Intento de fundación de una literatura nacional

INTENTO DE FUNDACIÓN DE UNA LITERATURA NACIONAL

Bernardo Subercaseaux

Literatura Chilena en el Exilio. N 7 julio 1978

I

El relato 'El Mendigo' de Lastarria, publicado en 1843, ha despertado cierto interés en críticos y antologadores de la narrativa chilena, por tratarse, supuestamente, del primer cuento que se escribió en el país. (1) Este cuento -o más bien este que la crítica moderna llama cuento y que Lastarria subtituló 'Ensayo de novela histórica'- (2) este relato, entonces, se gesta en el marco de preferencias estéticas de la llamada 'generación de 1842 ); grupo del que el joven Lastarria fue a la vez promotor y portaestandarte. Siguiendo el ejemplo de la Asociación de Mayo -ex-alumnos de Mora y de Andrés Bello, forman en 1842 la Sociedad Literaria y eligen como Director a Lastarria, quién tiene entonces 25 años. Las Actas de esta Sociedad (3) desde marzo de 1842 hasta agosto de 1843, constituyen un documento importante para reconstituir las preferencias de ésta primera promoción intelectual más o menos homogénea posterior a 1810. Llama la atención, sobre todo, la variedad de materias que se tratan en las sesiones: Francisco Bilbao lee un trabajo sobre la sicología y la soberanía popular; Juan, hijo de Andrés Bello, lee una obra de teatro y una descripción geográfica de Egipto; Valdés diserta sobre el espíritu feudal y aristocrático; Santiago Lindsay recita poemas patrióticos y varias sesiones se dedican al análisis de las cualidades que debería tener un libro para la instrucción general del pueblo. Hay además sesiones de estudio: se lee y comenta la historia del Mundo Antiguo de Segur, la de la Edad Media y Moderna de Fleury, y, según destacan las actas, 'a Herder cuando resulte conveniente'. Esta variedad revela que para los jóvenes de 1842 la literatura no es sólo la expresión imaginaria, sino toda expresión escrita, aún mas, toda actividad intelectual que tenga un fin edificante, que difunda el ideario liberal y que tienda a transformar los residuos de la mentalidad de la Colonia en una nueva conciencia nacional. La literatura, es para ellos, entonces, parte de la actividad política y la actividad política parte de la actividad literaria. Otro aspecto que llama la atención es la seriedad y la normatividad estricta de las sesiones. Está expresamente prohibido fumar, ningún socio puede salir a la calle durante la reunión; hay -por reglamento- un fiscal que debe controlar la asistencia y sentarse siempre -también por reglamento-al lado izquierdo del Director. Las Actas nos llevan a pensar más que en jóvenes románticos, en déspotas ilustrados. Estos rasgos de solemnidad revelan, por encima de lo anecdótico, una determinada conciencia histórica, conciencia de pertenecer a una generación predestinada, decisiva, a una generación adánica. 'Estamos -dice Lastarria en sesión de mayo de 1842- en la alborada de nuestra vida social,... Este es el momento crítico'. Los miembros de la Sociedad Literaria se sienten, entonces, responsables de una tarea tanto o más importante que la de los padres de la patria: se trata de la fundación de la nación y, simultáneamente, de la fundación de su literatura.

La voluntad de construcción política no deja resquicio al humor, Francisco Bilbao afirma muy orondo que el Quijote no ha conseguido hacerle reír una sola vez (4) No hay hueco ni para el irracionalismo, ni para el vuelco emotivo. Y si hay emotividad, ésta es colectiva. Tal vez la actitud romántica de los jóvenes de 1842, (vinculada al romanticismo social francés) se manifieste de preferencia en el modo mesiánico y voluntarista con que asumen la tarea de educar al espíritu para modificar la sociedad. Vicuña Mackenna en sus crónicas históricas recuerda a Bilbao presidiendo un grupo de jóvenes en procesión y llevando -como iluminado- un árbol de la libertad hecho de mostacillas. Jacinto Chacón, uno de los secretarios de la Sociedad, escribe en esa década un poema que divide en tres partes: 'La Europa' 'La América' y 'Chile', y lo titula Historia Moderna. El poema desarrolla la idea del progreso indefinido y su traslado en tiempo y espacio, desde Europa a América, para asentarse finalmente en Chile.

