César Vallejo cincuenta años después

CÉSAR VALLEJO CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

Alfredo Pérez Alencart - José Antonio Bravo - Rafael Arenas

Araucaria de Chile. N 43, 1988.


1. Heraldo de su propia muerte

Alfredo Pérez Alencart

Alfredo Pérez Alencart es jurista, escritor y catedrático de la Universidad de Salamanca, en España.

Me moriré en París con aguacero
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

El 15 de abril de 1938, a las nueve y veinte de la mañana, murió César Abraham Vallejo Mendoza. El hecho ocurrió en la clínica Aragó de París, en donde fue hospitalizado un mes antes, y se produjo casi fielmente a como él «recordaba» su muerte en el soneto Piedra negra sobre piedra blanca. En él relata los últimos instantes de su vida, o dicho con mayor propiedad y de acuerdo con su sentir, que relata los momentos finales de su muerte, de esa muerte que fue su constante vivir.

No estuvo errado al fijar su muerte en París, hecho del cual no se «corrió», más bien la esperó serenamente; a pesar de que no fue un jueves ni en otoño como claman sus versos, sí se produjo el día Viernes Santo, el día más simbólicamente otoñal que puede encontrarse en toda la primavera.

Sobre las últimas palabras que pronunció Vallejo existe cierta polémica. Por un lado, su esposa Georgette Philippart afirma que el 29 de marzo le dictó el siguiente texto: «Cualquiera que sea la causa que tenga que defender ante Dios más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios.» Otros investigadores, como los peruanos Ernesto More y Luis Alberto Sánchez señalan lo contrario. Así, entienden que Vallejo dijo: «España, me voy a España» (More), o «Allí... pronto... navajas... me voy a España» (Sánchez).

Sean unos u otros, lo cierto es que Vallejo sufrió lo indecible ante los hechos que estaban ocurriendo en España. El inicio de la fratricida Guerra Civil española en 1936 sacó de la postración en que Vallejo se encontraba sumido, sobre todo desde el año 1935, uno de los más duros de su vida y donde el ciclo de la vida del gran poeta comienza a cerrarse.

La agonía de España supone para Vallejo un fuerte golpe que le deja sin base sólida como hombre. No en cuanto a comunista militante, sino más bien en cuanto hombre. El resquebrajamiento de España significaba para él su propia inmersión en el abismo insondable de la tragedia. Por ello, en el lapso de tres meses escribe España, aparta de mí este cáliz, que constituye el legado de Vallejo para todos los españoles, y que es una plegaria, en ruego y desesperación, a España misma, tomándola como imagen de la supervivencia del Perú y de todo el mundo. Mediante la agonía de Vallejo se expresan las agonías de miles de españoles que luchan en este entonces, y por ellos, la agonía de toda la humanidad. Estos versos también sirven como símbolo para su propia supervivencia a través de la supervivencia de la palabra.

* * *

La poesía de Vallejo se circunscribe a cinco libros, tres de ellos publicados posteriormente a su muerte. Así, tenemos a los siguientes: Los heraldos negros (1919), Trilce (1922), Poema en prosa (1939), Poemas humanos (1939) y España, aparta de mí este cáliz (1939). Daré algunas notas características de los más importantes.

Los heraldos negros. Publicado en 1919. En este primer libro de Vallejo ritmos, imágenes y léxico rubeniano conjugan en todos los tiempos del verbo poético el sentimiento propio del modernismo. No falta la mención directa y laudatoria a la musa de Rubén Darío (Retablo). Pero es un Darío de «lira enlutada», visceralmente melancólico, entrañadamente apesadumbrado. Al mismo tiempo, sobrenadando por esas aguas modernistas se interfieren -numerosos- ritmos ásperos y arritmias conscientes, imágenes acres y temáticas insólitas que señalan hacia una nueva poética.

