«Caballeros» de Chile

«CABALLEROS» DE CHILE

Armando Uribe Arce

Araucaria de Chile. Nº 5, 1979.

«Trazaron una línea negra:
Aquí nosotros, caballeros de Chile...
Allá vosotros, rotos, pueblo

(Pablo Neruda, Canto General)

Han pasado veinte o treinta años. Cuarenta desde que nací. Ya no somos niños los de las páginas anteriores (1). Entre nosotros hay muertos, perdidos, olvidados. ¿Hay ricos y poderosos? Sí los hay: están con la Junta.

Otros estamos desterrados. El exilio no es estar en otra parte que en el país donde se nació: es no estar en ninguna parte.

Ellos, con la Junta, ¿están en Chile?

Creo que son más desterrados que yo. Se asilan en sus intereses, en los bienes que creen que tienen. Se identifican con sus bienes. Esas cosas son su patria.

¡Pobres hombres! ellos, pero también yo, que creíamos ser más que las cosas. Ellos han terminado identificándose con cosas y yo perdiéndolas. Dije que prefiero renunciar a esa gente. ¿No debería decir también que la he perdido?

¿Qué creíamos ser?

No una clase. En el sentido escolar podíamos ser clase: Cuarto Año B o Sexto de Preparatorias, último de Humanidades, clases. Compañeros de clase.

Socialmente no. ¡Cuántas diferencias creíamos que había! Infinitas. Cada familia era una clase por sí sola; los parentescos eran ley. «Somos medio parientes.» «Mi primo el guatón T.» «El papá de...»

De muchos se decía o se sabía sin decirlo: son de clase media, medio pelo. Algunos se decían a sí mismos (inseguros): Nosotros, los de la clase alta..., gente bien. Pero otros, más seguros, no se lo decían: lo sabían.

Otros no sabíamos, en esas épocas, sino que éramos: «decentes».

Qué importan las distinciones sutilísimas a que nos fuimos acostumbrando. Nosotros éramos, todos, sin distinción, el más perseguido entre nosotros como el más dominante, todos aventajados frente a los pobres.

La existencia de los pobres era lo que nos daba unidad a nosotros.

La cultura que teníamos de los pobres era nuestra fuerza de cohesión. Los observábamos todo el tiempo, tácitamente. Ellos eran: los otros absolutos, los otros de todos nosotros, los otros de todo.

Escarnecidos, peligrosos, feos. Contagiosos, protegibles. Necesitaban de nosotros, debíamos actuar de manera que les fuéramos necesarios para siempre. Dependientes.

Los caballeros deben mandar. Si no este país se acaba.

La palabra caballero es elástica. En sentido estricto estaba siempre implícita: se portó como lo que es (como un caballero). Acepción moral, imponderable. O bien la acepción social, desde lo sublime hasta lo trivialísimo: eso no es de caballeros (desear la mujer de su prójimo); palabra de caballero (no es violada en los negocios o en cualquier pacto social concreto, una apuesta entre niños o un acuerdo entre políticos: acuerdo de caballeros); él es un verdadero caballero (no hace trampas); es muy caballero (da el asiento a las mujeres, que en este contexto pasan a llamarse «señoras»: deja pasar primero a las señoras). Y había la acepción política y contingente: un caballero es conservador y puede ser liberal (aunque no todos los liberales ni conservadores son caballeros; y en cierto modo, muy difundida opinión, ningún político era caballero); pero caballeros comunistas y socialistas no hay, y los radicales -en los recreos de los colegios en la década del cuarenta- eran objeto de risa porque algunos de ellos, que estaban esos años en el gobierno, pretendían ser caballeros. Había, además, los caballeros católicos, especie singular no muy tomada en serio: se daban grandes golpes en el pecho, iban a misa temprano y con demasiada frecuencia rondaban a los curas, eran «beatos». Los falangistas (predecesores de los demócrata-cristianos) eran entonces siempre «jóvenes». No se decía por ningún motivo, eso no existía: un caballero falangista; después, en cambio, hubo caballeros demócrata-cristianos (como los había habido dentro del Partido Conservador: caballeros social-cristianos, pero ésta era casi una contradicción en términos y equivalía más bien a decir: algo chiflados).

En sentido amplio era caballero todo el que tenía algo, empezando por la posesión de alguna identidad por mínima que fuera; en contraste especial con los que no tenían nada, ni siquiera identidad. El contraste resultaba la piedra de toque.

El contraste del caballero con los demás era tan fundamental para su condición que uno pensaba, cuando chico, que -salvo quizá en cuanto a las calidades morales más altas: el honor, ser quien se es, tener palabra de honor- si no hubiera pobres, no habría tampoco caballeros. Si todos fueran iguales, no habría caballeros. Si todos se vistieran igual, si todos tuvieran las mismas maneras («no tiene maneras» servía para descalificar gravemente: «¿qué maneras son ésas?»), si todos anduvieran igual, si todos hablaran igual, ¿cómo notar quién era caballero y quién no? ¡No se sabría quién es quién!

¡Eso sí que no! Hasta ahí no más. Eso no puede ser. Es imposible. Pobres habrá siempre ¿no lo dice el propio Evangelio? (y, por lo tanto, habrá siempre caballeros -proposición tácita, pero no menos teológica-). Porque implícito en nuestra cultura social más profunda en esos remotos tiempos estaba que lo contrario a pobres no era ricos, sino, en cambio, caballeros.

