La Guerra Interna

LA GUERRA INTERNA
Fragmento de una novela inédita

Volodia Teitelboim

Araucaria de Chile. Nº 1, 1978.

Drácula acarició el cabello de la niña, que se estremeció. No tengas miedo, hijita. Tu papá no se enojará si te llamo Alicia. Pero con ese nombre te será posible, bajo mi dirección, entrar en el reino de lo sobrenatural. ¿Atravesar los espejos? ¿Ver el verdadero rostro de mi papá? insistió ella obsesionada. Tú podrás atravesar los espejos y conseguir las respuestas a tus preguntas, respuestas que van más allá de la realidad social, como dicen los marxistas, para vivir en el mundo ingrávido de los fantasmas. Yo quiero vivir en el mundo de los niños, donde no haya grandes. ¿Donde no haya grandes como nosotros? ¿O ningún grande? Donde no haya grandes como ustedes. ¿Donde no haya grandes como tu papá? Donde no haya grandes como mi papá. Es fuerte, niña, lo que dices. Con la pubertad se te acabarán esos pensamientos desarreglados, expresó el doctor Frankenstein. Por ahora la niña deberá dedicarse a la gimnasia, a conocer más a fondo el mundo maravilloso de los pájaros e iniciarse en la telekinesia. Niña, considera esto como la escena de un sueño. Y recuerda que si los marxistas no lo impiden y Dios lo permite llegarás a grande. Ustedes son brujos, dijo la pequeña. No, somos fantasmas. Fantasmas reversibles en hombres, fantasmas que trabajan en su profesión terrestre. ¿Cuál es esa profesión, señor Drácula? ¿La de estos señores? Agentes del bien, profesores del orden, miembros del ejército antitinieblas y del Gran Jurado de los crímenes del mundo, exploradores en los antros de la conspiración contra su padre. ¿Y su profesión, señor Drácula? Pensar. ¿En que? En la infinita fantasía de la tortura, mi querida niña Alicia. Chita, corrigió ella.

