Funeral Vigilado

FUNERAL VIGILADO

Sergio Villegas

Capítulo del libro inédito La copia del Edén, Chile, septiembre de 1973.

Araucaria de Chile. Nº 3, 1978.

LUIS ALBERTO: No sabía dónde estaban velando a Neruda. Lo único que se me ocurrió fue ir a la casa de Homero Arce, su secretario. Quedaba en San Miguel, Paradero 8, por el Llano Subercaseaux, cerca de unas poblaciones que habían sido muy allanadas, muy castigadas por los militares. No estaba Homero. Hablé con su mujer, que sollozaba. Apenas abrió la puerta y me vio, se puso a llorar. Me contó que Homero había estado con Pablo hasta el final. Lo último que le había escuchado era una frase que Pablo decía en medio del delirio: «Los están matando, los están asesinando.» La esposa de Arce me dijo: «Qué terrible que se haya muerto cuando más falta nos hacía.»

BELLO: El teléfono me despertó muy temprano.

-«Habla Juan Gómez. Murió Pablo. Pasaré a buscarte en veinte minutos.»

Era Gómez Millas, el ex rector de la Universidad de Chile.

Llegamos a la clínica alrededor de las ocho de la mañana. Ya habían bajado el cuerpo de Pablo hasta un rincón cerca de la capilla. Aún no llegaba la urna. El cuerpo yacía sobre una mesa, envuelto en un sudario blanco. Tenía descubierta sólo la cara. Nunca vi en un muerto una sonrisa como ésa, una expresión que reflejara semejante paz. Debió traerla desde muy adentro, antes de expirar, como una respuesta suprema a la brutalidad que reinaba a su alrededor.

Se encontraban junto a Pablo su esposa Matilde (que lloraba), su hermana Laurita, el poeta Homero Arce (que era su amigo más cercano), la escritora Teresa Hamel, la abogado Graciela Alvarez. Empezó a llegar un enjambre de fotógrafos que recorrían como cuervos los restos del poeta para tomarlo en todos sus detalles.

-«Por favor, no más fotos» -dijo de pronto Matilde. Los fotógrafos hicieron como si no hubieran oído. Pasó un momento y no pude más:

-«La señora Neruda ha dicho no más fotos. Respétenla o salen de aquí.»

Entre los fotógrafos había gente de la policía fascista.

Fueron llegando otros amigos, los escritores Juvencio Valle, Francisco Coloane, una veintena más.

Llegó la urna. Al quitársele las sábanas, se vio a Pablo vestido con un ambo de sport. Cuando se le trasladó a la urna, Coloane le abotonó un extremo de la camisa, que le salía de la estrecha cintura que le quedó de la antigua corpulencia.

AIDA: Pablo estaba en una camilla, abajo, en un pasillo. Tenía aún la mandíbula amarrada. Ayudé a ponerlo en el ataúd. Lo cerraron, lo soldaron y lo pasaron a la capilla.

BELLO: Salimos rumbo a la residencia de Neruda, que estaba cerca de allí, temprano todavía. Era un cortejo pequeño. Llegamos a la casa de Márquez de la Plata y no pudimos entrar. La escalera de acceso a la casa, que se encuentra en la ladera del Cerro San Cristóbal, estaba anegada de agua y barro y sembrada de escombros. La urna no cabía. La gente de la Junta había estado allí haciendo su «trabajo». Entonces decidimos dar vuelta y entrar por el acceso posterior, recorriendo para esto toda una manzana. A la entrada había un grupo de unos cuarenta jóvenes esperando. Avanzaron, se situaron junto al féretro y gritaron con los puños en alto, roncamente:

-Compañero Pablo Neruda...

-¡Presente!

-Compañero Pablo Neruda...

-¡Presente!

-Ahora...

-¡Y siempre!

-Ahora...

-¡Y siempre!

Era el primer grito que se escuchaba en medio del silencio impuesto por el terror,

Tampoco podíamos entrar por ahí. Habían desviado el canal que pasa arriba, bordeando el cerro, y habían producido abajo una fuerte corriente de agua que dejaba aislada esa parte de la casa. Había llovido, además, de modo que el lugar en que nos encontrábamos era un lodazal. En ese suelo dejamos un momento la urna. ¿Qué hacer?

Alguien propuso que lleváramos a Pablo a la Sociedad de Escritores.

Matilde respondió:

-Pablo quiso ser trasladado a su casa. No lo llevaremos a ninguna otra parte.

Estábamos dentro de una barraca semidescubierta, en donde había tablones, puertas a medio construir, postes, una carpintería.

Entonces, ¡a construir un puente para pasar! Tomé el primer tablón y todos hicieron lo propio. Después de unos diez minutos de trabajo, el puente quedó listo y pasamos nuestra preciosa carga. Subimos la empinada cuesta. Las diversas unidades de esa increíble casa de imaginación hecha construir por Neruda habían sido destruidas. Los senderos que iban haciendo vericuetos entre un lugar y otro del escarpado parquecito estaban casi borrados, cubiertos de vidrios rotos que sonaban y hacían rechinar las suelas de los zapatos al paso del improvisado cortejo. Aquí y allá, montones de cenizas con restos de las preciosidades coleccionadas por Pablo durante toda su vida: cuadros, objetos raros, libros a medio quemar, antiguas joyas de armadura liviana, abanicos extraños o plumas de aves raras de Oriente.

Los tres diferentes cuerpos de la casa mostraban las cuencas de las ventanas sin vidrios en ese helado día de primavera. Del comedor, que tenía originalmente el aspecto de un interior primitivo y fantástico, sólo quedaban los restos. El suelo estaba hecho una masa de lodo y cosas quemadas. De los muros colgaba algún cuadro, de una punta, cruzado a tajos. O pedazos de lámparas de extraño origen, todas esas cosas que Pablo había perseguido empeñosamente en cualquier parte del mundo hasta conseguirlas y llevarlas a casa.

Llegamos al living. Algunos compañeros quisieron limpiar los vidrios rotos de la habitación, colocar otros nuevos en las ventanas.

-No, Pablo hubiera pedido que dejaran todo igual como lo dejaron los asaltantes.

Y allí pusimos la urna. Después del ramo de claveles rojos que había colocado encima Matilde, apareció la primera corona. Fue situada a los pies del catafalco. Llevaba una enorme cinta de moaré con los colores azul y amarillo y la siguiente inscripción:

«Al gran poeta Pablo Neruda, Premio Nobel»
Gustavo Adolfo, rey de Suecia

AIDA: No estaba en buenas condiciones físicas para enfrentar dificultades. La huelga médica, que fue parte del golpe, lo privó de un tratamiento de cobalto que le estaban haciendo en Valparaíso. Iba allá regularmente. Era un tratamiento decisivo, porque 'o que tenía era un cáncer bajo control.

