Un hombre vuelve al mar

UN HOMBRE VUELVE AL MAR

Volodia Teitelboim

Araucaria de Chile. N 30. Madrid 1985.

De repente un telefonazo: murió -nos dicen- el miércoles 20 de marzo, de cáncer. Era el más transparente, el más noble de los escritores chilenos, Luis Enrique Délano.

Esto de la nobleza puede sonar a expresión arcaica, aunque no se refiere a sangre azul ni a títulos de condes o marqueses. Como la bondad, ahora casi no se la nombra. Como la pureza, o sea, la claridad de la actitud, es una extravagancia, anacrónica rareza, casi categorías medievales, como si fueran virtudes teologales. Y cuánta falta hacen en nuestro tiempo! Porque necesitamos en todo y para todo hombres buenos, hombres limpios, hombres puros, decentes, consecuentes, de alta moralidad.

Hemos conocido, como cualquier ser humano que ha realizado un largo trayecto por la Tierra, toda clase de personas. Es una vulgaridad recordar que hay exceso de lenguas afiladas, expelentes de ácido sulfúrico. Decir que existen los intrigantes es inventar el paraguas. Luis Enrique representó el arquetipo opuesto. Hizo más limpio el mundo. Tal vez por voluntad consciente; pero más que nada por condición del alma. En el borrascoso gremio de los escritores chilenos, que han ardido en el horno de las pasiones grandes o liliputienses, donde se han cultivado, como en otras partes, furiosos, venenosos, jardines de querellas literarias y de odiosidades sagradas, Délano representaba el clarísimo decoro de un hombre generoso, inmune a los virulentos y epidémicos contagios de las rivalidades y las pestes del oficio, las vanidades y los amores propios heridos. Tras la serenidad de sus ojos azules, tras su rostro rosado de marinero nórdico, en sus profundidades también, en verdad, se agitaba un espíritu ardiente. Porque en él la decencia no florecía en el frío. Descubríamos en la acogida de su calidez humana al más inmaculado de los chilenos, al menos estridente entre sus hombres de letras, al más pronto al reconocimiento y al estímulo de los demás.

Una mujer que lo conoció bien, trabajando con él en Madrid, que lo frecuentó en México, definió mejor que nadie esa cualidad de su ser cristalino. Gabriela Mistral habló así del hombre que acaba de entregarse por entero a un antiguo amor: el mar. "Un caballero de convivio literario de cuya boca aseada por natural y educación no salta el hálito hediondo de la maledicencia literaria, fiebre pútrida del gremio en razas latinas. Un sentido austero de su oficio de escritor que repugna la improvisación y que ve la profesión en su hecho exacto de temperamento y de técnica por dosis iguales. Un hombre sudamericano que al revés de los de nuestra casta se ha formado decididamente para convivencia humana y que limpiará de desorden y de suciedad a cualquier grupo... (1)

Lo quisimos y lo respetamos sin pausa ni quebranto. Lo conocimos en Santiago, allá por el año 1933. El trabajaba como reportero en El Mercurio. Yo, en El Diario Ilustrado. Délano hizo crónica de 1929 a 1934. Yo, deportes. Eramos dos jóvenes revolucionarios en los diarios más retrógrados. Por aquel tiempo no existían escuelas de periodismo en Chile. De tal modo que esas fueron nuestras aulas en esa profesión. A Délano, a mí tampoco, no nos avergüenza recordarlo. El lo explicaba con una comparación de la historia: -Lautaro trabajó como caballerizo de Pedro de Valdivia para aprender del enemigo la técnica guerrera.

A Délano escritor lo conocí estando yo en el liceo. Nació en 1907, en el día que se asocia a la Marsellesa, a una gran Revolución. Por mi parte, por aquel entonces yo vinculaba esa fecha a Víctor Hugo, un poeta que aprendía de memoria en la clase de francés con el profesor Jenaro Navarro. Pero nada había en este liceano que sonara a redoble de tambores, a asaltos de la Bastilla ni a la ejecución de Luis XVI. Me parecía un escritor tranquilo, sin aspavientos, cuya tormenta remolineaba silenciosamente por dentro. Así conocí su breve libro La niña de la prisión y otros relatos. Leí entonces, en la revista Letras, un comentario de Salvador Reyes que lo saludaba con entusiasmo porque a su juicio era un verdadero narrador de cuentos, "con un gran amor hacia lo maravilloso, amarrando fábulas en la singladura de los días". Allí anotaba que consideraba a Délano un enamorado del mar, al cual llama la patria de todos los soñadores, de la soledad sin término y del abandono irremediable. Le atraían los faros, los barcos de alto bordo sobre el fondo encapotado de las tormentas, las flotas pesqueras. Salvador Reyes fue más lejos: habló de la raza de los hombres de mar. Luis Enrique pertenecía, más bien, al género anfibio de los hombres de la tierra y del mar. Vivió en la primera 77 años. Dispuso antes de morir que quería dormir para siempre en la profundidad de las aguas.

