Volodia Teitelboim

ENCUENTRO DE THORUN

HERENCIA Y CONTRADICCIÓN EN LA CULTURA CHILENA

Sucedió en Santiago de Chile en 1824, cuando acababa de ser derrocado Bernardo O'Higgins, libertador del dominio español. La regresión sin freno sentía llegada la hora de ajustar cuentas en todos los órdenes. Un ortodoxo recalcitrante, don Judas Tadeo Reyes, cuyo nombre se recuerda por esta anécdota, escribe un opúsculo para refutar a dos herejes peligrosos: a su compatriota, el milenarista Manuel Lacunza. y a un fraile polaco oriundo de Thorun. llamado Nicolás Copérnico, quien "movilizó el mundo hablando del movimiento del mundo". Lo acusaba de sostener imposturas diabólicas en "De las revoluciones de los Orbes Celestes", de formular especulaciones inauditas, tales como que la Tierra giraba alrededor del Sol. Afirmación tan escandalosa no podía, a su juicio, permanecer impune.

El episodio no es excepcional. Responde a una constante. En Chile, como en todo el mundo, han coexistido y luchado dos actitudes frente a la cultura. El lado más oscuro siempre intenta suprimir a su antagonista por la fuerza y el anatema. De dicha historia puede desprenderse una segunda conclusión: esta lucha también se da en el seno de la Iglesia. Sugestivamente son cruzados autoinvestidos con el nombre de Dios los que abominan contra dos sacerdotes de genio y mueven guerra en dicho caso contra aquel sobre el cual Ticho Brahe sostuvo que "la Tierra no produjo un hombre comparable a Copérnico en el espacio de tres siglos. Pudo detener el Sol en su carrera por los cielos y hacer circular la Tierra inmóvil".

También, dentro de una dimensión mucho más modesta, el estricto defensor de la fe condena al execrable Lacunza, místico del infierno, filósofo impío, doctrinario de lo sobrenatural. No importa que algún crítico lo considere el autor del libro chileno que ha alcanzado la más alta cumbre, La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, escrito durante su destierro, en una Europa preñada por el espíritu de la Revolución Burguesa, entre 17S4 y 1790. Por el eco extendido que alcanzó en su tiempo, se lo ha comparado con dos escritores chilenos del siglo XX, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, aunque un exégeta de Lacunza sostiene que "el sitio que el fraile ocupa dentro del plano internacional sigue siendo único en Chile y tampoco se le descubre paralelo en América".

Lo que queremos subrayar es la presencia de esta batalla perpetua dentro de la cultura chilena, que se planteó desde el primer día y es parte y expresión de la contienda entablada en todos los campos de la sociedad. El entrelazamiento íntimo de los tres tiempos de la historia configura una continuidad que hace que los hombres de hoy viajen a rescatar los aspectos progresistas del pasado para abrirse paso a un futuro de horizontes más anchos y profundos.

Hace poco el pintor (surrealista) chileno Roberto Matta ilustró la versión italiana, realizada por Ignacio Delogu, de la primera parte del poema épico de Ercilla La Araucana, publicada como una joya bibliográfica, bajo el auspicio de la Municipalidad de Florencia. Con este monumento literario del Siglo de Oro Español nace la imagen europea de Chile, nuestro concepto de nacionalidad.

¿Por qué un revolucionario tan radical de la plástica contemporánea, como Matta, instando a Alonso Ercilla Zúñiga y antes Neruda, en su Canto General e Incitación al Nixonicidio y Alabanza de la Revolución Chilena, se sintieron atraídos por el imán de La Araucana, un libro del siglo XVI? No por anacronismo, creo yo, sino por amor al siglo XX y por interés hacia el siglo XXI. La Araucana posee, además, otra particularidad: cuenta el caso del conquistador conquistado. En pocas palabras, el indígena de Chile resultó indomable. En el bronce de sus octavas reales, Ercilla deja estampado cuan difícil es dominar a un pueblo tan orgulloso, aunque las armas del invasor sean más mortíferas. Al igual que los cronistas Jerónimo de Vivar, Alonso de Góngora y Marmolejo, Pedro Marino de Lovera, como los poetas Pedro de Oña, Fernando Alvarez de Toledo, del siglo XVI, Ercilla canta la magnitud y porfía de las rebeliones indígenas. El monarca Felipe II, en El Escorial, suspira inquieto ante la acumulación de noticias sombrías provenientes de su colonia más lejana: "Chile -murmura- me cuesta la flor de mis Guzmanes". Se le apoda "Flandes Indiano", "Cementerio de los españoles". La furia de las batallas no amaina durante el siglo XVII. Entre 1603 y 1674 perecen en acción 42.000 soldados del Rey. Un gobernador peninsular calcula, con objetivo pesimismo, que "la guerra de la Araucanía resulta más cara que todas las conquistas de América". No faltan los consejeros de la Corte que recomiendan abandonar la remota, levantisca y ruinosa posesión. Sólo consideraciones estratégicas, el temor a que los ingleses u holandeses ocuparan el vacío, poniendo en peligro todo el imperio español en América, desalentaron dicho proyecto. Se la califica como una de las guerras más largas de la historia. Dura más de trescientos años. Se la llamó la Guerra de la Frontera, finalizada apenas hace un siglo, en virtud de los cañones modernos de un Ejército instruido por asesores europeos que limpiaron a sangre y fuego extensos territorios para introducir el capitalismo y la inmigración alemana en el campo. Si Matta retoma el antiguo tema de la Guerra de la Frontera, interpretamos el fenómeno, entre otras razones, porque la Guerra Interna, que cien años más tarde ha declarado Pinochet, el fascismo, contra el pueblo y la cultura chilena, es, en cierto sentido, un segundo acto de ese conflicto secular. Resulta decidor que el dogma castrense proclame oficialmente que el Ejército que asesinó a Allende, destruyó la democracia y la libertad en Chile y encendió hogueras de libros en las calles, es el continuador legítimo y directo de la hueste colonial hispánica que enfrentó al indio. De allí la actualidad del problema, la validez y razón del retorno al tema de la rebeldía nativa. Es un regreso a una fuente de inspiración, a las raíces del combate, a la selva inaugural de la lucha titánica y a la cuna de las leyendas heroicas. El toqui Caupolicán -cantado ya por Rubén Darío- supliciado en la ejecución tremenda del empalamiento; fue descrito por Ercilla y Neruda ("Ensartado en la lanza del suplicio, entró en la muerte de los árboles"). Las manos cortadas de Galvarino -evocan el martirio atribuido en la leyenda popular a Víctor Jara. Las astucia del estratega Lautaro- ("atacó entonces Lautaro de ola en ola - Disciplinó las sombras araucanas..."), todo es sustancia de una materia y de un propósito contemporáneos. Existe un encadenamiento, una ley de la herencia cultural, donde el pasado vivo es un libro que hay que volver a abrir a fin de leer en sus páginas algunas lecciones para afrontar el presente.

No hay época, ni siquiera la más oscura, donde no podamos percibir un destello de claridad transmitido por el espíritu interdicto, aprisionado. No cesa su trabajo en los secretos de un silencio que a ratos puede parecer que dura siglos.

Tras el espesor de plomo de la dictadura colonial, la cultura admitida mostró su uniforme color gris, edificante y majadero. Pero el río prohibido, a veces solamente hilo precario, circuló transportando el mensaje de aguas escondidas más puras y más vivas.

La Tierra está poblada bajo tierra, por depósitos de cultura heterodoxa, encadenada por grilletes que dificultan su marcha a tal punto que a veces la transforman en historia no escrita o en cultura callada, los demás, al exilio, antaño, anteayer y hoy. Esta es otra similitud histórica que invita a la reflexión de los chilenos actualmente extrañados: la mayoría de los máximos intelectuales de la colonia fueron desterrados como al presente lo está una legión apreciable de la inteligencia nacional.