-Yo tengo dos opciones -me decía-: «Ponerme cara de luna o morirme.»

Decía «cara de luna», con su humor de siempre, refiriéndose a esa gordura artificial que produce la cortisona.

Al. final íbamos a verlo casi todas las noches con mi marido, a Isla Negra. Pasaba ya más en cama que en pie. Nos hacía bromas. Decía que estaba mejor informado que nosotros. Pablo, en su encierro forzoso, veía televisión, escuchaba radio, leía diarios que le llegaban de todas partes. Veía lo que se venía encima. Fue en esos días cuando escribió, en un mensaje a la juventud del mundo, que Chile era «un Vietnam silencioso». Nos volvíamos a Santiago a medianoche.

LOYOLA: El martes 18 de septiembre, día de la independencia política de Chile, una semana después del golpe militar, el organismo de Neruda ya no resistió la crisis que le provocaron esos días. Tenía suficiente. Todo estuvo trágicamente claro para él a partir de las noticias sobre el bombardeo de la Moneda y la heroica muerte de su amigo Salvador Allende.

La dimensión cabal de lo sucedido le llegó a Neruda cuando se detuvieron tres o cuatro buses con gente armada frente al portón de su casa en Isla Negra, que poco después se convertiría en un hormiguero de hombres buscando metralletas y bazookas debajo de las anclas, en el interior del viejo locomóvil, entre sus maravillosas ediciones de Rimbaud o bajo la cama, mientras él o Matilde debían soportar un interrogatorio no muy bien educado.

Aunque consciente de su deterioro físico, Neruda había decidido vivir varios años más, por lo menos hasta una semana después del 12 de julio de 1974. Quería que su cumpleaños número setenta fuera de algún modo una contribución al triunfo de ese Chile en el que creía y en el que veía cifradas tantas esperanzas de los pueblos de América. Tratándose de él, era una decisión que había que tomar en serio. Pero los acontecimientos de la siniestra primavera que nos trajo 1973 derrumbaron, sin duda, sus reservas vitales.

AIDA: Algunos días después del 11, llegó un bus con soldados a la casa de Isla Negra. Llevaban cascos. Iban al mando de un oficial también con casco. Esto me lo contó Matilde. Llegaron registrando, dando las voces de costumbre:

-¡Que nadie se mueva!

-¡Todos afuera!

Todos salieron. Pablo estaba arriba, en su cama, y ahí se quedó.

Desde esa cama, junto a dos ventanales que hacían esquina en su pieza, se veía todo el jardín. Seguramente fue al atardecer, porque pronto los soldados encendieron linternas para continuar el trabajo, la revisión cuidadosa, detalle por detalle, plantas, matorrales, árboles, la biblioteca, el jardín de piedra afuera.

Pablo estaba mirando todo eso por la ventana y para él, según Matilde, fue especialmente terrible. Era la agresión física a su casa, la impresión física de los soldados entrando por todas partes, la visión de la brutalidad absoluta.

El oficial preguntó por Pablo. Le dijeron dónde estaba y él subió cautelosamente, con el arma en la mano. Ocurrió algo curioso entonces. El oficial entró por adentro, por el lado del comedor, subiendo una escalerilla estrecha, típica de esas casas de Pablo que él mismo ideaba y construía. Abrió la puerta y se encontró a boca de jarro con Pablo en la cama. Era, al parecer, un hombre joven. Cuando vio al poeta tan de improviso, tan cerca de él, se desconcertó. Se sacó el casco, en el ademán de descubrirse, dijo:

-Señor Neruda, perdone -y se fue.

Bajó por la misma escalerilla, dio unas órdenes y se retiró con su gente. No rompieron nada. No se llevaron nada. Era demasiado para el oficial. Pero Pablo quedó aplastado con aquella visita.

Al día siguiente, Matilde se lo llevó a Santiago en una ambulancia que pidió a la Clínica Santa María. Fue un viaje interminable. Los detuvieron repetidas veces, los interrogaban, los demoraban. Pablo iba ya mal.

Algo más: la casa de Isla Negra no fue saqueada. Pero sí fue saqueada y destruida por infantes de marina una casa llena de colecciones y rarezas artísticas que tenía Pablo en Valparaíso. La «Chascona», de Santiago, la residencia en que Pablo vivía, escribía y guardaba sus colecciones, sufrió igual suerte.

LOYOLA: Llegar con Neruda a Santiago no fue cosa fácil. En una entrevista concedida en Buenos Aires, Matilde Urrutia hizo el siguiente relato:

-Su médico de Valparaíso fue apresado el día 13, así que no pudo llegar. Entonces me comunicaba con Vargas Salazar, en Santiago, y él me recetaba los antibióticos que yo ya tenía. Pero la fiebre no le bajaba. El día 18 lograron pasar algunos amigos nuestros y le contaron todo lo que estaba ocurriendo en Santiago. Eso fue peor. Por la noche estuvo muy mal. Al otro día llamé una ambulancia para llevarlo a Santiago. Costó mucho para que llegara hasta la isla. Nos fuimos en la ambulancia y al pasar por el lugar donde se paga el peaje, en el camino a la capital, nos encontramos con que revisaban a la gente.

Cuando llegamos yo dije:

-Se trata de Pablo Neruda, que está muy grave.

Reaccionaron como si no me hubieran oído. Me hicieron salir de su lado para revisarme y eso lo afectó mucho. Nunca en la vida había visto llorar a Pablo y en ese momento vi cómo le corrieron las lagrimas. Cuando volví junto a él, me dijo:

-Límpiame los ojos, Patoja. Le limpié los ojos y le dije:

-Ay, Pablito, no vamos a hacer de esto, pues, una cosa trágica. Lo están haciendo con todos los coches. Esto es una tontería. traté de no darle ninguna importancia, aunque por dentro estaba llorando más que él. Llegamos a la clínica y él, estaba bastante mal, pero yo no me daba cuenta. Pensaba que era algo así como otras veces, alguna infección intestinal u otra cosa como ya había tenido antes. Pensaba que era la fiebre que tenía, pero Pablo estaba quebrado por dentro. El, que tenía una fuerza sobrehumana, en ese momento se quebró.

En vista de las dificultades para la atención médica y de la destrucción de su casa en Santiago, Neruda aceptó una invitación oficial del gobierno de México para trasladarse a ese país. Matilde partió a Isla Negra a buscar un par de valijas con lo indispensable para el viaje. Sin embargo, el día 21 dictó a Homero algunas páginas para completar sus memorias y también algunos poemas, poemas de indignación y de esperanza que aún no se conocen.

