Nicomedes Guzmán. Setenta Años

NICOMEDES GUZMÁN. SETENTA AÑOS

Oscar Vásquez; Julio Moncada; Guillermo Quiñones

Araucaria de Chile. Nº 28. Madrid 1984

"Cuando Nicomedes Guzmán descargó sus libros tremendos, la balanza se vino abajo porque nunca recibió un saco tan verdadero. No era un costal de joyas. La verdad pesaba como una piedra. Los dolores llenaban aquellos libros andrajosos y deslumbrantes que se nos echaban a la conciencia."

Pablo Neruda, en el prólogo a la segunda edición de La ceniza y el sueño.

1. Recuerdos de mi padre
Oscar Vásquez Salazar

Hace muchos años Sergio Villegas, por entonces director de la revista dominical del diario El Siglo, me pidió una crónica "diferente" para recordar un aniversario de la muerte de Nicomedes. Ahora, cuando se cumplen setenta años del nacimiento del escritor y veinte de su deceso, y cuando su obra cobra una vigorosa vigencia en medio de las luchas del pueblo chileno por su liberación, resolví desarchivar aquellos materiales, reordenarlos. podarlos, reescribirlos en su mayor parte y agregar, quizás, alguna reflexión o dato nuevo.

El "primer" Nicomedes

Puedo afirmar que La ceniza y el sueño, citada siempre como el primer título publicado por mi padre, no es sin embargo efectivamente la primera obra. En 1934, a los veinte años, publicó un poemario sumamente peculiar, que realizó con sus propias manos, lentamente. Un solo ejemplar con destino a una única lectora: Lucia Salazar Vidal.

Recuerdo que tuve que descerrajar casi "a la mala" un baúl de queridas e íntimas añejeces de mi madre, para conocer ese tesoro de la juventud del novelista.

El libro se llama Croquis del corazón, "poemas, 1934". Tiene una dedicatoria que aparece firmada por Oscar Vásquez G. y, entre paréntesis, Darío Octay. Se indica el sitio de la edición. Santiago, y luego una fecha: diciembre 13 de 1934. En la página 4 se repiten el título y el seudónimo, y se agrega una leyenda: "Ilustraciones del autor".

Antes que el escritor decidiese rendir homenaje a sus progenitores, haciéndose llamar literariamente Nicomedes Guzmán, su seudónimo fue Darío Octay. Presumo que en eso tiene que ver su admiración por Rubén Darío, y su anhelo, entonces, que después concretó casi con alevosía, de viajar, entre tanto sitio, por la zona sur de Chile, Puerto Octay, por ejemplo.

La portada lleva un dibujo hecho a tinta china y el título está escrito con la caligrafía personalísima de Nicomedes, en tipos de imprenta trazados con una antigua lapicera de pluma metálica. Todo el resto: la diagramación, la encuadernación, el empaste, están realizados con mucha prolijidad.

Croquis del corazón está dividido en tres partes encabezadas por una definición de lo que es la poesía, según Madame de Stáel. La primera se titula "Crepuscular"; la segunda, "Sonrisas", y la última, "Primicias de campestre". Los títulos hablan por sí mismos del contenido de los poemas: las tristezas y alegrías de juventud, y el capítulo sentimental vivido en ella, que fue esencial en su vida.

"Para ti, amada de los cabellos de oro, de los ojos marinos y las primaveras grávidas. / Ponme las manos y recibe la pureza de mis sentimientos captados en estas páginas" (Darío Octay).

Cuatro años más tarde vino La ceniza y el sueño y ya no hubo en seguida más versos, salvo dos poemas nuevos que se agregaron en 1960 a la segunda edición de La ceniza... Como se sabe, Nicomedes saltó a la prosa, con la novela Los hombres oscuros. Como él lo expresara en la única oportunidad en que dejó por escrito alguna relación autobiográfica: "... a fin de cuentas, no era el verso lo más valedero para mí. En un país de grandes poetas como Chile..., mis afanes líricos no iban a prosperar".

Meditación en Quito

Este 25 de junio se cumplieron setenta años del nacimiento de Nicomedes Guzmán, y al día siguiente, el 26, veinte de su muerte. Ambas fechas me sorprenden sobre los casi tres mil metros en que se halla Quito, la capital del Ecuador. En esta parte del mundo vivo desde hace nueve años, acogido a la solidaridad de su maniabierta geografía humana.

Precisamente estoy donde hace casi un cuarto de siglo, Nicomedes -Oscar Nicomedes Vásquez Guzmán, según su cédula de identidad- hizo escala, junto con otros escritores y un grupo de periodistas, inaugurando una nueva ruta de la Línea Aérea Nacional de Chile. Una escala que se prolongó para él por varios días porque aceptó una invitación del pintor Oswaldo Guayasamín, por entonces Director de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Miro el cielo nocturno de Quito. Algunas estrellas me traen el firmamento de mi adolescencia, allá en Santiago, en alguna esquina de la Población El Polígono, Quinta Normal abajo, exactamente en la calle Pezoa Veliz 730. Mi padre está sentado junto a mi en el suelo, a la orilla de la cuneta.

-Poca gente entiende de las estrellas-me dice-. Pero no hay misterios, hijo, para quien tiene la pasión de contemplarlas. Mira, esa es la constelación del "Volantín". ¿La ves? Va en picada hacia la tierra. Date ahora vuelta; allá esta Taurus. En invierno se ve mejor. Tienes que hacer una línea imaginaria como en los juegos de las revistas para captar la forma del toro. Allá se ve Piscis; une las estrellas y resultará un pez a cada lado, casi simétricos.

Es invierno, efectivamente. Los álamos del frente de nuestra casa han perdido sus hojas y esto hace que la noche se sienta más fría.

La simbiosis Nicomedes-niño / Enrique Quilodrán

Mi abuela Rosa -Rosa Guzmán Acevedo-, la "obrera doméstica" de la dedicatoria de Los hombres oscuros, y un poco también Laura, la madre de Enrique Quilodrán en La sangre y la esperanza, vive todavía. Tiene ya más de noventa años, y uno de mis tíos con su familia la acompañan en su casa de La Cisterna.

Doña Rosa ha ejercido siempre el abuelato rígidamente y rara vez ha entrado en confidencias con sus nietos. Un buen día me acerqué a ella, manifestándole que la necesitaba como reportero.

-No vengo en calidad de nieto, abuela, sino de periodista, y es menester que usted me cuente algunas cosas que desconozco.

Porque mi padre habló siempre muy poco de su pasado, y yo sabía muy poco de Nicomedes Guzmán. Aunque a lo mejor sabía mucho si asimilaba su niñez a Enrique Quilodrán, el personaje infantil de La sangre y la esperanza. Le expliqué a mi abuela que mi afán era desentrañar esa relación o simbiosis.

-La verdad es que esa novela de tu padre me emociona mucho, Y si me preguntas a qué época podría corresponder, creo que tendría que ser cuando recién había dejado la escuela primaria. Tendría once años, quizás, aunque aparentaba menos.

Mi abuela empieza a soltarse y comienza por el principio.

-En 1914 ya existía tu tía Elena. Tu abuelo (Nicomedes Vásquez Arzola, el "heladero ambulante" de la dedicatoria de Los hombres oscuros, y algo del Guillermo Quilodrán de La sangre y la esperanza) quería, a propósito de mi nuevo embarazo, que yo tuviera un hombrecito, para que formáramos la pareja. Tonteras de matrimonio joven, tú entiendes. Tu padre nació entre las diez y las once de la noche. Vivíamos en la calle Rondizzoni, frente al parque Cousiño (hoy Parque 0'Higgins). Tu abuelo se persignó emocionado. No era fanático, pero era un católico a su manera.

-¿Era dura la vida?

-Muy dura. Fíjate que en ese entonces tu abuelo oficiaba de mecánico. Eran tiempos de mucha cesantía y de represión, cuando los trabajadores se organizaban. Vivíamos en cuartos, que se hacían pequeños cuando llegaban nuevos hijos y había que salir a buscar otros arriendos.

