Distancia

DISTANCIA

María de la Luz Uribe

Literatura Chilena, creación y crítica. N 18 dic. 1981

Tengo un pan francés fresco y crujiente entre las manos. Dentro tiene una tajada gruesa de jamón. Siento su olor. Acerco las dos manos con el pan a mi boca. Voy a morderlo. Despierto.

¿Porqué desperté antes de comerlo? Todavía está todo oscuro y mis abuelos roncan en la otra cama. Me levanto y voy a la habitación que es comedor, sala, y ahora también dormitorio de mi mamá y mi hermano. Ellos también duermen. Vuelvo a mi cama, que es un diván estrecho, tratando de no mirar los ojos de mi abuelo, porque sé que aunque duerma nunca se cierran del todo: dejan una rendija blanca que me aterra. Me arrebujo en la cama y trato de volver a mi sueño del pan hinchado y tibio. Me doy vueltas. El sueño no vuelve. Los cojines sobre los que estoy tendida se separan. ¿Qué hora será? Quiero comer ese pan. Quiero comer algo. Si me atreviera iría a buscar el pan que quedó de ayer. Pero es el desayuno de todos. Me castigarían. Estoy hundiéndome en la madera del diván. Me gritarían. Todos gritan ahora último. Me gritan " ¡quieta, callada! , sobre todo eso: ¡no hables! ¡no digas nada a nadie! "

¿Y qué voy a decir? Diría "tengo hambre", pero ya sé que todos tenemos hambre casi todo el tiempo. Lo que quiero es preguntar. Saber porqué mi papá no está. Ya no está. Una mañana desperté en la casa con plantas que teníamos y mi papá no estaba, y estaban unos hombres revolviendo todo, dos militares apuntando desde la puerta, y mi mamá lloraba y mi hermano se abrazaba a sus polleras con los ojos espantados. Yo corrí al otro lado de su falda. Después nos vinimos donde los abuelos. Mi abuelo deja de roncar. Ya no puedo soñar con el pan. Ya es de día, pero cierro los ojos para que crea que duermo mientras pasa tosiendo hacia el baño. Con los ojos cerrados puedo saber que mi abuela se pone la bata y arrastra sus zapatillas hasta la cocina. Mi madre y mi hermano hablan con ella en voz baja. Siento el cosquilleo de unas lágrimas que bajan hasta mi boca. Me paso la lengua por los labios. Están salados. Restriego la cara contra la almohada. Ya está. Desperté.

Voy a ver qué pasa allá, en la otra pieza . Mi abuela prepara el té. Mi mamá ya está vestida. Amarra los cordones de los zapatos de mi hermano. Me mira y dice; "Anda a tu cama, yo ya voy". Doy media vuelta y me acerco a la ventana. No quiero la cama otra vez. Allá abajo se ven autos y gente con paraguas, es muy bonito ver los paraguas desde arriba, parecen flores de colores que caminan, aunque la mayoría son negras. Yo ya conozco todos los colores, y números que me enseñó mi hermano uno dos tres cuatro cinco. Mi mamá llega y me mira triste cuando abre la cama. Triste y callada. Yo también tengo pena, y vergüenza. No sé cómo, no sé cuando se mojó. Me tocó la camisa: está húmeda. Me pongo a llorar. Fuerte. Que sepan que no tengo la culpa, que no me di cuenta. Grito para que sepan que lo siento, que no quería... Pero mi mamá grita también: No puedo más, esto es insoportable, otra vez a lavar la sábana! Yo grito más fuerte. Llega mi abuela y me sienta en su falda. Dejo de gritar pero tengo que seguir llorando hasta que mi mamá se calle. Mi abuelo vuelve del baño y se detiene ante la cama, menea la cabeza y le da un golpecito en el hombro a mi mamá, luego me mira serio pero veo una lucecita de picardía en sus ojos. Dejo de llorar para oír lo que dice mi abuela mientras me viste: Ya eres una niña grande y...Miro la puerta donde está mi hermano, serio, los ojos oscuros, Vamos a tomar el desayuno. Mi madre toma una taza de té sin sentarse: "Estoy atrasada". Le pregunto dónde va aunque ya sé lo que me va a contestar. "A hacer diligencias". Me gustaría ser grande y hacer diligencias, que debe ser algo muy difícil que te hace caminar mucho y luego decir palabras importantes como inspectores, comandancia, vicaría, embajada. Cuando pregunto qué quieren decir esas palabras me hacen callar. Desde hace unos días, sólo yo y mi hermano tenemos pan para el desayuno. Mi hermano le da un trozo a mi abuelo quien primero dice no y luego se lo come lentamente. Yo le doy entonces un trozo pequeño a mi abuela. Ella sonríe. Mi mamá se va. Mi abuelo dice que va a dar una vuelta. Lo dice siempre. ¿Dónde va a dar una vuelta?