En el siglo XVII, el cronista Alonso de Ovalle es, entre España e Italia, más bien, un transterrado, como hoy se autodefine el novelista José Donoso. La lejanía del terruño no vuelve descolorida ni abstracta su "Histórica Relación del Reyno de Chile". Aunque el recuerdo se tiña con los colores de la añoranza, su reminiscencia de los días de infancia y juventud, sensaciones tan vividas como la descripción del paso de Los Andes ("vamos por aquellos montes pisando nubes") acreditan el frescor de la mirada y la memoria tenaz de los sentimientos. La remembranza se enriquece con los aportes del tiempo, que le hacen contemplar y reconstruir con ojos más hondos la rememoración de los lares perdidos. Ese lúcido compromiso del cuerpo y del alma contraído con el suelo natal tiene hoy vigencia parecida para cerca de un millón de chilenos expatriados, pero no despatriados. Fulguró en el Padre Ovalle como la luz de un diamante riguroso, no sólo hasta el día de su muerte, en Lima, sino hasta el día de mañana. Visualizamos en él ese drama trashumante de los escritores, de los historiadores, de los periodistas, de los poetas, de los músicos, de los paisajistas, de los plásticos sutiles, de cualquier chileno andante por los caminos del planeta, llevando por todo equipaje una maleta de decisión y nostalgia, y donde está pegada en muchos casos la etiqueta del retorno.

Sin la poética transparencia de su hermano jesuita Ovalle, otro miembro de la orden trabaja, en pleno siglo XVIII, con la opacidad certera de las ciencias exactas. Se trata de un desterrado, el abate Juan Ignacio Molina. Alejandro Humboldt, el segundo descubridor de América, según Bolívar, va a visitarlo a la Universidad de Bolonia. Allí da cima a su "Ensayo sobre la Historia Natural de Chile". Y algo más. Hace descubrimientos sobre la evolución de los gérmenes. Es un investigador del mundo físico. Postula una filosofía de la naturaleza, una nueva concepción sobre el modo de comportamiento de la materia. Sus ideas inquietan al Santo Oficio. Lo inducen a suspenderlo de ejercicio del sacerdocio y a borrar su nombre de la Academia Pontificia. A los sesenta y cinco años tampoco alivia su enfermedad del exilio. "Sin embargo de mi avanzada edad -confía a un amigo de Chile- me hallo bastantemente robusto y en estado de emprender el pasaje de mar, y el deseo de abrazarte y de morir entre los míos me lo hará suave y corto."

Aunque tenía sed de volver, nunca pudo regresar. Murió hace precisamente un siglo y medio. En la última frase que se le atribuye pedía que le dieran "agua de Chile, agua fresca de la cordillera...".

Este extrañado que propone elementos para una revolución en el enfoque de la materia, se parece poco y mucho a otro exiliado correligionario y compatriota suyo que formula el plan de una revolución en el cielo. Es nuestro conocido Manuel Lacunza, primer filósofo místico americano, teólogo anunciador del retorno de Jesús a la Tierra. El título ya citado de su obra, La vuelta del Mesías en Gloria y Majestad, habla por sí solo. Es un libro denso, misterioso, peligroso. Una fábrica de pólvora, se emparenta con La ciudad del Sol de Campanella. Vaticina una utopía comunista de mil años. Su lógica es la de los constructores de sociedades perfectas del futuro, donde Dios se identifica con la justicia. No agradó a la autoridad el sentido y orientación de su proyecto visionario. En 1824 anotaron su nombre en el índice. Se juzgó su doctrina "plausible", aunque nociva para el alma de los fieles. Es de imaginar al proscrito en Imola o en Bolonia, con la pluma en el aire, tomado por el recuerdo de la casa paterna y el sueño del porvenir radiante, trasponiendo afectos, lejanías, ausencias, proyectando el pasado al futuro, en un intento de evasión del presente amargo. A ratos la declaración optimista: "Me hallo capaz de hacer un viaje a Chile por el Cabo de Hornos". Después la desesperanza: "Nos vamos muriendo en silencio y en paciencia debajo de la cruz...". Así escribe en una de sus cartas. En otra estampa unas pocas palabras que los exiliados de hoy consideran síntesis de situación, resumen del estado de ánimo, con visos de sentencia clásica: "Solamente saben lo que es Chile los que lo han perdido".

Todos ellos fueron expulsados de su patria por el absolutismo de los Borbones. Hoy repite la política y el método del extrañamiento el neofascismo de Pinochet, sostenido por los amos del imperio contemporáneo. Nada significó para la antigua reacción la magnitud creadora de esos espíritus. Al contrario, ella era su principal delito. Hoy sucede algo semejante. Pero, ¿quién puede a la larga destruir una cultura, pulverizar una gran obra con fusilamientos, torturas y ostracismos?

Hacia la creación de una cultura más abierta

Los ideólogos de la Independencia tenían el don del gesto, el sentimiento de la historia, adoraban el Progreso Indefinido, proponían el respeto por el Hombre con mayúscula. Aunque manejaban la retórica de la época con ingenua intemperancia, su simplicidad fulminante define la naturaleza y el estado de un pensamiento revolucionario hasta entonces inédito por esos contornos. El país despertaba y emprendía el aprendizaje de la libertad. Esta encontró sus portavoces. Nunca más torturas, clamó por ejemplo, Camilo Henríquez, el fundador del periodismo y del teatro republicanos. Escribía en "La Aurora de Chile", allá por 1812, que "las pruebas del agua y fuego se usaron antiguamente, se conoció su barbaridad y fueron abolidas. Se sustituyó la tortura, se escribió contra ella y se abandonó con horror. Se hizo uso de varios apremios ilegales, se usó de las esposas. Pero se han llamado en la sesión de las Cortes del 2 de abril "invención de las más horribles que han imaginado los hombres".

Pinochet se ríe de estas admoniciones tras la puerta del tiempo.

Sin embargo, el Fraile de la Buena Muerte insiste. Profesa la fe en los nombres célebres y el culto del saber: "Jamás es, pues, perdido -sostiene- lo que escriben los amigos de la humanidad. La gran masa de luces esparcidas en ambos mundos, los clamores de los sabios no han de ser ineficaces, sus semillas son inmortales, vendrá tiempo en que broten". Una declaración de principios exactamente al revés de la publicada por la junta. ¿Cómo no suscribir aquel voto de confianza en el futuro? Lo hacemos nuestro. Así como su llamado a abrir los ojos porque el cambio sólo será posible -aclara- si el pueblo abre los ojos; si, como decía Sarmiento, "se educa al Soberano". ¿De qué sirve escribir -inquiere Camilo Henríquez, con interrogación angustiosa para la literatura- si la barbarie es tan grande que no hay quien lea?" Siente el asombro de describir el hombre como sujeto posible de una existencia distinta, pero no se oculta que, si la perspectiva puede parecer maravillante y pecar por exceso de imaginación, el proyecto, en verdad, resultaría ilusorio, desmesurado hasta lo infinito e imposible de realizar, si no pasara por la cabeza y por las manos de un pueblo dispuesto a transformar el verbo en acción. Reconoce que son muy altas las barreras. "...La marcha de las luces se retarda -advierte- La ilustración debe hacerse popular, pero las instituciones antiguas fueron bien contrarias a la difusión de las luces."

Pienso en un itinerario detallado para llegar a la formación de una cultura de reemplazo, de sello nacional. Describe con minucia el plan educador. Dibuja la escala que conducirá a las alturas de la patria culta y superior. La iniciación debe empezar por el niño, encaminarse a forjar un futuro gran público educado. Quiere excluir la dictadura de la "élite" paternalista. Propone el currículum de estudio para las escuelas, la reforma del método escolástico. Recomienda la vulgarización de los libros útiles. Lamenta el atraso de las letras. Filosofa apretando las riendas a su entusiasmo: "La razón -suprema Diosa de la época- admite adelantos y se desenvuelve en los pueblos con lentitud". Hay que poner todo en movimiento, redefinirlo todo, prever incluso las etapas intermedias de la cultura. Hasta boceta una dinámica del desenvolvimiento de los géneros, la construcción cuidadosa de los diferentes tramos del espíritu. Llama a la búsqueda de niveles necesarios cada vez más elevados para articular orgánicamente la personalidad intelectual del país. Las letras -según su modo de ver leído en los enciclopedistas- tienen su infancia, las facultades de la imaginación se perfeccionan antes que los del pensamiento, de la observación y del cálculo. La sana política v la buena legislación conocen su hora: "son el último resultado de nuestras reflexiones". He aquí el orden previsto del camino que va del silencio a la pronunciación de la palabra de la civilización del espíritu: "Feliz el pueblo que tiene poetas, a los poetas seguirán los filósofos, a los filósofos los políticos profundos. Desventurados los pueblos donde están en un sopor continuo y letárgico la imaginación y el pensamiento".