Así fue como, por ejemplo, los abuelos emigraron del barrio del Club Hípico hacia el barrio San Pablo, en la calle Mapocho 2490, esquina de García Reyes. Al frente estaba la garita de los antiguos tranvías; posteriormente se transformó en depósito de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado, que ahora ya no existe. Este lugar tiene una importancia esencial en la vida de Nicomedes Guzmán. Allí se asienta el macrocosmos de La sangre y la esperanza, esa gran novela proletaria chilena.

-¿Qué pasa entonces, abuela?

-Junto con tu tía Elena asistían a una escuela situada en la calle Ricardo Cumming, entre San Pablo y Rosas. El iba sólo de "oyente", porque era muy chico todavía. Pero lo mandábamos a la escuela porque era muy grande su inquietud y ésta como que no cabía en la casa. Uno de sus desahogos era el dibujo, para el cual tenía un verdadero talento natural.

Los recuerdos conmueven a la abuela. Tía Elena falleció siendo aún niña. Sobrevivió en la novela, donde el escritor ni siquiera le cambió el nombre. Surgen remembranzas de crudos inviernos a los que sucedían veranos tórridos. Vuelven imágenes de períodos difíciles. Los abuelos se reparten la responsabilidad de la brega diaria por el pan. El es entonces maquinista tranviario y ella alterna sus tareas de madre con las de lavandera. Mientras tanto, Oscar Nicomedes asimila sin problemas todo lo que le enseñan en la escuela primaria. "La letra le entra sin sangre", más bien "con luces". Paralelamente, aprende lo que es la vida del pobre, es decir, de su pueblo, y de allí debe surgir su comprensión profunda de lo que son la lucha, la solidaridad y la ternura.

No quise preguntarle a mi abuela cuándo fue que trabajó como cobradora de tranvías, porque la sentía un poco trastornada con mi afán de hurgar en tanto detalle.

Nicomedes tendría que haber ido al liceo. Pero no pudo hacerlo, porque no había cómo costearle sus estudios. Ingresó así, tempranamente, al mundo del trabajo, como Enrique Quilodrán en La sangre y la esperanza. "Los urgentes menesteres hogareños -cuenta- obligáronme a enfrentarme a la visión de un mundo en mucho espantable, desconcertante y. sin embargo, ejemplarizador. Fui acarreador de cajas en una fábrica de artículos de cartón, ayudante de tipógrafo, ayudante de chofer, encuadernador..." "Una escuela dura, pero maravillosa."

-¿Y luego?

-Ya te dije. El que es ahora hijo mayor, debe trabajar. Yo debo trabajar, y tu abuelo también, naturalmente... Tu padre empieza a dejar de ser niño, pero tampoco es todavía un hombre... Es una etapa dolorosa, porque hasta tuvimos que cambiarnos de casa. Nos vamos a la calle José Besa y Loyola, y él sufre la nostalgia de su entrañable barrio Mapocho.

Por entonces mi padre escribe en El Peneca, donde le publican notas sobre efemérides nacionales, poemas, cuentos breves, primero con el seudónimo de Ovaguz y luego como Darío Octay. Nueva mudanza, ahora al barrio del Blanqueado, en la calle Osorno, en el punto preciso donde la comuna Quinta Normal pasa a ser Las Barrancas. Sin consultar con sus padres, se matricula en el liceo nocturno Federico Hanssen, mientras sigue trabajando de día.

-¿Qué sabe de este período, abuela?

-Estudia mucho, aunque el bicho de la escritura lo ha picado va sin vuelta. Escribe versos en cantidades y dirige una revista izquierdista que también ilustra. ¡Cómo dibujaba! Recuerdo un retrato que hizo de tu abuelo y otro de una niña, que no era otra que Lucía, tu madre. Después de este período vino todo lo que, supongo, tú conoces mejor que yo...

El "heladero ambulante"

Cierta vez un chusco opinante afirmó en la taberna de la Sociedad de Escritores de Chile que la dedicatoria de Los hombres oscuros era un puro esnobismo, una jactancia "proletarizante".

Se armó una discusión descomunal que sólo terminó cuando el tipo que la provocó se fue del lugar. Hacía tres años que Nicomedes reposaba en el Cementerio.

Cuando llegué a casa, releí aquella dedicatoria: "A mi padre, heladero ambulante; a mi madre, obrera doméstica". Y escribí luego una crónica que el diario El Siglo publicó en su suplemento del 2 de mayo de 1967. Los párrafos siguientes son una reescritura, abreviada, de aquel artículo.

Yo tenía unos cinco años cuando mi abuelo me llevó a "trabajar" con él. Tomó mi mano regordeta entre la suya, que era huesuda y larga. Como era él mismo, largo, alto, como un álamo. Había para mí dos cosas importantes en él: su ternura, siempre presente, y el carácter exótico de su trabajo. El era lo que se llama un trabajador de la calle: un vendedor ambulante; algunas veces de queques y calugas, y otras de helados. Yo lo prefería como heladero ambulante. Antes había sido, durante una veintena de años, conductor de tranvías en las calles del viejo Santiago. Ahora partía por esas mismas calles, con notable dignidad, empujando su carrito de helados, si era verano, o con su canasto lleno de dulces v bizcochos, si era invierno. Casi siempre se instalaba en la calle San Pablo frente a la puerta de la Escuela 49.

Yo lo prefería -vuelvo a decirlo- empujando su carrito de heladero, sobre el cual yo me trepaba, y viajaba como si se tratara de un autobús saltón y rechinante propio. Esto me hacía sentirme importante ante los demás niños, que se arremolinaban alrededor nuestro cada vez que nos deteníamos en alguna esquina. Pero esto no es todo. Mi alegría era suprema haciendo el oficio de campanillero. Mi abuelo no gritaba los helados, sino que era yo quien los anunciaba haciendo sonar la redonda campanilla.

El heladero ambulante cumplía su labor diaria como otros vendedores que pasaban por las mismas u otras calles del barrio. El vendedor de lúcumas y membrillos, el de algodón de azúcar, el de manzanas confitadas. Había uno que aparecía con un canasto colgando bajo el brazo:

-¡Los pensamientos vendoo!... ¡Los pensamientos vendoo...!

Era un ebrio que vendía flores. Pensamientos con sus tallos enteros y sus raíces empaquetadas junto con su tierra de origen, para poder seguir viviendo en los andurriales de Quinta Normal, hasta en nuestra propia calle Besa.

Mi abuelo Nicomedes fue uno de aquellos vendedores ambulantes, que hoy creo que no existen o, en todo caso, no son ya los mismos. La calle Besa ha cambiado. Las chacras dieron paso a la urbanización y los basurales que limitaban los sembrados también desaparecieron. La línea de tranvías -el Ferrocarril Eléctrico Santiago Oeste, como se llamaba con más solemnidad que propiedad- que corría por San Pablo uniendo Matucana con El Blanqueado, ya es sólo una historia olvidada.

Mi abuelo ya no existe, desde hace muchos años. A mí me queda el recuerdo de sus manos y del campanilleo que yo producía trepado a su carro de heladero ambulante. La evocación se hace muy viva cuando releo la dedicatoria de Los hombres oscuros.

2. Mi amigo Nicomedes (1)
Julio Moncada

Conocí a Nicomedes Guzmán poco después de leer Los hombres oscuros, primera novela publicada por él. El gobierno del Frente Popular premió su obra enviándolo a trabajar al Departamento de Extensión Cultural, dirigido por Tomás Gatica Martínez (con trescientos pesos mensuales de sueldo). También caí yo a Extensión Cultural, llevado por la bonhomía de Tomás, que juntaba lo que él creía eran jóvenes talentos. Así fuimos compañeros de trabajo desde el año 1939 en adelante.