Luego las cosas variaron, después del frente popular, supongo, y de la consolidación de las clases medias, hasta el punto que a fines de la década del sesenta, gobierno demócrata-cristiano, ya casi no se osaba usar la palabra, y era casi un juego de sociedad calcular cuántos caballeros quedaban en Chile: ¿cinco, tres, uno? ¡Don Tanto Cuanto es el último caballero chileno! Pero ésta es otra historia y viene más tarde, si es que llego a ella.

Lo curioso es que los pobres más selváticos: los niños pobres de la ciudad, hijos de obreros de la construcción, o del agua potable, o de algún obrero de fábrica (no me acuerdo ahora, pasados treinta y tres años), capaces de ver más allá de nuestras narices y las suyas si no los había deformado la escuela primaria, sobre todo parroquial («saluden, niños, al Caballero Benefactor»), sabían muy claramente que lo contrario a pobres era ricos.

«Nosotros, los pobres; ustedes, los ricos. Ustedes, los ricos, son todos iguales. ¡Nos tienen fregados a nosotros, los pobres! » Me enojé: «Yo no tengo nada en contra de los pobres.» «Ustedes tienen de todo: por eso son ricos. ¡Nosotros sí que no tenemos nada! » (De todo, significaba: hasta dos pares de zapatos.) «Pero nosotros les damos limosna a los pobres.» El niño, mayor que yo, que tenía siete, él tendría nueve años o diez, pero no más alto que yo ni más fuerte, saltó como un gato al que le pisan la cola: « ¡Rico desgraciado!» Retrocedió, se agachó.

Al pararse de nuevo, vi que tenía las manos llenas de piedras. « ¡Vas a ver! », me gritó retrocediendo de espaldas y tirándome piedras. Tenía buena puntería. «Van a ver lo que les va a pasar, ricos de mierda.» Retrocedía rápidamente, cateando a lado y lado por si salía una empleada a la puerta o alguien a mirar por la ventana. «¡Son todos iguales!», gritó y lanzó la última piedra. Dobló la esquina y desapareció. No se le vio nunca más por esos lados.

Existíamos por contraste, teníamos identidad en comparación con lo que no éramos, contra los otros. De ahí el sadismo social chileno.

(Si me pregunto, pasados tantos años, muchos meses después del golpe, cómo se explica la brutalidad de los militares y ciertos civiles condescendientes a sus voluntades, qué significa el endoso apenas disimulado de un buen número de otros que no quieren saber, pero saben -más allá de la pasividad que provoca el terror a la Junta-, la única respuesta es: el antiguo sadismo social contra los pobres, con sus mil formas imperceptibles en el pasado, cubiertas como estaban por la famosa institucionalidad legal, las libertades públicas, una especie de pacto social -impuesto, pero de apariencia viable-, disfrazado por la gran ideología histórica nacional; las peculiaridades de Chile... ¡Eramos muy distintos a los demás sudamericanos! Sí: muy distintos: cuando se trató de matar, los militares y sus paniaguados y sus consejeros demostraron que la actual singularidad chilena en Sudamérica es matar más, violando más leyes.)

Se consideraba que el pueblo era muy feo. Tener cara de roto, manos de roto, facha de roto: insultos. La misma palabra roto -cualquiera que sea su origen histórico y su etimología- expresa: lo incompleto, lo violado, lo inservible, lo que se puede y se debe votar. ¡Modos de roto! No saberse mover, ni sentar, ni comer, ni vivir. Lo que está roto es barato. A los rotos chilenos se los puede tratar como cosas de utilidad limitada. ¡Hay tantos y todos igualmente rotos! Más de los necesarios.

La hipocresía social hace que estas nociones no sean casi nunca explícitas. La prudencia social en los últimos treinta o cuarenta años evita incluso que se manifiesten en el trato directo de patrones con asalariados. Pero en la conversación, y con más frecuencia en los chistes entre «patrones», la idea de la inferioridad congénita, espiritual y física, moral, estética y sensible de la gente del pueblo chileno domina siempre y es una cantidad mesurable que los privilegiados están dispuestos a restar en sus cálculos sobre lo que merece el pueblo (lo que merece comer, la dignidad que merece).

Me dirán que exagero. Naturalmente hay excepciones. Naturalmente una actitud colectiva inconfesable como ésta se disfraza de paternalismos, racionalizaciones, argumentos económicos, piedad religiosa. No es del todo consciente. No sería soportada por la conciencia civil si no fuera secreta.

Pero se revela incluso en la celebración, de los dientes para afuera, de las cualidades del roto chileno. La escultura de bronce que hay en una plaza en Santiago representa a un «roto» más griego, romano y mediterráneo de proporciones clásicas que chileno.

El físico del hombre popular de Chile suscita en la clase «alta» repugnancia y escarnio; cuando en el extranjero o frente a extranjeros debe caracterizarlo, o lo idealiza, o trata de disculpar sus «fallas» con pacata vergüenza. En la reserva de sus conversaciones de negocios con extranjeros critica sin ambages los defectos morales y físicos que -¡en su experiencia!- tienen aquellos que llama: esa gente. El apelativo suena como un latigazo. ¡Qué gente ésa! Floja, torpe, exigente, desordenada, irresponsable.

Trato de ilustrar, barajando mi experiencia de cuarenta años, una situación que varios otros han descrito: el abismo social que en la psicología de quienes dominan Chile los separa del pueblo, cuyo trabajo es condición para que exista el dominio. Una compleja serie de mitos nacionales justifica y al mismo tiempo encubre tal percepción de una diferencia que se desea básica, esencial, eterna. La ideología pública fundada por los grupos dominantes, nutriéndose de una historia mítica, proyectándose en instituciones que eran consideradas intocables y a la vez susceptibles de perpetua renovación interior, legitimizaba la gran diferencia entre explotados y patrones de derecho.

