Víctor Jara, un adiós imposible

VÍCTOR JARA, UN ADIÓS IMPOSIBLE

Nelson Villagra

Nelson Villagra fue protagonista de algunas de las más célebres películas chilenas
(El chacal de Nahueltoro, Tres tristes tigres). Exiliado en Cuba después del golpe de Estado,
ha sido el actor principal de notorios films latinoamericanos, como El recurso del
Método
o La última cena. Vive en la actualidad en Canadá.

Araucaria de Chile. Nº 42, Madrid 1988.

Nelson Villagra fue protagonista de algunas de las más célebres películas chilenas (El chacal de Nahueltoro, Tres tristes tigres). Exiliado en Cuba después del golpe de Estado, ha sido el actor principal de notorios films latinoamericanos, como El recurso del Método o La última cena. Vive en la actualidad en Canadá.

Este 1988, Víctor Jara habría cumplido 50 años. Pero el fascismo segó su vida en 1973, cuando, a pesar de ser ya una personalidad artística de relieve nacional, tenia apenas treinta y cinco años.

Como en el caso de García Lorca, y de otros artistas absurda y criminalmente inmolados por las fuerzas más oscuras de la reacción, su nombre se convirtió en bandera, pasó a ser una referencia emblemática. La importancia de ello no debe hacernos olvidar que Víctor Jara fue, sin discusión, un gran artista, un músico sobresaliente entre los varios que consolidaron el sólido fenómeno cultural que se llamó Nueva Canción Chilena. Fue también un director teatral de méritos, como se encarga de recordarlo en este testimonio el actor Nelson Villagra, que iniciara una amistad entrañable con el cantor en la época en que ambos comenzaban apenas su carrera de artistas. Fue, también, un hombre que supo sumar al talento la hombría de bien, la bondad, la fidelidad al amigo y a los principios de lealtad al «alma popular», a los que adhirió cuando apenas bordeaba los veinte años.

Publicamos el texto presente como homenaje a quien, como señala el autor del testimonio, está ya «definitivamente presente.»

La primera imagen que tengo de Víctor data de 1955; él trabajaba en la compañía de mimos de Noisvander, en la sala Taifa de Santiago, y lo recuerdo mimando a un burócrata solitario y triste. Yo estudiaba mi primer año en la escuela de Teatro de la Universidad de Chile, y aquel trabajo de Víctor me pareció impecable. Tiempo después, cuando ya éramos amigos, y yo le celebraba aquella interpretación, él no podía creerme, pensaba que yo bromeaba.

El 56, cuando yo ya cursaba el segundo año, Víctor ingresó a su vez a la escuela de Teatro. Nuestra amistad comenzó entonces, en los camarines del Antonio Varas, sala en la cual los alumnos de la escuela actuábamos de comparsas en las obras que presentaba el grupo profesional.

Tres cosas, creo yo, nos acercaron: la guitarra, la soledad y nuestra común pobreza de estudiantes.

El tendría diecinueve o veinte años; yo acababa de cumplir dieciocho. Me atraían en él su sencillez y modestia, y su risa, esa capacidad enorme que tenía para reírse.

Nuestros escasos fondos provenían, por un lado, de la beca que él tenía, y de los dineros que me enviaban mis parientes desde la provincia. Todo era tan exiguo que a mitad de mes, por lo general, ya no teníamos ni un centavo.

Yo vivía en una pensión muy modesta, en un barrio popular de Santiago, cuyos pensionistas eran obreros del calzado, del aseo municipal, más otras gentes sin profesión u oficio conocido. No faltaba el personaje extravagante, como un pianista, hombre ya mayor y solterón, que vivía en un cuarto estrechísimo con siete perros y cinco gatos.

Compartíamos allí con Víctor, de tarde en tarde, algún plato de comida, que la generosa dueña de la pensión optaba por no anotarme en la cuenta. Como, de todos modos, las raciones eran muy escasas, completábamos nuestro «menú» sentados en el escaño de algún parque público, comiendo pan negro con quesillos y leche, mucha leche. Nuestro «pan negro de cada día», que sólo mejoraba cuando mis parientes decidían enviarme desde la provincia alguna cecina y hasta trozos de carne, pero sobre todo quesos preparados a la criolla. Entonces era la gran vida, y después de esos opíparos banquetes al aire libre, nos entregábamos a la conversación de «sobremesa», al intercambio de ideas sobre la «contradicción campo-ciudad».