Sobre este libro escribe José Carlos Mariátegui en sus Siete ensayos de la interpretación de la realidad peruana, diciendo:

«Los heraldos negros podía haber sido su única obra. No por eso Vallejo habría dejado de inaugurar en el proceso de nuestra literatura una nueva época. En estos versos del pórtico de los Heraldos negros principia acaso la poesía peruana (peruana, en el sentido indígena)»... «Vallejo en su poesía, es siempre un alma ávida de infinito, sedienta de verdad. La creación en él es, al mismo tiempo, inefablemente dolorosa y exultante.»

Trilce. Representa la obra fundamental de la poética vallejiana. No tiene la aceptación de la crítica, ya que la misma no comprende que Vallejo, desde una posición revolucionaria, pone en crisis el orden poético establecido. Vallejo escribe a su amigo Antenor Orrego luego de la publicación de Trilce y le dice:

«El libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy y más que nunca quizás, siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima, de hombre y de artista: ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre no lo seré jamás. Siento que gana el arco de mi frente su más imperativa heroicidad. Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mayor cosecha artística. ¡Dios sabe hasta dónde es cierta y verdadera mi libertad! ¡Dios sabe cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en libertinaje! ¡Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo, temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima viva!»

Es cierto que el pensamiento de Vallejo incurrió en oscilaciones o discordias, pero, como bien lo hizo notar José Miguel Oviedo, se armonizaron para enriquecer y singularizar la extrañeza de su poesía. Esta, con el jadear desvelado en las dudas y los interrogantes, da testimonio de la absoluta unidad de su persona poética. Una intensa experiencia intelectual se alió, esperanzada, al dolor de su experiencia humana. Desde sus días peruanos hasta los más amargos del exilio europeo supo, con belleza y verdad justas, practicar su antigua persuasión de escribir no más que aquello que pudiese tocar el corazón del hombre. Ideas que pugnaban fieramente entre sí le fueron alternativa y sinceramente objeto de adhesión o de rechazo. Pero el debate interior que ellas produjeron se plasmaron en sus poemas despojados de cualquier ropaje, hasta existir sólo como emoción desnuda.

* * *

Mientras Vallejo vivía, en los ámbitos políticos-culturales no le tomaban en cuenta en demasía. Al tomar conocimiento de su muerte, muchos se rasgan las vestiduras y montan grotescos espectáculos. Todos tiran del cuerpo yacente de Vallejo, que en su soledad sin vida, es incapaz de resistirse ante el embate de pertinaces carroñeros. Así, de esta manera, vuelven a cumplirse los presentimientos que ya años atrás había tenido y que se plasman en los siguientes versos del ya citado soneto Piedra negra sobre piedra blanca:

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


2. La casa callada de Vallejo

José Antonio Bravo

José Antonio Bravo es peruano, poeta y narrador. El presente articulo fue publicado originalmente en la revista Visión Peruana.

César Vallejo (1892-1938) nació en Santiago de Chuco, una villa a ciento treinticinco kilómetros de Trujillo, en la sierra alta del norte del Perú, a 3.115 metros sobre el nivel del mar.

Para llegar a Trujillo, Vallejo debió realizar una travesía de cuatro días a caballo, allá por 1910, para seguir estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad. Había dejado atrás ese universo callado y de sombras, cargado de religiosidad serena en el que transcurría su pueblo y que aún ahora se percibe. Eran épocas de candil, de nocturnidad, de grillos y de soledades.

César Abraham Vallejo Mendoza fue el último de doce hermanos a quienes se les apelaba, por orden de edad, «los viejos»: María Jesús, Víctor Clemente, Francisco Cleofé y Manuel María; «los mayores»: Augusto José, María Encarnación, Manuel Natividad y Néstor María; y «los pequeños»: Águeda María, Natividad Victoria, Miguel Ambrosio y él mismo.

