Noventa años de Gabriela Mistral

NOVENTA AÑOS DE GABRIELA MISTRAL

Radomiro Tomic - Soledad Bianchi

Araucaria de Chile. Nº 6, 1979.

ADIÓS Y PERMANENCIA DE GABRIELA MISTRAL
Radomiro Tomic

Bienaventurados aquellos por quienes lloran los pobres cuando mueren. Estas lágrimas que no nacen del vínculo de la sangre, ni de la memoria de servicios o gratitudes individuales, son la señal de la filiación en que los pueblos se reconocen en sus santos y en sus héroes.

Ninguna vida más plena que la de estos Elegidos para vivir por los demás o para morir por los demás.

Parecen estas palabras excesivas. Y, sin embargo, solamente a la luz del misterio de la Comunión de los Santos adquiere significado el alma torturada de Gabriela Mistral y puede entenderse la asombrosa identificación del pueblo chileno con esta mujer triste y solitaria.

Murió, y durante tres días y tres noches cientos de miles de personas esperaron de pie horas interminables, formando inmensas columnas, para ver el rostro inmóvil por la breve fugacidad de unos segundos. Millares venían de pueblos y ciudades próximos o lejanos. Decenas de millares abandonaron trabajos, obligaciones, deberes de familia, agrados o descanso. ¿Quiénes eran? Hombres, mujeres y niños de toda condición, ¿Qué querían? Verla por última vez.

¿Por qué...?

¿Acaso porque había obtenido el Premio Nobel doce años antes? Pero, ¿cuántos de ellos siquiera lo sabían? ¿Cuántos hubieran podido explicar en qué consiste el Premio Nobel? ¿Y qué agrega este honor a la cara de un muerto?

No, no venían por el Premio Nobel.

¿Acaso porque la muerte despierta oscuros terrores que empujan a buscar en el rostro rígido lo que no puede hallarse en la sonrisa y la luz de la mirada...? ¿Y cómo explicar entonces la marejada humana con que el país la recibió en 1954, primero en los puertos de recalada, más tarde al llegar a Valparaíso, después a lo largo de la vía férrea y, finalmente, en la gigantesca recepción popular en Santiago?

No, no venían por el secreto estremecimiento de la muerte visible.

¿Podría ser tal vez por la solidaridad de clase, de ideas, de partido? Pero ¿quién se hubiese atrevido a reclamar exclusividades sobre Gabriela Mistral sin cometer un ultraje contra el pueblo chileno y contra ella misma?

¿Fue, entonces, porque sus poemas les ayudaban a iluminar sus pobres vidas; porque les daban sosiego en la ansiedad, esperanza en el desconsuelo y refugio ante la ráfaga nocturna en que todo parece frustrado y con sabor a cenizas? ¡Oh, no! La poesía de Gabriela Mistral no fue escrita para eso. Y si es cierto que entre ella jaspea la ternura de sus rondas infantiles y de sus poemas a las madres y maestras, es más cierto aún que la angustia es la más honda raíz de su mensaje, y la muerte el contrapunto de donde sacaba su inspiración fuerte, agreste, primitiva y quemante.

No; la identificación del pueblo chileno con Gabriela Mistral no obedecía a estos signos externos de su cansado paso por el mundo. Su origen es más hondo; más elemental y puro. La inmensa muchedumbre, ese medio millón de personas que la vieron pasar la mañana siguiente al cementerio, la sabían suya de un modo entrañable. No eran los honores, ni sus versos, ni siquiera sus ideas, la raíz de esa transfiguración. Era ella toda; su persona, su vida solitaria, su alma atormentada, su dura lucha, el fuego oscuro en que se consumía, el desdén con que miró pasar los éxitos del mundo cuando, en su hora, llegaron a su puerta. Fue creciendo lentamente en el corazón del pueblo chileno, alzándose y alzando junto a ella al pueblo suyo, como los árboles, milímetro a milímetro, lentamente, poderosamente, signo y cifra del mundo que los rodea.

