La Universidad Chilena

La Universidad

Desde su fundación hasta la hora presente, la Universidad aparece asociada a la reflexión sobre el rumbo de la sociedad y de la cultura nacionales. Creada en el período de organización de la República, su labor contribuye a erradicar supervivencias coloniales y a definir una identidad.

«El programa de la Universidad es enteramente chileno -declara, en 1842, don Andrés Bello, su organizador y primer Rector, en el Discurso de Inauguración de la Universidad de Chile-, si toma prestadas a la Europa las deducciones de la ciencia es para aplicarlas a Chile. Todas las sendas en que se propone dirigir las investigaciones de sus miembros, el estudio de sus alumnos, convergen a un centro: la patria.»

¿Cuánto de realización tangible y cuánto de aspiración teórica en las condiciones de la dependencia, heredó la educación superior chilena de las lecciones y de la acción del gran maestro? Antes de entregar la palabra al conjunto de universitarios que respondió por escrito, quizá sean útiles algunas observaciones sobre el lugar de la Universidad en el modo de producción cultural del país.

En el sistema educacional de Chile, la Universidad se erige en el instrumento privilegiado y único de la enseñanza superior. Este monopolio no disputado por ningún aparato configura una docencia responsable de la formación de la mayoría de los cuadros profesionales e intelectuales. Se añade la investigación científica que, en un mínimo porcentaje, escapa a sus marcos institucionales. Aún más, una vocación germinal en las intenciones de su fundador e intensificada después de 1938, orientó su intervención hacia zonas apropiadas a la actividad de organismos de gestión cultural, Ministerios o Institutos, y así, en el caso de la Universidad de Chile, se la ve titular una orquesta sinfónica, un ballet, un conjunto de teatro.

La existencia de un campo privado frente al campo ocupado por las universidades estatales, si bien introduce variables ideológicas fáciles de advertir en la revisión histórica, no modifica en sustancia la gravitación de la institución en la vida ciudadana. Lastarria, Barros Arana, Valentín Letelier: los nombres significativos de la historia cultural y política son acogidos en su claustro o surgen de él.

Para confirmar esta primacía, el reconocimiento de nuevos haberes diferentes del fondo humanista y científico se institucionaliza bajo el mismo signo, en 1931 con la Universidad Técnica Federico Santa María, y en 1947 con la creación de la Universidad Técnica del Estado.

Las transformaciones de la estructura social del país y las corrientes del pensamiento internacional, siempre han tenido repercusión en el seno de la Universidad chilena. Sólo la consideración de esta perspectiva permite ingresar a las explicaciones de fondo sobre el complejo problema de las relaciones entre vida universitaria y vida política. En los años veinte, en consonancia con los procesos que agitan a las universidades de Latinoamérica a partir del «Grito de Córdoba», los estudiantes universitarios acentúan su participación en el estudio y solución de los problemas sociales. Tal inquietud se generaliza en todas las comunidades universitarias, en los años sesenta, abriendo paso al más profundo movimiento de renovación: la Reforma de 1967-69.

Cuando asciende al poder el Presidente Salvador Allende, el sistema de educación superior comprende ocho universidades que aspiraban a coordinarse entre sí mediante un Consejo de Rectores. Era en parte la consecuencia de una expansión de matrículas y de una ampliación de sus alcances en el territorio nacional a través de nuevas estructuras regionales. Respecto del contexto de la sociedad y de sus relaciones con el poder, disposiciones legales y prácticas no escritas habían estatuido el principio de autonomía académica, administrativa, financiera y territorial, como una garantía para el desarrollo libre de los valores culturales en el espacio de la Universidad.

El régimen fascista salido del golpe de Estado de 1973, quebró violentamente -junto con el resto de los principios de la vida universitaria- esta tradición, no alterada desde la época de don Andrés Bello.

Es comprensible, entonces, que la meditación sobre la evolución de la Universidad y sobre sus perspectivas cuando llegue la hora de la restauración de la convivencia democrática del país, apasione por igual en el interior del país y en el exilio. De esta preocupación formó parte una de las primeras contribuciones al conocimiento de Chile en Francia después de septiembre de 1973: el volumen "Pour l'Université chilienne", preparado por un equipo de profesores chilenos y editado en 1975, bajo el auspicio solidario del Sindicato Francés de la Enseñanza Superior.

El presente capítulo de la Cultura Chilena comprende las respuestas a un cuestionario enviado por ARAUCARIA, de seis personalidades de la actividad académica chilena que detentaron cargos dirigentes en sus respectivas comunidades en períodos anteriores al golpe de Estado. El historiador Hernán Ramírez Necochea fue entrevistado por separado, en cuanto profesor-fundador de la Cátedra de Historia Social y Económica en el Departamento de Historia de la Universidad de Chile y Decano de la Facultad de Filosofía y Educación que iniciara en esa Universidad el proceso de Reforma.

El capítulo se completa con cuatro testimonios del interior, expresivos de lo que es hoy la vida universitaria bajo el régimen de la Junta militar fascista.

Luis Bocaz


UNIVERSIDAD CHILENA: DEMOCRACIA Y FASCISMO

Entrevista a
Hernán Ramírez Necochea

-Hernán, permítame iniciar este diálogo con una indiscreción: hace pocos meses usted cumplió en el exilio los sesenta anos de edad. De esos sesenta años, más de cuarenta lo muestran vinculado a la historia como oficio y a la lucha social como compromiso personal. Se puede sostener que hay una asociación íntima entre sus concepciones ideológicas y su labor de profesor e investigador. Los temas de sus libros, incorporados a la bibliografía internacional, así lo prueban: Historia del movimiento obrero en Chile; Balmaceda y la contrarrevolución del 91; Historia del imperialismo en Chile; etc.... Quisiera que conversáramos acerca de la institución de la vida cultural chilena que le permitió desarrollar su labor de investigación y de docencia por más de treinta años, es decir, la Universidad.

¿Cómo explicaría usted la actualidad de los asuntos concernientes a la Universidad en un país que, con sobrada razón, tiene tantos oíros motivos de inquietud?

-Mire; es natural que tal cosa suceda si se tiene en cuenta lo que está aconteciendo en el país desde septiembre de 1973 y lo que ocurrió antes de esa fecha. Las diferencias entre uno y otro momento son fundamentales. Antes de 1973, desde mucho antes, se hacía Universidad para servir a la nación; después, se ha venido destruyendo gran parte de lo hecho en más de cien años; y esto, tiene naturalmente que provocar profunda y generalizada zozobra.