" He aquí las líneas cardinales del programa de definición cultural en un país recién emancipado. Aparte de guiarnos por la memoria histórica, mutatis mutandi (correspondemos a otra época), ¿cómo no sentirnos sus herederos? Un principio de coherencia anima su sentido de planificación. Los préstamos tomados del modelo francés son evidentes. Se concibe la cultura como un proceso de apropiación evolutiva. Traza una perspectiva ancha. Trabaja por el desarrollo del país y del hombre común. Establece una debida relación entre intelectualidad y masa.

La estructura de las relaciones sociales opondría, desde luego. grave obstáculo para la aplicación de esta política, no sólo en el campo de la enseñanza y la cultura, sino en todos los dominios. Sin embargo, el crisol de un nuevo espíritu ya ha comenzado a bullir. Todas las referencias posteriores alusivas del siglo XIX, aunque no lo confiesen, han de tener como puntos de referencia iniciales dichos planteamientos.

José Victorino Lastarria, en su discurso clave ante la Sociedad Literaria, en 1842, retoma el tema "Nada será Chile, la América toda, sin las luces...".

A su juicio, la riqueza no dará libertad individual. Sin la democracia apoyada en la Ilustración el gobierno se bamboleará y se verá reducido a afirmarse, por un lado, en las bayonetas; por el otro, en montones de oro. Los oprimidos entonces esperarán sólo la ocasión para sacudir la servidumbre.

Durante la colonia -explica- era nula nuestra existencia literaria como lo fue nuestra existencia política. Porque la literatura -subraya enfático, siguiendo a su maestro Artaud- es la expresión de la sociedad. Exalta una misión: la de ser originales. Definir la realidad en términos nuevos, que sean "la expresión auténtica de nuestra nacionalidad". ¿En qué consiste esto? "En que tenga una vida propia -responde-, en que sea peculiar del pueblo que la posee, conservando fielmente la estampa de su carácter, de ese carácter que reproducirá tanto mejor mientras sea más popular."

A la arrogancia aristocrática, que concibe la cultura como propiedad privada de una minoría a la inercia de la imaginación de los poderosos, replica afilando su formulación crítica, argumentando, con pasión, que ese laboratorio de experiencias que es la actividad artística, no puede ser coto que se reserve a un grupo afortunado. Vuelve a decirlo y lo explica más rica y prolijamente: "Es preciso que la literatura no sea el exclusivo patrimonio de una clase privilegiada, que no se encierre en un círculo estrecho, porque entonces acabará por someterse a un gusto apocado a fuerza de sutilezas. Al contrario, debe hablar todos los sentimientos de la naturaleza humana y reflejar todas las afecciones de la multitud que, en definitiva, es el mejor juez, no de los procedimientos del arte, sí de sus efectos".

O'Higgins en el Acta de la Independencia sostuvo que "la revolución de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir los altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza". Sólo el primer esfuerzo. Faltaban muchos otros. Continúan faltando, por lo visto y por lo que seguiremos viendo.

Hay ciertas fechas-hitos en la historia de la cultura: 1842, 1938, 1970. Se asocian a fundaciones y recomienzos.

1842 es un año inaugural, cuando nacen la Universidad de Chile y la Sociedad Literaria, y, bajo la etiqueta de clásicos y románticos, estalla una discusión que trasciende la república de las letras. En aquella época se experimenta el descubrimiento del diálogo sobre el destino del país y sobre el papel que juegan las ideas. Se conocen por primera vez los ángulos agudos de una controversia pública que no gira en torno a asuntos de orden simplemente político y local.

Un artículo del argentino López sobre el tema que conmueve desde hace algún tiempo a la intelectualidad europea, "clasicismo y romanticismo", enciende la mecha polémica. Jotabeche replica con su arma natural, la ironía. Sarmiento -quien ya ha planteado el dilema de nuestra América como "Civilización o Barbarie" prontamente emblematizado por el asalto al poder de los caudillos- evoca, por otra parte, en Recuerdos de Provincia, los dientes incisivos del costumbrista, "que hubiera dado al traste con mi petulancia si él no hubiera flaqueado por el fondo de ideas general, de que carecen sus artículos".

Las facciones contendientes reconocen dos cabezas. Bello y Sarmiento, aunque ninguno de ellos fuera un clásico o un romántico químicamente puro.

Algunos atribuyen a Bello un clasicismo de mármol, que éste refuta vigorosamente. Se autodefine como un moderado. En la América hispana del siglo XIX es el intelectual más completo. Educador, legislador, poeta, gramático, periodista, crítico de literatura y arte, tratadista de Derecho Internacional, autor del Código Civil, planeó y escribió sobre todos los aspectos de la vida social. Tendió un puente entre la cultura de Europa y el Nuevo Mundo de las repúblicas que acababan de surgir. Puede decirse que fue el latinoamericano más universal de su tiempo. No falta quienes juzguen su obra maestra, la fundación de la Universidad de Chile. En la pieza histórica que constituye el discurso pronunciado en su inauguración define todo el espectro de la misión multiforme que le corresponde como instituto superior, en un país donde deberá formar los cuadros dirigentes de la nación que comenzaba a caminar por sus propios pies. Insta a que profesores y estudiantes fijen la mirada agudamente en el universo circundante. Que el país desconocido sea revelado. Que la nación por hacer se haga. Pero para ello recomienda que vean también el mundo y aprendan de él. Presten atención a los acontecimientos sobresalientes. Insinúa la suma de los problemas: su preocupación más íntima lo inclina a ponderar la literatura como una necesidad pública. Dentro de ella su favorita es la poesía, a la cual llama su aroma, "su capitel corintio". Adviértase que no la concibe simplemente aséptica y sólo intimista. No la acepta pueblerina. "Que los grandes intereses de la humanidad os inspiren", insta a la juventud literaria que forja sus primeras armas. No la quiere insignificante ni trivial. Propone sin ambajes motivos de inspiración. "¿Y cuántos temas grandiosos os presenta ya nuestra joven República?" Hugo y Balzac ejercen sobre su cabeza la fascinación magisterial. No tiene rubor en aconsejar la reinvención del tono épico. "Celebrad sus grandes días, tejed guirnaldas a sus héroes, consagrad la mortaja de los mártires de la patria".

Hay un problema implícito que lo preocupa sobremanera, el cual atravesará como una línea divisoria toda la historia del continente: la relación entre libertad y orden. Los románticos -el liberalismo de aquella época- conciben la libertad como libertad en sí, sin que les asuste su abundancia o su carencia de discreción. Esta idea queda fuera de la gramática, de los valores políticos, filosóficos, morales y estéticos de Bello. Lo inquieta el equilibrio inestable entre libertad y fantasía. No pretende encerrar la "loca de la casa" en el manicomio ni en la cárcel. Pero desconfía de la fantasía, de sus rarezas y excentricidades. El exceso de imaginación es un vicio y no la vía hacia el éxtasis. Propone para ello la libertad vigilada. Como su venerado maestro Goethe, abra/a el principio básico del orden. "Esta es mi fe literaria -argumenta cuidándose de los extremos-, libertad en todo: pero yo no veo libertad sino embriaguez licenciosa en las orgías de la imaginación". Precave contra toda brusca ruptura del límite, denuncia la abyección implícita en la sensualidad desbordada de la tabulación gratuita, en el desvarío y las alucinaciones del ángel negro de la literatura. Algo más: para Bello, la licencia literaria puede también transformarse en anarquía política. Ella revela cierta sórdida miseria en la naturaleza humana, matriz de los fomentadores del desorden. Como para su arquetipo de humanista, Erasmo de Rotterdam, el orden adquiere un valor absoluto y no es sino la otra cara de la libertad. Ella asemeja una fortaleza atacada desde dos extremos: "la docilidad servil, que lo recibe todo sin examen" y "la desarreglada licencia que se rebela contra la autoridad de la razón". Más peligroso aún es que esta licencia se rebela también contra la autoridad del estado.

