Los escritores del cincuenta

LOS ESCRITORES DEL CINCUENTA

Virginia Vidal

Araucaria de Chile. N 12, 1980.

"...Eres injusta hablando del libro que yo 'postergué'. Sus dos libros fueron publicados por iniciativa mía, y no sólo no postergué nada, sino que tenia en la Editorial de la UTE el plan de publicarle varios más. Desgraciadamente, este mismo hecho está en el origen de la catástrofe que se produjo con los materiales de Yerko. Porque yo tenía en mi oficina de la universidad (en la calle Fanor Velasco) prácticamente la totalidad de la obra suya. Copias corregidas de las obras publicadas en Checoslovaquia.... y todos, absolutamente todos los artículos publicados en su vida. Mi idea era publicar selecciones de ellos en, por lo menos, dos tomos, y trabajaba justamente en eso. La Historia de la Literatura Hispanoamericana estaba en composición, en la imprenta. Ahora bien. todo se perdió, se lo llevaron o destruyeron los milicos. Yo hice gestiones desde aquí y, por lo menos, dos personas se entrevistaron con Percy Eaglehurst... Creo que a pesar de todo le tenia afecto a Yerko y, sobre todo, lo respetaba. Dijo no saber nada del asunto (la imprenta y la editorial pasaron a ser dependencias suyas), y que el allanamiento de mi oficina había sido practicado por carabineros antes de que él asumiera. (Estos, además, destruyeron gran parte del material de la imprenta: una gran prensa offset, por ejemplo, bicolor, recién instalada, que iba a empezar a funcionar hacia fines de año...)"

Fragmento de carta de C. O. (París. 2.6.79)

Se produjo un remezón en la lánguida y somnolienta vida cultural de Chile cuando en los años cincuenta comenzaron a aparecer algunas obras penosamente editadas. Sus autores eran muy jóvenes. Se llamaban José Donoso, Claudio Giaconi. Jorge Edwards, Margarita Aguirre. José Miguel Varas, Guillermo Blanco. María Elena Gerner, Enrique Lafourcade, Pablo García, Enrique Moletto, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Jaime Laso, Luis Alberto Heiremans...

Tal vez sea infructuoso hacer calzar en una "generación" a todos los escritores que comenzaron a publicar a mediados de aquella década. Lo que no se puede negar es que surgieron entonces y que algo tenían en común, pese a los diversos estilos, enfoques y posiciones: una actitud crítica para expresar la relación entre su conciencia y el mundo, entre hombre y sociedad; la ruptura con esquemas provincianos y con los moldes literarios heredados que ya no correspondían a ese tiempo; el rechazo a las fronteras estrechas, el enjuiciamiento critico de una realidad frustrante; la búsqueda de nuevas formas para expresar esta conciencia; un poderoso deseo de no ser más ciudadanos de un país-isla...

Junto a la aparición de estas obras que se publicaban, las más de las veces, gracias al sacrificio personal y de algunos amigos, comenzó a perfilarse en el diario "El Siglo", en "Atenea", en los "Anales de la Universidad", la crónica literaria de Yerko Moretic que, de preferencia, se dedicaba a estos autores. Si no era referido a ellos, esa crónica tomaba la obra de otros autores latinoamericanos que recién comenzaban a "descubrirse": Rulfo, Sábato, Carlos Fuentes, Carpentier... La esencia de esa crónica literaria era la literatura latinoamericana.

El joven crítico no vivía en Santiago. Ausente del medio literario, no tenía más que las obras para confrontar esa relación entre individuos y el mundo de los seres y las cosas. Y, a veces, hasta carecía de esas obras... Una vez lo vi tomándose la cabeza a dos manos. porque no le había llegado ni un libro. ¡Nada para comentar! Me fui a la librería principal del pueblo, revisé las escasas novedades y me armé de valor. Si a veces nos veíamos obligados a pedir fiados algunos comestibles, ¿por qué no pedir fiado un libro?

Una antología de Enrique Lafourcade contribuyó a imponer la identificación de la generación del cincuenta. Ese libro constituyó no sólo una forma de afiliación, sino también un medio para que cada joven autor expresara su personal concepto del cuento. Definiciones que dejaban ver esa búsqueda de nuevas formas de expresión.