-¿No cree usted que la imagen de una Universidad «al servicio de la nación», en un país de estructura social con acusada división de clases, pudiera resultar una simplificación arriesgada?

-Es largo, muy largo de explicar. Pero... veamos. Por una compleja conjunción de factores, desde los años treinta en Chile continuaron desarrollándose -aunque con ritmo más acelerado- fenómenos económico-sociales, políticos y culturales que venían produciéndose desde hacía varias décadas y, en algunos aspectos fundamentales, desde mediados del siglo XIX.

Eran fenómenos múltiples, entrelazados estrechamente, llenos de implicaciones; y, por cierto, también de contradicciones. Destaco algunos: desarrollo capitalista, industrialización, subdesarrollo y dependencia, creciente concentración de poder económico, papel activo del Estado en la vida económica, esfuerzos por vencer el subdesarrollo y emanciparse de la dependencia, ascenso de las capas medias, importancia creciente y gravitación acentuada de la clase obrera, pluralismo político-ideológico, esfuerzos por ampliar la democracia, lucha político-social aguda... Y, bueno, ¿para qué seguir con esta especie de enumeración?, quema.

En una de sus proyecciones, algunos de esos fenómenos generaron fuerte demanda social por la expansión del sistema educativo. Esta demanda tuvo indudable dimensión política ya que en torno a ella se movilizaron -favorable o negativamente- todas las fuerzas político-sociales del país. Gracias a los esfuerzos conjugados de las capas medias y de la clase obrera y de sus partidos representativos, la educación nacional experimentó notable desarrollo; se establecieron, además, algunos mecanismos de asistencia social a estudiantes, la gratuidad virtual de la enseñanza, etc.

-Es decir, ¿usted estima que el ascenso y lucha de determinados sectores sociales tuvo como consecuencia positiva una ampliación de la estructura universitaria en el contexto más general de una «masificación de la educación»?

-Créamelo, la palabra «masificación» no me gusta; suele tener un sentido peyorativo; se la asocia -indebidamente y por elementos retardatarios- con los conceptos «degradación», «pérdida de calidad», «desaparición de las excelencias»... Me parece mejor hablar de democratización de la educación y de la cultura. ¿Esto...? Sí, efectivamente ocurrió o, a lo menos, se avanzó vigorosamente en tal sentido. Se rompieron entonces, de manera progresiva y profunda, los esquemas elitistas, aristocratizantes, limitados y clasistas sostenidos secularmente por los elementos más conservadores; éstos hicieron siempre cuanto estuvo de su parte por restringir el acceso popular a la educación. Recuerde, por ejemplo, que obstruyeron durante veinte años el despacho de la ley de instrucción primaria obligatoria y gratuita.

Hubo, pues, democratización creciente de la educación nacional, sobre todo en los niveles básico y medio.

Ahora -y aquí hay una cuestión que merece ser estudiada con detenimiento- quienes se incorporaban al sistema y lograban recorrerlo totalmente, no tenían otra meta que la Universidad. Por consiguiente, la aspiración y luego la presión por que ésta se abriera más, multiplicara y diversificara sus servicios, alcanzó una intensidad impresionante. Tanto en la Universidad como fuera de ella, esta presión dio origen a forcejeos tensos entre quienes no se arredraban frente a nuevas responsabilidades ni se sentían con autoridad para bloquear un fenómeno que emanaba del fondo mismo de la sociedad, y los que pretendían que la Universidad se mantuviera sorda frente a urgentes requerimientos colectivos.

En estas circunstancias, las ocho universidades -dos estatales y seis privadas- debieron abrirse, lo que originó su rápido crecimiento. Ya hacia 1970, su conjunto constituía un sistema nacional compuesto por una cincuentena de sedes y sub-sedes que prácticamente cubrían al país; concibieron y pusieron en marcha múltiples programas de formación profesional. La función universitaria adquirió, entonces gran complejidad e indudable riqueza. Pero se plantearon muchos problemas; estructuras creadas en el siglo diecinueve, retocadas y aun ampliadas, se fueron tornando cada día más estrechas, inadecuadas e insuficientes; hubo desajustes de todo tipo que no podían ser corregidos sino mediante cambios muy profundos. Y aquí encontramos una de las raíces de la reforma iniciada en 1967.

-Al hablar de este proceso, llamémoslo de ampliación de la oferta universitaria, usted parece tocar sólo los aspectos de docencia -en su vertiente de formación profesional-; sin embargo, parece útil recordar que la Universidad, desde temprano, tuvo otras responsabilidades.

-En realidad... Ya al fundarse la Universidad de Chile en 1842, se le asignaron otras funciones que las mencionadas. El discurso inaugural de Andrés Bello es muy elocuente a este respecto... No sólo formación de profesionales, sino también saber superior, cultivo de las ciencias, de las artes y de las letras. Entre paréntesis, pienso que ese discurso de Bello, pronunciado hace más de ciento treinta años, conserva vigencia en muchos de sus aspectos y compendia una alta concepción sobre lo que debía ser nuestra Universidad, sirviendo al país conforme «a un programa enteramente chileno».

Bueno... Durante años, la Universidad fue también centro que fomentaba la investigación científica. El interés en este dominio fue limitado; no se tradujo en creación de órganos ni en el desarrollo de programas apropiados para realizarla; por otra parte, se circunscribió casi exclusivamente a un área muy restringida de las que aquí se designan como «ciencias del hombre». ¿Reflejo esto de limitaciones nacionales provocadas por el subdesarrollo y la dependencia...?

Sin embargo, a partir de 1950 poco más o menos, se abren compuertas a la investigación prácticamente en todas las disciplinas.... proliferan núcleos de investigación en todas partes; a ellos se integran cuadros formados en nuestras universidades que se especializaron y perfeccionaron en el exterior. Papel muy decisivo en este proceso lo desempeñó el Decano y luego Rector Juan Gómez Millas. Hubo, ciertamente, que vencer muy tenaz oposición e incomprensiones increíbles..., ¿manifestaciones de mentalidades colonizadas?

A la investigación se destinaron recursos, los máximos de que se podía disponer. Nunca se pensó en «autofinanciamiento» ni en investigación por encargo cuyos productos debían ser vendidos... Nada de eso. Se hacía ciencia, se cultivaba la ciencia, porque en un país dependiente como el nuestro, era imprescindible hacerlo. La Universidad llenó así un vacío evidente; hacia 1970, alrededor del 80 por 100 de la investigación que se realizaba en Chile era actividad universitaria.

