El cuento chileno, como siempre

EL CUENTO CHILENO, COMO SIEMPRE

José Miguel Varas

José Miguel Varas, es periodista y escritor. Autor de Porai, Chacón, Cahuín, Lugares comunes y otros títulos. Vive en Moscú.

Araucaria de Chile. Nº 39, Madrid, 1987.

Para el lector común y corriente, para la inmensa mayoría de los que leen libros con alguna regularidad, resulta más atractiva la novela que el cuento. Y muchos -de nuevo la mayoría- prefieren la novela larga a la corta. Esto parece un fenómeno contradictorio en un mundo cada vez más acelerado, mecanizado y electrónico, en el que podría suponerse que los seres humanos solicitados simultáneamente por múltiples estímulos habrán de preferir necesariamente lecturas breves, píldoras de fantasía o de observación de vidas ajenas, que puedan consumirse por completo en el curso de un viaje en Metro o en la media hora previa a conciliar el sueño.

Pero los que suponen tal cosa ignoran un aspecto importante del mecanismo de la lectura literaria. Leer un cuento o una novela representa un esfuerzo que sobrepasa el de la mera lectura. Un esfuerzo de imaginación, indispensable para lograr que los signos de la página que desciframos con soltura susciten en nuestra mente imágenes de personas y lugares y sucesos correspondientes -en algún grado- a las que el autor concibió en su momento y que representó bajo la forma cifrada del lenguaje escrito. Ahora bien, cuando leemos una novela, cuando entramos en ella, ese esfuerzo síquico que representa el trasladarnos a un mundo diferente al nuestro, que nos va siendo revelado gradualmente al compás de la lectura, lo hacemos -por así decir- una sola vez. Las páginas iniciales bastan, habitualmente, para que asimilemos el sistema de claves, el código que nos propone el escritor para que un nombre de mujer baste ya, por ejemplo, para suscitar la imagen completa sin que ninguna descripción adicional sea ya necesaria. (A lo más bastará una alusión.) La prolongación de la novela resulta entonces una gratificación para el que ha logrado, por una sola vez, cumplir la operación mental -no simple- que consiste en salir de nuestro mundo habitual para penetrar en el mundo que nos propone el libro.

¿Qué pasa entonces con los cuentos? Salvo casos excepcionales, de libros en que los diferentes cuentos están de algún modo relacionados o vinculados entre sí, cada cuento nos obliga a realizar el esfuerzo de salir de nuestra piel de todos los días para meternos en la de personajes y mundos ajenos. Y no todos los lectores están dispuestos a efectuar semejante faena, sobre todo cuando no se sabe por anticipado si al final la recompensa será adecuada (o si la habrá siquiera). Aún más difícil, por las mismas razones, resulta leer una antología de cuentos, donde se nos proponen cada pocas páginas nuevos mundos, nuevas claves, nuevos lenguajes.

Pablo Neruda, que nunca escribió cuentos (que sepamos) y que sólo es autor de una novela El habitante y su esperanza, que se lee como un largo poema, era un lector empedernido de novelas y solía decir que «la novela es el "biftec" de la literatura». También decía que le habría gustado escribirlas, pero que no le salían.

En fin, toda la reflexión anterior, que se puede desestimar perfectamente por pretenciosa y farragosa, puede justificarse como un consejo o un intento de orientación a los prosistas jóvenes..., aunque en definitiva está totalmente claro que escribirán lo que necesiten escribir, y no lo que más convenga o lo que se les proponga. Es posible también que haya una edad para meterse en la novela, aunque no son pocos los escritores -y de los grandes- que alcanzaron precisamente en el cuento su más alto esplendor.

Contando el cuento, antología preparada por Ramón Díaz Eterovic y Diego Muñoz Valenzuela (1) nos propone la difícil tarea de enfrentar, leer y asimilar treinta y cuatro cuentos de diecisiete autores chilenos (dos por cabeza) que tienen veintiséis años, el menor, y treinta y ocho, el mayor; sin duda, una muestra representativa de la joven narrativa chilena.

En un prólogo, intento crítico de singular valor, escrito con sobriedad, sin ditirambos ni pretensiones fuera de lugar, los dos autores dicen, entre otras cosas:

«Nuestro habitat ha sido la violencia. Eramos adolescentes hacia los días finales de aquel estremecedor año 1973. Hasta agosto de ese año pensábamos que nuestro futuro iba a ser otro muy distinto al que nos ha correspondido vivir (o sobrevivir).»

Y más adelante:

«Una generación de escritores surgida y desarrollada en medio de una profunda crisis social que ha trastocado las normas y valores de convivencia, obligatoriamente ha tenido -en la mayoría de los casos- que reflejar en su temática una realidad violenta -o violentada- en la cual la vida parece moverse dentro de una fragilidad a toda prueba. Realidad que desde lo literario se enfrenta de manera abierta, recogiendo vivencias testimoniales, o a través de imágenes y de un lenguaje encubierto que subrepticiamente aluden a ella.

»Entre estos dos límites podemos reconocer algunos temas que se reiteran en varios autores. La nostalgia por un lado, constituye un núcleo evidente, y es común encontrar en los cuentos de esta generación del 80, un intento de reconstruir un tiempo que estaba marcado por una felicidad posible, relativa a veces, pero que permitía una proyección de futuro... Otro espacio presente en los cuentos es el que recoge el acontecer social del país, adquiriendo éstos la ya mencionada calidad de testimonios, ya sean referidos a los días mismos del golpe o a los hechos que en medio del temor y las sombras, ocurrían y ocurren aún en nuestra sociedad.»

El prólogo que citamos contiene además una crónica detallada, necesaria, de los sostenidos esfuerzos realizados en estos años por la cuarentena de nuevos narradores chilenos que tienen entre diecisiete y treinta y cinco años de edad, por llegar de algún modo a los lectores. Se nos habla aquí de revistas, trípticos, periódicos, hojas, encuentros, concursos, actividades en que suelen encontrarse los escritores chilenos del interior y del exilio; y se subraya en especial la trascendencia del Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes (mayo de 1984) en el que participaron unos 150 poetas, narradores, ensayistas y dramaturgos de todo el país.