BELLO: Estábamos encerrados en casa por el toque de queda. Manteníamos la radio permanentemente encendida por si daban alguna noticia sobre el estado de Pablo. Tarde ya, cerca de la medianoche, el locutor anunció:

«El poeta Pablo Neruda se encuentra en estado agónico y se estima que no pasará la noche. Hay prohibición absoluta de visitarlo en la Clínica Santa María, donde se encuentra.»

Pensé si de algún modo pudiera llegar hasta la clínica, verlo por última vez. No quedaba demasiado distante. Unas ráfagas de ametralladora muy cercanas vinieron de la Escuela Militar, a cien metros en línea recta. «Salgo y me matan» -pensé-. No salí. Empecé •a revivir hechos extraordinarios de los años de amistad con Pablo. Lo oí por toda la casa. Fueron horas de rabia sorda de no poder hacer nada.

LUIS ALBERTO: En esos días uno llegaba a la redacción de un diario y se encontraba con decenas y decenas de cables que describían la consternación producida en el mundo por la muerte de Pablo. De eso, una mínima parte se filtraba a las páginas impresas. Una información de París hablaba de la «profunda y sincera pena» con que había recibido la noticia Georges Pompidou, el Presidente de Francia. París había sido la última misión diplomática de Neruda. Otro cable se refería al embajador Pierre de Menthon, a su apresurado viaje de regreso a Chile para entregar a Pablo, en su lecho de agonía, una distinción máxima del gobierno francés. Había incontables declaraciones condolidas: de Vargas Llosa, que estaba en España; de Evtuchenko y otros soviéticos; de Torres Bodet, Silone, García Márquez, de Moráis. Recuerdo una frase hermosa y triste del novelista brasileño Jorge Amado, gran amigo de Pablo: «El mundo queda empobrecido sin él» o algo así. Y unas palabras emocionadas de Rene Maheu, director general de la UNESCO, que habló de su admiración por el poeta en una sesión solemne en que hicieron uso de la palabra todas las delegaciones de ese organismo de la ONU. Maheu dijo que había llamado por teléfono a la Clínica en los últimos momentos, cuando ya no quedaban esperanzas de recuperación. Le habían respondido que Neruda no se movía ya de su lecho, pero trabajaba encarnizadamente, como si temiera no poder terminar su obra. Los cables daban cuenta de las repercusiones en la prensa. Había titulares de duelo en todo el mundo, como el de «La Razón», de Buenos Aires, que encabezó una gran información sobre Neruda con estas palabras: «La lengua española llora a su más grande poeta contemporáneo.» Todos los comentarios asociaban la muerte de Pablo con la suerte trágica de Chile. Todos, también, destacaban en Neruda una característica fundamental: su inmensa humanidad, la generosidad magnífica que trascendía de todo lo que creaba.

De todo esto sólo algunas líneas aparecían en los diarios chilenos, colocadas aquí y allá para «salvar la cara». Lo que encontraba amplio espacio, en cambio, con titulares, recuadros y comentarios era la versión oficial sobre el asalto a la casa del poeta. La Junta, con un cinismo espectacular, atribuía el hecho a la acción de «delincuentes comunes», en esos días en que el bajo mundo se escondía por precaución en sus más profundos subterráneos y en que los peores criminales (salvo los que manipulaba «Patria y Libertad») eran ángeles asustados frente a esa invasión enorme que llegaba allanando, copando todo, disparando y matando.

AIDA: Había estado ocupada y escondiendo a mi marido. Pero el sábado (día 22) fui a la Clínica. No estaba Matilde. Se había ido a Isla Negra a arreglar maletas. El embajador de México había pedido un avión para que se lo llevaran a su país y ese avión podía llegar en cualquier momento.

Estaban ahí Homero Arce, Laurita Reyes y Delia Vergara, una amiga. Laurita me hizo entrar inmediatamente. Había dos piezas. En una estaba Pablo en cama y en la otra Homero escribiendo a máquina.

-¿Cómo estás, Pablito? -le pregunté. Estaba completamente lúcido.

-Con un dolor horrible -me contestó-. Me duele desde la punta de los pelos hasta la punta de los pies. No sé cómo estar.

Se lamentó de que no estuviera Matilde, que sabía cómo aliviarle el dolor colocándole los pies de cierta manera.

Vi que tenía disnea y que su estado era grave. Pero se notaba dueño de sí, a pesar de todo, y corregía unas últimas cosas. Homero le había pasado unas hojas grandes, un texto que algo decía de centauros y generales.

Hizo toda la corrección. No desmayaba. Estaba además leyendo una novela. Se la habían desarmado completamente y se la entregaban por partes para que no le pesara. Creo que era algo en francés.

-¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? -le pregunté.

Se quejó del dolor, un dolor que era generalizado y que le resultaba insoportable. Luego dijo:

-El lunes me voy a México y allá me voy a mejorar. La idea de la muerte no estaba en él. Se iba, se marchaba.

No quería morir, quería atención médica, quería salvarse, mejorarse en México. Teníamos unos planes y me habló de ellos.

-No me olvido -dijo-. Todo lo voy a hacer. Voy a contestar de México.

Era una idea enorme que tenía Pablo. Una fundación, la Fundación Punta de Tralca. Sus derechos de autor, después de morir Matilde, iban a estar destinados a eso. Se trataba del proyecto de una gran casa en que los poetas de Chile y del mundo tendrían la oportunidad de vivir por períodos para dedicarse a descansar, escribir, descansar y leer. Había discutido ya con los arquitectos. El iba a donar, para esa casa, todos los libros de poesía que había reunido en su vida, cosas inencontrables, primeras ediciones, ediciones raras, mucho en francés y mucho de Rimband («el que no ha leído a Rimbaud -decía- no sabe lo que es poesía»).

Había ido lejos en este asunto. Había hecho un testamento que estaba ya redactado. Faltaba sólo afinarlo y darle forma legal.

-Daré instrucciones desde México, por medio de Wenceslao Roces -me dijo.

Su preocupación preferente era otra, sin embargo: lo que estaba ocurriendo afuera en esos momentos. Le angustiaba la persecución. Se mostraba muy inquieto por algunas personas que sabía en dificultades. Me hablaba, por ejemplo, de la «Payita», la secretaria de Allende.

-Sé que anda arrancando de casa en casa. Ve cómo ayudarla. Me preguntaba por mi marido.

-Está en una casa segura, Pablo.

-Que se cuide -me decía-, que se cuide, que éstos matan. Hablaba con lentitud, con cansancio respiratorio, aunque no dejaba de escribir y corregir.

-Bueno, Pablito, ya te veremos. No te canses. Nos veremos. No sabía, en verdad, si nos veríamos de nuevo. Nada podía afirmarse en ese momento. Le tomé la mano izquierda y se la besé. No me soltó. Se llevó mi mano a la cara y luego la besó. Fue la última vez que lo vi con vida. Era mediodía,

LUIS ALBERTO: El ataúd fue sacado trabajosamente. La gente se hundía en el barro o resbalaba. No sé. Había algo contenido al fondo, con exclusas, un canal creo, que dejaron libre para que el caudal lo inundara todo.