La investigación se radicó en institutos o centros que constituían una especie de sistema paralelo al constituido por las escuelas profesionales; ambos estaban prácticamente separados o se tocaban sólo circunstancialmente. Esta situación era a todas luces inconveniente, provocaba injustificadas segregaciones y múltiples otros problemas, sin solución dentro de las estructuras establecidas. Y aquí radicó un elemento demostrativo de la esclerosis de esas estructuras y, por tanto, de la necesidad de su reforma.

-Pero, cuando se analiza la noción de extensión universitaria -paralela a la docencia e investigación- que llevó a la Universidad a la tuición de una orquesta sinfónica, un ballet, un canal de televisión, etc., ¿no sería legítimo suscribir el juicio de quienes ven en esa absorción una labor ajena a la Universidad?

-¿Por qué? En la Universidad, es cierto, particularmente en la de Chile, se radicaron algunos organismos culturales creados en algunos casos por el Gobierno, pero que no tenían ubicación adecuada en el aparato político-administrativo, al carecer el Estado de Ministerio de Cultura o mecanismos legales similares. En la Universidad, esos organismos eran asimilados a los que ésta ya tenía: la Orquesta Sinfónica de la Facultad de Ciencia y Artes Musicales, los Museos de Bellas Artes, de Arte Contemporáneo o de Arte Popular, a la Facultad de Bellas Artes. Y así sucesivamente... El conjunto de esta acción tenía coherencia. Todo respondía al propósito de hacer de esos diversos órganos, centros de cultura superior que debían proyectarse enriqueciendo la cultura nacional en todos sus aspectos y satisfaciendo los intereses culturales variados de los chilenos. La Universidad adquirió un aspecto multifacético, sin duda, como multifacética es la cultura. Es evidente, también que los diversos órganos universitarios y sus funciones no estaban bien articulados. Era necesario, entonces encontrar una buena vertebración para que dentro de la multiplicidad de sus funciones y órganos, la Universidad mantuviera unidad. Aquí tiene usted otro antecedente de la reforma.

-Así, configurada a grandes rasgos, la estructura de este aparato ideológico, al dirigir la mirada hacia el contexto social se tiene la impresión de que en sus relaciones con el poder político, hasta 1973, hubiera gozado de un respeto poco común en América Latina.

-En general, hubo una actitud de respeto frente a lo que las universidades hacían en ejercicio de sus atribuciones y de su autonomía. Y aquí toco un punto de singular importancia: el Estado reconoció a la Universidad el fuero de su autonomía. Gozaban de plena independencia para diseñar su actividad, determinar los campos sobre los que ésta se ejercía y las orientaciones a que debía responder. Gozaban de libertad para manejar los recursos que se le asignaban. Tenían libertad para elegir sus autoridades y designar a su persona. Es cierto que la autonomía tenía una limitación: la Universidad dependía económicamente del Estado; pero, la Universidad jamás se dejó avasallar por el Estado a causa de esa dependencia; al contrario, luchó por que ésta desapareciera y ello se logró plenamente con la reforma.

Por otra parte, para nadie resultó extraño que las universidades llegaran a tener las características que tuvieron; y ello se debió, en gran medida, a que desde sus orígenes el Estado atribuyó a la Universidad funciones que sobrepasaban las que debían tener conforme a un concepto restringido de Universidad.

-Esta autonomía de que gozaba la institución universitaria se inscribía en un contexto en el que las condiciones de dependencia del país facilitaban la operación de variables externas. Usted ha trazado la historia del imperialismo en Chile en una de sus obras ¿cuál fue la profundidad de esta intromisión en la Universidad?

-Desde fines del siglo XIX, Chile fue hondamente penetrado por el imperialismo, especialmente por el norteamericano. Este fenómeno se ha hecho sentir en los campos económico, político y militar, pero también se extendió al de la educación en general y, más particularmente, al de la Universidad. Por esta vía, el imperialismo se proponía producir dependencias culturales e ideológicas que consolidan su hegemonía. En la realización de sus objetivos usó todos los canales posibles: agencias gubernativas de los Estados Unidos, fundaciones, CIA y aun universidades. Así logró conquistar cierto grado de influencia: controló y orientó parte de la investigación científica a través de subsidios o «grants»; hasta la Fuerza Aérea norteamericana dio dinero para que en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile se desarrollaran ciertos proyectos. Esta influencia subordinó parte de la investigación a objetivos extranjeros y, además, representó un esfuerzo para ligar a nuestros investigadores a entidades no chilenas, lo que en alguna medida favoreció el proceso de «fuga de cerebros» tan corriente en países subdesarrollados; contra este proceso, la Reforma pudo tomar algunas medidas muy eficaces que permitieron la recuperación de numerosos científicos que se habían radicado en el extranjero.

A propósito de intervenciones en la investigación, debe recordarse que de las relaciones que se establecieron entre la Universidad de Chicago y la Universidad Católica por intermedio de la Administración de Cooperación Internacional, resultaron los «Chicago boys», es decir, los economistas chilenos, que desde 1973 han tenido a su cargo la política económica antinacional realizada por la Junta. Aparte de las reseñadas, hubo otras modalidades de acción imperialista en nuestras universidades.

Por otro lado, la dependencia general de nuestro país, no sólo favoreció subdesarrollos de orden económico o social, sino también educativos y culturales... Las universidades y la cultura chilenas, no podían exonerarse de la suerte que corría el país. Justamente esta circunstancia hizo que muchos universitarios, la inmensa mayoría de ellos, advirtieran la íntima vinculación entre sus problemas como universitarios y los de la Universidad, con los problemas que tan duramente recaían sobre el país. Los universitarios no quisieron estar encerrados en pretendidas torres de marfil ni quisieron formar una fantasmal república del intelecto. Quisieron ser simplemente lo que eran: ciudadanos sensibles a los problemas de su patria y capaces de luchar -en el terreno universitario y fuera de él- por una solución.

-¿Significaría esto que la Universidad y los universitarios se politizaron? Sería bueno abordar el problema directamente: ¿cómo ve usted la relación entre política y Universidad?

