Rituales

RITUALES
Nicolas Vega

(Fragmento)

Literatura Chilena, creación y crítica. N 19 marzo 1982

Pasé dos años en la cárcel. Los dos últimos días, antes de que me expulsaran de mi propio país, los pasé incomunicado en una celda oscura y fría del Cuartel de Investigaciones. Fui sacado un día lunes a las cinco de la mañana por dos tiras que me condujeron al aeropuerto en un automóvil del servicio y que me fueron provocando durante todo e! trayecto: lo que más les molestaba era el hecho de que me venía a Europa como "premio", decían, "a los destrozos que había hecho la Unidad Popular". Los primeros rayos del sol asomaban por la cordillera y vi la ciudad que comenzaba a despertar. Había pasado tantas veces por las mismas calles, pero esta vez tuve la sensación de viajar por una ciudad extranjera o fantasma. Todo parecía una falsificación, o una copia cruel de la verdadera vida. Los pocos transeúntes que andaban por las calles me parecieron seres irreales. Era exactamente la paz de los cementerios.

En el aeropuerto me despidieron mí cuñada, mi hermano, Sargento de Carabineros que ese día fue de civil, mis cuatro sobrinos y mi hermana obrera de la Standard Electric. Cuando me despedí de todos ellos, tuve la sensación de estar ciego: miraba y no veía. Vi sólo sombras que se movían alrededor de mí. Debo haber estado blanco como papel. El trayecto de la oficina de Interpol, donde me tenían encerrado, hasta la escalera del avión lo hice acompañado de mi mujer que se venía conmigo y de un funcionario del Cime. Con un pie en la escalera del avión, le pasé la mano al funcionario para despedirme. El me respondió en forma bastante profesional En cambio mi otro yo, se prendió de sus solapas y se puso a llorar desconsoladamente pensando que se despedía de su mamá, que se despedía de su familia, de sus amigos, de sus compañeros, de sus alumnos, de los ríos, de los bosques, del cielo, de las nubes, del viento, de su patria. Le di las gracias, sin saber bien de qué, seguramente por el hecho de estar parado ahí, de ser alguien que lo va a despedir a uno y no a echarlo.

Yo no bebo, pero me había prometido que una vez estando en el avión, ya en vuelo, pediría un whisky doble que me ayudara a dejar atrás la amargura. Cuando el aeropuerto comenzó a parecerse a una cajita de fósforos, llamé a la azafata y le pedí el whisky que me tomé exactamente en la forma y con el ánimo que me había estado imaginando esos dos años. Ella - seguramente informada - nos trajo dos botellitas de vino espumante como atención de la línea y con estas botellitas casi sepultamos todos los malos recuerdos. Muy pronto nos encontramos volando sobre la meseta boliviana y luego descendíamos sobre La Paz. Allí me di cuenta lo vecinos y hermanas que éramos del pueblo boliviano y lo alejados a la vez que nos mantienen.

En Lima nos detuvo la neblina y luego un ejercicio aéreo de la Fuerza Aérea Peruana que preparaba el derrocamiento del General Velasco Alvarado. Aproveché la demora para comprar una llamita de plata y oro que prendí en el pecho de mi mujer como condecoración al valor. Yo llevaba el mapa de Latinoamérica grabado en la cabeza y trataba de aprenderme bien esa última lección de geografía de nuestra patria grande. El Amazonas fue siempre para mí una mancha verde en el mapa pero lo que vi, mirando hacia abajo por la ventanilla del avión, fue una masa oscura de agua precipitándose hacia un fondo negro y sin límites. Mientras volaba sobre Cuba, le escribí una tarjeta a mi hermano refugiado en Argentina. La Isla navegaba en un mar sereno y verde. Pensé en la vida de esos seres humanos allá abajo, tan diferente a la vida que se habían quedado haciendo mis compatriotas que desde el avión vi tan pequeñitos como bacterias, viviendo en cajitas de fósforos como el aeropuerto.

Cuando nos avisaron por los parlantes del avión que sobrevolaríamos veinte minutos Nueva York en espera de pista, me di cuenta que tenía miedo y deseos de vivir de nuevo. El viaje y sobre el Atlántico fue como volar sobre la eternidad: un eterno día con sol brillante, hasta descender en Frankfurt. En Hamburgo, cuando nos recibió el funcionario de la Cruz Roja, recién me dí cuenta que siempre había llevado en la mano la frazada verde que me había abrigado por dos años en la cárcel. En el asilo para refugiados, me habría quedado eternamente jugando tenis con las raquetas que encontré una noche en la calle. Sin embargo tuve que irme a hacer cargo de unas horas de clases en el instituto Pedagógico de una pequeña ciudad del centro de Alemania, Cada semana que tenía que aparecerme a hacer mis clases, a! momento, de acercarme al edificio del Instituto, comenzaba a descender de estatura, pasaba arrastrándome por los pasillos, pegado a las paredes, subiendo casi a gatas las escaleras, para terminar como una hormiguita sobre la mesa buscando desesperadamente la salida, descendiendo por el calcetín de un alumno para tirarme al piso y huir al jardín a esconderme debajo de la raíz podrida de algún arbusto, pero me quedaba pegado a la mesa ahogándome en un mar tormentoso y caliente de sudor. Así semana a semana para ganarme el pan con el sudor no de la frente, sino de todo el cuerpo: ahogado en sudor, porque tenía que hacer las clases en alemán y había dejado de hablarlo cinco años. Y llegó la época en que me quedé solo, cuando nos separamos. Entonces el edificio se me hacía más grande. Entonces también llegó la época en que hay pocas horas de luz y sol, cuando los alemanes desaparecen y las calles se quedan solas. No hay un ruido en las calles. Yo iba sólo a buscar mis cartas. Un día el edificio se me hizo más grande y lo vi doblarse; de pronto se doblaron también las calles. Un torrente de agua avanzó desde el extremo de la avenida arrasando con la ciudad, arrastrándome con techos, pedazos de ventanas, árboles. Yo alcancé a ver fugazmente entre las líneas que mi hermana me decía que en Chile la gente tocaba interminablemente las puertas por un pedazo de pan, que los niños se alimentaban principalmente de pan y té y en el verano de tomates. Que cada ser humano que tocara a su puerta era como sus hermanos errantes por el mundo. Dando grandes brazadas, comiéndome la sal de la cara, logré salvarme de la marejada.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03