Ese perro pertenece a la raza exquisita de los que hablan del "Chile del exilio", que se fruncen para decir "el país del exterior" y otras patrañas, expresiones peregrinas muy comprensibles en el lenguaje perruno. Son los perros que lloran quejumbrosos mientras están devorando el amargo caviar del destierro, mientras roen en el hueso duro del despecho la médula de la rabia, son perros solitarios que soportan difícilmente la experiencia de ser perros expatriados. Y creen que dando clases de música aullante en el extranjero pueden vencer al ejército. Andan estos perros deportados por todas partes. Ladran en Australia a los kangurúes. Ladran en Inglaterra a la Torre de Londres y hasta al Big Ben. Y allí los escuchan en los Comunes y en el Foreign Office. Aúllan, con intérprete, en el Kremlin, donde los atienden con sensibilidad propensa a las lágrimas hasta los iconos bizantinos y los nombres grabados en las columnas de mármol de la Sala de San Jorge. Perros que mueven la cola a la orilla del Sena, sobre todo en la Rive Gauche, visitan a los bouquinistes y levantan la pata al pie de la Tour Eiffel y no saben atravesar la Place de la Concorde. Van a todas las reuniones del mundo a despertar compasión, sentimientos caritativos, a enternecer, viva el sentimentalismo. Y hay también perros píos, devotos gozques místicos y foxterriers religiosos que corren por la Vía de la Conciliación, se meten en la Capilla Sixtina y miran para arriba como si fueran entendidos en Miguel Ángel, y son escuchados con expresión beata y oído benigno por el Papa postconciliar, rezan sus oraciones y gritan y chillan ante el Sumo Pontífice como una piara de cerdos-perros que orando reciben la extremaunción, como si estuvieran a punto de ser faenados en el Matadero Lo Valledor. Y no hay cabronada ni inmundicia que estos perros del demonio no hagan llegar al palacio de cristal cortado y circense de las Naciones Unidas, no hay vileza que no telefoneen a nuestros amigos ¿amigos? del Departamento de Estado. Y dicen que nuestro General, su padre, Suprema Niñita, es un bellaco, un adoquín vestido de gente, un cobarde que mata sin motivo, un astuto por equivocación, un golpeador de amanecida, un criminal de su madre, no un hito sino un mojón en la historia de Chile, un rufián que espera en la retaguardia, flor de sinvergüenzas, que ha pintado a Chile de naturaleza muerta y a la muerte de niña bonita, tan bonita, tan bonita como tú, oh niñita, perdón por el tuteo, niña, fue sólo por la rima. Yo siempre a usted le digo usted. Escriben, escriben como locos. Hablan, hablan como un millón de locos. No tienen otra cosa que hacer. Es decir, su ocupación es molestar desde fuera y como sea. Analizan nuestras acciones y se detienen hasta en nuestros sentimientos. Escriben memorias, recuerdos, testimonios que llenan con campos de concentración y cámaras de tortura. Uno abunda, sentido, en las preguntas que le hicimos en Tejas Verdes sobre las acostadas con su mujer legítima. ¿Será? Todavía si le hubiéramos preguntado por las otras entenderíamos su enojo. Escriben relaciones de viaje por el país de la muerte, el que fue suyo y lo perdieron para siempre. Algunos publican libros con redacción pulida. Y no hay miseria que no cuenten de nosotros. Disfruto con esas lecturas edificantes. Les adivino la desesperación entre líneas. A otros la insolencia les salta. Como un perro. Pero lo que más me divierte son las meditaciones filosóficas sobre el mal de la Junta o la perversidad intrínseca de la DINA. Muchos viven de la caridad disfrazada. A ratos se alojan en mundanos hoteles extranjeros, con pasaportes verdaderos o falsos, reciben estipendios y otros primores por denigrar al gobierno de su Honorable Papá, tratan de despertar un gran movimiento de compasión y lo peor es que lo han conseguido. Lo han conseguido llorando a toda orquesta por la patria acuchillada, por la democracia bajo la bota, y sacan plata con el animita milagrosa del cadáver de San Salvador Allende. Hablan de la diáspora y del retorno, de un acto de justicia universal respecto de Chile, y no dejan de sollozar un poco en público para mostrar su infinita nostalgia por su amada tierra natal. Trabajan en una nueva profesión lucrativa: son doctores en exilio. Borran su experiencia, no parecen haber aprendido nada, escriben poesías de la resistencia, yo diría de la reticencia, de la impotencia y de la venganza, caprichosos ensayos, piezas de Guignol y hasta novelas, novelas negras como esa del perro que escribe, explotando la boga del disparate, de la antinovela, con intriga sentimentaleroticopolíticopoética, o sea, fabricando una indigesta ensalada rusa que sólo puede comer el lector de nuestro tiempo. Convierten a Chile en un país de la imaginación donde la inmensidad, aunque no la eternidad, del mal se encarna desde luego, mil veces por supuesto, en nosotros, señores que me escucháis. Los caníbales son ángeles de la guarda, el código de Carreño en persona comparados con nosotros. Nuestros crímenes son mayores que los del huaso Raimundo. Un caballero decente, Xavier de Maistre, escribiendo en San Petersburgo en 1811, como ese perro indecente Volodia lo hace en 1977, proporciona versiones distintas de la venganza del emigrado, que no concibe que en el amor hay odio y en el odio amor, como lo demuestra ese perro-hombre llamado Volodia, más inteligente que ese hombreperro llamado Volodia. Nuestro perro tiene su corazón, no tiene rostro cruel, es un perro educado, educado en las artes de la amistad y de la pasión, es un perro soñador que a veces, por deber, a la voz del amo, le gusta pasarlo bien y se aventura por las carnes de una mujer. Seria un perro bestia si no tuviera pasiones humanas. No me gustan los vocablos brutales y por eso no acepto esa fea palabra bestialidad que usan los antiguos códigos polvorientos y actualmente en desuso. Yo diría que es como un juego que lo hace gemir agradecido, a pesar de que la estudiante soltera arrestada en su casa a las tres de la mañana, ¿por qué no a las tres de la noche, preguntaba Neftalí Reyes, ese poeta ocioso que se autollamó Neruda?, teme que la metralleta que le ponen en el pecho resulte demasiado pesada