De los diecisiete autores incluidos en la antología Contando el cuento, tres son mujeres; once nacieron en Santiago; cinco en otras ciudades: Punta Arenas, Osorno, Constitución, Viña del Mar; uno nació en Ginebra (Suiza). Once han publicado libros. Los demás han dado a conocer sus cuentos en revistas, o han sido incluidos en antologías o han obtenido premios en concursos.

Estos datos vienen a confirmar lo que se afirma en el prólogo en el sentido de que la depresión editorial que hoy sufre Chile «determina que la mayor parte de la nueva literatura permanezca inédita, a pesar de haber demostrado una calidad indiscutible a través de su participación en lecturas públicas, talleres y certámenes literarios. Las ediciones, por lo general, no superan el millar de ejemplares debido a que son los mismos autores quienes deben financiarlas; los editores no "arriesgan" su capital en nuevos autores que no garantizan recuperar la inversión realizada. Y razón no les falta -en parte- pues la crisis económica chilena ha determinado un continuo decremento en la demanda de libros. Si el pan no llega a la mesa de tantos compatriotas, el libro menos aún. Entonces no existe ningún incentivo real para la producción literaria, que ha de almacenarse en carpetas, armarios, cajones de escritorio, para esperar tiempos mejores».

Digamos, de paso, que esta realidad, agravada por las circunstancias del actual régimen y por la hondura de la crisis, no difiere radicalmente de la que vivió el país en el pasado con la sola excepción del breve período del Gobierno Popular, en que comenzaban a apuntar las posibilidades de una verdadera cultura popular. La literatura chilena se vio siempre postergada, constreñida, limitada en sus posibilidades editoriales y al mirarla retrospectivamente aparece, junto a las imágenes de los pocos que pudieron superar todos los factores negativos, como un vasto cementerio de vocaciones frustradas, de promesas que no cuajaron, de talentos que sólo alcanzaron a mostrarse en un primer libro o en algunas creaciones dispersas en hojas de periódicos y que no lograron un florecer maduro.

Pero, en fin, volvamos al presente, o más bien al futuro que representan estos diecisiete narradores menores de cuarenta que pertenecen a una misma generación, aunque existan doce años de diferencia entre el mayor y el menor de ellos. Por encima o más allá de sus acusadas individualidades, presentan ciertos rasgos comunes. No se trata de semejanzas de estilo, ni de algún credo estético o ideológico compartido por todos. Lo que hay en común es el aire y el lenguaje de una época a la que todos pertenecen. La experiencia de un período histórico muy singular en nuestra historia, el de la dictadura militar, que imprime inevitablemente sus huellas en todo, aunque sólo algunos de los cuentos incluidos en la antología aborden de manera directa la temática política.

Otro rasgo que estos jóvenes autores comparten es una actitud, digamos, absolutamente seria, profesional y consciente hacia la actividad literaria. Estos no son cuentos de principiantes ni de diletantes. Con éxito mayor o menor, cada uno de estos escritores se esfuerza por transmitir con los recursos propios de la literatura, experiencias auténticas. Hay búsqueda de la perfección formal, pulimento, pero no juego formal. En el fondo, y aunque los matices son muy variados y la riqueza temática es grande, los diecisiete tienden claramente, como orientación básica, hacia el realismo, entendido en un sentido muy amplio.

¿Qué método seguir para hablar de estos cuentos? Tal vez el más natural, aunque parezca poco científico. El que instintivamente sigue cada lector. Hablar primero de aquellos que más nos impresionaron.

«Posibilidades de fotografía» y «Dos minutos para dormirse», de José Leandro Urbina, son relatos que ya conocíamos. Forman parte del libro Las malas juntas, de este autor, editado por primera vez en Canadá, en 1978. Hay también una edición chilena, que apareció el año pasado. José Leandro Urbina es uno de los más talentosos escritores chilenos de las nuevas promociones. Sus cuentos se caracterizan por su lenguaje funcional, dinámico, eficaz. La emoción brota en ellos con gran sobriedad, sin efusiones, más bien por la yuxtaposición de imágenes y sucesos relatados con precisión: el resultado es doblemente intenso. «Dos minutos para dormirse», en que el narrador es «nosotros» y no «yo», es una excelente muestra del arte de Urbina, con su tono testimonial y su tremenda carga emotiva.

Algunos rasgos similares exhiben los cuentos de Luis Alberto Tamayo, «Perrito» y «Mi hermano cruza la plaza», cuyos temas, al igual que en los cuentos de Urbina, están cerca, podríamos decir, del núcleo más sensible de la experiencia histórica de estos años. Especialmente notable, y absolutamente excepcional en la literatura chilena contemporánea es «Perrito», que nos hace vivir con estremecedora veracidad, la experiencia del soldado sometido a salvaje entrenamiento en una unidad de «comandos» del ejército chileno, un proceso en el que gradual y metódicamente los instructores van destruyendo reflejos y sentimientos humanos fundamentales hasta lograr el perfecto soldado, la máquina obediente capaz de cometer cualquier crimen en respuesta a la voz de mando adecuada.

Muy diferentes por su temática y por su estilo son los cuentos de Pía Barros, cuyo primer libro Miedos transitorios apareció el año pasado en Santiago. «Los pasos en el viento» gira en tomo a la relación entre una adolescente y su madre, en un hogar donde el padre, por razones inexplicadas, se encuentra ausente por largo tiempo. Elvira, la adolescente, juzga con implacable dureza a su madre, que busca alivio transitorio en un desconocido, y luego la denuncia ante el padre cuando éste finalmente regresa, cansado y envejecido. El cuento finaliza con la imagen melancólica de las dos mujeres que esperan unidas, con la certeza de que el hombre jamás volverá.