Murió, y al eco de su muerte todos fuimos testigos atónitos de la unanimidad con que el país se reconocía en ella. ¡Y, sin embargo, no fue el suyo un espíritu neutral ni buscó jamás «torres de marfil»! Estuvo siempre y sin vacilaciones con las ideas de la democracia y la libertad, por ser condición esencial para la dignidad humana; escribía y hablaba por la paz del mundo con dolorosa tensión de espíritu; le dolían los pobres y su mísera heredad de tierra, de escuela y de alegría; la verdad, como ella la veía, le quemaba los labios y tenía que ser dicha, cualquiera que fuese el precio que hubiese que pagar por ello. No fue neutral, sino combatiente; testigo insobornable de su fe y de sus convicciones, en la serenidad o en el martirio.

Pero apenas murió, ya todos los poderes del Estado, todos los estamentos dirigentes de la nación, roda la gama de ideologías y de intereses en que los chilenos se organizan, se dividen y combaten, encontraron súbitamente en ella un centro de reunión.

¿Por qué...?

Porque, más que sus versos, sus honores o el anecdotario de su vida, esta mujer nos dio la muestra sensible de que la Patria es una comunidad humana de la que todos formamos parte orgánica, inevitablemente solidarios de un destino común.

Murió, y, según las agencias cablegráficas, mientras se prolongó su larga enfermedad, más de quinientas consultas diarias se hacían al hospital de Nueva York, en que estaba internada, por su salud. Asombrada la secretaria de! establecimiento, preguntó un día al periodista: «¿Quién es, pues, esta mujer?»

¿Quién era? Una mujer anciana, enferma y pobre, cuyos versos más hondos habían sido escritos treinta años antes y cuyo espíritu tenía en los últimos tiempos el doloroso vuelo de un pájaro ciego. Y, sin embargo, apenas muerta, gobernantes de decenas de países, entre ellos Estados Unidos, la Unión Soviética y la India, y todos los de América Latina; el Secretario General de las Naciones Unidas; el Consejo de la Organización de Estados Americanos; el Senado y el pueblo del Perú; las Universidades argentinas; numerosas escuelas en diversos países hicieron llegar a Chile sus condolencias, le rindieron homenajes oficiales, recordaron en actos oficiales su memoria, y cambiaron los nombres de sus establecimientos escolares para que se llamasen «Gabriela Mistral».

¿Por qué, si no pocos de ellos eran ajenos a sus versos por el idioma; y los más, indiferentes a honores que representan poco en tierra extraña?

Porque el mundo exterior terminó por ver también en ella un símbolo de Chile, una forma transfigurada de su pueblo, ¿Cómo, si no, explicar el carácter universal que alcanzara la muerte de quien, como Gabriela, tuvo siempre poco a lo largo de su vida y ya casi había perdido todo en la hora de su muerte?

Instintivamente el pueblo chileno, sus grupos dirigentes y el mundo exterior vieron en ella lo que ella era: ¡El rostro multitudinario y el alma perdurable de su nación!.


DESCUBRIENDO LA PROSA DE GABRIELA MISTRAL

Soledad Bianchi L.

Durante este último tiempo, aproximadamente desde mediados de 1978, se han editado en Chile varias publicaciones de la prosa de Gabriela Mistral. Salvo Materias, seleccionada y prologada por Alfonso Calderón, publicada por Editorial Universitaria, todas las otras antologías han aparecido bajo el sello Editorial Andrés Bello, organismo estatal que pertenece a la Editorial Jurídica de Chile. Sus títulos son: Cartas de amor de Gabriela Mistral, recogida y prologada por Sergio Fernández Larraín; Prosa religiosa de Gabriela Mistral, escogida por Luis Vargas Saavedra, y dos obras recopiladas por Roque Esteban Scarpa: Gabriela anda por el mundo... y Gabriela piensa en...

«El 'boom' de la Mistral está apenas comenzando», afirma Enrique Lafourcade. (1) Es justo y natural que la obra de Gabriela Mistral se conozca en toda su amplitud y que su desperdigada prosa se haga más accesible, pero no deja de llamar la atención este súbito interés oficialista. Estas dudas surgen porque nadie olvida que una de las primeras acciones de la Junta fue borrar el nombre y la función del «Edificio de la Cultura 'Gabriela Mistral'» El régimen militar, tan poco partidario de metáforas, realizaba con este acto un símbolo de la destrucción de la cultura chilena.