(Posteriormente aparecería la antología del cuento realista, de Yerko Moretic y Carlos Orellana. El realismo sería el tema permanente de discusión. La ruptura con otros esquemas, el sepulcro del zhdanovismo...)

Por fin dejamos esa aldea somnolienta y regresamos a Santiago. A poco de instalarnos, recibimos una visita...

* * *

En esos días había aparecido la crónica de Yerko sobre El Cepo. Novela amarga, aguafuerte de la medianía y el resentimiento. La vida sin destino de un "mesócrata", como lo calificaba el critico. Callejón sin salida...

Una tarde de domingo, suena el timbre. Nos asomamos. Ante la verja, un hombre joven. Un grueso suéter le realza las espaldas fornidas. Enormes ojos claros. Un vozarrón iracundo pregunta:

-¿Vive aquí el crítico? ¡Vengo a matarlo! Comienza a subir los escalones de dos en dos. Estamos sobresaltados. ¿Quién es este energúmeno? Parece hablar en serio.

-Soy Jaime Lazo. ¿Así que tú eres Yerko?

Lo estrecha en un abrazo.

No supimos cómo este muchacho descomunal estaba tirado en el suelo, jugando con nuestros hijos, dejando que lo montaran, haciéndoles dibujos. A la par, discutía en serio. O contaba historias...

-El barco se estaba incendiando frente a Antofagasta. Me preocupé de que cada tripulante subiera a los botes... Luego calculé cuántos metros había hasta la playa. Estaba próxima. Ya me iba a lanzar al agua, cuando me percaté de que no sé nadar...

Nos habló de doña Sara, su madre, erudita en la vida de Napoleón; de don Olegario, su padre, cuyos cuentos muestran la vida de los soldados en guarniciones de provincias. Hombres y caballos.

Al calor de la charla y la discusión, se fue desenvolviendo la tarde dominguera. Entrada la noche. Jaime decidió partir.

Despedida cálida.

-Tu casa, Jaime -dice Yerko-: pero cuando vuelvas, no hace falta que traigas chocolates para los niños...

El mira sin entender.

Nos largamos a reír: una alusión al protagonista de su libro, que echa pestes porque su jefe lo ha invitado a cenar. Tendrá que soportarle los chiquillos, llevarles chocolates: ser amable con la mujer, ser compuesto, comedido, aquiescente...

¿Cuántas veces volvió Jaime saltando los escalones de dos en dos. portando una barra de chocolate que provocaba alaridos de los niños?

Tenía el don de charlar y discutir mientras jugaba con los pequeños. Paralelos asuntos que de repente se anudaban creando una atmósfera de alegría y comunicación, de fantasía y estimulo.

Una vez pasó con su mujer, una señora alta. delicada. Iban a partir de viaje...

Muchos años después lo volví a ver. Había regresado de Haití. Un diplomático muy raro: traía objetos tangibles del pueblo donde había trabajado para dar a conocer en Chile esa parte ignota de un sufrimiento espantoso. El dolor del pueblo haitiano brotaba del violento colorido de esa colección de arte instintivo.

Poco después de su regreso, Jaime Laso murió como quien se lanza al océano sin saber nadar...

* * *

Un día llegaría otro escritor. Un señor con aspecto de caballero renacentista. Enrique Molletto. No venía enojado, sino desolado. La critica de su libro estaba ilustrada con un retrato de Hitler y una absurda lectura de foto que parecía identificar al autor con posiciones fascistas.

-Pero, ¿te das cuenta? Mi familia, que fue víctima del fascismo.

¿Cómo podría yo...?

-Enrique, a mi me indigna más que a nadie esa torpeza. Remítete a la crónica. Fuera de toda duda... Yo no sé qué diablos hicieron en los talleres, ni a quién se le ocurrió la gracia de poner esa foto con semejante lectura...

Y de los malentendidos y diferencias iba brotando la amistad. Había algo inherente a los escritores de ese tiempo: el respeto por sobre las divergencias. La posibilidad de diferir.

* * *

En otra ocasión llegó un visitante flaco, pálido, ojeras intensas. Desbordante de complejas ideas que desarrollaba en conceptuoso lenguaje. Imposible no asociarlo con el muchacho que reflexiona frente a su padre muerto en La Difícil Juventud.