Este rasgo colectivo de Chile se refleja, a mi juicio, no menos que en los estudios de ingresos y repartición de la riqueza -y la pobreza-, en el mundo cultural del lenguaje social chileno. Y es al lenguaje que recurrimos para revelarlo. Las palabras tabúes tribales, cuando salen a luz, parecen siempre caricaturas.

Este sadismo ahora desatado exhibe aspectos femeninos. Bajo la voz bronca de los militares y en sus actos de fuerza cuartelera, en los escritos que se quieren definitivos y en los discursos que se quieren terminantes, hay notas de estridencia y espasmo. En sus condenas a los políticos hay despuntes de celos, como un perfil de la envidia que desde generaciones han covado las mujeres de los militares -empleados públicos subalternos- hacia sus coetáneas, las mujeres de los hombres de poder. Y en las admoniciones a quienes llaman (es la expresión de un Decreto-Ley de la Junta) «nuestros trabajadores», en la amenaza inflexible de más trabajo por la misma o menos paga, disciplina sin derecho a voz ni réplica, se repite a escala nacional el estilo de la «dueña de casa» que administraba a los «sirvientes» de mano para todo servicio. («No sea respondona. ¡Se va, pues, de la casa! Vayase con sus trapos a la calle.»)

Hoy, desde este ángulo, en Chile ha parido Marte.

Para dominar y ser clase dirigente era necesario tener los bienes de capital bajo control, el gobierno y las instituciones de Estado por sí o por mandatarios, jugar a la política con más entrenamiento y mejores equipos. Pero igualmente necesario, en régimen formal de libertades públicas, derechos políticos y civiles, en la democracia histórica de Chile, controlar la ideología del Estado. Y a la ideología de las clases dirigentes hacerla pasar por consenso nacional.

En esto, quienes han sido dueños del Chile histórico demostraron durante muchas décadas suma habilidad.

La hegemonía estaba asegurada por una ideología «nacional» secretada por las acciones y las omisiones de quienes dirigían el país, por su reacción frente a quienes soportaban el peso económico de tal dirección minoritaria y también frente a los hechos aparentemente exteriores de la gran política, la gran economía, las grandes finanzas internacionales, que -desde centros de poder místenosos- fueron la condición irrecusable del privilegio de los que mandaban dentro.

La legislación de Chile, la institucionalidad chilena, las formas de su democracia, las distorsiones de su economía (la inflación perpetua, por ejemplo, verdadero fatum en la vida del país), los tipos humanos de la política diaria, como las situaciones recurrentes de conflicto social, los partidos y las universidades, las iglesias, la presencia de extranjeros, el drama y lo cotidiano, todo iba asimilándose en una estructura de mitos. No era una operación fácil, no bastaban las fantasías o las intenciones individuales; era una labor colectiva en que la tendencia la indicaban -con sus decisiones políticas, y cuando era indispensable con uso de fuerza bruta- las clases dirigentes, mientras su estructura, minuciosa, compleja y formal, constituía la función de los intelectuales del sistema.

Intelectuales en sentido muy amplio, comprendiendo profesionales y burocracia (inclusive oficiales militares y sacerdotes, para no hablar de esos pilares fehacientes que son los profesores, los periodistas, los políticos), sin atender a su personal colocación en derechas o izquierdas; intelectuales del sistema, no de los regímenes de gobierno.

El número relativo de intelectuales chilenos, en esta acepción, ha sido desde hace mucho notablemente grande. La cohesión fundamental de su concepción ideológica de lo que Chile era, había sido en el pasado y podía ser en el futuro, alcanzaba un grado que no es frecuente sino en países viejos. Resultaría sencillo objetar esta característica diciendo que las tensiones políticas, los altibajos del debate público, las divisiones de opinión, los bloques sociales, que marcaban desde hace largos años al Chile de antes del golpe, contradicen toda idea de cohesión. Error: pues parte de la fuerza integradora del sistema era en Chile justamente el margen notorio de contraste político en lo secundario, en todo aquello que no ponía en duda las bases últimas del sistema.

Hasta qué punto esta serie de mitos garantizados y legitimizados constituía una mistificación enorme, se vio el 11 de septiembre de 1973.

Pero la verdad de los mitos consiste en su eficacia temporal. Y estos mitos, que servían un fin histórico en beneficio de algunos, no de todos los chilenos (sin perjuicio de que los fundamentos de una parte de ellos -como los relativos a las libertades- tuviesen una validez superior al aprovechamiento minoritario a que se los sometió), demostraron su eficacia; pero asimismo su fugacidad, su carácter de trucos sociales manipulados.

Cuando una ideología es «nacional» y dura un buen tiempo, cuando es compartida prácticamente sin discusión -como sistema de valores y principios elementales-, cuando es confirmada por un debate abierto y continuo sobre sus consecuencias y sus formas, no es necesario que haya dolo directo ni siquiera en el más malicioso de sus manipuladores. Los chilenos de poder -creo decirlo de buena fe- eran inconscientes de la mentira final contenida en su sociedad. Ello no los hace menos responsables, sino más.

¿En qué consistió esa ideología? Todos sus trazos claves podrían deducirse -no lo haremos aquí ni ahora- de la acumulación contrapuesta de los discursos políticos del presidente Allende y los de las cuatro personas uniformadas de la Junta que lo mató.

