Adiós a la Patoja

ADIÓS A LA PATOJA

Volodia Teitelboim

Araucaria de Chile. Nº 29. Madrid 1984

De ella hizo él casi todas las comparaciones posibles. La proclamó "caballito de greda negra, paloma del crepúsculo que voló en los caminos, alcancía con lágrimas de nuestra pobre infancia". La coronó con laureles del sur y orégano de Lota. La llamó "bienamada". Encontró que su sombra tenia un olor a ciruela y que su cuerpo era liso como las piedras en el agua. Le pidió que no estuviera lejos de él ni un solo día. Le comunicó su filosofía respecto al amor y la muerte: "Dos amantes dichosos no tienen fin ni muerte. / nacen y mueren muchas veces mientras viven, / tienen la eternidad de la naturaleza". Tal vez sea así. Seguramente es así, por lo menos para el poeta. El falleció el 23 de septiembre de 1973, y ella murió el sábado 5 de enero de 1985, a las tres de la mañana, en su casa santiaguina, "La Chascona", trepada sobre el faldeo del cerro San Cristóbal. Esa casa fue bautizada por el poeta de aquel modo en honor a la cabellera frondosa y despeinada de Matilde Urrutia.

En los últimos veinte años de la poesía nerudiana ella representa el Eterno Femenino. Le dedicó dos libros completos. Uno inicialmente anónimo, que mantuvo en secreto el nombre del autor hasta la ruptura de su matrimonio con Delia del Carril, Los Versos del Capitán, compuesto en la isla de Capri. Otro de pasión pública, abierta y alegremente dedicado a Matilde, señora suya muy amada, para la cual escribe nada menos que Cien Sonetos de Amor, que tienen sonido de bosques, poesía con música de madera.

Conocí esa relación amorosa en su etapa clandestina. Estuve muchas veces en sus palomares ocultos. Y cuando Neruda se fue a vivir con ella, solía yo acompañarlos en viajes por el país, que casi siempre tenían cierta significación íntima. Por ejemplo, sus visitas a Chillan eran para él sobre todo la vuelta a la gran patria chica de Matilde. En un momento entrañable ella cantó en un teatro de su ciudad natal. Su amiga y maestra. Blanca Hauser, entonó los aires de "La Chillaneja". Tocaba al piano en el escenario desvencijado de provincia el fundador de la Orquesta Sinfónica de Chile, Armando Carvajal. Neruda después leyó tres sonetos de los Cien. Yo dije algo prescindible e incidental sobre ese pueblo donde ella nació y sobre el poeta que la llamó "prima del orégano, reina del apio y de la artesa, pequeña leopardo del hilo y la cebolla...", que manejaba "el síntoma de su caligrafía y encontraba en la arena del cuaderno las letras extraviadas".

Nunca quiso ser bailarina; pero con el tiempo le encontré cierto parecido físico con Galina Ulanova. Era una mujer fina de cuerpo y de espíritu, no porque hubiera aprendido modales delicados, sino porque le venían de adentro. El poeta recordaba a su chillaneja viniendo no de la opulencia, sino de las estrecheces de las casas llovidas del sur, "de las regiones duras con frió y terremoto". Hija de obrero, conservó siempre su corazón y sus pies "acostumbrados a las piedras". El tenía un origen análogo. Eran, pues, con siete años de diferencia, dos retoños de la misma región, dos descendientes de idéntica penuria originaria. Se sintieron también atraídos por ese signo común que contribuyó a juntarlos. "Eres del pobre Sur, de donde viene mi alma: / en su cielo tu madre sigue lavando ropa / con mi madre, por eso te escogí, compañera."

Vi muchas veces a Matilde regar plantas, manejar la podadera, el azadón y dirigir el agua. El poeta contemplaba a la laboriosa casera atravesando el mediodía cargada de flores. Buscaba en el "ondulante río de las mujeres" una señal suya. Es verdad que a veces los ojos se le iban tras la estela de los muslos rítmicos, hipnotizado por el vaivén navegante de las hembras, y lo seducían hasta la locura las sobrinas de un cerezo o de Matilde. Pero en el ancho estuario femenino, él siempre volvía a ella porque "de todas eres la una".