Estudió humanidades en liceos de Santiago. Luego, en el de Quillota lo sorprendió el huracán Neruda, el cual barrió con toda la incipiente poesía que Délano había escrito. "Crepusculario", "Veinte Poemas de Amor" fueron libros de la Biblia profana de su generación. Decidió entonces que era más bien prosista. Intrigado, seducido, curioso, viajó especialmente a Santiago para conocer el fenómeno poético, pero no porque anduviera a la búsqueda de modelos. Le alegró descubrir que su ídolo no era un moralista de costumbres. Ni un caballero de bronce. Lo encontró bebiendo y comiendo prietas en el restorán "El Jote", en medio no de una banda de fascinerosos, sino de poetas, todos jóvenes, donde figuraban Tomás Lago, Rosamel del Valle, Humberto Díaz Casanueva, Hornero y Fenelón Arce, Gerardo Seguel y Alejandro Gutiérrez, cómplice de Délano en un librito de adolescencia.

Luis Enrique no obtuvo el Premio Nacional de Literatura, pero le fue concedido el Premio Nacional de Periodismo hace ya mucho tiempo. Cuando lo supimos acudimos por la tarde a felicitarlo con Luis Corvalán a su casa de Santiago, en la calle Valencia. Nos recibió en cama. Venia saliendo de una operación a la próstata. Pero este apasionado del mar nos anunció desde el lecho que se preparaba para nuevas travesías, océanos mediante.

Su estilo, su prosa tienen la música de la diafanidad total. Imágenes exteriores, rápidamente pasadas por el filtro interior, casi de lenguaje hablado, familiar, de composición generalmente breve, que a ratos no teme la vulgarización necesaria. Pero cada página suya se funda en el hueso y la médula de los hechos, en datos, perfiles, retratos, rápidas citas, invocación suficientemente austera de fuentes, sin hacer nunca alarde de erudición ni despedir el olor a goma del didactismo. Cada trabajo suyo enuncia una perspectiva y conserva el frescor de la calle. Hallaba razón a un movedizo colega francés, escritor y articulista como él, Roger Vailland, quien pensaba que el periodismo es una problemática más una pasión. "Que el lector sea arrastrado, amarrado, mantenido en suspenso, perturbado, removido, sacudido y finalmente satisfecho por un desenlace que resuelve las cuestiones planteadas."

Ese Premio de periodismo era supermerecido. Un reconocimiento a la constancia profesional, a la honradez de fondo y de forma, a la claridad de la palabra y a la calidad del mensaje. Escribió para diarios y revistas de varios países. Virtualmente cada día, durante sesenta años, sumó varios miles de artículos. En sus últimos tiempos de exiliado en México, hasta septiembre de 1984, mantuvo una estupenda columna semanal en El Día.

En Chile antes fue director del semanario Vistazo. Mucho antes trabajé bajo su fraternal comando, sobre todo en "Qué hubo en la semana". Cuando él partió por primera vez a México en el año 40, para desempeñarse allí en el consulado junto con Neruda, al sucederlo yo en la dirección, nos seguía como enseñanza su amabilidad inquebrantable, su capacidad para concitar la tarea común con una sonrisa.

Allá por 1926 pretendió estudiar Leyes. Al año abandonó el terrible Derecho Romano. Incisos y disposiciones legales memorizadas al dedillo, con sus textos sacramentales no eran para él, que se sentía hombre de fantasía y practicante entonces de los amores libres. Luego, como Neruda, se matriculó en la cátedra de francés del Pedagógico de la Universidad de Chile. Pablo cursó los cuatro años. Luis Enrique sólo el primero. Pero salió leyendo a sus poetas y novelistas favoritos.