Por fin, la urna salió y la pusieron en un vehículo corriente de funeraria. Me fui inmediatamente detrás con un grupo de treinta obreros de «Quimantú». Esa mañana les habían comunicado que quedaban despedidos. Después de la notificación, decidieron abandonar en el acto la empresa e irse a los funerales de Neruda. Estaba entre ellos el presidente del sindicato. Me uní al grupo. Los conocía. Me contaron que los enviados de la Junta estaban quemando millones de libros en «Quimantú». O convirtiéndolos en papel picado, reduciendo a nada todo ese material que estaba destinado a inundar librerías, kioskos y fábricas en un esfuerzo editorial sin precedentes. De las llamas o de la máquina trituradora no se salvaba, desde luego, el reciente panfleto poético de Pablo, el «Nixonicidio», que estaba con la tinta fresca aún. Nos organizamos en escuadra, una escuadra algo confusa. Instintivamente, por el temor de ser detenidos, porque marchar ahí era un riesgo enorme en ese momento, nos tomamos unos con otros y así caminamos. Partía el cortejo en dirección al Cementerio General.

LOYOLA: La noche del sábado 22, Pablo conversó con Matilde y le declaró que cuando se repusiera compondría algunos libros más:

«Han sido pocos» -le dijo-. «Fue bueno quedarme sola con él esa noche», me contó después Matilde. «Laurita se había ido. No quise enfermera en la pieza. Me quedé sola con él y él quería conversarme. Fue muy tierno conmigo esa última noche de su vida. Le rogué que durmiera un poco, pues sabía que dormir lo reponía completamente. Hemos salido de otras peores juntos -me dijo-. Durmió unas dos horas pero cuando despertó ya no era el mismo Nunca más volvió a ser el mismo. Una excitación febril se apoderó de él y ya no me reconoció más. Deliraba. Su conciencia y su corazón estaban con los amigos perseguidos y torturados. Y en medio de su discurso incoherente gritaba a ratos:

-¡Los están fusilando! ¡Los están fusilando! Y luego el sopor y otra vez el delirio, hasta que en la madrugada del domingo entró en estado de coma.

-Está muy grave -me dijo Vargas Salazar-. Es difícil que supere esta crisis.

A esa altura, Pablo ya no reconocía a nadie. Yo no quería pensar en nada y me aferraba a la esperanza de su gran vitalidad. A mediodía del domingo, encargué a Manuel Araya, un muchacho muy joven, que era el chófer de Pablo, que me trajese algún medicamento u otra cosa, pero las horas pasaron y Manuel no volvió. Después supe que lo habían detenido y conducido al Estadio Nacional, donde lo pasó muy mal, y el automóvil me costó ubicarlo y recuperarlo.»

AIDA: Tomé el teléfono y hablé con Matilde. Pablo acababa de morir. Esto fue el domingo. Le pregunté qué íbamos a hacer.

-La Sociedad de Escritores me ha ofrecido su sede -me dijo-. Pero yo quiero que Pablo sea velado en su casa. Le propuse otra solución:

-Tú sabes -le dije-, cómo está la «Chascona». ¿Por qué no lo llevas a mi casa? Ha sido como su casa tanto tiempo.

Me di cuenta de la conciencia, de la valentía con que estaba actuando Matilde.

-¿No crees -me dijo- que mientras peor esté la casa tanto mejor va a estar Pablo?

Pablo en su casa saqueada y destruida se convertía en símbolo de la brutalidad que estaba desencadenando la Junta sobre Chile.

Logré hablar esa noche con unos estudiantes de medicina y les dije:

-Mañana se llevan a Pablo a la «Chascona». Ustedes tienen que despejar ahí.

LOYOLA: La muerte se produjo a las 22,30 horas del domingo 23 de septiembre. Matilde, Laurita (la hermana de Pablo) y la escritora Teresa Hamel vistieron el cadáver del poeta y así fue conducido a la «capilla» de la Clínica, mejor dicho a un sórdido pasillo de acceso, porque la sala llamada capilla estaba ocupada por un féretro con mucha pompa, flores, cirios y candelabros de metal. Matilde se había jurado no separarse de los restos de Pablo ante el riesgo de que se apoderaran de él para alguna mascarada de ceremonia oficial. O para alguna otra utilización peor. Pasó la noche en aquel pasillo siniestro de la Clínica Santa María, que no olvidaré porque allí la encontré muy temprano, en medio del desamparo y la soledad, cuando la suspensión del toque de queda me permitió llegar.

Cuando hicieron su aparición los periodistas extranjeros, el cadáver de Neruda había sido movido un poco hacia una antesala de la capilla, un recinto gris y desnudo que más parecía una morgue. El poeta, vestido con chaqueta deportiva y una camisa de cuello abierto, parecía reposar sobre la camilla y su gesto era plácido, casi sonriente. Pasó un par de horas antes de que pudiese llegar la urna y durante todo ese tiempo recuerdo a Matilde de pie junto a la camilla, mirando largamente el rostro de Pablo, sin decir nada, muy serena en su dolor. De cuando en cuando algunas palabras de respuesta a algún periodista. Por fin llegó la urna, que era de color metal, gris acero. Matilde dijo:

-Yo no entiendo de funerarias. Teresa se encargó de traer la urna. Sólo le exigí que no fuese negra. Pablo odiaba el color negro de los funerales.

AIDA: El lunes a primera hora estuvieron los muchachos en la «Chascona», Guillermo de la Parra, mi hijo Alvaro y otros. Cuando llegábamos, trabajaban arremangados, chapoteando, con el agua más arriba de la rodilla. El agua caía a la calle como una catarata por la escala de acceso. Arriba, el comedor estaba inundado, con un agua que tenía una altura de medio metro, más o menos.

Más allá estaban los jóvenes sacando las cosas con que habían taponeado el canal para desbordarlo. Las habían sacado de la casa. Podía verse ahí de todo, cuadros, sillas, un organillo (que era una de esas razones que Pablo recogía en cualquier parte), marcos, cajones, lámparas. Revuelto con todo eso había también un gran abanico de madera, extraño, festivo, que Pablo mantenía en un sitio especial lleno de tarjetas postales, espejitos y otros objetos. Con eso y otras cosas hicieron el taco, el agua desbordó las márgenes y produjo la inundación de la casa.