Aquella cordillerana, chillaneja evidente -ratificaba- no fue, sin embargo, la sombra del poeta. Poseía carácter fuerte, personalidad recia. Y se le enfrentaba de igual a igual, como una leona, cuando algo no le gustaba. De ahí que el poeta supiera que su voz tenía el vuelo y la presión de la flecha y que el tono, en respuesta a su conducta, podía ser de sol y de lluvia.

Cuando ese amor salió de su alveolo secreto, no sólo cayó como dolor "sobre otro dulce rostro", Delia. También estalló como una pasión rechazada tanto por "los espadones de fierro literario", como por amigos quebrados de súbito, estremecidos por una sorpresa desagradable o una revelación que despedazaba el esquema establecido. El poeta los condenó con ira y sin ambages: "Odian los que no amaron nuestro amor, / ni ningún otro amor, desventurados / como las sillas de un salón perdido...". En ese sentido, aquellos Cien sonetos son una autobiografía polémica de esa pasión enmarañada y violenta, "a sangre y fuego". A fuego y lava, si, telúrico. Subrayó varias veces que Diego Rivera la pintó con dos cabezas de volcán y allí deslizó, como jugando a las escondidas, el perfil del que era entonces su amante fuera de la ley. La llamó su "cruz del Sur", o sea, estrella de su hemisferio. Y le pidió en el soneto 89 que ella hiciera ciertas cosas cuando él ya no estuviese. "Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos... Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero, / quiero que tus oídos sigan oyendo el viento, / que huelas el aroma del mar que amamos juntos, / y que sigas pisando la arena que pisamos". Un poco más adelante, en el 91, comprobando que "la edad nos cubre como la llovizna. / interminable y árido es el tiempo", le dice "amor mío, si muero y tú no mueres, /amor mío, si mueres y no muero... este amor, no ha terminado, ... no tiene muerte, es como un largo río".

Los sonetos finales reinciden precisamente en el tema del fin. Piensa en la muerte separada. Si Matilde muere, si sus manos se olvidan de volar y se duermen, si él parte antes, y algún día se juntan. Entonces el poeta predice: "Y así cuando la tierra reciba nuestro abrazo / iremos confundidos en una sola muerte / a vivir para siempre ¡a eternidad de un beso".

La viuda que anda con la bandera

Matilde lo sobrevivió para cumplir sobre todo con su mandato: "Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura / que despiertes la furia del pálido y del frío". Le pidió que conservara su herencia. Sabía que la ausencia es una casa tan grande que ella pasaría a través de los muros y colgaría los cuadros en el aire. Pero le pidió que esa ausencia que él ya sin vida la vería vivir, la mantuviera con energía, porque "si sufres, mi amor, moriré otra vez". Matilde se esforzó por hacerlo del modo solicitado. No se sumergió en la desolación. Trató de constituirse en la identidad del poeta. Cuidó de su obra y levantó su bandera. Desafió a Saturno. Se pronunció políticamente en todo momento contra la dictadura, que, irritada, oficializó el robo de Isla Negra, tras haber precipitado la muerte de Neruda con el zarpazo del 11 de septiembre. Estuvo Matilde en muchas acciones del pueblo chileno, porque así lo sentía, pero sobre todo porque creyó que Pablo hubiera estado allí, ya que siempre el pueblo contó con él. Fue una opositora absoluta a Pinochet. El poeta le había dicho que la miraría desde el polvo de su corazón y en medio de la tierra apartaría las esmeraldas para divisarla. Matilde se comportó como si siempre el poeta la estuviera mirando.