Aquella obra causó profunda impresión entre la gente joven, asombrada de verse reflejada a sí misma en un trabajo literario. Cuando ya les parecía que sinónimo de literatura era catálogo de paisajes, descripción de la vida rural.

Claudio Giaconi retornaba como esbelto fantasma, siempre vestido de gris. Solía llegar al anochecer. Una vez vino para invitarnos a su casa.

Llegamos a un minúsculo departamento de ensueño. Sibila Señoret, su mujer, estaba bordando un tapiz: reproducía un trabajo de Jean Lurcat, cuyo original se había visto obligada a vender.

Sibila nos habló de su familia, de su madre, muerta tan joven. De la vida que compartieron con su padre, diplomático.

Yo estaba fascinada oyéndola describir un castillo en que vivieron. A ella le habían asignado la tarea de arreglar los floreros y le pagaban una pequeña suma. Miraba sus manos y me parecía asombroso que pudiera ser un trabajo arreglar las flores.

Pocas veces he visto un perfil tan hermoso como el de Sibila; menos, unas manos tan laboriosas, capaces de convertir en obra de arte todo lo que tocan. Admiré los metales esmaltados que había hecho... Quedamos en que irían a comer a nuestra casa...

Me esmeré para el caso, pero se hilvanaron los inconvenientes. No habían terminado de reparar nuestros desvencijados sillones. Sólo teníamos cajones para sentarnos... Se me quemó el asado. Las verduras me quedaron crudas...

A todo esto, llegaron los huéspedes, como salidos de una estampa.

La conversación creó una atmósfera mágica que disipó las pequeñas miserias.

Sibila nos contó de Vicente Huidobro, evocando inéditas actitudes y calidades del poeta.

Acababa de aparecer el libro de Claudio sobre Gogol. (A la vuelta de años, en Moscú, Guenadi Sperski me hablaría, para mi asombro, de esa obra del joven chileno que era apreciada entre los soviéticos investigadores y tan poco valorada en el lejano Chile. Sperski se preguntaba cómo pudo el joven Giaconi calar con tanta profundidad en el universo gogoliano.)

Claudio partió a trabajar a una universidad norteamericana. Tiempo después supe que había vuelto. Alcancé a divisarlo por calle Huérfanos. Insólita apariencia. Pantalón rayado, chaleco de raso recamado, bastón. Como caballero gogoliano que se paseara por la avenida Nevski. No logré alcanzarlo...

Muchos acontecimientos habrían de ocurrir para que yo misma recorriera las calles de Gogol, para que me cobijara bajo una arcada leningradense, acaso la misma en que otrora penó un mísero empleadito peterburgués en busca de los ladrones que le robaron su capote.

En el puente de los caballos de Klodt -¿o en el cementerio donde está enterrado Dostoievski?- me pareció que se me volvía a perder la silueta de Giaconi. ¿Qué sería de él? ¡Nunca más un libro suyo!

Alguien, en Roma, me había dicho que Claudio estuvo muy grave. De muerte. Que hizo una extraña manda, como quien vende su alma al diablo: no volver a escribir si se salvaba. ¿Cabía salvación sin escribir? Luego, lo habían visto en Nueva York, vestido con chaleco de seda color pulga, levita verde reseda, polainas; cubierto el rostro de solimán fino, una estrella pintada en la mejilla...

Debe de haber sido cuando volvía de visitar la antigua casona moscovita de la calle Arbat, en cuyo patio se alza la estatua de Gogol, entonces José Donoso me dijo que Claudio estaba sano y salvo, escribiendo...

* * *

Más de una mañana de domingo apareció Armando Cassigoli como caballo de invierno, desbordante de alegría. Se metía en la cocina, destapaba las ollas.

-¿Está lista la comida? A meter todo en un canasto. ¡Nos vamos!

Ya Armando había hecho una recorrida por varias casas levantando ollas y chiquillos.

Nos reuníamos en su hogar. Almorzábamos una combinación de heterogéneos guisos. Los niños se peleaban en la terraza. Se caldeaba la discusión. Magda cuidaba de que no se bebiera demasiado.

El arte, la política, el realismo. Jugar a quién descubría el último pastiche de Armando, nos llevaba a incursionar en Pasolini, a vituperar un film antes venerado: Milagro en Milán...

* * *

En otras ocasiones nos reuníamos en la casa de Jorge Teillier.