«Se acabaron los cigarrillos», de Jorge Calvo, aparece como un relato simple y objetivo: una pareja que se encuentra en la cama, en una habitación miserable. Los personajes son él y ella, simplemente. No tienen nombre. El narrador es alguien que mira y escucha sin disponer de información previa ni proporcionársela al lector. Detrás del relato neutro de lo que sucede, sentimos la intensidad del drama chileno contemporáneo: el hombre sin trabajo; la mujer que lo mantiene todavía, al precio de cierta humillación, tal vez de una inevitable forma de prostitución. El diálogo, más bien monólogo de la mujer, no tiene tensión en apariencia. No se nos comunica cuál es la reacción del cesante cuya dignidad recibe un nuevo golpe. Al parecer, lo acepta con fatalidad. O más bien con una desesperación silenciosa que Jorge Calvo no describe, sino que nos deja imaginar o sentir, en la escena final relatada en forma casi telegráfica.

«Ella dice: -Ojalá no me despida- luego, mirando al hombre al otro lado de la habitación: -¿Y cómo te fue en el dato de la mañana?

El se afirma en la perilla de la puerta.

Ella: -Pero, ¿a dónde vas?

El: -A comprar cigarrillos.

Y se apresura a salir cerrando despacio tras de sí.»

Ramón Díaz Eterovic desarrolla sus cuentos en el tono de un soliloquio nostálgico y logra, especialmente en «Atrás sin golpe o la noche que Villablanca ganó el título mundial», conjurar un clima de melancolía colectiva, que parece ser también un sentimiento recurrente en este tiempo.

«Más tarde fue lo otro que tampoco olvido, Villablanca en el ring mirando hacia todos los rincones del desolado Caupolicán mientras Serrano -que por algo era el campeón-, se hacía esperar, y una cámara de televisión buscaba el mejor ángulo del chileno, sin atreverse a mostrar las aposentadurías desiertas ni el nervioso paseo del rollizo promotor alrededor del ring, a cada momento más arrepentido del negocio. Cuando al fin el campeón hizo su entrada abriéndose paso por entre las sillas que rodeaban el cuadrilátero, se escuchó una leve silbatina que apenas logró apagar el ruido que hacía la lluvia cayendo sobre el techo del estadio. En una de las galerías se levantó una bandera chilena que se movió monótonamente mientras duró la ceremonia de presentación de la pelea.»

Al final, la victoria del chileno se produce en una especie de anticlímax, bastante semejante a lo que ocurrió en la realidad con este título de campeón mundial logrado como a desgana, que nadie en Chile tomó totalmente en serio y del que Villablanca en definitiva fue despojado, sin demasiada protesta, para hundirse de nuevo en el anonimato de su pobreza suburbana. En toda la historia hay algo profundamente chileno y doloroso, la evocación del largo rosario de nuestras victorias morales, derrotas inapelables y sueños truncados, que Ramón Díaz Eterovic comunica como sin querer, en su manera coloquial y suelta.

«Anochece en la ciudad», de Diego Muñoz Valenzuela, acomete un tema difícil: un centro de torturas del régimen. La narración es compleja, avanza simultáneamente en varios planos: el del prisionero torturado y abandonado a morir en una celda; el de los padres que buscan a su hijo detenido y desaparecido; el de la mujer que tiene pesadillas; el de la vecina solterona que durante meses observa lo que ocurre en la casona:

«Durante el día no se notaba movimiento; en la tarde comenzaba el desfile de autos nuevos y furgonetas, jamás alguien a pie. Era muy extraño. Y esas largas antenas de los vehículos, como las que usan los radiotaxis. La mayoría de los coches tenían matrícula extranjera o de provincia; otros no portaban patente o un estratégico brochazo de pintura la ocultaba totalmente.»

Una imagen final estremecedora: la del furgón que avanza en la noche, por la calle vacía.

Otros cuentos de esta antología merecerían sin duda comentarios especiales. Por ejemplo, «El gato de la esquina», de Gregory Cohen, que nos sitúa eficazmente en el mundo y en el ángulo visual de un niño enfrentado a la experiencia de la muerte de los seres más queridos.

«Armadura», de Ana María del Río, que registra un movimiento reivindicativo, una huelga de brazos caídos, que termina inesperadamente por decisión de los implacables jefes gringos, en horrenda ejecución. «Ciencia de pájaros» y «Tres músicos callejeros tocaron una serenata en el Cerro Alegre», de Carlos Franz, son relatos de rara perfección, en los que cada detalle aparece registrado con precisión alucinante.

En fin: digamos que todos y cada uno de los trabajos incluidos en Contando el cuento son dignos de análisis y exhiben méritos diversos. Así, Eduardo Correa, con sus relatos introspectivos; Alvaro Cuadra, que corporiza una pesadilla compartida por muchos en «El ascensor»; Sonia González, con sus historias entretejidas; Edgardo Mardones con su irónica «Caperucita desnudando al lobo»; Juan Mihovilovic, experto en nostalgias, evocando dolorosamente la adolescencia; Antonio Ostornol que en «El hijo de Marcial» enfoca desde un ángulo personal, desde la intimidad de una mujer, una situación posible, producto de este tiempo; José Paredes que describe en «Toples» el espectáculo cruel que solaza a los torturadores; Roberto Rivera, con sus estampas de un exilio bonaerense...

En suma, un libro denso de emociones, de realidades y de promesas. La evidencia de una degeneración de escritores de la que Chile puede esperar el surgimiento de una gran literatura.


OTRO MODO DE CONTAR LA HISTORIA

Augusto Samaniego

Augusto Samaniego es profesor de Historia. El presente texto fue leído por él en el acto de presentación del libro de Fernando Ortiz Letelier, realizado en los salones de la Sociedad de Escritores de Chile en Santiago.

La obra de Fernando Ortiz Letelier, El movimiento obrero en Chile, 1891-1919 (2) contribuye con particular fuerza a restablecer y a dinamizar un aspecto esencial de la práctica de liberación y, a la vez, de construcción de la conciencia nacional del pueblo chileno. Práctica de liberación y afán necesario de encuentro con la identidad cultural que se expresan en el más integral de los esfuerzos humanos: el combate por el conocimiento, la disposición a aportar al saber científico absolutamente ligada a la acción social transformadora de la sociedad.