Pocos meses después de la muerte de Pablo nos vimos a orillas del Mar Negro, en esa Yalta que no sólo es el escenario chejoviano del amor de La dama del perrito, sino que fue también teatro de días azules y felices para Pablo y Matilde. Entonces el amor llenaba "grandes barricas como la antigua miel de los pastores". Ahora estaba viuda y dolorida hasta el tuétano. Me contó todo el desenlace, los últimos días, la muerte, el entierro. Me reiteró que estaba decidida a cumplir.

Después la vi casi todos los años, cuando venia a Europa, para arreglar los asuntos editoriales de Pablo. Algún día en París la invitó Jean Louis Barrault a ver una obra suya, versión de un viejo cuento oriental de Voltaire. Allí el noble Batiste de Les enfants du paradis rememoró que había pedido a Neruda que escribiera un escenario que él llevaría al teatro. Matilde contestó que de esa proposición, que a primera vista al poeta le pareció humorística y descabellada, nació Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta.

Matilde no fue la mujer-luna que sólo emite la luz refleja del hombre-sol. Fueron el sol y la luna; pero ella brillaba con su propio resplandor. No era una simple recadera del mensaje marital. Era eso y mucho más. Si bien lo que él dijo correspondía a su sentir y a su pensar, ella constituyó una personalidad por si misma, de definiciones totalmente ajenas a la ambigüedad de la repetición sin vida y sin coraje. Lo dijo todo intensamente, claramente. Prueba convincente, para tomar un solo ejemplo, la dio en una de sus últimas actuaciones públicas, en el discurso que ella pronunció en octubre de 1983 en el Teatro Caupolicán de Santiago, en el acto de homenaje a Neruda. Sería difícilmente concebible mayor fidelidad al pensamiento de su gran amor, una diafanidad de expresión más pura y cristalina, expresada con la fuerza cortante del diamante:

"Ahora, a diez años de su muerte, no hay duda que lo necesitamos. Pero él está con nosotros, está vivo y actuante, no solamente por su genio poético, sino por su condición de hombre de esta época, por su patriotismo, por su inmersión en los problemas de su pueblo. Por esa dignidad de hombre, de poeta, de patriota, su corazón y su voz siguen latiendo y luchando con nosotros. Y agradezco que sea saludado desde los más diferentes rincones de la tierra.

"Porque junto a nosotros está diciendo: ¡Basta de relegados! ¿Por qué convierten nuestro querido y hermoso país en una inmensa cárcel?

"Exigiremos la verdad sobre los detenidos-desaparecidos... Los detenidos-desaparecidos, esa pesadilla increíble que hemos sufrido tantos chilenos.

"La Patria para todos los exiliados. El derecho a vivir en su Patria es lo más sagrado que tiene cada ser humano, es como el derecho a tener madre y parece increíble que alguien se atreva a quitar algo tan sagrado.

"Exigiremos justicia frente a los responsables de tanto dolor.

"Aquí está una parte de ese pueblo chileno, interrumpido por la cesantía o la muerte y el habitante que vive hacinado en el desorden, lleno de niños con hambre... Sin embargo, yo les digo: yo los he visto en la última protesta, llenos de dignidad, de valor, de fe. con sus banderas y el retrato de su Presidente asesinado, Salvador Allende.

"Yo les pido a estos durísimos chilenos que tratemos de unir nuestra voz a otra voz, juntemos nuestra mano a otra mano, forjemos la unidad. Sólo la unión nos dará la fuerza suficiente para solucionar los problemas fundamentales del país y poder alcanzar una Patria con pan, trabajo. justicia y libertad. Tenemos que salir de una vez de la ley del embudo, como decía Pablo: todas las facilidades para unos pocos, y para el pobre que reclama unos pocos metros de tierra para levantar una mediagua, al que protesta porque no tiene trabajo y quiere pan, se le responde con la relegación, los palos, la cárcel y ahora las balas."