Detenida con el golpe de Estado su producción de doce millones de volúmenes, meses después recomienza la actividad de la «Editora Nacional Quimantú» con el nuevo nombre de «Gabriela Mistral» Su orientación responde, entonces, a la política económica de las autoridades militares: se publican escasos títulos de reducidos tirajes. Al poco tiempo, el establecimiento se remata al mejor postor -privado, por supuesto..., que se dedica a la fabricación de material de escritorio...

Hace unos años, la publicación de las Obras completas de Vicente Huidobro por Editorial Andrés Bello se utilizó como pretexto para oponer el nombre de este gran poeta chileno al de Neruda. Lo mismo están tratando de hacer ahora con Gabriela Mistral, porque los fascistas son incapaces de comprender que estos escritores no se oponen. Por el contrario, sus obras se complementan porque muestran desde distintas perspectivas la realidad chilena. Además, la Mistral, Neruda o Huidobro, como todos los grandes artistas nacionales, pertenecen sólo al patrimonio del pueblo chileno que la Junta no representa ni puede representar.

La dificultad para acceder desde la lejanía del exilio a las obras ya mencionadas limita nuestro intento de comprensión solamente a dos de ellas: Cartas de amor de Gabriela Mistral (2) y Materias (3), que por su diferencia son, probablemente, buenos puntos de referencia para comenzar a acercarse a la variada prosa mistraliana.

Distintos objetivos se proponen los antologadores que seleccionan, a su vez, materiales diferentes con actitudes diversas. Sergio Fernández Larraín saca a la luz algunos escritos personales de la poetisa en un intento de mostrar parte de su vida. Alfonso Calderón, por su parte, realiza un trabajo de investigación y búsqueda en múltiples publicaciones -desgraciadamente rara vez mencionadas- para reunir algunas crónicas entre los cientos de artículos que Gabriela quiso dar a conocer y publicar.

El larguísimo prólogo de Sergio Fernández Larraín ocupa casi tantas páginas como las cartas de Gabriela Mistral y no agrega nada al conocimiento de la poetisa porque se limita a glosar o unir trozos de poemas en un intento absurdo de ilustrar la vida de la Mistral con su poesía. Esta introducción se reduce a repetir largos párrafos de diferentes críticos de Gabriela Mistral (casi nunca los mejores) y -lo que es peor- a prosificar sus versos y a reescribir o copiar fragmentos de las cartas que el lector va a encontrar pocas páginas más adelante.

Este prefacio, más que dar a conocer a la Mistral, sirve para conocer al prologuista: su preocupación por rescatar (¿inventar?) los «rancios» orígenes sociales de los hombres que Gabriela amó, manifiesta el propio interés de Fernández Larraín por valorar una «aristocracia colonial y criolla». Probablemente si conociera la opinión de la Mistral sobre los conquistadores españoles (4) no hubiera perdido tiempo en descubrir ancestros que a la poetisa no le interesaron nunca.

En una de sus opiniones tan personales, comparando a Neruda y la Mistral, Fernández señala: «De allí que a diferencia de Neruda, que navega en la superficie de las cosas, Gabriela nos la muestra sub specie aeternitatis, inmateriales e intangibles...», ¿estará pensando el prologuista en las frívolas «Alturas de Macchu Picchu» o en la abstracta «Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena»? ¿No recuerda, acaso, que la Mistral tituló una de las secciones de Tala con el incorpóreo nombre de Materias?.

Pero el prologuista no sólo es descuidado en sus opiniones personales, sino que, a veces, olvida que ciertos juicios de Gabriela Mistral se oponen radicalmente al régimen que él defiende, ¿qué podría argumentar ante los censores de la Junta cuando citando un «Recado» mistraliano afirma que «la vida constitucional de Chile... es el mayor de nuestros decoros...»? Estas palabras, señor Fernández, ¿no constituyen un atentado a la «seguridad nacional»?