Tal actitud ante el conocimiento -la perspectiva vital, individual- colectiva, de vivir y apropiarse de la dialéctica, entre teoría y practica- ha sido impugnada, demonizada hasta el martirio, por las fuerzas de la opresión. En nuestra América cuando nos aproximamos al cumpleaños de cinco siglos desde el descubrimiento del «Nuevo Mundo», es bueno, tal vez, recordar aquellas batallas por pensar y realizar la historia que protagonizaron los primeros americanos llegados de España, y recordar que sintetizaron sus luchas por la historia en la superior acción por lo que contemporáneamente entendemos como Derechos Humanos, proyectándolos a la defensa de los Derechos de los Pueblos, de las masas amerindias sometidas a los encomenderos, exterminadas por el régimen de trabajos forzados con el cual el sistema postfeudal contribuía a la acumulación originaria del capital, volcando las riquezas de América para el mejor despegue del sistema capitalista en Europa. Tal como el obispo de Chiapas, Bartolomé de las Casas, defensor de los indios, otros desplegaron la fuerza humanista de la conciencia cristiana. Hicieron con sus actos Historia y la escribieron actuando. En 1544, por ejemplo, llegó a América el padre -también dominico- Antonio de Valdivieso. Fue el primer obispo de Nicaragua. En carta al Rey denunciaba: «Majestad, mis cartas son tan sospechosas que temo que no lleguen jamás a su destino, o si llegan que no provoquen persecuciones. Os escribo para que sepáis cuan grande es nuestra necesidad de buena justicia. Los indios son aquí de más en más oprimidos». Las crónicas cuentan el asesinato del Obispo, el 25 de febrero de 1550: «... un soldado fue enviado con otros varios hasta la casa del Obispo y sin temor ni respeto por lo sagrado, lo laceraron a golpes de puñaladas». Pudiéramos pensar en el asesinato del obispo Romero de El Salvador, en nuestro presente.

¿Dirán, algunos, «nada nuevo bajo el sol»? ¿Incitarán, así, al «realismo» para esperar que los opresores se sientan muy seguros de que nada cambiará las leyes que ellos imponen, para morigerar en algo la opresión?

Aún mucho después del siglo XVI ha perseverado la dificultad por entender ese camino dramático del conocimiento vinculado a la práctica social, que los americanos debemos recorrer con denodado ahínco. Se dice que un filósofo esclarecido y progresista como Bertrand Russell, justificó la total omisión de América Latina en sus reflexiones acerca de la filosofía universal, porque estimaba que nuestro subcontinente «aún no había pensado». La verdad es que nuestros pueblos han luchado por subsistir y mejorar su existencia, romper un pasado de esclavitud indígena y negra; hacer frente a los efectos disgregadores de la colonización y del hegemonismo imperialista, al traslado mecánico e impositivo de formas políticas, cánones de pensamiento, instituciones y sistemas socio-políticos. El pensamiento latinoamericano se ha forjado como acción transformadora de nuestra realidad y con ese Norte se ha nutrido de la cultura universal. Aportando, a su vez, a ese patrimonio humano realizaciones de liberación: desde los argumentos del padre Las Casas sobre el «derecho de gentes», es decir, derechos de los individuos y de los pueblos, hasta las revoluciones antiimperialistas y la búsqueda incesante de una democracia y justicia social verdaderas.

Pienso que aspectos como los indicados, que aluden a las regularidades del empeño por el conocimiento científico se condensan y ponen a prueba en una obra sobre la historia del movimiento obrero en Chile. El joven Fernando Ortiz, recién egresado de la Universidad de Chile, escribe esta obra consciente de que «la historia social de Chile recién empieza a estudiarse». Y destaca de inmediato el compromiso gnoseológico que el estudio de la historia tiene con el futuro. Afirma, desde sus concepciones filosóficas que ni a la clase obrera naciente en Chile en el siglo XIX, ni a la teoría revolucionaria del marxismo les es indiferente el legado histórico del pensamiento progresista de los hombres y las clases que realizaron antes tareas de progreso. Desde el epígrafe del capítulo I busca identificar conductas y practicas que surgen desde las fracciones más avanzadas de la burguesía chilena. Cita a diputados liberales (Maximiliano Ibáñez) o conservadores (Francisco Antonio del Campo) cuando afirman a fines del siglo pasado: «... llegarán a agotarse las riquezas producidas por las minas del salitre... y se nos preguntara: ¿qué hicieron los miles de millones que hemos sacado de Tarapacá?» (Ibáñez), y luego: «En esas regiones -el Norte de Chile- campea libremente el extranjero explotador, para quien no hay otra ley que esa que inspira su interés insaciable» (del Campo).

La investigación de Fernando Ortiz profundiza en el agotamiento de la conciencia nacional, que anidara con pujanza especialmente en el sector minero de la burguesía chilena. La guerra civil o contrarrevolución de 1891, sustentada por el imperialismo inglés, entrega el proletariado balbuceante las tareas históricas esenciales de articular las metas y los medios para la defensa de los derechos de los explotados y desbrozar día a día el camino del desarrollo nacional democrático, en el cual la soberanía popular cobre realidad y la justicia económica y social posibilite que el «progreso» sea vivido por las mayorías. En efecto, la prensa obrera hablará del mito de las inversiones extranjeras. El defensor de la clase proletaria, de Iquique, dirá en julio de 1905: «... hemos sostenido que lo que se llama «protección» a estos países vírgenes de América, llevando gruesos capitales, no es otra cosa que burda explotación de las riquezas con que la naturaleza dotó a esta preciosas tierras». El proletario, de Tocopilla, amplía esa reflexión enjuiciando las consecuencias políticas de la expansión del capital imperialista, por ejemplo, a través de la política del big stick que siembra invasiones norteamericanas en Centro América y el Caribe, en 1913.

