Novelas del Dictador

NOVELAS DEL DICTADOR

Volodia Teitelboim

Araucaria de Chile. Nº 2, 1978.

En la década del setenta, cuatro escritores de significación en el continente, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos y René Depestre, trazan versiones distintas de un tema común: El dictador latinoamericano. Habrá que concluir que el hecho no puede atribuirse a pura coincidencia.

¿Por qué dichos autores -en verdad son más- han experimentado casi simultáneamente el magnetismo del personaje de cien rostros?

Sin duda porque el problema ha vuelto a plantearse en estos años como una pregunta angustiosa para la conciencia de sus pueblos. El dictador, bien lo sabemos, está lejos de ser en América Latina una curiosidad arqueológica o una pieza de museo. Actúan estos escritores como intérpretes de una candente preocupación colectiva. Los anima además un propósito, más bien un anhelo, de contribuir a diseñar un futuro que no reedite el inquietante protagonista.

Este ha sido un decenio en que se reinicia el viaje esclarecedor hacia lo íntimo del déspota, hacia el interior de la tiranía. Las obras literarias que lo tratan cumplen su validez estética alcanzando eficacia social, fijando de cuerpo y alma a este arquetipo desapacible. Las cuatro novelas a que nos referimos practican un sondaje en el subsuelo que produce al tirano, enseñan el humus donde germina, pintan el aire enrarecido, deletéreo e impreciso que a su vez exhala. Desmitifican distintas encarnaciones nefastas de este antihéroe que ha poblado demasiadas páginas de la historia americana.

Desde luego, las personificaciones del dictador típico son tan atípicas como sus propias imágenes y como los autores que las recrean. Huelga recordar que el monstruo -abordado directa o tangencialmente- ha sido casi un leiv motiv en las letras latinoamericanas de diferentes períodos.

Sacrificados los libertadores, la casta militar aparece con la Independencia. No va mucho más lejos que un cambio de nacionalidad del equipo gobernante. Apoya el poder civil terrateniente o a ratos lo disputa para servir intereses análogos. Simón Bolívar lo advierte: «Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de todos los demás.» (Mensaje al Congreso de 1830.) Sucesores del poder español, los criollos civiles o militares mantuvieron la antigua estratificación económico-social. Los soldados fueron reclutados en las mitas y los obrajes, en las minas y los campos. Peleaban dirigidos por el patrón, sin saber con exactitud por qué luchaban ni para qué sucumbían en los campos de batalla.

Tanto a próceres como a libertadores les recorta las alas el atraso de las estructuras predominantemente agrarias, que recién comienzan a conocer los primeros vagidos de un capitalismo incipiente. Con el libre comercio se perfila la definida presencia de nuevas metrópolis extranjeras, cobra forma una burguesía mercantil y minera, pero también se alcanza a vislumbrar en el horizonte la aparición del ma-quinismo moderno y el anuncio nebuloso de los primeros núcleos obreros. Todo esto opera como ácido disolvente sobre sociedades de baja técnica, cultura pobre y férreas tradiciones religiosas.

No son próceres ni libertadores los personajes de estas novelas. Pertenecen a la polivalente y pintoresca ralea de los caudillos. Cuando uno de ellos, el llanero Páez, ofrece a Bolívar una corona, éste le responde: «Yo no soy Napoleón ni quiero serlo, tampoco quiero imitar a César; mucho menos a Iturbide. Tales ejemplos están fuera de mi dignidad. El título de Libertador es superior a cualquier otro que el orgullo humano pueda ofrecer, por lo mismo es imposible degradarlo... La igualdad desaparecería y el pueblo perdería sus derechos en manos de una nueva aristocracia.» No fue éste el criterio del fugaz emperador de México, Agustín I, ni del general Antonio López de Santa Ana, quien toma el poder once veces y se hace llamar Alteza Serenísima. Ni es el de aquellos que no descartan de sus planes la reconquista española o la designación de un príncipe europeo o el sueño de convertir su país en protectorado de una potencia extranjera.

