Notas sobre autoritarismo y lectura en Chile

NOTAS SOBRE AUTORITARISMO Y LECTURA EN CHILE

Bernardo Subercaseaux

Bernardo Subercaseaux es profesor de literatura, e investigador y critico literario. Dirige el Centro de Indagación y Expresión Cultural y Artística, CENECA. Vive en Santiago.

Estas notas constituyen un primer intento por indagar el modo en que afectó a la lectura de textos literarios la ruptura histórica de 1973 y la década de autoritarismo a que ésta abrió paso.

Por tratarse de una temática y de un ángulo que en Chile no han sido abordados, se parte explicitando los supuestos teóricos que permiten considerar a la lectura como una instancia que desempeña un rol activo en la conformación de sentidos y que está sujeta a cambios.

Posteriormente, desde la hipótesis de una transformación sustancial en la recepción, se examinan algunas variaciones en la lectura de Neruda, y en la lectura que promueven los críticos en tanto intérpretes o mediadores profesionales. Finalmente, a propósito de una encuesta que en 1983 determinó los 15 libros de la década, se reflexiona brevemente sobre las transformaciones en el establishment literario y en el público lector.

1. La lectura como actividad

Con respecto a los textos literarios conviene distinguir dos tipos de relaciones con el lector: por una parte está la relación que se configura a partir del propio texto, el que siguiendo variadas estrategias (modos verbales, tipo de narrador, formas de apelación, disposición narrativa, etc.) perfila un lector implícito. Las particularidades fija. das en el lenguaje constituyen entonces las condiciones de producción de esta relación; desde allí se inducen los códigos que van a configurar un lector apelado e imaginario. Se trata por lo tanto de la imagen del lector tal como está representada en el texto.

Una segunda relación -que es la que nos interesa- es la que emerge a partir del lector, o más bien "en" y "por" el proceso de lectura (1). Desde esta perspectiva la lectura implica una construcción mental de propiedades significativas, las que el lector atribuiría de manera intersubjetiva al texto. De ello se desprende que el proceso literario no se agota en las propiedades objetivas del lenguaje escrito y que el texto no formula por si mismo todo su sentido. A través de la interacción texto-lector, y sobre la base del texto primario surge un objeto estético construido o metatexto. Las características de este metatexto estarán en directa relación con los códigos culturales del receptor y con las variaciones que se den en este plano.

Si aceptamos que la significación emerge en el punto en que se produce la lectura, tenemos que convenir que las propiedades objetivas del texto constituyen una instancia abierta y que como tal se complementan con las formas subjetivas de conciencia que los individuos o que los miembros de una determinada colectividad tienen en común en su respuesta a ese texto. Cuando una misma obra se recibe en dos contextos diferentes (con otro estado de lengua, otro gusto literario, una estructura social distinta, nuevos valores y sentidos de vida) se da el caso que cualidades no percibidas antes como estéticamente significativas llegan a serlo, y otras que antes lo eran pierden relieve. La mutabilidad del objeto estético estaría así vinculada no a cambios en el texto (que permanece fijo), sino a transformaciones en el proceso de lectura, y en el rol .que desempeña esta actividad en cuanto conformadora de sentidos.

Aun cuando el rol activo de la lectura opera con respecto a todo tipo de textos (históricos, periodísticos, etc.), dicho rol es especialmente activo en relación a los textos literarios. La obra literaria es una construcción de mundo esquemática, en la medida que objetos, personajes, acciones y la representación de su objetividad están puestos en el texto de manera incompleta. Las representaciones lingüístico-literarias son en este sentido considerablemente más ambiguas que las visuales. El lenguaje escrito -a diferencia de la percepción que se da de modo global y al instante- está inserto en un transcurso temporal que le confiere una permanente parcialidad.

En toda obra hay ciertas determinaciones que están representadas (por ejemplo, sabemos que Don Quijote es largo, flaco, etc.) y otras que no lo están, y que operan por lo tanto como indeterminaciones que el lector debe completar (es un loco, un sabio, un santo?). Es propio del texto literario la exigencia de un lector que actualice o complete la obra. La participación del lector actualizaría no sólo direcciones de sentido ya previstas en el texto, sino también otras que no lo están. Nuevas lecturas alterarían además la ponderación de elementos significantes. Partiendo entonces de algunos rasgos inherentes a los propios textos literarios se puede hacer dos afirmaciones:

- que el texto no es una entidad significante siempre idéntica a sí misma;

- que la lectura, lejos de ser pasiva, es un elemento constitutivo del texto.

Así como en relación a la historia se ha sostenido la tesis del carácter provisional del conocimiento histórico ("nuestro conocimiento del pasado está limitado significativamente por nuestra ignorancia del futuro", escribe el filósofo analítico A. C. Danto), así también es posible sostener que nuestro conocimiento de la expresión literaria pretérita está limitado significativamente por nuestra ignorancia de las lecturas y metatextos que se puedan generar en el futuro. Esta perspectiva, aun cuando relativiza el estudio literario, tiende también a historizarlo en la medida que rompe con la concepción de que el objeto estético es una entidad ahistórica constante a la que correspondería un investigador también constante y ahistórico.

Ahora bien, entendiendo la lectura como una construcción mental que cumple un rol activo en la conformación de sentidos, queda pendiente el problema de cómo desempeña ese rol, cuáles son los factores que inciden en él y cómo pueden explicarse sus transformaciones. De partida hay que señalar que se trata de un proceso muy complejo, que la lectura es afectada -como veremos- por diversas variables, y que la investigación sobre cada una de ellas o es inexistente o está todavía en estado larvario. Puede decirse, en consecuencia, que el conocimiento objetivo del público lector y de los tipos de lectura de una sociedad determinada sigue siendo un enigma. Y no es extraño que ello sea así, puesto que el conocimiento de los lectores de una sociedad concreta implica nada menos que un diagnóstico del estado de conciencia de esa sociedad.