-Vamos por partes... Pienso que la política nunca ha estado ausente del recinto universitario. Hablo de la política en su sentido más genuino y también de la política partidista. Desde luego, nacieron políticamente: fueron una floración de la «polis», de la sociedad, no del «domus», de las cosas domésticas o privadas; fueron creadas por la voluntad política de elementos que eran producto de cambios sociales, a fin de que favorecieran cambios más completos todavía. Esto lo prueba la historia de la Universidad como institución universal y también la historia de la Universidad de Chile. Quien pretenda por medio de mañosos artificios desprender la Universidad de la política, pretende, en el fondo segregar la Universidad de la sociedad y hacer de ésta algo exterior al cuerpo social, que se basta a sí mismo y que funciona conforme a espíritu y motivaciones propias. Tales intentos son simplemente absurdos; descansan en sofismas sostenidos por políticos vergonzantes, pero en lo que ni siquiera ellos mismos creen seriamente. Los que preconizan tal cosa, están preconizando de hecho una política particular, normalmente reaccionaria, revestida hipócritamente con el manto del imposible «apoliticismo».

Ahora, la política partidista estuvo también siempre presente en la Universidad. Y no podía suceder de otro modo; la Universidad jamás estuvo al margen del acontecer nacional; sus aulas eran siempre penetradas por preocupaciones e ideas que anidaban en el espíritu de los distintos sectores sociales. Este hecho contribuyó a configurar una especie de conciencia del compromiso social de la Universidad provista de indudables proyecciones políticas. Tal conciencia, desarrollada en sus formas más completas por los elementos más progresistas de cada época, se oponía a planteamientos ideológicos -preñados de alcances políticos ocultos- sustentados por exponentes de todas las variantes de conservantismo, incluso las más extremas, como el fascismo.

Fue material y psicológicamente imposible que los antagonismos político-sociales que permanentemente sacudían la República, dejaran de reflejarse en los claustros o en el espíritu de maestros y estudiantes. Todas las ideologías traspasaron los muros de esos claustros, enriqueciendo las preocupaciones y los campos de actividad que en ellos había. Si usted revisa la evolución universitaria de nuestro país, podrá constatar que la Universidad estuvo siempre politizada y fue arena en que se libró recia lucha ideológica. Y a medida que el desarrollo democrático se acentuaba, se bregaba por la superación de exclusivismos ideológicos, por la instauración de un verdadero pluralismo, en una palabra, por la verdadera democracia universitaria. No fue fácil llegar a esto. En el siglo pasado, liberales de distintos matices, hicieron de la Universidad de Chile su gran baluarte; tanto, que católicos y conservadores se sintieron compelidos a organizar su propio centro de altos estudios; así nació en 1888 la Pontificia Universidad Católica de Chile, que tuvo reconocida y exclusivista filiación ideológica; más tarde, esos mismos sectores alentaron, por motivos políticos ostensibles, la fundación de la Universidad Católica de Valparaíso, de la Universidad del Norte y de la fallida Universidad de la Frontera. Las elecciones de rectores y de decanos y, con bastante frecuencia la designación de profesores, eran actos esencialmente políticos; en una ocasión, el Presidente F. Errázuriz anuló la elección del rector Diego Barros Arana por razones políticas y por intervención del Partido Conservador. A nivel universitario, funcionaron «capillas»» políticas que lo manejaban todo; entre ellas la masonería -que no era políticamente neutra- desempeñaba papel importante en las universidades estatales y en la de Concepción.

Y en todo esto, hay algo de curioso. Se solía considerar política sólo la acción que pudieran realizar los grupos de izquierda, en especial los comunistas; ellos «politizaban»» por presencia o eran los «politizadores» por esencia de los claustros; la acción de los otros grupos, en cambio, era simplemente... ¡acción universitaria! De aquí derivaban discriminaciones odiosas y sistemáticas. Recuerdo lo que ocurrió en mi Facultad cuando propuse que Neruda fuera designado miembro académico; no faltaron sesudos profesores que objetaron tal proposición fundándose en que Neruda era comunista. Al ser aprobada, uno de ellos pidió que se dejara constancia en el acta, que la elección se hacía al poeta Neruda, pero no al militante comunista...

Como usted lo puede apreciar entiendo que la política esté en la Universidad. No es algo deleznable. Lo es cuando -como sucede ahora con el fascismo- es exclusivista. Lo es, cuando niega el pluralismo. Lo es cuando en su nombre, se pretende hacer de la Universidad una simple asamblea, olvidándose qué es la Universidad y las garantías que ella está obligada a ofrecer a todas las corrientes de pensamiento y acción política. Lo es, finalmente, cuando se presenta encubierta o mimetizada, porque ya esto es señal de torcidas intenciones. Por lo demás, recordemos que desde sus inicios en la Universidad de Chile se estableció la libertad de cátedra, lo que importaba implícito y muy solemne reconocimiento de los académicos a profesar sus ideas y a enseñar en conformidad a ellas. De la misma manera, siempre se reconoció la libertad de expresión política a los estudiantes. Ahora bien, la Reforma tuvo el mérito y el coraje de reconocer un hecho real y de permitir que él se manifestara abiertamente y con participación de todos.

-Esta visión de la universidad como un campo de convivencia y confrontación ideológicas supondría que las formas del poder universitario, los mecanismos de su gobierno interior, reflejaban esta pluralidad o, por lo menos, no la obstaculizaban. El recuerdo de la documentación de análisis durante el proceso de Reforma de la Universidad de Concepción (1967-69) en el que participé como profesor, no permitiría asegurarlo. ¿Se trataría sólo de la situación específica de una universidad privada o esto también reproduciría la situación de las universidades estatales?

-No es fácil contestar su pregunta; en Chile había ocho universidades, regida cada una por sus propios estatutos. Hasta el movimiento de reforma comenzado en 1967 prevalecían situaciones que distaban mucho de ser democráticas. La generación de autoridades -esto es, rectores y decanos- estaba en manos de sectores muy reducidos; en la Universidad de Chile, sólo intervenían en ese proceso los profesores de más alto nivel -«ordinarios, titulares de cátedra»- quienes representaban alrededor del 20 por 100 del personal académico -docentes e investigadores- de esa corporación. Menos democrática era aún la designación de autoridades de las universidades privadas; aquí eran hechas por las instituciones de las que dependían.

Si se mira con cuidado, se verá que la Universidad parecía una estructura feudal. Y esto estaba reñido con elementales normas de funcionamiento racional, era fuente de errores, arbitrariedades y vicios, e impedía el desarrollo de políticas universitarias coherentes.