La poderosa burguesía de Chile, con sus intelectuales, su historia social identificada a la historia del país, su hegemonía ideológica cristalizada en una institucionalidad capaz de englobar todo lo legítimo, de legitimizar lo asimilable y de condenar lo refractario, con sus mitos ancestrales y su aptitud a continuar poblando el olimpo chileno, esa burguesía, fauna y bosque sagrados de la «copia feliz del Edén», ¿quiénes la componían, cómo se había formado, qué era?

A Chile llegaron los conquistadores. Ciento cincuenta hombres jóvenes y una mujer, concubina de su jefe, Pedro de Valdivia. Se cree en Chile que una circunstancia diferenciaba a estos conquistadores de las otras meznadas españolas: mientras aquellos que cubrieron las otras vías de América se abrían camino por tierras ajenas en busca de oro y para mayor gloria de rey y Dios, los conquistadores de Chile habrían celado, además, un diverso propósito. Se sabía que lo que fue por ellos llamado Chile era pobre, su naturaleza cruel, su escasa población más irreductible que las conocidas desde Nueva España hasta el Perú. La experiencia frustrada de una primera conquista en 1537, que diezmó los soldados selectos del gran Almagro y arruinó para siempre a su jefe, había hecho de Chile una palabra maldita. Valdivia y sus compañeros habrían partido a la conquista de las tierras del sur, no para hacer fortuna y retornar a España, sino para crear una nación para ellos y las generaciones de

sus descendientes.

¿Será cierto? En todo caso es la versión clásica. Muchas penurias pueden haber imaginado Valdivia y sus seguidores, para sí y para sus herederos; pero no es probable que hayan previsto la resistencia encarnizada de un pueblo indígena que no tenía imperio ni gran nombre en América, y que, sin embargo, se hizo de un nombre en la propia guerra con los españoles: Arauco. El nombre a este pueblo le fue dado por sus enemigos, se hizo nación en sus combates, la gesta de su guerra que duró siglos fue obra de un poeta que los admiró peleando en su contra. La epopeya de La Araucana, de don Alonso de Ercilla y Zúñiga (uno de los pocos conquistadores de las primeras hornadas que tenía derecho legal a usar el Don), creó el segundo catálogo de mitos chilenos: la guerra natal de gran estilo, cuyos episodios de sangre y de honor harían de Chile la única nación moderna nacida de una epopeya.

Por décadas en los siglos XVI y XVII, los colonizadores de Chile eran guerreros. Estaban obligados a empuñar las armas y juntamente impelidos, so pena de aniquilamiento, a ser más industriosos y más duros en su trabajo y en la administración de la fuerza de trabajo de indígenas y mestizos que los colonizadores de las tierras fáciles de los grandes imperios, de las fabulosas riquezas del resto de América. He aquí una tercera fuente de mitologías.

En el siglo XVIII, los Borbones de España hicieron posible, con sus provisiones económicas y administrativas, el flujo a Chile de ondas colonizadoras de un carácter distinto: los llamados en general «los vascos» comenzaron a llegar, primero hombres solos, luego en ligas de hermanos, primos, parientes. Se casaron entre ellos, pero también eligieron las herederas más ricas en tierras, joyas, casas, tradiciones, entre las antiguas familias de las cohortes conquistadoras. Habrían absorbido así la mejor riqueza del país. Habrían formado bloque, desde fines del siglo XVIII hasta entrado el XX. Serían la «clase alta» chilena. Su tensión social con los grupos, más numerosos pero más disgregados, de los linajes «venidos a menos», sería el tema de la verdadera «cuestión social» interior por el mando del país. Cuarta serie de mitos.

Las guerras de independencia entre mil ochocientos diez y mil ochocientos veintitantos habrían sido la quinta gesta chilena. La población mestiza sería ya prácticamente homogénea. Dirigidos simbólicamente sus intereses por los caballeros de la capital y las provincias, descubierta la ignominia del estado colonial, se decide la independencia política, y que el país sea gobernado por los «criollos», no por los empleados del rey. Ayudados por los patriotas argentinos, los chilenos libran su tierra y emprenden la hazaña de libertar el Perú, virreinato legendario, pero inepto, que necesita de Chile, más pobre, más sobrio, pero más valeroso y decidido, para expulsar a los españoles.

Las luchas de la independencia provocan, sin embargo, el caos político en Chile. Muchos «ideólogos» provenientes de toda América impiden que el país se dé un gobierno ordenado. El genio de la raza chilena suscita un hombre de razón: don Diego Portales. Mercader al por mayor, contratante de un estanco fiscal, sin compromisos -por demasiado joven e indiferente- en las escaramuzas políticas de la Independencia, devela con un golpe de ojo magistral en poquísimo tiempo cuáles son las fuerzas sociales y económicas vivas y aptas para formar un bloque sólido de poder en el Chile del 1830. En la República recién nacida funda el Estado. Sexto mito.

Las peripecias de la fundación del Estado cuestan la vida a Portales; pero su muerte, a manos de un grupo de oficiales insurrectos fracasados, consolida la forma institucional de esa obra de razón política. La Constitución (de 1833) y los Códigos, cuyo modelo está en el Código civil de don Andrés Bello -el arquetipo definitivo del intelectual chileno-, reciben la garantía de sangre de que esta obra impersonal de las clases dirigentes: el Estado y sus instituciones, merece que los mejores hombres de carne y hueso mueran por ella. Morir por la legitimidad es el séptimo gran complejo mítico.