Si las Cartas de amor se centran, en su mayoría, en la intimidad de la poetisa cuya mirada se dirige a sí misma y a su relación amorosa que expresa para ella y sus amados, en Materias Gabriela Mistral se sitúa frente al mundo, a los diferentes seres y objetos en un intento de comprenderlos y descubrirlos. La poetisa, entonces, expresa para ella y muchos otros su contemplación de un mundo exterior que incorpora e interioriza por el acto de la escritura. Al acercarse a las diferentes «materias», la Mistral realiza, también, un acto de amor, de apropiación: «el poeta lírico es un defensor de las imágenes en fuga...» que «resucitará a otros y a sí mismo, peleando contra su propia muerte a fuerza de memoria empecinada...» (402, 403).

En infatigable epistolario, Gabriela se comunicaba con «amigos, maestros, conocidos o desconocidos. (5) En la recolección de Fernández Larraín se dan a conocer cinco cartas dirigidas a Alfredo Videla Pineda (6) cuando ella tenía dieciséis y diecisiete años, y treinta y ocho, de más de un centenar original, de las enviadas al poeta chileno Manuel Magallanes Moure entre fines de 1914 y 1921.

Estas cartas hacen aflorar la comprensión religiosa que la Mistral tiene de la existencia. La vida, el amor, los seres humanos, ella misma, son limitados y no valen por sí mismos. Avanzan en un intento de perfeccionarse, viven intentando superar limitaciones y culpas.

Para la Mistral, todo hombre nace manchado, incompleto, culpable, inacabado, pero debe acatar esta realidad y asumirla dolorido. Vivir es sufrir y el sufrimiento debe soportarse con entereza.

Gabriela asume una vida difícil: comienza a trabajar a los quince años para ayudar a mantener a su madre. Desde esta época, se concibe como una mujer experimentada, como una anciana. Cansada, se siente derrotada e impotente ante una poderosa mala suerte imposible de vencer. Se mira pobre, fea, ruda, determinada por infinitas faltas, llega a odiarse en una actitud de humildad extrema. Al mismo tiempo, orgullosa, no se niega sus virtudes y, considerándose mejor que los otros hombres, se confiesa sus valores morales y se crea «un vivir cerrado a todo el mundo». Esta desgarradora ambigüedad la agobia y la poetisa la vive con dificultad porque su aislamiento no es comprendido y porque, a veces, se sabe tan miserable como todos los humanos.

Quebrada, quisiera superarse cada día y no puede, desgarrada por sus limitaciones, sufriendo por pugnas interiores, aspiraría a olvidar y matar una parte de ella misma. Este quiebre la obsesiona: querría que su cuerpo no le impidiera avanzar hacia un ideal, que su carne que en todo instante le recuerda la muerte le permitiera liberarse, anhelaría que su espíritu dominara sobre su «ángel malo». Viviendo estas tensiones, Gabriela no puede acceder a la serenidad a la que aspira porque el acercamiento a la tranquilidad no depende de su decisión. Sufre, entonces, pero el sufrimiento es sinónimo de vida... Vive períodos difíciles en los que se unen el intenso dolor y la inmensa dicha: dolida por sentirse injustamente limitada, dichosa por creer, por tener fe.

En 1915, en las primeras cartas que escribe a Magallanes Moure confiesa atravesar momentos de crisis. Desesperada por su desgarramiento, cree que «la perfección no puede ser sino la serenidad» (104).

Pero este amor que ella entrega no le trae sosiego porque sabe que no la amarán. (Su lealtad, sin embargo, la obliga a prevenir de sus limitaciones: «...¿Tú me querrás fea? ¿Tú me querrás antipática? ¿Tú me querrás como soy?», le pregunta a Magallanes Moure.) Y a pesar que sufre, se complace porque amar embellece, porque el amor hace olvidar el mal, porque el amor endulza la amargura y seca las lágrimas. Pero no quiere poseer al amado, renuncia una y otra vez al deseo de posesión y rechaza el amor físico perecedero para adherir a un «concepto de amor que nada pide; que saca sustento de sí mismo, aunque sea devorándose» (110). (7)

El tiempo pasa, el sufrimiento disminuye y la serenidad llega o está más cerca, pero surgen los malentendidos con Magallanes Moure y después de romperse la relación amorosa comienza a surgir una amistad expresada en las cartas por la incorporación cada vez mayor del exterior. Gabriela Mistral habla, ahora, de sus colaboraciones y actividad literaria, de sus amistades, de sus luchas por ascender profesionalmente y opina, generalmente con rigor, sobre los sucesos y personalidades culturales y políticas. (8)

Después del fracaso amoroso se siente débil, pero tranquila y su lucha por arrancar de su persona el ansia de propiedad se resuelve dramáticamente en un sentimiento de vacío y de carencia radical: «...Soy la mujer -reconoce en 1921, cerca de sus treinta y dos años- en que el sentimiento de la posesión, así de los objetos como de las vidas, no existe. Es una de las cosas que me ha dado esta desolación espiritual. Nunca, nunca sentir mío nada, ni siquiera una planta...» (165).

