Retrato de Flora Tristán

RETRATO DE FLORA TRISTÁN

Volodia Teitelboim

Araucaria de Chile. Nº 38, Madrid 1987.

Fue la abuela medio peruana de Paúl Gauguin. ¿Sólo por eso Mario Vargas Llosa quiere escribir una novela sobre ella y Alfredo Bryce Echenique recuerda que pertenece a su familia, donde hay virreyes, presidentes, toda clase de aventureros y algunos locos formidables?

No sólo por eso. Gauguin, hastiado de su ambiente, también sintió el llamado de tierras lejanas y civilizaciones primitivas. Abandonó Europa y se marchó a Tahiti, donde su pintura adquirió otro color. Pero un día comentó: «... Mi abuela era una curiosa mujer». La verdad es que en sus Memorias póstumas, Antes y después, aparecidas en 1918, se advierte que su conocimiento de ella no era tan profundo. Pero a ambos los unía un nexo directo de sangre, que seguramente se reflejó en sus caracteres y temperamentos, convirtiéndolos en seres fuera de lo común.

Sin duda ella fue algo más que una excéntrica. En la historia del socialismo utópico del siglo XIX y del feminismo mundial Flora Tristán ocupa, por lo menos, un lugar tan grande y destacado como el de su nieto en la historia de la pintura de su tiempo.

No falta quien la considere una de las precursoras de Marx y de Engels. Ambos dieron al socialismo su carácter científico. Ella murió un poco antes, el 14 de noviembre de 1844, a los 41 años. Su féretro fue conducido al cementerio de Burdeos por los obreros de la ciudad, que juntaron el dinero necesario para adquirir un terreno donde erigirle un monumento. Fue inaugurado sugestivamente el mismo año de la publicación del Manifiesto Comunista, meses después de la insurrección de 1848, y tiene grabada una sencilla inscripción: «A la memoria de la señora Flora Tristán, autora de la Unión Obrera, los trabajadores agradecidos. Libertad, Igualdad, Fraternidad, Solidaridad».

Sí. Fue algo más que una «curiosa mujer». El pintor que abandonó Europa para vivir en la Polinesia, nació en ese mismo año clave 1848. Escuchaba a su madre Alina hablarle del personaje extraño, fabuloso, errabundo, original, que en esa época hacía algo excepcionalísimo: viajaba de un continente a otro, atravesando los mares más fieros del globo, y dedicó su vida a luchar por el socialismo y la causa de la mujer. Tal vez Gauguin llegó por un momento también al Perú magnetizado por los pasos de su fantástica, mítica abuela, una belleza de ojos enormes, mezcla electrizante de Europa y América.

El pintor y la «curiosa mujer» nacieron en Francia. Pero el padre de ella, Mariano de Tristán y Moscoso, vio la luz en el virreinato del Perú. El matrimonio en la época napoleónica cultivaba la amistad con dos venezolanos que abrigaban en su cabeza al parecer proyectos desorbitados. Uno era pedagogo. Se apodaba Simón Robinson, y en verdad respondía al nombre de Simón Rodríguez. Lo acompañaba un discípulo de físico enjuto, cejas altas y ojos ardientes, a la vez que interrogantes, que admiraba a su maestro y le diría mas tarde con el estilo propio del romanticismo en boga: «Usted formó mi corazón para la libertad, para la grandeza, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló». Lo llamaba «el Sócrates de Caracas». Simón Bolívar adoró esos valores. Flora también los haría suyos. Su madre francesa, Teresa Laisney, tuvo amores muy apasionados con el entonces joven viudo de Caracas, quien en un comienzo adoraba a Napoleón como «al héroe de la República, como la brillante estrella de la gloria, el genio de la libertad...» Pero agrega a continuación:

«Se hizo emperador y desde aquel día lo miré como un tirano hipócrita, oprobio de la libertad y obstáculo al progreso de la civilización». Así se lo declara a O'Leary. En 1838 Flora Tristán publicó en Le Voleur, de París, algunas cartas íntimas de Bolívar a su madre. Ambos se conocieron en Bilbao y siguieron frecuentándose en París, cuando Teresa Laisney estaba casada con Mariano Tristán. Vivían en la calle Vaugirard. Era también un asiduo de la casa el científico Bonpland, atraído hasta la obsesión por el continente americano. Allí departía con Bolívar. Este lo apreció tanto que años después, cuando el sabio naturalista estaba preso, amenazó a Francia, «El Supremo», con «marchar hasta el Paraguay, solo para libertar al mejor de los hombres y al más célebre de los viajeros».