Tal estado de cosas reclamaba una corrección de fondo, que permitiera a la Universidad funcionar conforme a un esquema completamente distinto, en que las cosas pudieran ventilarse a la luz del día y ante todo el mundo. Y aquí se puede discernir otro antecedente de la Reforma.

- Yo no sé si usted comparte mi impresión de que al hablar de Reforma Universitaria sólo hemos insistido en la participación docente y no hemos hecho referencia al movimiento estudiantil, vigoroso, combativo, que...

-Hubo en verdad, un movimiento estudiantil vigoroso y combativo, como usted dice. Allá por 1912 o 1913 se formó en la Universidad de Chile, la Federación de Estudiantes de Chile; más tarde surgieron organismos similares en las otras universidades; además, en cada escuela o facultad se formaron centros de alumnos que eran filiales de las federaciones.

Significativamente, había lo que pudiera llamarse «unidad sindical» de los estudiantes. Todas estas instituciones tuvieron una importancia enorme dentro y fuera de la Universidad; eran una suerte de vanguardia representativa de lo más avanzado en la Universidad que, a la vez, reflejaba vivamente las aspiraciones, las inquietudes y los conflictos que se manifestaban en el ámbito social. Actuaban en función de intereses corporativos de los estudiantes, en función de la Universidad y también en función del país. Con evidente realismo, el estudiantado nunca pretendió ser una fuerza distinta y separada del resto de las fuerzas sociales que operaban en el escenario político-social de Chile. Los estudiantes se sentían ciudadanos que pasaban por la Universidad; no abjuraban de esa calidad; al contrario, ella prevalecía y orientaba su propia actividad universitaria. Por ello, sus plataformas expresaban el enlace íntimo de lo universitario con lo extra universitario y subrayaban la preponderancia real, objetiva de éste con respecto a aquél. Por ello mismo, no hicieron suya la consigna de la reforma universitaria lanzada desde Córdoba (Argentina), sino que se asimilaron a la lucha político-social para modificar la sociedad y, por ende, la Universidad. En una palabra, el movimiento estudiantil quiso el cambio universitario profundo en función del cambio social profundo; en otros países latino-americanos se concibió el cambio social a partir de la Universidad, lo que implicaba atribuir a ésta una fuerza y una influencia mucho mayor de la que realmente tiene. Lo indicado explica los compromisos de la FECH en 1920 con la Federación Obrera de Chile (FOCH), con la Alianza Liberal, con el movimiento socialista y aun con el anarquismo; en 1930-31, en la lucha contra la dictadura de Ibáñez; en 1936-1938, en el respaldo al Frente Popular, en la lucha anti-fascista, en la solidaridad con la República Española... Y así, hasta 1967... Entonces, el movimiento estudiantil -asociado a los esfuerzos y a las luchas por democratizar el país, se sumó a las presiones extrauniversitarias por democratizar la Universidad, superar sus limitaciones, renovar su espíritu que había envejecido, modificar sus estructuras, etc.- desencadenó el proceso de la reforma universitaria.

-¿Entonces, usted estima que la Reforma 67-69 fue obra principalmente del movimiento estudiantil?

-En gran medida, sí. Los estudiantes de la Universidad Católica de Valparaíso primero, de la Universidad Católica de Chile enseguida y luego los de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, fueron quienes asumieron la responsabilidad de promover el proceso reformista en sus respectivas corporaciones. Pero, muy rápidamente, encontraron eco entre los académicos, pues muchos de éstos tenían plena conciencia de problemas como los que ya hemos tenido ocasión de subrayar. Y...

-¿Y usted qué papel desempeñó? Porque recuerdo muy bien que se le llamó el «Decano de la Reforma».

-Me parece que en asuntos como los que ahora merecen nuestra atención, las actuaciones personales no cuentan mayormente. En realidad, me correspondió desempeñar cierto papel en la reforma de la Universidad de Chile. Creo que en esto, el azar y las circunstancias tuvieron mucho que hacer. Pienso que fundamentalmente fui intérprete, portavoz y ejecutor de la voluntad de mi Facultad, prácticamente de toda ella. En algún sentido, fui punto de convergencia de aspiraciones colectivas y pude actuar en función de ellas. Por otro lado, pienso que mi militancia política -que de ningún modo menoscababa mi condición de universitario, sino más bien la enriquecía- y aun mi calidad de profesor de Historia, me permitieron ser sensible a los procesos que tenían lugar en el país y comprender el lugar que en ellos correspondía a la Universidad. En una palabra, mantuve mi calidad de ciudadano y de universitario en plenitud. Así, en la Universidad traté de ser portavoz abierto -no encubierto- de fuerzas sociales que actuaban en el medio nacional preconizando las más hondas transformaciones. Creo que eso sucedió y nada más. Excúseme, entonces, que no me extienda más sobre este asunto.

Hay, sí, un punto al que quisiera dedicar dos palabras siquiera: la Reforma. Esta fue un proceso que respondió a muy hondas y legítimas motivaciones de carácter social y universitario. Convergieron a promoverla muchos factores, algunos de los cuales ya han sido insinuados en nuestra conversación. Sus proyecciones fueron indudablemente positivas: hubo racional reestructuración académica de la Universidad; se precisaron las funciones docentes, de investigación y extensión, y se las articuló orgánicamente; se implantó efectiva democracia en todos los terrenos: generación de autoridades, formas de gobierno, participación de todos los miembros de la comunidad, respeto al pluralismo ideológico, etc. Hubo apertura y sensibilidad más acentuada frente a los problemas nacionales y a las definiciones colectivas; se consolidó plenamente la autonomía, etc.

Es decir, la Reforma fue la expresión universitaria del aliento renovador, progresista y democrático que emanaba de la sociedad y de nuestra época; no olvide que la Reforma chilena es contemporánea con procesos semejantes que se intentaron o que se realizaron en otros países; Francia, República Federal Alemana, Estados Unidos, Italia... Fue, además, un esfuerzo admirable y de alto vuelo por poner la Universidad al día y por abrirle perspectivas que le permitieran proyectarse dinámicamente hacia el futuro. Su importancia está, pues, fuera de discusión y ha sido subrayada por el último rector legítimo de la Universidad de Chile, Edgardo Boeninger. ¿Se cometieron errores? Sí, pero los normales en el desarrollo de procesos de tanta envergadura y tan complejos...