Fernando Ortiz se propuso iniciar su investigación siguiendo el eje de las condiciones de existencia, luchas y creaciones organizativas, socioculturales y políticas de la clase obrera en las ciudades y concentraciones mineras, precisamente en el punto cronológico alcanzado antes por su profesor Hernán Ramírez Necochea. Arranca así del 1891, hito de plasmación de la hegemonía del capital imperialista y frustración de las perspectivas de desarrollo económico relativamente autónomo representadas por José Manuel Balmaceda. Cierra el período de estudio con el triunfo de Arturo Alessandri, contextualizando un momento de eclosión de fuerzas sociales como la propia clase obrera y sectores medios, funcionarios e intelectuales, que pondrán en crisis el sistema de dominación oligárquico tradicional mediante las demandas democratizadoras que sacuden la primera y segunda década de nuestro siglo.

Su aporte a la historiografía se hace específico en múltiples temas. Esclarecedor en cuanto a la formación de trusts y monopolios salitreros, como The Lautaro Nitrate Co.; las actitudes de los partidos políticos de entonces, y de la prensa nacional ante los problemas cruciales de la Nación; las formas de penetración del capital norteamericano de William Braden en el cobre chileno. Su descripción, sintética y bien fundada en índices de producción razonados, acerca de la crisis agrícola, insinúa la relación campesinado-proletariado y el lugar de las luchas contra el latifundio en el avance democratizador del país.

Una idea-fuerza guía la investigación, que el autor define así: «... dar a conocer los antecedentes generales de la cuestión social en Chile en el período 1891-1919, período del parlamentarismo, del auge del salitre y de la penetración de capitales extranjeros». Para agregar: «Chile se destaca en el Hemisferio por su acendrada conciencia democrática; descubrir sus raíces constituye, a juicio nuestro, el más apasionante de los problemas. Esta tesis pretende reunir materiales que faciliten la tarea de los estudiosos de nuestra realidad social».

Efectivamente, lo que pudiera haber sido considerado una hipótesis que- da probado -estimamos- por la historia del movimiento obrero chileno. La clase obrera chilena ha actuado como el sector más consecuentemente democrático desde su origen, como el único capaz de convocar, organizar y dinamizar a las diversas clases y capas de la sociedad interesadas objetivamente en preservar y ampliar una convivencia nacional en libertad, desplazando el poder ilegítimo de los monopolios, las relaciones de dependencia impuestas por el capital transnacional, las instituciones obsecuentes ante el poder dictatorial.

La conciencia obrera expresa en cada momento histórico el potencial máximo de construcción democrática y a través de esa racionalidad y la praxis social, va desarrollando su proyecto histórico revolucionario.

En 1888, el periódico obrero La Dinamita pregunta, de cara a las condiciones de vida de la mayoría de los chilenos: «¿Quiénes son los responsables de estos hondos males? ¿A quién atribuir las desgracias y miserias que aquejan a nuestro pueblo? Los datos del autor precisan la situación demográfica y ocupacional del proletariado. Ahonda en los sistemas de «enganches» para proveer la mano de obra en los minerales; las relaciones mutuas entre obreros chilenos, bolivianos y peruanos en el salitre; la cesantía ligada a los ciclos de crisis del capitalismo internacional y sus efectos agudos en nuestra economía dependiente; el estudio de los salarios por ramas de producción tiene un inédito valor histórico; el análisis de las jornadas de trabajo permite perfilar mejor el trabajo femenino e infantil. La síntesis histórica permite apreciar «la cuestión social» a través de la canasta de consumo popular y los ingresos. El auge urbano y manufacturero lleva al autor a dedicar atención a los antecedentes de trabajo, el problema de la vivienda y la delincuencia.

Las luchas y organizaciones del proletariado de 1890 a 1910 obtendrán la respuesta de represión mediante la cual el poder oligárquico entiende afirmar su estabilidad. Los intereses de clase que sustentan la antidemocracia afirman, en 1908, en la Cámara de Diputados: «El fin primordial de un gobierno debe ser amparar la propiedad, la vida y el orden social». Tal «programa» pretende anular al movimiento obrero, cuando en 1907, más de treinta mil trabajadores habrán ya celebrado el Primero de Mayo en el Parque Cousiño de Santiago, y miles de calicheros habían sido ametrallados en la Escuela Santa María de Iquique. No es ésta una historización «tendenciosa», unilateral. Fluye de los antecedentes la diferenciación de actitudes frente a la magnitud del conflicto social. Se nos explica, por ejemplo, cómo en 1903, ante la huelga del puerto de Valparaíso, El Mercurio acusa al almirante Fernández Vial de ser «instigador y amparador de los huelguistas». Al contrario, la reacción homenajeará al general Silva Renard, luego de la masacre de Iquique. El rol y proyección nacional del movimiento obrero se esclarece en el estudio de sus iniciativas de defensa de la industria nacional, o por los derechos de campesinos y empleados, así como a través de un perfil señero de las organizaciones obreras femeninas que desde 1894 con la Sociedad Emancipadora de la Mujer, inician sus combates específicos de proletarias sometidas a la doble explotación social y en virtud del rol supeditado que se asigna a la mujer en la sociedad y nuestra cultura.

La organización política de la clase obrera es el más temido entre los males que la dictadura actual se ha propuesto conjurar. Es una vieja historia. Es una antigua obsesión esa de anular por decreto la «lucha de clases» como si ésta no surgiera de la realidad objetiva de la explotación capitalista.