El era "el chico". Yo era "el flaco". Nicomedes venia del liceo nocturno y de una oficina de propiedades donde era mandadero. Yo llegaba del liceo Lastarria, donde no terminé humanidades, presionado por la pobreza y las cesantías de mi padre. También gané algo así como trescientos pesos mensuales. En el fondo éramos iguales, el proletario venido de San Pablo abajo y el burguesito ñuñoíno enamorado de la poesía. Eramos iguales en voliciones, en fervor. Pero él era ya un escritor formado a partir de su primera novela que narra un amor proletario entre un lustrabotas y su muchacha, flor del suburbio como diría un tango. Tierno amor, dulce amor de claridad y penumbras que conmovía y esclarecía los sentimientos de esa desconocida capa social que son los trabajadores, abría las compuertas del sentido social de Nicomedes, y despertaba en sus lectores la necesidad de conocer más de cerca el ámbito en que vivían y morían los asalariados chilenos.

Recuerdo que la dedicatoria de su primer libro decía: "A mi madre, obrera doméstica. A mi padre, heladero ambulante". Primitivamente el titulo del libro era más vasto, así como su contextura. Se llamaba algo Así como: Unos vagabundos, unas trenzas negras y una perra lanuda, y tenia algo así como doscientas páginas más. Jacobo Danke, que fuera su primer lector, suprimió esas doscientas páginas, discutió su título con Nicomedes, y Así salió Los hombres oscuros en una imprenta "a pedal" del barrio, que aceptó que la edición se pagara en cuotas mensuales. Nicomedes estuvo mucho tiempo pasando mensualmente sus incómodas cuotas al imprentero, que siempre llegaba a nuestras oficinas los fines de mes oliendo a un sospechoso vino tinto.

Nos hicimos íntimos amigos amén de compañeros de trabajo. En aquel Departamento fiscal, dedicado a impartir cultura entre obreros y campesinos, había una importante "menagérie" de funcionarios, entre los que se contaban el poeta Carlos Casassus, el sindicalista Panchito Lira, Roberto Jorquera, su secretario; María San Cristóbal, cantante, una de las cartas de triunfo de nuestras presentaciones en locales sindicales (con vigorosas cuecas bailadas en el "fin de fiesta"); Juan Pérez Berrocal, autor y director de elencos teatrales "cebolleros", etc. Andando el tiempo, llegaría también otra cantante: Matilde Urrutia, actual viuda de Pablo Neruda, quien trabajara con nosotros algunos breves años.

Al poco tiempo de trabajar allí, nos cambiamos desde los sótanos del Ministerio de Trabajo, en Independencia, frente a Mapocho, a una vieja casona de Catedral, esquina de San Martín, fusionándonos con la Dirección Superior del Teatro Nacional, aumentando nuestros efectivos con su Director, Rene Hurtado Borne, autor teatral; el escritor Matías Soto Aguilar, Nathanael Yáñez Silva, engolado y tronitruante crítico de teatro.

A nosotros, con Nicomedes, se nos había encargado la preparación de conferencias para los centros obreros. Nicomedes escribía especialmente sobre literatura chilena, en la que era poco más o menos un especialista. Por esa época se cambió a vivir a una población obrera de Quinta Normal, en la calle Carlos Pezoa Veliz. Yo lo visitaba a menudo, amén de trabajar juntos. Los fines de semana, viajábamos fuera de Santiago, a visitar a Oscar Castro y a "Los Inútiles" de Rancagua, a veces con Edmundo Concha, o a Valparaíso a ver a nuestro muy amigo el poeta Zoilo Escobar, que nos relataba sus vicisitudes con la propiedad de un stradivarius legitimo que yacía en una casa de empeños del primer puerto. Zoilo, que era empecinado naturista, nos arrastraba a cabarets donde bailaba impecablemente unos tangos, con "ocho" y "sentadas" que causaban la sensación entre las reinas de la noche. Escobar vivía en una habitación instalada en una especie de torre que tenía su casa; compartía la vivienda con su mujer y dos hijas, que le hacían la vida imposible. Tenía allí un misterioso baúl lleno de objetos exóticos como abanicos chinos, estatuillas hindúes u otros dijes del oriente. A veces poníase de pie en medio de la habitación, recitaba con voz potente y significativo ademán alguno de sus poemas proletarios. Nosotros alternábamos las visitas a su casa con otras visitas. Nicomedes iba al hospital Van Burén, donde lo tenían cautivo unos grandes ojos negros, y yo, por mi parte, me reunía en Viña del Mar con una hermosa señora yugoslava con la cual compartí mis años más juveniles. Ella vino después a morir a París. Descansa en el Pére Lachaise y por extraña circunstancia del destino de nuevo estamos próximos.

Después del éxito de Los hombres oscuros Nicomedes empezó a sentir un cierto desasosiego. La verdad era que nuestros empleos eran más bien mostrencos y nos era preciso recurrir a lo que después se llamó "pitutos", o sea, entradas suplementarias de dinero. Nicomedes me dio el camino de las conferencias en la Universidad de Concepción, regida por don Enrique Molina, y de la publicación de artículos y cuentos en el suplemento del diario La Nación que a la sazón dirigía Domingo Meifi, gran amigo de los jóvenes escritores. Allí, Nicomedes mantenía una sección domingo a domingo, donde alentaba a los escritores más jóvenes, y publicó en su oportunidad una semblanza mía donde me auguraba un futuro esplendor como prosista, cosa que no me gustó nada, pues yo me consideraba mejor dotado como poeta.

Por aquel entonces asistimos al nacimiento, al germen de lo que seria ese gran fresco monumental que se llamaría La sangre y la esperanza. Inició el trabajo de la que sería su mejor novela, en su casa. Pero pronto, acuciado por la incomodidad material: casa pequeña, estrechez de habitación, niños bulliciosos -fue un padre prolífico, pues a esa fecha tenía cuatro niños, un hombre, Oscarín, y tres niñas-, se trasladó a escribir en nuestra oficina. Naturalmente, durante el día debíamos atender nuestras tareas, pero Nicomedes ideó escribir de noche, para lo cual, puesto previamente de acuerdo con el mayordomo de la oficina, Antonio Díaz Jara, se quedaba por las noches encerrado y con una provisión pequeña de sandwichs y algo de cerveza, pasaba la velada escribiendo. Así se plasmó esa novela. Cuando en la mañana aparecíamos los funcionarios, levantábamos la "incomunicación" de Nicomedes, quien había dormido algún sueño en los confortables sillones de nuestra oficina, e iniciaba también sus tareas cotidianas.

Mucho se ha especulado con la vida bohemia de Nicomedes. Bueno es ya poner fin a dicho infundio salido de boca ligera, tal vez, como comentario intrascendente pero que dañó mucho la existencia de mi amigo. Nicomedes fue, sobre todo y antes que nada, una víctima de la vida miserable que sufrió cuando niño y de la que arrastró durante largos años. Trabajó siempre en exceso, se alimentó mal y su fragilidad física era proverbial. Todo contribuía a hacerlo particularmente vulnerable, aun si él, por ejemplo, no bebía más que el común ciudadano medio chileno.

