ĞAhorrar bajo el ala del sombrero una lagrima asomadağ

ĞAHORRAR BAJO EL ALA DEL SOMBRERO UNA LAGRIMA ASOMADAğ

Antonio Skármeta

Araucaria de Chile. Nş 9, 1980.

"Me podría decir, por favor, si en esta isla
se puede comer, sin ser comido."

En Pinocho, de Collodi

En sociedades satisfechas y opulentas, un hombre del tercer mundo que luchó por un mundo mejor y perdió, es un personaje tan extraño como extranjero. Por unos días se le calzará una aureola romántica, quizá la proyección de la insensata juventud del dueño de casa, y al cabo de algunos meses se le olvidará, se reiniciarán alegremente negocios con el país que lo ultrajó, se le invitará a fiestas donde sus mareados pies naufragarán en suculentos tapices. Un exiliado chileno, no escapa en Europa a estos moldes, pero sí les procura a los anfitriones una pequeña sorpresa: este hombre que viene de una derrota no es un derrotado. Rehuye el aislamiento, busca a sus compatriotas y a sus organizaciones, sigue con ellos las alternativas en su patria y se esfuerza por contribuir a mejorar la suerte de su pueblo.

Esta energía, que apenas se debilita tras cinco años de exilio, no es un don insuflado por algún espíritu misterioso, sino producto concreto de la historia chilena de la cual él fue gestor y víctima. El legalista presidente Allende discernió este coraje al despedirse de los chilenos mientras los aviones golpistas abusaban del palacio de gobierno con sus bombas desproporcionadas. "Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, que por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición".

Con estas últimas palabras de su líder, el pueblo chileno pierde mucho pero hereda esa fuerza moral que precisó el maduro político enfrentado a su muerte. El modesto "por lo menos" para describir el efecto de su sacrificio señala con rigor y ejemplar lucidez por dónde los demócratas chilenos deben retomar el hilo que los reorganizará para la resistencia. Allende sabe que el mundo ha conocido sus esfuerzos por avanzar al socialismo intentando agrupar fuerzas variadas y teniendo como único dogma la tolerancia. El brutal espectáculo de la legalidad arrasada y la simultánea masacre de sus partidarios no podía sino alentarlo a esa reflexión discreta y visionaria: la pequeña lección moral era comprendida con sobrecogimiento dentro y fuera de Chile.

Para entender a un chileno en el exilio hay que conocer al menos este antecedente, de otro modo no se explica que los patriotas chilenos, entre tantas naciones cuyos pueblos están sometidos a vejámenes, hayan captado con tal fuerza y relativa persistencia la solidaridad de gobiernos tan disímiles. Del mundo del Este, porque fuese cual fuera la vía elegida -correcta o errada- Allende impulsaba su patria hacia el socialismo. De los países occidentales, porque lo pretendía por los originales caminos del pacifismo y la pluralidad. Sin este consenso mundial, tal vez el exiliado chileno se hubiera disuelto en la relativa anonimía en que con injusticia el mundo ha ubicado a Uruguay y otros países castigados tan duramente como el nuestro.

Confieso con vergüenza que mis pocas relaciones con Alemania antes del Golpe en Chile eran unas rápidas lecturas de Goethe y otras lentas de Thomas Mann, diez o quince films de guerra con oficiales nazis que palabra por medio ladraban, feroz monóculo asestado bajo la ceja y algunos centilitros de sádica saliva desprendiéndoseles del colmillo. De Brecht, sólo "Baal" y "La ópera de tres centavos" cuyo tema central cantábamos en Chile en la versión de Ella Fitzgerald. Aparte la colección de chistes alemanes de Otto y Fritz que por cierto no se conocen en Alemania y que eran del siguiente tono inmortalizado en una canción que los oficinistas y escolares cantan en los buses que los llevan a picnics veraniegos: "Don Otto tenía un botecito, el bote tenia un hoyito, por donde el agua entró. Don Otto le hizo otro hoyito, por donde el agua salió." Y para terminar, los films de Sissy, emperatriz, que consumían toda la envidia de nuestras noviecitas adolescentes cuando teníamos quince años. (Grande fue nuestra sorpresa cuando pocos años más tarde vimos a la señorita Sissy Rommy Schneider emperatriz mostrando las tetitas en "La piscina" de Jacques Derai toda rica y degenerada ella. Cito a Carlos Olivares.)

Es que las relaciones culturales y bárbaras de Chile son fundamentalmente con Estados Unidos. En el colegio aprendemos a hablar inglés. La música que bailamos es norteamericana. Nuestros militares son adiestrados en Panamá por el Pentágono.

