Recuerdo de Gabriela Mistral

FUNERALES. Q.E.P.N.D.
Recuerdo de Gabriela Mistral

Armando Uribe Arce

Armando Uribe es poeta y escritor, autor de 'El libro negro de la intervención
norteamericana en Chile', 'Caballeros de Chile' y diversos otros títulos. Vive en París.

Araucaria de Chile. N 32, 1985.

Ay de la planta que nace en el sendero.

¿Con qué derecho escribo sobre la Mistral?

Con el que me da la pluma en la mano.

Por qué habría yo de escribir la verídica historia en verso de Gabriela Mistral, de quien sé poco y nada. ¡La indignación no da derechos!

Las cartas de amor de Gabriela, guardadas en armarios, las publican hoy las polillas. La señora Lucila Godoy. de quien tanto se rieran... Los hombres del día fueron hace tiempo anunciados por ella: "escasísimas almas finas de esta raza brutal, espesa, raza de pacos y mineros".

Los chilenos...

Tienen por principio destruir todo lo misterioso que no les pertenece.

El partido más grande de Chile, decía Neruda. es el de los amargados y los resentidos; el de los que revuelven el río y no pescan en él, y se ahogan en el mar como en un vaso de leche; y no dan puntada con hilo; el de los rotos cosidos y cocidos; los que vienen de las chacras, pero son ratones de ciudad, muy de sus casas; los que no pueden hablar sino en forma de máximas, con juegos de palabras fiambres.

flatus vocis, sonidos que golpean el aire. El chileno que dice: prolifero, pero no soy monstruoso porque constituyo una necesidad, no un lujo; el que dice: los buenos caminos son los que van de bajada, tanto de ida como de vuelta.

No terminamos nunca de decir evidencias, nosotros que venimos de vuelta siempre. Las evidencias no terminan nunca de decirlo a uno.

Esa laya de chilenos que somos, ¿por qué no habría de escribir sobre la Mistral?

No me cabe en la cabeza una señora igual. Me siento un cuervo con escrúpulos ante la carroña que voy creando.

Déjenme contarles una historia de 1954.

Volvía esta señora al país, invitada por el Gobierno, de potencia a potencia.

En apoteosis; y los niños de escuela son puestos en fila con banderitas, desde la Estación hasta La Moneda; vestida de oscuro la vi. La única vez que la vi. La señora Lucila, Gabriela como le dicen.

Que a socorrerla vengan, clama al Dios verdadero, expuesta en el automóvil abierto. Las desgraciadas piedras tiritan por levantarse contra ella en los caminos, para vengarse de ser piedras, lapidándola.

Griffin nos ha invitado a su casa -Alameda, esquina de Carrera- la herencia de su abuelo el doctor Ríos. Cuando entré por vez primera en ella. maravilláronme los salones con sus muebles enfundados, perfectos, y unos paisajes glacés de nieve y animales: y no menos, las lámparas del interior que la glorieta (un templo de Venus, susurró Arturo) de yeso, y el pavo real con moco en el jardín descuidado. Sólo el jardín parecía intemporal; la casa de bajos, por dentro fresca y como baldeada por el tiempo, lisa, con cada cosa puesta en su lugar, mostraba ineluctablemente su fecha: 1899. la de las fortunas confortables del parlamentarismo y el salitre: a pesar de que el doctor Ríos -muy bueno con los pobres, un santo en los Angeles, donde tiene sus fundos- había sido rico en tierras más que en minas: pero el padre de Griffin, Don Arturo, es el gerente general de La Disputada, e inglés, amigo de un señor Cantacuzene, extranjero francés y rumano, con intereses en la Río Tinto de España, ¿o Bélgica?, y otros señores barbados, de orejas enormes. Don Carlos Budge. por ejemplo.

Griffin nos ha invitado a tomar onces para ver pasar a la Mistral con su cortejo.