En las últimas estrofas dice:

'Marchad' Mas nunca a ciegas 'Mi Patria'
No ignorante en brazos del pasado tu espíritu abandones.
El libro de la Historia comprende y ve adelante,
la Europa lo descifra: escuchad sus lecciones.
Lo fataliza Vico, Bossuet la profetiza
Guizot lo desarrolla y Herder lo profundiza.
Modernos inspirados que en ese álbum divino
de un Dios ven los decretos, y nuestro gran destino. (5)

Para Chacón como para Lastarria la historia es un organismo teleológico, y Chile, un espacio donde es posible llevar a cabo la perfección del género humano. Imbuídos en la doctrina del progreso, los jóvenes de 1842 estudian a Segur y Fleury, conocen a Cousin, a Vico -por intermedio de Michelet- y a Herder, pero los leen haciendo un esfuerzo por establecer una forma de vida nacional, los estudian con una óptica específica: chilecéntricamente, como si la historia fuese un lago y el pasado ondas concéntricas que se concitan en un punto central: Chile. Para ellos, sin embargo, a diferencia de Sarmiento, los carriles de la historia no desembocan en el 'Yo (6), sino en el país entero, en la nación.

'Chile -dice Lastarria- se ha encontrado de repente en una elevación a que fue impulsado por la ley del progreso, por esa ley de la naturaleza que mantiene a la especie humana en un perpetuo movimiento expansivo.'

Los miembros de la Sociedad Literaria se sienten viviendo, por una parte, el fin de una jornada que no han recorrido y por otra, precursores de un mundo por edificar. A la conciencia de vivir en la infancia social se une la conciencia de ser jóvenes, la cual desde la revolución francesa acarrea consigo el imperativo sagrado de contribuir a la regeneración de la sociedad.

Este sentimiento misionero tiene sin embargo algunos fundamentos; el triunfo sobre la Confederación Perú-Boliviana pone de relieve en el plano internacional la personalidad d Chile; durante el decenio de Bulnes, especialmente entre 1840 y 1845, el país se caracteriza también - en relación a la etapa portaliana- por una apertura hacia la democracia y la libertad; se trata de un periodo en que se estabilizan las instituciones republicanas y en que hasta jóvenes como el propio Lastarria y García Reyes son elegidos diputados. En política partidaria prima un clima de distensión. Santiago, con alrededor de 60.000 habitantes, tiene ya un ambiente intelectual casi efervescente: llegan el pintor francés Raimundo Monvoisin y el bávaro Mauricio Rugendas, están también el peruano Felipe Pardo y Aliaga los venezolanos Andrés Bello y Simón Rodríguez y las cabezas más destacadas de lo que Alberdi llamó 'la provincia argentina flotante de la emigración liberal'; en medio de esta conjunción de inteligencias se multiplican los periódico y las polémicas y se inaugura la Universidad de Chile. En Valparaíso, donde se instalan los impresores Rivadeneira y Santos Tornero, regularizada la carrera de vapores del Pacífico, se regulariza también la llegada de ideas y modas transatlánticas.