La palabra orden -débil y feroz a la vez- rueda permanentemente en los labios del gobierno conservador, que esconde tras ella su frialdad dictatorial. En este caso, la palabra orden es la fachada de la hipocresía. En torno a ella se construye la oración oficial cotidiana que predica a la masa las virtudes del silencio y los méritos de la pasividad y la resignación. Por otra parte, forma parte de la ley del pago al contado de una oligarquía que ha comenzado a enriquecerse, ligada al capital extranjero y a los bancos particulares, que tienen la facultad de emitir papel moneda y poner alas a la inflación.

La palabra orden choca, entonces, en las calles con la palabra libertad. Esta truena y silba en las arengas de la juventud radical de la época. Su acepción de la libertad es opuesta a la de Bello. Se emplea con distintos sentidos, según el sector de la sociedad y de los intereses que la usen.

Pero ya las palabras han salido del diccionario para trasladar su dinamita a la vida política y literaria. Las letras, para ninguno de los polemistas o adversarios, quedan fuera del campo de batalla. Deberán registrar lo que pasa y, en el fondo, tomar partido. El novelista chileno más destacado del siglo XIX, Alberto Blest Gana, teoriza de este modo y practica sus ideas. Su propia obra no es extraña a todo cuanto acontece o aconteció alrededor, ni a los dramas personales e históricos vividos en la Guerra de la Independencia, ni a la prueba a que fueron sometidos los hombres durante la Reconquista española, ni al ardor juvenil del movimiento de la Sociedad de la Igualdad, ni a la represión violenta con que se le aplastó. Blest Gana ahondará en la aventura y a veces en la tragedia interior de los chilenos de adentro y de fuera. Los trasplantados no son precisamente los exiliados de hoy, sino emigrantes de lujo, los viajeros cosmopolitas y adinerados del pasado, que se emparentaban de alguna manera con el personaje de Carpentier en el Recurso del Método. Son arribistas, buscadores de las delicias parisienses, que finalmente se traducirán en desdicha y aniquilamiento. Blest Gana sabe que la novela debe ser una polifonía múltiple y abigarrada, donde todos los sonidos se interconectan. Conoce también que el esplendor es el precio de la miseria y la miseria el precio del esplendor. Su obra conforma un vasto conjunto contradictorio no exento de escenas en que pugnan clases, se producen choques sociales y colisiones ideológicas. La rebelión callejera, en las páginas de Martín Rivas, estremece Santiago, seguramente porque antes de ser un motivo literario fue un hecho histórico, como en ciertos capítulos de Los miserables. Probablemente Blest Gana lo supo muy a conciencia, porque "la vida literaria de los pueblos -anotó nuestro novelista máximo- está sujeta a las mismas vicisitudes de su existencia política y social".

Nada de este proceso sería concebible sin el aporte de las ideas y de los intelectuales extranjeros. En la lista de constructores de la cultura nacional hay muchos nombres latinoamericanos y algunos europeos, entre ellos el polaco Ignacio Domeyko, padre de la minerología nacional, director de la "Revista de las Ciencias y las Letras", Rector de la Universidad. Cuando Pinochet declara que no aceptará en el país ninguna idea foránea, está no sólo lanzando el grito de "Muera la Inteligencia Universal", sino que trata de cercenar una raíz básica de la cultura chilena.

Cuando se generan fuerzas nuevas y el panorama se complica, quien convierta su concepción ideológica en praxis política se transformará en un riesgo para el orden establecido.

El pensamiento avanzado del siglo XIX arrostró las iras del Estado y el castigo de la autoridad. La publicación de Sociabilidad Chilena acumuló sobre su autor. Francisco Bilbao, las acusaciones de blasfemo, inmoral y sedicioso. Y ¡OJO!, el texto fue quemado públicamente. Cuando Lastarria dio a conocer en la "Revista del Pacífico" su "Manuscrito del Diablo", está buscándose las penas del infierno. Escribe allí que "la clase privilegiada pone en acción todos los medios sociales en cuanto le conviene a su defensa y conservación, arrogándose la tutela del pueblo... Divide así la sociedad en dos clases, una que todo lo puede y lo goza todo, y otra que nada vale..." No es difícil entender por qué la Revista fue clausurada.

Suceden cosas aún más graves. Ya no es sólo la juventud intelectual avanzada el único peligro. Asoman otras fuerzas sospechosas. Se adivina en el horizonte el rostro temible y los balbuceos de una clase obrera naciente. Existe ya en la realidad. Surgen periódicos influidos por el socialismo utópico europeo. En 1845, el hecho de que un tipógrafo. Santiago Ramos, ponga la máquina infernal al servicio de la edición de "El Pueblo", estimada como una de las primeras publicaciones proletarias en Chile, es algo más indecente que blasfemar en el templo. Presagia lo peor. Prefigura la imagen de la revolución, ese fantasma patibulario que por aquel tiempo no sólo recorre Europa, al decir de Marx, sino que, de algún modo, asoma también su rostro por nuestra fresca, pura, bella e ingenua América. Lo inquietante y nuevo del fenómeno se expresa en la fundación de la Sociedad de la Igualdad, bajo la dirección de dos intelectuales próximos a los principios de las revoluciones europeas de 1848, Francisco Bilbao y Santiago Arcos. "El Amigo del Pueblo" formula planteamientos distintos de los antes escuchados. Habla de la lucha social determinada por la lucha de clases. Por supuesto, la represión es despiadada. Desde la cárcel. Santiago Arcos envía su atrevida carta a Francisco Bilbao. En ella plantea, en términos muy directos, el Programa de una Revolución Democrático Burguesa. "Para organizar un gobierno estable -explica-, para dar garantías de paz, de seguridad al labrador, al artesano, al minero, al comerciante y al capitalista necesitamos la revolución, enérgica, fuerte y pronta, que corte de raíz todos los males, los que provienen de las instituciones como los que provienen del estado de pobreza, de ignorancia y degradación en que viven 1.400.000 almas en Chile, que apenas cuenta con 1.500.000 habitantes".

Esa revolución no triunfó. La oligarquía, cliente ya del capitalismo extranjero, consiguió hacer sobrevivir el latifundio, injertarse en la plutocracia bancaria, que jugó cien años a la desvalorización de la moneda. Abrió, a partir de su triunfo en la Guerra Civil del 91 -donde pulverizó al Ejército Constitucional-, todas las compuertas de entrada al imperialismo británico, luego al alemán, hasta que después de la primera guerra mundial el influjo norteamericano penetra arrollador en el país como en todo el continente latinoamericano. Esto enrarece también la atmósfera cultural. No sólo los trabajadores, sino los mejores espíritus de la clase media ilustrada, los intelectuales de mayor significación y autoridad denuncian los peligros de la desnacionalización y del entreguismo, tanto de escritores y artistas como de empresarios y capas oligárquicas enteras.

El 27 de marzo de 1927, Gabriela Mistral, quien llamó a César Augusto Sandino el "General de los Hombres Libres", escribió sobre esta preocupación a Alfredo Palacios una carta que el tiempo debía convertir en profética: "Tengo otra convicción profunda -decía- la de que los hombres y las instituciones sin honestidad que hay en la América Española, los gestores comerciales y los escritores con venalidad pronta, son los auxiliares más eficaces y fatales del capitalismo yanqui, los que van lentamente hipotecándonos y que pueden acabar entregando a las generaciones futuras unas patrias en teorías pero, en verdad, con sus riquezas entregadas a Norteamérica".