«La cuestión social no existe», afirmaba Enrique Mac Iver a inicios de siglo. «¿No existe la cuestión social donde el pueblo que pide justicia se le amordaza, se le sablea, se le encarcela y se le mata?», respondía el periódico El Defensor de la clase proletaria, en 1904. Y ese mismo año, Luis Emilio Recabarren profundizaba en un artículo publicado en La Unión y explicaba que «la cuestión social» no es una cuestión de estómago, ni se resuelve históricamente con alzas de salarios, etc. «La cuestión social -afirma- existe y toma forma en donde existe una agrupación de hombres que aspire a la reforma del actual sistema social (...) No se resuelve con hacer pan, y los que hoy piensan así se alejan mucho de la solución de este problema que hoy produce en todo el mundo una constante intranquilidad». De allí que los núcleos socialistas revolucionarios bregaran desde el interior del Partido Demócrata por la acción política autónoma de los obreros. Crearán en 1912 el Partido Obrero Socialista, dándole la misión de una vasta acción de unidad social y política de los trabajadores manuales e intelectuales en pos de la democracia real, la superación del régimen explotador, y por el socialismo.

La herencia de Luis Emilio Recabarren y la generación del P.O.S. está vigente. Funda un proyecto histórico que despliega, al menos, tres aspectos:

1. El movimiento práctico impulsado por Recabarren está destinado a organizar instrumentos de conocimiento y de acción. Aprender la teoría científica del socialismo (lo universal), obliga a abordar la realidad concreta y a desarrollar ante ella soluciones que aseguren el avance del movimiento. Así, el conjunto de la acción establece interrogaciones y nexos dialécticos entre la experiencia y la teoría. Se trata de conocer los elementos dinámicos de la formación económico-social, hacia 1920 en profunda mutación y desarrollo. El desafío es desentrañar la madeja de las relaciones de explotación capitalistas y del imperialismo; preparar al proletariado, captar las aspiraciones de otras clases.

2. El rol de la clase obrera, su combate clasista y de contenido popular y nacional. La dialéctica entre el momento de su acción autónoma y la construcción de las alianzas, el proyecto unitario de las clases subordinadas. La experiencia viva del proceso concatenado desde la ruptura con el PD al POS y PC. El camino de las Mancomúnales a la FOCH. En fin, los caminos que llevaron a que la Unión de Asalariados (USRACH) surgiese como alternativa popular -en las elecciones de 1925- ante la oligarquía, prefigurando las victorias populares de 1938 y de la UP en 1970. Una perspectiva de luchas y unidad del pueblo para las transformaciones democráticas y revolucionarias.

3. La concepción del partido, de sus deberes de dirección de la clase, expresa la culminación de las tareas fundadoras. Papel de dirección que supone el progreso de la teoría revolucionaria en relación directa con el decurso de la lucha de clases y los problemas de la formación económico-social. Proyecto histórico significa dominar, ofrecer soluciones a aquellas contradicciones.

Es evidente que la dedicación a estudiar la realidad, a entender las formas de la dominación económica, política e ideológica enseñada por Recabarren, fructifican enriqueciendo el análisis durante la nueva etapa que se abre en la década de los 30. Es notorio que esas nuevas capacidades de adecuar la lucha, la política obrera, a la realidad nacional, se expresan principalmente desde el interior de las organizaciones de clase. La conferencia del PC de 1933 inició la caracterización de las fases y objetivos del cambio revolucionario; considerando la entronización del capital imperialista norteamericano, la crisis agraria, la industrialización, la profundidad de la crisis socio-política y los efectos de ello en la disposición de las clases y sus representaciones ideo-políticas. El surgimiento del Partido Socialista (1933) es reflejo de esas mutaciones y contribuye a precisar la dinámica plural de la lucha de los trabajadores y del rol de los destacamentos obreros. Lo esencial -aún experimentando contradicciones-, es que la actividad comunista y socialista responderá al legado, abriendo paso al proceso unitario de la clase y de amplios sectores explotados.

De igual manera, la esencia del legado expresa que el proyecto revolucionario no pueda ser sino ruptura de las relaciones capitalistas. Realización del socialismo. Señaló los derechos del pueblo y el deber del movimiento revolucionario de poner a prueba, en cada fase, su capacidad para resolver en favor del pueblo la crisis de la dominación burguesa y de la sujeción al imperialismo. (3)

Este aporte de Femando Ortiz al conocimiento de nuestra historia cumple con su objetivo de contribuir a que midamos las raíces de la conciencia democrática en tanto clave de nuestras tareas por la justicia social y el desarrollo para todos los chilenos.

La vida entera de Ortiz es testimonio de amor al pueblo y de consecuencia libertaria y democrática. El joven provinciano abrazó, razonando el conocimiento y practicando sus ideas de progreso, la causa de la transformación revolucionaria de la sociedad. Generaciones enteras de chilenos lo conocieron como dirigente estudiantil comunista, defendiendo desde la Federación de Estudiantes de Chile el papel de la universidad contra los embates antidemocráticos, denunciando la llamada Ley de Defensa de la Democracia que a fines de la década de los 40 pretendiera excluir de la vida nacional a un sector de los chilenos. Esos intentos fracasaron y fracasarán. Los golpes de la dictadura han hecho de nuestro maestro Fernando Ortiz un desaparecido, pero nada podrá impedir que las actuales generaciones de estudiantes aprendan de su ejemplo ciudadano y de su legado como investigador.

Fernando Ortiz fue, como se sabe, un dirigente académico destacado del proceso de reforma universitaria, y supo ver con claridad en esta tarea el papel que la Universidad debe jugar, desarrollando conocimiento y formación científica y profesional para ponerlos al servicio de un desarrollo nacional independiente.

En 1972, cuando las fuerzas conservadoras que ya se preparaban para prohijar el golpe de Estado, arremetían contra la Reforma Universitaria, Ortiz escribía: «Nuestra lucha no es sólo contingente. Se expresa con fuerza en relación con los contenidos del quehacer académico... En el plano de la lucha ideológica, la influencia del marxismo avanzará como fundamentación científica del conocimiento. Pero el marxismo no triunfará en la Universidad por decisiones administrativas. Entrara por la puerta ancha del conocimiento científico, por su validez en la experiencia histórica del pueblo chileno, por el grado de compromiso y madurez creciente del estudiante, docente, funcionario universitario». El combate por restaurar la universidad autónoma, pluralista, científica y abierta al servicio de los intereses de Chile, es parte sustancial del ejemplo que nos deja Femando Ortiz. En verdad, movimiento obrero y movimiento universitario están estrechamente vinculados a la hora de tener que batallar por el progreso y por la reconquista de nuestra democracia.