Sarmiento y Vicente Fidel López no se cansan de contrastar esta cima de libertad con la Argentina de Rosas. Y si con los ojos de los jóvenes del 42 miramos hacia el Norte, vemos un Perú oscuro, en que ha caído el despotismo de los reyes, pero prevalece todavía, más que en ninguna otra nación, el despotismo del pasado. (7)

¿Cómo entender, por una parte, esta convicción de vivir en un tiempo y un espacio en que culmina la ley del progreso, y por otra, la idea de que se vive una alborada, de que todo está aún por edificarse? La explicación de esta paradoja permite precisar la filosofía de la historia del primer Lastarria, filosofía que -como veremos- incide en la configuración y en la estructura de su relato 'El Mendigo'. Para Lastarria la historia es un fenómeno dual. Concibe, por una parte, la evolución histórica como naturaleza, como desarrollo regulado por una racionalidad inmanente, separada del hombre. 'La ley del progreso -explica- es ley de la naturaleza'; desde esta perspectiva la colonización española fue una empresa contranatura y la Independencia, el momento en que la naturaleza ultrajada empieza a recobrar su dignidad envilecida, recuperándola cabalmente hacia 1842. Sin embargo, el desarrollo natural de la sociedad, que debía culminar en la democracia republicana, no basta, la historia tiene también otra dimensión, se necesita -dice Lastarria- 'otro apoyo: el de la ilustración, el del espíritu, y ésta si -señala- es tarea de la 'generación presente' (8), tarea en que está todo aún por hacer.

Precisamente es en este contexto que hay que situar el programa de fundación de una literatura nacional expuesto por Lastarria en el discurso con que el 3 de mayo de 1842 acepta dirigir la Sociedad Literaria. Se trata de un manifiesto literario programático, pero también de algo más, puesto que se inserta en una concepción historiográfica liberal que ve en la literatura un instrumento para el desarrollo del espíritu, que la concibe como una instancia que unida al desarrollo natural de la sociedad, permitirá que el país alcance su plenitud histórica. Se trata, como señalábamos, de fundar una literatura y, simultáneamente, una nación. De renovación artística y, simultáneamente, renovación de la sociedad. Sólo como expresión de la sociedad nueva podrá la literatura contribuir a transformar la mentalidad colonial en conciencia nacional y cumplir así la misión de utilidad y progreso que Lastarria le asigna. Un programa, en síntesis, que se centra en la idea de emancipación.

Aunque el discurso representa en Chile el primer momento de conciencia de la literatura como objeto y de su necesidad social, las ideas que expone Lastarria no son originales; sigue a Víctor Hugo de 1828: 'A peuple nouveau, art nouveau' y sobre todo a Larra y su articulo 'Literatura' de 1836; propone los mismos modelos literarios que había propuesto José Joaquín de Mora en 1830 (9), y sigue también a Echeverría y Sarmiento al propiciar una literatura que, rescatando del legado español sólo el don de la lengua, se independice frente a los valores hispánicos, una literatura que se inspire en lo propio, en la historia patria, en las peculiaridades sociales, en el paisaje y en la naturaleza americana, una literatura que sea, en palabras de Lastarria: 'la expresión auténtica de nuestra nacionalidad.'

Además de institucionalizar la literatura chilena y de conferirle una perspectiva a una tradición cuyos gérmenes estaban ya en la obra de autores como Camilo Henríquez, el discurso de Lastarria formaliza una comprensión de la literatura como expresión de la sociedad, de allí que sea un llamado a volcarse a lo circundante y a repudiar tanto el contenido de la literatura española como la imitación desmesurada de la que provenía de Francia.

II

En 1868 Lastarria se refiere a 'El Mendigo' como un 'ensayo de novela ' con el que se había propuesto poner en práctica las ideas de su discurso, 'me hallaba pues -dice- en la necesidad de dar el ejemplo prácticamente .... de ofrecerlo en el de las composiciones de bella literatura'. (10) En 1843 el género más adecuado para ilustrar los planteamientos de su discurso es justamente el que Lastarria ensaya en 'El Mendigo': la novela histórica, género que aunque no formaba parte del patrimonio literario chileno, le era familiar a través de las novelas de Walter Scott y de algunas imitaciones españolas como Los Bandos de Castilla (1830) de Ramón López Soler o El doncel de don Enrique el doliente (1834) de Larra. La novela histórica le permitirá también enjuiciar a diferencia de la vertiente pasatista del romanticismo europeo- el pasado colonial y combinar personajes ficticios con personajes y acontecimientos de la historia de Chile.