El amor con Magallanes Moure no pudo ser, pero Gabriela lo rescató y conservó en sus cartas. La Mistral que se confiesa incapaz de poseer, no puede apoderarse de los seres o las cosas porque el hombre es incapaz de acceder a lo perdurable, el ser humano sólo puede conocer lo efímero: «¿Qué otra cosa es el mundo -dice en Materias- sino eso: un torrente ininterrumpido de gestos, hechos y formas huyentes? Todo escapa, pero dejando su imagen, cogida o desperdiciada por nosotros...» (401). La Mistral, entonces, toma las imágenes, las sombras, las representaciones de los seres y las cosas y las conserva, las escribe, las recuerda (9), y en Materias hace aparecer y vivir un mundo, una naturaleza, un paisaje, objetos u oficios que hoy nos parecen lejanos y casi idos en la distancia de cuatro décadas o medio siglo que nos separan. En cambio, su opiniones sobre situaciones sociales o políticas resultan pertinentes, justas y demás todavía hoy.

«Personas son siempre para mí los países» (10), decía Gabriela Mistral, y así lo demuestra porque se siente cercana y casi identificada con la naturaleza que la asalta con sus diferencias en distintos «lugares» de Europa o América Latina.

Cada espacio lo vive en su geografía y en los seres que lo habitan o visitaron. Aprehendiendo las tierras y los hombres con todos los sentidos, como los cronistas de Indias cuando describían el Nuevo Mundo, Gabriela los transmite y los muestra al lector comparándolos con las tierras que ambos conocen mejor. Todo lo nombra con pulcra precisión, con colorido y sentimiento: «...el suceso más grande de las cosas, después de existir, es ése de ser llamadas precisamente...» (58).

Las ciudades se sienten más humanas, más naturales y no como simples fotos o postales ausentes de vida porque Gabriela las mira, las ve, las vive y se incorpora al paisaje. Los lugares y las cosas se personifican, existen para la poetisa que oye que las barcas de Nápoles la llaman o que se pasea y conversa con Santa Teresa por la meseta castellana.

La Mistral se traslada de un país a otro, pero donde vive verdaderamente lo que ve es en América Latina. «Mi isla pequeña», dice tiernamente de Puerto Rico porque lo siente propio, porque se identifica más con su paisaje y con sus hombres. Gabriela recuerda para evitar el olvido y escribe para recordar porque no quiere deformar su memoria «con el recuerdo recreador que es el mío, el cual rehace los objetos por pura ansia de resurrección y así los desfigura...» (76).

Sin perder jamás su capacidad de asombro, Gabriela Mistral quiere hacer participar al lector de su emoción, de la singularidad de lo que encuentra, de la abundancia o la escasez, de la exuberancia vegetal o la pobreza humana. Con brevedad buscada, pero queriendo expresarlo todo, clasifica en una manera didáctica de transmitir lo que conoce: enumera, así, lo que más le gusta en Puerto Rico, los árboles que prefiere o los diversos indios que habitan una región. La razón de estas ordenaciones podría encontrarse en esas curiosas explicaciones de la Mistral sobre la peculiaridad femenina: «...Las mujeres no sabemos explicar nada en bloque y sólo conocemos una habilidad de encajeras, es decir, detallista...» (279).

A pesar de reconocerse como «una mujer de australidad fría, lenta y opaca», de los artículos de Gabriela Mistral surge una rica prosa con sus particularidades de estilo y de lenguaje: los plurales afectivos («sus Cides y sus Loyolas»), la ausencia de artículo antes del sustantivo («cuando los puso debajo de almohada»), el pronombre personal que aparece cerca del posesivo («me tengo caminada mi Francia agraria»), los vocablos arcaicos de «una campesina de origen, campesina de costumbres y campesina voluntaria o deliberada» que en «La lengua de Martí» da a conocer algunos de los principios que admira en el escritor cubano y respeta o considera válidos en un escritor latinoamericano. Muchas de estas normas -como señala Alfonso Calderón- pueden ser aplicadas a ella misma, que se declara discípula de Martí, «el maestro americano más ostensible de mi obra» (296).