El padre murió muy joven y comenzaron las penurias. Flora contrae un matrimonio precoz, que pronto fracasa. Entonces decide viajar a Arequipa y recurrir al hermano menor de su padre, su tío don Pío, quien había sido último virrey del Perú, en la hora en que el imperio español se desplomaba en Sudamérica y al cual Bolívar, en Ayacucho, daría el golpe de gracia.

Hoy resulta muy difícil hacerse una idea de las penalidades de esa travesía. En avión de pasajeros se traslada en menos de un día de París a Lima. La travesía de Flora Tristán duró casi seis meses, y tuvo que cruzar el frío paralizante y los vientos contrarios del «espantoso Cabo de Hornos». La camisa de lana -evoca- y el pantalón de los marineros «se helaron sobre ellos y no podían hacer un movimiento sin magullar su cuerpo por el frotamiento del hielo sobre sus miembros ateridos». Muchas veces pensó que no llegaría a su destino. Como era una escritora nata, todo lo narra en Peregrinaciones de una paria (1833-1834), que aparece en dos tomos, en París en 1838. (1) ¡Qué libro crudo y alucinante sobre Hispanoamérica de entonces! Era tanta su áspera verdad que los pocos ejemplares recibidos en Arequipa, donde su tío, el antiguo Virrey, seguía señoreando, fueron quemados en la plaza pública. Ha transcurrido un siglo y medio desde su publicación y el lector contemporáneo puede leerlo con el mismo interés que se depara, en variados aspectos, a un testimonio fresco muy actual.

Desde su punto de vista tenían muchos motivos para escandalizarse los que hicieron con esos licenciosos volúmenes, llegados de París, un auto de fe. Amor propio herido, sentido de casta, mentalidad colonial. Pero sobre todo lo que se condenaba era su veracidad, su ideología revolucionaria, que supo a pecado capital para la pacata aristocracia peruana de la época. Los espantó tanto o más de lo que hoy los horroriza el comunismo.

Flora Tristán no critica como europea. De entrada se dirige a los que llama «sus compatriotas y amigos, los peruanos», deseándoles todos los progresos y anunciando que «el porvenir es de América». «... Deseo que el trabajo cese de ser considerado como patrimonio del esclavo y de las clases ínfimas de la población, todos harán méritos de él algún día, y la ociosidad lejos de ser un título a la consideración, no será ya mirada como un delito de la escoria de la sociedad».

Palabras de esta transparencia eran un insulto imperdonable para la mentalidad parasitaria y oscura de los gamonales.

A los novelistas de hoy que quieren hacer una novela sobre Flora Tristán tal vez no necesite decírseles que esa novela ya está a medio hacer por Flora Tristán. Basta leer sus Peregrinaciones de un paria. En su narración se disculpa por hablar a menudo de sí misma. «Me pinto con mis dolores, mis pensamientos y mis afectos». Se expresa como mujer en defensa de la mujer. Pero también habla como escritora y recuerda los deberes que la responsabilidad de ese oficio comporta. «Todo escritor deber ser veraz -anota- (...) La utilidad de sus escritos resultará de las verdades que contengan.»

Existe otra causa para la indignada respuesta de los señores feudales: ella se atreve y no vacila en decir las cosas con suma franqueza. «Nombraré a los individuos pertenecientes a diversas clases de la sociedad con quienes las circunstancias me han puesto en contacto. Todos viven aún. Les haré por sus acciones y por sus palabras». Afrontará todos los albures de un autor que dice cuatro frescas al pretencioso que se cree el lucero del alba. Trabajará con la verdad. Escribirá lo que piensa.