Publicado en 1843 'El Mendigo' apareció en los números de noviembre y diciembre de la primera revista literaria chilena: El Crepúsculo. El tema básico del relato es el del proscrito, la trayectoria de un ser progresivamente excluido por la sociedad: un criollo y antiguo soldado de la patria que llega a ser pordiosero. Se trata de un tema frecuente en el romanticismo europeo, el mismo Lastarria en 1840 había traducido y adaptado Le Proscrit, de Frédéric Soulié. Aunque Alvaro de Aguirre es -como los proscritos de Byron- un fatal man marcado por el destino, la diferencia reside en que los agentes de la desgracia del proscrito chileno tienen un común denominador; son, sin excepción, españoles. Se trata en el caso de Lastarria, más que de un ángel caído, de un proscrito que sirve de pretexto para criticar los vicios de la Colonia y ejercitar la vocación patriótica. El tema del proscrito -que ocupa la parte medular del relato- está sin embargo enmarcado por la insinuación de otro tema que se sitúa en un casi presente: el de la convivencia armónica con la naturaleza. La configuración narrativa de estos tópicos tiene entonces una disposición tripartita. El relato se abre con la voz del narrador -marco que lo introduce en las páginas iniciales y los cierra en los párrafos finales. Se trata de un narrador innominado, pero que como figura ficticia obedece a un intento de proyectar la persona biográfica del autor. Desde un casi presente, este narrador nos describe su paseo por las orilla del río Mapocho, durante un crespúsculo de primavera:

'No ha muchos años -dice- en una tarde de octubre, me paseaba sobre el Malecón del Mapocho, gozando de la vista del sinnúmero de paisajes bellos que en aquellos sitios se presentan. (11)

La naturaleza presentada responde a la que hasta hoy caracteriza a las tarjetas postales; el cerro San Cristóbal, la cordillera de los Andes, los tajamares y los puentes del río Mapocho. La descripción busca representar aquello que es propio de la capital, un paisaje que no pueda ser confundido con ningún otro. Con el fin de enaltecer esta singularidad, el narrador utiliza tropos clásicos como la prosopopeya y la exaltación hiperbólica. El proceso descriptivo corresponde a una interiorización en que el 'Yo' registra las características del paisaje y luego las devuelve en impresiones. (12) Tal como se señala en el relato, este procedimiento se funda en una convivencia armónica entre el 'Yo' narrativo y la naturaleza circundante. El crepúsculo, las meditaciones melancólicas, el carácter consolador de la naturaleza y la identificación con ésta son, que duda cabe, motivos caros a la imaginación romántica, sin embargo en este caso obedece también a una concepción y a una voluntad histórica.

Desde el encuentro casual del narrador con el mendigo la armonía se interrumpe:

'Aquel momento de delicias en que todo lo sentía, sin pensar en nada, fue muy corto para mi, un hombre se puso a mi lado sin pronunciar una sola palabra y me sacó de mi ensueño.' (13)