porque la registran con ella en la vagina previa venda en los ojos y desnudez integral interrogándola toda la santa noche. Y dice que es mucho y un crimen contra la infancia que la pongan en un cuarto con treinta mujeres y dos niños pequeños al lado de la cámara de torturas para que escuchen todo toda la santa noche. No hay baño ni agua y el olor es terrible, bruscamente se ponen delicados de olfato. Son damas de oro, púrpura y fragancia. La unidad del cuerpo y del espíritu existe y no resisten tres días y tres noches sin comer sin sentir hambre y una mujer se pone a comer cemento que raspa de las paredes. Es gente destructora que no respeta las normas edilicias, el bien colectivo, a la cual habría que aumentarle los gastos comunes porque no respetan nada, ni siquiera el cemento de las paredes. Y esa dama joven de la pantalla se queja porque recibe uno, tres, cuatro, cinco, seis o siete, no recuerda bien, signos de lo Alto, como Juana de Arco, pero no en forma de voces que le vienen del cielo sino de tratamientos de electroshock particularmente en los pezones y en la vagina, que duran de media hora a cuatro horas. Y esto la muchacha lo estima demasiado, como si la electricidad no necesitara en estos casos de una lenta maduración interior para dar frutos, porque no se trata de electrocutar de un golpe, no somos brutos. Así estas niñas completan su visión del mundo y su estremecimiento, y sin estremecimiento no hay arte, decía el perro Goethe. Conocen más a fondo la vida. Como soy hombre respetuoso con las mujeres, no diré que la violaron todos los que quisieron sino que se cometió con ella un estupro de reglamento, o sea, conforme no a las reglas menstruales sino a nuestras propias reglas. Con los ojos tapados, porque no queremos que se ofenda con la visión del espectáculo, uno de nuestros hombres, un macho erecto, hizo con ella lo que debía, pero llamamos a la gente para que mirara lo que estaba pasando y le pedimos que gritara bravo, viva, hay que estimular a los artistas, premiarles con aplausos. Yo, etéreo, vaporoso doctor, decidí espiritualizar la sesión, cambiar el giro, el género del actor principal, y pedí como ejecutor y jefe albacea que se nos trajera a alguien que merece ser ejemplar único, modelo original en su raza, exento por privilegio de tareas bajas, con el cual hemos ensayado la teoría y la práctica para cumplir las más nobles tareas, para ejercitarse en las artes del amor, para profesar como un sacerdote en el altar de Eros, como bien dicen los adoradores de Felipe Trigo. Y llegó a todo escape a exhibirse y a mostrarse, causándonos alegría y despertando nuestro humor y regocijo, Volodia, no el hombre-perro desterrado y proscrito al cual le hemos quitado todo lo quitable y lo inquitable, la nacionalidad inquitable y la casa bastante miserable, de adobes por otra parte, indigna de un honorable senador de la República, con un parrón viejo de provincia para que bajen los gatos en celo durante el mes de agosto, y le hemos quitado la biblioteca y lo obligamos al éxodo y le quitaremos todo hasta que podamos quitarle la existencia, como lo hicimos con mi atravesado general Prats o ese rucio o colorín roto caballero Orlando Letelier, que tocaba la guitarra, cantaba corridos mexicanos y nos ponía mal en Washington. Por eso, en honor de ese animal bípedo, ingrato, hemos bautizado a este perro-hombre con su nombre odioso, Volodia. Perdónanos, querido perro, como llamaba Allende al hombre-perro gran danés de sus discursos, el Perro Olivares, perdónanos que se llamara como Mi General en Jefe su perro Augusto Olivares, y al cual matamos como un perro fiel junto con su caporal Salvador en la Moneda el glorioso 11 de septiembre. Yo, el "ringleader", igualmente te pido perdón, querido perro Volodia, porque el tuyo no es, como en el otro caso, un alcance de nombre, porque te pusimos deliberadamente el nombre de la infamia. Pero en señal de abuenamiento contigo, para reconciliarnos, queremos que juegues un poco al dominó con esta bella rubia vendada, que juegues con ella a la minet y a la penetración a vuelo de cóndor. Está amarrada de manos y piernas abiertas. Te lo propongo, te invito, no te demores, veo que ya has sacado la lengua húmeda, adelante, a tomar la fortaleza, mi perro valiente, conquístala por la fuerza, no como el cobarde que te dio tu nombre. Penetra en su universo para que después te hagas famoso en el mundo y aparezcas citado en el documento de las Naciones Unidas. "The ringleader said 'Volodia' would be coming into the act to do his bit and then there has a dog on her body: it licked her all over and showed maximum excitement -this greatly amused her torturers-." Un universo feérico, como dice el cronista social del Mercurio, con sus "albas ofrendas de amor". Nos reunimos todos en asamblea para ver la "prueba del Congreso", el amor ante la asamblea, función del circo romano amoroso. Todo allí cambia de dimensión, mi querido director de nuestra entrañable DINA, mi respetado coronel Manuel Contreras Sepúlveda, el perro ya no necesita que yo lo excite. La naturaleza lo manda, lo impulsa hacia su fin, como si tuviera una necesidad desesperada de terminar su faena, y nuestro respetable público sigue todo con ojos locos. Una de nuestras pacas comienza a enamorarse del écuyer, perdón por el afrancesamiento. Qué jinete, dice. Es la magia. La posteridad recordará a este perro autor de tanta proeza excepcional que en su ramo. crea verdaderamente. Es curioso. Tiene su reputación hasta en los grandes salones de nuestra aristocracia. Nadie hizo un reproche. Nadie dijo perdón. Ese perro es como la definición del hombre. Por eso mismo lo llamo perro-hombre. Es tal vez mi mejor discípulo. Políticamente sustenta la teoría de la falocracia. Trabaja en serio. Le saqué una foto magnífica en el instante cumbre. Podría ser la fotografía del siglo. Me dicen que la venda por 25 mil dólares. Pero afectaría tal vez el sigilo de nuestra actividad. Y se haría uso de ello con fines deshonestos. No. Es una fotografía secreta. Grabé también los gemidos. Y los gritos. Lástima que no filmara toda la escena. Porque ese acto debió ser perpetuado. Sí, se debió filmarlo en colores.