Una casona con una ancha galería. Un patio agreste donde se perdían los niños de todos. Patio encantado como el de una casa de la Frontera.

Sibila Arredondo era la dueña de la casa que organizaba la armonía.

(Una vez. Jorge congregó a todos los niños de aquellos amigos que habían disuelto sus matrimonios y orquestó la gran fiesta infantil.)

¿Quién es Teillier? El amigo de todos los pietas. El lector de todos los libros. Sabe de box, de tangos, de historia. Sobre todo, de poesía.

A fines de 1971, en Estocolmo, me acogió en su casa la escritora Sun Axelson. A ella y a Artur Lundkvist les debemos los chilenos la difusión de nuestra poesía en Suecia.

Sun me habló de su vida en Chile. Me preguntaba por todos, por cada uno de sus amigos.

¿Cómo llegó esa niña nórdica a tierra tan lejana?

-Me fui tan enamorada de Nicanor... Ha tenido que pasar el tiempo para entenderlo a él y el mundo de ustedes... Si hubieras visto cuando llegó a Estocolmo... Bueno... Nuestro mundo era tan limpito y ordenado... Lo invitaron a comer. Como gran cosa, la dueña de casa le ofreció a los postres un racimo de uvas. El lo tomó, distraído, ¡y se lo comió todo!

-Pero, Sun -le digo- ¿qué tiene de particular? Si así comemos la uva allá, a racimadas.

-Bárbara. ¿No has visto la uva en el mercado?

-¡De veras! Fui esta mañana con Lola Falcón. Me llamó la atención cómo compra la gente. Una señora muy elegante. Sombre-rito, guantes, cogió delicadamente dos tomates y los hizo pesar... ¡Ah! Vi uva en una cajita, como joyero, con la forma del racimo...

-¡Claro! En un banquete se ofrece un racimo al invitado principal. El saca un gajo y el racimo va de mano en mano para que todos coman unos granitos...

-¡Pero cómo a él, parra desde las raíces, le iban a mezquinar la uva!

-Para que tú veas. Tanta diferencia... Yo soy hija única. Mis padres me mandaron hasta con la petaca y el ajuar, como se acostumbra entre nosotros... El choque para mi fue tremendo. Su casa, su familia... En cualquier momento se armaba la fiesta. Gritos, cantos, guitarra, comida, discusiones... Todas las mujeres del clan querían que yo hiciera las cosas tal como le gustan a Nicanor...

-Pero, Sun. Normal... Una vez me quedé a almorzar en su casa. El siempre invita a quien lo va a ver... Hilda estaba preparando la comida. Me ofrecí a ayudarla. Me mandó a picar el cilantro. No bien había empezado cuando me dijo: "Pero, mujer, ¿qué es eso? A Nicanor no le gusta así. No es na pa los pavos..." Lo mismo podrían haber dicho mi madre o mi abuela...

-Para mí nada era normal. Mujeres hoscas, duras, ariscas, como vigilantes. Celosas... Una noche bebí algo como un veneno. Debe haber sido la primera vez que tomaba pisco sour. Me sentí muy mal. Creía morir. Me parecía que me lo habían hecho beber adrede. Las veía como arpías que me odiaban y se burlaban de mí. Creo que empecé a delirar... Me puse a llamar a mi mamá... Entonces, en medio del sufrimiento vi la fea cara de Violeta inclinada sobre mí, humanándose. Me tocaba la frente, me arrullaba, me atendía de mil modos... "Mamá": la palabra mágica que le ablandó el corazón...

(En la cocina, los hombres de Sun, Mike Piper, el escultor, y un cineasta del equipo de Ingmar Bergman, cocinan para nosotras. Acaban de ofrecernos vino griego de resina. Piden permiso y me consultan sobre las empanadas. Quieren agasajarme y las preparan por primera vez... Picarón finitas hasta las aceitunas... Les digo que no importa. Vuelven a la cocina.)

-Comprende. Han tenido que pasar los años, empaparme de la poesía de ustedes para empezar a entenderlos... Yo me fui. Estaba embarazada. Decidí abortar... Mi único refugio era la oficina de Enrique Bello y Jorge Teillier. en la Casa Central de la Universidad. Les conté mis penas. Teillier me ayudó...