La interacción texto-lector pone en juego un código cultural en el que están imbricados aspectos biográficos, aspectos propiamente literarios y aspectos colectivos o histérico-sociales. Cada una de estas instancias perfila un contexto que incide en la configuración de sentidos. El contexto biográfico individual explica, por ejemplo, las diferencias que se dan entre el horizonte de expectativas de un lector adolescente, de un lector adulto y de un lector niño. Explica también las diferencias entre las lecturas de un crítico -intérprete o mediador profesional- y las de un "lector ingenuo". Este contexto pone entonces en juego la voluntad, el deseo, la situación concreta, el principio de identidad de cada individuo y la esfera de lo privado.

La lectura pone también en tensión el conocimiento previo del Universo literario o referencial del texto, y los códigos de lectura heredados de la tradición literaria. En este sentido todo texto leído con anterioridad forma parte de la experiencia de lectura de un nuevo texto. La lectura, en la medida en que está inserta en las dinámicas culturales, pone por último en juego el contexto histórico-social. Al macrocontexto hay que vincular las preconcepciones históricas y culturales que preparan el camino para la lectura de una obra en determinada dirección. En este nivel inciden aspectos como la interacción individuo-estado, las restricciones institucionales, los sentidos sociales colectivos y en general la esfera de lo público (2).

Estos 3 contextos se interrelacionan y conforman las condiciones de producción en que se genera la lectura. Empíricamente sabemos poco acerca del modo como estos contextos se articulan entre sí y afectan a la recepción. Como hipótesis de trabajo podemos sin embargo sostener que en condiciones de continuidad histórica se da una imbricación fluida, y en situaciones límites, de ruptura histórica, se produce en cambio una relación unilateral, un desequilibrio en que el contexto macrosocial pasa a superponerse a los otros y a tener un peso decisivo en la recepción.

Esta hipótesis postula una correspondencia entre la ruptura histórica y un cambio radical en las condiciones de producción de la lectura. Postula también que el punto máximo de desequilibrio se sitúa en los años inmediatos a la ruptura, y que luego se da un proceso paulatino en que el modelo de imbricación fluida se va (no sin ciertas cicatrices) recomponiendo. Se trata de una hipótesis que podría ser funcional para el estudio de la recepción literaria en la España posterior a la Guerra Civil, o en Mozambique a partir de su Independencia o en Uruguay después del Golpe Militar. Dicha hipótesis conlleva además una comprensión de la cultura nacional como producto histórico de nexos y hegemonías socio-políticas, como instancia sujeta a una dinámica de inclusiones y exclusiones sociales. Ello estaría implicando que en cada una de estas rupturas se producirían cambios culturales drásticos, transformaciones que van a incidir también -como veremos en el caso de Chile- en el proceso de recepción y en los códigos de lectura.

2. Ruptura histórica y lectura de Neruda

Como lo han señalado diversos analistas de la situación chilena, el régimen militar expresa desde sus inicios un proyecto social que se perfila con características diferenciales respecto a lo que había sido la evolución política del país hasta 1973. El propio discurso autoritario se plantea como un proyecto de ruptura con el desarrollo político, social y cultural alcanzado por la sociedad chilena en sus últimos 40 años.

La ideología de ruptura alimentada por un mesianismo restaurador -cuyo modelo es la república portaliana "en forma" (3)- ha sido con algunos matices el eje del discurso y de la acción de gobierno en estos últimos diez años. En la esfera de este eje es posible distinguir tres etapas: un primer momento de negación entre 1973 y 1977, un segundo momento de fundación entre 1977 y 1981 y un tercer momento, a partir de 1982, de crisis e intentos de readecuación (4). Desde una hipótesis de transformación sustancial en la recepción, estas etapas han significado variaciones en el clima ideológico-cultural y en los códigos o preconcepciones de los receptores, variaciones que pretendemos tipificar en relación a la lectura de Neruda.

a) La primera etapa (1973-77) se caracteriza por un autoritarismo eminentemente reactivo ante la cultura política del pasado y respecto a los sectores sociales que la alimentaron.

Sin que se perfile todavía un proyecto futuro, el énfasis de negación se manifiesta excluyendo y desarticulando los espacios sociales previos, sean éstos institucionales, políticos, comunicacionales o artísticos. El régimen militar transforma el papel del Estado, otorgándole una extensa función de supervigilancia en el campo cultural. Un espectro importante de libros -concebidos como vehículos de ideas disociadoras y como receptáculo de una memoria histórica que se quería borrar- será afectado muy concretamente por esta nueva función. Mediante la vía represiva, en allanamientos, se requisan, confiscan o queman cientos de ejemplares, rotulándolos de "literatura subversiva", mecanismos que son publicitados con fines de amedrentamiento. Recordando este clima, el ex Rector de la Universidad de Concepción y ex Ministro de Educación, doctor Edgardo Enríquez, señala -en una entrevista reciente- que su biblioteca personal "hubo que enterrarla y allá en Concepción está todavía"; "más de una vez he pensado" dice "que así como en la Segunda Guerra Mundial la gente enterraba joyas o dinero, nosotros en Chile tuvimos que esconder o quemar libros" (5).

La marginación y el estrechamiento del universo ideológico-cultural son también reforzados por la vía político-administrativa. Desde el punto de vista jurídico el Estado de Emergencia permite que en las distintas regiones del país las Jefaturas de Zonas tengan la potestad de autorizar o no los nuevos títulos, censura preventiva que durante la primera etapa se ejerce tanto sobre la producción nacional como sobre la importada. Gran parte de las editoriales y librerías son controladas, debiendo autocensurarse y clasificar su existencia de libros en tres categorías: vendibles, reservados (en bodega) y destruibles. Quimantú, la editorial estatal, que había hecho innovaciones importantes en la edición y distribución de libros (6), es allanada a los pocos días del 11 de septiembre como si se hubiese tratado de un polvorín. Este clima de inquisición cultural afectó especialmente a la obra de autores identificados de una u otra forma con el gobierno depuesto. Entre los extranjeros, escritores como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Ernesto Cardenal y, entre los chilenos, Carlos Droguett, Hernán Valdés, Poli Délano Guillermo Atias, Antonio Skármeta, Armando Casigoli, Fernando Alegría, Patricio Manns, Armando Uribe y sobre todo Pablo Neruda (quien había recibido el Premio Nobel cuando era Embajador del régimen de Unidad Popular).