Yo, el Supremo

El asunto de una de estas novelas se refiere a un personaje de la América del primer período. Es un déspota alucinante; pero no al estilo de Rosas, Melgarejo o García Moreno, del dominicano Santana, de Rafael Carrera en Guatemala. José Gaspar Rodríguez Francia, enlazando dos períodos, merece también novela aparte. Roa Bastos escribe una obra de política-historia-ficción para desentrañar mejor al hombre que toma en sus manos. Un relato espacial-interno, construido a base de rigor, exactitud documental, libertad controlada de la imaginación. El lector percibe en el personaje una espeluznante visión del mundo, una fría tesis combinada con la acción despiadada. Se trata de un solitario jefe de estado, que aterroriza y mueve su sistema con el carburante temible y deshumanizado de su predestinación. Una fábula real, grandiosa y cruel, sin humor, sin un respiro, sin una sonrisa.

Yo, el Supremo, publicado en 1974, es el cuasi-monólogo, el soliloquio, la corriente de la conciencia de Francia, escrito por Poli-carpo Patino, su servidor, su secretario, secretante chupatintas, su buscador de la palabra «quimera» en el diccionario, el receptáculo de sus reflexiones metafísicas. «Patino, ¿sabes tú, Patino, lo que es la vida, lo que es la muerte? No se ha sabido nunca si la vida es lo que se vive o lo que se muere.» Patino es, a su vez, vehículo que transmite las noticias, el reportero de la crónica sospechosa del país. «Excelencia, un chasque a matacaballo ha traído este oficio del comandante de Villa Franco, celebración de las exequias de Nuestro Supremo Señor.» Se desempeña asimismo como recadero de las órdenes de las sentencias capitales: «En menos de tres días has de llevar al culpable bajo el naranjo.»

En los folios de un cuaderno privado de comercio El Supremo (¿o su amanuense?) asentaba de modo inconexo hechos, ideas, meditaciones. Los positivos en el Haber, los negativos en la columna del Debe, sin olvidar los arrebatos del juego con las palabras (un ir al origen desintegrado de los vocablos, sonido, fíde-indigno). «¿De qué hablabas, Patino?» Policarpo, su confidente, le mantiene el diálogo del desequilibrio. Es su ejecutor. El que informa cosas de los malos espíritus, incluso sobre las actividades de los hombres que salen en cuatro patas. Patino debe oficiar de investigador. Patino debe buscar la letra del anónimo en todos los escritos del país. Hay veinte mil legajos en los archivos -advierte-, quinientas mil fojas. Debe escarbarlas todas para descubrir a los malhechores de la letra escrita, del rumor sedicioso. Confían la pesquisa, como romper cabezas, a ocho mil escribientes. «Policarpo Patino, fiel de fechos y fechas, y actuario, te mando recordar que olvides.» «Cuando te he dictado las palabras tienen un sentido; otro cuando los escribas las escriben.» Recibe del dictador, piloto de tormentas, la orden de «sostener el principio de autoridad imponiendo a los militares una exacta obediencia». Debe escribir el trasmundo del Supremo, que es el dueño del susto, no importa que finalmente considere también a Policarpo Patino «infame traidor a la patria». Corresponde a la lógica del sistema.

Así es este Dr. Francia, primer dictador por veintiséis años. Individualidad poderosa y sombría, odia a Bolívar, se proclama Jefe de la Iglesia Nacional, suprime el Seminario, órdenes religiosas, nombra vicarios y sacerdotes. Declara la moral base de la tiranía y del terror. Disuelve el Congreso, elimina los cabildos. Cierra el país al comercio extranjero. Aísla al Paraguay.

El Supremo es una variación particularísima del tema dictatorial, porque se trata de un tirano diferente. Roa Bastos vuelve al caudillo que bajo una inspiración tétrica, no exenta de lecturas de convencionales de la Revolución Francesa, propone un Paraguay hermético. Establece una dictadura severísima con una teoría del país y del hombre, donde él se atribuye la misión de ser el Hombre en Excelencia dramática. Un Paraguay todavía tan enigmático como el Dr. Francia. País envuelto por cierta fama de tinieblas. «Contesta al Comandante de Villa Franco que no he muerto aún...»