-¿Para la TV o el cine?

-Para ambas pantallas, la chica y la grande a la vez -dijo Peter Lorre.

-¿Pero ese perro no va a jugar conmigo?- preguntó la niña con un dejo de temor.

-No, hijita, tranquila, un perro con ese nombre no es para tí. No se ha inventado el perro que pueda jugar esos juegos con usted y decirle mijita, Pequeña Excelencia.

-No, yo juego con mi perro.

-Jugaría contigo si tú no fueras quien eres.

-¿Y si yo fuera la muñeca que habla?

-Si tú fueras la muñeca que habla creo que yo me enamoraría de tí.

-Usted es muy viejo para mi.

-En el mundo de la mecánica no rigen esas diferencias de edad.

-Se equivoca, doctor -contradijo Boris Karloff-. También el acero se cansa.

-Qué mecánica ni acero ni qué ocho cuartos. No hablemos de fierros. No hablemos de mi. Hablemos de la humanidad de los perros. Este perro merecía un nombre digno de su talento. Infortunadamente alguien cedió a un misterioso impulso de odio elemental al llamarlo Volodia. Palabra extraña, exótica para estas comarcas, que no evoca el sortilegio de sus capacidades amatorias, sus hazañas eróticas -afirmó con sesgo de crítico dominical-. Ese nombre lo considero una verdadera blasfemia, una impropiedad atentatoria contra su esencia. Porque es admirable su sed de goce y hay mujeres que no son insensibles a sus filtros amorosos, a su brujería llamémosla convulsiva. Por esto estimo que el nombre que alguno de ustedes le asignó es un insulto para su dignidad y su auténtica idiosincrasia.

-No siga navegando entre dos aguas. ¿Tiene usted, señor doctor -dijo molesto, con un dejo irónico, el coronel, quien, oficiando de Juan Bautista en el Jordán de la DINA, había puesto el óleo y la crisma al personaje en discusión-, tiene usted un nombre mejor que proponer?

-Claro que si -respondió desafiante el doctor-. Si no cómo podría llevar tan a fondo la crítica sobre la denominación actual. No soy de los que objetan una cosa sin tener un substituto mejor a mano. Forma parte de mi método científico y de mi naturaleza intrínseca ofrecer una solución para cada problema o enigma que nos presenta la perra vida y más si soy yo mismo quien los plantea.

-Basta ya de autopanegíricos -irrumpió Drácula en voz desusadamente alta-. Al grano. ¿Cuál es ese maravilloso nombre de reemplazo que usted más que suficiente doctor ha descubierto en su perfecto y frío magín de laboratorio?

-No recurra a ataques personales. No se molesten. He consultado con la computadora Señora, después de alimentarla con todos los datos del noble aunque ansioso mastín. ¿Qué nombre le pondremos?

-Un nombre a máquina...

-No desprecie la máquina. Vivimos bajo su signo.

-Basta de chacharachas y de chantajes. ¿Qué nombre le pondremos? -emplazó Bela Lugosi Contreras.

-Bueno, delicado de repente -Peter Lorre glosó con un mohín desdeñoro-. ¿Qué nombre le pondremos?

-Mandandirundirundán -cantó la niña, completando maquinalmente su juego como si se le despertara la ronda.

-Le pondremos Salvador -propuso Peter Lorre con una entonación que no pudo escapar a la curva melódica impresa por la pequeña.

-Ese nombre no me gusta -repitieron al unísono Ave Roe, Carol Flores y el coronel Peter Lorre.

-Mandandirundirundán -agregó la pequeña.

-Le pondremos Pepe Tohá.

-Ese nombre no es para él -cantó la pequeña.

-Mandandirundirundán -dijeron a coro el Príncipe Drácula y Boris Karloff.

-Le pondremos Bachelet.

-No se puede poner el nombre de un general a un perro -intervino el coronel Bela Lugosi Contreras con aire de dignidad profesional herida.

-Pero, jefe, si a ese general lo matamos nosotros del corazón.

-No es por el corazón ni por la muerte ni por nadie. Lo digo en consideración al grado. Debemos respetar las charreteras. Lo demás es sacrilegio. Ustedes un día son capaces de ponerle el nombre de un coronel a un gato o a un chancho.

-A un chancho con chaleco -comentó el Guatón Romo.

-Con gorra, imbécil.

-No se me había ocurrido -dijo el doctor Frankenstein con un brillo metálico maligno en los ojos-. Es una idea.