Imaginación y compromiso

Cuando adolescente quiso ser pirata, contrabandista, marino, entregarse a las ironías de la suerte y a las sorpresas de la odisea, correr aventuras en buques reales o fantasmagóricos. Por el momento vivía la aventura en los libros. Leía y traducía, estupefacto, con infinito deleite, a Joseph Conrad. Ansiaba partir. Hasta que un día de 1934, cuando ganó una beca para ir a estudiar periodismo en España, aventajando por razón de antecedentes en la materia a Marta Brunet y a Eleazar Vergara, el sueño madrileño, con todos sus hallazgos, se le puso al alcance de la mano. Allí, casi junto con el estallido de la guerra civil, nació de su matrimonio con Aurora Falcón, para todos Lola, compañera de más de medio siglo, su hijo Luis Enrique Délano, al cual, para diferenciarlo de su progenitor, desde chico se le llamó Poli. Poli, el famoso cuentista chileno Poli Délano, padre a su vez de Bárbara Délano, "poetisa de las buenas, créanmelo", decía el abuelo con y sin chochera, para agregar con orgullo y modestia a la vez: "De mí pueden decir que soy un escritor muy malo y todo lo que quieran. Pero lo que nadie me puede negar es que soy fundador de toda una dinastía literaria".

Cuando Poli nació en la maternidad María Cristina, en la calle de la Fuente del Berro, su padre seguía Historia del Arte y de la Cultura, era discípulo de Pedro Salinas, se había inscrito en cursillos sobre Lope de Vega y Góngora, en el Instituto de Estudios Hispánicos y en la Universidad Central de Madrid, donde se hizo amigo de Camilo José Cela.

Era un muchacho tímido, instalado en la silla de atrás. En casa de la Mistral conoció a don Miguel de Unamuno, a Teresa de la Parra y a Rómulo Gallegos. En casa de Neruda, con el cual colaboraba en el Consulado, a Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Luis Cernuda, Manolo Altolaguirre.

Del 34 al 37 fue corresponsal literario de El Mercurio en Madrid. Sus propietarios, los Edwards, consideraron un crimen que Délano nunca alabara a Franco en sus artículos y lo despidieron a cajas destempladas, como lo habían hecho poco antes, escandalosamente, con Gabriela Mistral.

En 1936 vivió los bruscos y espantosos aullidos ululantes de las sirenas anunciando los bombardeos, amén de la falta de calefacción y el famélico menú de arroz y arvejas. Esa experiencia del fascismo fabricando indecibles desastres y muerte al por mayor lo cambió para siempre. Como Neruda, Luis Enrique salió de España transformado. El no olvidaría esa vivencia, ese país, ese pueblo. En cuanto regresó a Santiago lo contó en sus Cuatro meses de guerra civil en Madrid. E ingresó al Comité pro España Republicana, donde trabajaban tres historiadores de nota: Luis Galdames, Ricardo Donoso y Julio Alemparte. Naturalmente allí, como en otras partes, los más activos eran los comunistas, a quienes había conocido en España. En la península trabó contacto con muchos de ellos, que fueron héroes de las Brigadas Internacionales, incluso el legendario Comandante Carlos, el italiano Vittorio Vidali, creador del Quinto Regimiento.

Luis Enrique trabajaba sobre todo escribiendo. La máquina de escribir fue siempre su escopeta y su principal instrumento de labor. En el acto puso la espingarda al servicio de la causa de España y de la candidatura del Frente Popular, que el 25 de octubre de 1938 eligió Presidente de Chile a Pedro Aguirre Cerda. Un día de ese año su antiguo amigo el poeta Gerardo Seguel, miembro del Comité Central del Partido Comunista, le trajo un recado del Secretario General: "El camarada Contreras Labarca te manda a ofrecer un carnet". Lo aceptó de inmediato. Fue comunista hasta el final de su vida, o sea, durante 47 años. Es desde luego una prueba de la perennidad de su firmeza y lealtad. También un autorretrato ético, el perfil de una conducta. Los que luchan toda la vida, ésos, son los indispensables, dijo alguna vez Bertold Brecht.

Luis Enrique Délano, además, escribió toda la vida. No sólo artículos de periódicos, sino también libros. Habrá que averiguar la cifra exacta. Cuántos son entre publicados e inéditos? El habla de veinticinco. Por lo menos. Su caudalosa obra literaria no sería justo pasarla en silencio ni al galope. Al fin y al cabo. Chile, América Latina, el mundo del siglo XX respiran con un latido personal en esas miles y miles de páginas que él escribió.