Gabriela Mistral, el primer Premio Nobel de Literatura latinoamericano, es mucho más que el clisé anecdótico. Puso la fuerza de su poesía, el bagaje, aún poco conocido, de sus preciosos recados al servicio de sus contemporáneos, de nuestros pueblos. Supo hablar de su drama con agresividad, virulencia y verdad. Ni su poesía ni su prosa están acolchonadas de falsa dulzura. Su temperamento carece de serenidad clásica. Sus recados son algo más que un sobre elegante donde echa una carta pulida e intrascendente, en ellos se entrecruza toda la arborescencia de problemas de nuestra América, incluso del mundo (recuérdese su "Palabra Maldita", la palabra Paz, alabada en medio del hielo de la guerra fría. No temía comprometerse ni provocar las iras de los poderosos). lo hacía con enorme personalidad. Su poesía y su prosa son construcciones fuertes y medulares. Da al momento una dimensión que supera lo temporal. Gabriela Mistral, humilde y orgullosa, personalísima, magníficamente receptiva, fue rigurosamente fiel a sus indios, a sus campesinos, a sus niños. Defendió nuestros pueblos latinoamericanos con acento que sigue resonando, con argumentos que continúan siendo válidos. Cuando un primitivo Pinochet usa el disfraz ridículo del apolítico, y execra la política (que es el derecho del país a decidir su suerte y regir su destino), es bueno recordar que Gabriela Mistral, por anticipado, habló de la necesidad moral de que todos hagan política, y puso el acento en lo imperativo que resulta que la haga el pueblo, sus distintas generaciones. En 1924, en su carta a Carlos Deambrosis Martin, Gabriela le confía: "Voy convenciéndome que caminan sobre América vertiginosamente tiempos, en que ya no digo los mayores, sino los niños también han de tener que hablar de política, porque la política vendrá a ser (perversa política) la entrega de nuestros pueblos, el latifundio de puños cerrados que impide una decorosa y salvadora división del suelo, la escuela vieja que no da oficio al niño pobre y da la profesional a medias su especialización, influencias extranjeras que ya se desnudan con absoluto impudor sobre nuestros gobernantes". Así combatía.

Cuando Pedrito Balmaceda, a los veinte años, se pregunta si podrá la novela social contemporánea servir en lo futuro a la información histórica, está mirando a los clásicos rusos y de Europa Occidental. Pero, sobre todo, observa lo que sucede en el país, que está a punto de llegar a las manos, más bien dicho, a las armas, y arrastrará a la muerte hasta a su propio padre, el Presidente. La primera revolución rusa se incuba en las entrañas del zarismo que encarcela a Gorki y ataca a un proletariado que levanta barricadas en San Petersburgo y Moscú. Coetáneamente, en 1904, Baldomero Lillo, un empleado tuberculoso de la compañía de Lota-Schwager, funda la literatura social moderna chilena, con la publicación de su libro de cuentos sobe la vida de los obreros del carbón. "Sub-Terra". El problema está pintado con talento y crudeza. No lejos de allí, en Parral, nace ese mismo año Neftalí Reyes Basoalto (Pablo Neruda). Por aquellos tiempos un puñado de intelectuales deslumhrados por la utopía de Yasnaia Poliana fundan una colonia tolstoyana. Como si fuera poco, obreros y artistas se juntan para formar otra más. La música de la utopía tiene por respuesta el tableteo de las ametralladoras. Arrecian las masacres de obreros, más peligrosos porque es una clase a la cual se le va haciendo claro que debe pensar por su propia cabeza, incluso escribir con sus propias manos, cantar con su voz y hacerse oír sin intermediarios. En otras palabras, a juicio de sus enemigos, es más culpable porque aspira a formarse una cultura.

Anotemos cierta característica: se trata de una cultura donde con frecuencia se salta o se desploma el muro que separa al pueblo de los intelectuales. Arte y trabajadores. A principios del siglo, Luis Emilio Recabarren, que en 1912 fundó el Partido Obrero Socialista y diez años más tarde el Comunista, estimó que la lucha política y económica debía complementarse necesariamente con la actividad cultural. El periodismo revolucionario, el teatro de tesis, la música comprometida, los coros aglutinantes de los pobres, la poesía que incita a la acción brotan en el páramo de las pampas salitreras. El propio Recabarren, un obrero de imprenta, no es sólo el organizador sindical y político de los que tienen su misma condición social. Es autor de piezas teatrales, que él mismo dirige y representa. Se toma la escena por la vida. Y la vida está en la escena. Por ejemplo, uno de sus discípulos y actores, el joven calichero Elías Laferte, sobre el tablado contrae matrimonio efectivo con la actriz que representa el papel de su amada. Proclaman así la vigencia de las leyes del corazón y no de una sociedad a la cual no le reconocen el derecho de intervenir en sus sentimientos. Es un momento romántico anárquico en que se funden ficción y realidad. El teatro social, en el cual descuella un campesino autodidacta, Antonio Acevedo Hernández, llega a los trabajadores. Recabarren, que suele escribir poesía, compone también las letras intencionadas de los himnos de rebeldía. Es decir, el obrero llega a la conclusión que la cultura debe ser también suya. Y que su expresión no puede ser igual a la de su explotador. Debe partir de otros valores, porque el pueblo ha de tener derecho a la elaboración de su propio pensamiento. Tampoco será una cultura maximalista, de negaciones totales. Tendrán que aprender de los que saben, para expresar lo que sienten y necesitan, sirviéndose de los elementos culturales válidos para toda la sociedad.

Se conforman diversas corrientes. Cierta forma pobre del realismo prima facie, simplista, queda a menudo bajo la línea de flotación estética. Hay un realismo robusto, que deja atrás la sombra de Zola y concede a la introspección el sitio que la vida interior tiene en el hombre. Se desarrollan tendencias muy distintas, algunas de cuyas manifestaciones navegan por cauces de la Revolución Estética europea. Cuando Vicente Huidobro publica el año 1916 en París la revista "Nord-Sud" apunta la aparición de una vertiente rupturista que replantea el dilema de Bello, la dialéctica del orden y libertad en la casa de las musas.

La encrucijada del 38

A través de todo el siglo XX prosigue, agudizada, la polémica política cultural del siglo XIX, por supuesto con algunos contenidos, formas y problemas nuevos. Hay un continuo debate subyacente entre izquierda y derecha en el terreno de las ideas. Impactan a los intelectuales de izquierda los grandes acontecimientos del mundo contemporáneo. Dentro del análisis, reemergen constantemente las interrogaciones sobre la relación entre cultura y movimiento revolucionario. Se producen algunas contribuciones lúcidas y penetrantes sobre los vínculos cultura y masa, cultura y política. Al intelectual no se le estima un interlocutor privilegiado, pero tampoco quinta rueda del coche. Tal es la posición de los partidos de avanzada. Proponen una relectura crítica de la historia cultural con un sentido de renovada actualidad: conciben el arte, el saber como un elemento indispensable en el proceso de transformación de la sociedad chilena.

1938 es un año extraordinario de deslinde. Cuando triunfa el Frente Popular en Chile, ganando la Presidencia de la República con el radical Pedro Aguirre Cerda, en cuyo gabinete un joven médico socialista. Salvador Allende, desempeña el Ministerio de Salud, se desata una poderosa energía cultural latente. El mundo se conmueve con la guerra de España y el Pacto de Munich.

Que la poesía chilena no es apolítica ni aldeana ni desconocida fuera de su corral lo prueba el hecho de que el Ejército Republicano imprime en el trente España en el Corazón, libro que marca también una nueva frontera en la obra y en la vida de Neruda. Surge una hornada literaria precisamente denominada después "Generación del 38" Como otras promociones que aparecen en horas de encrucijada. se propone ir, estar y ser pueblo. Acusa una perfilada tónica social y lleva sobre la frente el signo distintivo antifascista. Cuando Hitler invade Polonia y desencadena la segunda guerra mundial, siente que el hombre ha entrado en una etapa donde la tragedia exige el heroísmo. Precisamente cuando cunde y ruge el incendio, la responsabilidad se acrecienta, la mañana en que los ejércitos nazis agreden a la Unión Soviética, el Teatro experimental -que inicia una nueva fase en la historia de la escena chilena- realiza su primer estreno en el Teatro Imperio de Santiago. Durante aquellos años de guerra aparecen libros representativos de la tensión que se vive. Reinaldo Lomboy publica Ranquil. Su tema es el de una masacre campesina. Nicomedes Guzmán escribe una novela que refleja las angustias y preocupaciones de la juventud de los barrios bajos de la capital: La sangre y la esperanza.