(Cierro los ojos y veo a Yerko enfurruñado. Me cuenta con indignación que Jorge le dijo, había perdido todo el sueldo a las carreras. Yerko no le cree. Luego dice que una niña amiga tiene que ir al médico... Yerko le presta el dinero, pero siente que Jorge se le ha caído... En Estocolmo, veinte años después, descubro la nobleza de un amigo...)

Conversamos toda la noche. En la mañana, Sun pide que lleve unos recuerdos a Enrique Bello y a Teillier. La acompaño a un gran almacén. Elige una corbata para uno, un cinturón para el otro...

Cuando ya estaban afuera sus amigos y parientes, hasta su padre. que prevalecerá por el poema que lo eternizó como símbolo de una idea y una época, entramos una tarde de un sábado modorriento a un bar esquinado con la avenida Matta. Desteñidos retratos de boxeadores. Vicentini. Fernandito. Banderines de clubes deportivos.

El patrón recibió a Jorge Teillier como a un parroquiano muy respetado.

Nos pusimos a beber en silencio.

De pronto, se me ocurrió decir: "Cuando todos se hayan ido y yo esté solo bebiendo mi último vaso de cerveza..."

Jorge me miró con sus ojos insomnes e hizo un leve comentario: cómo ese poema pudo anticiparse a una realidad implacable.

Me permitió hojear sus poemas de Las fogatas de San Juan. Estaba por cumplir cuarenta años. Recordó, una vez más, que había nacido el mismo día que murió Carlos Gardel.

La silueta juvenil de siempre. Camisa fina. Pantalones de pana. Un pañuelo de seda amarrado al cuello. La cara cubierta por una red de arrugas casi imperceptibles. Mirada noctámbula. Siempre duros los labios que saben más bien callar, pero que cuando se entreabren dejan salir juicios certeros o notas de humor que no hiere.

Teillier y la noche de Santiago son inseparables. Por cierto, muy lejanas aquellas noches en que él y otros escritores se juntaban, por ejemplo, en un club social en la calle Amunátegui, en lo que fue la legación argentina. Antes de que se pusieran a cantar, antes de que convencieran a Lucho Bocaz para que entonara "Sur...", se rendía homenaje a Balmaceda, acaso muerto en el mismo lugar donde nosotros estábamos...

En aquella u otra tertulia se alzaría de repente el cuerpo largo y ágil, como dispuesto a la pantomima, de Enrique Lihn. La negra cabellera crespa desbandada en tirabuzones. Los labios gruesos como teñidos de vino. Alguna reminiscencia africana en su rostro, algo que me hacía asociarlo con un retrato de Pushkin... Parecía despectivo, indiferente o enjuiciándolo todo con crítica implacable. Esa actitud hasta le servía para ocultar la solicitud a la ternura. Bastó que una vez hablara de mi amor por Kafka. Me preguntó si conocía las cartas. Con achunchamiento dije que no, y me sentí sumamente culpable de mi ignorancia. Cualquier día me trajo de regalo las Cartas a Milena y otras cartas. Como al desgaire, me dijo: "Fíjate en la carta a su padre."

Contestatario. Lúcido. Implacable para rechazar lo convencional y adocenado. Su poesía, calificada de hermética por algunos, es la expresión de un espíritu complejo que lleva el pensamiento y el análisis de desgarradoras vivencias a alturas insospechadas. Sus exigencias para con la. obra literaria son dignas de meditación.

Es curioso que su poema al Che Guevara, que ha logrado sintetizar magistralmente la grandeza e inmortalidad del guerrillero con un vigor que escapa a imágenes manidas, no haya sido difundido...

"En la bolsa de los cesantes, allí donde se reúne esa gente de mala voluntad/ que prefiere efectuar por separado y en condiciones miserables el sacrificio común,/ escenificando su miseria,/ allí entre esos actores que se hacen agitar sus harapos por el viento,/ yo me hago cargo de la situación en nombre del espíritu que no admite adjetivos:/ sostengo que atentar contra los valores eternos del espíritu. aunque sea en los hechos, mediante esos espectáculos desconsoladores,/ es atentar contra la buena voluntad consustancial al espíritu eterno/ que me honro en representar ante todos ustedes, almas del mundo, sin discriminaciones./ hagan el favor de entender como buenos entendedores, porque mi elocuencia no tiene límites." (Poema del 70. "Lihn y Pompier...)