Imposible entrar el féretro por la puerta. Se tuvo que caminar por unos sitios eriazos, hacer un rodeo, atravesar por un taller mecánico, un garaje o algo así, y bajar bamboleándose, con el ataúd en alto, por atrás, por los caminitos y las escaleritas del jardín de Pablo. Fue así como entramos a lo que había sido el living. Las cortinas habían sido arrancadas, el teléfono también, de un tirón. Se entraba pisando vidrios, vidrios, vidrios. Eran los restos de lo que había sido esa casa maravillosa.

Estuvimos allí todo el lunes. Empezó a llegar gente, misiones diplomáticas, coronas de embajadores, flores. Hacía frío. Entraba el aire por todas partes. Llegaron amigos íntimos, algunos escritores y artistas. Vi al cantante Patricio Manns y le pregunté qué hacía allí, si no sabía lo que le había pasado a Víctor Jara.

BELLO: La casa empezó a llenarse de gente. Entraron a avisar a Matilde que unos representantes de la Junta militar deseaban expresarle las condolencias oficiales y que esperaban abajo. Exponiéndose a nuevos vejámenes, Matilde les mandó decir que se fueran, que no los recibiría. Nada se había hecho aún para las legalizaciones del fallecimiento. Matilde me pidió que tomara esa responsabilidad. Fui a la casa del médico que lo atendió hasta sus últimos instantes. Mientras llenaba el formulario que pasé a buscar a la Clínica, el médico comentó:

-Si antes de irse a ocupar la embajada en París nos hubiera hecho caso, don Pablo estaría vivo. Nosotros teníamos claro el diagnóstico mucho antes de que lo trataran en Europa. Y había tiempo para evitar el desarrollo del mal, para operar con éxito.

Quedé estupefacto. Traté de convencerme de que en general los médicos también especulan sobre posibilidades.

Cuando llegué al Registro Civil para inscribir la defunción y obtener el pase, las oficinas estaban ya cerradas. Logré entrar convenciendo al portero. Adentro, las funcionarías habían cerrado los libros. Expliqué la situación.

-Usted sabe que en la tarde no se atiende público, pero... La empleada no siguió, podía estar comprometiéndose. Todo el mundo andaba aterrorizado. Los generales habían enviado a esas oficinas nuevos jefes administrativos. Dos mujeres me miraron significativamente, sin decir palabra y reabrieron los libros. Así expresaban su solidaridad.

-¿Dónde se hará la sepultación?

-Tumba de don Carlos Dittborn, calle 0'Higgins Central, entre Limay y Los Tilos del Cementerio General (Adriana Dittborn, escritora, había ofrecido a Matilde la tumba de su familia, puesto que no podía cumplirse aún el deseo de Pablo de ser enterrado en Isla Negra).

Cuando volvimos a la casa, la gente se agolpaba entre los escombros. Muchos amigos que habían desaparecido desde el 11 de septiembre, corriendo el riesgo, estaban ahí.

LOYOLA: Mucha gente anónima trajo flores y lágrimas por los que no podían llegar. También vinieron algunos personajes, como los demócrata-cristianos Radomiro Tomic, Flavian Levine y Máximo Pacheco. Al mediodía llegaron dos representantes de la Junta, pero Matilde se negó a recibirlos. Había muchos periodistas extranjeros y hasta las seis o siete de la tarde la casa estuvo llena de gente, un fluir permanente de personas que querían expresar de alguna manera el dolor de Chile. Era evidente que algunas de ellas entraban sin haber superado todavía el temor de ser sorprendidas en ese lugar y se iban rápidamente.

No sé en qué momento, cosa increíble, apareció ahí el partido de Pablo. Era gente muy joven de la editorial «Quimantú».

-Compañera -dijeron-, pida, por favor, que no saquen fotos. Vamos a rendirle homenaje a Neruda con una guardia de honor.

Hicieron la guardia y los periodistas respetaron el pedido. Los extranjeros, sobre todo los que tenían fuero, expresaban no sólo su pesar, sino su indignación. Muy abiertamente. Recuerdo a Harald Edelstam, el embajador de Suecia, denunciando a grandes voces al fascismo. Hablaba con los periodistas.

-Saquen fotos -decía mostrando el destruido hogar del gran poeta. Fotos, fotos, ésta es la prueba más evidente del salvajismo de esta gente.

Con los periodistas, por alguna razón, uno se equivocaba. Por alguna razón, a primera vista, los consideraba a todos, de alguna manera, gente del otro lado. Aquella misma mañana, en la Clínica, se me había acercado un periodista brasileño,

-¿Me puede decir algo? -dijo.

Le respondí que yo era sólo amiga de la familia.

-Es que ella está tan chequeada -me dijo señalando a Matilde. Adivinaba que un diario brasileño producía en nosotros una actitud por lo menos de reserva.

-Señora -me dijo-, yo sé, yo he vivido la experiencia brasileña, pero puedo decirle que nada de lo que ocurrió en Brasil se puede comparar con lo que he visto aquí.

Le conté algunas cosas.

Alguien llegó diciendo que había gente que rondaba por las cercanías sin atreverse a entrar. Luego recibimos una noticia que nos aclaró la situación: A la entrada de la calle Márquez de la Plata había apostado un bus lleno de carabineros.

-Algo hay que hacer -dijo Matilde-. La gente tiene derecho a ver a Pablo.

Fuimos a la casa de Queta, la viuda del fotógrafo Antonio Quintana. De allí hablamos por teléfono. Llamé a la comisaría, al mayor. Un mayor me pareció lo más indicado. Habló Matilde.

-La gente tiene miedo -dijo-, y no se atreve a venir a la casa. Creo que no hay derecho. Esa gente no puede despedirse de Pablo.

Le rogó que hiciera retirar el bus.

El oficial le dijo:

-Señora, es sólo para darle protección a usted y al señor Neruda. Matilde le respondió que eran los amigos y el pueblo los que llagaban a ver a Pablo por última vez y que para eso no se necesitaba protección. Retiraron el bus.

LUIS ALBERTO: Vi al embajador de México y al de Francia saltando entre los charcos, tratando de evitar el barro para llegar hasta el living. Muchos diplomáticos tuvieron que sortear ese obstáculo para saludar a Matilde y hacer presente el pesar de sus gobiernos por ese hecho terrible: no sólo la muerte del gran poeta chileno, sino también ese marco increíble en que se velaban sus restos. Me llamó la atención una figura. Vi en alguna parte, en medio de ese cuadro, como petrificado, a Alone, el crítico literario de «El Mercurio», que tanto había abogado desde ese diario por el advenimiento de lo que en esos instantes tenía ante sus ojos. Andaba con lentes oscuros, vestía de riguroso negro y se veía como anonadado. Lo volví a ver, igual, al día siguiente, en los funerales, en medio del tumulto, la agitación y la emoción que se produjo en el Cementerio General a la llegada del cortejo.

AIDA: Más tarde, otra conmoción en el living. Alguien comunica que ha llegado una representación de la Junta a dar el pésame a la viuda.