En cuanto a Neruda, su muerte, aunque no fue causada directamente por los acontecimientos de septiembre, fue sí acelerada por ellos. En circunstancias hasta el día de hoy no esclarecidas su casa de Santiago fue saqueada, y la de Isla Negra -que estaba a nombre del Partido Comunista- confiscada. Su entierro careció de las mínimas garantías, como también los homenajes que se le rindieron en años posteriores. Con respecto a su obra, durante la primera etapa parte importante de ella dejó de estudiarse y de circular. No se permitió el ingreso al país de Confieso que he vivido, memorias que habían sido editadas poco después del golpe en España. Y en 1977, cuando empezaron a circular en Chile, El Mercurio y otros periódicos promovieron versiones según las cuales ellas habían sido adulteradas. Como parte de esa campaña el mismo matutino publicó un articulo con el nombre de una obra de Juan Ruiz de Alarcón, La verdad sospechosa. Las connotaciones valóricas hacia la obra de Neruda que implicaba este clima de amedrentamiento adquirieron -en medios comunicativos férreamente controlados- el rango de opinión pública.

Podríamos abundar en ejemplos de restricciones y de control por. parte del Estado y de los aparatos ideológicos adscritos al régimen (Televisión Nacional, etc.). Lo que importa, sin embargo, es remarcar que el estrechamiento del ámbito cultural se dio con particular énfasis en la etapa de negación y en los años inmediatos al golpe, y que ello trajo consigo un cambio en los códigos de recepción y en las condiciones en que se genera y se produce la lectura. En el caso de Neruda esto se traduce en una serie de presuposiciones que preparan el camino para la lectura de su obra en términos de poesía subrepticia. Son presuposiciones que circulan en los procesos educativos, comunicativos y de opinión pública y que se hacen de este modo carne en la conciencia social. La cultura del miedo convierte a Neruda en un autor casi clandestino, en un poeta de catacumbas, en que debido a un cierto clima y entorno el lector toma conciencia de que está accediendo a lo prohibido. Esta conciencia de lo prohibido genera en los receptores un horizonte de expectativas ideológico-literarias, un vacío de significación que tiene que ser llenado, presuposiciones que en definitiva tienden a reafirmar en la lectura un ethos político en desmedro de otras dimensiones de la obra.

La desarticulación de la cultura política y la despolitización de la esfera pública predisponen a los lectores a una estética del guiño, a una sensibilidad sobreexcitada en relación a aquellos aspectos de la obra de Neruda que en la privacidad de la lectura puedan compensar las voces o mediaciones excluidas de la sociedad. Al hablar de estas prefiguraciones y de estos mecanismos de compensación, postulamos que ellos constituyen -en el contexto de la ruptura histórica- formas de conciencia que son compartidas por una amplia comunidad de lectores, y que se traducen en respuestas comunes a los textos del poeta.

Podría argumentarse que estas presuposiciones no son nuevas, que ellas existían antes de 1973 y que más bien obedecen a direcciones de sentido ya previstas en los textos de Neruda. Desde el punto de vista de su virtualidad significativa, hay que convenir, empero, que la obra Nerudiana -como todo texto literario- no es vocera de un solo sujeto social o de una sola ideología, sino que en ella coexisten y se articulan una pluralidad de discursos (el de su época, el de las corrientes literarias que lo influenciaron, el de sus referentes biográficos, el discurso "americanista", etc.).

"Mi oficio -escribió el poeta en sus Memorias- fue la plenitud del alma". En tanto discurso polifónico, su obra no puede entonces reducirse a su práctica política, puesto que si así se hiciera se estaría recortando severamente su virtualidad significativa. Hasta 1973 ninguna de las distintas dimensiones de su obra negaba a las otras. En un contexto de pluralismo cultural sucedía sí que algunas dimensiones se hacían más significativas para ciertos actores sociales y menos para otros. Había, por así decirlo, una competitividad de lecturas, enmarcada en una disputa por el espacio cultural, espacio que aun teniendo su especificidad no era por supuesto neutro. Durante la primera fase es esta disputa de sentidos la que se conculca, alterando así las condiciones en que se genera y produce la lectura.

Esta misma restricción incide en que los códigos de lectura de Neruda heredados de la tradición literaria no tengan -como solían tener- un espacio en la configuración de sentidos de su obra. Por ejemplo, las lecturas propuestas por críticos como Hernán Loyola, Emir Rodríguez Monegal y Jaime Concha, entre otros. Estas lecturas alimentaban antes una recepción de su poesía en tanto modos de autorreferencia, y cubrían desde la historia intima del poeta hasta los actores sociales y culturales con que él se había identificado. Se trataba de propuestas que circulaban a través de la prensa, programas de televisión, prólogos y conferencias, y que afectaban por ende la recepción no sólo de los estudiosos o mediadores profesionales, sino también de los "lectores ingenuos". Luego de 1973 estas propuestas de lectura dejan de circular, el libro 'Neruda, por ejemplo, de Jaime Concha, que examina su poesía hasta 1936, y que recién había sido publicado por Editorial Universitaria, fue considerado un libro conflictivo y "picado" (reducido a tiras con guillotina). Pero aun en e! caso de que estas propuestas hubieran podido circular, nuestra hipótesis es que ellas habrían sido coaptadas e interceptadas por las presuposiciones colectivas vinculadas a las características restrictivas que adquiere en el período la interacción individuo-Estado. Otro tanto puede afirmarse con respecto a la posibilidad de que la recepción hubiera sido afectada por el contexto biográfico: la lectura adolescente de Neruda tiende a perder su especificidad, siendo interferida por las mismas presuposiciones que afectaron a una lectura adulta. En este sentido puede sostenerse, entonces, que en una situación de ruptura histórica como la de 1973 se generó un desequilibrio en las condiciones de producción de la lectura, un desequilibrio en que el macro contexto social (la despolitización de la esfera pública y la politización compensatoria de la esfera privada) pasó a suponerse y a interferir las dimensiones cognoscitivas y afectivas vinculadas a los otros dos contextos.

b) La segunda etapa (1977-81) se caracteriza-dentro del eje de la ruptura- por un mesianismo fundacional en que la coherencia y objetivo del régimen se perfila nítidamente en torno a un modelo económico neo-liberal, modelo que resguardado por el autoritarismo está llamado a revertir las condiciones de un desarrollo histórico anterior y a crear las bases para un nuevo Chile. El modelo neoliberal será durante esta etapa la piedra angular de un nuevo orden de sociedad, a través de un proceso en que se desestimulan las conductas asociativas, y se convierte en principio regulador de las relaciones sociales al mercado y a la integración del individuo a través del consumo. En este modelo se insertan también la noción de subsidiariedad del Estado, la tesis de la necesidad de su desmantelamiento, y una política arancelaria y financiera que inunda el país de baratijas y bienes importados, ocasionando una crisis de proporciones en la industria y en la agricultura nacional.