Cuando la puerta se cierra, mi abuela suspira y comienza a lavar las tazas del desayuno. Yo le ayudo a llevar la mía aunque tiembla mucho. Cuando se me cayó el otro día tuve mucha rabia y pena, mucho llanto. Por suerte hoy se les olvidó mandarnos a lavar. La abuela va al baño y yo miro otra vez por la ventana. Ahora no llueve. Digo "ahora no llueve", pero mi hermano no está en ninguna parte. Lo llamo, lo busco. No se ve, no está. Voy a la otra pieza, donde está mi cama deshecha con la fea mancha amarillenta en la sábana. Miro detrás de la puerta abierta. Allí está mi hermano, en cuclillas, los ojos cerrados, el puño en la boca, llorando. "Qué te pasa? " pregunto, y la voz me sale temblorosa. "No te das cuenta? " dice con furia, "si no le dan el permiso para irse ahora, lo matarán". Sé que habla de mi papá, sé que soy muy tonta parada ahí frente a mi hermano que llora y sabe por qué llora. Las lágrimas corren por mi cara porque él llora, porque mi papá está en una parte que no sé, porque se irá a un lugar que no sé, Porque soy chica y tonta y suceden cosas que no entiendo pero que duelen.

Dejo a mi hermano y voy otra vez a la ventana. Una mosca vuela y tropieza una y otra vez contra el vidrio. Trato de atraparla pero se escapa.-Mi abuela sale vestida del baño y yo me agacho como si estuviera buscando algo para que no me pregunte qué te pasa ahora llorona. Cuando se dirige al comedor me levanto y voy al baño. Cierro la puerta, acerco el piso al lavatorio y me subo para mirarme al espejo. Esa cara redonda, esos ojos hinchados, ese pelo corto no son lo que yo creía que era mi cara en este momento: algo gris y angosto que se estrecha cada vez más hasta casi desaparecer. Me bajo del piso, abro el grifo oxidado y me echo mucha agua en la cara. Luego me lavo las manos. Pongo jabón cuidadosamente en las palmas y en el dorso hasta quedar con unos guantes blancos de jabón. Me enjuago y sale mucha espuma. Salgo del baño. Mi hermano lee una revista con los ojos fijos en su cinturón. No lee nada. Yo tomo otra revista, me siento en el suelo, muevo los labios como si leyera, no sé leer.

El timbre suena exasperante. Todos corremos a la puerta. Mi mama entra despeinada, los ojos muy estirados, la cara casi contenta.