-Bueno, ¿cómo resumiría su juicio acerca de la Universidad anterior a la Reforma?

-Parcialmente su pregunta está contestada con lo que ya llevamos hablado sobre defectos, limitaciones, etc. Pero eso no es la verdad toda. Mirando hacia atrás, me parece que la Universidad llegó a ser en Chile la concreción de luchas, de esperanzas y de esfuerzos que nunca cesaron y cuyos objetivos eran contribuir con eficacia a hacer de Chile una sociedad desenvuelta, avanzada, capaz de empinarse hacia el futuro provista de las más ricas potencialidades. Todo esto es lo que se quiso hacer y lo que en cierta medida se logró hacer. Ciertamente, se estuvo lejos de alcanzar las metas ideales a que todos aspiraban. Tampoco pudieron materializar en plenitud los propósitos contenidos en el pensamiento de universitarios, fueran estudiantes, académicos y algunos rectores como Andrés Bello, el fundador, como Barros Arana, como Valentín Letelier, Juan Gómez Millas, Eugenio González y otros. Es de elemental justicia reconocer que gracias a esfuerzos colectivos permanentes, se llegó a erigir un sistema de educación superior que nos enorgullecía, que figuraba entre lo mejor de América latina, que tenía reconocimiento internacional indudable. Allá. en el último rincón del mundo, floreció una cultura universitaria que, repito, era reconocida fuera de nuestras fronteras y que era valorada positivamente por los buenos frutos que entregaban. ¿Era defectuosa...? Sí. ¿Tenía limitaciones...? También. ¿Presentaba lados sombríos...? Ciertamente. Pero, a pesar de todo, tenía méritos sobresalientes.

Contrariamente a lo que algunos sostienen, estoy absolutamente cierto de que la Reforma representó un esfuerzo plausible por acentuar aspectos positivos, por corregir defectos, superar limitaciones y por hacer prevalecer lo luminoso, lo prometedor, y lo fecundo y lo auténtico sobre los lados que acusaban oscuridad, esclerosis, impotencia y artificio. La Reforma, en verdad, recogió lo mejor de la tradición universitaria, lo dio actualidad y lo realizó. Si hasta puede considerarse que Andrés Bello fue uno de sus precursores.

-Hay algunas cuestiones ya planteadas acerca de las cuales es necesario volver debido a su importancia. ¿Qué sucedió con las universidades después de 1973? ¿Qué ocurre en la actualidad?

-Septiembre de 1973 marca un momento en la historia de nuestro país y, por lo mismo, en la historia de la Universidad nacional. Pero, es un momento que tiene una característica fundamental: su gran signo es el signo menos, el signo negativo de la destrucción inherente al fascismo.

El régimen que se instaura tiene propósitos ostensibles: paralizar una evolución como la que había seguido la sociedad chilena desde sus orígenes y producir una honda regresión histórica y social. Y para ello ha recurrido al uso implacable de la fuerza. Así se explica que desde septiembre de 1973, se hayan empleado en Chile todas las formas de violencia, aun las más extremas, contra la nación. Jamás nuestro pueblo había vivido una pesadilla tan atroz como la que empezó el 11 de septiembre de 1973. Y muy significativamente, entre las víctimas de esa violencia se cuentan varios millares de universitarios. Decenas de ellos -estudiantes, académicos y funcionarios-fueron asesinados... Por razones muy personales, por viejos y gratos vínculos de amistad que a él me ligaban, me siento moralmente obligado a nombrar a Enrique París, quien después de padecer inenarrables torturas, fue asesinado. París es uno de los mártires de nuestro pueblo; su vida fue segada por su adhesión a altos principios, entre otros, a los de la Reforma de la Universidad.

Cerca de un centenar, además, figura en la trágica lista de los presos políticos desaparecidos; entre éstos debo recordar con emoción a Fernando Ortiz Letelier, profesor de Historia, quien fue mi alumno, más tarde mi colaborador y luego mi colega en el Departamento de Historia. Muchos centenares conocieron la prisión, vejámenes y horrendas torturas. Varios miles han debido salir del país o fueron expulsados de él... La cantidad de académicos que están fuera de Chile es de tal magnitud, que todos ellos reunidos podrían hacer funcionar una universidad con más de diez mil estudiantes... Justificando tanto horror, Jaime Guzmán, ha hablado de que éste fue producto de una guerra; «en esta guerra -escribió- el enemigo está dentro del Estado y al lado de uno mismo. Dice incluso tener la común nacionalidad que nos cobija...» Y por cierto, a este «enemigo», chileno a carta cabal, digno, demócratas sin dobleces, había que matarlo, torturarlo, hacerlo salir de su tierra... Esto formaba parte de los planes contenidos en la tenebrosa doctrina fascista de la «seguridad nacional». Refutando esta teoría, el doctor Orozco, quien fuera vice-rector de una de las sedes de la Universidad de Chile hasta principios de 1976, declaró: «... Hoy, sólo ciertos sectores minoritarios son considerados genuinos y fieles patriotas. A ellos se han entregado las principales direcciones universitarias... Para estos grupos, disentir es subversión, asociación velada con el marxismo, complicidad con agresores extranjeros o traición a la Patria.»

-¿Significa lo que usted dice que ha habido ensañamiento con los universitarios y con las universidades?

-Así ha sido, ni más ni menos. En Chile, como en todas partes, el fascismo no sólo tiene connotaciones económico-sociales y políticas; también las tiene culturales e ideológicas. En la Declaración de Principios de la Junta formulada en marzo de 1974, así como también en múltiples declaraciones públicas hechas por los más altos y autorizados personeros del régimen, se ha postulado la necesidad de «cambiar la mentalidad de los chilenos», de crear un «nuevo» espíritu colectivo, de modificar tan profundamente como sea posible las escalas de valores, los ideales, las aspiraciones y las concepciones que, al cabo de un siglo y medio de historia republicana habían logrado prevalecer entre los chilenos.

Fundamentalmente, el régimen ha buscado su perpetuación; para ello imaginó la construcción de una nueva base social que le permitiera sustentarse y proyectarse indefinidamente a través del tiempo; y para esto, a su vez, concibió también la necesidad de crear un nuevo tipo humano dotado de aquellos caracteres que para el fascismo constituyen la esencia misma del hombre. Este tipo humano debía ser neutro, estar desprovisto hasta del menor asomo de conciencia nacional y social, carente de espíritu crítico, fanático, pasivo en materias político-sociales y ser una suerte de tecnócrata ciego, que por encima de todo actúa sin saber, sin conocer el sentido trascendente de su acción. El régimen presidido por la Junta se propuso, en suma, producir la fascistización contra Chile. Afortunadamente, este propósito no ha prosperado; más aún, puede afirmarse que ha fracasado rotundamente.