La última vez lo vi por allá por el 76. Me dijo: "Escribir. Escribir de todos modos. Usar los símbolos, si es preciso..."

En aquella época no todos los escritores se conocían personalmente, pero su obra era motivo de intensa discusión, de permanente acicate. Entre ellos se cuenta a uno que ha de ser el más representativo de la generación del cincuenta: José Donoso. Primero, su libro de cuentos Veraneo, luego su novela Coronación, nos mostraron una búsqueda intensa en los planos del lenguaje y la construcción literaria. Pero no era sólo esto lo que interesaba. A la par, nos llamaba poderosamente la atención por su maestría en mostrar un mundo que se derrumba. Mucho después aparecería -ya Donoso radicado fuera de Chile- El obsceno pájaro de la noche. Imposible evitar que entre esos seres alucinantes no descubriéramos a muchos que integran irremediablemente nuestro pasado. Algo que vislumbramos en El Roto, de Edwards Bello, y que se enraíza en la obra de Blest Gana, se proyecta en la novelística de Donoso, configurando una línea interior hasta llegar a Casa de Campo.

Esta novela, según el propio Donoso, "contiene en cierta manera una 'pasión chilena', pero transformada en metáfora, en alegoría, escrita en un idioma que nada tiene del 'chileno'. Tuve que inventar un idioma artificial, que es el del exilio. Es una novela de ausencia y de disfraz. De los que hemos vivido fuera, ninguno ha escrito en el sitio donde pasó los últimos veinte o treinta años". Toda la obra de Donoso, pese a su aparente diversidad, forma un cuerpo único cuya columna vertebral está en sus primeros libros publicados en la década del cincuenta.

Este hombre cortés, con apariencia de hidalgo, ávido por la poesía, de fino sentido del humor, con una óptica no por personal menos lúcida para abordar el complejo mundo en que vivimos, se refiere a su compromiso social con estas palabras: "...el que no me defina políticamente no significa que no tenga muy clara mi posición: frente a la contingencia chilena soy un liberal republicano, no comunista, pese a no ser "anticomunista". Soy partidario del multi-partidismo. Daría cualquier cosa porque en Chile volviera a imperar un régimen democrático, justo, parlamentario, contemporáneo, no represivo, para un país que había gozado de prestigio durante más de un siglo. Soy, en suma, un liberal crítico y burgués, no un ideólogo, sino un novelista".

Es justamente José Donoso, con su obra Historia personal del "boom", quien configura mejor la época histórica y cultural en la que surgió la generación llamada del cincuenta. Una generación precursora que a duras penas podía conocer y dar a conocer la creación literaria, para lo cual había que valerse del método incaico de los chasquis. Fueron los jóvenes de entonces los que saltaron las fronteras para ir a trabajar a todas las universidades posibles de los cinco continentes.

Será otra historia contar lo hecho en Pekín, Bratislava, California, París... Ya por los años 65, un grupo de alumnos nuestros en la Universidad de Comenio, hacían sus tesis de grado sobre Giaconi, y otros de la "generación del cincuenta" (y también estaban muy entusiasmados con un par de cuentos de un joven autor peruano que se llamaba Mario Vargas Llosa).

* * *

Escritor del cincuenta es también José Miguel Varas, que entusiasmó a los liceanos de los años cincuenta cuando publicó Cahuín. Al contar vida y milagros de los institutanos (los que pueden usar ese apelativo son los del Instituto Nacional), expresaba la alegría, picardía, frescor de un vasto sector juvenil.

José Miguel Varas tenía una vocación que empezó a ejercer de muchacho: la radio. No imaginaba entonces qué proyecciones tendría esa vocación.

Tiempo después, su libro Porai ofreció una visión inédita de nuestro pueblo. Develó el espíritu, la riqueza interior, el humor de gente que por lo habitual no era protagonista de los libros.

Su estilo parco, mesurado, enemigo de todo recurso fácil, capaz de expresar humor recóndito, recuerda al maestro González Vera. Como éste, ha ido entregando su obra de a poquito. Como para que sea amorosamente degustada.

En su libro Chacón, el autor se valió del testimonio para ofrecer la visión integral de un líder de origen campesino. Mostró la cachaza, el pragmatismo, el proceso gradual de toma de conciencia, el certero instinto de clase. Y a través del hombre dejó constancia de acontecimientos que contribuyen a configurar todo un devenir histórico.