Todos estamos ahí en la sala que da sobre el balcón a la calle. Don Carlos Budge habla de transacciones de Bolsa con Don Arturo Griffin; y la mamá de Arturito, y Max, su hermano, y unas primas que no conocemos. Me han dicho que me siente no más. y elijo la "causeuse", error, porque es un mueble ridículo, con forma de ocho, en que no puede uno sentarse de frente, y sentarse de lado con la pierna arriba ¿se puede?; no es la hora de sentarse ahí, son sofaes para dos personas, una de cada sexo, después de comida. Para estar solo en "causeuse" uno tendría que ser una especie de Mario Matta, que es la persona que mejor sabe sentarse en sillones incómodos en Chile, ¡qué gracia!, si es mueblista..., sí, pero además es muy artista, él ha arreglado la casa de Don Marías Errázuriz -que heredará o rematará tal cual a puertas cerradas-, y está arreglando Lo Matta. Lo llaman Lo Matta. pero yo sé que tenía otro nombre, el de mis tías abuelas, pero ¿a quién se lo voy a decir?, no me creerían; o si no es uno Mario Matta. tendría uno que sentarse con un gran puro en la mano. y así quedaría un poco en ridículo, y no estoy todavía en edad de fumar puros, y además, me carga.

Me paro de la "causeuse" más que ligero, estaba esperando la ocasión, al oír la moderada voz de Arturo, que desde la terraza mira Alameda abajo y hace señas con los dos brazos: "Ahí viene, ahí viene".

Las empleadas de la casa de Arturo, que son muy silenciosas, ofrecen empolvados, y tomo un empolvado en la mano, por si acaso, y salgo al balcón: asomo medio cuerpo por la balaustrada y por allá veo a distancia, a la altura de República -al otro lado del gran paseo polvoriento de álamos y plátanos orientales se divisa, tras la calzada vacía, la Gratitud Nacional-, allí como una constelación de pequeñas manchas informes, la cabeza del cortejo, precedida por motocicletas de carabineros, muy graves y aindiados debajo de sus cascos de pilotos suicidas, que en un decir Jesús ya vienen delante de la casa de Arturo y ¡qué suerte! no pasaron a llevar al vendedor de barquillos que estaba por atravesar la calle. En un tris que no..., en un ay. dice la mamá de Arturo; y todos nos instalamos en la terraza. Don Carlos Budge ha salido con su larga barba blanca y una tacita ligera de té en la mano izquierda, el pulgar de la derecha en el pequeño bolsillo del chaleco. Yo cambio el empolvado a la otra mano. no me atrevo a morderlo, y con la mano libre tomo del codo a Griffin. ¿Qué haremos?, le pregunto. ¿Y qué quieres que hagamos? No sé, una seña. ¿Tú crees? Yo bajo la cabeza repetidas veces, y en ésas le doy un mordisco, uno sólo. al empolvado, y me pregunto dónde dejar el resto, es demasiado dulce y abutagador. y estoy seguro de que me han quedado bigotes blancos. Hay que ser viejo y tener barba como Don Carlos Budge para comer pasteles sin pudor.

En un segundo la comitiva pasaba frente a nosotros, y los caballeros miraban seriamente y de fijo a esta señora tan especial, tan digamos. tan rara. pero es una verdadera gloria nacional, cómo se habrá sacado el premio Nobel, mi amigo, el Gobierno de Aguirre la ayudó. Pedro Aguirre la había protegido siempre, desde que era maestra de escuela, directora de liceo, qué sé yo. y en México los revolucionarios la tomaron por su lado. se las ha sabido arreglar, la Sociedad de Naciones, las amistades, pues, mucho viaje, si es bien diabla, y luego, después, ella no se preocupa de nada, se lo hacen los demás todo (unas secretarias muy abnegadas que tiene); ella declara: "yo no sirvo para esas prácticas, no me pregunten a mí"; y así, como es natural, nunca falta quien le arregla las cosas, sabe arreglárselas, ahí está el secreto del premio Nobel, esas cosas se hacen por secretaria.