A partir de este momento el 'Yo' del narrador-marco retrocede para relatarnos en primera persona, simulando ser la voz del mendigo, la parte medular del relato: la trayectoria del proscrito tal como éste se la ha contado. Aun cuando la mirada se vuelca ahora no sobre la naturaleza sino sobre el destino como tragedia, el lenguaje que se utiliza tendrá características similares al utilizado por el primer narrador. Esta inconsecuencia narrativa resulta obvia puesto que el narrador-marco nos ha señalado que va a 'trazar... la historia' del mendigo 'con el mismo aire y animación con que él me la refirió. ... y en frases cortadas como él lo hacía'. (14) En realidad lo que ocurre es que el 'Yo' del primer narrador no retrocede sino que se sobrepone al 'Yo' del mendigo. La historia del proscrito -que ocupa treinta y dos de las treinta y ocho páginas del relato- es la historia de una degradación progresiva. Siguiendo un orden cronológico abarca desde los últimos decenios de la Colonia hasta los años que siguen a la Reconquista. Hay en la trama de esta trayectoria un marcado anti-españolismo. (15) Los personajes villanos que empujan a Alvaro hacia la miseria y el desamparo son siempre españoles: un militar español se apodera del dinero de su amigo Alonso; la segunda separación entre Lucía y Alvaro, fuente de sus posteriores desventuras, es provocada por el tiránico Don Gumersindo, y la deshonra de Lucía, es consumada por Laurencio, también militar español. Finalmente, es uno de los oficiales realistas de la batalla de Rancagua, el Coronel Lizones, quien imposibilita la unión de los amantes, llevándose a Lucía primero a Lima y después a España.

La trayectoria del proscrito, de soldado de la patria a pordiosero, de ser humano a criatura infrahumana, aparece vinculada al motivo del amor imposible, configurado en esta ocasión con todos los ingredientes melodramáticos que caracterizan a la Literatura folletinesca de la época. (16) Vale la pena detenerse en un episodio de esta trayectoria para mostrar como en Lastarria la voluntad de 'emancipación' desvitaliza a los personajes y limita la verosimilitud del relato. Se trata de un episodio en que el autor reelabora una fuente muy precisa: El celoso extremeño de Cervantes. Alvaro de Aguirre regresa desde Lima a La Serena, su ciudad natal, sin dinero y perseguido por la justicia; allí le informan que Lucía está encerrada en casa de un viejo español, Don Gumersindo Saltias. Alvaro, después de un tiempo de rondar la casa, consigue persuadir a Luciano, esclavo negro de confianza del viejo, y con esta 'llave', y haciéndose pasar por carpintero, logra introducirse al recinto y planificar con su amada la huida de ambos.

Lastarria, lo sabemos por un documento, tema desde muy joven en su biblioteca las Novelas ejemplares; además el argumento del episodio sigue casi literalmente a la obra cervantina, sin embargo, el tema del viejo celoso está tratado en 'El Mendigo' en forma muy diferente. Don Felipe de Carrizales, el celoso de Cervantes, es un celoso previo a cualquier experiencia que lo justifique como tal; vive su ser celoso, no es personaje abstracto, sino por el contrario tiene espesor y verosimilitud ficticia. Desde el comienzo se nos dice que es de 'natural condición .... el más celoso hombre del mundo'. Don Gumersindo Saltias, el celoso de Lastarria, no logra en cambio configurarse como 'ser celoso', el encierro de la muchacha se presenta como un acto gratuito, tiránico, puesto que no se dice ni muestra que haya relación amorosa o de otro tipo entre ellos. Don Gumersindo aparece caracterizado como personaje agresivo, ocioso y dueño de esclavos, cada vez que se presentan estos rasgos la narración sustituye el nombre del personaje por el epíteto; 'el español'.Sólo al final, cuando por ser incongruente con la acción resulta un rasgo abstracto, se nos dice lo que no se nos ha presentado: que Don Gumersindo es un 'viejo celoso'. El fuerte contenido erótico amoroso de la novela de Cervantes es sustituido en Lastarria por un clima melodramático en que abundan lágrimas, suspiros y presagios funestos. En definitiva lo que hace Lastarria es desvitalizar a la fuente, transformar a personajes verosímiles en estes sin espesor ni coherencia ficticia, personajes sin otro relieve que aquel que les otorga el maniqueísmo anti-español. Hay que señalar, de paso, que este cotejo muestra hasta que punto es equivoco plantear que Cervantes influyó en Lastarria, lo que en verdad influyó no es Cervantes, sino lo que Lastarria con su óptica de liberal chileno- leyó en Cervantes: sin duda El celoso extremeño fue para él una deliciosa denigración del español que venía a América, una confirmación más de la leyenda negra, una novela que debió interesarle como fuente temática para contraponer los vicios del Viejo Mundo con las virtudes del Nuevo.