Los planteamientos de Lastarria, en su discurso de 1842, pertenecen a una época americana. Forman parte de la misma familia de la cual procede la oración sobre la independencia espiritual de los Estados Unidos, pronunciada por Ralph Waldo Emerson, y análogas suenan las proposiciones del argentino Esteban Echeverría. A su respecto, un siglo más tarde, los hombres del 38 postulan una continuidad y una ruptura. Como sus antecesores, delinean la función del intelectual en la sociedad y su tarea de contribuir a la libertad y el progreso. Reconocen así la filiación lastarriana, pero no pueden dejar de observar los cambios experimentados tras cien años de historia nacional y mundial. ¿Cuáles son las diferencias?: No se consideran una élite sin poder o contra el poder, ni incomprendidas personalidades de excepción, cuyas armas son el genio o el talento reservado a los elegidos, sino más bien trabajadores de la pluma, del pensamiento v la sensibilidad, que deben sumar su fuerza a la de los otros trabajadores, a fin de realizar en conjunto una empresa político-social común, aunque empeñándose ellas de modo preferente en la tarea de la edificación cultural. No se atribuirán, pues, el papel arrogante de "conciencia de la Nación", no serán individualistas amotinados por cuenta propia contra el estado burgués, sino militantes orgánicos de una causa que considera necesaria la sustitución del régimen opresor, y la concibe como obra de una movimiento revolucionario amplio, del cual esos intelectuales forman parte por derecho propio, en un plano de igualdad. Desdeñan el aristocratismo de la reflexión regresiva y execran al intelectual que se vende, al príncipe o al dictador.

Es sabido que la puerta de entrada a la historia latinoamericana de los últimos veinte años la abre la Revolución Cubana. Antes, en 1953, se ha celebrado en Chile el Congreso Continental de la Cultura, con la presencia de reputados intelectuales de América y Europa,

En los Encuentros de Escritores de Concepción discuten de nuevo los problemas de la sociedad y del oficio, hombres representativos de la literatura y el arte latinoamericano. Además de los chilenos participan entre muchos otros. Alejo Carpentier, José María Arguedas, Alberto Zalamea, los beatnicks norteamericanos Alien Guinsberg y Laurence Ferlinguetti. Junto a los escritores, una mujer despeinada que se sienta en el suelo, saca música de los instrumentos más cotidianos y más inverosímiles. Pero, sobre todo, de su voz salida de la entraña de la tierra cordillerana. Se llama Violeta Parra. Porque desde el 38 las artes se buscan en un anhelo interdisciplinario. El tesoro vernáculo, que la doctrina oficial daba por extinguido, se redescubrió. El hallazgo del folklore, en las profundidades de campos y serranías, fue el preludio al surgimiento de la Nueva Canción Chilena, que ha dado la vuelta al mundo.

La Unidad Popular es un salto de calidad, un nuevo folio. Es hija de la historia del pueblo chileno y prima de la Revolución Cubana, aunque siga otro camino.

Los mil días del gobierno de la Unidad Popular señalan un tercer momento, profundamente vinculado al de 1842 y de 1938, pero marcando diferencias cada vez, más agudas.

A la Generación del 38 han sucedido otras nuevas, que discuten, niegan o declaran la caducidad de la primera. Dialécticamente hablando, no es una crítica descaminada. Pero corresponde analizarla como fenómeno dentro de su tiempo. Tuvo el mérito que ya alcanzaron otras generaciones dentro de sus respectivas épocas, de comenzar la asimilación, aunque fuese retardada, de la literatura europea de la primera posguerra, de los ismos que van desde el cubismo hasta la Revolución Surrealista. Huelga decir, además, que cada creador es único e irrepetible y que, por tanto, las escuelas o los grupos, las generaciones o las tendencias representan convenciones y arbitrios que tienen mucho de ficticio y generalizante. Los llamados hombres del 38 son, en algunos casos, continuadores del realismo que viene de las generaciones de Azuela, Rómulo Gallegos; luego de la Escuela de Guayaquil. Otros van más lejos. Aspiran a una literatura que reclama mayor fidelidad a sus leyes específicas. Vuelven, a su manera, al dilema orden y libertad, prefiriendo casi siempre la última. Acentúan como profesión de fe estética la necesidad del lenguaje autónomo, un derecho irrestricto a todos los experimentos y el imperativo de la originalidad. Entre ellos, algunos citan sus paradigmas: los románticos alemanes (Hölderlin, Kleist): los franceses (el conde de Lautreamont, Nerval, Jarry, Rimbaud, Mallarmé, Apollinaire, Andre Bretón. Paúl Elouard y Louis Aragón), el rumano Tristan Tzara. El emisario recadero que los da a conocer en Chile es Vicente Huidobro, quien disputa para sí a Fierre Reverdy la paternidad del creacionismo. Huidobro, en general, no cree en precursores latinoamericanos. A ratos, parece interesarse por el mexicano López Velarde y por el uruguayo Herrera y Reisig. Algunos poetas del 38 aceptarán, por entonces, a unos pocos criollos más: César Vallejo y al Neruda de las "Residencias". La narrativa de la época está más próxima a su tierra y a su historia. Coloane, Atías, Alegría, Droguett, son muy diferentes de José Donoso y su sentido de la forma muestra poco parentesco. Pero a cada cual, de un modo diferente, los influye un mismo tiempo histórico, aunque éste se traduzca en aparatos verbales peculiares, en una visión del mundo, de la vigilia, del delirio y la reflexión personalísimos. Los del 38 pavimentaron, de algún modo, la carretera a los jóvenes del 70, cuya sensibilidad ya ha hecho la digestión de esos alimentos secretos que, treinta años antes, muchos juzgaron insoportables.

Durante las dos últimas décadas, el lector americano más avispado, ha vivido el clima del llamado "realismo mágico". Ha aprendido a respirar su atmósfera como los habitantes del altiplano, el aire de las altas cumbres que los costeños estiman invivibles. Algunos nombres forman parte de este "habitat" psicológico. Admiran y detestan al paradójico Borges, tan premeditadamente escandaloso y tan provocativamente reaccionario en el orden político. Este lector-escritor camina entre las curvas, reales y fantásticas, descritas ya durante la generación anterior por el barroquismo sensual de un Miguel Ángel Asturias, que esculpe en su novelística un friso del drama del hombre en América Central. 131 joven aprendiz del 70 se encuentra fascinado con el regodeo del lenguaje opulento y preciso, con la espléndida lucidez profundizadora de un Alejo Carpentier. Es un contemporáneo del bullado "boom" latinoamericano. Simpatiza con Cortázar en su nueva manera de mirar el mundo de la experiencia y sus referencias entrañables a una Argentina que ha pasado por Europa para ser auténticamente ella misma, como versión siempre inacabada de un país que nunca termina por hacerse. Siente la nostálgica recreación de Hijo de Hombre o la megalomanía hermética de Yo, el Supremo, con que Augusto Roa Bastos contribuye a fijar la intimidad de un Paraguay desconocido, de un dictador alucinado. Se interesa por el Perú de Vargas Llosa, realísimo y denso en La Ciudad y los Perros, Casa Verde, Conversación en la Catedral, que busca la entretención de gran estilo, altamente profesionalizada, en Pantaleón y las Visitadoras y en La tía Julia y el Escribidor. El muchacho que empezó a escribir durante el gobierno de la Unidad Popular se adentró en su propia angustia y esperanza con Mario Benedetti, porque Uruguay no sólo estaba cerca, sino que se lo saludaba como la otra Suiza de papel dentro de la mitología latinoamericana. Juan Ciarlos Onetti le mostraba una dimensión más desconsolada, pero con una inquietud igualmente contemporánea. El lector del 70 ha tenido tiempo para penetrar en meandros tan misteriosos, tan envolventes, tan insinuantes de una cuarta dimensión; tan revolucionarios del tiempo y el espacio como las obras de Juan Rulfo. Pedro Páramo, El llano en llamas son libros-padres, sobrios y terribles, donde lo mexicano es el hombre que fluctúa entre el ser y la muerte, donde en la taciturna insinuación del indio y el mestizo latinoamericano parece más elocuente lo que se calla que lo que se dice. Vive un nuevo descubrimiento o un nuevo deslumbramiento de América (o del Caribe), efectuado por un hombre oriundo del país que lleva precisamente el nombre de Colón. Con García Márquez la realidad toma patente mágica y el mito se hace verdad, tal vez porque es una verdad que el autor despertó del fondo de América y del hombre soterrado en el perdido Macondo.