El dictador no ha muerto aún en América Latina. Pero quien ha muerto es el inaudito dictador Francia, ejemplar único dentro de sus congéneres del continente. Tras la independencia de España, desprecia a los «oligarcones» porque ninguno de ellos ha leído una sola línea de Solón, Rousseau, Raynal, Montesquieu, Rollin, Voltaire, Condorcet, Diderot. «Procedía procediendo. Puse el pie al paso del amo, del traficante, de la canalla dorada.» Inauguré la era de las cabezas quietas. En su biblioteca se mezclan los libros de derecho con los de matemáticas: Julio César, Maquiavelo, el Quijote con textos de astronomía, de ciencias experimentales y aplicadas. Tan experimentado y raro parecía el personaje a sus contemporáneos -y ha seguido pareciéndolo- que sobre el primer libro escrito respecto al tema, «Ensayo Histórico sobre la Revolución en Paraguay», de los suizos que vivieron en el país y conocieron a Francia, Juan Rengger y Marcelino Longchamp, se dijo que era llave y linterna para penetrar en la misteriosa realidad de una época sin parangón en el mundo americano; también en la personalidad esfinge de quien forjó «la nación paraguaya con férrea voluntad en el ejercicio místico del poder absoluto». Recibió panegíricos propios de una mentalidad europea: «El Paraguay es una utopía real y Su Excelencia el Solón de los tiempos modernos, me adulaban los hermanos Robenson.»

Fallecido el 20 de septiembre de 1840, los restos del Supremo Dictador interesan a Stroessner, ansioso de dárselas de continuador de Francia. Está preocupado de sus «sagradas reliquias». El puzzle sobrevive a la muerte. La polémica continúa no sólo en torno a su personalidad y su obra, sino que abarca también el destino incierto de sus cenizas. Un año después de su muerte los «cónsules» mandan hacer desaparecer el mausoleo y ordenan reenterrarlo «no se sabe dónde». Ahora muchos dudan de la autenticidad de los despojos mortales. La tradicionalista sociedad rural paraguaya continuaba bajo el embrujo de los fuegos fatuos del primer protagonista, que decidió suprimir la institución del rumor público, sosteniendo que el bullicio de la fronda venía sobre todo de la boca de los ricos, listos para el golpe de mano. Tuvo iniciativa política y represiva. Fue pródigo en arrestos y en castigos implacables para los sospechosos de intentar levantamientos. Los feudales chocaron con él. Los panoramas salvajes del país tras el vacío de los jesuitas conocieron así la extraña paz de una dictadura singular que, con todo, no escapó al gobierno de los propietarios. Nacionalista, con un sentido autoprovidencial, curiosamente modernista en algunas facetas, tuvo por divisa replegar el país sobre sí mismo para enfrentar a los poderosos vecinos, Brasil, Argentina y Uruguay, que sembraban a sus ojos la semilla del conflicto. Los personajes, las ideas, los tiempos han cambiado. Pero Paraguay, devorado más tarde, hasta hoy, por dictaduras vulgares, continúa siendo el país velado, que vive la clausura del atraso y de la tiranía y donde no cesa el fuego oscuro de la represión continua.

El otoño del patriarca

El dictador de García Márquez no es el patriarca otoñal bíblico; no es Jacob, el de las historias de Thomas Mann. Más bien equivale al anverso de su pathos y de su tradición. Configura la imagen del dictador latinoamericano montado sobre dos siglos, elevado a una condición pseudomitológica. Forma parte de los totems del subdesarrollo. Convierte en hombre las pesadillas históricas. Surge de cierto trasfondo nocturno, parece un ser antediluviano. García Márquez le confiere, a manera de símbolo necesario, un carácter fuerte, incisivo, envolvente, con referencias cetáceas, botánicas, ingredientes animales. Lo plasma como una emanación viscosa de la naturaleza física y del atraso zoológico de la sociedad. Como si la gravitación del medio ambiente, en su ansia de petrificar, bajo la máscara ordenadora, fuera capaz de suscitar una masculinidad brutal e iletrada. Así delinea a este personaje arrancado en parte al bestiario para que encadene y gobierne con toda su avasallante prepotencia, a fin de que nunca concluya el dominio de la pequeña minoría representativa de fuerzas telúricas y materiales que actúa tras él.