Las debilidades en la caracterización literaria señaladas para el episodio del viejo celoso, se repiten en toda la trayectoria de Alvaro de Aguirre. Lucía no es sino una suma incoherente de convenciones literarias; resignada Penélope primero, luego doncella deshonrada y finalmente 'belle dame sans merci'. Los personajes históricos: 0'Higgins y Carrera, son sólo nombres, y la batalla de Rancagua, un episodio en que el aplomo y la súbita valentía de Alvaro aparecen como rasgos infusos y forzados.

En la última etapa de su degradación, desdeñado por Lucia que prefiere a un militar español, Alvaro enloquece y luego de doce años de encierro sale a recorrer las calles viviendo de la caridad pública y convertido en pordiosero:

"La viuda de un antiguo camarada -dice- me ha acogido: con ella lloro a veces y parto el pan que me dan de limosna: ya veis, señor, que mendigo porque no puedo trabajar, porque soy viejo y mis locuras me hicieron perder el mejor tiempo y también una mano. 'Que haré ahora sino mendigar y llorar'" (17)

Terminado el relato del mendigo regresamos al casi presente y el primer 'Yo' retoma la palabra: "Los sollozos ahogaron la voz del pobre viejo .... Cuando le vi ya desahogado de la opresión de su corazón, le pregunté por Lucía, y él, con una carcajada satánica y unos ojos de relámpago, me respondió: 'se fue a España, señor, con su marido: allá será feliz, mientras yo soy un mendigo' y tomando su palo, marchó a paso acelerado." (18)

Apenas desaparece el pordiosero el narrador vuelve a insinuar en el penúltimo párrafo, el tópico de la convivencia y armonía con la naturaleza:

"La luna estaba en la mitad del cielo y toda la naturaleza -dice- dormía en calma..." (19)

El esquema narrativo tripartito corresponde entonces, primero a un casi presente en que hay ensueño y valoración del paisaje nacional; luego, una parte central con las peripecias y progresiva degradación de Alvaro, una trayectoria cuyo sentido último es mostrar que la Colonia fue una fuerza contraria al desarrollo natural del hombre, y una tercera parte, en que se retorna al casi presente y se insinúa en dos lineas el tema de la convivencia con la naturaleza. Esta configuración tripartita en que un pasado con rasgos negativos está enmarcado por un casi presente de connotaciones positivas, obedece a la filosofía de la historia delineada en la primera parte de este articulo, vale decir a una concepción del mundo social como naturaleza, como un mundo expuesto a un proceso de regulación inmanente y a un determinismo de leyes casi-físicas que lo impelen constantemente a progresar. Esta concepción subyace a la disposición del relato y a la valoración del tiempo que ella con lleva: el presente o casi presente en el cual se encuentra instalado el narrador está mostrado como un momento de plenitud y armonía con la naturaleza, como un momento en que la sociedad está inscrita en el carril natural de la historia; en cambio, el pasado en que se sitúa la peripecia de Alvaro con la colonia y sus residuos, está presentado como una etapa contra-natura, como un periodo de degradación humana.

La oposición entre Historia y Naturaleza apuntan entonces desde esta perspectiva a la oposición entre los vicios del antiguo régimen y las virtudes del nuevo. En cuanto al genero, 'El Mendigo' es, no un cuento, sino como admitiera el mismo Lastarria, un 'ensayo de novela histórica'. 'Novela histórica' en cuanto relata la trayectoria de personajes ficticios en un trasfondo diacrónico de hechos y personajes históricos; y 'ensayo' porque es un intento frustrado, un esquema que no logra tomar cuerpo ni en el número de páginas ni como argumento, y que carece además de espesor ficticio, un intento en que el tiempo no transcurre, en que los hechos históricos no logran conjugarse en un mundo de ficción coherente y verosímil.