Alguna vez en mi niñez conocí en Curicó a un pequeño comerciante de Rauco, un hombrecillo bajo, regordete, con cara achinada y bigotes a lo Fu Man Chu. Hablaba afablemente. Solía venir a la pequeña capital de provincia a comprar abarrotes, como entonces se decía, para el almacencito del villorio, donde vendía al detalle menestras, varas de lienzo "Caballo Alado", de tocuyo Osnaburgo y vino litriado de la región. Le oí decir que tenía un hijo profesor y poeta, expresión estrafalaria para esas rurales comarcas. Alejandro Gutiérrez, en colaboración con Luis Enrique Délano, publicó un libro de versos. Délano tenía entonces 19 años. Algún tiempo después, en el pueblo de Selva Oscura, Alejandro Gutiérrez se ahorcó de un árbol. Luis Enrique no tenia nada que ver con suicidios ni cosa que se le pareciera. Su amor por la vida no lo abandonó nunca. Era uno de los espíritus más sanos que he conocido. Pero le atraían los personajes y los ambientes que se movían junto a la navaja de la muerte.

Cuando adolescente quería publicar y publicar. Sin tardanza salió en letras de molde una novela corta suya. Luego dos tomos de cuentos y uno de prosas poéticas. Cuando volvió de Madrid, con la visión de la sangre fresca, alucinante y homérica de la guerra, entregó rápidamente el reportaje de las imágenes que traía aún prendidas al ojo de la memoria, como relámpagos y rayos. Lo frecuentaba yo por esos días. Y me causaba admiración la rapidez vertiginosa, de cascada, los torrentes de páginas que brotaban como por encanto de la máquina periodística de Délano. Poseía otra receta en su recurso del método, un secreto adicional no prescindible: era un escritor permanente.

Un suicida no ciertamente anónimo ni poeta pobre diablo lo llamaba a historiarlo, gritándole esta vez desde el fondo de los anales, con destellos de gran tragedia. Así escribió una biografía de Balmaceda, el presidente romántico. Padecía sus héroes desgraciados. Sentía el peso de su destino. Después de aquel pistoletazo fulminante de un 19 de septiembre de 1981, en la Legación Argentina, de calle Amunátegui, su corazón le pedía resuello y un poco de alegría. Nada mejor que intentar entonces una novela de aventuras y la escribe acto seguido.

España, sin embargo, seguía penándole por dentro, exigiéndole lecciones de seriedad y responsabilidad. Se pensó a si mismo. Se comparó con el que era diez años antes. En su adolescencia le gustaba escribir sobre marineros, vagabundos, delincuentes, gitanos, personajes marginales, gente de avería. Es curioso -creo yo- le atraían tipos muy diferentes de lo que él era. Sentía un deslumbramiento por Fierre Me Orlan, por los que escribían novelas sobre navegaciones tempestuosas. Desde luego lo intrigaba Moby Dick. De vuelta de la guerra de España descubrió casi sin sorpresa que ese encantamiento se le iba apagando. No se sentía ya imaginista. No pertenecía a aquella vaga escuela literaria que capitaneó Salvador Reyes, allá por los finales de la década del 20. El aspirante de timonel describía a Luis Enrique Délano atravesando el invierno de 1928, "con su abrigo de cuero, su pipa y sus manos anchas de cordialidad". El retrato físico, la indumentaria era casi la misma. La persona había cambiado. Al autor de "El cazador de tiburones" le había interesado el "narrador despegado de la realidad inmediata de la vida". Ahora Délano se sentía comprometido, si no con la realidad inmediata, a la cual tampoco le hacía ascos, con la realidad real de la vida, que, a su juicio, debía ser cambiada. Se sentía ahora alejado de ese grupo autodenominado Imaginista. Ya no aparecía la revista Letras, de la cual había sido en 1928 uno de los fundadores, junto a Salvador Reyes. Hernán del Solar, Ángel Cruchaga y Manuel Eduardo Hübner. Trabajó en ella un par de años. Era asunto del pasado. No seria tampoco explorador de psicologías abisales, aunque se iría acercando a la existencia atormentada de los poetas y de los combatientes. Pero más que observar al hombre por el ojo de la cerradura, lo observaría en sus movimientos. Y para esto de algún modo se aproximaría a la historia. Por lo menos dentro de ella ubicaría a sus personajes, tal vez sin grandes perplejidades.

Cuando leí su novela sobre la vida del poeta maldito, Pedro Antonio González, lo vi, digamos, como un libro trágico, lleno de delirios, incluso del tremens. Esto le puso los pelos de punta a Víctor Domingo Silva, que tampoco era un monje. Este le reconvino: no se debían escribir cosas tan amargas. Para compensar escribirá pronto un libro de la búsqueda de la utopía dichosa, radiante, que ha embrujado a variados escritores, incluso chilenos. En la Ciudad de los Césares.