Matilde me dijo:

-Yo no voy a recibirlos. Te ruego que vayas tú.

Eran oficiales de Carabineros. El que hacía de jefe tendría unos cuarenta años.

Los hice pasar al comedor, que se veía desarbolado y destruido. Todo estaba por los suelos, y se caminaba tropezando con los vidrios rotos.

-Venimos a darle las condolencias a la viuda -dijo el que hacía de jefe.

-La señora Matilde -les expliqué- no los va a recibir. El oficial estaba intranquilo.

-Ustedes comprenden -dijo-, que esto no lo hemos hecho nosotros. Las fuerzas armadas y carabineros no proceden así. Esto es vandálico y sólo pueden haberlo hecho delincuentes.

Me habría gustado preguntarles, en ese momento, quiénes habían bombardeado la Moneda.

-Es curioso, porque no han robado nada -les dije-. Permítanme que les muestre.

Les hice dar una vuelta por el comedor, para que vieran la intención brutal de destruir. Quedaba en evidencia una cosa: que habían actuado muchas personas. Y que era una acción calculada con precisión para destruir una gran casa.

Me seguían. Les mostré la sala escritorio que tenía Pablo en medio del jardín. Era uno de los lugares en que se distraía y en que iba realizando su obra poética. Tenía una chimenea. Había ahí, antes del asalto, una mesa, una mecedora, el ambiente de Pablo, un reloj de pie grande, con los adornos que a él le gustaban. Les mostré lo que había quedado de eso. Habían destripado el reloj. Era un reloj muy antiguo, precioso, de marquetería inhallable. Ahí estaba ahora con la cuerda afuera, colgando, con el péndulo saltado. Los hechores habían dejado su marca en todas partes. Recuerdo un cuadro con la figura de una vieja dama, regordeta, bigotuda, una pintura antigua, un cuadro de familia típico que Pablo había encontrado en algún viaje o en algún negocio de antigüedades. Le encantaban esas cosas. Le metieron un cuchillo justamente en la parte del ojo y le hicieron un rajón hasta abajo. Era difícil que hubiese delincuentes con tiempo para hacer tal clase de vandalismos.

Les mostré, por último, la montaña de cosas sacadas del canal. No hablaron mucho, caminaban detrás, miraban y se fueron, al final, bastante incómodos. Sobre todo, tal vez, por no haber podido cumplir su misión.

Podría haberles dicho mucho más. Que en esa casa, por ejemplo, no había una taza, un vaso para tomar agua. Ni luz, obviamente, de modo que el velorio tuvo que hacerse con velas, como un auténtico y muy triste velorio del sur.

Tampoco había camas. Los colchones habían sido vaciados. Pero, en algún rincón encontramos uno o dos. Los pusimos al pie del ataúd y ahí nos tendimos con Laura y con Matilde. Llegó un sobrino, un sobrino nieto de Pablo. Velamos el cuerpo toda la noche. El frío se hacía cada vez más grande. En algún momento, en medio de ese desamparo, se presentó una visita oportuna: los jóvenes de «Quimantú», que iban a preguntar si necesitábamos algo. Nos traían una botella de pisco que, francamente, fue bienvenida.

LOYOLA: Como a las siete de la tarde de ese lunes fui a mi casa a buscar algunas frazadas y luego regresé para quedarme toda la noche velando a Pablo. El toque de queda empezaba entonces a las ocho y volví a Márquez de la Plata sólo algunos minutos antes. Había oscurecido. No había nadie en la calleja, pero de algún rincón salió de pronto un tipo que dijo ser periodista y buscaba la casa de Neruda. Subió conmigo la escalera de acceso pero se limitó a echar un vistazo de la sala y bajó enseguida. Era seguramente un policía.

Hubo nueve personas en el velorio de Pablo: Matilde, Laura Reyes, un matrimonio de apellido Cárcamo (parientes de Matilde), Aída Figueroa (esposa del Ministro de Justicia), Sergio Insunza, Elena Nascimento, Juanita Flores, Enriqueta de Quintana y yo. Matilde durmió un rato. Era increíble que se tuviera en pie después de tantos días y noches en vela. Pero menos de dos horas después se había levantado otra vez. Volvió a su guardia junto al cadáver del poeta, mirándolo intensamente como había hecho durante todo el día.

Me puse del otro lado de la urna, en silencio, y ella sin mirarme empezó a contarme detalles dispersos de los últimos días, de los últimos meses, de los proyectos inconclusos, más bien como si estuviera recordando a media voz.

El martes, a las nueve de la mañana, otra vez la tristeza de sacar el cadáver atravesando difícilmente el agua que inundaba la entrada y la planta baja. Los periodistas extranjeros (muchos habían llegado el día anterior) no cabían en sí de asombro ante la escena. Y tanto allí como en el cementerio, más tarde, vi a varios de ellos ser incapaces de contener la emoción y las lágrimas.

Cuando logramos sacar la urna, afuera, en la calle, se había reunido ya un considerable grupo de obreros y estudiantes y escuché los primeros gritos:

-«¡Camarada Pablo Neruda!». Y la respuesta en coro:

-«¡Presente!».

LUIS ALBERTO: En el corto trecho de la calle Márquez de la Plata vimos, a los lados, muchas caras torvas, tipos de anteojos negros, figuras policiales inconfundibles. Aunque temo equivocarme, porque había algunos que usaban los anteojos oscuros para ocultar el dolor o las lágrimas o con la esperanza de disimular así su identidad.

Seguimos por las callejuelas adyacentes y desembocamos en una plazuela que queda junto al cerro San Cristóbal. Ahí había una pequeña multitud. Era gente que esperaba el paso del cortejo para unirse a él. Seguimos. Resultaba increíble que en ese momento pudiera hacerse un desfile en Santiago, aunque ese desfile fuese el cortejo de un inmenso poeta. A ratos se me ocurría más una fantasmagoría que la realidad.

AIDA: Hubo algo muy singular en ese desfile. Todos miraban hacia adelante. Nadie le miró la cara a nadie. Yo sólo sentía que detrás de mí, a poca distancia, iba mi hijo de 22 años, como protegiéndome.

Sentíamos que el cortejo crecía. Vi, a un costado, a una mujercita que lloraba. Sacó un pañuelo, se lo amarró a la cabeza en señal de duelo y se incorporó a la fila.

Creo que la policía se confundió, porque evolucionaba en torno a nosotros en forma muy extraña, entre agresiva y desconcertada. No se imaginaron nunca que se iba a formar una columna. Carabineros en motocicleta se acercaban, parecía que iban a lanzarse contra nosotros y luego se alejaban. Pero volvían, sin saber qué hacer, en tanto que el desfile seguía adelante.