El intelectual chileno de ese tiempo, vive con sus vísceras en tensión. Todo le demanda un esfuerzo sobrehumano. Aspira profundo las corrientes de aire que surcan el Continente. Con la eclosión de la Unidad Popular, todas las artes, toda la cultura aparece disponible para embarcarse en la conquista del cielo, de los libros y del saber. Son las multitudes las que se inscriben gustosas, vigorosamente, en el ímpetu de ese momento eufórico. La Revolución Cubana brilla alto entre sus devociones. Por su ejemplo, por cien iniciativas, entre ellas la obra de la Casa de las Américas, aparece por estos lados como el fenómeno cultural más significativo de los dos últimos decenios. Nuestra gente se propone hacer su propia revolución cultural, no a la china sino a la chilena, pese a todo el rigor de la contraofensiva del imperialismo, la furia de la reacción interna y el peligro del salto del tigre en los cuarteles. Es una atmósfera de victorias y de muertes, donde el sacrificio del Che y el asesinato del General Schneider, apuntan un plan contrarrevolucionario implacable.

La victoria de la Unidad Popular simbolizó, con honda resonancia, la posibilidad de la esperanza, de que ciertos pueblos podrían abrirse paso hacia su emancipación sin pagar el duro precio de la sangre. Tan noble propósito nadie podrá borrarlo. Todavía se discute y se seguirá discutiendo si fue un pecado de candor. El intelectual de la Unidad Popular, como un segmento de su pueblo, compartió las peripecias del accidentado gobierno, intentó también hacer una revolución de la cultura y cayó bajo los tanques de la contrarrevolución sangrienta. listos hechos encuadran el territorio vital de la intelectualidad chilena de la presente década. La mayor parte de sus nombres corresponden a críticos del régimen capitalista y adversarios resueltos del fascismo. Probablemente la magnitud de la responsabilidad y de la tarea ha sido, por ahora, superior a sus fuerzas. 1.a derrota no ha significado para ellos morder el polvo del desencanto. La inmensa mayoría vive obsesionada por un exilio que no es llanto sino lucha. Y el arte no se ha llamado a silencio. Más bien ha conocido una violenta explosión. Explosión subterránea adentro, más visible afuera.

La pintura estalla como una granada sobre los muros a través de los dedos ágiles y populares de las Brigadas Ramona Parra. Y surge una institución única: el Museo Internacional de la Solidaridad con Chile. Nacido en los días del gobierno popular, se desarrolla y crece en el exilio como una pinacoteca de valor inestimable por su calidad y su significado moral, como expresión de apoyo de los mejores pintores del ancho mundo al pueblo chileno. Se cantan en las peñas canciones en secreto o con dinamita, siempre con esperanzas. El Teatro sube a escena. Y aunque Sócrates diga en Santiago de 1979 sus últimas palabras antes de beber cicuta, es el país real el que habla por su boca, no porque se prepare a morir, sino por todo lo contrario, porque reclama ciertos derechos que no han pasado de moda en varios miles de años. Todo resulta poco, porque lo que hay que hacer es mucho. Siempre, siempre, se tiene la sensación de estar atrasados. recién comenzando. Y de no cumplir bien. Se vive lleno de preguntas. Vivir bajo el fascismo y vivir en el exilio, para muchos ha significado una maduración de conciencia.

Sería injusto menospreciar lo que hizo la Unidad Popular. Se produjo una enorme intensificación del trabajo cultural, intelectual se propuso participar, aunque dicha labor no estuvo suficientemente estructurada. Intervino más bien en la realización del proyecto político, El esfuerzo cultural se resintió de dispersión y confusionismo. Con la Unidad Popular, el intelectual no pretendió asumir un rol protagonice. Se olvidó un poco de sí mismo. Y fue, a menudo, olvidado. Pero una cultura libre y accesible a los sectores populares, se articuló aunque no alcanzó la integralidad y plenitud de la explosión cultural lograda. El pueblo, digamos, respondió con el estallido de una sed de lecturas largamente contenida, acicateado, porque se sintió llamado a gobernar el país, lo cual exige como premisa saber cómo se gobierna un Estado, cómo se levanta una sociedad nueva. Su ignorancia tenía una trayectoria y una historia. Estaba condicionada socialmente por un régimen en beneficio de una minoría que hacía de la cultura un privilegio. Quimantú, "el sol del saber", en lengua indígena, multiplicó por veinte las tiradas anteriores a la Unidad Popular. No era solamente una editorial. Era un pueblo que descubre la cultura, porque descubre que la Revolución le abre la posibilidad de una nueva vida. Queda en la memoria histórica de un pueblo ese momento en que objetivamente leyó, estudió, aprendió, amasó conciencia y se autodefinió como un ciudadano igual entre los iguales.

Permanece en pie la necesidad de establecer la unidad orgánica entre cultura y política. Lejos de nosotros el pensar que ese recuerdo de la experiencia cultural del gobierno presidido por Salvador Allende está metafísicamente destinado a perdurar eternamente. La dictadura pasa todos los días el rastrillo, la esponja, la espada por la cabeza de los chilenos. En Chile, todos los días se combate por el pan y la libertad. La cultura es también un combate de cada día. Una lucha paciente, profunda, en muchas direcciones, una batalla donde están los más y los mejores, donde están los intelectuales, donde participa, a nivel de masas, un pueblo que sabe que el saber, la cultura y el arte son también armas indispensables para derrotar el fascismo.

Quiere no sólo reconquistar las posiciones perdidas, sino hacer lo que antes no se hizo, reparar los errores y continuar un camino que no pasa por las mismas estaciones, porque el viaje hacia el futuro tendrá itinerarios nuevos.

La reacción, por su parte, ha contado siempre con la peor ultraderecha cultivada. Desarrolló, desde un principio, la ralea de los formuladores del pensamiento del tirano. Un puñado de teorizantes de la ideología del desprecio al pueblo, que es parte de la concepción de la vida o de la sociedad sustentada por la gran burguesía, entrega criterios políticos, económicos, pseudofilosóficos movidos, en el fondo, por su sentido terrorista e implacable del poder, del poder trascendente del dictador o de la democracia limitada. El funcionamiento del mecanismo presupone el control de la educación y de los "mass media". O la rendición incondicional o el genocidio cultural. La cultura ha sido para ellos, en Chile, un hueso duro de roer, al cual no vacilan en penetrar, en última instancia, a sangre y fuego. Hoy lo hacen, en una mano el fusil y en la otra una lista de ordenanzas y decálogos dogmáticos, reclamando la entrega del alma del país, al monopolio al derecho a hacer la historia.

Pintan en los muros la imagen del diablo personificado: el marxismo. Y conjuran cada día el viejo demonio. Dejan, desde luego, en la sombra, los crímenes del régimen. Intentan una revaluación mistificada de las figuras del pasado. Toman a Portales de un ángulo, tratando de legitimar, bajo su nombre, la opresión fascista. Son los propagandistas de la "solución final" en el campo ideológico. Nada cambiará mientras el hombre no cambie, mientras no piense como nosotros queremos que piense. Por un lado, rehabilitan un pretérito que nunca existió, al menos en esa forma; por otro, hablan de una nueva conciencia nacional, ávidamente nutrida con préstamos del fascismo europeo, con las exhortaciones del Opus Dei. Van desde Judas Tadeo Reyes hasta Miguel Ibañez Langlois, desde la "Gaceta del Rey" a los editoriales de "El Mercurio". Representan los "ideólogos" del mil veces citado "peso de la noche" que invocan como una necesidad del orden la atonía del espíritu, el aseo de las calles y la tranquilidad de los cementerios. Desconfían de todos los libros, pinturas y cantos, de toda la historia que no escriban manos oficiales. Su doctrina sagrada es que los ricos nunca dejen de explotar a los pobres. Su evangelio particular reza que la "tradición" se mantenga apenas intacta, que la cultura sea ciudadana muda de un país sin ciudadanos. Que cada uno se sienta partícula y proyección de la mitología intangible de una nación abstracta, inmóvil, superpuesta a la nación de verdad, hecha de la diferencia entre los de arriba y los de abajo.