¿Ah, si?, exclama Don Arturo Griffin, que, como buen inglés, busca sin cesar instruirse de las costumbres locales, pero como buen inglés nunca pregunta nada; así es que exclama, con puntos de exclamación: ¡Ah, si!, y uno se deshace y se explaya en comentarios y detalles, y él, como buen inglés, sabe guardarse sus ideas para si, calla sus explicaciones, si las tiene, habla en monosílabos y queda bien con todo el mundo.

Cuando el automóvil estaba frente a frente al balcón, Arturito. estentóreo, pero con su voz educada de jugador de ajedrez, pronunció estas palabras: ¡Viva la Gloria Nacional Lucila Godoy Alcayaga!, y la señora distinguió el tono entre el vocerío de niñas de liceo y muchachotes despelucados, sobresaltóse y, mientras el auto descubierto rodaba lentamente hacia la plaza de la Constitución, se nos quedó mirando, sin alterarse, largo y tendido, sin que se le moviera un músculo en las mejillas grises, tan triste y seria y con un dejo de reproche en los ojos, los cuales tantas veces han descrito verdes, que se me produjo una desazón: y cuando la multitud, rotos los cordones que la retenían en las veredas, se derramó por la calle detrás de la señora, le pregunté a Don Carlos Budge, muy interesado, y a pesar de que no entiendo una palabra de negocios, si había habido bajas en las últimas ruedas de la bolsa de metales de Londres.

Han pasado veinticinco años *, y es válida aún. es más valiosa que jamás la frase exacta: "raza espesa, brutal, raza de pacos".

Estos pacos son los que están tratando de apoderarse de nuevo. indefinidamente, de aquello que no les pertenece, de este aire. de esta tierra, de esta cultura, de esta poesía que es Chile.

¿Cómo pueden elegir a Gabriela Mistral para motivo de efemérides. de fiesta, y modelo de lo que ellos hacen? La Gabriela Mistral, mujer de la educación primaria. Esta, que no pudo hacer, ni quiso hacer, ni tenía necesidad de hacer estudios superiores. Esta mujer que es la vengadora de los estudios primarios, los estudios primeros a que el pueblo de Chile tiene derecho. La eligen, la utilizan y son condenados por ella misma. La utilizan ahora como bandera política, esta mujer que no viene sino de la educación primaria en Chile, que quiere la educación primaria en Chile, que no elige sino la educación primaria. ¡Ellos!, los que ahora, hace pocos días, deciden, en un plan educacional ofrecido para todo el futuro, para todas las decenas y cientos de miles de niños por venir, que la educación primaria no sea sino leer, escribir y las cuatro operaciones..., ¡ah!, y además, la historia de Chile según los principios, la Declaración de principios de la junta y el documento del objetivo nacional... Y creen que de ahí podría salir ese milagro de la Gabriela Mistral: vuelven atrás no sólo sesenta setenta años, vuelven cien o doscientos, vuelven más atrás en la Colonia.

La educación primaria obligatoria y gratuita, deber del estado chileno, es una obra antigua. No es una obra de hombres de izquierda, no es una obra de hombres que están deformados por ideologías extranjeras, como dicen, ateas, como dicen, insólitas, ajenas al país. La educación primaria obligatoria y gratuita en Chile fue proclamada en la década de los años diez de este siglo en una ley que hizo don Manuel Rivas Vicuña. Cuenta en sus Memorias don Manuel Rivas -cuando esta ley fue aprobada-: "Sólo recuerdo que la emoción me impedía hablar y que me limité a pronunciar algunas frases en el atrio de la puerta de la calle de la Compañía del edificio del Congreso Nacional". Pero no hay Compañía, hoy, en Chile ni hay Congreso Nacional ni hay atrio ni hay palabras emocionadas. Esta gente está destruyendo con su programa educacional todo aquello que una mujer, un ser humano, un símbolo absoluto de Chile como lo es Gabriela Mistral, representó y vivió.