En medio de «la brisa de muerto grande y de podrida grandeza», Gabriel García Márquez, desarrollando con tono rico y grave otra forma del barroco grancolombiano, distinta y despojada de la sensual plenitud de Cien años de soledad, describe con tristeza a este dictador, «el anciano más antiguo de la tierra, el más temible, el más aborrecido»: «Gobernaba como si se supiera predestinado a no morirse jamás», con lo cual subraya la naturaleza semicrónica del mal. Además de su analfabetismo coronado y de su entreguismo ajeno al pudor, («antes, durante la ocupación de los infantes de marina, se encerraba en las oficinas para decidir el destino de la patria con el comandante de las tropas de desembarco y firmaba toda clase de leyes y mandatos con la huella del pulgar, pues entonces no sabía leer ni escribir»), representa la duplicidad de vida y persona que-lo impulsa a emplear su sosia, Patricio Aragonés, su doble perfecto, quien debe reemplazarlo en el lecho de las concubinas, en las ceremonias oficiales; que debe escapar, si puede, a los atentados contra su sagrada dignidad.

El machismo con pistolas se deshace, agotada su potencia, ante su antítesis. El pequeño resumidero de ideas fijas se emborrona y desordena ante Leticia Nazareno, eterno femenino, fondo oscuro, principio germinal, a quien busca desesperado para vencer el aislamiento que envuelve su poder. Porque si el poder es en esencia solitario, más solo es el poder del tirano. Esa niña de pueblo, ambivalente, inaprensible, misteriosa, sin gestos de amor, con su largo catálogo de referencias inconscientes, es, a su modo, una miniatura del sentido de la historia; ejerce una atracción feroz sobre el señor omnipotente. El no sabe si significa algo para ella. Solicitada, cortejada, buscada, pero no manipulada, no puede ordenarle que lo quiera. No puede hacerla obedecer. No puede ahogar su libertad, su manera de sentir. He aquí la debilidad perentoria del mandón al fin desnudo. En este sentido, El otoño del patriarca es una novela del poder dictatorial, del amor imposible y del poder real inalcanzable. La historia aparece como la mujer que, a pesar de todos sus silencios o actitudes aparentes, está lejos, no ama al dictador, aunque se le entregue en un recodo del camino. Quiebra la imagen de la tiranía como éxito final. Si ésta se sitúa en el campo de los vencedores es sólo por un desolado instante susceptible de repetición. Está condenada a una impotencia intrínseca que le impide poseer realmente la historia, perpetuarse en el tiempo del poder, porque lo suyo no es más que el gozo inmediato, un juego tenebroso e inútil, que siempre desembocará en el fracaso. Con rasgo arrancado a Rafael Leónidas Trujillo, su hijo, Emanuel, con el nombre de Dios, es designado «general de división con jurisdicción y mando efectivo» en el momento de nacer, o sea, cuando el padre le corta el ombligo con un sable. Será el dueño del poder y el amo del futuro. El signo trágico de su temporalidad y el anuncio del fin de su reino se lo indica el hecho de que el único hijo que engendró como suyo, entre los incontables que había engendrado, cae descuartizado. A Leticia Nazareno y el niño se los comen a pedazos los perros cimarrones del mercado. Así queda dicho una vez más que el reino del dictador sólo será de este mundo y lo envolverá la mortaja del odio y de la muerte. Juego que el pasado inventa como una recaída en la servidumbre impuesta a los pueblos cada vez que lo estima necesario para prolongar su tiranía y retardar, contra la corriente, el alumbramiento de una sociedad distinta, capaz de vivir sin sometérsele. En este sentido la novela de García Márquez es una imagen de la antimodernidad del tirano del Tercer Mundo, donde a grandes trechos la condición humana aparece hoy abrumada por su contrario; pero porta en sí la premonición liberadora de sus represiones.

El ojo de la cámara novelesca de García Márquez capta rasgos robados a muchos o varios dictadores. Se guía por la óptica del espejo deformante del escritor brujo, que no desdeña los recursos de la magia literaria. También es evidente que todos ellos han pasado por la fábrica cómplice y fabulosa, propiedad del escritor, para trazar una antiapología, para fundir la desdicha esencial de un continente en un personaje.