Tras esa angustiosa, zarandeada navegación, que no ahorra los vómitos del mareo, anota que, después de 153 días a bordo, al bajar a tierra en Valparaíso, ya no sabía caminar. Al momento de su arribada -registra como observadora atenta- entraron a puerto doce naves extranjeras y la bahía estaba repleta de embarcaciones ancladas. Valparaíso le pareció una ciudad francesa. A su vez era algo inglesa, por la pasión del comercio, aunque en el fondo seguía siendo irremediablemente chilena, no obstante tantos veleros de tres mástiles venidos de todos los océanos.

La obra no elude la intriga amorosa: pero silencia cualquier incendiaria escena erótica, verosímil durante esa prolongadísima navegación, en la cual ella era la única mujer, hermosa por añadidura. Habla sí de un romance verbal, de la inflamadas declaraciones y de las reiteradas ofertas de matrimonio del capitán del barco, que ella rechaza, porque guarda en secreto su vínculo matrimonial no disuelto.

En Perú Flora conocerá la extravagancia telúrica de los terremotos, que esa vez destruye Tacna y Arica. Pero también sentirá el furor de los terremotos políticos, los constantes pronunciamientos de los caudillos con sus máquinas de hacer sufrir y de moler carne humana. No los mirará con ojos de sismólogo o de filántropo caritativo, le repugnan. Cae en la cuenta que su familia peruana, muchas raíces de su árbol genealógico se han visto comprometidas en esas aventuras. En alguna ocasión ella misma tiene que interceder -no sin disgusto- como mediadora, entre impulsivos contendientes.

Más que la descripción de una naturaleza a ratos lujuriosa, a trechos desértica, con especies silvestres de una fauna distinta o de una flora donde ninguna era Flora Tristán, el libro encierra -aparte de diario íntimo-una descarnada colección de retratos de cuño realista, que trasuntan costumbres civiles e inciviles, la mezquindad y bajeza del círculo dominante. Vale por una galería goyesca de perfiles psicológicos de la buena sociedad. Es un espejo en que se refleja de cuerpo y de alma entera la aristocracia peruana de aquel tiempo.

El segundo capítulo de la segunda parte, «La República y los tres presidentes», -un episodio en que se confunden lo trágico y lo grotesco- constituye un análisis espectral de los golpes de mano, de los caciques bárbaros, con o sin uniforme, en América del Sur, movidos por los resortes de la ambición, el interés sórdido y la avidez de mando.

Ella no podía aplaudirlos. Estuvo en total discrepancia con ese ambiente. Repudió su modelo obligatorio de creencias, pensamientos y ritualidades. No estaba hecha para los ejercicios mundanos de ese círculo ocioso. Chocaban con su inteligencia y su sentido de la vida.

No trata de ganar las simpatías de su parentela peruana. Es natural entonces que la obra resultara llena de imágenes ácidas. Vale por un reportaje vivo y temerario. Abundan las descripciones de una precisión meticulosa, como el combate de Cangallo. Nos traslada a situaciones, a tiempos y personajes que coinciden con la primera guerra de Chile contra la Confederación Perú-Boliviana y la batalla de Yungay.

Flora Tristán tenía un ojo descubridor. Su estilo está teñido de causticidad. Los dibujos que traza de las bellas malignas o de una matriarca avasallante, doña Pancha, la maríscala Francisca de Gamarra, son modelos en su género. El último personajón continúa siendo hasta hoy un elemento polémico. La conclusión molesta y desencantada de Flora Tristán es que «en el Perú la clase alta es profundamente corrompida y que su egoísmo la lleva, para satisfacer su afán de lucro, su amor al poder y sus otras pasiones, a las tentativas más antisociales.»

Visionaria de dos mundos

De regreso está decidida a no huir de sí misma. No va a escabullir responsabilidades. Madurada por la experiencia latinoamericana, hace un redescubrimiento de Europa. La vida -a su entender- no debe ser eternamente una fatalidad. Flora se dedica entera a combatir por la causa que llenará todo el resto de su vida, en favor de dos categorías de parias, agobiados por tribulaciones: el trabajador y la mujer.

