pena que estas pobres palabras se interpretaran como un reproche a los hombres. Nada más lejos de nuestra intención. Los hombres nos han ofrecido una oportunidad que no podremos olvidar en tanto tenga memoria nuestra especie. Si algún reproche cabe es al sistema, al modo de vida vigente, que -hasta donde nuestras pobres cabezas selváticas pueden entender- adolece de defectos graves.

Lo saluda respetuosamente este gran mono, este cargador del puerto, este pintor sin porvenir que no pierde aún la esperanza, a pesar de todo, en el generoso experimento de los hombres.

Lo saluda

M. C. S.

Señor director:

Que diga el señor S. B. dónde nos conocimos. En la Cárcel Modelo, señor director (yo estaba ahí por un asunto de herencia). Muy amigos de tomar lo ajeno estos monitos. Amigos de tomar lo ajeno y presumidos. Todos muy educados, mucho estudio, filósofo, figúrese, pero terminan en su ley, trampeando unos cobres aquí, poniendo la manito intrusa allá, hasta que les cae la autoridad encima. Que diga el señor S. B. cómo terminó la carrera de su progenitor. Me gustaría mucho ver cómo explica eso.

Lo saluda

N. O.

Señor director:

Con mucha tristeza he leído la carta del señor N. O. Con tristeza porque el señor N. O. se mostró simpático y servicial con nosotros y en todo momento me pareció un buen amigo de los monos.

No hay un solo mono que trabaje en reparto que no pase unos días en la cárcel una vez al año, mientras se aclara el balance. ¿Por qué? Habría que preguntarle a los legisladores. Pero todo el mundo sabe que una vez cerrado el balance el mono sale en libertad y recibe en compensación una cantidad de dinero, en verdad bastante aceptable. Para nosotros es normal, nunca son más de tres días y lo consideramos parte inevitable de nuestro trabajo.

Ahora, señor director, respecto a la muerte de mi padre: no sé por qué el señor N. O. ha aludido a ello si es un hecho tan sin trascendencia y, por otra parte, tan doloroso para mí.

Era mi padre un mono muy grande, uno de los más grandes que han llegado de la selva. Y era al mismo tiempo un mono excelente, simple, alegre, manso. El no alcanzó a educarme. Vivía en la casa de un agricultor y allí era algo así como la persona de confianza.

Un día, sin embargo, mientras jugaba con los niños, empezó a apretar a uno por el cuello. Lo apretaba en son de juego, saltando, gruñendo, pero con brazo férreo y sin dar señales de querer soltarlo. Parece que el hombre, temiendo por la vida de su hijo, forcejeó con él, y, finalmente, como resultara inútil su empeño, lo golpeó violentamente con un palo. Mi padre terminó por soltar al chico y se abalanzó sobre el hombre, a lo que éste respondió sacando un revólver y disparándole dos tiros, uno que se le incrustó en la frente v otro que le dio cerca del corazón.

Quién sabe qué idea se le atravesó a mi viejo por la mente.

A veces es así. Parecemos felices, divertimos a los chicos, damos vueltas en el carrusel haciendo monadas por propia iniciativa, porque nos gusta, porque la vida es hermosa, y todo lo demás, y de repente, en un segundo, se nos aparece nuestro destino con su cara de desgracia y no sé, es como si se nos despertara lo peor. En algunas ocasiones basta un ruido de hojas, de ramas apartadas, un rumor de pasos, y entonces es como si estuviéramos viviendo una pesadilla enloquecedora.

De cualquier modo, no seré yo quien juzgue a mi padre. Primero, porque hay en la cabeza de los monos demasiados factores complejos que están operando en este instante. Segundo, porque es mi padre. No olvidaré jamás que fue él quien me trajo de la selva, de la mano, siendo yo muy pequeño, sin que fuera nadie a buscarlo o a explicarle las cosas.

Siempre tendré un recuerdo comprensivo para él. Mi padre vivía en el campo, es cierto, pero me imagino aquello, un horizonte de animales domésticos, de campo civilizado, regado, muy compuesto, un paisaje bueno para el hombre, pero no para el temperamento erizado y luchador de un gran mono, sobre todo si ese gran mono -sin proponérselo él, desde luego- se ha mantenido lejos del baño tranquilizador de la cultura.

Sin más, lo saluda

S. B.


-Papá, ¿a dónde van esos ciclistas?

-Acompañan al cementerio a un camarada que murió.

-Pero tantos que van.

-Van todos. Así son ellos.

-¿Y por qué llevan una rama en la mano?

-Eso es algo simbólico, hijo, un símbolo de su tierra.

-¿Y por qué se bajan ahora?

-Porque el último tramo lo hacen a pie. También es un símbolo. Con eso quieren decir que llegan donde el compañero caído como ellos son, con sinceridad, despojándose de todo lo que les ha dado la civilización y no les pertenece.


-No había más cerveza, pero traje esta botella de vino.

-Nos va a caer como bomba.

-Esta noche no me importa. ¿Sabes? Estuve hablando con el muchacho que canta. Tal vez tú no te des cuenta, eres muy joven, pero la orquesta toca al estilo antiguo. Cuando el muchacho canta por esa especie de bocina de cartón es como estar oyendo un gramófono.

-No soy de esa época, pero me doy cuenta. En la escuela, las mónitas chillan y saltan cuando escuchan eso.

-Por eso también me gusta la orquesta, porque es famosa y se queda en este localcito. Da gusto saber que no todo se hace por dinero. ¿Sabes por qué se quedan? Porque aquí está la tradición. A mí me trae muchos recuerdos. Cuando recién llegué era la música de moda, algo más lento que el foxtrot, con tan buen compás. En ese tiempo esto estaba comenzando y todo era alegría. Vino una pareja a enseñarnos baile, a los monos, qué me dices. Estábamos recién llegados y lo tomábamos todo a la risa. Un pasito al lado, otro atrás, cómo era. Después nos dejamos de esa ridiculez, una porque los monos no servíamos para el baile y otra porque lueguito empezaron los problemas y todo el mundo prefería sentarse en cualquier parte a conversar, a quejarse o a hacer recuerdos. Por ahí comenzó la afición a la cerveza.

-Después el mono comenzó a descubrir la verdad.

-Te diré, a pesar de todo, lindos tiempos...


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03