Novelista a la sombra de la Historia

En su cabeza bullía nebulosamente un plan más ambicioso, que han alentado muchos autores de diversos países: relatar la hechura de la patria, la peripecia de la formación y contradicción de una sociedad a través de personajes representativos. Como Délano fue un escritor muy laborioso y muy fecundo, que pasaba prestamente de la idea a la acción literaria, comenzaron a aparecer títulos tras títulos, que eran como proyectores iluminando retazos de épocas y conciencias.

El viento del rencor restablece el clima mediocre que sobrevino tras la guerra civil de 1891, tras la caída, el autosacrifício provocado de Balmaceda y la ofensa a Chile por el imperialismo norteamericano pretextando el incidente del "Baltimore". Son episodios sobre los cuales se ha pintado el olvido, queriendo borrarlos definitivamente de la memoria colectiva. Délano desacató el mandamiento del silencio para devolver al país el conocimiento de si mismo, de sus desventuras y humillaciones colectivas.

El laurel sobre la lira lo ve volverse sobre las desdichas de la vida literaria, con su falso satanismo y los freudianos avant la lettre, con su miseria disfrazada y la condición fronteriza del artista sumergido en la pobreza, el individualismo y la desesperación, en contraste con la opulencia de una aristocracia, empachada por el salitrazo, encandilada por la victoria en la Guerra del Pacífico, adorando enloquecida el vellocino del nitrato. Délano deseaba mostrar la cara y la cruz de la vida social.

Su paso de escritor es preciso, determinado, cronológico. La novela siguiente se llamará exactamente y sin ambages El año 20, una fecha que marca el apogeo y la declinación del anarcosindicalismo y de la I. W., la enardecida atmósfera universitaria. Señaló un primer contacto de los estudiantes con los obreros y fue la experiencia política inicial que influyó a toda la juventud intelectual de aquella época, entre otros Pablo Neruda y el propio Luis Enrique Délano. La red pisa los talones al libro anterior. Novela el eco del año 20 en la generación que viene más tarde. Conforme a la secuencia y al diapasón de los acontecimientos internacionales, se levanta El rumor de la batalla, en cuyas páginas retumba la guerra de España, descrita por ese testigo que la presenció directamente y gravita también sobre su país como un elemento vital inspirador del pueblo en la contienda política que culminará con la victoria del Frente Popular.

En Délano la hipnosis viajera nunca cesó. Si se saca la cuenta, a partir de su primer viaje a Madrid, cuando tenía 27 años, buena parte de su vida adulta la pasó en el extranjero. Voluntariamente, en misión de servicio consular o diplomático (fue cónsul en México de 1940 a 1946. Después en Nueva York hasta 1949), o involuntariamente, por la sinrazón de los diversos exilios. Había en él un apacible trotamundos, un adorador de las travesías, que se reanimaron literariamente en su admiración por un escritor muy contemporáneo, Ernest Hemingway. Después le sale del teclado Puerto de Fuego, que parte desde una rada chilena hasta un muelle mexicano, con intervención de un agente consular, que seguramente no era otro que el mismísimo Délano. No se trata de un viaje simplemente por pasión de aventurero, pues nunca en rigor lo fue. Hay detrás una intriga política, pues la política se ha convertido para él en elemento ubicuo, que se mete por todos los intersticios, aunque los que están envueltos por ella no se percaten del hecho.

En verdad Délano se dedicó a escribir sobre lo que iba viviendo y le impresionaba como problemas que no debían guardarse para callado. De su militancia en la célula surgió una novela breve, de estructura simple. La Base. Dormía ésta en un cajón de su casita en Cartagena cuando Orlando Millas la descubrió y propuso su publicación. La gente de La Base, en épocas de la clandestinidad de González Videla, entendieron que era un libro que les pertenecía y lo promovieron con alegría.

Este Luis Enrique era un hombre verdaderamente humilde. Tenía sentido de su dignidad y de su valor, pero le gustaba trabajar sin tirarse facha. Con el tiempo escribía no tanto para publicar como para procurarse un placer personal. Esto hizo que dejara muchos libros inéditos. Los escribía y los almacenaba. Alguna que otra vez hablaba de ellos con Poli o con un amigo. De estas conversaciones nacieron ciertas ediciones inesperadas. En otros casos esperaba con paciencia que se dieran a la estampa, muchas veces durante años. Tenía en el archivo de sus libros inéditos uno de poesía, porque ella figuró en la lista oculta de sus varias secretas Dulcineas. A su lado dormía un libro escrito cuando era cónsul en México, al comienzo de la década del 40, compuesto precisamente por cuentos mexicanos, porque ese país se le metió por los recovecos y las entretelas del espíritu.