En momentos en que la lucha de clases crepita al rojo, chisporroteando a lo vivo por toda Francia, cuando los obreros levantan barricadas en París, en Lyon y las represiones se suceden con saña, ella, -cumplida la fase de la contemplación preliminar necesaria- se pone en contacto con las organizaciones socialistas. Las llama a una reestructuración de fuerzas. Convoca a las mujeres a luchar por la igualdad de derechos. Dentro de su predica, precisamente, la primera preocupación la dedica al que un siglo más tarde Simone de Beauvoir -quien no olvida a Flora como una de sus predecesoras- llama el Segundo Sexo. Liga la inferioridad de su condición a la estructura de la sociedad. Lo plantea sin eufemismos: «¿Por qué no se le conceden todos los derechos a la mujer y por qué se les paga a éstas salarios de hambre? La prostitución es una monstruosa consecuencia del estado social imperante y no desaparecerá mientras éste no se modifique...»

La mujer tiene que desechar lo que desune, articulando una voluntad única. Flora amonesta, critica a su famosa y contradictoria contemporánea George Sand, porque reivindica los derechos femeninos usando un seudónimo masculino y a menudo viste traje de hombre. Ella levantará esa bandera sin ocultar su identidad ni su sexo.

Nace la prensa obrera. Surgen canciones, poemas exáltatenos del trabajo. No faltan los mesianistas cristianos que pintan un Jesús proletario. Su cruz la llevan los obreros. En ese momento las escuelas socialistas brotan en campo fértil. Pululan mezclando supervivencias de Babeuf, rasgos saintsimonianos, comunismo ateo o deista, o bien con tendencias insurreccionales, según Blanqui o utópicas, conforme a Cabet.

Mientras Hugo en 1843 demanda «la substitución de las ideas políticas por las ideas socialistas», un antiguo legitimista, Eugenio Sue, populariza en sus folletines de mayor impacto un socialismo miserabilista. George Sand se dice socialista o comunista.

Es una época de grandes ilusiones, que presagian los estallidos de 1848 y las revoluciones del siglo siguiente. Balzac en el año 1844 escribe: «La audacia con la cual el comunismo, esa lógica viviente de la democracia, ataca la sociedad en el orden moral, anuncia que, a partir de hoy, el Sam-son popular, vuelto prudente, socava las columnas sociales en el subsuelo, en lugar de sacudirlas en la sala del festín».

Ya en 1835, en un país donde la xenofobia nunca duerme, Flora Tristán había publicado un folleto alusivo a una situación chocante: Necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras. Esas páginas escritas hace siglo y medio podrían se leídas con provecho hoy día, incluso en la culta Francia, donde el trato a los inmigrantes es una llaga purulenta.

Recurrirá también al arma del folletín. Es la época, como se ha visto, en que ese género alcanzaba fulminante éxito de masas. En dicho terreno Eugenio Sue era el Rey. Mantenía en suspenso al público lector, día tras día, semana tras semana, con Los misterios de París, El judío errante, Martín el niño encontrado, etcétera. Envuelta por el ambiente. Flora publica una novela folletinesca, Mephis, en 1636, texto típico de esos tiempos. No hay para qué consultarlo como un oráculo. Ella rechazaba la teoría del «arte por el arte». Compartía el criterio del rol social de la literatura. Se sentía impulsada a transmitir su mensaje a través de ella. En dichas páginas, no exentas de trucos y efectismos, Mariquita Alvarez resulta una proyección apenas disfrazada de la autora. Y el Caballero de Hazcal trasluce el anagrama del marido repudiado.

El folletín fue una catarata incontenible de papel y letra impresa, la clase de novela Niágara más vendible del siglo XIX, así como los libros de caballería lo fueron en el siglo XVI. Y como Corín Tellado lo es hoy. Flora toma muy en cuenta la necesidad de acceso al público. Ve como se arrebatan igualmente las entregas de Paul Feval y Ponson du Terrail. Sabe que Sue no es Hugo; pero cómo hipnotiza al lector, al menos tanto como el autor de Los Miserables. En un plano superior esta novela cíclica, con las desventuras de Jean Valjean, Cossette, Fantine y Marius, no puede ocultar cierto parentesco con el folletín más arrollador y truculento. Es cierto que el gran guignol domina ese reino de lágrimas y espinas, superpoblado de muchachas engañadas, hijos ilegítimos, galanes byronianos, divorcios imposibles, anticlericalismo, explotación del proletariado, fourierismo.