Aparte de cumplir nuestras obligaciones salariales, hacíamos una intensa vida social. Por aquella fecha nos reuníamos en la Alianza de Intelectuales de Chile, organismo para la defensa de la cultura fundado por Pablo Neruda durante la guerra civil española y presidido en el momento a que aludo por el novelista Alberto Romero. Allí nos juntábamos con nuestros compañeros y amigos Rubén Azocar, Diego Muñoz, el fotógrafo Antonio Quintana, Enrique Bello, Raúl González Tuñón, que por entonces vivía en Chile, y tantos otros amigos entrañables. La AICH se encontraba en la primera cuadra de calle Estado, en el piso superior del bar "Amaya", famoso por sus callos a la madrileña, donde también concurríamos frecuentemente con Jacobo Danke, Isaías Cabeza y algunos funcionarios públicos, a cenar después de las reuniones de la Alianza. Sitio también de nuestras charlas interminables era la fuente de soda "Iris", que se encontraba en Alameda, frente a la Universidad de Chile, y en la que nos encontrábamos con Andrés Sabella, estudiante de Derecho, grupos de gentes de teatro, del Experimental, y periodistas, sobre todo, poetas y prosistas de la "generación del 38", como se bautizó, o la bautizamos, a nuestra generación de escritores. La principal característica de este grupo consistía en su homogeneidad, en su vinculación entre la obra literaria y la vida política del país, que se había dado un gobierno de Frente Popular con el presidente Pedro Aguirre Cerda y la combinación de izquierda que lo sustentaba, originada en la lucha española de la época; despertada, digamos mejor, por el estruendo de la artillería del pueblo de España en su cruenta y desigual lucha. Nuestra generación salió a la vida desde el conflicto español y quedó para siempre marcada a sangre y fuego, tanto en su acción política como en su obra literaria. De esto es ejemplo señero La sangre y la esperanza. El libro fue publicado por la editorial Orbe y despertó tanta emoción que rápidamente se lanzaron una segunda y tercera edición.

A todo esto, Nicomedes proseguía su vida trajinando Chile de arriba abajo, ofreciendo conferencias, escribiendo artículos, entrevistándose con los escritores de toda edad; por su intermedio conocí a Manuel Rojas y a su íntimo amigo José Santos González Vera, a Ricardo Latcham, a Mariano Latorre, a Luis Durand, a Marta Brunet, toda gente que concurría a la librería Nascimento a la obligada tertulia del mediodía. Personajes cotidianos eran Benedicto Chuaqui, Luis Merino Reyes, el escritor costarricense Joaquín Gutiérrez. Todo un universo de talentos giraba en la órbita de dicho comercio, donde también hacíamos nuestros pequeños "negocios", entregando colaboraciones para la revista Atenea de la Universidad de Concepción o para los diarios, especialmente La Nación, pues su Director, Domingo Meifi, formaba también parte de la tertulia.

Nicomedes era un trabajador infatigable. Promovía en su torno una actividad incesante, produciendo entrevistas, descubriendo nuevos colaboradores para la prensa, alentando a los más jóvenes, por cuyas obras se interesaba. Así fue como llegó a nuestras oficinas el libro Litoral celeste, del que era autor un muchacho alto y delgado llamado Antonio Massis, luego Maffud Massis, hoy exiliado en Venezuela. También, y precedido de un correcto anuncio de visita, apareció un día Luis Sánchez Latorre, pichón de escritor, posterior Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile y autor del celebrado Filebario, progresión de su seudónimo Filebo.

Encontrarse al lado de nuestro novelista era estar en el centro de una gran actividad de diverso género, pero toda orientada a la literatura o en torno de la literatura.

Teníamos muy buenas relaciones con el dueño de una editorial Cultura, de la que era propietario don Francisco Fuentes. A menudo pasábamos a charlar con él, revisando de paso las novedades que nos ponía en las manos. Propuso a Guzmán fuese su asesor en trabajos editoriales y así Nicomedes fue director de diversas colecciones y editor de un catálogo de la editorial en la que incluyó con gran acierto una brevísima historia de la literatura chilena, lo que la hizo de gran popularidad en nuestro medio. Después propuso la creación de una colección de escritores chilenos. La Honda, que fue aceptada, y en ella publicó durante doce meses del año otro tanto de escritores, algunos de ellos que jamás habían sido publicados, tal como el marino mercante Guillermo Valenzuela Donoso, el criollista Elgueta Vallejos, junto a nombres como Francisco Coloane, Oscar Castro, etc. También dirigió la publicación de El laurel bajo la lira, obra de Luis Enrique Délano, que describe en forma de novela la vida trágica del poeta Pedro Antonio González, que fuera figura señera de los círculos literarios del siglo XIX y principios del XX. Generosamente, Nicomedes me propuso que me integrara a la colección La Honda, con un conjunto de cuentos.

Muchos jóvenes escritores conocieron publicación gracias a Nicomedes. Recuerdo, entre otros, a Baltazar Castro, quien en la colección La Honda publicó su libro Sewell. También aparecieron en esa colección Reinaldo Lomboy y Gonzalo Drago, que luego alcanzarían notoriedad en la literatura. Aparte de su talento de escritor, Guzmán poseía una gran generosidad, constantemente ejercida en un medio generalmente cerrado y hostil y hasta mezquino.

Ya por esas fechas Guzmán empezó a experimentar caídas en su salud. Había conocido a Esther Panay, joven y hermosa estudiante, de la que se enamoró entrañablemente. Guzmán estaba casado desde hacía mucho tiempo con Lucía Salazar, con la que tenía tres hijas y un hijo, pero pudo más el nuevo amor, que aparecía rescatándolo de la pobreza y recompensándolo, en cierto modo, de las durezas de la existencia. Era muy admirado, pero jamás llegó a gustar el sabor de lo que se llama "gloria literaria". Su vida es una suma de actos en que la situación dominante es la búsqueda del dinero, que escaseaba siempre. Una buena anécdota es aquella cuando Nicomedes pide un anticipo de sueldo en el trabajo, y el contador -en realidad, una contadora, una señora alemana llamada Amalia Haider- se lo niega, fundándose en razones de orden en la administración. Nicomedes escribe inmediatamente un cuento en el que el protagonista es un temible contador nazi que explota sin piedad a sus infelices subordinados. Lo publicó casi de inmediato en La Nación. Todos lo leímos; también doña Amalia, que hizo el siguiente comentario: "No voy a negarle más vales a Nicomedes, porque si no... capaz que me saque en un cuento". Los demás reíamos a carcajadas.

Nuestra oficina, hasta la fusión con la Dirección del Teatro Nacional, funcionaba casi como una gran familia, con todos los contratiempos de las familias numerosas, pero ésta sabiamente gobernada por ese "papá" que era Tomás Gatica Martínez. Don Tommy, como le decían las funcionarías, era un hombre de prestigio en el medio intelectual chileno, y su labor cultural, dirigida a los medios populares, lo acreditaban como un pionero en este campo. También era famoso por su afición al bello sexo, pero esta es una historia sobre la que es mejor pasar una discreta cortina. Lo cierto es que en algún momento llegó otra reorganización administrativa. Se nos sumaba a la Dirección de Informaciones y Cultura, lo que significó unirnos a los organismos más heterogéneos, como... el Zoológico Nacional. Nos trasladaron a una casona en la Alameda, donde había vivido el Presidente Juan Antonio Ríos, y se entregó la dirección del dolicocéfalo organismo a Antonio Serrano Palma, importante personaje cuya primera medida fue... prohibir al personal el uso del ascensor. A Gatica Martínez lo nombraron Subdirector, seguramente como una manera de irlo alejando del departamento. Tomás debe haberlo entendido así, porque pidió ser nombrado en comisión de servicio. Nunca más volvió a su trabajo, porque poco después lo abatió una embolia cerebral. Antes de su fin, había fundado con su esposa, Aura Guzmán, profesora y Directora del Liceo número 7 de Niñas, una pequeña editorial. Andes se llamaba, y la recuerdo porque allí publiqué Las voces, mi segundo libro, diagramado por Nicomedes, ilustrado por Penike y con un prólogo de Jacobo Danke.

Poco tiempo después de esta publicación, Nicomedes sufrió su primer traspiés de salud grave. Le sobrevino un delirium tremens y debió ser internado en el hospital Psiquiátrico de Santiago.