Medirán: "Usted también aprovecha de esta figura muerta, los cuervos aprovechan la carroña que inventan". ¡Qué intención! ¿Utilizar a esta grandísima muerta chilena que tenemos, cuando se está lejos, en exilio? ¿Cuando ella probó en vida, en su destierro voluntario. en el confín de esa raza brutal y espesa, que no estaba de acuerdo en seguirlos?

Hay otro tema constante de la poesía y la vida de la Mistral que las pobres baratas que funcionan en Chile, olvidan o no han sabido nunca o no han podido nunca saber. Esta mujer, después de obtener el Premio Nobel, no volvió a Chile sino varios años más tarde, y cuando el 54. en el segundo gobierno de Carlos Ibáñez. es invitada y llega, le proponen que acepte el grado de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Chile en el Paraninfo -como se decía en esas épocas de Chile en que la cultura significaba algo. cuando, admitámoslo de una manera un poco ingenua, la sala oval de la Casa Matriz de la Universidad de Chile podía ser llamada con una palabra cuasi-griega. Aceptó ser nombrada Doctora Honoris Causa: se sienta en el escenario del Paraninfo, y hay una presencia de hombres de estado. hombres de gobierno, menos todavía: hombres de poder, como nunca había habido en la Universidad de Chile para otro intelectual chileno. Se sientan ahí: el presidente mismo, y sus ministros y la gente de poder, y estudiantes y.... también, pequeños chilenos jóvenes estaban presentes. La Mistral, erguida en el escenario, toma la palabra para agradecer esta designación, y no habla más que de un tema. "Yo estoy agradecida, yo represento a todos los que están agradecidos de que se haya finalmente implantado en Chile la reforma agraria, de que finalmente la tierra sea para quien la trabaja, de que una vez por todas en Chile el pueblo anónimo pueda tener tierra de la cual sacar palabras." Y habla infinitamente de esa reforma agraria que ¡ay! en ese momento no existía, ¡ay! anteriormente no había nunca existido. Cuando el presidente y sus ministros salen de la sala, cuando los demás pavos reales con moco -usuales en estos actos en el Chile de ayer- salían de la sala, meneaban la cabeza y decían: "esta Gabriela está gaga", porque había hablado de una reforma agraria que no había nunca tenido lugar, y había agradecido al gobierno el que la tierra fuera de quienes la trabajan.

Grandes discusiones, pequeñas discusiones culturales en un Chile donde se podía discutir todavía, se produjeron en los días siguientes. Decían: ¿pero qué le pasó a la Gabriela Mistral...?, ¿está fuera de sí?, ¿no sabe lo que dice? Si no hubiera sido una mujer -nosotros, chilenos, sabemos como esto se maneja- habrían exclamado: "está cufifa, no tiene control sobre sí mismo, además de cucú". De la Gabriela no se podía decir eso; todos pensaron, sin embargo: "esta señora, tantos años fuera de Chile", "esta señora con tantas melancolías. tantas tragedias en su vida. no sabe lo que está hablando".

¡No!: Gabriela Mistral sabía muy bien de lo que estaba hablando, sabía que no había nada que agradecer, sabía que no había reforma agraria en Chile en ese momento, pero quería imponerla. Y quería, además, mofarse, y ése es tal vez el medio más eficaz para los intelectuales de critica y de ataque: quería mofarse de quienes no hacen lo que deben hacer.

Al endilgar ese discurso, de veras poético, sobre una reforma agraria que no había ocurrido nunca, quería mostrar esa realidad a los miopes. Veintitantos años han pasado: veinticinco: hízose la reforma agraria; lo que Gabriela Mistral agradecía podía ser agradecido casi veinte años después: sin embargo, desde el golpe de estado del 73 sube la raza brutal, espesa, y una hinchada garrapata, entierra la reforma agraria chilena. Todo lo que Gabriela Mistral quiso, propuso, hizo, dijo. ha sido negado, pisoteado, puesto en vergüenza; y. después -siguiendo la profecía de Neruda-, de la misma manera como se reparten el aire y la tierra, intentan repartirse la cultura, y ahora nos dicen: "la Gabriela Mistral es nuestra".

No les pertenece.