Las transformaciones institucionales, económicas y sociales que acarrea el modelo inciden también en nuevos desequilibrios en el universo ideológico-cultural. La educación y los bienes del espíritu se convierten en bienes transables, sujetos al dictamen del mercado. La publicidad crece en proporciones inusitadas, la televisión recibe recursos gigantescos y se transforma en un medio hegemónico, con la consiguiente inflación de la cultura de masas. Aumentan sin contrapeso las funciones recreativas y consumistas de la cultura en detrimento de la tradición de alta cultura y de las funciones significacional y formativa.

En este contexto se va configurando un país esquizofrénico, o más bien dos países. Un país de tarjetas de créditos, de caracoles o centros comerciales, de escuelas subvencionadas que con el objeto de atraer alumnos se bautizan con nombres como "The Chilean Eagles". Un Chile que se llena de vehículos japoneses desechables, y en el que la cultura del automóvil transforma el paisaje urbano, invadiendo los accesos de mayor flujo con moteles, prostitutas, puestos de papas fritas y un enjambre de cuidadores, limpiadores de vidrios, vendedores de Super 8 y mendigos o cesantes especializados en automóviles. Un Chile que tiene a Providencia y Panamtur como sus santuarios y al crédito como su oráculo, un país en que hasta la compasión y la solidaridad se comercializan. Una realidad que encuentra su metáfora en las micas de colores transparentes que se vendían a lo largo de Chile, y que se colocaban sobre un televisor en blanco y negro para provocar la ilusión de que se estaba viendo televisión en colores. Frente a este país de vitrina dorada y culturalmente amnésico, persiste sin embargo otro, un país invisible, que no se exhibe pero que sin embargo existe y late en distintos ámbitos de la conciencia colectiva. Es el país subterráneo de una memoria histórica y de una cultura política que se niegan a ser borradas, el país del Canto Nuevo y otras expresiones artísticas de rasgos alternativos, el Chile de la cultura mesocrática que se mantuvo leal a un mundo periférico y desplazado, a una utopia de continuidad histórica que fue colocada entre paréntesis por el modelo.

La tensión entre el país visible y el invisible -dos ámbitos que paradójicamente se retroalimentan- constituye un entorno que se instala en los códigos de lectura y de valoración perceptiva. Con excepción de aquella literatura que es directa o indirectamente tributaria de la cultura de masas y de la TV, todo el resto se sitúa en uno de los polos de esta tensión. Por derecho propio la literatura forma parte de la trama de la memoria histórica, y porta por ende, independientemente de su contenido -en un mundo de tarjetas de crédito y tecnicolor- una postura ética, una objetivación del país latente e invisible. Si puede afirmarse esto en relación a los textos literarios en general, con mucha mayor razón todavía puede hacérselo respecto a Neruda. Los cambios que se dan entonces en esta . segunda etapa, y la presencia en la conciencia social de la tensión entre los dos países, promueve una recepción de su obra en términos de reafirmación de identidad, una lectura que privilegia los elementos significativos de ethos cultural, elementos que funcionan como vasos comunicantes con el país invisible, con la memoria histórica y con una identidad colectiva que está siendo sometida al mercado y a los vaivenes del tráfico espiritual.

c) La tercera etapa, a partir de 1982, se caracteriza por el quiebre del modelo económico neo-liberal, por una situación de crisis sostenida del régimen y de aceleración de las expectativas democráticas. No se trata empero del simple fracaso de una política económica; el modelo neo-liberal fue mucho más que eso, fue el eje de un proyecto de refundación y transformación profunda de la sociedad. Fue -como señalábamos- la piedra angular de un nuevo orden social, en el que se postulaba que la libertad de mercado traería aparejada la libertad política. Puede sostenerse, entonces, que el modelo económico fue la columna vertebral del proyecto autoritario Y que con su quiebre el régimen queda a las intemperie: sin coherencia ni objetivos claros. Al fracaso del modelo hay que vincular también el descrédito del autoritarismo como sistema Político, y la revalorización de la democracia por sectores de derecha ó izquierda que antes fueron escépticos a ella. En este contexto hay que entender -después de casi una década de silencio- la enorme movilización social de 1983, y las exigencias y expectativas de cambio de régimen y de pronto regreso a un escenario democrático. Esta nueva situación va acompañada de una relativa apertura con respecto a las dimensiones excluyentes y coercitivas que primaron en las etapas anteriores. Se levanta la censura a los libros (1983), y ciertos temas y debates que previamente no circulaban empiezan a tener ahora presencia pública. Las condiciones en que se genera y produce la lectura cambian: el horizonte de expectativas sociales y democráticas pasa a tener un peso decisivo en la configuración de sentidos. Este horizonte constituye una forma de la conciencia social que es compartido por un número cada vez mayor de lectores, lo que en un ámbito que sigue siendo en lo fundamental autoritario -si bien con una recomposición paulatina del modelo de imbricación fluida- induce a construcciones mentales que preparan el camino para una lectura de las obras literarias en determinada dirección. La lectura de Neruda no se hará entonces como antes (con una mirada que prefigure la visión de los vencidos o que busque reafirmar la memoria colectiva), ahora más bien se leerá como portadora de una utopía de futuro y de un proyecto histórico.