Los juicios de la Mistral sobre el vocabulario y la creación de neologismos de Martí se adaptan, también, a ella porque ambos conservaron «a España la verdadera lealtad que le debemos, la de la lengua» (280). Siempre dispuesta a enriquecer el idioma, la chilena no se opone a incorporar términos ajenos más expresivos «en un préstamo de lengua latina a lengua latina» (11), rechaza, en cambio, el vocablo extranjero si en español resulta más sabroso: «...el apelativo galo bonito, pero advenedizo, de 'flamboyant', que habría que abandonar, amigos míos, porque la planta, tanto como los hombres y las bestias, quiere ser mentada en lengua propia» (83).

Las descripciones de lugares intentan mostrar rasgos definitorios y penetrar en lo más profundo en paisajes, costumbres, habitantes o profesiones, «oficios» que cada vez se transforman en un homenaje a las diferentes actividades manuales y sus realizadores.

Pero Gabriela Mistral no sólo habla de espacios geográficos, sino que, también, describe amorosamente los vegetales, los elementos naturales, los animales y ciertos objetos como una «cuenta-mundo» que demuestra que no existe separación entre temas poéticos y temas triviales, como lo demostraría el «cotidianismo» (12) de parte de su poesía y como sería definitivamente confirmado, con posterioridad, por las Odas elementales de Neruda.

Los objetos toman vida, son vistos en su valor metafórico, son alabados en sus cualidades, son aprehendidos visualmente como un conjunto pictórico o vuelven a ser inventados porque «...La realidad del árbol o la criatura bien está cómo y dónde se está y no necesita de socio o de compadre para mejorarse o componerse. Lo nuestro, lo del pintor o el poeta, sea, lo más cabalmente posible invención gaya y denuedo puro» (309).

Como desterrada que fue durante gran parte de su vida, desde la distancia Gabriela ve con mayor profundidad ciertos problemas, ya que «el que mucho se aproxima a un objeto deja de verlo». La Mistral, entonces, percibe y alerta sobre el peligro de perder la tierra propia, enajenada por «los intereses de los capitalistas criollos y de los capitalistas extranjeros». En Conversando sobre la tierra, escrito en San Juan de Puerto de Rico en 1931, explica esta dramática situación con palabras que, perfectamente y con toda precisión, pueden ser aplicadas hoy, en 1979, cuando las burguesías nacionales latinoamericanas ceden interesadamente los países a las multinacionales. La defensa de la lengua natal y de la tierra propia son, para Gabriela Mistral, la base de nuestra identidad y los pilares de una sociedad independiente. La poetisa observa inquieta un peligro enorme: «... el buen orden del extraño puede dar el desorden y la muerte nuestra, y es que es la cosa más natural del mundo que el extraño le importe menos que al semejante el que nos enloquezcamos» (160).

Importante autobiografía que ilumina retrospectivamente «esta familia de imágenes» muestran algunos textos finales de Gabriela Mistral, «la distraída, la de oficio de silencio». «Cuatro sorbos de agua», por ejemplo, dice en prosa lo que Tala había versificado.

Y esta mujer, que hablándole al cántaro de greda confiesa que le deja al rocío porque «como yo puedes tener la apariencia de la plenitud y estar vaciado», continúa guiando a sus lectores y enseñándoles, ahora, de «personas», escritores, artistas o políticos con los que se identifica o diferencia en personalidad y quehacer y da opiniones sobre literatura y distintos problemas contemporáneos. Surgen, así, las opciones poéticas, literarias, políticas y humanas de Gabriela Mistral.

En Rainier María Rilke, «poeta del niño y de la mujer»; en Selma Lagerloff, que usa «la naturalidad de contar que le apellidan 'campesina'», o en la pintora argentina Norah Borges, que como mujer sin hijos «se los buscó hasta encontrárselos; mejor aún: se los llamó con el lápiz», parece sentirse comprendida y hasta identificada.