«Los peones de Tierra Larga»

Víctor descubrió que yo tenía una relación muy estrecha y directa con la vida campesina, con sus tradiciones, con las costumbres y las faenas agrícolas, y se interesaba muchísimo en las cosas que yo le contaba sobre la gente del campo, los personajes lugareños de mi infancia: «Don Leocadio», «Hermes», «Don Venero», la «Elsa puta», la «Pecho de palo», el «Juan querido». Quiso conocer «La Cólqueda», que en fin de cuentas no era sino un fundo triguero en donde las gentes se entristecían cantando aquello de «Ay qué triste es el querere / Ay qué triste es el viviré / Ojos que te vieron iré / nunca te verán volvere...» Quiso conocerla y decidimos que iríamos allí en las vacaciones siguientes.

Mientras llegaban, Víctor propuso un plan para aprovechar aquella visita con fines de investigación folklórica que pudiera sernos de alguna utilidad en nuestra labor teatral. Se le ocurrió también conseguir prestadas un par de guitarras, enseñarme luego a tocar (yo sólo sabía un par de rasgueos) y formar un dúo musical que proyectara su labor en esas próximas vacaciones campesinas. Así se iniciaron largas veladas de ensayos, toca que toca, encerrados en mi cuarto de la pensión, simulando yo un interés que estaba muy lejos de la actitud disciplinada y acuciosa de Víctor. Nuestro repertorio se componía de algunas canciones de Atahualpa Yupanqui y unos cuantos aires supuestamente campestres que yo conocía, como ese que dice: «Ya me voy por esos campos y adiós / a buscar yerbas de olvido y dejarte...»

Así «nació» el dúo musical «Los peones de Tierra Larga» -nombre elegido por Víctor- que tuvo hasta la ocasión de grabar una prueba en el estudio del Instituto Chileno Alemán de Cultura. El gringo que hizo la grabación quedó tan contento que nos pidió autorización para enviar una copia de la cinta a la sede central del Instituto en la República Federal Alemana.

Estábamos muy contentos con aquellos resultados, que nos hacían sentir como si de verdad hubiéramos ya «alcanzado el éxito». Nunca nos supieron mejor la leche y nuestro «pan negro de cada día.»

Así transcurrió nuestra vida en ese año de 1956. Por la mañana íbamos a clases en la escuela; luego el almuerzo y nuestra comida complementaria al aire libre, en el Forestal o el cerro Santa Lucía. Por las tardes nos dedicábamos a estudiar nuestras materias escolares y asistíamos, también, con bastante regularidad, a estrenos teatrales, exposiciones, conciertos. Visitábamos, además, los «foyers» de los cines para hurgar en los ceniceros y juntar colillas: era nuestra única posibilidad de fumar cigarrillos rubios importados. Por las noches, las discusiones apasionadas e interminables, propias de jóvenes en plan de formarse y de querer entender y transformar el mundo.

La primera guitarra de Víctor

Llegadas, por fin, las vacaciones, se nos planteó el problema de disponer de verdad de al menos una guitarra propia. Las que teníamos eran prestadas, debíamos devolverlas y Víctor juzgaba con razón que nuestra tarea de investigación folklórica en el campo sería muy poco efectiva si no contábamos con un instrumento musical de apoyo. Se trataba de conseguir, entonces, una guitarra, y debo decir que la conseguimos; y como se trata de la primera guitarra propia que tuvo Víctor, creo que la anécdota vale la pena de ser contada.

El tenía una amiga, una admiradora que le había insistido más de una vez en el deseo de regalarle una guitarra. Pero Víctor se resistía, porque eran más fuertes sus escrúpulos y su pudor que su deseo por hacerse con el instrumento. Fue necesario que yo echara mano de todo mi don de persuasión. «Negro -le dije-, tienes que aceptar el ofrecimiento, la necesidad tiene cara de hereje». No fue fácil, pero al final me salí con la mía. Víctor llegó un día con la noticia: «Ya, Huaso, resultó».