Ya a principios del decenio del 50 continuaron presentándose dificultades en la salud de Guzmán. Su entendimiento amoroso con Esther se realizaba en un plano de gran comprensión, pero la enfermedad lo empezaba a acorralar. Una y otra vez debió concurrir al hospital en busca de remedio para sus quebrantos. Yo me había ausentado de Chile en 1948 y, utilizando a mis amigos del Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay, obtuve una invitación para Nicomedes, para dictar dos conferencias en Montevideo. Le escribí y quedamos de acuerdo que cuando viniera a Buenos Aires a cobrar derechos de autor de La sangre y la esperanza, aprovechara la cercanía y se embarcara al Uruguay. Así se hizo y un día de tantos me encontré en el puerto esperando el barco de "la carrera" en donde llegaría mi amigo. Efectivamente, venia Nicomedes, mas me inquietó mucho su estado. Bajó del barco diciéndome que había pasado la noche en la borda, conversando con diversas personas cuyas voces venían en las olas del río de la Plata. Entre otras, me mencionó a su esposa Lucy, a la cual habrían detenido policías de Santiago y le habría pedido socorro. Se encontraba en un estado de gran agitación. Fuimos a la casa, donde me encontraba solo, pues mi esposa e hija estaban de vacaciones en lo de su familia del interior del país. Allí almorzamos y salimos a darle a conocer Montevideo y relacionarse con sus anfitriones uruguayos.

Después de visitar, entre otros, al pedagogo Jesualdo, entonces asesor del Ministerio de Instrucción, regresamos al hogar, en el que nos llegó la hora de dormir. Ya eran más de las once de la noche, pues conversamos largamente sobre Chile, que en esos momentos pasaba por trances difíciles con la administración González Videla. Me preocupaba, sin embargo, la atención que ponía Nicomedes, de improviso, en medio de la charla, dando la impresión que escuchaba voces que yo no oía... Así fue a su dormitorio y yo al mío. Pero a los escasos momentos de haberme metido en cama, descendió Nicomedes de su habitación, diciéndome que le habían comunicado que esa noche le matarían... Pasaba un automóvil por la calle y esto lo aterrorizó, insistiendo que en ese coche venía alguien a asesinarlo. Lo calmé lo mejor que pude y lo acompañé hasta su cama, donde lo dejé acostado. Mas su sobreexcitación le impedía dormir y reiteró sus visitas a mi pieza, aproximadamente hasta las cuatro y media de la madrugada, hora en la que le hice beber un vaso de leche tibia y se quedó dormido. Cuando despertó, más calmado y ya entrada la mañana, le expliqué que su estado de salud le impedía dictar las conferencias ofrecidas, en lo que estuvo de acuerdo, quedando de volver a Buenos Aires y posteriormente a Santiago, esa misma noche. Lo acompañé al barco y me retiré para asistir a una comida que le ofrecían esa noche sus colegas de Montevideo, asistiendo en su lugar hasta cercana la medianoche, hora en que regresé a mi casa. Me encontré a los vecinos en la puerta de calle, explicándome que hacía pocos minutos, una asistencia de urgencia se había llevado al hospital a un señor que estaba sentado en una maleta esperándome desde las nueve de la noche...

Era Nicomedes, que, presa de un ataque de pánico, había descendido del barco. No sé hasta el día de hoy cómo pudo encontrar la casa en Montevideo, y me había esperado inútilmente, pues yo le hacía navegando rumbo a Argentina. Ubiqué su paradero en el hospital psiquiátrico de la ciudad y acompañado de otro de sus amigos uruguayos, el actor Juan Manuel Tenuta, fuimos a averiguar qué podíamos hacer por él. Imposible que le dejaran salir. El horrible lugar, tétrico y sombrío, con más aspecto de cárcel que de clínica médica, tenía a Nicomedes virtualmente preso y los médicos con que hablé se mostraron decididamente partidarios de dejarle largo tiempo en curación. Ya le habían aplicado un electroshock y ahora lo tenían bajo el tratamiento de barbitúricos y dormía agitadamente en una sala común, al lado de otros enfermos que daban una triste sensación al ambiente. Me comuniqué rápidamente con el Ministro de Instrucción Pública, el doctor Secco Ellauri, a quien pedí su influencia para rescatar a mi amigo, cosa que se hizo a los tres días de un tratamiento intensivo, logrando devolverlo a Chile, antes de una semana después de este lamentable episodio.

Supe que, llegando a la capital, Nicomedes se había puesto en manos de médicos e iniciado un tratamiento enérgico contra su mal. No lo vi hasta 1953, fecha en la cual estuve en Chile de paso a Guatemala, donde debía ofrecer algunas conferencias. De ida y vuelta por Santiago, estuve con él, quien proseguía tratándose. Visitas continuadas al médico, alternadas con permanencias en el hospital, conformaban una suerte de rutina en ese período. Pero ésa era sólo una parte del drama, porque la miseria se había abatido francamente sobre él. Tenía que ganarse el pan de cada día con tremendas dificultades, cada vez mayores. Una de las últimas veces que lo vi, vendía medias de señora en las oficinas públicas... Tenía el cabello completamente gris y su estatura baja estaba casi curvada por el peso de enfermedades y desgracias. Tenia dos hijos con Esther, fuera de los cuatro de su matrimonio con Lucy. Y, naturalmente, era él quien tenía la responsabilidad de alimentarlos. Siempre he creído que la miseria, más que ningún otro factor, fue el que lo despeñó hacia la muerte.

Después de La sangre y la esperanza Guzmán publicó otros libros. La luz viene del mar, novela, y un par de volúmenes de cuentos. Pero ya perdía pie, resbalaba, se dejaba ir por un plano inclinado de desventuras cada vez mayores.

Con sus amigos Luis Sánchez Latorre y Edmundo Concha fuimos a verle durante una de sus hospitalizaciones. Estaba atado a una cama, los ojos muy abiertos y no reconoció a nadie. Una gran pena nos embargó ante el estado de salud de nuestro amigo.

Yo estaba en Europa cuando murió Nicomedes. Una semana después que Teófilo Cid, a cuyo entierro fue, y me cuentan que dijera proféticamente: "Yo seré el próximo". Efectivamente. El día que cumplía cincuenta años, cuando un novelista europeo apenas empieza a vivir su madurez y a publicar sus mejores obras, Nicomedes, almorzando en casa de su esposa Lucy, se bebió media copa de vino. Le sobrevino un súbito derrame de sangre y expiró.

Hay un busto de él en una plaza de San Miguel, pero alguna vez habrá que idear otros homenajes si se quiere ser justo con este escritor que elevara a su real condición literaria a su clase, la clase obrera.

3. Un escritor proletario
Guillermo Quiñones

Como consecuencia del explosivo incremento de la extracción del salitre, del sostenido desarrollo de otros rubros de la minería y de un relativo progreso industrial, a comienzos de siglo se ha conformado ya en Chile un proletariado urbano y minero de dimensiones masivas para la época, proletariado que empieza a tomar conciencia de sus derechos conculcados, de su fuerza como clase y a hacer sentir su peso social.

Entre el conflictivo proceso de desarrollo económico-social y de la conciencia social de comienzos de siglo, la clase obrera chilena asoma su rostro a nuestra literatura, es sabido, principalmente en un libro capital, cual es Sub Terra (1904), de Baldomero Lillo, como igualmente en algunos poemas de Carlos Pezoa Veliz y Diego Dublé Urrutia. (2)

Sin embargo, a partir aproximadamente de los años del "centenario" y hasta la década del treinta, y particularmente durante el auge del criollismo -escuela literaria inspirada en el paisaje y el pintoresquismo de la vida agraria chilena-, podemos decir que el obrero es simplemente olvidado por nuestra literatura. Anotamos, por las dudas, que una novela naturalista como El Roto (1920), de Joaquín Edwards Bello, tiene como protagonista no al roto, sino al lumpen proletario. No se nos escapa tampoco que los cuentos de La Pampa Trágica (1921), de Víctor Domingo Silva, aparecen como la excepción que confirma nuestras afirmaciones. Porque en verdad, el primer anticipo del retorno de la clase obrera a la literatura chilena está en las novelas de Carlos Sepúlveda Leyton y, poco antes, en algunos cuentos de El Delincuente (1929) y particularmente en la sobresaliente novela corta Lanchas en la Bahía (1932), obras ambas de Manuel Rojas, escritor de procedencia proletaria-artesanal.