Chile no es sólo una Nación; es ya un Estado. La república, como persona moral en una América confusa, indecisa, inmadura, es superior a sus fronteras geográficas. Chilenos de empresa se esparcen en las zonas vacías de jurisdicción dudosa: el desierto del norte, los contrafuertes de los Andes, el océano infinito al oeste. Labran minas de plata nueva, disfrutan la utilidad inédita del salitre, ¡hacen correr el peso chileno en las islas del otro lado del Pacífico y hasta en China! La burguesía es nacional. Tienen capitales, bancos, barcos de cabotaje y alta mar, hombres de empresa, una administración organizada del Estado, un ejército capaz de guerras de anexión. En la era de Portales y Andrés Bello, el ejército, sometido finalmente sin discusión al poder civil impersonal, había servido, triunfando en la guerra preventiva contra la confederación Perú-boliviana, para que la entidad moral del nuevo estado de Chile fuera reconocida inviolable por sus vecinos. Cuarenta años después, la existencia de una clase empresarial nativa deseosa de probarse en la expansión económica justifica la proeza de una nueva guerra contra Perú y Bolivia que tenga ahora fines económicos de provecho. Esta guerra es ganada. Chile crece geográficamente. Octava galería de mitos.

Aparece la concupiscencia del capital extranjero. Chile tiene demasiadas riquezas. El monopolio natural del salitre, conquistado en la guerra «del Pacífico», es presa apreciable y también natural del imperio británico que no en balde domina medio mundo. La liquidación de la guerra del Pacífico le da la oportunidad de introducirse masivamente en esta nueva cucaña de millones. El último de los burgueses nacionales, el presidente Balmaceda, osa enfrentarse al extranjero. No sabe dar satisfacción política al bloque social dominante éste hace causa común con los intereses británicos, y Balmaceda, pese a haber recurrido en su desesperación a una incipiente «clase media» burocrática, pierde la guerra civil y se suicida. Queda consagrado el rito de que la legitimidad nacional cuesta la vida de quien la simboliza. Noveno mito.

Chile se transforma en factoría privilegiada. Vive de las rentas del salitre que otros explotan; la política es cosa de gente de club y de círculo, un juego serio de sociedad. Pero el espíritu de la burguesía nacional ha impregnado, desde la época heroica de los hombres de Estado y empresa del siglo XIX, la representación ideológica que el chileno dirigente se hace de su país. Después de treinta años de política de salón, las crisis generadas por la primera guerra mundial y por la reconstitución postbélica del mundo dan lugar en Chile a ensayos tenaces y superficiales para recuperar, reconstruir o re-inventar una forma viable para el estado nacional, repristinando el rol de la clase dirigente como verdadera administradora legítima de las fuerzas de la nación. Con altibajos, tal intento habría asumido el buen camino, aunque incorporando a la vicisitud del camino cierta hostigosa sensación de que una crisis mayor puede ser siempre inminente. Dirige el país por segunda vez Arturo Alessandri Palma (bajo sus presidencias nacen o crecen quienes hoy dirigen Chile); deja lugar a Aguirre Cerda, el del Frente Popular, a quien sucede Juan Antonio Ríos, radical también, pero más autoritario, a cuya muerte es elegido González Videla, quien traiciona hasta los restos del espíritu de ese frente y es seguido, en reacción populista, por Ibáñez (que ya había fracasado en la década del veinte en un movimiento, que simulaba ser profundo, de reacción contra la irrisoria «fronda aristocrática» de principios de siglo), y a Ibáñez, nuevamente fracasado, lo reemplaza un hijo de Alessandri, que ensaya todas las recetas conservadoras a su alcance sin éxito, y a éste Freí y a éste Allende. La curva de ficticias acciones y reacciones del mismo círculo encantado, para quebrar la recurrente pesadilla política que había sido, a contar de fines del siglo XIX, el efecto en la conciencia y en la subconciencia social de la burguesía chilena, de su enorme y costosa frustración al no poder constituir una verdadera burguesía nacional, ha dado origen durante los últimos cincuenta años a una décima categoría de mitos burgueses.

Yo no pretendo hacer historia científica. No puedo pretender que la enumeración anterior forme un cuadro de la realidad social efectiva de Chile. (Faltan nada menos proletarios y campesinos...) Pero expresa los datos de que disponía la conciencia histórica de la clase dirigente chilena sobre sus propios avalares como clase. Son los arquetipos psicológicos con que el pueblo de Chile se encontró al iniciar su odisea de gobierno Salvador Allende.

En esta historia reducida y deformada se delinea además la partenogénesis por la cual la clase dirigente creaba estratos sociales interiores en su lucha con su propia sombra por el poder.