Ahora bien, dentro de este esquema general de tentativas, de propósitos, de objetivos, el régimen centró su atención en la Universidad. Después de todo, comprendió que ella constituía un punto clave en la vida de la sociedad, un «punto nervioso de la civilidad» como lo señaló «El Mercurio»; y por ello es que la transformó en algo «predilecto», al que se debía dar un «trato especial».

Se exteriorizó esta predilección poniendo en práctica lo que Pablo Rodríguez, el dirigente de Patria y Libertad llamó la «Contra-reforma»; es decir, se hizo absolutamente todo lo contrario de lo que el movimiento de reforma iniciado en 1967 había postulado y realizado; y más que eso, se destruyó gran parte de lo que las universidades hicieron y representaron durante más de un siglo de su historia... He aquí la enorme regresión universitaria producida deliberadamente por la Junta.

-¿Cómo ve usted que se ha expresado concretamente esta regresión en la estructura y actividad universitarias?

-Ya en las horas que siguieron a su instauración, el régimen tomó la decisión de intervenir las universidades, estableciendo sobre ellas el más rígido control. De una plumada se borró tanto el principio como la práctica de la autonomía universitaria que había quedado consagrado, en su más vasta acepción, en la legislación surgida de la reforma y ratificada por el presidente Allende. Inútiles resultaron a este respecto los esfuerzos que procuraron desplegar rectores como Edgardo Boeninger, Fernando Castillo Velasco y otros, quienes trataron -según lo explica Boeninger- de preservar «la autonomía académica y asegurar a todos los universitarios una efectiva libertad de investigación y de cátedra, independiente de sus posiciones ideológicas».

Con la supresión total de la autonomía, se perseguían varias finalidades. Por un lado, evitar la existencia de organismos superiores de cultura que, en razón de su propia naturaleza debían ser núcleos de libertad, centros de espíritu crítico y, por lo mismo, hogares en que el fascismo no podía prosperar. Por otro lado, se trataba de abrir al fascismo un campo de acción que hasta entonces le había estado vedado; y le había estado vedado no por acciones deliberadamente tomadas, sino porque siempre fascismo y universidad, lo mismo que fascismo y democracia o fascismo y cultura, son esencialmente incompatibles. Y con esta apertura forzada de la Universidad, lo que considero verdadera violación física y espiritual, se pretendía dominar mecanismos que pudieran coadyuvar a ese cambio de espíritu o mentalidad de que ya hemos hablado o a la creación de ese tipo humano cuyos rasgos más sobresalientes hemos diseñado.

La liquidación de la autonomía se realizó, como usted sabe, manu militari. Fueron expulsadas de sus funciones virtualmente todas las autoridades unipersonales que habían sido elegidas democráticamente por sus respectivas comunidades; una de esas autoridades, el rector de la Universidad Técnica del Estado, Enrique Kirberg, debió soportar varios años de prisión; también fueron suprimidos todos los órganos de dirección colegiada. Y, en cambio, se estableció una institución nueva: el militar convertido en rector-delegado del Gobierno, en cuyas manos se concentraron todas las atribuciones que la ley reconocía al conjunto total de autoridades unipersonales y colegiadas. Jamás en la historia de Chile se había producido una situación igual.

Raras veces en la vida universitaria internacional habían tenido lugar hechos tan deplorables. Y justamente por ello, porque se destruía sin contemplaciones una universidad democrática y autónoma, es que alarma y estupor se despertaron en el mundo entero y también provocaron reacción en Chile. En este sentido, mire usted, ... tengo aquí a la mano un artículo escrito por el profesor Jorge Millas en enero de 1976; en él Millas explica que está en desarrollo una tendencia a establecer lo que llamó la «universidad vigilada» -... creo que por razones obvias no pudo hablar de «universidad prisionera...»- que se traducía en hechos inquietantes. Escuche... estas son sus palabras:

«Primero, en orientar la política del Estado por la desconfianza hacia la institución universitaria, induciendo a cercarla por un anillo de suspicacias y vigilancia que comprometen seriamente su autonomía en el sentido más severo de este término...» Y agrega: «Y no es buen oxígeno sino aire enrarecido el que se aspira en una casa de estudios en donde algunos quisieran mantener la suspicacia recíproca, estimular la delación, hacer temeroso el juicio en alta voz sobre cosas que por su naturaleza deben ser públicamente discutidas, contribuir en fin, a que no sea ya la actividad política, sino la reflexión la que carezca de fueros.»

-¿Cuáles son en la universidad las manifestaciones de esa vigilancia denunciada por el profesor Millas?

-La vigilancia y sus secuelas -represión, persecución en nombre de la extirpación de la política de la universidad y de la «purificación» del espíritu universitario- han funcionado sin tregua y bajo la presión de elementos como el antiguo dirigente de Patria y Libertad, Pablo Rodríguez; éste ha llegado a sostener que «... en la universidad puede llegar a ser anti-universidad como consecuencia de mantener en ella una libertad que sostenida a todo trance, llega a convertirse en fuero para los elementos destructores de su esencia y de su espíritu.» Por tanto, añade, el «restablecimiento de la universidad de selección obliga, a riesgo de ser ingratos, a depurar -en el sentido de hacer puro- las aulas de toda ingerencia extraña que enturbie su misión». Vea usted las ideas claves contenidas en los párrafos citados: supresión de la libertad, universidad de selección, depuración, ingerencias extrañas...

En nombre de esas ideas y obedeciendo a la manifiesta intención de eliminar toda libertad de pensamiento o de espíritu crítico, se procedió a expulsar a centenares de académicos y a miles de estudiantes... Las cosas se hicieron como si hubieran sido inspirados por aquel lúgubre grito de «muera la inteligencia».

Mucho de lo bueno que tenía la Universidad y que le permitió labrarse un sólido prestigio internacional, fue aventado. Y así, nos encontramos frente a una situación completamente anormal: actualmente hay tantos o más académicos fuera de los recintos universitarios que en ellos, y ahí están muchos padeciendo la agobiante cesantía o trabajando en cualquier cosa para subsistir; no faltan incluso los que han debido transformarse en vendedores de frutas, verduras, ropa y otras cosas...; es un espectáculo desolador... Los académicos que han debido salir del país son incontables; no ha habido fuga de cerebros, sino expulsión masiva de ellos.