Pero es con Nicomedes Guzmán y sus dos novelas principales, Los hombres oscuros y La sangre y la esperanza, que la clase obrera chilena, "como clase revolucionaria en si y para si -según el decir del crítico literario Yerko Moretic-, constituye por primera vez el basamento social de los personajes y sucesos de una obra literaria".

Nacido en Santiago (1914-1964), Nicomedes Guzmán confesaba con orgullo su origen popular y evocaba con cariño el barrio Mapocho de su infancia, donde aprendió el sabor de la libertad, "un barrio trágico, pero de una arisca y avasallante belleza". Su condición de niño proletario lo arrastró al trabajo desde muy pequeño, desempeñando diversos y menudos oficios: mandadero, acarreador de cajas, ayudante de chofer, aprendiz de tipógrafo. Con estudios reanudados y más de una vez interrumpidos en liceos nocturnos, Guzmán es el ejemplo típico del escritor proletario y autodidacta, formado asistemática e intuitivamente, y debatiéndose con desesperación entre su vocación literaria y la dura lucha por la existencia. Y el caso de Guzmán se repite con mucha frecuencia entre nuestros escritores. No sin razón el grupo de jóvenes poetas y narradores que aglutinó en Rancagua Oscar Castro -el autor de La vida simplemente-, y al que estuvo ligado desde su juventud Nicomedes Guzmán, se autodenominaba con sarcasmo "Los Inútiles".

En 1939 publicó Guzmán su primera novela. Los hombres oscuros. libro del cual ha confesado el autor que "se escribió con sacrificio y se editó con sacrificio mayor aún. Don Alberto Lagos, propietario de una pequeña imprenta cercana a mi barrio, hizo componer la obra a 'tipo parado' y la imprimió personalmente en una prensita. Las tapas -lo recuerdo bien, porque el canto de los gallos nos sorprendió dándole término- se hicieron a la luz de la vela, puesto que a mi editor le habían suspendido el suministro de energía eléctrica, compréndase bien por qué". Corresponde señalar, sin embargo, que, pese a su indigente origen, la novela constituyó un franco éxito: varias reediciones y el elogio crítico que destacó en el joven escritor la veracidad y la audacia de su visión del conventillo y lo saludó como ejemplo del realismo renovador que aportaba la Generación del 38 a nuestra literatura.

Aparentemente, el núcleo temático de Los hombres oscuros reside en el tierno idilio de dos muchachos proletarios: él, lustrabotas; ella, una obrera tuberculosa. Algún critico perspicaz ha querido ver en dicha trama algo así como una auténtica versión suburbana del drama de Dumas La Dama de las Camelias. Sin embargo -y aunque el parangón fue hecho con simpatía-, es necesario precisar que tal anécdota es sólo la parte externa, el centro argumental aglutinante, y que el motivo fundamental de la novela tiene proyecciones mucho más vastas y significativas y apunta hacia la ampliación del horizonte humano y hacia la proyección social de la individualidad doliente de un joven proletario.

Si observamos a grandes rasgos la estructura de esta novela, no es difícil encontrar el nexo entre la orfandad inicial del protagonista ("Yo pienso en la madre que nunca tuve"), carente de afectos y buscando un sentido para su vida, con los sucesos centrales y especialmente con el medio ambiente que recrea la obra. Cuanto le ocurre al protagonista-narrador se halla imbricado con su medio social, con ese "pequeño universo proletario" del conventillo: la miseria, trivialidad, sufrimientos y vicios de sus numerosos personajes y del mundo en que actúan, son, al mismo tiempo, ratificación de la existencia desvalida y la labor humillante del joven protagonista, como también contraste frente a sus anhelos de amor, justicia y de una existencia mejor. En tal sentido, el amor entre Pablo e Inés, que debe vencer prejuicios y oposiciones, opera como la superación de un mundo vulgar y desdichado.

Trabajando con materias provenientes de su propia experiencia y observación, el novelista no pierde nunca de vista esa doble perspectiva individual y colectiva que avanza, entre sucesos de trasfondo preferentemente ambiental, hacia el clímax de Los hombres oscuros: a la consumación del amor y a la cercana muerte de la amada, experiencias categóricas en el plano individual, se suceden experiencias de una instancia que supera lo meramente ambiental. Así como a la vulgaridad e indolencia del conglomerado humano del conventillo que pareciera "condenado a vivir eternamente una vida de miserias y de humillaciones" (3), se oponen desde un comienzo las figuras de los dirigentes gremiales y luchadores revolucionarios tales como el tranviario González, el suplementero Alonso y el obrero fundidor Robles, quienes luchan por la liberación y superación de su clase, así también la trama tiene su clímax colectivo en la rebelión popular, la represión y la huelga, claras expresiones del sentido de la novela que, del mundo individual asciende hacia la inserción del protagonista en la lucha social. La visión inicial del joven lustrabotas y sus sueños, en medio de la miseria y el fatalismo del conventillo, tienen su respuesta al término de la novela en nítidas afirmaciones de clase: pese a la huelga derrotada, los dirigentes sindicales destituidos han logrado reconquistar sus puestos de trabajo. Pablo, el protagonista, rompe todo vínculo con un padre distante y "de ocasión", abandona su humilde menester de lustrabotas, se inicia como obrero metalúrgico y asume su lugar de lucha en las filas del proletariado.

En 1943 publica Guzmán La sangre y la esperanza, hasta hoy la más importante novela proletaria chilena.

Narrada también en primera persona, en un tono de evocación de un narrador adulto que se remonta a sus años de infancia, esta novela recrea el entorno histórico de la década del veinte: "Era el tiempo, el recio tiempo del despertar de nuestros padres, del despertar de nuestros hermanos. Rondaban en ensordecedor bullicio los vigorosos días del año veinte. O del veintiuno. O del veintidós... Pero qué sabíamos nosotros de esto!... (4)

Desde la ambientación inicial en el barrio Mapocho, al que se personifica como "un perro viejo abandonado por el amo", la novela funde dos elementos decisivos en su tono narrativo. Nos referimos al carácter testimonial, de reflejo veraz del mundo que se recrea, lo que consigue con natural plasticidad esta novela, y nos referimos igualmente a una tibia ternura expresiva, de honda raíz popular. Escrita así, con la ficción de una narración en que al calor espontáneo de los recuerdos, "la vida se entrega entera", el desarrollo de la acción tiene una configuración muy libre y preferentemente ambiental. A través de las experiencias infantiles de Enrique Quilodrán, se van configurando la vida de una familia proletaria y la existencia cotidiana de un barrio pobre. Por otro lado, estos dos mundos -el del hogar y el barrio-, inserto uno en el otro, pero también claramente delimitados, moldean conflictivamente el carácter y la conducta del protagonista.

Con violentos rasgos de procedencia naturalista, pero igualmente con un sentimiento entrañable, se traza un cuadro implacable y veraz de la sórdida miseria del suburbio. Veamos un par de ejemplos:

"Las casas y ranchos, hundidos, parecían guiñar con los párpados de su miseria, en un llamado incomprensible y trágico de ancianas prostitutas mudas. Por las aceras, la humanidad del suburbio desparramaba su fatalismo sin manos de luz para contener una esperanza: mujeres panzudas, rodeadas de chiquillos descalzos, piojosos, con mantas de saco, borrachines que dormían con la cabeza puesta sobre sus propios vómitos"... (p. 230).

"La calle Libertad se estiraba, ancho el cuerpo Je agua, barro, miseria y de ojos turbios de las viviendas jorobadas. Los conventillos abrían las bocas desdentadas con fetidez de angustia, de humanidad crujiente, de pueblo desarrapado, condenado a la esperanza inútil. El humo se deshilachaba hacia el cielo, buscando las heladas pezuñas del buen Dios" (p. 302).