Con la sonrisa de siempre

Anduve con ella, en romería con sol y frío, por Nápoles, Capri, Frankfurt y Estocolmo. Su salud no marchaba bien, pero su ánimo tendía al resplandor y su rostro era transparente. Estuvimos juntos en París, para participar en el homenaje a Neruda que rindió la UNESCO. Sacaba fuerzas de flaqueza. Por la tarde ya nos recibió en su lecho de enferma en el Hotel Saint-Honoré. Después íbamos a visitarla al cuarto en el Hospital Cochin. Allí Neruda se internó varias veces para operaciones y tratamiento. Su mal era el mismo de Pablo. No sé. ¿Afinidad amorosa que se traduce en dolencias parecidas? Su personalidad se veía intacta, vivaz. Planificaba. Conversábamos largo y tendido. Al día siguiente yo debía partir a Venezuela y me pidió que hablara con su viejo amigo el escritor Miguel Otero Silva, sobre el proyecto de Fundación Pablo Neruda. Cuando volví de Caracas, pensé que ya no la encontraría en París. Pero había retornado a la pieza del Hotel Saint-Honoré, donde vacía después de un par de intervenciones quirúrgicas ineficaces. Su ausencia de Chile se había prolongado demasiado. Ella-decía- debía estar allí donde se encontraba Pablo. Se levantó como pudo para regresar.

Las comunicaciones del exilio con los amigos del interior no son tan fáciles. Noticias intermitentes. Matilde viajó a Houston. En Estados Unidos hay gente que quiere verla. Ella prefiere estar sola. Vuelve a Santiago sin mejoría. Se encierra en La Chascona. El tratamiento de cobalto la maltrata. Aborrece la iconografía de la vejez devastadora. Siente que el tiempo hace irreparable el cuerpo y que Pablo la está llamando. Esa es la única alegría del momento apocalíptico. La mandíbula voraz, omnívora del cáncer se la va comiendo, invadiendo un órgano tras otro. Ella experimenta todos sus humores disolventes en su organismo. En un lento transcurrir siente el galopante avance del proceso, fatal, irrevocable. Si el hombre y la mujer pasan como un relámpago, el dolor que se sufre es largo. Ha llegado el tiempo del eclipse. No le dicen nada de las radiografías, pero ella sabe lo que viene. Mantiene una voluntad irreductible. Rememora todo: la familia modesta y numerosa, las apreturas de la niñez en Chillan, el trabajo durísimo, el canto, el amor. En fracciones de minutos revive la jornada, el espacio feliz, el más. aquel que vivió con el poeta que inventó el amor. que extrajo de su cuerpo un lenguaje y una inspiración. Murmuraba entresonriendo: "Todo lo tuve... Ahora no tengo nada". Matilde, presa por la nostalgia del mundo perdido, se dice mil veces que el tiempo, que gobierna los relojes, estaba terminando para ella.

A principios del pasado diciembre estuve unos días en Buenos Aires. Visitando en su casa a Margarita Aguirre, biógrafa de Neruda, le pregunté por Matilde. Me contestó que estaba moribunda. Había pasado recién por Argentina Teruca Hamel, una de las pocas personas que la veía. Las metástasis se habían extendido y el final se anunciaba próximo. Un amigo que viene llegando de Santiago me cuenta su última conversación con Matilde tres días antes de su fallecimiento. "Tuve la suerte y la tristeza de verla el último miércoles de su vida. Era un huesito, con muchos dolores; pero con la sonrisa de siempre." Ella le contó que había leído la obra que escribí sobre Neruda, pensando un poco en ella. Me conmueve saberlo. Murió a las tres de la madrugada del sábado 5 de enero, sin nadie de su familia, acompañada por dos empleadas, mientras la ciudad vivía o moría bajo la Ley del Terror.

Con todo, cuando tuve la noticia de que Matilde Urrutia había muerto quedé dolorosamente asombrado. No sé por qué. Tal vez porque como le dijo el poeta: el amor no tiene muerte; sólo cambia de tierras y de labios.