De acuerdo a sus lecturas confiesa deudas y preferencias literarias; rechaza el intelectualismo de sor Juana Inés de la Cruz, quedándose con su período de sacrificio; critica el romanticismo que «abusó del trueno y del rayo» y se pronuncia contra el regionalismo estrecho en la literatura latinoamericana (13); generosa, confía en los nuevos escritores y trata de interesarlos mostrándoles derroteros desconocidos como el folklore americano, «tesoro que ha desdeñado neciamente nuestra generación», y señalándoles autores que como el español Pedro Salinas testimonian que una «sensibilidad nueva significa mirada inédita...» (236).

De José Martí, además de confesarse su heredera literaria, elogia su consecuente actitud militante por obtener para su pueblo «libertad primero, cultura y bienestar en seguida». El presidente Balmaceda y el general Sandino son las figuras en las que Gabriela Mistral centra sus elogios y en sus homenajes se manifiesta como una ferviente partidaria de la libertad y de la independencia americana. Si el chileno, «excepción hecha de una porción resentida de su propia clase social..., fue el ídolo de una nación entera», en el campesino «perseguido por los ajenos y los propios», por la «cacería» llamada por «los desgraciados políticos nicaragüenses» ve al hombre «que ha tomado como un garfio la admiración de su raza, excepto uno que otro traidorzuelo o alma seca del Sur...» (270). Advierte que en esta «criatura providencial», «míster Hoover va a conseguir, sin buscarlo, algo que nosotros mismos no habíamos logrado: sentirnos uno de punta a cabo del continente en la muerte de Augusto Sandino» (14), ¿puede haber un mensaje más actual cuando en estos mismos momentos los continuadores de este héroe «rigurosamente racial» siguen luchando contra sus mismos enemigos para lograr la independencia de Nicaragua, para lograr -como decía Gabriela a los puertorriqueños en 1932- «ser dueños de sí mismos, que es la mínima posesión que podemos tener en este mundo»?

Sutiles pinceladas muestran a la Mistral como la pacifista, antiimperialista, antimilitarista, antifascista y antinazi que fue. Mujer libertaria que nunca esquivó la ocasión de declararlo y expresarlo extensamente en artículos que serían censurados en el Chile de hoy. La mujer que se manifestaba por la justicia social: partidaria y propiciadora de la reforma agraria, defensora apasionada de la educación gratuita y obligatoria. Esta mujer que nunca negó sus orígenes y combatió contra la pobreza y las diferencias sociales, la campesina chilena siempre consciente de nuestra «americanidad» que se denominaba «indoespañola» o indoamericana. Nadie, entonces, más lejano en sus principios y creencias a la Junta y su aniquilamiento de la reforma agraria y de todos los logros educacionales y los avances sociales. Nadie más opuesto que Gabriela Mistral a la apropiación de Chile por las multinacionales. Nadie más contraria que Gabriela Mistral a la marginación de Chile del resto del continente americano y su miserable acercamiento a las tristes dictaduras argentina, paraguaya, uruguaya o brasileña.

Hoy, Gabriela Mistral contemplaría con tristeza el fascismo chileno como la mujer «que sigue viviendo en el valle de Elqui de su infancia» y repetiría las palabras que dijo alguna vez y que, desgraciadamente, son tan vigentes otra vez: «No creo en la mano militar para cosa alguna. Ni el escritor ni el artista, ni el sabio ni el estudiante, pueden cumplir su misión de ensanchar las fronteras del espíritu, si sobre ellos pesan las fuerzas armadas de un Estado gendarme que pretende dirigirlos. El trabajador manual y el trabajador intelectual no pueden permanecer indiferentes a la suerte del pueblo chileno y al derecho que éste tiene de expresar sus anhelos. América en su historia no representa sino la lucha pasada y presente de un mundo que busca en la libertad el triunfo del espíritu. Nuestro siglo no puede rebajarse de la libertad a la servidumbre. Se sirve mejor al campesino, al obrero, a la mujer y al estudiante enseñándoles a ser libres, porque se les respeta su dignidad.» (15)


Notas:

1. El Mercurio 11 de diciembre de 197R. cuerpo E. pág 1

2. Sergio Fernández Larraín, Cartas de amor de Gabriela Mistral. Introducción, recopilación, iconografía y notas de Sergio Fernández Larraín. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1978, 243 págs.