LAS MEMORIAS DE CLODOMIRO

Volodia Teitelboim

Plinio el joven le decía a Tácito: «Si tú no has hecho cosas dignas de ser escritas, escribe el menos cosas que sean dignas de ser leídas». Clodomiro Almeyda ha vivido una existencia que vale la pena ser contada y la ha vaciado en una autobiografía que merece ser leída. De un tirón hemos devorado su Reencuentro con mi vida, en la ediciones del Ornitorrinco, publicadas en Santiago. Sus palabras preliminares son tan frescas que las escribió en Chile Chico el 27 de marzo de 1987 y terminan con una declaración que compendia en cinco vocablos escuetos la psicología del personaje y el templo de su carácter: «Pero estoy aquí. He triunfado». Comprendemos su euforia. Por el momento su triunfo, que considera vital, consiste en haber retomado a sus raíces, «a lo que es más mío y de lo que se pretendió separarme y alejarme para siempre».

En un país donde las autobiografías son escasas y más raras aún las de los políticos, este libro -como Algo de mi vida y Santiago-Moscú-Santiago, de Luis Corvalán- no ambiciona sentar cátedra de estética. Carece de pretensiones estilísticas pero no está escrito a matacaballo ni concebido a la diabla, sino con el respeto que se debe al lector y también a la verdad.

En sendos casos la sustancia es el combate. De esta manera, enfrentando la máquina de escribir, componen una página necesaria de la historia de Chile.

Ambos escriben un poco como se habla, con naturalidad. La elocuencia nace de los hechos que se relatan.

Alguien ha dicho que la vida no es una comedia en tres actos. La de cualquier revolucionario a menudo bordea el drama y en algunos casos la tragedia. Pero su actitud ante la sociedad y su conciencia eliminan el pesimismo y confieren a su voz el ímpetu de lo que se ha denominado, con frase ya estereotipada, aunque siempre exacta, «optimismo histórico».

Clodomiro Almeyda es un apreciable sujeto que cuando toma la palabra se expresa con abundancia y precisión. Su mundo interior se manifiesta en un temperamento extrovertido. Pero habiendo participado en millares de discusiones, incluso nocturnas, que, al parecer, le gustan, escucha siempre atentamente al interlocutor. Es un dialoguista culto y fervoroso.

Por lo general los llamados hombres públicos chilenos, y también extranjeros, recubren su privacidad con un biombo. Y más inusitado aún es que revelen el secreto casi siempre celosamente guardado de su aventura personal, por no decir íntima.

Ahora, por fortuna, Clodomiro Almeyda ha cedido al placer, a la tentación y a la conveniencia de la autobiografía, como un aporte indispensable para restaurar la imagen de un socialista muy esforzado y consecuente, de un revolucionario que ha recorrido varias veces el mundo, no como un millonario del aire ni del dinero, sino proclamando claramente noche y día sus convicciones. Su odisea, individual y colectiva, es bien representativa, por otra parte, de los avalares sufridos por nuestro pueblo.

El libro nos brinda otro encanto particular: la sinceridad, capaz no solo de la autocrítica, sino también de la sonrisa leve o mordaz de la autoironía. El género encierra un peligro conocido: el que cuenta su vida es difícil que pueda esconder el amor por sí mismo. La egolatría es fea y conduce fácilmente al ridículo. Estas reminiscencias están escritas según la ley del distanciamiento. Clodomiro se mira como si mera otro. En 350 páginas ha dejado correr el flujo de su memoria. Evoca hechos, personajes, ambientes, pero también deja un sitio a la digresión, que enriquece el suceder vertiginoso del acontecimiento. La obra ceñida a un orden que va desde las remembranzas de la edad de la inocencia hasta el epílogo, está sensiblemente marcada por el sello del exilio.

A pesar de que conozco a Clodomiro Almeyda desde hace muchos años y hemos coincidido en múltiples ocasiones, sobre todo en reuniones y actuaciones políticas, cuando vivíamos en Chile y más frecuentemente aún en el largo destierro, tengo que confesar que con este libro he aprendido muchas cosas sobre él que no me las imaginaba. Se trata de una visión autobiográfica real, un autorretrato sin narcisismo. Es una obra sometida a la compresión de la quintaesencia. Por encima de la fragmentación de lo mucho acaecido a través de más de medio siglo, el poder de síntesis proyecta la totalidad centralizada de una imagen y de una trayectoria unitaria decorosa. Naturalmente, como corresponde a la materia, se seleccionan momentos privilegiados por ser fundamentales. En esta retrospectiva, que va desde los descubrimientos iniciales, desde el asomarse al universo diáfano de la infancia a la palpitación inquieta de la juventud, y abarca las peripecias de una zarandeada madurez, se configura la fotografía moral de una personalidad caracterizada por el fuego de las ideas asociadas al acto ciudadano constante. En la fisonomía legible de este rostro se pone de relieve que se trata de un individuo que tiene un motor que trabaja incansablemente, movido por una voluntad indomable de cambiar para mejor la suerte del pueblo chileno.

El hombre es trascendente y se hace una pregunta simple y muy compleja a la vez: «¿Por qué estoy aquí, en Berlín, y no en Chile? ¿Por qué se me impide vivir en mi país? ¿Por qué hago lo que hago? ¿Por qué pienso lo que pienso? ¿Por qué, en fin, he respondido al desafío de la realidad en la forma en que lo he hecho?»

Como cualquiera podrá apreciar, el autocuestionario arremete de frente. En ese soliloquio ensaya las respuestas. Las condensa en una fórmula definitoria: «... Percibo mi presente como producto de la trayectoria de una vida individual instalado plenamente en el torbellino de los conflictos humanos, los de mi país y los del mundo entero».