El amor del soldado

Sigue rigiendo la ley de las semejanzas. Los funerales de Matilde guardan analogía con los de Pablo. Neruda tuvo una capilla ardiente bajo toque de queda. Ella también. En ese día de verano el cortejo se encaminó desde la misma casa arbolada hasta el cementerio, en un país sujeto a Estado de Sitio, Hizo un trayecto igual al de Neruda, desde el barrio Bellavista hasta la tumba instalada en un nicho vecino al del poeta bajo el ojo-metralleta de las mesnadas de Pinochet. Ese par de kilómetros recorridos a paso lento vieron el funeral de una mujer peligrosa para el régimen, porque a la Canción Nacional seguía la Internacional, voceada desde la multitud con el puño en alto, acordonada por la tropa represiva.

Recapitulemos: velada en Noche de Reyes, millares de chilenos desafiaron al fascismo acompañando en su último viaje a la viuda del poeta. Tras el féretro no reinaba el silencio. Hemos dicho que se escuchaba himno tras himno, canciones de protesta, consignas antidictatoriales, mientras una lluvia de flores rojas -claveles y rosas- cubría el ataúd como si fuese un jardín. El Partido Comunista, su Juventud, desenfundaron en su honor enseñas con centelleantes emblemas. Irrumpieron estandartes del Movimiento Democrático Popular. Resonó el Venceremos. Todo el arcoiris de la oposición se dio apretada cita. Había democratacristianos como Radomiro Tomic y Máximo Pacheco. Se desplegó el abanico literario, teatral, artístico. No faltaban los sacerdotes ni los estribillos recitados: "Matilde, Neruda, el pueblo te saluda", o "Compañera Matilde Urrutia, Presente".

En el camino, por las calles interiores del cementerio, los vivos saludaban a los muertos al pasar frente a las tumbas de Violeta Parra y de Víctor Jara. Se detuvieron junto al nicho de Neruda. A su lado estaba preparado el hueco para recibir a Matilde. Como el poeta lo quiso. Aunque él lo que realmente quería, y así lo estampó muchas veces en su obra, fue dormir el sueño largo en Isla Negra, frente al retumbar del oleaje del gran océano.

No fueron exequias mudas, de ningún modo. Porque en Chile es tiempo de decir, pese a la censura oficial. René Largo Farías, de vuelta de la relegación en el lejano Cochrane patagónico, fue anunciando a los que hablaban. Abrió la ronda de las oraciones luctuosas, con voz recogida y solemne, el actor Roberto Parada, para expresar que tras la muerte de Pablo, Matilde recogió su legado para divulgarlo, pero también combatió por todas las causas que abrazó su marido el luchador, de tal modo que "el Partido Comunista supo reconocer en ella la actitud democrática que la caracteriza".

De verdad, no fue una viuda inconsolablemente triste, recluida en un rincón de la ausencia, para llorar vestida de eterno luto. Fue continuadora del hombre y del poeta batallador, aquel que en los días de la pasión sigilosa escribió en Capri para ella: "En plena guerra te llevó la vida / a ser el amor del soldado... Bésame de nuevo, querida. / Limpia ese fusil, camarada".

Por eso el ex Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, Luis Sánchez Latorre, con justicia señaló "el temple de Matilde para defender la libertad y los derechos humanos". Por los fieles amigos del matrimonio que ahora se juntaba en la vecindad inmediata de dos humildes nichos, habló Margarita Aguirre, definiendo a Matilde como "la mujer más amada". No fue, como harto se sabe, el único amor del poeta, sino el más consolidado y definido. Todo el mundo coincidió en que por el círculo íntimo de la pareja que ahora volvía a dormir junta, hablaba quien correspondía.

La mujer del poeta fue tía de desaparecidos en el zafarrancho pretoriano. Clamó por el sobrino carnal que los jenízaros y la policía secreta de Pinochet hicieron humo y cenizas, junto a miles de otros chilenos evaporados en la noche. Pidió en las calles, con un cartel y la fotografía de su pariente inmolado, que se hiciera luz sobre el crimen. Exigió en cien lugares públicos que se dijera ¿dónde están? Por eso estuvo en su sitio Ana González de Recabarren, a quien le arrebataron el marido, dos hijos y su nuera, cuando intervino en representación de la Agrupación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos, honrando en la hora de su muerte a "la mujer inolvidable del inolvidable poeta".