Podemos decir, en síntesis, que durante este decenio, en lo que respecta a la recepción, estamos ante una situación de ruptura histórica en que los cambios más globales de la sociedad pasan a tener un peso preponderante en las configuraciones de sentido y en las variaciones de la lectura. En el caso de Neruda, en tres momentos distintos dentro de un mismo eje, sostenemos la hipótesis de cambios correlativos en los códigos culturales del receptor, de cambios que afectan las formas subjetivas de conciencia y que en definitiva van a condicionar ciertas lecturas comunes a sus textos. Distinguimos en consecuencia una primera lectura que reafirma el ethos político de la obra, una segunda que reafirma el ethos de identidad cultural, y una tercera que prefigura un ethos portador de proyecto histórico. Cada una de estas lecturas implica a su vez relevar a un Neruda distinto. La primera al poeta de voz pública cercenada, la segunda a un Neruda lírico de la identidad y la tercera a un poeta épico de rasgos profetizantes.

Estamos conscientes que a estos planteamientos pueden hacérseles algunas objeciones. Entre ellas, por lo menos tres: que Neruda no puede ser considerado un paradigma; que no cabe hablar de una comunidad homogénea de lectores, y que las afirmaciones hechas tienen una base empírica insuficiente. Vale la pena detenernos brevemente en cada una de ellas.

1. Neruda, efectivamente, fue un poeta limite en una situación límite y puede por lo tanto ser cuestionado como ejemplo para examinar las transformaciones de la recepción bajo el autoritarismo. Cabe argumentar, sin embargo, ante esta objeción, que los códigos de lectura que sobresalen en cada una de las etapas configuran orientaciones de sentido generales, que por lo tanto no emergen a propósito de la mirada que lee o de una obra específica, sino que más bien las preceden. De allí que tales presuposiciones afecten en distinto grado a todo el universo literario. El caso de Neruda permite tipificarlas de mejor modo, pero ello no significa que no incidan en el resto, especialmente en la literatura chilena y latinoamericana.

Por otra parte los fenómenos más globales que hemos señalado, como el estrechamiento del espacio ideológico-cultural, las tensiones que se derivan del modelo económico y las expectativas de redemocratización, son fenómenos que afectan al sistema literario en su conjunto. Ello se percibe claramente si se examinan algunos rasgos de la crítica dentro de cada una de las etapas del período (7). En noviembre de 1973 (tradicionalmente el mes más activo en el ambiente literario santiaguino) El Mercurio casi no comenta libros chilenos, sólo trae una denuncia al Concurso Casa de las Américas a propósito de premios a Poli Délano, Fernando Lamberg y Víctor Torres. Alone comenta en dos oportunidades el libro del periodista Ricardo Boizard, El último día de Allende, utilizándolo como pretexto para reafirmar su visión de la realidad: el pronunciamiento militar significa la salvación del caos, la recuperación del orden y del sentido común. Ignacio Valente comenta reiteradamente a Soljenitsin. Otro crítico comenta el libro del periodista Hernán Millas sobre el régimen de la Unidad Popular Anatomía de un fracaso; hay un artículo-diatriba sobre Gabriel García Márquez y un largo comentario, casi un panegírico, de los Cuentos militares, de Olegario Lazo. En suma, miradas de especialistas literarios que insistentemente portan instancias de persuasión ideológico-estéticas compatibles con una legitimación del golpe militar. Esta visión característica de la primera etapa se plasma con respecto a Neruda en el ensayo crítico Biografía emotiva (1975), de Efraín Szmulevicz, libro que sostiene la tesis de los dos Nerudas, del Neruda lobo y del Neruda cordero.

En noviembre de 1979 y de 1980, en pleno mesianismo financiero, y en circunstancias en que la lógica comercial debía compatibilizarse con la lógica autoritaria, se percibe en la sección literaria de El Mercurio un espacio crítico más variado, con abierto predominio, eso sí, del universo literario euro-norteamericano. Se puede apreciar también un afán deliberado por ofrecer lecturas neutras, desconnotadoras; por ejemplo, una crítica sobre el libro de cuentos Los hombres crujen pero no lloran, de Osear López: lo que se omite en ella es tan evidente que la omisión es ya de por sí huella y síntoma de la orientación de lectura que tipificábamos para la segunda etapa.

En la tercera fase, en noviembre de 1983, en el ranking que hace El Mercurio de los libros más vendidos de la semana figura La Casa de los espíritus, de Isabel Allende, y hasta el propio Valente explícita una lectura de esa novela en que está presente su dimensión de utopía y de proyecto histórico. En cuanto a Neruda, Gastón Soublette publica un libro que se titula Neruda, profeta de América. Los críticos son intérpretes o mediadores profesionales, y como tal tienen una incidencia significativa en el gusto literario. Las obras que eligen para comentar son en este sentido ya de por si sintomáticas: revelan características del clima y del establishment literario. A su vez los enfoques y el manejo que hacen los críticos del aparato verbal revelan las opiniones preconcebidas que manejan en cuanto exégetas y las direcciones de lecturas con las que están operando.

Hay que señalar además que las transformaciones en las condiciones de producción de la lectura a que nos hemos referido, y su correlato en la configuración de sentidos, fueron también interiorizados en la producción literaria propiamente tal, sobre todo en el género más activo durante la década: la poesía. Para referirse al modo en que la prefiguración de lecturas ha incidido en la joven poesía chilena, un crítico acuñó la fórmula:

PH = T + C X L

(Poesía de Hoy = Texto más Contexto multiplicado por Lectura) (8).

Nicanor Parra, a su vez, en un poema reciente dice:

"Confío 100% en el lector;
estoy convencido de que hasta los civiles
son capaces de leer entre líneas"
(9).

En esta perspectiva hay que situar también el planteamiento de Raúl Zurita de que la poesía de su generación es fundamentalmente una poesía de lo "no dicho" (10). Se trata de la interiorización de un entorno, de la presencia de un lector cómplice y co-autor, de una lectura cargada con sentidos que apuntan al macro-contexto socio político, a los fenómenos de (auto) represión del lenguaje y a la ruptura histórica de 1973. Neruda es entonces sólo un ejemplo -tal vez el mejor- pero uno entre muchos otros que también permitirían mostrar las variaciones en la recepción durante el autoritarismo.