De pronto una sorpresa. Tensión en el grupo. Instintivamente nos apretamos unos contra otros. Pasábamos frente a una concentradora de electricidad y había ahí un grupo de «boinas negras», metralleta en mano, apuntando hacia nosotros.

Calle Purísima, Río Mapocho, Avenida La Paz. Lo imposible. Parecía un sueño. Ahí se empezó a cantar «La Internacional» «¡La Internacional en esos momentos!». Eran frases. Luego moría. Más allá quería volver a empezar, se escuchaba en distintas partes, y moría. Pero había ya, recuerdo, como un murmullo de «La Internacional».

Alguien empezó a recitar versos de Neruda en voz alta. No sé quien sería, pero era un compañero cojo. Frente a la morgue había mucha gente esperando. El cortejo creció en forma considerable. Ya ahí tuvimos la sensación de masa. Al principio habían sido sólo algunas filas de personas.

LUIS ALBERTO: La columna se engrosaba. Iban muchas mujeres con flores en los brazos, estudiantes, incluso algún niño de la mano de su mamá.

En muchas ventanas aparecía gente que hacía un saludo silencioso con un pañuelo o levantando una mano.

Una cosa muy curiosa y notoria era que el cortejo lo encabezaba, en realidad, una cuadra más adelante, un carro lleno de militares que iban, a la vuelta de la rueda, apuntando con sus armas en todas direcciones.

Los que se asomaban a saludar eran sobre todo dueñas de casa, algunos viejos. No era poco, porque cualquier persona que estimara en algo su vida en esos momentos no debía mostrar simpatía por nada que no fuera el golpe. Algunos no hacían ni un solo ademán. Abrían la ventana, simplemente, y ahí permanecían mirando con ojos fijos, inescrutables, el paso de la gente. Bastaba. Eso era no sólo un resto de prudencia, sino también la decisión de arriesgarlo todo, por último, para decir adiós al poeta.

BELLO: Atravesamos la Avenida Perú. Al enfilar Santos Dumont, los que habían llegado en auto empezaron a bajar para seguir a pie.

Nunca vi mayor expresión de duelo en una multitud. En esas fisonomías se unían la desolación causada por la muerte de Pablo y la vigilia tensa que imponían por el terror los militares facciosos.

-¡Viva Pablo Neruda!

-¡Viva el Partido Comunista!

Cada cierto trecho, desde el centro del desfile alguien leía en voz alta. Llevaba un libro de Neruda abierto en las manos.

«Chacales que el chacal rechazaría
piedras que el cardo seco mordería escupiendo
víboras que las víboras odiaran.»

-¡Compañero Pablo Neruda...!

-¡Presente!

Este grito se repetía tres veces. Nadie se ocultaba. Nadie tenía miedo. Muchos respondían ¡Presente! con el rostro mojado en llanto.

LUIS ALBERTO: Era «España en el corazón». El presidente del Sindicato «Quimantú» sacó el libro y empezó a leer con voz fuerte. Pero después aparecieron otros recitadores. Había mucha gente que se sabía esos poemas de memoria... Se recitaban distintas cosas, pero se volvía de preferencia a los mismos:

«Generales,
traidores.
Mirad mi casa rota,
mirad España muerta.»

Se decía España y se sentía dolorosamente Chile en el corazón. Los periodistas extranjeros, que andaban por todas partes, se acercaban a preguntar y nosotros les contestábamos apenas, temiendo que se tratara de policías.

-¿Qué opina de toda esta brutalidad tremenda?

-¿No tienen miedo a ser detenidos en el cementerio? Era un corresponsal de la televisión mexicana, según dijo.

-Es un riesgo que hay que correr.

BELLO: Delante de nosotros caminaba pálida, como una autómata, la bailarina inglesa Joan Turner. La sostenían dos amigas. Era la viuda del cantante y compositor Víctor Jara, cuyo cuerpo mutilado por las torturas debió rescatar ella personalmente de la morgue. Cuando enfrentábamos el edificio de la morgue en la Avenida La Paz, una de sus acompañantes gritó:

-Compañero Víctor Jara...

-¡Presente!

-Compañero Víctor Jara...

-¡Presente!

-Compañero Víctor Jara...

-¡Presente!

-Ahora.

-¡Y siempre!

A ambos lados de la entrada del Cementerio General, aunque a cierta distancia, grupos de soldados armados vigilaban en carros blindados y en jeeps.

AIDA: Cuando entramos al cementerio, íbamos ya cantando abiertamente y en realidad sollozando «La Internacional». Había mucha gente esperando. Se empezaron a vocear nombres de nuevo. El de Pablo. Se me acercó Irma de Almeyda y me dijo:

-No hemos nombrado a Allende.

íbamos atravesando la cúpula de la entrada en ese momento. Y hacia arriba, hacia la cúpula, grité con todas las fuerzas que me quedaban:

-¡Salvador Allende!... Y vino el coro entonces:

-¡Presente!

Había un abogado del sur por ahí cerca y escuché que decía:

-Estos comunistas no van a aprender nunca.

Vi a Alone, muy afectado, y a Fernando Castillo Velasco, el rector de la Universidad Católica, que sollozaba. Empezó a oírse la voz de Chela Alvarez muy fuerte.

LUIS ALBERTO: Era un día de sol vacilante, que salía y no salía. Un día de comienzos de primavera. Pero lo sentíamos sobre todo como día de duelo, más nítido y penoso aún que tantos días de duelo que habíamos vivido hasta ese momento. La columna llegó hasta la rotonda del cementerio y vimos a mucha gente esperando. Recuerdo a Radomiro Tomic, el ex candidato presidencial de la democracia cristiana y, como tal, contendor de Allende. Parecía cargar una montaña sobre sus espaldas. Se decía que un hijo suyo había sido detenido. La ciudad estaba llena de rumores. Y volví a ver, un poco más allá, a Alone, con sus anteojos negros, enjuto, más de piedra que nunca. Era curiosamente, un enemigo de Pablo y a la vez un admirador. Escribía y sigue escribiendo las cosas que se sabe, estremecidas hasta los huesos de anticomunismo, pero ahí estaba esa mañana. Amigos, Diego Muñoz, el escritor, Enrique Bello, animador de revistas literarias que publicó en «Pro Arte» las primeras noticias y los primeros poemas de Pablo en el destierro, por allá, por 1950, cuando el nombre del poeta estaba prohibido en Chile. Vi cerca de Matilde, al embajador de México, Martínez Corbalá, que tenía instrucciones expresas del Presidente Echeverría de prestarle toda la ayuda necesaria.

LOYOLA: Yo había quedado rezagado y cuando me reincorporé al cortejo en la Avenida La Paz, confieso que quedé helado de pavor, pues ya en un tono crecientemente alto la gente iba cantando «La Internacional», puño en alto, todos sin distinción. Gente que jamás pensó ser comunista, simplemente escritores o amigos de Pablo, sintieron tal vez que no había mejor modo de expresar lo que llevaban adentro que alzar el puño y cantar ese himno.