"Se fue, esta mañana muy temprano lo pusieron con otros en un avión hacia París. Nos darán pasajes a nosotros también, en unos días más". Mi hermano está contento, mi abuela está contenta. Yo pregunto qué es París. Mi mamá me toma en brazos, dice que es una ciudad grande, bonita, donde no nos pasará nada malo. Yo estoy contenta ahí, en los brazos de mi mamá y ya no oigo lo que dice a borbotones. Mi hermano se toma un vaso grande de agua y hace preguntas. Entonces yo entiendo que sí, nos iremos el miércoles y allí encontraremos al papá y tendremos una casa, iremos a un colegio. Llega mi abuelo y todos hablan al mismo tiempo. Mi abuelo deja caer los brazos, se hace pequeñito, se sienta. Mi mamá me deja en el suelo, se acerca a él, pone una mano en su hombro, lo consuela: ya irán a vernos, juntaremos plata para los pasajes, todo saldrá bien, es la única solución. Ahora hay que ir a ver a tal, pedir una maleta al tío, mi mamá se peina, sale junto al abuelo. La abuela suspira. Saca su cartera, cuenta unos billetes, nos invita a hacer las compras. Mi hermano está contento, hoy día sí quiere salir a comprar.

Un señor nos viene a buscar muy temprano, en un auto elegante. Yo voy con un abrigo nuevo que me regalaron y me queda un poco largo. El señor nos lleva hasta el aeropuerto. El viaje es bonito y está lleno de este olor a auto limpio. El señor conversa con mi mamá que parece otra señora, tiesa y compuesta. Mi hermano lleva una chaqueta que también le regalaron y tiene los ojos grande y oscuros otra vez. Los abuelos se quedaron sonriendo y llorando en la casa. Nos bajamos. Llevamos dos maletas. El señor habla en las oficinas del aeropuerto y nos dice que nos quedemos allí, sin movernos, junto a las maletas. Hay militares con metralletas en todas partes. Hay gente que se mueve hacia todos lados. Empiezo a sentir mucho miedo. Mi hermano mete las manos en los bolsillos de la chaqueta como si no le importara. Hay gente que se despide, se abraza, llora. Llega el señor y toma una de las maletas, dice vamos, mi mamá toma la otra, mi hermano trata de ayudarla pero no puede, corremos detrás de ellos, pasamos una puerta de vidrio donde hay una señorita muy amable que me sonríe, salimos al aire que nos revuelve el pelo, ahí está el avión. Es muy bonito. Y grande. Subimos, nos sentamos los tres juntos, mi hermano me da un codazo, me siento feliz. Hay que abrocharse unos cinturones muy extraños. Mi mamá me ayuda riendo. Hace tiempo que mi mamá no reía. El avión no parte nunca. Luego hay un ruido tremendo, nos tapamos los oídos con mi hermano y nos miramos haciendo guiños. Partimos. El estómago se me sube a la boca. Hay una voz tras el ruido que explica cosas que no entiendo,

Viajar es largo, es bonito. A veces se come, a veces se duerme, a veces se juega.

Finalmente mi mamá dice "vamos a llegar a París". Se ha puesto otra vez nerviosa, ya no sonríe, me lleva al baño, de vuelta me pone el abrigo, la chaqueta a mi hermano, se acomoda muy tiesa en su asiento.

Todo es muy grande. Vamos detrás de mi mamá casi corriendo. Las puertas se abren solas. Subimos por una escalera mecánica. Vamos detrás de la gente por una especie de vereda que avanza sola Esperamos mucho rato unos papeles. Luego vamos a buscar las I maletas. Esperamos mucho rato las maletas. La gente habla en una forma muy extraña. Mi mamá toma las maletas, dice "vamos". Caminamos por muchos pasillos con tiendas y gente elegante. Mi mamá se acerca a un señor con uniforme azul y le pregunta por dónde se sale, el señor le contesta en otro idioma, indica con la mano una oficina. Vamos a la oficina. Yo quisiera llorar porque estoy cansada. En la oficina hablan castellano, le explican a mi mamá por dónde se sale. Tenemos que devolvemos. Por suerte nos toca subir otra vez a la calle que camina sola, y ahora no hay nadie más allí. Mi mamá grita "Ahí está el papá". Al final del pasillo hay un viejito muy flaco, mal vestido, "sí, es el papá" dice mi hermano. Yo no lo creo, miro si hay otras personas, pero no, sólo está él, y la calle con nosotros arriba. Se acerca y sí, es él. Pero es otro, es un viejito mi papá.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03