2. La segunda objeción se refiere al supuesto de lecturas comunes o, si se quiere, de una comunidad homogénea de lectores. No habría que hablar más bien de una gran heterogeneidad y de una segmentación entre los lectores? Precisamente nuestra hipótesis es que la verdadera heterogeneidad de lecturas se posibilita en un espacio en que se dé una disputa de sentidos, un espacio democrático en que la imbricación de los distintos contextos que inciden en la recepción no esté funcionalizada por el peso unilateral de uno solo de esos contextos. Podría argumentarse que las lecturas que hemos tipificado en cada una de las etapas no son las únicas posibles... De acuerdo... Canto General, por ejemplo, pudo ser leído -en el contexto del fracaso de un proyecto político- como un poema altamente retórico; habría que agregar, sin embargo, que las condiciones de posibilidad de las diferentes lecturas dependen precisamente de su relación con la orientación general tipificada. Para decirlo mediante una metáfora: es posible que haya lugares (o lecturas) totalmente oscuros, otros sombreados, otros semiclaros y otros completamente iluminados, pero no son lugares heterogéneos en la medida en que su "ser oscuro", "sombreado", "claro" o "iluminado" dependerá en cada caso de su ubicación y relación con respecto a un mismo y único foco de luz.

3. La objeción que concierne a la insuficiencia de datos empíricos es, en el caso de estas notas, justa. A esta carencia se debe su carácter más bien especulativo y ensayístico, basadas en no pequeña medida en la introspección. Más que certezas fundadas nuestros argumentos son por lo tanto hipótesis de trabajo u orientaciones que requerirán en el futuro ser corroboradas, completadas o desechadas. El carácter de estas notas pone además en evidencia una realidad: que el estudio de la recepción literaria constituye un campo que está todavía por constituirse, no sólo en Chile, sino en casi toda América Latina.

3. Algunas reflexiones sobre el público lector

En mayo de 1983 todos los diarios de Santiago dieron a conocer con gran despliegue publicitario una lista de los quince libros chilenos más importantes de la década. La selección fue realizada por la Feria Chilena del Libro a través de una encuesta que -según sus organizadores- consideraba las preferencias del público y el impacto provocado por las obras en el momento de aparecer. Aunque el evento tuvo cierto carácter promocional (11), contribuyó sin embargo a generar una lista sintomática, una lista que nos permitirá reflexionar sobre el público lector y sobre los mecanismos de canonización literaria.

Pablo Neruda. Confieso que he vivido (1977)
Fernando Dahse. Mapa de la extrema riqueza (1979)
Augusto Pinochet. El día decisivo (1979)
Gustavo Frías. Julio comienza en Julio (1979)
Adolfo Couve. Lección de pintura (1979)
Jorge Marchant. La Beatriz Oval/e (1980)
José Luis Rosasco. Dónde es fas Constanza (1981)
José Donoso. El Jardín de al lado (1981)
Jorge, Sasia. Manual de urbanidad para pirulos (1981)
Pablo Huneeus. Qué te pasó. Pablo? (1981)
Enrique Lafourcade. Adiós al Führer (1982)
Gonzalo Vial. Historia de Chile (1982)
Leopoldo Castedo. Historia de Chile (1982)
Raúl Zurita. Anteparaíso (1982)
Jorge Edwards. Persona Non Grata (1983)

Todo el aspecto promocional organizado por la Feria Chilena del Libro y la idea misma de la lista son ya de por sí reveladores. Se trata de un intento más -en una década que está llena de ellos- por rescatar el hábito de lectura y la valorización social del libro. El sustrato de estos intentos obedece a que en esta década -como nunca antes- el libro ha sido un producto castigado (12). Factores políticos (restricción de vertientes ideológicas, censura), económicos (industria editorial atrofiada, impuestos y aranceles prohibitivos, pérdida de poder adquisitivo en sectores medios y populares) y culturales (sobredimensión de la cultura de masas y de la TV) se han combinado incidiendo en la pérdida de status del libro y en los intentos desde distintos sectores por promover una recuperación del hábito de lectura. Desde la década del cuarenta se vivió en Chile un proceso a través del cual nuevos sectores sociales fueron incorporándose paulatinamente a la lectura; desde 1973 se produce en este sentido una involución, con el consiguiente estrechamiento en la diversidad del público lector. De allí entonces un ámbito literario geográfica y socialmente escogido, en que la construcción de celebridades literarias se centraliza y pasa a estar en relación directa con la presencia o no en la Televisión o en las páginas literarias de un medio como El Mercurio. La propia idea de la lista y la estrategia promocional emprendida por la Feria constituye por lo tanto una huella de una situación más global, de una merma que involucra al libro, al establishment literario y al público lector (13).

Numéricamente la lista es significativa si se piensa que anualmente durante esta década no más de 10 libros nacionales han logrado producir cierto impacto y una venta que sobrepase los 1.000 ejemplares. Se esté o no de acuerdo con la selección, ella, tal como está, representa el 15 por ciento de esos libros. La participación por una parte del público lector y por otra de un criterio de impacto, indicaría que la lista corresponde a un punto de intersección entre el código de los emisores y el código de los receptores. En cuanto a número la primera presencia la alcanza el género novela (aun cuando la poesía ha sido probablemente el más activo y abundante del periodo (14)). La lista incluye seis novelas, dos de la Generación del 50 (Donoso y Lafourcade), tres de la generación que empieza a publicar en la década del 60 (Couve, Frías y Rosasco), y una sola vinculada a la generación más reciente que comienza a publicar en la década del 70 (Jorge Marchant).