Así fue como Víctor tuvo su primera guitarra. La compramos en la «Casa Amarilla», la famosa tienda de instrumentos musicales. Fuimos los tres, y hay que decir que la amiga mostró una generosidad más allá de lo que podía esperarse. Se suponía que yo debía conversarle, disertar sobre nuestros «éxitos musicales», nuestro «futuro» como artistas, para persuadirla de lo acertada que era su determinación. Pero la verdad es que ella no necesitaba de mis argumentos. Aparentaba escucharme, pero pronto me percaté que toda su atención estaba concentrada en Víctor; ella miraba conmovida su actitud infantil: caminaba como el niño que va hacia la pastelería, contando los pasos uno a uno y resistiendo la tentación de echar a correr para llegar más pronto.

Era enero, hacía calor, y en el local de la «Casa Amarilla» los instrumentos se amontonaban en una ordenada sucesión de grupos; primero las baterías, luego los metales: trompetas, saxos, flautas, cornos, y por fin, al fondo, detrás de dos pianos alemanes, las guitarras, brillantes como espejos de madera. Víctor estaba como alucinado, las miraba muy serio, casi agresivo y se apretaba las sienes con ambas manos. De repente parecía como si estuviera recitando una plegaria. Luego entrecruzó los dedos, hizo crujir todas las coyunturas y el rostro se le iluminó con aquella amplísima e inolvidable sonrisa que todos recordamos.

La amiga decidió que debían comprar la mejor guitarra que tuviera en venta la casa. Víctor estaba emocionado: era una guitarra ancha, de caderas generosas, con tapa de nogal. La tomó en sus brazos, extrajo el diapasón de su bolsillo, se acomodó en una silla con cierta parsimonia, sopló el diapasón y éste emitió el La universal; luego la Prima al aire buscando el Mi; la Sexta igual a la Prima pero una octava más abajo; presionando la Segunda en el quinto traste, igual a la Prima al aire; etc. Ella, la hermosa, estaba ya afinada, y Víctor comenzó a tocarla con ese modo tan suyo, suave y cariñoso pero dominador. La guitarra se dejó seducir, y Víctor sonreía, porque ella le pertenecía ahora por entero. La amiga y yo nos retiramos discretamente para que aquella posesión se realizara plenamente, como lo exigen ciertas ceremonias rituales íntimas.

Ella fue generosa hasta el final, porque le compró también un estuche para proteger instrumento tan fino y valioso. Finalmente, hasta nos dio dinero para que volviéramos a la pensión en taxi. Ya en ella, Víctor no pudo sujetar sus emociones. Se reía, me sacudía dándome golpes nerviosos y decía: «¡Mi primera guitarra, Huaso, mi primera guitarra!».

Y esa misma noche, en la pensión, el instrumento fue estrenado. Víctor ofreció un «concierto», venciendo su natural tendencia a la introversión. Su público: el «jorobado» Manríquez; Guillermito, obrero del calzado; «Caliche», del servicio de limpieza de la Municipalidad;

Don Carlos, sin oficio conocido; el viejo pianista, y desde luego, Doña Hortensia, la dueña de la pensión. También estuvo presente un carabinero, supuesto aunque dudoso sobrino del pianista. Todos aplaudimos con mucho entusiasmo aquella velada que, según consenso, mostraba que estábamos frente a un «joven artista promisorio y lleno de talento.»

Descubrimiento del mundo campesino

Nuestro viaje al Sur tenía todo el carácter de un peregrinaje: la búsqueda del «espíritu agrario auténtico». Víctor se mostró fascinado desde el principio, apenas subidos al tren que nos llevaba hacia Chillan. Sus dones de observación y su amor por lo popular estaban completamente capturados por los pregones de los vendedores innumerables que asediaban a los pasajeros durante el viaje. Unos ofrecían tortas, otros revistas y periódicos, el de más allá espejitos y peinetas y «pañuelos para la novia». No faltaba tampoco el que anunciaba «lindas litografías del Sagrado Corazón» enmarcadas en dorado, y el lazarillo que insistía en que le compráramos el cancionero que contenía los temas que poco antes había cantado su patrón, el ciego.

Aquella noche, ya en Chillán, el «negro» cautivó a mis padres con su risa fácil y comunicativa, pero sobre todo con sus canciones. Allí le oí por primera vez «El huacho José», una canción muy melancólica que ya no recuerdo si era una composición suya. Esa canción habría de convertirse en una especie de «hit» en aquel verano; fue algo así como su carta de presentación en la comarca, el «ábrete sésamo» para conquistar los corazones de las gentes sencillas que Víctor conoció en aquellas vacaciones.