El ejercicio del periodismo le permitió a Varas estar en vínculo permanente con esos seres que se salen del estrecho círculo de sus necesidades para ingresar a uno más vasto: el de las aspiraciones comunes. Entre las que se incluye la muy poderosa de justicia social. Es interesante, por ejemplo, ese complejo juego en que el periodista aplica un método deductivo para revelar la psicología de un individuo observando sus gestos, su vestimenta, captando sus expresiones. Imposible olvidar cómo el autor descubre al carpintero burlado y agredido en un hombre de chaleco y sombrero recortado que llega hasta la sala de redacción... Imposible olvidarlo. La denuncia es ya un cuento clásico de la literatura chilena...

Ya van más de siete años que no conocemos otro libro de Varas. Su último relato estaba incluido en un conjunto publicado por Quimantú. Incluía trabajos de otros escritores surgidos a partir de los años cincuenta: Alfonso Alcalde, Franklin Quevedo, Nicolás Ferraro.

Se podría decir de buenas a primeras que Varas no escribe. Sería una frivolidad y una injusticia.

Varas escribe cada día de su vida. Escribe la crónica de Chile, para Chile.

A través del programa "Escucha, Chile", de Radio Moscú, con sus crónicas y artículos, con sus comentarios políticos y culturales, transmite cada día la información e interpretación del complejo acontecer nacional.

En esa obra cotidiana aplica su estilo objetivo y mesurado.

En esa labor tesonera despliega con disciplina y reciedumbre su vasta cultura.

Al hablar de Varas, uno puede referirse a su austeridad, a su generosidad, a su capacidad de sacrificio, a otras cualidades suyas, También puede omitirlas. Pero hay una que no se puede olvidar: su conocimiento amplio, profundo, integral, de la historia y la cultura nacionales. El es el mejor representante de esos detentadores y resguardadores de la cultura que la protegen y retransmiten cuando los libros son quemados por los bomberos de que habla Bradbury.

Varas no "escribe" ahora. Salvo los artículos que publica en Araucaria. Pero pocas veces voz de escritor chileno fue más escuchada por todos los chilenos. Esa voz suya no sólo llega a cada rincón, a cada callejuela, a cada villorrio perdido de nuestro país. También llega a cada lugar del mundo donde hay un compatriota, así sean Montreal o Sidney, Wellington o Reykiavik, Los Angeles o Maputo. La Voz de Varas simboliza la mesura, la dignidad, la verdad.

Varas no "escribe", pero está vibrando con todo el acontecer nacional y comunicando a todos la verdad sobre su patria.

* * *

Aunque no se lo vincule a esa generación, lo cierto es que El auriga Tristán Cardenilla, de Alfonso Alcalde, apareció por esos años. Demoraba casi tanto como un libro de González Vera en agotarse y se lo encontraba entre todos los libros en liquidación de la Feria del Libro. Alcalde, autor inclasificable, todo el mundo se acuerda de que él es de los más grandes poetas y narradores chilenos, un poco demasiado tarde. Lo suficiente como para no darle el lugar que le corresponde. Su Panorama ante nosotros es una muestra, insuficientemente conocida, del vigor de su poesía.

A más, es periodista, autor de teatro, cineasta, artista plástico, fundador de una de las más notables colecciones de Quimantú: "Nosotros, los chilenos". Ha puesto su corazón en todas las llagas de Chile, ha auscultado todos los sufrimientos de su gente, desatando las amarras de la ternura, dando voz a los humillados y ofendidos, haciendo prevalecer la energía vital, el humor, la capacidad de solidaridad de nuestro pueblo. Es el gran reportero al cual se confían artistas de circos pobres, camareras, pescadores, cargadores del puerto, mineros.

Hace tiempo recibí su última carta. Un párrafo decía:

"Aquí están llegando el verano y los dos millones de bostezantes turistas: la putrefacción de Europa. Mi contacto directo con esta gente es la que apresuró el viaje. Sería hasta aceptable pensar que uno está muerto, pero me niego a aceptar vivir entre los muertos. Nunca olvidaré el momento en que estuvimos juntos mientras incineraban a Yerko y sus cenizas caían sobre nosotros. Así siento a Chile: una dulce nieve mortal, pero llena de vida y de una posible esperanza..."


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03