La cultura que proclama el cambio es el Enemigo, el Extranjero, el Otro. De allí a llamarla agente del extranjero, o sea del Demonio, media un paso. Abajo la barbarie de la novedad. Abajo el vandalismo revolucionario, que el siglo pasado ya inquietó más de lo que imaginamos a los disfrutadores del sistema. Su concepto de la cultura se impondrá por la violencia manejando, sobre todo, las armas. Entregará la nómina policial de los "antis". Quien no les rinda culto y obediencia será antichileno, antipatria. Por razones coyunturales inventarán, a posteriori, una tradición, donde el Ejército -que destruyeron dos veces- representa el símbolo de la nación y de la unidad de los chilenos. Es algo más que la justificación del pasado. Es una corriente que, desnaturalizándolo, negocia con el pasado.

El fascismo de Pinochet proclama a Chile singularidad única, donde no existen, según su declaración explícita, ni lucha de clases, ni obreros, porque los ha suprimido por decreto. No importa que todo ello configure una mentalidad enajenada. La impone con el fusil. Por tanto, es obligatoria, aparte de mítica.

El apagón cultural -en un orden no sólo simbólico- más que una metáfora acuñada en academias castrenses es una política y una consecuencia. La inteligencia es desconfiable y destructiva. ¿Intelectuales? Sólo a su servicio. Los demás "al encierro, al destierro o al entierro". Los ideólogos de las cadenas representan una minoría. Su validez no reside en la fuerza de sus postulados, sino en el principio de autoridad. Su codicia de privilegio no lesiona su categoría. Están encargados de atender la comisaría policial del espíritu. La DINA contra la inteligencia, donde la banalidad de la pseudocultura se estima fuerte sólo porque tiene la fuerza, aunque invoquen al idealismo filosófico y hasta una nueva democracia, tecnificada.

Finalmente, para la dictadura, la cultura planea en una superestructura inasible, nunca debe estar al alcance del pueblo. Los militares regirán el proceso del pensamiento. Los intelectuales adictos deberán definir en el papel las reglas del espíritu constructivo al servicio de los banqueros, los clanes, los nuevos monopolios, disfraz de los viejos. Su deber es implantar una cultura sin cultura.

A ratos, lo que pasó antes del golpe de 1973, nos parece tan lejano como un anacronismo. Para quien la contempla, la historia, en cierto sentido, es un anacronismo. Sin embargo, la identidad del Chile pre-fascista nos sigue doliendo como una herida que no se cierra. El tiempo ha generado en torno a sus labios sangrantes una especie de costra resistente. Pero todos vivimos marcados por el trauma, digámoslo. Por las muertes y destrucciones del fascismo y, en algún aspecto, por la deformación del exilio. Ha sido una catástrofe nacional y una catástrofe personal para miles de chilenos.

Ahora tenemos que sacar algunas cuentas. Antes del golpe la cultura vivió una época republicana, más de siglo y medio, durante la cual no dejó de recorrerla, sobre todo en épocas de crisis, una inquietud interrogadora, lanzando, no a la manera metafísica ni existencial la sonda de la eterna interrogación. ¿Qué somos?, y más particularmente, ¿qué hacer? Existe la cultura chilena como una forma de ser de la nación real y espiritual.

El intelectual auténtico, no sometido, es, más que nunca, concebido en Chile como un marginal. Su marginalidad significa negarle el espacio social, el ámbito de trabajo y creación, incluso la libertad, a veces, la vida.

El fascismo rechaza el libro como un elemento pernicioso. Los editores denuncian que en Chile el libro sufre el gravamen más alto del mundo. Se autoriza la publicación de obras edificantes, como una sobre la Guerra del Pacífico, Campaña de Tarapacá, cuyo autor es Augusto Pinochet.

La catástrofe ha afianzado un nuevo reencuentro entre intelectuales y trabajadores. Las barreras se hacen menores. La solidaridad las acerca.

En un comienzo, el obrero, como el intelectual, redujeron su existencia al deber más elemental: sobrevivir. Tras la perplejidad trágica del primer momento, sobrevivir con dignidad era una forma de cumplir. Del silencio pronto saltó un resplandor: fueron los funerales de Neruda, donde dos semanas después del golpe se cantó La Internacional bajo la boca de las metrallas. Se reanudan los contactos en la sombra. Es una época de recomposición de filas en la clandestinidad. Allí empezó también el esfuerzo por el desapagón, la acción de encender, poco a poco, las luces.

La cultura en los últimos cinco años ha explorado y trabajado en medio de la vida y de la muerte. Poco a poco, se aventura por un territorio señalado en el meridiano unitario. Pasa al combate mas organizado, donde las masas marxistas, católicas, la Unidad Popular y la Democracia Cristiana, con sus obreros, sus campesinos, sus intelectuales, buscan una creciente concordancia en la acción, como lo demostraron las recientes manifestaciones del Primero de Mayo, contrarias a la Junta. Se hace más y más por acercar el país de afuera hacia adentro. El Chile simbolizado por el cactus de la costa nerudiano, arraigado, a pesar de todas las inclemencias, a la arena y a la roca nativas, y el Chile peregrino, que anhela volver a su centro vital, tienden al reencuentro.

El Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, Luis Sánchez Latorre, quien nada tiene que ver con el marxismo, ha recordado que casi un centenar de escritores, "muchos de ellos de gran relevancia", están en el exilio. Argumenta que "todos ellos deberían estar en Chile, sea cual fuere su pensamiento político". Agrega que "una parte sustancial de la masa pensante del país está dispersa por el mundo y esta realidad ha provocado una importante recesión en la literatura". Comparó la situación a la ocurrida durante la España de Franco. Recalcó que, además de escritores, hay muchos artistas, maestros, catedráticos, científicos, profesionales en el exilio. Por ello, junto a la Unión de Escritores Jóvenes, la Sociedad de Escritores de Chile propone la realización en octubre de un Congreso de todos los escritores chilenos, de los que viven dentro y fuera del país.

El 12 de julio se cumplen tres cuartos de siglo del nacimiento de Pablo Neruda. Que el nombre del gran poeta chileno universal es odiado por la Junta lo comprobó, una vez más, el hecho que su valerosa viuda, Matilde Urrutia, fuera golpeada, vejada, insultada y detenida durante siete horas por la policía de Pinochet en Santiago. ¿Su delito? Ser fiel al pensamiento y a las posiciones del poeta. Estar presente -en la hora en que se descubren los cementerios secretos de las víctimas del fascismo- como familiar de presos políticos desaparecidos, en la manifestación que decenas de mujeres hicieron para que esclarezca, de una vez por todas, la suerte de sus familiares atrapados por la Gestapo del dictador. Allí castigaron a niños. Mirando sus rostros azotados, Matilde gritó con indignación. La furia del fascismo se descargó sobre ella. Nuestro pueblo honra los 75 años de Neruda como un homenaje a la poesía, a la libertad, a Chile.

América Latina se ha enriquecido con los numerosos aportes adventicios procedentes de Europa. Pero los ha incorporado a un núcleo propio, original, que no puede ser mirado en menos. Alejo Carpentier, hablando el 30 de marzo pasado en la Universidad de Yale sobre "La Novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo", rechaza la idea generalizada de que se ha guiado siempre por patrones europeos, afirmando que ella, desde el siglo XVII "se anticipó, en muchos casos, a los conceptos literarios e ideológicos del viejo continente".

"Nosotros -añade el autor de El Recurso del Método- no conocimos guerras dinásticas ni guerra de religión, ni largas contiendas de tipo feudal como las que todavía ensangrentaron a Europa en días del Renacimiento".

Pero conocimos, en cambio, los estragos del colonialismo, del caudillismo, de la reacción frenética, la voracidad imperialista. Y sufrimos hoy, como ustedes ayer, los crímenes de su engendro contemporáneo: el fascismo.

Sin embargo, estamos ciertos de que en esta época de revoluciones y transformaciones, América verá la caída del fascismo, como la vio Europa. Los pueblos no serán, no son espectadores, sino protagonistas en una línea de combate desplegada en todos los órdenes.

Nos asiste la seguridad de que también la cultura, los escritores, los artistas, los intelectuales chilenos, harán su aporte a dicha tarea. En verdad, ya lo están haciendo.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03