Desde Chillán partimos en camión más hacia el sur, encaramados en cajones de velas, entre tarros de manteca, barricas de vino, sandías y toda clase de «frutos del país». No éramos los únicos viajeros, ya que en total sumábamos más de veinte las personas que se apretujaban en el destartalado vehículo. Nuestro destino estaba dentro de los límites de la provincia de Ñuble, un pueblecito llamado El Carmen enclavado en el comienzo de los primeros faldeos cordilleranos, una zona de suaves colinas doradas por el trigo maduro. Allí comenzaría para Víctor una experiencia que creo fue importante en su formación como hombre y como artista.

Yo no podía seguir más adelante. Debía cumplir con esa ley campesina no escrita, según la cual era obligatoria la ayuda a mis padres en las faenas propias de la cosecha del trigo. Acordamos entonces con Víctor que él haría solo el viaje de reconocimiento e investigación de aquella comarca. Aunque no exactamente solo, ya que lo acompañó un «cicerone»: un asalariado agrícola, maestro mecánico de tractores y trilladoras, llamado José «Ratón», apodo que se había ganado por su picardía, su capacidad de sobrevivencia. Era también tocador de guitarra, payador y naturalmente, buen bebedor. Para ser más fiel a los hechos debo decir que, en verdad, no era José «Ratón» el que acompañaba a Víctor, sino a la inversa, ya que en su calidad de maestro mecánico aquél iba con su maquinaria prestando servicios de fundo en fundo, de hijuela en hijuela, lo que significaba recorrer zonas muy grandes de la provincia. Y hay que precisar que no era poca fortuna tener esta compañía. Durante la época de cosechas, el maestro mecánico era una persona privilegiada: la mejor carne y las porciones más abundantes en la hora de las comidas, y un trato preferencial en todas sus necesidades. Al final de la jornada de trabajo tiene todo el derecho de beber abundantemente, y para dormir al «maestro» se le concede una cama en la casa, aunque si él lo prefiere puede dormir en la era, contando historias a quien quiera escucharlas y contando, además, estrellas, a la hora de tener que dormirse.

Todavía recuerdo la tarde en que partieron, Víctor con el estuche de su guitarra como único equipaje, y el mecánico conduciendo su tractor, mientras entonaba una cancioncilla: «También compré zapatitos / que no me duraron nada / y lo encontré mejorcito / andar a pata pelada...»

Gracias a la compañía de José «Ratón», Víctor trabajó, comió, durmió y cantó en innumerables sitios diferentes, en todos los predios agrícolas de la comarca. Tal vez lo más difícil para él fue la obligación de beber. Víctor no bebía pero todos saben que en el campo chileno es una ofensa rechazar un vaso de vino cuando te lo ofrecen. Tuvo que idear cien trucos diferentes para simular algo que en realidad no tenía capacidad para realizar.

Después de una semana, a veces dos, Víctor volvía al fundo nuestro a cambiarse de ropa, pero retornaba de inmediato a juntarse otra vez con el mecánico en su interminable peregrinación. Eran muy grandes los cambios que advertíamos en él cada vez que regresaba a la «lavandería», que al principio hacía a pie y luego, cuando ya se sintió diestro, a caballo. Yo sentía que se iba compenetrando cada vez más con la psicología del trabajador y del pequeño propietario agrícola, no así con la de los patrones, cuyo trato nunca buscó. Físicamente era también otro. Del «señorito de la ciudad», del «guaina» que causaba la burla de los campesinos la primera vez que intentó subirse a un caballo, ya no quedaba sino el recuerdo. Ahora sabía atar una gavilla de trigo y era capaz de echarse al hombro un saco de trigo de ochenta kilos. Con razón decía Don Venero: «Quién iba a decir que el cantorcito tenía madera para el trabajo».

Víctor vivía su encuentro con aquellos seres sencillos y con su modo de vida como una suerte de «encantamiento»; todo le resultaba bello, aquello era «la verdadera vida», el hombre en su real plenitud. Claro que sus reacciones tenían mucho que ver con su ancestro, tan ligado a la tierra, pero de eso entonces yo no sabía nada preciso. Sólo en los dos veranos siguientes, en que volvió a El Carmen, pudo equilibrar esta visión, situándola en un contexto, digamos, histórico-social más concreto. Su amor por aquellas gentes se hizo así más orgánico, más integrado a su comprensión global de la realidad.