Es característico que el dictador de García Márquez sea prototipo de varias muertes, así como encarna la dictadura de varias vidas o identidades. El autor puntualiza de este modo la reproducción o el retorno de la dictadura, incluso las dictaduras hereditarias de los So- mozas o los Duvalier. Con nombres diferentes, es la misma, cada vez más gastada, más decrépita. Cada vez más arcaica y fuera de tiempo. Se plagia a sí misma. Para los mandones tropicales, expertos en hacer cantar el machete, la edad tampoco es un «handicap». No son pocos los déspotas seniles y las gerontocracias. El apologista José Ignacio Sáenz de la Barra declara el doce de agosto la fecha ápice del primer centenario de su ascenso al poder. Personificación de las dictaduras familiares, en esas dinastías, apenas disimuladas, lo que pertenece no es el hombre, sino su clase.

El autor remonta la tiranía a su fuente. Esta fuente es la violencia que practica el olvido y prescribe el olvido para volver a recomenzar el ciclo que ya se vivió, asignando nombres distintos a los diversos episodios. Para conseguirlo es necesario provocar la amnesia colectiva. Fabricar en sustitución una memoria mítica, subordinada a los designios del Jefe. La memoria del tirano se borra en un intervalo para despejar el camino al próximo.

Las razones y los plazos de la dictadura aparecen fundados en ella, como origen y fin. A su entender carece de límite en la medida en que carece de devenir, en que encarna el espíritu superior de la patria o la seguridad nacional como sentimientos no sujetos a término ni razón. El estado personificado se conserva inmutable. De aquí que el tirano tenga esa «edad indefinida entre 107 y 232 años».

Porque hay algo más: se fragua la pseudohistoria. Se desfigura el pretérito según las conveniencias del instante por parte de quienes enarbolan la noción del regreso a un tiempo que en verdad no existió jamás, o que tuvo con el revivido sólo un parecido muy remoto. En el intento de reemplazar el pasado por uno postfabricado, a fuerza de boletines oficiales y redactores de palacio que utilizan todas las técnicas de la comunicación mixtificada. Se quiere que el país haga como el niño que, confundiendo, comienza a evocar fantasiosamente como reminiscencia suya algo que escuchó decir a sus mayores. Es la memoria recreada de una clase, de sus temores, bestias negras, obsesiones, prejuicios y aversiones; de su necesidad de ídolos que pusieron orden en medio del caos, de la anarquía y del comunismo aguafiestas, la que se impone como rememoración colectiva. De este modo, por ejemplo, las masacres del pueblo se convierten en simples estrellas filantes que cruzan durante un segundo por el firmamento del recuerdo de los sobrevivientes, para hundirse en el océano del olvido obligatorio y universal.

Estos dictadores tropicales personifican las potencias ocultas de la selva ecológica y de la selva política, prestos a la enajenación a trueque de continuar siendo los reyes de la selva. Contratan la protección extranjera, dispuestos a vender «siempre a cambio de algo, mi general; primero el monopolio de la quina y el tabaco para los ingleses, después el monopolio del caucho y del cacao para los holandeses, después la concesión del ferrocarril de los páramos y la navegación fluvial para los alemanes, y todo para los gringos». La justicia, la democracia aquí, señor, no tienen razón de ser. Estos pueblos no están maduros. En verdad se trata de retardar su madurez a palos.

La flagelación viene de lejos y ensambla a los torturados de anteayer con los de hoy. Castiga crímenes imaginarios e inventa por su cuenta las culpas de los otros. «Con los torturados que son racionalistas, mi general», y por consiguiente son metódicos en su crueldad y refractarios a la compasión (se diviniza la violencia y se desprecia la bondad como debilidad femenina), eran ellos los que hacían posible el progreso dentro del orden, «eran ellos quienes se anticipaban a las conspiraciones mucho antes de que empezaran a incubar en el pensamiento».

Esas «campanas de glorias que anunciaron al mundo la buena nueva que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado», con que García Márquez cierra su inmersión en el mundo abisal y onírico de la pesadilla-vigilia de la dictadura del Caribe, han vuelto a redoblar a muerto.