Como vivió quince años en Cartagena era imposible pedirle que no escribiera una novela sobre esa tan larga experiencia. Según acostumbra, y ello forma parte de su filosofía de la sociedad, sus héroes no serán los de arriba, sino los de abajo, carpinteros y pescadores. Tal vez porque escribió ese libro estando lejos le puso un título nostálgico: La luz que falta.

En Chile se escribe sin puntos ni comas ni respeto por la ortografía una página de la historia que involucra a millones. Es la proeza en la penumbra, peligrosa y conspirativa del pobrerío sin suelo, sin paredes ni techo, que un día, reunido en masa, decide ocupar a la mala algún sitio eriazo a fin de levantar su casa. Tal es el origen de las poblaciones improvisadas que rodean como un cinturón de penurias e insurgencia el talle del cuerpo del Santiago elegante y suntuoso, y de otras ciudades del país. Representa una de las epopeyas de los nuevos Miserables de Hugo, de las rebeldías del desocupado forzoso y de las familias muertas de hambre. Este asalto a la benemérita propiedad privada o fiscal se trama y consuma en medio de la oscuridad propicia a los desacatos de los desposeídos y los ladrones. De allí que Délano bautizara esta novela con el nombre De la noche a la mañana.

Hay un asunto que por su magnitud dramática ha magnetizado a varios escritores chilenos: el campo de concentración de Pisagua, que a cada nueva arremetida represiva vuelve a reabrirse y ha sido sede de prisioneros en los tiempos de González Videla, de Carlos Ibáñez y de Augusto Pinochet. La novela de Délano Intermedio de sombra sugiere las alternancias de libertad y persecución, que de nuevo convierten en cárcel el viejo puerto abandonado.

Siempre que conversé con Luis Enrique en el extranjero me decía que echaba de menos Chile. Amaba y detestaba las grandes ciudades. La capital de México lo abrumaba, con su gigantismo, su ruido, su automovilismo desbordado. Santiago le producía fastidio. Soñaba con lugares donde la naturaleza mandara. Para hablar en términos modernos, tenia un profundo sentido ecológico. Era un verde por cuenta propia. Estando lejos evocaba ciertos parajes, zonas de su país donde, siendo joven, había vivido unos días suaves en la costa. Así escribió Hacia la lluvia, que es un retorno a la isla de Chiloé, a los bosque húmedos, al innumerable archipiélago donde convivió jornadas alocadas con Rubén Azocar, con acompañamientos de ostras, milcaos e historias del caleuche. Se lo sugirió la proximidad recortada de los fiordos escandinavos donde residía cuando empezó a escribirla. Pero también lo inspiró la evocación sentimental de un escritor de esas tierras, cuya posición política no aprobaba, pero que leyó con pasión cuando muchacho, Knut Hansum, sobre todo su novelita Victoria. Délano se enamoraba de algunos libros. Sus imágenes y personajes, sus paisajes seguían trabajándolo por dentro como un hombre seducido por el relente y la luz persistente de las lecturas inolvidables. Esto habla de un ser particularmente delicado, finísimo de corazón, amable de modales, con una extrema dulzura que no afectaba su fuerte virilidad. Tenía encanto, un don de respeto natural por la gente, que de alguna manera lo convertía en un ser especialmente calificado para ser querido por todos.

Pues bien, de esas obras inéditas que acumulaba, de repente veía partir a una de ellas como un pájaro que deja la jaula y emprende el vuelo. Quien la abría era casi siempre su hijo Poli, el cual venció la reserva y logró la publicación de La red, El año 20; un libro de cuentos, Antropofagia. Hasta se dio el lujo de conseguir, virtualmente treinta años después de publicada en Santiago, una segunda edición de Viejos relatos.

Intermedio de sombra debía aparecer en Nascimento a fines del 73. Como Luis Enrique, nombrado embajador por el gobierno de Allende, vivía entonces en Estocolmo, Poli corrigió las pruebas. El golpe de Pinochet prohibió la edición de muchas obras en prensa y ejecutó en la guillotina millones de ejemplares impresos. Entre las bajas literarias del pronunciamiento fascista se cuenta ese nuevo libro sobre el campo de concentración de Pisagua.

Solía espigar sin mayores pretensiones en el pasado. Sencillamente, quiso enseñar algo con su Pequeña Historia de Chile, con su Lastarria. También dirá con júbilo lo que vieron sus ojos soñadores, como avanzada de la Revolución para América Latina en Cuba 66.