Vale la pena hacer algunas consideraciones sobre estas preferencias. Señalar, por ejemplo, las exclusiones: en primer lugar la Generación del 38 (Fernando Alegría, Carlos Droguett, Volodia Teitelboim, etc.) y luego los autores de generaciones incluidas pero que han realizado su carrera literaria en el exilio y cuyas obras -en general- no han circulado en el país (Claudio Giaconi, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Poli Délano, Luis Domínguez, Hernán Valdés, etc.). No necesitamos abundar en los motivos de estas ausencias; baste señalar que ellas, sumadas a las razones que ya hemos mencionado, configuran un establishment literario doblemente constreñido. El jardín de al lado, la novela de Donoso, apareció en 1981 -en un momento de deterioro de la etapa fundacional y mesiánica del régimen- y fue leída tanto por los mediadores profesionales como por el público como una novela del exilio (15), la primera que circulaba en el país. Casa de Campo (1978), tal vez la obra más importante de Donoso, no figura en la lista; circuló en 1979 cuando el deterioro del modelo y la apertura no habían empezado todavía y no pudo, por ende, ser públicamente leída como lo que era: una novela alegórica de la dictadura (16). La novela de Lafourcade, en cambio, aparece a fines de 1982, en pleno proceso de aceleración de las expectativas democráticas. Sensible a las significaciones portadoras de un proyecto histórico distinto, el horizonte de lectura que predomina en esta etapa incide en la configuración de varios aspectos de la obra. De partida en su título (Adiós al Führer), en el diseño de portada (el perfil de Hitler con el continente latinoamericano de fondo) y en el tema elegido (el contrapunto de tres picaros en Santiago con los últimos días de los jerarcas nazis en el bunker de Berlín). Podría decirse que en este caso el emisor interiorizó el código prevaleciente en los receptores. Puede hacerse tal afirmación porque en Adiós al Führer hay sólo un coqueteo con la contingencia, el emisor se pliega a las direcciones colectivas de lectura en los aspectos más superficiales de la novela y no en sus significaciones trascendentes. En efecto, a pesar del título y de la ceremonia de lanzamiento (17), en la obra no se cuestiona el poder, ni hay una visión del mundo que se inscriba en un sentido de la historia. El nacionalsocialismo es puro dato externo: un marco para ejercer sobre el lenguaje las antiguas obsesiones por el esperpento y el grotesco que caracterizan al autor. En este sentido la novela de Lafourcade está en las antípodas, por ejemplo, de una obra como Sophies choice, de W. Styron, en la que se interiorizan las repercusiones del fascismo, y en las que prima por sobre el mero discurso del oficio el discurso de las significaciones trascendentes.

Las tres novelas de la generación intermedia, la de Couve, Frías y Rosasco, tienen en común que se pasean por una misma zona imaginaria: la de la adolescencia o primera madurez, con todo su bagaje ritual de iniciación. La lección de pintura es novela de iniciación estética. Julio comienza en julio, de iniciación sexual y Dónde estás Constanza, de iniciación amorosa. Son novelas que se sitúan en el pasado y en el ámbito de la familia, y en las que predomina por lo tanto una modalidad nostálgica. Son obras breves cuya timidez en páginas se corresponde con una sensibilidad aconchada y con una década de repliegue social y de privatización de la experiencia. Se trata de novelas que no reciben las pulsaciones ni de la energía social ni del período en que fueron escritas (18), una literatura en suma aproblemática y consensual. Son precisamente estos aspectos los que posibilitaron -en la segunda etapa del régimen- una lectura neutra y unánimemente favorable por parte de la crítica, factores que sin suda incidieron en la acogida que tuvieron estas obras y en su inclusión en la lista (19).

La Beatriz Ovalle, de Jorge Marchant, cuya primera edición apareció en Argentina, es una novela que utiliza irónicamente el aparato verbal de géneros menores vinculados a la cultura de masas (melodrama, novela rosa, etc.), una obra en este sentido lograda aunque menor, y que se inscribe en la línea de Boquitas pintadas, de Manuel Puig. Tuvo gran éxito de venta en un medio editorial dramáticamente deprimido, un éxito muy vinculado a la posibilidad de una película -sobre la cual hablaron con creces los medios masivos- cuya estrella sería una figura de moda en el mundo de la TV chilena: Raquel Argandoña. El impacto de esta novela -como también de los libros de Jorge Sasía, Pablo Huneeus y otros- revela algunos cambios en el proceso de recepción y consumo literario. En qué se fundan y en qué consisten tales cambios? Antes de 1973 los medios de comunicación de masas competían con otras instancias de comunicación social (partidos, sindicatos, etc.) y eran además atravesados por las variantes de cultura política que se daban en la sociedad. Después de 1973 adquieren en cambio una centralidad monopólica, una centralidad que va a ser fundamental en la parcialidad ideológica y en la hiperextensión de la cultura de masas. En este contexto las obras literarias no tienen repercusión o venta por sus valores intrínsecamente literarios, sino en tanto subproducto de los medios de comunicación de masas, particularmente la televisión. Griselda Núñez, poetisa popular en décima y lira de la zona de Batuco, sólo ingresa a la escena literaria después de aparecer en el programa "Sábados Gigantes", de Don Francisco, y Lafourcade debe su personalidad literaria y el interés del público lector más que a sus propias obras a su papel polémico en la televisión y en el periodismo.

El manual de urbanidad para pirulos (1981), de Jorge Sasía, que figura también en la lista, como libro es tributario de la cultura de masas, del Festival de Viña y de los clichés sico-sociales que han regido la vida del país. Más que una visión distanciada de ese mundo, representa un intento de reciclarlo con propósito humorístico, un grado xerox de la escritura, una literatura más bien obsecuente con la realidad. Como alimento del imaginario social la hiper extensión de la cultura de masas va a modificar los procesos de canonización y recepción literaria. Sobre todo en la segunda etapa del régimen prevalecen en la recepción los aspectos más superficiales y frívolos, subordinando así la construcción de celebridades literarias a la industria de la información y del esparcimiento. A estas instancias de subordinación hay que vincular el impacto y la inclusión en la lista de autores como Sasía, Lafourcade en menor grado, y, en una perspectiva creativa. Pablo Huneeus.

Otro aspecto que revela la lista es una segmentación del público lector. Quien ha seleccionado El día decisivo, de Pinochet, es muy probable que no haya escogido (ni leído) las memorias de Pablo, Neruda o Persona non grata, (20) de Jorge Edwards. El lector que destaca una obra que refleja una visión conservadora e integrista como la Historia de Chile, de Gon;'alo Vial, no es el mismo que selecciona una historia de cuño republicano, laico y liberal como la de Leopoldo Castedo, o una crítica al modelo y a los grupos económicos como el Mapa de la extrema riqueza, de Fernando Dahse. Con respecto a esta segmentación ideológica, hay que señalar que aunque el público lector no es equivalente a la sociedad, forma parte de ella y lleva por lo tanto su impronta. Es comprensible, entonces, que en 1983, en una etapa de polarización social, de cierta apertura y de aceleración de las expectativas democráticas, se hiciera presente con gran fuerza esta segmentación. Ello es congruente por lo demás con una perspectiva de lectura que privilegia los elementos portadores -en una u otra dirección- de proyecto histórico. Como toda lista ésta también forma parte de un sistema de inclusiones y exclusiones, y está por ende marcada por el momento histórico en que se realizó. Habría sido sin duda una lista muy distinta si hubiera sido realizada en los años de negación o de mesianismo fundacional. Conviene señalar además que junto con la segmentación a que aludíamos hubo otra que se dio en forma más tajante durante las primeras etapas del régimen. Nos referimos a la división entre una cultura oficial y un campo contestatario, subalterno y relativamente marginal (21). De este subcampo disidente -que contaba con "su" público "orgánico"- provendría por ejemplo Anteparaíso, de Raúl Zurita, cuya inclusión entre los libros de la década estaría indicando que en la tercera etapa algunas de estas obras logran romper el "ghetto" y asomarse al público más general.