En el intervalo de siete años durante los cuales García Márquez escribió su Otoño del patriarca (1968-1975) surgía en América Latina un nuevo tipo de dictaduras. Entre otras, en Chile y en Uruguay, los países menos esperados, se treparon tiranos diferentes, pero que también usan y abusan de «los símbolos de la patria colgados en las paredes». No se trata de tigres de papel, sino de tigres de uniforme. No se trata de caudillos al estilo garciamarquiano. Se trata del fascismo.

El recurso del método

En el barroco de Alejo Carpentier sobresalen el goce, el placer orgánico del verbo, la prolijidad enumerativa, el prodigioso sentido plástico y sensorial de las cosas, la luz del Golfo, el aliento musical, la consistencia carnal de la historia que cuenta. En él todo -incluso el mundo interior- pasa por los sentidos.

La sensualidad de su realismo mágico se les antoja a ciertos europeos digna de un reino mítico. «Fábula parece lo nuestro a las gentes de acá porque han perdido el sentido de lo fabuloso. Llaman fabuloso cuanto es remoto, irracional, situado en el ayer. No entienden que lo fabuloso está en el futuro. Todo futuro es fabuloso», dice en su Concierto Barroco.

Carpentier ha vivido, como Asturias, la experiencia surrealista en París, que a ambos les ayudó a desentumecer el modo de ver su América. El siglo de las luces introduce el tema de un revolucionario de Guadalupe. Señala por su contenido político un antecedente de El recurso del método.

Si agreste, mitomaníaco, inmisericorde, matusalénico, duro y finalmente frágil como un sueño cataléptico de la historia resulta el hombre-dictadura de García Márquez, escrito como una necesidad de vida y de catarsis en la conciencia de un continente, el arquetipo, también imprescindible, de El recurso del método aparece muy distinto. Se trata del dictador con pujos de letrado positivista, que despierta en París servido de su valet, Silvestre, seguido por el ojo atento de Elmira, mayorala y amante ocasional. Bajo la superstición mecánica de la ciencia, el camaleón simula cultura y muestra un barniz cosmopolita, practica los ritos de la adoración hedonística. Trabaja con el clisé despersonalizador, usa el estereotipo del saber sumario. Olfateador de los sabores de la cocina internacional, buscón de erotismos y éxtasis de la vida galante europea, es un tirano meteco, con la marca física y la variedad zoológico-cultural que también suele darse en el suceder de los Olimpos latinoamericanos.

A diferencia del Patriarca, que se encierra «en el aposento de los invitados de honor con la orden personal de que nadie se acerque a cinco metros de esa puerta, que voy a estar muy ocupado aprendiendo a leer y escribir», el Primer Magistrado de Carpentier es un dictador experto en lecturas de solapas, tirano libresco, pícaro de trópico, técnico en demoliciones, que mezcla su alcurnia quevediana con mucho de gozador y sinvergüenza. Este burlador de América, situado entre 1913 y 1927, como el de García Márquez, raramente se reencuentra con la memoria, que en el dictador es como encontrarse con sus víctimas y traicionados. Está olvidándose de su remoto paisito cuando le llegan las noticias del alzamiento de uno de sus incondicionales al grito de «Viva la Constitución», «Viva la Legalidad».

La United Fruir saca buenos frutos de los dictadores de turno, leídos o desleídos, alfabetos o iletrados, pseudocivilizados o agrestes, europeizantes o americanistas «a pesar de sí mismos», todos amantes de los cañones Krupp y de las músicas de centenario, de las órdenes honoríficas y de los entorchados.

Este dictador extrovertido y epicúreo recibe asesoría de los agentes intelectuales de la tiranía, con algo de Porfirio Díaz y otro poco de Estrada Cabrera. Como sus colegas, ansia vivir el poder eternamente. Vive en el temor al acontecimiento. Tiembla ante lo que el tiempo oculta en el fondo secreto de su misteriosa maleta. Su peripecia es la habitual: ascenso, desgobierno, caída de un dictador desterrado y un ex que murmura: «El imperialismo está más fuerte que nunca. Por eso el hombre de la hora presente, en Europa, es Benito Mussolini.» Pese a su admiración por el Duce, por sustancia originaria, no corresponde al fascismo este dictador de añejo cuño latinoamericano.