Más de una vez -como ya se ha recordado- Neruda resaltó la estirpe proletaria, exaltó la raíz altiva y humilde a la vez, la cuna agreste hecha de tablas sureñas en que se meció, pequeña, su fea, de cuya boca-dijo con un dejo de humor- se podían hacer dos y cuyos besos eran frescos como sandías. No silenció sino que destacó su pertenencia al pobrerío, a los que se ganan la vida difícilmente con las manos. Era la que sabía plantar, coser, cocinar, clavar, escribir, la que nació y fue pueblo hecha mujer y así atravesó toda la vida. Por eso cuando Sergio Troncoso extendió el pésame en nombre del Comando Nacional de Trabajadores, sonó natural. Por añadidura, como era hora de vida y muerte, fluyó como del manantial que un sacerdote amigo, del cual Matilde me habló en el extranjero muchas veces con cariño, Mariano Puga, leyera unos versículos del Apocalipsis. Así lo más disímil cupo y se hizo coherente y articulado por la situación que se vivía y el personaje al cual se daba la despedida. Así resultó tan armónico que el joven poeta Gustavo Becerra dijera un responso, como que Patricio Hales le rindiera tributo por el Movimiento Democrático Popular y Eduardo Gutiérrez hablara en nombre del Partido Socialista encabezado por Clodomiro Almeyda y del MIR. Todo era legítimo y todo le era debido. En ese contexto resultaba tan lógico que el presidente democratacristianos de la Federación de Estudiantes de Chile, Yerko Ljubetic, comunicara su pesar en nombre de la organización de quien Neruda fue la estremecida voz poética hace 65 años, como que alzara la suya Fabián Alondre, en su calidad de portavoz de las Juventudes Comunistas, a las cuales el poeta dedicara un día un venturoso trébol de cuatro hojas.

¿Qué pasará con la herencia nerudiana? En una escueta declaración entregada a la prensa el día de los funerales se manifiesta que "la familia y los amigos confían en que el legado de Pablo Neruda, patrimonio de Chile y la cultura universal, se conserve intacto y pueda ser materia de estudio y reflexión para las generaciones futuras...".

Mientras subsista la tiranía será necesario librar incesante batalla para que así sea. Por llamadas "razones de Seguridad Nacional" la dictadura-como es de dominio público- se apoderó de Isla Negra días después del golpe. Luego, ante la fuerza de la campaña pidiendo que la medida se revisara, no se anuló el despojo: pero se le concedió el usufructo a Matilde mientras ella viviera. Ahora que ha muerto, ¿qué sucederá? El pueblo, el país, el mundo de la cultura estarán vigilantes para que la voluntad y las disposiciones testamentarias muchas veces expresadas por el poeta en su obra. sobre todo en el Canto General, sean respetadas.

A ella, humanidad de tamaño discreto, él le dio un nombre más, que prevaleció sobre todos los apodos que le puso el poeta: Patoja. Alguna vez Neruda escribió para su Patoja: "Dos amantes dichosos hacen un solo pan, / una sola gota de luna en la hierba. / dejan andando dos sombras que se reúnen, / dejan un solo sol vacío en una cama".

Dejan algo más. Un sol repleto, la poesía del poeta, que seguirá echando resplandores sin fin ni muerte. Dejan dos perfiles transparentes. Dejan la historia de un gran amor, la búsqueda de un sueño. Y una leyenda que acompañará a los chilenos, por encima de actuales cadenas y gemidos, para vibrar mañana, cuando el país sea libre, con un rumor de campanas, que abriéndose paso a través de la tiniebla, anuncien el nuevo nacimiento de la libertad, a partir del corazón y del canto del poeta que amó a esa mujer que ahora duerme a su lado, desafiando juntos oprobios y olvidos, como dos sombras, como dos vidas que la muerte ha vuelto a reunir.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03