Sí, allí están los versos de Trilce (III), en donde la oscuridad callada del silencio y de la noche se preñan de miedo y de nostalgia para volverse poesía: «Madre dijo que no demoraría, / Aguedita, Nativa, Miguel, / cuidado con ir por ahí, por donde / acaban de pasar gangueando sus memorias / dobladoras penas, / hacia el silencioso corral, / y por donde las gallinas que se están acostando todavía, / se han espantado tanto. / Mejor estemos aquí nomás.»

Universo que se rescata aún en la atmósfera transparente a pesar del tiempo, en la casa de Vallejo, del niño César Vallejo quien, desde entonces, sembraba para el pasado de su memoria el temor y la duda, el espanto de quedarse solo: «Aguedita, Nativa, Miguel? / llamo, busco al tanteo en la oscuridad. / No me vayan a haber dejado solo, y el único recluso sea yo.»

Casa callada aún ahora, batimón construido de adobe y paredes altas y pintadas con cal, cubierta con una lechería de tejas en donde a pesar del tiempo se respira a Vallejo. Allí está el corredor cubierto que va de la entrada al patio; a la izquierda una galería de columnas altas que conduce a un cuarto que lleva a la puerta falsa. Al fondo del patio la cocina con su terraza acolumnada, a la derecha el corral que también fue la huerta; y más acá, en esquina, el espacio destinado al horno y en el centro del patio: el capulí. Y al final del corredor que conduce de la calle al zaguán: el poyo en donde se sentaban los hermanos a jugar, como se lee en «A mi hermano Miguel In memoriam»: «Hermano, estoy en el poyo de la casa, / donde nos haces una falta sin fondo! / Me acuerdo que jugábamos a esta hora, y que mamá / nos acariciaba: "Pero, hijos..." / Ahora, yo me escondo; / como antes, todas estas oraciones / vespertinas, y espero que tú no des conmigo. / Por la sala, el zaguán, los corredores.»

Desde el poyo y mirando hacia la tapia se ve el cerro en donde se encuentra el cementerio al cual hay que llegar pasando la quebrada; el poeta en Enereida dice: «Mi padre apenas / en la mañana pajarina, pone / sus setentiocho años, sus setentiocho / ramos de invierno a solear. / El cementerio de Santiago, untado / en alegre año nuevo, está a la vista. / Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él, / y tornaron de algún entierro humilde.»

Ahora, la casa de César Vallejo está en ruinas. Sólo la sala se encuentra en pie, los techos de la cocina y del horno se han medio caído. El espíritu de Vallejo y de su casa sólo lo sostienen los niños de las escuelas y los maestros con un empeño que tiene más de heroicidad que de recurso material. Ya la casa ha sido adquirida por el Concejo Provincial de Santiago de Chuco. El mejor homenaje que se le puede brindar a Vallejo es construyendo la carretera que conduce a Santiago de Chuco.

Es inconcebible que para recorrer algo más de ciento treinta kilómetros se emplean de seis a siete horas en una carretera que en su gran extensión es apenas de una sola vía y además sin asfaltar, con un encalaminado que da pena.

Viajar a Santiago y ver la casa de Vallejo, bien vale la pena, para entender al hombre y comprender mejor su obra.


3. Ceremonia en Montparnasse

Rafael Arenas

«El día del 50º aniversario se juntó en el cementerio una gran cantidad de latinoamericanos. Llegaron muchos poetas y escritores, y también un grupo imponente de músicos que, cada uno con su instrumento, formaron una gigantesca orquesta popular. Entraron en el cementerio y tocaron, mientras otros recitaban poemas. Al final, la improvisada banda acompañó a la multitud hasta la salida. Fue emocionante ver tan unidos a tantos latinoamericanos de París.»

(Extracto de la carta de un lector chileno-parisino a la redacción de nuestra revista)

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas,
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza,
como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Pausadamente, sin noción real del accionar maquinal de los pasos que van buscando la puerta del cementerio, la mente comienza a rememorar aquellos versos que el dolor hiciera brotar en el aún desconocido vate residente por entonces de ignoradas regiones andinas, allí donde a veces hasta Dios olvida su papel, obligándole a él a decir: «Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios.»