La llamada clase alta... Mejor ni hablar de ella: cada vez sabe menos ella misma lo que es hoy. Su conciencia de sí la componen una vaga nostalgia porfiada de sus tiempos favoritos, los de la época del parlamentarismo y las rentas del salitre, su bella época inútil de hasta el año veinte, el tributo mental que paga a sus penates -las duras figuras de cera de los constructores de la república en el siglo XIX-, la idea de que se hace de una Europa que no existe -que tal vez nunca existió-, lugar de «retorno»» deseado e imposible; pero en lo profundo de sí misma se ha ido reconociendo -con la pérdida del prestigio que tuvo cuando sus costumbres hacían ley- lo que siempre ha sido en realidad: una burguesía tenaz y rapaz. Vuelve a abrir tiendas, como en el siglo XVIII, a veces muy concretamente, otras ejerciendo las actividades más variadas con un espíritu de comercio al por menor. Pero pierde la ilusión de sobrevivir compacta, se disfraza de clase media, sumiéndose en cualesquiera familias que prometan fuerza económica o política, se resigna gustosa a la compañía poco recomendable de hombres de fortuna nueva, de extranjeros o hijos de extranjeros de apetito insaciable y urgente, está dispuesta a servir a los militares, renunciando, como eran sus hábitos, a servirse de ellos. Sin embargo, produce, ya que no tropas, al menos cerebros de choque, capaces de indicar el sentido correcto a la nueva coalición de la burguesía, de administrar la nueva concentración monopólica, de seducir a ciertos militares inseguros y atrasados de noticias, de prestar apariencia histórica respetable a la traición colectiva de la clase burguesa al país.

Si la «gente conocida» ha olvidado o perdido hasta el modo de andar sobre el país que le era propio, ¿qué le queda a la clase media que no aprendió nunca a caminar por sí sola, en su estúpido y ruin delirio de imitar, sin conseguirlo, a una clase alta que no era tan alta?

Todo el resto le queda. Es decir, culturalmente, en los dominios de la burguesía como clase, todo. El problema para este descomunal conglomerado informe es que no ha sabido jamás identificarse a sí misma, excepto cuando -como la rana- se ha tomado por el país («Chile es un país de clase media») sin llegar siquiera a hacer los honestos trabajos del buey.

La componían, a disgusto, los «venidos a menos»; la acrecentaban, incómodos, los «venidos a más» («en Chile, dijo un testigo en sus Memorias sobre la guerra civil del 91, donde todo parvenú es un arrivé»), los legendarios «siúticos» (apelativo que se complacían en repetir, sardónicos, los «caballeros» de familia vasca, para descalificar a aquellos que no tenían «calidades» para mandar en el país, y sus señoras para lucir superioridad social y hartarse de placer sádico; maltratando así a sus mejores aliados potenciales, esos «siúticos egregios» que ardían por ser adoptados en la alta clase agonizante -sin caer, unos ni otros, en lo obvio: que unos y otros se necesitaban porque ambos formaban el núcleo de su verdadera clase, la burguesía criolla sedicente-); en sus amplios bordes se radicaba, invasor, el «medio pelaje» proveniente de pequeños comerciantes, militares profesionales, empleados públicos, pequeños agricultores e industriales, personal nuevo de gobiernos renovados cada seis años, inciertos de carácter, bastos de maneras, oscuros de ánimo, ambiciones y tez, pisoteando y empinándose sobre los estratos populares de los que deseaban desesperadamente distanciarse («¡no ser más pobres!, ¡no volver nunca más a caer entre los pobres! »), los peores cuchillos de los pobres porque los mangos que empuñaban eran de leña semejante y en muchas ocasiones de la misma; «metidos a gente» (-decían los caballeros al hablar de estas categorías), «gente decente» (pensaban ellos de sí mismos, apropiándose de una fórmula neutra difícilmente disputable), «futres», no caballeros (agregaban los «caballeros»: «Esta clase media chilena no cría caballeros, sino "pijes"...»).

Desde hace cincuenta años, ser oficial del ejército, de carabineros, de fuerza aérea y (con supuestas excepciones de carácter mítico), de marina era intrínsecamente ser «de clase media». Pero el lugar institucional de las fuerzas armadas en la monumental legalidad chilena, las doctrinas sobre su abstinencia política, su vida reclusa y burocrática, los arcaicos privilegios menores que se concedía a su ocio forzado, para mantenerlos entretenidos, domesticados e inofensivos (los almirantes podían posar de lores en las cubiertas pulidas de sus barcos y recibían trato de caballeros, lo cual creían ser de hecho cuando conversaban entre ellos en sus clubes de campo, desde Valparaíso a Viña del Mar; los oficiales de caballería, y hasta ciertos centauros de carabineros, disponían de tiempo, asistentes u ordenanzas, caballerizas, picaderos, pesebreras, y podían sentirse -literalmente- caballeros, lo que ya les estaba vedado por las exigencias de la lucha social y política a los antiguos caballeros, aun a los dueños de fundos con harás); todas estas singularidades gratuitas, que aislaban en un ángulo del grupo escultórico burgués al inocente militar, separaban a estos oficiales de la clase media civil.

Cuando esta clase media, frente al sordo tronar de las masas populares, se descubrió como lo que era: el tronco de la burguesía chilena; cuando la «clase alta» decidió reconocerse cabeza predestinada no de todo el país, sino de dicha burguesía; cuando los pequeños trepadores del pequeño comercio, la pequeña empresa, la pequeña profesión liberal cerraron filas admitiendo que la burguesía de Chile era una sola, muchos oficiales de las fuerzas armadas sintieron el llamado a la guerra social, recordaron a sus padres, pensaron en sus hijos, tantearon sus bolsillos, revisaron sus armas, carraspearon y dieron órdenes: eran, se dijeron, clase media; es más: eran el nervio de la burguesía. Fueron la punta de lanza del bloque burgués. Se alzaron contra el pueblo.

En Chile, donde no pasa nunca nada...