-¿Y tú qué nombre le pondrías al perro, Guatón Romo? -preguntó consultando democráticamente el coronel-. Parece que te comieron la lengua los ratones. Aquí todos tenemos que opinar en un asunto de tanta significación.

-Yo propongo que le llamemos "Perro Cochino".

-El cochino eres tú. Tus pensamientos, aparte de rudimentarios, son sucios. Rayan a la altura del esfínter. Cada vez que abres la boca la cagas. Perteneces a la escala inferior del género humano.

-Permítame decirlo con todo respeto, señor Guatón, que usted es de una vulgaridad espeluznante -dijo el Príncipe Drácula.

-Claro, yo no soy un caballero. No soy un príncipe.

-Eres un roto mugriento -dijo Ave Roe Flores-. Un comemierda como dirían tus amigos los cubanos.

-Derramo sangre pero no me la como.

-Ruego levantar el nivel del debate -reclamó con seca dignidad admonitora el doctor-. Volvamos a la materia en referencia, debidamente tratada, con el lenguaje conveniente. Se prohíbe hablar del intestino para abajo.

-Es divertido -dijo el Príncipe Drácula-. Toda esta discusión inútil se arma por la vana pedantería correccional del feroz muñeco mecánico...

-No acepto alusiones personales ni adjetivos extraparlamentarios- interrumpió el doctor.

-... que estima que lo que no ha hecho él está mal hecho, que todos los que hemos formulado proposiciones somos una santísima colección de pendejos y él, en cambio, que no ha propuesto ninguna...

-Calma, calma, señores.

-... es un genio.

-A eso voy. Pero las proposiciones primero hay que ambientarlas. Y fundamentarlas.

-Mandandirundirundán -salmodió la pequeña en voz baja, como haciendo de la ronda una letanía.

-Escuchen mis razones. Las razones del computer, impacientes señores de la DINA. Yo lo he hecho todo escrupulosamente. ¿Quién es nuestro perro? Alguien que toma su deber como una fiesta galante, como la obertura bulliciosa de un carnaval no de cenizas sino de sangre. Con el mismo hilo de baba colgante puede violar a una monja, a una pobrecita aspirante al hábito sublime -así está escrito en su currículum- que a una heroína de burdel. Seducirá, aunque sea a la fuerza, gracias a nuestro consenso, tanto a una dama de setenta años como a la doncella de Orleans -Domrémy- Providencia.

-Domremifasolasido -canturreó la pequeña.

-Su reputación ha llegado a los mejores salones de nuestra aristocracia y hay mujeres que quieren tenerlo sobre su pecho grabado en un medallón y arden en deseos de conocerlo.

-¿En el sentido bíblico de la palabra? -preguntó Drácula con aire recogido.

-No puedo dar la precisión que usted requiere. Príncipe de Transilvania. Tiene carisma. Hombres de letras se interesan por él como tema sensacional.

-Detesto el sensacionalismo -aclaró Drácula con cierta expresión de náusea-. Es siempre vulgar.

-Por mi parte, me atrevería a decir que me intereso en el caso como sabio, si no temiera el alfilerazo implacable de alguno de mis interlocutores. Por lo tanto, prefiero decirles que lo considero un caso científico.

-¿No un caso clínico? -preguntó Boris Karloff.

-No. El caso clínico somos nosotros -respondió el doctor con una pesantez de pata de elefante.

-Es raro, pero creo que a veces el perro se enamora. Sólo es una hipótesis mía, por no decir una sospecha. Se pone fino, hace la corte como si viera en esa mujer la más bella de las perras. Y si supiera escribir creo que mandaría cartas al correo sentimental, a la sección de los corazones solitarios, a Amadeo Richardson o a Jean de Fremisse.

-Total, es un fenómeno -sintetizó puerilmente Ave Roe Flores.

-Cuando muera merecerá ser enterrado en el Panteón de los Grandes Perros de la Historia -dijo con cierto despecho burlón Boris Karloff.

-Con todos sus laureles sin duda -completó el doctor-. Pero no pensemos en la muerte, por lo menos en la suya y en la nuestra. Pensemos en la muerte de los otros. Para eso estamos. Para eso hemos estudiado y nos hemos preparado. Para eso hemos preparado a este perro casi divino. Es a ratos como un Rintintin del Amor.

-Un actor de cine. ¿El Rodolfo Valentino de los perros? -interrogó insidioso el coronel Peter Lorre.

-Posee más talento -sostuvo categórico el doctor-. Interpreta la realidad libremente. Tiene imaginación. Es un pequeño monumento-síntesis de nuestra actividad profesional, pero se entrega a su trabajo con un aire imaginativo, con una bruma onírica en los ojos, la lengua húmeda y aleteante, se lanza sobre la mujer como sobre un pez en el acuario. El crea su propia dinámica. Siempre introduce un movimiento nuevo, un detalle inesperado.