Sin embargo, para hacer justicia a la consecuencia o inconsecuencia de 'El Mendigo' con los planteamientos fundacionales de 1842, hay que confrontarlo más que con la literatura universal, con un relato chileno de la misma época: por ejemplo con 'Jorge' de Santiago Lindsay, publicado en junio de 1843 en El Crepúsculo. El tema de este último es el amor trágico entre Carlos y Matilde; después de una anagnórisis chateaubrianesca ambos descubren que son hermanos y Carlos se suicida en una Capilla. La anécdota está narrada con un tono de éxtasis contagiado, de regusto por la melancolía y por la tristeza misteriosa e infusa. Es un relato en que lo autóctono está ausente aún en la nominaciones, en que el autor se deja arrastrar por una de las vetas del romanticismo francés: la del lirismo personal, la de las confidencias y languideces del corazón. En el año en que aparece 'Jorge' hay sin embargo en Santiago un sector de jóvenes cuya sensibilidad a este romanticismo de cáscara fue documentada por memorialistas de la época. Vicente Grez, por ejemplo, recuerda el furor que desató la visita de la célebre compañía lírica en que figuraban Teresa Rossi y Clorinda Pantanelli, tanta efervescencia -dice- que un diario llegó a pedir editorialmente la enseñanza del italiano en todos los colegios nacionales. El dolor de amor y el amor al dolor estaban entonces en apogeo: 'Aquella mejillas tensas y rosadas que animaban la salud del cuerpo y la tranquilidad del alma, fueron reemplazadas -dice Vicente Grez- por una palidez convencional. Las ojeras se hicieron de moda.

¡Sufrir! ...fue la última expresión de la felicidad. Hubo niñas, y no inventamos, que bebían vinagre para palidecer y enflaquecer. La tisis terminaba bien pronto la obra iniciada por el romanticismo ....' (20)

Predispuesta a los excesos del corazón esta sensibilidad se volcaba, como era de esperar, en la poesía. ' Una afición extraordinaria a los ejercicios de poesía ha prendido en la juventud -dice García Reyes- y prendido con la voracidad de un incendio.' (21)

En el contexto de esta sensibilidad afectada y comparado con 'Jorge', el relato de Lastarria resulta, además de novedoso, consecuente con algunas ideas de su discurso. Hay en él un intento de literatura con sentido nacional, que busca representar la naturaleza y la historia del país. Aunque utiliza convenciones románticas de la literatura de la época, estas están enmarcadas en un argumento estructurado por su sensibilidad histórica, un argumento que obedece a la idea de que terminada la guerra de la Independencia, debía seguir, 'la guerra contra el poderoso espíritu que el sistema colonial inspiró en nuestra sociedad.' (22)

Por último, al analizar 'El Mendigo' como intento de poner en práctica la fundación de una literatura nacional, es preciso tener en cuenta que Lastarria escribe fuera de una tradición literaria viva y que su estética obedece sobre todo a una vocación patriótica de filiación liberal, a un propósito casi mesiánico de conferirle identidad histórica al país. Con frecuencia además, en países como en Chile, en que la literatura nacional se gesta a la sombra de la cultura europea, los postulados estéticos se perfilan en una ideología literaria antes de lograrse plenamente en la producción artística. Por supuesto las buenas intenciones -aunque sean de cuño liberal no bastan por sí solas para figurar en la historia de la literatura. Recordemos también, sin embargo, que la tradición literaria -especialmente en un primer momento constituye una dinámica en que incluso los fracasos operan corno fuerzas positivas, desde este ángulo es posible establecer una relación literaria -y hasta biográfica- entre este primer Lastarria y las novelas del que será el mejor exponente de la literatura chilena del siglo XIX, Alberto Blest Gana.