Letras sobre una montaña de papel

Un capítulo aparte lo constituye su lado secreto de escritor fantasma, porque fue un activo ghost writer. Hay varios libros autobiográficos o políticos que nacieron de la conversación de personalidades que tenían mucho que decir y lo hacían verbalmente; pero no por escrito, en los cuales colaboró nuestro infatigable Luis Enrique, como fue el caso de la notable biografía de Elías Lafertte.

Y algo para el asombro. Fue también en cierta ocasión el "escritor negro" de Pablo Neruda. En verdad los negros fueron tres: Luis Enrique Délano, César Godoy y Salvador Ocampo. El propio Neruda en este caso no fue El negro del Narciso -un libro de Conrad que entusiasmaba a ambos-. Todo este intríngulis lo armaron porque entre los cuatro tramaron un panfleto demoledor contra González Videla. Por razones de publicidad y eficacia le pidieron a Neruda que apareciera como autor único. La áspera y merecida catilinaria se dio a la estampa con una portada del famoso Renau, donde sobresalía sugestivamente el color sangre.

Asimismo ofició de traductor casi profesional. Durante la guerra vertió al castellano un libro de poemas de Uya Ehrenburg, La Libertad. De 1959 al 60 tradujo en Pekín, de idiomas accesibles, textos políticos, libros de Lu Sin, Mao Dun y poemas de Mao Tse Tung.

Además fue hombre de conferencias ricas y fundamentadas, prologuista prodigador y autor de opúsculos, fascículos, libros políticos aquí y allá. En México, por iniciativa de la Universidad Obrera Vicente Lombardo Toledano, se publicó en 1975 su recolección Lenin y otros escritores, que es muy representativa de su definición social y de su talento periodístico. Oculto en algunos anaqueles de Chile debe estar un folleto político, de naturaleza orgánica, que tiene mucho de biografía de un obrero comunista que fue Secretario General, llamado Galo González y la construcción del Partido.

En resumen, una montaña de papel, una inaparente, silenciosa cumbre de la cordillera de los Andes de letra impresa, viviente, estremecida, donde cada hoja es una pasión, da una noticia, emite un juicio, aclara, replica, deshace un entuerto, empuja al combate. Tal es el imponente macizo, en blanco y negro, formado por la obra periodística de Luis Enrique Délano, sumando capas sucesivas de artículos, comentarios, columnas escritas durante casi toda su vida, porque trabajó para la prensa desde sus mocedades.

He aquí una de las tareas de Hércules para los que se sientan responsables por la cultura chilena, por el rescate de su memoria colectiva, por la crónica y el análisis de lo que ha sucedido en este

país a partir del decenio de los treinta. Y también del mundo de lo que ha acontecido en el mundo, porque, como se ha visto, Délano era de Chile, de México, de España, de toda la Tierra, abierto a la consideración visionaria de los problemas humanos y universales con la misma fuerza y curiosidad con que percibía y anotaba los de su país. Se impone, pues, una tarea de no dejar perderse la parte inédita de su enorme obra. Claro que ello implica una empresa titánica. Pero los chilenos que tengan sentido de la historia y de la justicia, de su íntima y desconocida verdad, habrán de esforzarse por arrebatar al olvido los datos preciosos de la autobiografía nacional contenidos en la colosal producción de ese trabajador apasionado que fue Luis Enrique.

Nunca se subió a la escena. No fue hombre de espectáculo. Nadie más lejano a los entorchados, pero nadie más efectivo en un puesto consular o diplomático, fuera en Madrid, México, Nueva York, donde González Videla lo cesó de su cargo telegráficamente. Y él se volvió a México, para trabajar desde allí por la libertad de su país.

La ley del péndulo regía su vida. De México a Chile y de Chile a China, donde trabajó en la editorial de Lenguas Extranjeras, pero con la mirada fija en lo que pasaba alrededor, para retransmitirlo a Santiago. Desde Pekín mandó para El Siglo y Ultima Hora alrededor de 150 artículos, porque si su trabajo en cuanto a libros habrá que contarlos por docenas, en cuanto a artículos no bastan los cientos, se precisan los millares.