Volvimos a Santiago convertidos en dos campesinos que miraban con cierta hosquedad a la gente de la capital. El cambio era particularmente notorio en Víctor, que se veía, además, más maduro, más resuelto de carácter. Había dado un salto en su vida. Nuestra relación se hizo, por otra parte, más estrecha, porque sentíamos que nuestra afinidad era mayor, lo que condujo, como contrapartida, a que tendiéramos a apartarnos de algunas de nuestras antiguas amistades, a quienes dimos en calificar de frívolos y superficiales. Adoptamos el credo del «vitalismo agrario» que nos persiguió durante todo el año como una verdadera enfermedad. De algún modo, esos mismos amigos estimulaban y exacerbaban nuestra actitud, porque nos concedieron una autoridad desmedida en torno a nuestro «conocimiento del alma popular». Hallaban «epatantes» nuestras historias sobre el manejo del arado cuando hay que cambiar de surco, o sobre la doma de caballos o, en fin, sobre los diversos procedimientos para pescar a mano en los esteros.

Nuestro espíritu se trasladaba incluso a nuestras lecturas. Ese año leímos a Esquilo y a Eurípides, entre otros, y aunque se trata de autores inequívocos de la Polis, a nosotros nos resultaban verdaderos «intelectuales agrarios», en cuyas obras andábamos descubriendo paralelos con las situaciones y personajes de nuestra experiencia campesina.

Revelación de sus orígenes

Aquel año fue también el fin de «Los peones de Tierra Larga». Víctor había enriquecido, es cierto, su repertorio con los temas folklóricos recogidos en Ñuble, pero yo había tomado ya la decisión de renunciar al dúo. La música no era decididamente mi vocación.

Víctor maduraba como hombre y como artista. Había logrado aprehender ciertas esencias del alma campesina, y a partir de eso captaba y entendía mejor al pueblo en su conjunto. Se tornó más sensible y se consolidaban su seguridad y capacidad para traducir todo en creación artística. Ayudaron a completar este aprendizaje sus dos veraneos siguientes, en que también volvimos a El Carmen.

Recuerdo dos hechos de nuestro segundo regreso al campo. Víctor tuvo una novia campesina. Ella era una muchacha de diecisiete años, delgada, muy morena, con fuertes rasgos criollos. Tenía una mirada un tanto huraña y reírse le parecía impropio de señoritas, de tal modo que cada vez que le ocurría sonreír se sonrojaba, porque estaba convencida que cometía una falta de respeto. Con Víctor, que vivía riéndose y que tenía una risa muy contagiosa, ella pasaba todo el tiempo sonrojada. Fue su novia ese verano, lo que quiere decir que tenía quien le lavara la ropa. Esto que digo puede parecer escandaloso, pero hay que recordar que en aquella región y en aquellos años la relación amorosa se establecía del siguiente modo: los enamorados comenzaban sus primeros escarceos lanzándose miguitas de pan, piedrecillas, trozos de cortezas de árbol y otras cosas así, y cuando la mujer finalmente aceptaba, su acto de entrega quedaba ratificado el día en que ella le decía al hombre: «¡Con la camisa sucia y enamorando! ¿Qué no tiene mujer que se la lave?».

El otro hecho ocurrió hacia el final de la cosecha. Transportábamos el trigo hacia la ciudad y Víctor, por supuesto, nos ayudaba en la tarea de carga y descarga del cereal. No era una operación liviana, no sólo por el peso de los sacos -ochenta kilos- sino porque había que agregar al esfuerzo físico un gran sentido del equilibrio, ya que en las enormes bodegas repletas de trigo a granel se transitaba por estrechas pasarelas armadas con simples tablones superpuestos. Víctor se había hecho un cargador más o menos experto. Compartía la faena completa y nos acompañaba en el camino a la ciudad. Nos detuvimos una vez, para descansar y refrescarnos, en un caserío llamado Quiriquina (que no tiene, por supuesto, nada que ver con la isla que Pinochet convirtió en un campo de concentración después del golpe de Estado). Todo el mundo aprovechaba la pausa para aliviar su vejiga y beberse una cerveza o un vaso de vino. Con Víctor estábamos instalados en la puerta de la cervecería. Antes nos había ocurrido estar ya, en varias oportunidades, en este mismo caserío, pero lo que le oí a continuación me lo decía por primera vez:

-¿Sabes, Huaso, que yo nací aquí? Fue tal mi sorpresa que no hallé qué decir.