Los soldados rodeaban la plaza que queda frente al cementerio. Estaban a la vista. Yo creí que era cosa de segundos la descarga de metralleta cuando alguien de gran vozarrón empezó a gritar:

-¡Compañero Pablo Neruda! Y todos contestamos:

-¡Presente!

Se repitió el grito dos o tres veces y las respuestas crecían en fuerza, pero de pronto el grito fue:

-¡Compañero Víctor Jara!

Y a todos nos quebró la voz porque era la primera vez que se nombraba a Víctor en público denunciando su asesinato.

-¡Presente!

Contestamos todos lo mejor que pudimos... Pero entonces se produjo un silencio y enseguida, como tomando aliento, la voz gritó con todas sus fuerzas:

-¡Compañero Salvador Allende! -pronunciando el «Allende» en forma muy marcada.

Y allí la respuesta fue una especie de aullido ronco, quebrado, distorsionado por la emoción y por el terror y por las ganas de gritar de modo que se oyera en todo el mundo: «¡PRESENTE!». Yo creo que ahí se nos pasó el miedo a todos, porque ahí no había ya nada que hacer. Más valía morir con el puño en alto y cantando «La Internacional», y así, cantando a voz en cuello, todos llorando, entramos al Cementerio General. Tal vez la presencia de muchos periodistas extranjeros nos salvó.

BELLO: Cuando los restos del asesinado Presidente de la República llegaron al cementerio de Viña del Mar, sólo su esposa y sus hijas seguían el féretro. Nadie supo siquiera a dónde lo llevarían. Pero allí, en ese instante, la presencia de Allende se nos hizo viva con el grito restallante de la multitud, que por alguna razón profunda, sin que hubiera una voz previa, empezó a cantar el himno nacional.

LUIS ALBERTO: El cortejo se detuvo adentro. Había que esperar los trámites de rigor. La gente, a esa altura, se expresaba abiertamente. Algunos personajes conspicuos, que estaban lejos de las posiciones políticas de Pablo, pero que consideraban necesario rendirle homenaje, miraban la escena de soslayo, circunspectos, como no queriendo dar crédito a sus ojos. Se gritaban consignas y se cantaba.

Dieron el pase y emprendimos la marcha por las avenidas interiores, entre las criptas y los árboles. Volvió a cantarse «La Internacional», una, dos veces.

En medio del gentío, me encontré con el profesor Alejandro Lipschütz. Estaba un poco cansado y se apoyó en mi brazo. Caminamos lentamente.

-Anoche tuve visitas inesperadas -me dijo. El profesor Lipschütz es la figura más venerable del mundo científico chileno y su prestigio va más allá de las fronteras del país.

Habían estado los militares en su casa. Allanaron. Lo tuvieron encerrado con llave toda la noche, a él, que tiene noventa años, y a su esposa Margarita, que es mayor aún. Registraron todo, dieron vuelta todo, buscando armas y buscando a Luis Corvalán. Removieron todo el jardín con chuzos y palas y se fueron al final, papeles, investigaciones, reliquias, objetos, diversas cosas inapreciables para un hombre de ciencia que las ha reunido pacientemente a lo largo de toda su vida.

-Compañero -me dijo-, esta gente no es eterna. Hablaba con una especie de clarividencia fatigada.

-He visto mucho, el fascismo hizo lo mismo en Europa y ya ve cómo se terminó.

Tenía el rostro de un color ceniciento que no le había visto nunca. Parecía tranquilo, aunque se notaba el peso que había caído sobre sus hombros. La muerte de Pablo era un golpe considerable para él. Entre ambos había una relación que era una mezcla de admiración mutua, afecto y respeto.

LOYOLA: Ya en el interior del cementerio ocurrió algo curioso, A medida que se acercaba al sitio de la tumba, el cortejo empezó a tomar velocidad. Era un cortejo modesto, provinciano, digamos, falto de orden y protocolo, un cortejo verdaderamente popular. Y nadie, por cierto, se preocupó de que tuviese un carácter solemne. Sucedió que todos querían estar cerca de la tumba para la ceremonia misma de la sepultación y entonces los que iban fuera de la columna empezaron a apurarse. De pronto vi a Matilde y a todo el cortejo casi corriendo. Los portadores del féretro se habían comenzado a apurar también, sin duda, contagiados por la prisa de la gente que pasaba a su lado.

LUIS ALBERTO: Hubo discursos. Se escuchaban poco desde donde estábamos. Alguien leyó poemas del «Canto General», alguien asoció la figura gigantesca de Neruda con el mar y la tierra de Chile. Un joven obrero leyó un poema escrito, sin duda, la noche anterior, y todos, de un modo u otro, trataban de decir con alusiones vagas, con metáforas desesperadas, eso que hubieran querido decir con todas sus letras, con todo su corazón y a todo pulmón, pero que en esas circunstancias no podían expresar en un discurso público ni con las más humildes palabras.

Frente a aquella pequeña multitud condolida había un gran mausoleo en cuyo techo estaban estratégicamente instalados unos diez o quince fotógrafos, toda una batería electrónica en la cual, en algún punto -eso, pensábamos estoicamente todos- debía encontrarse el ojo mágico de nuestra ficha policial.

El féretro de Pablo fue colocado en el mausoleo y allí quedó cubierto de flores. La gente empezó a salir.

Circulaban rumores y prevenciones. «Están deteniendo afuera». «Ándate por atrás, compañero». La voz de orden era ésta: «Hay que irse rápidamente, salir, no quedarse en la puerta.»

Los corresponsales extranjeros anunciaron que se irían adelante, como avanzada, para ver si detenían. Espontáneamente, se formaron disimulados grupos de protección, que caminaban a pocos pasos de los que corrían más peligro.

A un costado de la rotonda, afuera, había un carro con militares. Miraron la salida de los grupos, como vigilando, sin moverse.

LOYOLA: El destino de Neruda quiso que en su muerte estuviese tan cerca de la tierra y tan lejos de la pompa como cuando se sentía poeta solicitarlo allá en el sur, en la frontera. Pero no fue el destino ni fue el azar lo que llenó de significado la muerte de Neruda. Simplemente fue un hombre, un poeta que murió en servicio activo, combatiendo, y su muerte fue la voz de los que no podían gritar al mundo su indignación y su voluntad de seguir adelante, de no dejarse vencer. Nada hubo de casual en que al morir y al volver a la tierra estuviese rodeado de los amigos y del pueblo anónimo del cual salió, del cual se nutrió y al que en definitiva dedicó su obra y lo mejor de su existencia.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03