Entre las frases de hechizo y exorcismo que en el seno de las familias constituían la presunta sabiduría oral chilena, ésta, «en Chile nunca pasa nada», parecía adaptarse a la concepción de un Chile que era un lugar común naif: la copia feliz del Edén. Todo se podía arreglar en Chile, era cuestión de confianza, de acuerdos entre caballeros, fórmulas de pasillo de parlamento y redacción de periódicos, encontrarse en la calle Ahumada con huérfanos y solucionar el problema, celebrar la solución en una comida. Todo podía terminar felizmente en un banquete de reconciliación. Fórmulas para cualquier problema de política, tanto el más casero como el más universal. Cuando Arturo Alessandri Palma, después de su segunda presidencia, al día siguiente de la asunción al mando del Frente Popular, luego, es claro, de los muertos del seguro obrero, hizo naturalmente un viaje a Europa para descansar y «estudiar la situación internacional», se entrevistó en Roma con Ciano, el ministro de Relaciones Exteriores de Mussolini (1939). Después de hablarle de la situación de Chile, de extenderse sobre las condiciones sudamericanas, inquirió el viejo presidente al joven conde italiano cuál era la verdad, la «firme» y secreta verdad de los graves conflictos europeos en curso. Después de oír atentamente al ministro -que por cierto se abstuvo de transmitirle sus firmes secretos-, Alessandri, descendiente de italianos y famoso en Chile por su sentido del humor (aunque los caballeros chilenos llaman humor a un pesado sarcasmo pueblerino), pero sin sombra de intención humorística esta vez, reveló hasta qué punto era el paradigma de los políticos chilenos, diciéndole como observación final: ¿Y no habrá una solución de conjunto para los problemas europeos? Hasta el propio jerarca fascista creyó del caso contar con estupor esta entrevista en su diario.

Una «solución de conjunto...», el ideal del político cazurro chileno. Hemos visto tantas soluciones de conjunto, de compromiso, fórmulas mágicas de equilibrio inestable que muchos llegaron a creer en la trivialidad de que a fin de cuentas en Chile no pasaba nada nunca. («Este país está enfermo de ponderación», le oía comentar, mientras yo seguía jugando en el patio solo, a mi tío Pedro por esos años.) Todo se arreglaba en pasillos, y pasillos eran también los órganos de publicidad, pasillos las manifestaciones públicas, los cortejos políticos se parecían a las procesiones religiosas. Todos eran, finalmente, de los mismos. Pero el pueblo era otro y a sus espaldas se arreglaba todo. Sobre sus espaldas. Estas acrobacias, en régimen democrático, se hacen en público y con aplausos del honorable público que paga. Prestidigitaciones.

Pero, también por cazurrería, el pesimismo, un escepticismo también trivial y barato, se abría lugar frente a cada pequeña crisis -los saltos mortales del índice de precios, el fuelle de la inflación perpetua (crisis no tan pequeñas para quienes vivían al mínimum de subsistencia)-, y entonces los chilenos de sobremesa exclamaban limpiándose la boca y alzando los brazos a media altura: « ¡Este país no tiene remedio! » Lo que no tenía remedio era su sistema de poder, pero como tal sistema se quería idéntico al país, era Chile entero con su geografía, su naturaleza física y humana, su mayoría de pobres, que no tenía remedio. Luego de la exclamación, el chileno en su comedor quedaba desahogado y podía volver al día siguiente al trabajo de cada día, al servicio público de hacer funcionar la inflación succionadora.

Los caballeros más viejos, más desesperados y más caballeros requerían, para descargarse de estas graves preocupaciones de bien común, de una exclamación más radical, la operación quirúrgica imaginaria que debía practicarse en el cuerpo lamentable de Chile era eutanásica, pero sin piedad: como recuerda haber oído hace muchos años un escritor chileno cuando niño, mientras era lustrabotas de club, «hay que vender este país y comprarse algo más chico en Europa». ¿Rasgo de humor? ¡Sarcasmo, rasgo de psicología social!

Vender, comprar. Los caballeros han tenido siempre una afición irresistible por la compraventa en grande, pero con criterio en chico.

¡Vender el país! Si estaba siendo vendido mes a mes, sus minas subterráneas, el salitre, el cobre, el hierro, sus riquezas más profundas a ingleses, a norteamericanos, al extranjero...

¡Europa! se fue a Europa. Volvió de Europa pasando por Estados Unidos, está de viaje en Europa, está estudiando en Estados Unidos. Tiene amigos extranjeros, goza de la confianza de una gran firma de inversionistas, es persona seria: hace negocios con el extranjero. El sueño del criollo rico, transmitido de generación en generación aun después de siglos en América: volver a «Europa», una Europa «del alma» (llamando «alma» al vacío moral dejado por el desprecio hacia los propios pueblos americanos), instalarse en esa costa azul que cubre todo el continente europeo, en esas aguas milagrosas, Baden-Baden, Trevi, Lourdes, termas. ¡Europa!, que con el tiempo pasó también a comprender Estados Unidos.

La muerte en Chile no es respetada. Se dice del vanidoso, hombre o mujer, del que tiene pretensión a elegante, de la que se contonea sin mirar a diestra ni a siniestra, del solitario que no disimula que sus compatriotas le aburren, del que merece ataques porque a los demás él «les ataca» (no interesarse activa y celosamente por el propio grupo social es considerado en Chile una agresión): « ¡Se cree la muerte! » El que no comparte la mezquindad de juicio, el que no usa esa vara -esa vara de tendero- que permite medir al centímetro los motivos exactos de todas las acciones humanas, la verdad que el chileno «razonable» y receloso sabe medir de reojo con la vara de la envidia (pero no es llamada envidia, este sentido de la pequeñez o «pisquiñería», sabiduría máxima de lo «real» en esta clase de chilenos), ése no tiene sentido de la realidad, es ridículo, ¡se cree la muerte!