Flora siente que con ese instrumento novelesco ella también puede clamar justicia. Verdad que el folletín usa el cliché y que es una manufactura de frases hechas, abusadora sin piedad de los estereotipos. Pero ella tratará de imprimirle un tono directo y profetice para decir su protesta en defensa de los oprimidos, proponiendo la toma de conciencia a los pobres y olvidados.

Asombra a París una nueva obra suya, su Petición por la abolición de la pena de muerte. ¿Por qué? ¿Acaso, como Víctor Hugo, no ha sustentado ella siempre esa actitud? La estupefacción se explica por un antecedente personal. Lo que más deja atónito al público es que lo hace después de que en septiembre de 1838, su nunca resignado marido, André Chazal -del cual se ha separado trece años antes- le dispara en la Rué du Bac un balazo a quemarropa, hiriéndola en la espalda. ¿Si conforme a las Sagradas Escrituras «mil años no son más que un día a los ojos del Señor», por qué extrañarse que éste todavía no la hubiese olvidado? Alguien susurra que lo condenarán a la pena capital, lo cual parece un poquitín exagerado. Cuando aún no repuesta de la lesión Flora publica su opúsculo, Le Journal du Peuple comenta con frases admirativas la grandeza de espíritu de la autora que, entre otros propósitos, quiere salvar a su agresor. El gesto sencillamente correspondía a su manera de ser.

La Unión Obrera

En 1839 entrega a las prensas Paseos por Londres. Por su verismo y franqueza sugiere escenas de Charles Dickens. Otros la estiman anticipo de un libro fundamental de Federico Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra.

No dará a las agudas interrogantes de la época las ambiguas respuestas femeninas de la Esfinge. Contestará derechamente. Ella cree que la solución para las desgracias del mundo es el socialismo. Lo explica en su obra La Unión Obrera, publicada en 1843. «El hecho nuevo básico de ese período es el desarrollo del proletariado». Los obreros ocupan en adelante un plano en la escena. Bajo la Restauración (y así se comprende a Saint-Simon) la burguesía no había arreglado todavía sus cuentas con la aristocracia terrateniente. Tenía necesidad de los obreros como fuerza de apoyo y esto se percibió en París en julio de 1830... La insurrección de los canudos lyoneses en 1831 le ha revelado que «los bárbaros» acampaban «en los suburbios de las ciudades manufactureras». La represión es brutal. Pero no es el fin del descontento. Por el contrario, el movimiento de los trabajadores está en sus albores. Se multiplican las sociedades de socorros mutuos, que a menudo toman el carácter de «cámaras de trabajo y de resistencia», al capitalismo. En este instante de encrucijada «Flora Tristán -escribe Jean Bouhat- lanza la idea de una unión obrera que reúna a todos los asalariados de Francia». (2)

No hace ningún secreto su posición «Con la Revolución (francesa) - sostiene- la burguesía ha ocupado el puesto privilegiado de los nobles y ahora oprime al proletariado. Es preciso hacer girar la rueda evolutiva y desalojar a la burguesía de ese puesto de mando. El trabajador ha sido hasta ahora el brazo, en lo sucesivo será la cabeza».

Su retrato físico la muestra hermosa. En su obra percibimos su retrato moral, no menos cautivante, así como la pintura de un carácter recio, empecinado y combativo. Nos ofrece también el cuadro un tanto caótico de los sueños de un siglo que comenzaba a desilusionarse de la Revolución Burguesa. Ella caza ideas flotantes que vuelan por el aire. Esboza en 1843 el pensamiento eje que Marx y Engels colocarán en el centro del Manifiesto Comunista cinco años más tarde. Flora Tristán plantea, y en esto es una voz pionera, con comprensión de fondo, que «la emancipación de los trabajadores será la obra de los propios trabajadores».

Si su -digamos- «curioso» nieto Gauguin decía que su abuela era una «mujer curiosa», a Flora no debe considerársela una adorable lunática ni una fantasiosa magnífica. Fue una descubridora de nuevos caminos, en su campo tan creadora como su nieto pintor que abandonó Europa y se sumergió en una sociedad distante de la suya, buscando otro sentido para su arte y su existencia. Con su cruce de sangres y con la experiencia de su propia vida, Flora alentó el proyecto de mejorar el destino de las mujeres, como parte de un desafío más general. Se sentía ligada a dos continentes, como latinoamericana y europea, como ciudadana y revolucionaria del universo.