-Usted lo elogia demasiado -dijo Drácula-. No es sino un perro sátiro reflejo de un amo sátiro.

-No soy yo quien está en candelero -refutó el doctor-. El es mi producto, pero también su propia naturaleza.

-¿Usted todavía no ha escrito sus Memorias? -preguntó Drácula.

-¿Las mías o las del perro?

-Las del perro, por supuesto.

-No. Estoy esperando que él aprenda a escribir. No me gustan los escritores negros. Ni los libros de encargo. Creo en la libertad de creación. Pero pienso que él será en el futuro una leyenda. La mención que hacen de su actividad las Naciones Unidad contribuye a su fama.

-¿Usted cree que pertenece a la leyenda y no a la historia? preguntó el coronel Peter Lorre.

-A ambas cosas a la vez.

-¿Por qué? ¿Porque es un perro torturador? -preguntó celoso Boris Karloff, con visible despecho-. ¿Por qué comete graves faltas de ortografía contra la moral pública, incluso contra la santa religión, al faltar el respeto hasta a castas religiosas hermanas?

-No se ponga, Boris, en un mirador de moralismo estrecho. El es parte del sistema. Trata a la arrestada y a la presa como un funcionario del régimen. Otros son perros San Bernardo que salvan viajeros perdidos en los Alpes. Este cumple con el deber asignado por el gobierno de nuestro General. No lo reproche por su espíritu de obediencia y disciplina. Hay perros espías, perros delatores, perros que descubren escondites. Este tiene una especialidad distinta, pero especialidad al fin.

-Es un animal exhibicionista.

-Hace todas las cosas en público. Carece de pudor -sostuvo Drácula-. No lo concibo. Me gusta el secreto de las noches rumanas. No me den esos tipos exteriorizantes, que anuncian al mundo que se tiraron al plato o que se tiran un flato, con perdón de la niña. Llenan con ruido y escándalo la futilidad, el vacío de sus vidas.

-A mi me agrada tal vez por lo mismo.

-A usted le gusta porque usted es la creación mecánica del hombre, y el perro la creación animal de una creación mecánica. Lo encuentro todo esto depravado, repugnante, inhumano, para decirlo en una palabra. ¿Por qué no respetar el sigilo inherente de esta Honorable Casa de los Gemidos Ahogados? Yo sé por qué a usted !e gusta, doctor, el exhibicionismo del perro.

-¿Por qué? Dígamelo, por favor, para penetrar en la raíz de un misterio personal que me atormenta.

-Porque él es lo que usted no puede ser, porque a través de él usted realiza lo que quisiera hacer y no puede. El es su hijo perro. Su retrato psicológico.

-Si...

-De tal palo talcahuano -tradujo al chileno el Guatón Romo.

-Ambos son publicitarios y declamatorios.

-Ambos dos -corrigió el Guatón.

-Hombre-fachada. Perro-fachada sin ningún sentido de la intimidad. Caerá el polvo sobre él. Y usted, honorable doctor, se cubrirá de herrumbre, oxidado como las armaduras en las viejas casas abandonadas. Sorprendente violencia la de ustedes. ¿Usted nunca se ha hecho el psicoanálisis? No sé, no soy especialista, pero para mi usted es una bestia mecánica frenética que persigue la destrucción del hombre.

-¡Madre mía! Modere su lenguaje apocalíptico. Habla como un Príncipe Negro.

-Lo soy, a todo honor.

-No lo veo tan claro.

-No lo ve tan claro por su daltonismo moral, porque me mira con sus ojos de vidrio pintado. Pero usted ha convertido esta respetable casa en un circo macabro, en un espectáculo de feria con un monstruo canino...

-Con varios monstruos, no necesariamente caninos. Dentro de las curiosidades figuramos todos nosotros, estimado príncipe transilvano.

-Yo no soy una curiosidad. Sépalo bien. Yo soy una realidad del sueño, el capitulo inolvidable de una historia de fantasmas. Pero yo trabajo a puertas cerradas y no en asamblea.

-En choclón se dice -tradujo de nuevo al chileno el Guatón Romo.

-En cambio no soy yo amante de los soliloquios. Ni él es un perro Hamlet. No me gusta caerme hacia adentro sino derramarme hacia afuera. Soy estilo flamboyant. En eso somos iguales.

-¿De dónde viene usted, doctor Frankenstein?

-¿Para qué me lo pregunta? Usted lo sabe. Vengo de la misteriosa Airaune. Soy alemán de origen. Pero como hijo de la Gran Máquina me siento hombre de USA.

-¿Pero cuál es su nacionalidad exacta? -inquirió el Príncipe Negro con curiosidad malsana.