Alejo Carpentier enfoca la filosofía del suyo, su concepción de la vida, de la sociedad y del poder, con curva de caricatura, esperpento no ajeno a la pornografía. Aunque se complazca en la vida de clásicos franceses del siglo XIX, no hay soldadura posible entre dictadura bárbara y cultura auténtica. El pretendido déspota de Carpentier, tan diametralmente distinto al dictador de García Márquez, ilustra la diversidad de formas que puede asumir en América Latina un contenido común.

El palo ensebado

Graham Greene, en Los comediantes, dibuja por dentro la selva espesa de la dictadura en Haití, que gira en la órbita peculiar de un nudo ciego de represión y vudú. Un poeta de ese país, René Depestre, publica en 1975 una novela seducida por el tema irresistible. El palo ensebado encierra una creación estética de intensidad específica, retrato sarcástico del «Estado onedozacariano, con su oficina de Electrificación de Almas, dedicada a la zombificación del hombre». Política anudada a la matriz de la magia negra y el culto fálico. Registra la oscuridad del país perturbada por un rapto de luz, el intento de rebelión de Henri Postel, un tanto olvidadizo de los «tontonmacoutes» y los «léopards». Bajo lo grotesco se filtra la verdad. El impagable discurso del dictador Dr. Zoocrate Zacharie -que apenas esconde el rostro de Papa Doc, del Dr. Duvalier- es un flujo de aproximaciones elementales a dictaduras como delirio amuleto, talismán, exvoto, sexo y crueldad, «última palabra en materia de teoría de estado y la revolución en el tercer mundo», según definición del propio tenedor del poder.

Corte de raíces

Un cuarto grupo es el de los dictadores de hoy, los que vienen después de la victoria de la Revolución cubana. Su reincidencia revela que las raíces del despotismo no han sido arrancadas del subsuelo latinoamericano. Fluctúan, se ocultan como si hubieran dejado de existir; perro vuelven como una enfermedad recurrente, que se manifiesta en situaciones críticas, quebrantando toda mesura, formas, usando métodos violentísimos, incluso fascistas. Los hemos visto en estos tiempos destrozar toda la estructura de los derechos conquistados en un siglo y medio de luchas, desencadenar las represiones más drásticas, renegar de la suma de valores adquiridos por la sociedad, reabrir heridas, desparramar sombras sobre todos los campos, suprimir de cuajo las libertades.

Este período aún no ha generado una respuesta novelesca como las fases anteriores, tal vez porque, todavía en pleno curso, no ha madurado interiormente en el espíritu del creador. Los hechos aparecen arrolladores; las situaciones, nuevas -aunque en el fondo no lo sean del todo-. Se vive en medio del torbellino. El escritor trabaja en la clandestinidad o en el exilio. Los poemas han surgido a torrentes. La pintura, la canción, otras artes, han respondido al momento. ¿Las novelas vendrán más tarde? Sin duda ya se agitan en el ánimo del autor, que siente el asunto caminarle por dentro, realizar silenciosamente la labor preparatoria. Vive una agitada fase de procreación. Percibe imperiosa la necesidad de decir, de comunicar su experiencia. Otros ya están entregados a la tarea de escribir las novelas del dictador contemporáneo. Unos pocos ya han dado cima a sus primeros intentos de echar luz sobre la tiranía latinoamericana del último tercio del siglo XX.

Los escritores de nuestro continente tendrán que seguir escribiendo novelas sobre el personaje por un tiempo indefinido, al menos mientras exista el dictador. Ellas van a contribuir a su desaparición, que sólo sobrevendrá gracias a un giro capital y revolucionario en la historia de esta parte del mundo. En primer término, consistirá en algo más grande y más profundo que un triunfo político y social. Last but not least, también equivaldrá a una victoria de la literatura coadyuvante en la larga batalla, como reveladora de su terrible identidad. El dictador no volverá. Las cien caras del personaje único de García Márquez, de Carpentier, de Roa Bastos y Depestre, de una pequeña brillante legión, quedarán para siempre enterradas en las páginas de esos libros sólo si a golpes de pueblo les son cortadas las raíces.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03