El estrechamiento, la menor diversidad y la segmentación ideológica del público lector, junto con un código de lectura subordinado a los medios hegemónicos o a la cultura de masas, son algunos de los aspectos que revela la lista. Se trata de aspectos que complementan y que en cierta medida son coherentes con las presuposiciones colectivas que tipificábamos con respecto a la lectura de Neruda. Digamos por último que si en estas notas indagatorias acerca de autoritarismo y lectura en Chile, hemos sobreenfatizado el campo de las direcciones colectivas y supraindividuales, es precisamente debido a que en un régimen de este tipo la sociabilidad se caracteriza por el sobredimensionamiento de la sístole, de las fuerzas restrictivas externas en desmedro de las disposiciones íntimas, de la diástole y del principio de libertad individual. Desde esta perspectiva nuestro énfasis conlleva una hipótesis complementaria: aquella de que tanto la diversidad y virtualidad plena de la lectura, así como la imbricación equilibrada y fluida de los contextos biográfico, literario y macro social, sólo son posibles y correlativos con la existencia, desarrollo y profundización de un régimen democrático.


Notas:

1. En lo que respecta a teoría de la recepción seguimos básicamente a Wolfgang Iser, A. Kibedi Varga, Teun A. Van Dijk, D. W. Fokkema, Hortst Steinmetz y Jacques Leenhardt.

2. La distinción entre lo privado y lo público remite a la diferencia entre lo particular y lo compartido; entre la vida cotidiana, intima o familiar y la esfera de la socialidad política y ciudadana.

3. Véase el respecto B. Subercaseaux "Diego Portales y la Junta Militar Chilena singularidad histórica e interpretación retórica". Araucaria de Chile, N 2 (1978), Madrid.

4. Véase con respecto a estas etapas artículos de M. A. Garretón y otros, "Chile 1973-198?" Revista Mexicana de Sociología. 2, abril-junio, 1982.

5. Araucaria, 24, Madrid, 1983.

6. Entre agosto de 1971 y agosto de 1973 Quimantú editó en sólo dos de sus colecciones ("Minilibros" y "Quimantú para todos") la cantidad de 5.700.000 ejemplares iniciando una distribución masiva inédita en el país (kioskos, centros aborales, librerías, etc.). Estas colecciones incluían autores destacados de la literatura universal, entre ellos Horacio Quiroga, Jack London, Julio Verne, E. Hemingway. D. H. Lawrence, O. Henry, T. Mann, E. Allan Poe, M. Sholojov, Bocaccio, N. Gogol. F. García Lorca, N. Guillen, etc.

7. Véase al respecto B. Subercaseaux: Transformaciones de la critica literaria. CENECA, Chile, 1982.

8. Floridor Pérez, "Juan Cameron, poeta del puerto", Pluma y Pincel, Santiago, 1984.

9. Nicanor Parra, Poesía política. Santiago, 1983.

10. Véase R. Zurita, Literatura, lenguaje y sociedad, CENECA, Santiago, 1983.

11. Nunca se supo con exactitud a quiénes o de qué modo fue aplicada la encuesta.

12. Véase B. Subercaseaux: Transformaciones en la industria editorial del libro. CENECA, Santiago, 1984.

13. Existen cifras que avalan esta merma. La producción nacional de libros decae, llegando a un mínimo de 272 títulos en 1979. La importación baja de alrededor de US$ 12.000.000 anuales antes de 1973 a cerca de US$ 4.000.000. Una investigación del Instituto de Sociología de la U. C. (1980) indica que sólo un 27 por ciento de los encuestados son lectores habituales, y que aun entre éstos hay una tendencia a comprar y leer menos libros que antes.

14. El que se haya incluido una sola obra de poesía -Anteparaíso. de Raúl Zurita- revela lo que señalábamos en relación a un establishment literario centralizado para el cual gran parte de la poesía resulta marginal. Refleja también, sin duda, un fenómeno más general: la poesía se ha convertido dentro del sistema literario en un género acosado y narcisista, cuyo público lector está compuesto de preferencia por los propios poetas.

15. Ignacio Valente, "José Donoso: El jardín de al lado". El Mercurio. 5 de julio, 1981. El exilio más que un tema central en la composición de la novela es un recurso de escenario que funciona como marco para explorar temas u obsesiones recurrentes en el mundo de Donoso.

16. Alfonso Calderón en Hoy, 95, 12-17 de marzo, 1979, reseña Casa de Campo y la caracteriza como una "metáfora permanente" y no como una alegoría circunscrita a un tiempo y a una realidad sociopolítica específica. Lectura de Casa de Campo como alegoría política, como la realizada por Luis Iñigo Madrigal (Hispamérica, abril y agosto, 1980, USA) no tuvieron circulación en el ambiente literario nacional, donde primó públicamente el desfase entre el código del emisor y el de los receptores.

17. En la que hubo considerables y bien publicitadas alusiones a la contingencia.

18. O que la reciben débilmente como es el caso de la obra de Couve, estéticamente la más lograda de las tres.

19. Si hubieran aparecido después de 1981, durante la tercera etapa, el impacto habría sido considerablemente menor y probablemente no estarían incluidas en la lista.

20. Los problemas de censura y la batalla legal que se dio en el caso de esta obra, llevaron a los virtuales lectores a considerarla como una obra contraria al régimen.

21. Véase al respecto José Joaquín Brunner, Cultura y crisis de hegemonías. Documento FLACSO. Santiago, 1984.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03