-Sí -agregó-, a unos cinco kilómetros de la carretera. Mis padres eran inquilinos en un fundo de por estos lados. Más tarde, cuando yo ya tenía cinco años, nos fuimos cerca de Santiago, a otro fundo donde les dieron trabajo a mis viejos.

Sólo entonces atiné a preguntarle:

-¿Pero, Negro, cómo nunca me habías dicho nada antes?

-Huaso, cuando uno es pobre de verdad, no le gusta hablar de sus pobrezas. Me duele recordarme de mi madre, lo que sufría y todas las pellejerías que pasó en esos años, trabajando como una bestia-. Y dijo a continuación, advirtiendo que yo agachaba la cabeza: -Ya, huevón, deja esa cara para cuando estés arriba del escenario-.

Enterrar la soledad en el fondo del patio

Nos separamos a fines del verano del 58, sonrientes, porque confiábamos en nuestra amistad y sabíamos que volveríamos a encontrarnos. Yo había egresado de la escuela y partía al sur, contratado por el Teatro Universitario de Concepción. Víctor tenía todavía que terminar su curso de Dirección Teatral, que desarrollaría ese año en forma paralela con su participación en el conjunto Cuncumén.

Hacia el término de 1959 estuvimos juntos por un breve tiempo. Mi agrupación teatral lo había invitado para que presentara en Concepción, junto con su grupo, la obra cuyo montaje le había permitido acceder al diploma final. Fue muy felicitado, y naturalmente terminamos la velada en un bar restaurante de la ciudad. Como ya he dicho, Víctor no bebía, pero esa noche fue la excepción que confirma la regla. Estaba muy contento con nuestro encuentro y muy excitado con la perspectiva de una gira por América Latina que iniciarían pronto y que habría de terminar en Cuba. Bebimos, haciendo con la solemnidad propia del caso un resumen y balance de nuestra amistad. Discutimos interminablemente, con el calor y la pasión de siempre, sobre «lo que había que hacer con el teatro chileno». Ya de madrugada, y seguramente bastante embriagados, nos dio por «cazar búfalos», es decir, disparar trozos de pan con los tenedores, que manipulábamos como si se tratara de catapultas, a los enormes ratones que se paseaban en el pasillo que unía el comedor con los baños y la cocina.

Luego pasó un tiempo más o menos largo en que no nos vimos o nos veíamos muy poco. Entretanto, Víctor siguió desarrollándose sobre todo como cantante y compositor; más que eso, como gran exponente de la Nueva Canción Chilena y continuador de la obra de Violeta Parra. Si el teatro le había permitido ahondar en la condición humana, el canto le sirvió para hermanarse con el mundo. Por ese tiempo se casó y tuvo hijas. Fue un buen esposo y un buen padre. Creo que por entonces se decidió a agarrar su soledad y enterrarla en el rincón más alejado del patio de su casa.

Nos volvimos a encontrar, ahora muchas veces. Una de ellas fue cuando asistí a su representación de La remolienda, cuya puesta en escena aireó los escenarios santiaguinos con su frescura, chispa y espontaneidad. Posteriormente, en el 69, actué en dos obras distintas bajo su dirección. Siempre he creído que su fama como cantor ha dejado injustamente en la penumbra su trayectoria como director teatral, que es muy importante.

Ahora bien, ¿cuando me despedí realmente del Negro? ¿cuándo le dije de verdad adiós a Víctor Jara? ¿Tal vez inmediatamente después del golpe de Estado, ese día aciago en que un amigo común me contó que Joan había ido a la morgue a reconocer su cadáver? ¿O acaso cuando me tocó leer en el Teatro Carlos Marx, en La Habana, los versos del poema inconcluso que escribiera en el Estadio Chile poco antes de ser inmolado por sus verdugos? ¿O quizás, Joan, le estoy diciendo adiós ahora, cuando escribo estos recuerdos suyos que me has pedido? Pero no, uno no puede despedirse de Víctor. Está, definitivamente, presente.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03