Notas:

1. Mariano Latorre, Antología de cuentistas chilenos, ( Biblioteca de Escritores chilenos), Santiago, 1938, V-VI.; Raúl Silva Castro Antología de cuentistas chilenos, (Zigzag), Santiago, 1957, 9-13; Homero Castillo y Raúl Silva Castro, J. V. Lastarria y el cuento chileno, Symposium VoL XIII, 1, New York, 1959, 121 -127; Homero Castillo, ' El Mendigo', primer relato novelesco de Chile ', El criollismo en la novelística chilena, (Stadium), México, 1962, 8-18; José Miguel Minguez Sender, Antología del cuento chileno, (Bruguera), Barcelona, 1970, 13-14. Cronológicamente ' El Mendigo' no es el primer relato novelesco que se publicó en Chile. Cartas Pehuenches, de Juan Egaña es de 1819, y el relato ' Jorge' de Santiago Lindsay, aparece en El crepúsculo en 1843, meses antes de la publicación de ' El Mendigo '.

2. J. V. Lastarria, Miscelánea Literaria, op. cit., incluye ' El Mendigo' entre los ' Ensayos de novela histórica'. Y en Miscelánea histórica y literaria, 1868, op. cit. aparece incluido en ' novelas y cuentos'.

3. Actas de la Sociedad literaria, 1842-1843, Revista Chilena de Historia y Geografía, 37, T.XXXIII, Santiago, 1920 445-447.

4. Manuel Blanco Cuartín, Artículos escogidos de Blanco Cuartín, ( Bib. de Escritores chilenos), Santiago, 1913, p. 679.

5. Jacinto Chacón, Discurso redactado con motivo de la oposición a las cátedras de Historia y Literatura del Instituto Nacional, (Siglo), Santiago, 1846, 30-39.

6. Enrique Anderson Imbert, 'El historicismo de Sarmiento' , Cuadernos Americanos, septiembre-octubre, México, 1945, p. 158.

7. V. Lastarria, 'Discurso de incorporación a la sociedad literaria', El movimiento literario de 1842, ed. Julio Duran Cerda, ( Universitaria), T. I, Santiago, 1957, p. 14.

8. J. V. Lastarria, ' Discurso de incorporación a la sociedad literaria ', op. cit. p. 14.

9. José Joaquín Mora, Oración inaugural del curso de oratoria del Liceo de Chile, Santiago, 1830. Lastarria, lejos de esconder esta filiación, la aclara en nota al pié de página.

10. J. V. Lastarria, Miscelánea histórica y literaria, T. I, op. cit., p. XXI.

11. V. Lastarria, Antaño y ogaño, Novelas y cuentos de la vida Hispanoamericana, ( Bib. Chilena), Santiago, 1885, 1-2.

12. Carlos Morand, Visión de Santiago en la novela chilena, The University of Iowa, Ph. D., 1975, Xerox, U. Microfilms, Ann Arbor. Michigan, 1975, 13-22.

13. J. V. Lastarria, Antaño y ogaño, op. cit, 2-3.

14. J. V. Lastarria, Antaño y ogaño, op. cit. p. 4.

15. Pedro Lastra, El cuento hispanoamericano del siglo XIX, (Universitaria) Santiago, 1972, p. 33.

16. Fernando Alegría, 'Lastarria: el precursor , Atenea Nº 139-140, Concepción, 1960, p. 50.

17. J. V. Lastarria, Antaño y ogaño, op. cit. p. 37.

18. V. Lastarria, Antaño y ogaño, op. cit. p. 37

19. V. Lastarria, Antaño y ogaño, op. cit. p. 38.

20. Vicente Grez, La vida Santiaguina, (A. Bello), Santiago, 1968, p. 117.

21. Citado por Domingo Santa María, 'Discurso de incorporación a la Facultad de Filosofía y Humanidades, 19 de Abril de 1856, Anales Universidad de Chile, 1857, p. 2.

22. Idea que aparece en el Discurso de 1842, y que Lastarria repite en casi todos sus escritos.


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