-¿Mi nacionalidad? La humanidad futura -contestó sonriendo.

-Y ya que estamos en las preguntas del pasaporte, ¿cuál es su profesión exacta?

-Veo que usted ama la exactitud. Explorador.

-Qué respuesta tan vaga. ¿Explorador de qué?

-De la selva...

-¿Africana o de cuál?

-De la selva del pensamiento. Allí soy estratega.

-¿Estratega?

-Si. Hay estrategas nucleares. Yo soy táctico del presente y estratega de lo que vendrá. Mi sueño dorado, apretar un día el botón del Apocalipsis.

-Pero por ahora, más modestamente, se dedica a la tortura -dijo el Príncipe.

-Es la ley de la escalera. Peldaño a peldaño, querido Príncipe, se llega al segundo piso. Yo diría mejor es la ley de la escalada. Llegaremos muy lejos. Los marxistas apuestan a que el mundo del porvenir será comunista. Yo introduzco la variación canónica. ¿Demasiado arriesgada mi profecía? Existe en la vida, lo reconozco, el reino oscuro de las incertidumbres. Pero quiero darles el año 2.200 una sorpresa mayúscula. Atormento hoy para proyectarme al futuro.

-Usted es un intelectual típico -dijo Drácula con cierto desdén por la racionalidad pura.

-Si, soy un intelectual puro en cuanto estoy al servicio de una idea. Pero esta idea es impura. Está al servicio del gobierno, de la industria, de la necesidad de atajar al enemigo. ¿Qué pretendo? El hombre debe saber dónde está y hacia dónde va. Quiero darle la garantía de que no se hundirá en el colectivismo. Es lo que me piden mis progenitores. Para eso me crearon. Yo ordeno sus pensamientos para decirles lo que ellos quieren. Soy a veces pesimista sobre el futuro del hombre, pero soy siempre optimista para ellos. Aunque el mundo muera, ellos vivirán. Tal vez lo uno dependa de lo otro. Son precios recíprocos.

-Su visión del futuro no parece muy alegre. ¿No tiene otra perspectiva que la catástrofe?

-Si. Entre otras cosas, hay en ella un margen de tristeza porque no estoy seguro del éxito.

-Nunca vi a un terrorista como usted, salvo el que mató a seis millones de judíos.

-Participé en la tarea. La justifico. Pero ¡o que deberemos todavía hacer para impedir el triunfo del enemigo hará que aquello se vea como una insignificancia, como una coma en el libro de la historia. Todo medio será legítimo. La calidad y la cantidad de la represión son detalles. Imaginen. Estamos definiendo el sentido del milenio que viene. ¿Podemos paramos en chicas? Seria un crimen. Tenemos que ser razonables. El mundo no puede avanzar sin cataclismos.

-¿Usted no cree posible equivocarse?

-Claro, puedo equivocarme si los datos con que me alimentan son falsos. Yo hablo con signos y en esos signos, que son de sentido conservador, no siempre se registran bien, o tal vez insuficientemente, los sentimientos, eso que llaman las fallas nerviosas, los impulsos de la multitud, ese mundo extraño de lo subliminal, las pifias y porfías de los pueblos. La máquina que trabaja en el vacío puede ser un río seco adonde no llegan todos los afluentes necesarios. A ratos los pueblos han dado muestras de ser testarudos. No siempre aceptan ser enclaustrados en una idea, como una perla que necesita vivir silenciosa, encerrada en la concha, miles de años antes de llegar a desarrollar su radiante personalidad. Por esto tal vez nunca el hombre llegue a ser una piedra preciosa. Por ahora mi máquina recibe la información de los generales, de los pirañas, de los cocodrilos, de los tiburones, que no siempre son científicos y mezclan sus intereses, aversiones y concupiscencias dentro de la corriente sucia con que llegan envueltos hasta mi. En este sentido son datos eclécticos y caóticos. No son propiamente académicos.

-¿Y usted lo es, doctor? -preguntó Drácula.

-En el hecho si, aunque nunca me he sentado bajo la Coupole.

-Usted más que un académico es un tecnócrata -agregó el Príncipe Negro.

-Si a usted le agrada esa definición, sea, la acepto. Yo soy muchas cosas. Lo que el hombre me haga. Y lo soy con intensidad variable e inducida. Depende del voltaje.

-¿Entonces usted no es infalible?

-No soy humano, pero soy falible. Doy respuesta al enigma en la medida en que soy un fruto de tablas, cifras, citas, estadísticas, encuestas, aforismos e intenciones del manipulador. En el fondo dependo de sus puntos de vista. Soy un reflejo de sus propósitos, una combinación exhuberante de sus pesquisas, mezclada a sus ansias, a sus anhelos de sobrevivir.