El prólogo habla también de ciertas mudanzas en su situación. Culmina con una nueva pregunta, a la cual da respuesta de inmediato; «¿Por qué publicar estas reflexiones? Porque todos sentimos la necesidad de expresarnos ante los demás. Yo no puedo hacerlo viviendo en Chile, compartiendo y luchando con su pueblo, que es la forma más auténtica de hacerlo. Por eso lo hago desde afuera, narrando algo de lo que he vivido en Chile y en el exilio, tal vez para afirmarme como persona, quizás también para ayudarme a comprender mejor Chile. Y, sobre todo, para suplir la forzada ausencia de la patria. Porque pensar y contar lo que uno ha sido en Chile es también una manera de estar presente». Eso fue hasta ayer.

Ahora está más presente, porque, relegado y todo, hoy vive adentro. Ello lo obliga a manuscribir apresuradamente, desde las orillas del lago General Carrera, en la Patagonia chilena, nuevas palabras introductivas, para anteponerlas al prólogo, señalando en ellas que su exilio ha terminado. Le deseamos de todo corazón que así sea, en definitiva. Sin duda su valiente determinación, como la de Mireya Baltra, Julieta Campusano, Gustavo Ruz, Isabel Parra, de volver, pese a todos los rescriptos de la Junta, a la patria en que vieron la luz, abre una grieta en el muro ciego y herrumbroso del exilio.

Quien lea este libro se topara no sólo con un hombre sino con un gran trozo de la historia de Chile. Es muy decidora la parábola de su temprana evolución. El niño, en el Liceo Alemán de Santiago, camina desde un conservantismo católico hacia una concepción más abierta, para llegar, cuando joven, al marxismo, impactado sobre todo por la Guerra Civil española y el Frente Popular. Se define como proveniente de un hogar de la clase media acomodada, de ámbito intelectual, puesto que su padre, ingeniero fue un destacado profesor de Matemáticas y Física en la Universidad de Chile, autor de textos e investigador. Su abuelo paterno también atendió las mismas asignaturas y respondió a parecidas vocaciones. La historia de la pasión política de Clodomiro nos revela que la batalla ideológica tuvo por teatro su propia conciencia, donde, desde su adolescencia, pugnó por abrirse paso el pensamiento revolucionario. Su incorporación a la Universidad coincide con la definición socialista.

Estas páginas están pobladas por escenas coloridas e imágenes sin estiramientos. Presentan un animado desfile de sus camaradas, así como de gente de izquierda y de derecha. El libro no es un tribunal, en que el autor ajuste cuentas políticas. Está escrito con altura y con la perspectiva que da el tiempo. Habla, tono objetivo, y a rato nostálgico, de tres figuras muy diferentes del socialismo chileno, Raúl Ampuero, Salomón Corbalán y Eugenio González.

El político ha coexistido en su personalidad codo a codo con el profesor universitario y el sociólogo de avanzada.

El capítulo octavo se titula «Junto al Presidente Allende». Subraya que tuvieron distintas maneras de «acceder culturalmente al socialismo». Una amistad que no existía se transformó en colaboración leal y profunda, sobre todo cuando Clodomiro Almeyda se desempeñó como Ministro de Relaciones del gobierno de la Unidad Popular. Realizó una labor inteligente y de gran seriedad. El libro no oculta los errores que se cometieron en esos tres años. Los analiza como científico militante. Dicha opinión deber ser tomada en cuenta para diseñar mejor el futuro democrático de Chile. Allende le tuvo tanta confianza que lo designó Vicepresidente de la República cuando concurrió a la asunción del mando de Héctor Campera en Argentina.

Prisionero de la Junta, hizo su vía crucis por cuarteles, cárceles y campos de concentración. Estuvo en la Escuela Militar, en la Isla Dawson junto a esclarecidos dirigentes populares y ministros: en el Tacna, Ritoque. Fue expulsado del país en enero de 1975. Comienza entonces una nueva y febril etapa como alto dirigente de la entonces Unidad Popular y luego como Secretario General del Partido Socialista

Ha conocido a fondo las entrañas del exilio, con todos sus problemas. Tiene autoridad sobrada para sostener que «el exilio chileno es un exilio comprometido. Es un exilio en el que Chile está presente en todo momento. Y lo que pasa o no pasa en Chile determina el ritmo de su vida, su estado de ánimo: lo que hace o no hace la inmensa mayoría de los expatriados...»

Hay compatriotas que cuando vuelvan, por algún mecanismo psicológico, olvidan rápidamente el ostracismo. Esto es bueno cuando se reincorporan de modo orgánico a la vida del país. Es malo cuando se sienten viviendo lo que algunos llaman «exilio interno».

Clodomiro Almeyda, que hizo de la deportación no un motivo de soledad y de inercia, sino que lo convirtió en una fuente formidable de dinamismo, ha retomado para seguir luchando por la unidad socialista-comunista, por el Movimiento Democrático Popular, por la izquierda chilena, desplegando también los más tesoneros esfuerzos por la convergencia de una oposición que, a pesar de tantos años, de tantas amargas lecciones y duros reveses, todavía no aprende la obligación histórica del consenso.

La dictadura quiere imponerle un nuevo cautiverio, encerrándolo en los límites estrechos de un pueblo lejano, de difícil acceso.

Todos reclamamos su sagrado derecho a vivir en Chile sin que se le fije residencia forzosa ni se coarte su movimiento. El clamor del mundo, donde Clodomiro Almeyda tiene un prestigio bien ganado, puede contribuir a lograrlo. Así estaría en situación de escribir un tercer prefacio a su autobiografía, que confirme la declaración triunfante con que cierra sus palabras preliminares. Porque, al fin y al cabo, como Allende lo dijera, la victoria será del pueblo. La forjarán los combatientes.


Notas:

1. Ediciones Sinfronteras, Santiago, 1986.

2. Ediciones Michay (Col. Libros del Meridión), madrid, 1986.

3. V. «El legado de Recabarren», en Araucaria, núm. 19, Madrid, 1982, pp. 59-78.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03