Revienta el embarazo de los árboles, sus criaturas se cuelgan de las ramas, se abren los capullos. La primavera parisina pone su firma en el firmamento brillante de estrellas diurnas que el sol inventa radiante allá arriba. Todo lo veo inmenso, mis ojos enfermos de distancias apenas se posan en los brotes que estallan en las ramas de los gigantescos árboles. Es que, anonadado, vanamente trato de detectar el insondable misterio que recién unos instantes atrás me dejara el espacio de terreno privado que corresponde a la tumba donde yace César Vallejo desde hace cincuenta años en este cementerio de Montparnasse. Yo sé que existen tumbas abiertas, tumbas que se alargan más allá de los dos metros por uno de su territorio físico. Y sé también de los muertos que escapan, atraviesan árboles con hijos brotados y se esparcen por doquier más allá de la mirada.

Pareciera que la eternidad del tiempo hiciera relevo de guardia a nuestros ojos tan sólo cuando se cambian los soles por las lluvias, o viceversa. Son ellos -sólo ellos- quienes se empecinan dentro de la naturaleza en marcar día a día el fragor de nuestra vida y de nuestra muerte. La mañana luminosa de hoy transcurría cincuenta años atrás con torrentes mojados enviados por el cielo de las nubes, lluvia fortísima y primaveral que convertía en realidad la mágica profecía. Porque César Vallejo la vislumbró desde siempre, la vio antes en su espejo y quiso decirla, confesarla para abortar su angustia existencia!; «Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo.»

La tumba de mi propio cuerpo, esa tumba que aún sabe caminar y abrir los ojos, de pronto también se siente estrecha, quiere abrirse y arrojar hacia fuera la emoción que le brindó el acto en homenaje a los cincuenta años que lleva César Vallejo caminando vivo por los senderos del verso. Es, al fin, la música de zamponas y quenas que cincuenta músicos nos traen de los macizos andinos y que se va desgranando por las callejuelas mortuorias, la que logra romper el dique y hacer explotar lo que guarda el país encerrado entre las fronteras irreductibles de mis pellejos: saltan unas lágrimas, ellas perforan la tumba de mi cuerpo caminante y salen al mundo exterior, pero muy luego, se alejan, se alejan llevadas por los brazos de la brisa al secarlas.

Vuelvo la vista hacia atrás; ahí, muy cerca, viene la banda y viene el concierto, vienen los sones, y también la danza, todos bailan ahora mientras avanzan hasta la salida del cementerio. Hay algo o mucho de cadencia, de alegría que desborda. Ya la lágrima gruesa se fue por ignorados parajes y entonces, sonrisa en labios, me integro al grupo. Estrecho las manos de Jorge Miñano que, con su cálida voz, supiera entrelazar magistralmente el acto entre sus palabras recordando al genial poeta y los versos que recitaran otros, aquellos poetas jóvenes que testimoniaran recién su amor al gran vate desaparecido antes de la década de los cuarenta. Acto seguido estrecho con los ojos al poeta peruano Elqui Burgos, le tiendo las manos, lo abrazo y, desde la distancia y desde sus ojos, también me devuelve el saludo. «Emocionante todo esto», murmura alguien. «Sí, emocionante», respondo, y le observo. Es Luis del Río, poeta chileno, había participado en la romería hablando a nombre de la gente de nuestra tierra.

«Gracias por la música», le digo, alejándome del recinto, a uno de los cincuenta. Hace un gesto de humildad, sonríe. «No, hermano, no me dé las gracias. Yo sólo puse los dedos y la boca», y me señala la quena. «La música la puso otro, ese que usted conoce...»

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo!

Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: «Pero, hijos...»

Ahora yo me escondo;
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Oye, hermano, no tardes
en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá
.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03