El sentido de la grandeza para ese Chile social es invisible. Al gran luto como a los grandes amores, que no pueden ser medidos con huinchas de medir géneros fungibles, se les atribuye causas minúsculas, locales, conocidas. ¡En Chile todos nos conocemos! (entre nosotros, gente conocida; porque a los otros, a los anónimos de la ciudad y el campo, aunque tengan nombre en el registro civil, ¿quién los conoce? Los pobres, ¿a quién le interesan?). Cómo no vamos a saber los porqué del que tiene la pretensión de emocionarse. Es un pretensioso. Las pasiones, aun cuando sean malas pasiones -y es sabido que lo malo es más grande en Chile para esta gente que la bondad: piensa mal y no errarás-, todas pueden medirse con la misma vara. Pequeñas pasiones todas. La gran emoción, la grandeza son cosa inconcebible. ¡Qué se habrá figurado!, pretende ser distinto. ¡Pretensioso!

Al mismo tiempo la muerte es común y corriente. No tiene nada de particular. Todos los días desde hace un siglo (la historia económica de Chile lo ha probado sin lugar a dudas) la inflación monetaria mata anónimos, niños, viejos, pobres. Hasta hay una frase de panfleto, subversiva, ingeniosa e ingenua sobre la materia. La metáfora, que trae a la mente la imagen de asaltos a mano armada en despoblado, el bandidaje anárquico en los caminos atravesados de un Chile rural de hace cien años, demuestra la vetustez de esta inflación centenaria, genocida: los pobres recortan las carabinas para matar a los ricos, los ricos recortan el peso para matar a los pobres.

No ha habido ni habrá carabinas recortadas con tanta capacidad de tiro en manos de los pobres que puedan afrontar la metralla de la inflación y sus grandes cañonazos que estallan de tiempo en tiempo.

Por ejemplo, a la época en que fue inventado ese juego de palabras, la unidad monetaria chilena era el peso. Bajo el gobierno de Jorge Alessandri hasta la palabra peso cayó víctima de la devaluación. Ahora la moneda se llama escudo. ¿A quién defiende?

La inflación ha sido la manera más cotidiana de morir. Se la ha llamado el «fatum» de Chile. Ha habido escritor que piensa que en Chile toda novela debería terminar con un mismo episodio, eternamente renovado y cada vez diferente, trágico, porque cambia las vidas y las cosas y es a la vez previsible, una siniestra parca familiar chilena: la devaluación de la moneda por decisión del gobierno. ¡Se la ha llamado «fatum»! Es el deus ex machina.

En la alegoría social chilena inventada por quienes se aprovechan del pánico, la inflación galopante es un fenómeno natural como los terremotos.

Chile, país de terremotos. A raíz de uno de los innumerables que hacen pensar, mientras se mueve todavía la tierra, que verdaderamente es probable que el destino de Chile sea correrse entero hacia el mar, resbalando a la insondable fosa geológica de la costa del Pacífico y quedar sepultado ahí en la justicia de toneladas de agua iodada y salobre, caballeros y rotos, pobres y ricos, juntos pero no revueltos (amicitia sed non familiaritas, tampoco en la muerte), una insigne personalidad de las letras criollas, hombre de largo mentón y edad luenga (el Saint-Beuve chileno, el Krunetière y el Maurras, porque las referencias intelectuales debían ser francesas, cuestión de estilo, y asimismo había el Balzac nacional. Y así el hijo de un novelista de sociedad sostuvo -sin convencer, es cierto, sino a sus parientes cercanos- que había un Proust entre el Maule y el Mapocho, ¡cuántos Bourget no ha habido: Víctor Hugo, Zolás, Daudet, y hasta Rimbaud!), contó la placentera anécdota de haber visto en Italia, al momento de comprar el diario, él, de viaje en Europa, el titular de primera página que le heló la sangre. Lo contó riéndose, es hombre de humor fino, mientras nos ofrecían té y dulces: «Il Cile, povero paese terremotato e maremotato! »

¿Quedará algo?, se preguntó cuando el avión cruzaba desde Argentina los Andes, que a Chile caen de punta y van dejando valles transversales en la región central. « ¡Ahí se ven luces! ¡Santiago existe! » El avión lo dejó en el aeropuerto de los Cerrillos, y nos contaba la historia a los pocos días en una terraza interior elevada en la calle Teatinos.

Terremotos; mueren algunos, pierden muchos. Tema de conversación en las terrazas interiores elevadas. Tema de políticos y negociantes; buenos para activas corporaciones de reconstrucción, auxilio, ayúdate, que Dios te ayudará -o el fisco-. Terremotos: así es la vida. Hay que saber perder (sabio principio cuando pierden los otros). Borrón y cuenta nueva.

Cuando los militares el 12 de septiembre, usurpado ya el poder, ocupándolo ilegal, aunque no clandestinamente, desenvainaron sus palabras de orden, recordaron los terremotos y ofrecieron: reconstrucción nacional.

La historia de Chile quisiera -quisieran los empresarios satisfechos de su historia de hoy- ser fenómeno de la naturaleza. Los militares creen ser telúricos -y lo son, terrosos, prehistóricos, con sus cabezas agujereadas como piedras pómez- y erosionar la historia: efectivamente, han hecho un forado en esa historia: han abierto la boca del volcán.


1. El presente trabajo es un fragmento del libro -inédito en español- Ces «messieurs» du Chili, Paris, Editions de la Différence, 1978.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03