Flora Tristán, es sabido, descubrió nuestra Sudamérica tras el fin del imperio español. Con su primera mirada le saltó a los ojos que continuaba funcionando intacto el anacrónico baluarte medieval, nacido de una matriz de atraso y subdesarrollo, identificada con la colonia más allá del término del poder de los Borbones. Repudia los juegos de sociedad, intensamente frívolos. Descubre que conciben su vida como un baile, mientras la servidumbre moría fuera del salón. Los caballeros seguían asaltando el Palacio de Pizarro, a espada o a tiros, disparados por pobres cholos, cuyo genocidio continuaba consumando a través de guerras, pronunciamientos, atropellos, despojos de tierras. Los indios -enrolados en pintorescos o salvajes golpes de mano, que aún prosiguen endémicamente azotando pueblos y naciones de Latinoamérica- no sabían por qué mataban o por qué morían. Palpó las tinieblas con penetrantes pupilas. La noche continuaba reinando con otro nombre, el de República.

Cuando ella llegó a América hacía ya tres años que el Gran Libertador, amor de su madre, había muerto en la hacienda de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta. En su última melancólica proclama del 10 de diciembre de 1830 le aclaraba a los colombianos: «Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro».

Durante los días de su permanencia en el Perú, allí vivía desterrado otro padre de América, el emancipador de Chile, Bernardo 0'Higgins, condenado a morir en el exilio.

Ella se supo perteneciente a esa estirpe de los libertadores destinados al sacrificio. No ignoraba que la harían pagar con sangre el precio que se cobra a los Adelantados.

No hubo bandera progresista que no ondeara al viento la inteligencia a alto voltaje de esta mujer cargada de noble energía positiva. «Los pueblos sólo pueden vivir en paz» afirmó como heredera de un antiguo anhelo y como premonitora de los riesgos para el mundo que traería al siglo siguiente. Bien pronto su personalidad exuberante comprendió que no podía mirar por la ventana lo que ocurría en la calle. Bajó a la vereda peligrosa de la lucha revolucionaria. Tenía que convertir la teoría en práctica, encarnar sus concepciones en conciencia para transformarlas en acto. Ella, que nunca fue una perezosa se entregó a esta tarea con toda el alma, dominada por una pasión casi sobre sobrehumana. Prescindiendo de los horarios de trabajo, diciendo adiós a cualquier vanidad, con modestia, como olvidada de sí misma, desarrolló agotadoras giras a través de Francia. Y escribirá, escribiré sin pausa ni reposo hasta enfermarse. No dejará, sin embargo, caer la bandera. Los revolucionarios siempre deben estar en el camino que conduce al mundo de la justicia. Ni siquiera la muerte la detendrá. «Creí -dice- que estaba cansada de mi misión de apóstol errante. No, no; lo estoy sólo físicamente. Jamás me fatigaré de ella. Siento que amo la humanidad más que nunca.

Murió con el estandarte flameando en sus manos. El movimiento femenino la cuenta entre sus figuras más luminosas y coloridas. No es un personaje exótico. Su imagen perdura como la de un ser inmensamente apasionado, lúcido y valeroso que anunció en la primera mitad del siglo pasado, antes que amaneciera, la emancipación femenina como parte de la liberación de todos los explotados.

Flora Tristán es una heroína de novela. Su novela la escribió con su vida y en parte con su pluma. En la hora del auge del romanticismo literario no quiso ser una romántica solitaria, sino una mujer que trabaja por las mujeres del mundo, por los pobres de la Tierra.

Habrá que concluir que en Flora Tristán no se encarna un personaje de ficción. Debemos aceptar que esta «curiosa mujer» perteneció al linaje respetable y carismático de los soñadores efectivos y necesarios que hacen plausible el futuro.


Notas:

1. Peregrinaciones de un paria, ha sido publicado recientemente (1984) en La Habana por Casa de las Américas.

2. Historia literaria de Francia. El espíritu de 1848. (Les editions sociales. París, pág. 474, 1973).


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03