La vigilancia, la intención manifiesta de depurar hasta el infinito es causa, como lo explicó el profesor Juan de Dios Vial Correa a la revista «Qué Pasa», en febrero de 1976, «de una explicable inquietud. Su formulación es tan vaga que ella arroja una sombra de sospecha prácticamente sobre todo el mundo y, en particular, sobre quienes tienen la desgracia de cultivar las ciencias sociales. Se induce así una banalización del trabajo intelectual el que evitará por instinto los temas importantes y se refugiará en la seguridad de lo banal». ¿Se da usted cuenta de todo lo que esto representa como tragedia y frustración personal y, a la vez, como una forma concreta de destrucción de la nación...? Con razón, el ya mencionado doctor Orozco decía que si se continuaba por ese camino, llegaría el momento de preguntarse: «Universidad, ¿dónde estás?»

-Para definir la etapa que atraviesa la cultura del país, algunos círculos del interior hablan del «apagón cultural». ¿Se justificaría en relación con las universidades ?

-La relación es manifiesta. Desde luego es constatable un empobrecimiento extraordinario, una anemia creciente en la investigación científica. Se le impuso el criterio del «auto-financiamiento», lo que ha tenido efectos extremadamente nocivos. Por una parte, ha significado la virtual paralización de gran parte de la investigación, de aquélla «no rentable» por no tener valor práctico inmediato. Y faltos de mercados donde vender su mercancía, los centros de producción se ahogan... Perdone que hable así, pero es el lenguaje que se ha impuesto a las universidades -y no sólo a ellas, como consecuencia de la regla de oro que rige en Chile: la economía social de mercado. Lo que no se vende ni es competitivo, no debe producirse. ¿Para qué entonces estudios de lingüística, historia, psicología, sociología o de otras disciplinas, si sus costos de producción son altos y no pueden competir con los que vienen del exterior? Y así como han debido cerrarse o reducirse fábricas, se han cerrado o jibarizado centros de investigación, laboratorios, se han depurado bibliotecas, como la de la Sede Valparaíso, de la Universidad de Chile, donde se dispuso, con todas las formalidades administrativas, la incineración de un centenar de obras...

Con la docencia sucede algo parecido. Hace un momento citábamos » palabras del profesor Vial: banalización del trabajo universitario. Y esta banalización, que es forma de defensa, está ligada al régimen de terror implantado, a la delación fomentada e institucionalizada.

Pero, por otra parte, se han impuesto también criterios clasistas. La universidad democrática y abierta que hubo hasta 1973, ha sido objeto de arteros ataques. Oiga usted a Pablo Rodríguez: «... Las universidades respondieron al postulado marxista de masificar la enseñanza superior, extendiendo la formación universitaria en desmedro de su profundidad y verdadera naturaleza y. por cierto, de nuestro empobrecido presupuesto fiscal.» Y como alternativa a esa universidad democrática, Rodríguez señala la UNIVERSIDAD DE SELECCIÓN, así. con mayúscula.

El establecimiento de la universidad selectiva se ha hecho conforme a un espíritu rigurosamente clasista y mediante mecanismos fáciles de reconocer. Se redujeron drásticamente los presupuestos universitarios, lo que obligó a despedir a numeroso personal, a cerrar departamentos y escuelas y a eliminar programas de formación profesional. Sospechosamente -pero dentro de la estricta lógica fascista- las áreas más afectadas con estas mutilaciones han sido las dedicadas a las ciencias sociales; ellas, según lo explicó la revista «Ercilla» en marzo de 1976, eran visualizadas como «lugar en que la discusión académica sería más peligrosa. Y esta tendencia anti-humanista... conduce a formar técnicos, pero no universitarios capaces de entender en qué sociedad se situará su desempeño profesional y. por tanto, posibilitados para contribuir a construirlo». Luego, con la implantación del autofinanciamiento, se hizo que la Universidad vendiera sus servicios, fuera pagada; y esto implicó la fijación de elevados derechos de matrícula; anualmente, éstos equivalen poco más o menos a dos meses de sueldo de un empleado medio. Resultado: la Universidad selecciona; cierra sus puertas a quienes no pueden pagar aranceles, aunque sean intelectualmente capaces; en cambio, las deja abiertas sólo a los adinerados. Se cumple así el ideal de la Junta.

-¿ Vería usted en esta política una negación del proceso de democratización educacional a que usted se refirió al iniciar esta entrevista? Si es así, ¿cuáles de esos sectores que desde comienzos de siglo presionaron por ampliar la educación resultan más afectados?

-Tal política golpea a todo el pueblo de Chile, frustra las legítimas expectativas de los hijos de trabajadores de toda condición. Sin embargo, hay un hecho: tradicionalmente los jóvenes provenientes de las capas medias han aportado el mayor contingente estudiantil a las universidades; ahora, los centros de estudios superiores aparecen vedados para ellos; y no sólo por el alto monto de su matrículas, sino también porque se han desmantelado prácticamente los servicios de bienestar estudiantil, incluido el sistema de becas; un ejemplo de lo que digo es la eliminación de las residencias estudiantiles que había en Macúl; sus edificios han sido transformados en oficinas y salas de clase. El golpe asestado a las capas medias es, entonces, fuerte. La verdad es que fueron víctimas de un engaño atroz; se las manipuló ideológicamente y se las indujo a colaborar en la desestabilización y el derrocamiento del Gobierno dirigido por el presidente Allende; pero ahora... vea los resultados. A propósito de esto, Arturo Olavarría relata el siguiente hecho; allá por 1935 o 1936, Gustavo Ross le dijo: «¿La clase media... qué es eso? En Chile no hay sino clase alta y clase baja, lo que usted llama clase media no existe; y los que se consideran de esa clase, que se ubiquen en la clase alta si pueden o entre los de la clase baja y trabajen como los obreros.» Me pregunto si no es el criterio de Gustavo Ross el que está aplicando la Junta.

-Para terminar, quisiera saber cómo ve usted el futuro de nuestras universidades.

-Nuestras universidades, como el país -estoy seguro-, se recuperarán y serán mejores, mucho mejores que ayer...


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03