El niño proletario debe inventar sus juegos, crear sus propios juguetes. La calle y el barrio le ofrecen piedras, ramas, desechos, palos, zunchos procedentes de barriles desvencijados que en las manos infantiles se convierten en arcos rodantes, cáscaras de frutas que en las aguas cenagosas del río Mapocho se transforman en frágiles embarcaciones a las que apuntan los agudos garfios del niño bucanero... La calle y el barrio conjugan para el niño pobre el juego y la aventura, lo usual y lo desconocido, y otro atractivo más excitante aún: lo prohibido. En tal terreno, el instinto sexual juega un rol preeminente. El hacinamiento y la promiscuidad precipitan en las criaturas una precocidad sexual acuciante y conflictiva que La sangre y la esperanza refleja con insistentes y crudos trazos. Tras uno de sus iniciales escarceos eróticos, el narrador evoca con auténtico lenguaje popular: "El macho había estado golpeando a las puertas de mi infancia con duros puños, con peludas manos nerviosas de hinchadas venas" (p. 304).

La violencia es otra de las experiencias formativas más decisivas para el niño inserto en la primitiva vida del barrio popular, donde los conflictos se resuelven a menudo por la fuerza de los golpes. El castigo corporal, por ejemplo, es parte determinante en la formación que padres y maestros entregan al niño proletario.

Sin concesiones refleja Guzmán la rudeza, brutalidad y crueldades de la vida del suburbio. El crimen vesánico, la venganza, la locura, escenas como la del borracho que de una dentellada cercena el lóbulo de la oreja de su compañera o la del niño arrojado a una sierra mecánica o de la niñita violada por el amante de la madre o de la vagabunda de trece años que pare y muere en la calle, en la más absoluta indefensión, son mostradas con cruda e implacable desnudez. Es de un patetismo estremecedor la escena de Los hombres oscuros en que la viuda inerme, asediada de desgracias y miseria, prepara una cena abundante, desacostumbrada para sus cuatro hijos, y luego, cuando todos duermen, los degüella uno a uno y luego se degüella a sí misma.

Pero la arisca vida del barrio pobre, con su herrumbre y enfermedades, sus boliches de licores, hoteles parejeros y casas de empeño, con su lenguaje soez, sus prostíbulos y también su humilde escuelita, con sus niños hambrientos y sus profesores de trajes parchados, con sus vendedores y charlatanes, contiene un abigarrado panorama humano pleno de vitalidad y contrastes, que va desde el miserable ratero y el vagabundo, hasta el obrero calificado y el dirigente gremial. Entre la rica galería de personajes, muchos de ellos episódicos, hay figuras admirablemente perfiladas, personajes que sentimos como seres de carne y hueso, tal es el caso de "Ña Páreme", la beata del barrio, tras cuyas obsesiones religiosas se entremezclan en freudiana mixtura, soledad, represiones, sublimaciones y demencia. El médico y el cura del barrio son asimismo ejemplos típicos de una cierta categoría de médicos y sacerdotes que en aldeas y barrios asumen sus quehaceres con idealismo, filantropía y cierto paternalismo, que se consagran a su pueblo y se identifican con él.

Con penetración y ternura esboza Nicomedes Guzmán sus personajes femeninos. La figura de la madre, por ejemplo, es una imagen inolvidable de la mujer chilena del pueblo, aquella que cuida del hogar y sus principios con abnegación y sufrimientos y que es, en buena medida, un digno ejemplo de esas "Señoras Chilenas" que cantara el poeta Raúl Rivera en un extraordinario poema. Igualmente memorable, plena de autenticidad y contrastes, resulta la figura de la abuela, ahora inválida y senil, otrora hembra bravía, capaz de defender a balazos su rancho, y cuchillo en mano al marido en peligro.

El otro mundo, el del hogar y la familia, entrega a la formación del protagonista un cúmulo de experiencias que, si bien se complementan, fundamentalmente contrastan con la existencia disoluta del suburbio. (Entre uno y otro mundo va descubriendo, comprendiendo el protagonista la existencia dura y compleja.) El núcleo familiar, integrado por los padres, la abuela, las hermanas, "como una apretada gavilla de mutua compañía", implica, impone normas, deberes, disciplina, sanciones. En tal sentido, el modesto hogar, el cuarto en el que transcurre la vida de una familia proletaria, significa en el desarrollo del protagonista fundamentalmente dos experiencias, cuales son la ternura y los valores morales de su clase social.

La ternura, muchas veces comparada por el narrador con el humilde musgo que crece en las paredes y cunetas de los barrios populares, corre a raudales por las obras de Nicomedes Guzmán. La escena en que dos mujeres lloran su infortunio y el daño irreparable, iluminados los mojados rostros por la luz de una débil lámpara o escenas como la del abyecto y demencial vagabundo que recoge y cobija al niño recién nacido en su capote pringoso, entregan una dimensión conmovedoramente tierna de las grandezas y miserias del ser humano. Asimismo, la ternura, la elemental necesidad de ternura es el núcleo temático del conocido cuento "Una Moneda al Río", y en una pequeña "nouvelle" perteneciente a La carne iluminada (1945) traza Guzmán una conmovedora historia de amor, culpa y perdón en la que, con sensible mirada, se indaga en el espeso mundo de pasión y angustia, de generosidad y egoísmo en las almas de una pareja obrera. En la violenta oposición de sentimientos, triunfan finalmente la generosidad y la ternura. La escena final, en que la esposa abandonada, ahogando sus sufrimientos y rencor, amamanta a la criatura hambrienta de su rival muerta, es de una grandiosa humanidad.

El pueblo expresa a menudo su ternura con un dejo de contradictoria agresividad. Ese afán de modestia expresiva del pueblo chileno, que trata de escabullir el tremendismo y el tono mayor y que presupone una intuitiva comprensión del pueblo, no unilateral ni absoluta, sino más bien compleja y contingente de los sentimientos, esa forma de decir tan chilena -que no excluye rasgos de sensiblería y una expresividad de tendencia barroca- es reflejada por Guzmán con genuino acento popular. El calificativo de "perro", por ejemplo, utilizado con frecuencia en símiles de connotación positiva, refleja cabalmente esa abrupta ternura popular que busca añadir a la expresión del afecto un dejo agresivo, quizá de juego agresivo. Pero el afecto es ostensible: contemplando a su adolescente hermana, golpeada y humillada, el narrador, corroído de sufrimiento, evoca: "sus sollozos eran como gemidos de perra pariendo", y en la novela corta "Rapsodia en Luz Mayor", la protagonista ama la voz de su hombre cuando en jerga coloquial la llama "¡perra!... con qué calor íntimo"... De esta manera recoge también Guzmán -como lo novelara magistralmente pocos años antes Carlos Sepúlveda Leyton en Hijuna- ese sentimiento de hermandad y de destino común que intuye el hombre y más aún el niño del pueblo en relación a su perro. Los vínculos, los afectos, la identificación entre seres y perros son reiterados muchas veces en los cuentos de El Pan Bajo la Bota (1960), y en La Sangre y la Esperanza quedan testimoniados también en frases de tibia ternura: "Yo no sé por qué me siento más yo mismo cuando apego mi atención al doloroso recuerdo de aquel doliente coro de perros proletarios, llorando a la noche y a sus ánimas, a las estrellas y al Dios de labios despectivos la cotidiana y solapada angustia de la bestia" (p. 315).