De Tian An Men, de la Plaza de la Paz Celeste y de la Ciudad Prohibida regresó a su destartalada casita junto al Pacífico. Pensó que esta vez se quedaría allí varado, no como un viejo pontón, sino como un escritor que se dedicaría full-time a escribir, una manía a la cual se entregaba cada vez más epicúreamente. Allí estaba rimando el sonsonete de la máquina con las rompientes de las olas cuando el triunfo de la Unidad Popular, como una catapulta, lo proyectó a gran distancia, a la embajada de Chile en Suecia, Dinamarca y Finlandia. Los suecos no olvidan a ese diplomático tan sencillo como un pescador del golfo de Botnia y que podía hablar de modo sustancioso con el Primer Ministro Olof Palme. Allí estaba, en diciembre de 1971, cuando llegó a Estocolmo su antiguo camarada de armas Pablo Neruda, para recibir el Premio Nobel de Literatura. Fueron apenas ocho días. Transcurridas las ceremonias se entregaron al vicio también impune de las pesquisas por el puerto, en busca de herrumbrosas anclas y mascarones de proa, barcos embotellados, colecciones de caracoles, mariposas boreales y viejos libros de navegación, desde los tiempos de los vikingos. Fue como estar de nuevo navegando por San Antonio, Valparaíso, Ancud, Punta Arenas.

Allí, inmediatamente después del asalto al poder de Pinochet, recibió a los primeros refugiados chilenos, entre ellos a una pequeña de cuatro años llamada Marina, que llegó sólita en un avión de la SAS, encargada a una rubia azafata maternal. Compró para la refugiadita una ropa azul de invierno y la acostó en una cuna de la casa. Todavía se lo agradezco.

Pero le era imposible vivir el exilio en ese país. Porque tenia que ganarse el pan. El sustento se lo aseguraba su quehacer periodístico. No estaba en situación de escribir en sueco para el Aftonbladet. Nunca lo aprendería. Así que a México otra vez los boletos.

Allí no hizo uno, sino varios trabajos. Encargado de Prensa y Publicaciones de Casa de Chile, columnista de El Día. La capital de los antiguos aztecas, como se sabe, es alta y exige al corazón. Los fines de semana solía irse a Cuernavaca para respirar más aliviadamente. Allí tenia contacto con la primera de sus queridas tras la puerta: la pintura. Amores de weekend, sábados y domingos de un pintor aficionado que había hecho estudios esporádicos en Nueva York y antes en México con Xavier Guerrero. Sostenía que para él el placer de pintar es superior al de escribir. Tal vez su violín de Ingres.

Quiso vivir todos los puertos y se detuvo cuanto pudo en aquellos de nombres exóticos que figuran en las viejas cartas de marear. empezando por los de Asia y África. Singapur, Saigón, Bombay, Colombo, Djibouti, Suez, Port-Said. Porque él era un hombre perdidamente literario. Su fascinación por ciudades remotas nació muchas veces en los libros. Por allí empezaron sus viajes. Tal vez soñó que una vez muerto él debía seguir viajando por los mares. Así lo dispuso de viva voz. Cuando cumplió los setenta manifestó que quería entrar a puerto.

Su último libro, publicado hace muy poco en México, se llama Las Veladas del Exilio. Soñaba con retornar. El globe-trotter explicó lo que ahora deseaba: "Pero, repito, el único viaje que en este momento me atrae es el colosal regreso colectivo de miles y miles de chilenos al país. Mi diminuta casa del acantilado de Cartagena debe estar semidestruida por el sol y los vientos, carcomida por el aire asesino del mar. La reconstruiremos y viviremos quizá algún tiempo más en ese lugar amado Lola y yo, soportando en el invierno los temporales que avanzan desde las islas de Juan Fernández y escuchando en la noche el rumor de la resaca, un sedante incomparable".

Como un adelantado de la familia lo precedió su hijo Poli. Tres meses después volvió Luis Enrique con Lola. con el loro de la familia y un pequeñísimo perro muy importante, el Poroto Pérez.

Tras su regreso alcanzó a vivir cinco meses en Chile. Deja pendiente el retorno colectivo que todavía se sigue debiendo a multitudes de exiliados. El bungalow derruido a mitad de camino entre San Antonio y Cartagena sintió una sensación de derrumbe a raíz del último terremoto. Seguramente también lo sintió su discreto propietario, el escritor, el periodista, el revolucionario de siempre, el hombre de la bondad luminosa, este incomparable Luis Enrique, que pidió se repartiera su cuerpo en el océano, arrojando sus cenizas mar adentro, legándole un dejo levísimo de su sabor, para Así darse por entero, modestamente, a la circulación de los elementos y de la humanidad.

1. Recado aparecido en Chile, diario El Mercurio, 8 de septiembre de 1935.


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