No les ha pertenecido nunca esa mujer que anunció lo que ocurrió. Y que, ahora, con más fuerza, nos hace presente lo que no debe ser nunca destruido.

En 1957, la segunda vez que la vi, estaba muerta. Muerte la trajeron a Chile, que si no... Para enterrarla.

Funerales nacionales le dieron, de primerísima, sólo comparables a los del Cardenal Caro y a los del ex presidente de todo, Alessandri Palma. Se acabó la moledera; gran suspiro de alivio de quienes, próxima, la habían echado al trajín, y, lejana, le echaban sus pelambres. No la tragaron nunca. Demasiado parada, susceptible, tiesa de mecha, desconfiada y, con todo eso, temible a causa de la pluma por carta, y, vaya uno a saber, hasta un párrafo impreso capaz que le toque a uno, en que lo deje retorciéndose en la picota.

Mejor muerta, tranquila, tranquila. Y ellos vivos.

Sin embargo hay gente en Chile que sabe respetar. Ahí estaban formando una hilera larguísima, nutrida, ordenada que salía del portón de la casa de la Universidad y doblaba a un lado por San Diego y al otro por Arturo Prat, y seguía, por esas calles inhóspitas y familiares, quién sabe hasta dónde. Tipógrafos viejos, mozos de restorán, obreros de la construcción, otros venidos de lejos, del norte o del sur, inquilinos, medieros, mucho peón, niños, mujeres con niños, estudiantes hambreados, profesores, y hombrecitos y mujercitas, como dicen en Chile de la gente de talla humana. Gente que no entra por lo general a la Casa de la Universidad, ni pisa las baldosas de mármol reconstituido. No se deja, en general, que el pueblo entre en Chile a sus universidades como a su casa. En esa ocasión, si, tarde en la noche, la gente seguía llegando y entrando, para ver, un momento. a esta mujer que había representado algo de la mejor naturaleza humana.

Seguían llegando, callados, extraordinarios en su naturalidad; sin darse codazos penetraban en el salón de honor, que merecía entonces su nombre. Era una hora de penumbra. La ceremonia laica se volvió religiosa. Antes de alcanzar los pies del catafalco se experimentaba el presentimiento solemne de que algo había cambiado en nuestro mundo, y que ese cambio estaba encerrando, ahí. aparte. bajo el cristal. En efecto, ella se había contraído, y estaba, pequeña y compuesta, como adormilada en el andén, a la espera de trenes que no pasarían. La habían embalsamado, era evidente, sí, maquillado; pero a pesar de los cosméticos, a pesar de todo, estaba hermosa esta mujer que en Chile llamaban francamente fea: con trazas de india pese a los aires bíblicos que afecta, agregaban. Lista para ser enterrada en su Monte Grande, en su monte.

Afuera Santiago estaba oscuro.

Y el entierro. Toda la faramalla de las sepultaciones costeada por el fisco. Bandas de música militares. Sus excelencias y sus eminencias y los profesores eméritos y las señoras beneméritas.

Pero, asimismo, como cada vez que la Mistral hace aparición verdadera en Chile, pueblo, pueblo de verdad. Mujeres con críos, hombres de edad, jóvenes con libros, siúticos egregios, mineros (pero de veras), hombres de campo (es cierto), y hasta huasos (no huasamacos ladinos), gentes humildes, señoras de edad, de muchísima edad. salidas de nuevo a la calle después de cuántos años, con vestidos inverosímiles de colores violeta y morado o lilas, que les llegaban a los pies y a veces arrastraban por los suelos. Antiguas profesoras primarias, pensaba uno, de las que habían sido vengadas por Gabriela Mistral: y "mamitas" con guaguas en los brazos, y mozalbetes, y hombrones. En suma, el mismo pueblo que dieciséis años después habría de asistir al entierro de Neruda.

Lagar: Ternura.
Tala: ¡Desolación!
¿Poema de Chile?
Feliz la piedra en el sendero.


Nota:

Este trabajo fue escrito en 1980. (N. de la redacción.)


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03