-Para hablar en difícil, doctor, ¿nunca ha pensado en la desfuncionalización, en que lo manden a la cesantía, sin jubilación ni perseguidora ni nada y le dejen convertido en un montón de fierros enmohecidos en el Jardín de Villa Grimaldi, donde el pasto vaya tapándolo?

-Todo puede suceder.

-Y entonces adiós próximo milenio.

-Y entonces adiós yo, su humilde servidor, arrojado a la soledad, a la vida privada, al desenchufe. Adiós no al tiempo, caballo de fuerza que nunca se para ni siquiera para hacer sus necesidades ni para cambiar de jinete. Ese es el problema. ¿Quién será el jinete venidero del tiempo? ¿Nosotros o ellos? ¿Quién ejercerá e! poder sobre los individuos? ¿Nosotros o ellos?

-Pero usted no trabaja ahora de Esfinge ni de Cassandra. Trabaja de torturador común y silvestre dijo con rabia el Príncipe.

-Yo no diría eso tan ofensivo. Es verdad que la ocupación actual de mi inteligencia es la técnica de la computadora aplicada al tema de la tortura y de la muerte.

-¿Y cuánto le pagan por eso?

-Mi salario es una mezcla de aceite, sangre y fluido eléctrico. Pero no trabajo sólo por un sueldo. Aquí estoy haciendo mi postgrado. Desarrollo los sistemas de análisis al servicio del gobierno de su Señor Padre, estimada Niña Augusta. Mi tarea es pasar la lucha contra el enemigo a través de mi persona, o sea, interiorizarla, vale decir, poner la computadora a la tarea de luchar contra esa humanidad rebelde, el país de la resistencia, que hay que destrozar por cualquier medio...

-Usted es muy apasionado.

-Soy apasionado y desapasionado a la vez. Apasionado quizá porque realizo mi trabajo con entusiasmo, pero desapasionado porque se trata de un entusiasmo de máquina calculadora. A veces debo reconocer, como ahora, que me apasiona lo que podríamos llamar la pornografía de la tortura. Hoy, por ejemplo, el caso de Esperanza a Pesar de Todo o de la doctora inglesa no dejó de producirme cierto espasmo casi humano. Pero ese es un asunto intimo que no tengo por qué revelar ante ustedes. Mi alma es una compañía privada, podríamos decir, aunque trabajo ahora para el gobierno. En verdad mi Alma Mater es el Pentágono. Estoy contratado para servir aquí, como he servido en otros países, como especialista en la materia. Tengo aquí, si usted me permite, respetado coronel Lugosi Contreras, una misión educadora. Debo impartir enseñanza, comunicar los principios de la tortura contemporánea al día. No me juzgue engreído si digo que hemos, no quiero emplear la primera persona singular, transformado Villa Grimaldi en un Instituto de la Tortura al Día, con su cuerpo de profesores y expertos, con sus seminarios teóricos, sus clases prácticas. Incluso creo que hemos llegado a cierto grado de excelsitud académica.

- Ya lo dije. La mejor policía del mundo -asintió eufóricamente el coronel.

-Quizá -manifestó dudoso Drácula-. Si dicen e! último grito, lo acepto. ¿La mejor? No estoy seguro. En verdad no creo.

-De todos modos. Príncipe de los Vampiros, debo decirle que para mi ha sido una experiencia muy estimulante trabajar en Chile -subrayó el doctor.

-Ha dado un buen aporte a la Seguridad Nacional -puntualizó el coronel con un aire por el cual pasó un leve silbido de serpiente que se despierta-. ¿Y qué opinas tú de todo esto, incapaz? -preguntó dirigiéndose al Guatón.

-Yo soy un niño -respondió con aire desamparado-. No entiendo lo que dicen los adultos. Un hombre niño, de inteligencia retardada. Yo soy el hombre olvidado en esta conversación. Y les ruego que me olviden por ahora. Y que me recuerden en la hora de golpear. Porque para eso si que tengo fuerza, mucha fuerza. Más fuerza que cualquiera de ustedes.

-Eres la fuerza bruta -dijo el Príncipe Negro.

-Tengo una fuerza enorme -baladroneó-. No la desprecien.

-No, estás contemplado en el programa. Allí donde no se necesita pensar, allí te necesitamos -lo consoló el coronel. El Guatón le dirigió una mirada agradecida.

-Si -dijo el doctor-, eres útil en la lucha contra la insurgencia. Un día deberíamos mandarte, como premio, a la zona del Canal de Panamá para que te enseñaran a leer y pudieras conocer nuestro Manual de Contrainsurgencia. Es mejor que el de Fort Bragg.

-Pero eso es para gente decente -dijo el Gordo tímidamente.

-¿Y tú no lo eres?


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03