3. Gabriela Mistral, Materias. Selección y prólogo de Alfonso Calderón. Santiago, Editorial Universitaria, 1978, 412 págs. (Cormorán-Letras de América.)

4. «...españoles linajudos y soberbios que llamaron a los indios raza inferior, para excusar la explotación perversa que de ellos hacían.» («Don Vasco de Quiroga», en Gabriela Mistral en México. Premio Nobel de Literatura. Biografía y antología por Guillermo Lagos Carmona. México, Secretaría de Educación Pública, 1945 (Biblioteca Enciclopédica Popular, núm. 87), pág. 71.

5. Alfonso Calderón, «Prólogo», op. cit., pág. 9.

6. En las cinco cartas de la Mistral no aparecen nunca los apellidos de «Alfredo». La deducción es de Sergio Fernández Larraín. «Introducción», op di.. página 22

7. «El amor cubre los infortunios más grandes con mantos de aurora y de flores. Bajo su imperio todo es bello. La tristeza es dulce, la queja es arrullo, la flagelación de la traición es caricia. Hasta la indiferencia del ídolo hace amar más.» (Carta a Alfredo Videla, pág. 93.)

Estas son las concepciones del amor y de la vida que aparecen en Desolación. cuya primera edición es de 1922.

8. Gabriela Mistral da cuenta de los trámites burocráticos y los problemas que vive en su carrera docente. Con gran afecto y gratitud se refiere a la ayuda que le otorgó don Pedro Aguirre Cerda,

Entre 1905 y 1921 -años que abarca este libro- se desarrolla casi toda la vida pedagógica de Gabriela Mistral en Chile (en 1925, después de residir algunos años en el extranjero, vuelve a Chile donde se le otorga la jubilación).

Gabriela se refiere, también, a las dificultades que vivió al publicar «Poemas de la Madre»: «...por los comentarios estúpidos de los falsos puros...» (164). Los «Poemas de la Madre» pasaron a integrar, posteriormente, una sección de Desolación.

9. Tal como Gabriela Mistral considera que el ser humano está dividido en cuerpo y alma, en carne y espíritu, también ve una separación y pugna entre dos partes de la obra literaria: «...Observará usted por ahí -dice a Magallanes Moure- las dos cosas que pugnan en mí; el amor a la forma y el amor a la idea. Este me ha vencido y así prefiero mi 'Himno al árbol', que es un sermón rimado, la exposición de mi ideal de perfección, a mi 'Ángel Guardián' y otras cosas finas...» (113).

Sobre la sensibilidad trascendente de Gabriela Mistral, ver «Gabriela Mistral: espiritualismo y canciones de cuna», de Bernardo Subercaseaux, en Literatura Chilena en el Exilio, núm. I (enero, invierno de 1977), págs 5-10.

10. Nota a «Recados», sección de Tala. Gabriela Mistral, Poesías completas. 4ª ed., Madrid, Aguilar, 1968 (Biblioteca Premio Nobel), pág. 808.

11. Nota a «Saudade», sección de Tala. Poesías completas, op. cit., pág, 806.

12. Ver Materias, pág. 404.

Refiriéndose a la Mistral, Neruda señaló: «Esta madre sin hijos parece serio de todos los chilenos; su palabra... ha sido alabando cada una de las sustancias de Chile, desde el arrebatado mar Pacífico hasta las hojas de los últimos árboles australes... Las piedras y los hombres, los panes y las flores, las nieves y la poesía han recibido la alabanza de su voz profundísima. Ella misma es una parte de nuestra ideografía...» (citado por Sergio Fernández Larraín, op cit. página 6)

13. Ver nota a «Dos Himnos». Poesías completas, op. cit., pág. 805.

14. Este artículo de Gabriela Mistral fue escrito en 1931. Augusto Sandino fue asesinado en 1934 por la Guardia Nacional, dirigida por Anastasio Somoza, padre del dictador actual.

15. Citado en Literatura Chilena en el Exilio, 1 (enero, invierno de 1977) página 2.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03