En relación al plano lingüístico, dicho sea de paso, más de una vez se ha criticado en la narrativa de Guzmán una suerte de barroquismo metafórico, un cierto afán de intentar imágenes audaces o carentes de sobriedad. Aunque en este trabajo no nos proponemos ahondar en el tema, queremos, sin embargo, señalar un par de cosas al respecto. 1) Mirado con la perspectiva que entregan los años, resulta evidente que el estilo de Nicomedes Guzmán, al igual que la mayoría de sus compañeros degeneración -piénsese, por ejemplo, en Juan Godoy, Andrés Sabella, Reinaldo Lomboy u Oscar Castro-, paga un cierto tributo al surrealismo y otros vanguardismos poéticos de la época. 2) Esta especie de lirismo narrativo, más que evitar el lenguaje directo, lo que busca es ahondar en la realidad, reflejarla con mayor fuerza, cayendo a veces en la desmesura. Así, cuando se nos describen "viviendas jorobadas" o "conventillos que abrían las bocas desdentadas" o que "la calle arrugada tenía una cara de vieja dolorida", entendemos que aquí se trata de una imaginación que opera en íntima relación con la realidad que refleja, relación que, a veces, asume también una perspectiva clasista, como cuando en Los Hombres Oscuros compara a los piojos con los burgueses y al tifus con una horda fascista.

Centrado en la figura del padre -severo y bondadoso, trabajador y luchador consciente-, el hogar impone obligaciones, transmite principios, normas morales. Del comportamiento paterno, de su ejemplo dimanan especialmente el sentido de la responsabilidad y del deber.

Clave de la conducta moral del proletariado es su actitud frente al trabajo. Así, por ej., la mayoría de los personajes de las novelas y cuentos de Guzmán corresponden a vidas organizadas en relación al trabajo, el que, en la concepción del mundo que proyecta La Sangre y la Esperanza, juega un rol decisivo. Recordando a uno de los arquetipos de su infancia, a un niño obrero, el narrador evoca: "Yo veía brillar de felicidad sus ojos de gato cuando alabábamos los callos y ampollas que daban honra a sus manos de pequeño hombre. Trabajaba de aprendiz en una fundición" (p. 31). Ya la inversa, tiene tintes macabros la marcha de los obreros harapientos, cesantes de las salitreras cerradas con la crisis del salitre, demandando trabajo, entre niños famélicos y perros pringosos.

En este contexto, la visión de las manos, de las manos callosas de obreros, reaparecen con pertinacia en La Sangre y la Esperanza: "Un hombre puede cualquier día mirarse las manos. Aquí encontrará acaso el reflejo de sus luchas a través de tanta muchedumbre de horas transcurridas en medio del aroma profundo de hierro fundido que es la vida", (p. 160).

Imágenes de este orden se reiteran en toda la obra de Guzmán. A Los Hombres Oscuros pertenecen estas dos intencionadas citas: "Mis manos obreras de macho acarician y gozan del contacto de esas manos obreras de mujer" (p. 76). Y refiriéndose igualmente a la mujer amada: "Inés tiene un digno aspecto de obrera y no se le puede encontrar la menor traza de ramera" (p. 103).

Es decir, tras la visión del obrero -proyectada por un narrador inmerso en el proletariado, que mira y comprende desde una perspectiva proletaria- hay una afirmación de clase y un orgullo de clase; de ahí que los callos honren las manos, de ahí la dignidad del aspecto de obrera. Necesidad, deber y orgullo, el trabajo es para la clase obrera la condición primera de su rol social. El desenlace de La Sangre y la Esperanza, con la decisión del niño de abandonar la escuela y asumir su condición de obrero precoz, es de una perfecta causalidad. Le anteceden los ejemplos de la laboriosidad del padre, quien aún enfermo pugna por trabajar; también de su hermana adolescente y ya obrera textil y de la propia madre, afanada de lavandera en los momentos críticos. La escena en que Enrique, cercado de acusaciones por su ausentismo escolar, sin decir palabra, alarga a su madre su primer salario, provoca en el grupo familiar "un rechinamiento de hierro viejo, un bullir silencioso de sangre".

De todas las expresiones que van conformando el carácter del protagonista son, sin lugar a dudas, la lucha política y gremial las que tienen la mayor relevancia. Ambientada -lo repetimos- en la tumultuosa década del veinte, el nexo de unión entre los diversos episodios, referentes unos al barrio y otros a la familia, reside en la lucha social. Los sucesos menudos, la vida trivial o enajenada de sus seres, cobran relieve y trascendencia en su interconexión con las contradicciones sociales que la novela recrea. Permítasenos reiterar que La Sangre y la Esperanza refleja con violentos trazos la crisis, la miseria, el hambre, la cesantía, los albergues, la represión y la traición al pueblo del gobierno de Alessandri. (Cuando un ciego intenta cantar la parodia del "Cielito Lindo": "Va en brazos de la Alianza, / cielito lindo, el gran Arturo...", el pueblo irritado lo hace callar.)

Recordemos que con igual fuerza destaca esta novela la esperanza, es decir, la lucha. Desde una perspectiva de clase y, aún más, desde las posiciones del vigoroso movimiento de masas y los ideales de justicia social que conformó el Frente Popular en Chile, moldea Nicomedes Guzmán una imagen proletaria de la vida en la que la lucha tiene un lugar preeminente. No es casual que la novela empiece y termine con sendos movimientos huelguísticos, que por sus páginas reaparezca varias veces la FOCH -la primera gran central gremial de Chile-, además de las reuniones clandestinas y los mítines políticos, porque, en verdad, a partir del título mismo y hasta su última página, el motivo central unificador de los distintos episodios y ambientes de La Sangre y la Esperanza consiste en la lucha de clases, en la lucha del proletariado chileno por una vida digna.

En tal sentido, los comportamientos del padre, del tío Bernabé y de los otros dirigentes gremiales -ajenos a la vulgaridad y al fatalismo del suburbio- se yerguen como la forma de conducta del sector más consciente y revolucionario del proletariado en su lucha contra la explotación.

Solidaridad y unidad de clase corren a raudales por la narrativa de Guzmán. Solidaridad que nace espontánea, intuitivamente del pueblo y que el dirigente revolucionario canaliza, orienta. Unidad que antepone los valores de clase al interés individual, porque "existen también los intereses de otros trabajadores, más allá de nosotros mismos" (p. 320).

Digamos de paso que -lejos de todo maniqueísmo- la narrativa de Guzmán, basada en la fuerza de la realidad, es capaz de reflejar también los fracasos, las debilidades y contradicciones dentro de la clase obrera. Ahí están, por ej., la vieja que roba las pobres vestimentas de sus vecinas o el obrero que ejerce de prestamista, explotando a sus hermanos de clase, o aquel dirigente maleado que se fuga con los fondos del sindicato.

Sin embargo, pese a sus negatividades -fatalismo, alcohol, vulgaridad-, la visión del proletariado que se desprende de La Sangre y la Esperanza trasunta también la fuerza poderosa que conlleva como clase y en la mayoría de sus personajes, incluso en aquellos que parecen desconocer el sentido de la lucha social, entrevemos el germen revolucionario que vive en el pueblo.

Animadas de una profunda ternura y una esperanza cierta en el destino del pueblo, las obras de Nicomedes Guzmán significan un aporte imprescindible para la configuración de la imagen del proletariado que traza la narrativa chilena del presente siglo.


Notas:

1. El autor, fallecido en 1983, escribió el presente texto inédito hasta ahora, como capitulo de un libro que nunca pudo concluir, Memoria de tres mundos.

2. No olvidamos "El Fardo", cuento referido a las faenas portuarias, que Rubén Darío escribió en Valparaíso e incluyó en su libro Azul (1888).

3. Nicomedes Guzmán: Los hombres oscuros, 5ª ed., Ed. Zig-Zag, Santiago, 1961. pág. 81.

4. N. Guzmán: La sangre y la esperanza. Ed. Quimantú. Santiago, 1971. Páginas 18-19.

Acotemos de paso que las dos principales novelas de Guzmán se ubican temporalmente en el periodo comprendido entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, etapa decisiva en el desarrollo del proletariado chileno. Los hombres oscuros se sitúa en el periodo de crisis y luchas sociales previo al Frente Popular. La sangre y la esperanza, en la década del veinte.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03