Por excepción, en la universidad no nos enseñaron pragmatismo, sino precisamente la filosofía de Heidegger. Lo hacían tenaces profesores que balbuceaban el alemán, pero que lograban equilibrar en sus abultadas lenguas expresiones largas como vienesas. Así, cuando pisé por primera vez Alemania, polvoriento y derrotado en noviembre del 73, no supe cómo dar la dirección de un amigo al taxista, pero aún tenía atascadas en mi garganta expresiones heideggerianas como "Das-In-der-Welt-sein des Daseins".

Las masas inquietas estarán preguntándose a estas alturas con merecida indignación cómo fue que este sujeto llegó a anclar en Alemania.

Vine a la República Federal Alemana después del Golpe porque antes de ese Golpe, cuando Chile era una experiencia interesante y no un escándalo, el director de cine Peter Lilienthal se animó a visitar la vía chilena hacia el socialismo y a los pocos días andaba por las calles de Santiago pesquisando un guionista que le escribiera una historia. Los chilenos, que tienen un especial sentido del humor, le dieron a Lilienthal mi nombre.

De este malentendido arrancan mis peripecias en el exilio alemán que pueden traicionarse en los siguientes puntos: dos hijos hombres ya perfectamente bilingües, dos novelas, un libro de cuentos, tres films (dos con Peter Lilienthal y uno con Christian Ziewert, un cuarto film con guión terminado que se hará pronto, cuatro radioteatros, uno de ellos, "La Búsqueda", trasmitido hasta en los iglúes del polo, el pintoresco dominio de un tercio de la lengua alemana, un K. O. y dos pérdidas por puntos ante activistas femeninas a las cuales les sugerí que además de inteligentes las encontraba hermosas, un grupo de editores europeos fieles con mi estilo y sensibles a los matices del exilio, media libra menos de pelo y ocho más de peso. En fin, la vida inquieta de un escritor.

Semejante inestabilidad tiene sus compensaciones: creo que durante mi estada en Europa no he trabajado ni un solo día en algo que no fuera interesante para mi profesión y para mi país. Los guiones, dramas, novelas y ensayos que he escrito expresan la rebelión de un demócrata frente a la dictadura en un país lejano, y sin embargo han sido dirigidos por cineastas alemanes, transmitidas por radios de toda Europa, publicados en revistas y editoriales europeas.

Hacia fines del 79, Soñé que la nieve ardía estaba editada en diez idiomas. Al menos en este nivel casero, he encontrado en este continente algunas orejas generosas y podido sobrevivir sin turnos en lavaplatos y pizzerías, o prolongando humildes becas diseñadas para estudiantes solteros y no para narradores tumultuosos y padres prolíficos.

Tocante a la posibilidad de ser realmente comprendido por el público europeo -a pesar del éxito de nuestros films en Alemania, de las buenas críticas y de las numerosas traducciones de mis novelas v cuentos- no me hago ilusiones. Creo que la mayor riqueza de una obra literaria está en su capacidad de formular lo informulado, de convocar con el trabajo poético el contexto común narrador-pueblo que da al relato su peso real, que devuelve el texto a la fantasía concreta histórica que lo nutre y que lo transforma en cultura nacional. Ahí está el salto del libro a la vida, con todo el riesgo melodramático que corre una frase como ésa.

Así, debo confesar que el problema de la traducción de mis obras me preocupa porque estoy casi convencido de que la posible falta de comprensión entre un colega europeo y un artista latinoamericano no se debe a los retortijones de lenguaje que pueda oficiar una traductora, ni a las palabras que faltan en mi inteligencia o en mi sintaxis cuando discuto con ellos, sino al hecho claro, tajante, radical, absoluto, cósmico, abismal, palmario e irremediable que entre un artista latinoamericano y uno europeo no hay comprensión "real" porque nos soplaron en distintas arcillas. Si es que acaso el tío que nos sopló era el mismo, y si los lectores permiten estas generalidades posiblemente desmentibles por otras experiencias.

Esta violenta constatación no tiene ni un asomo de crítica ni de ironía. (Abomino de la conducta de algunos compatriotas que a cinco años de exilio siguen pensando que los tallarines más ricos eran los que les cocinaba la abuelita en Santiago.) Se trata del hecho transparente de que tenemos ordenadas y privilegiadas nuestras partes de distinta manera. Nuestro orden latinoamericano es una manera especial de desordenarnos. Pensamos con la piel y eso no tan sólo significa que somos superficiales, sino que concebimos en masas de imágenes. Nuestro diálogo con la realidad es un incesante ejercicio sensual, una captación masiva de los hechos, los objetos y las personas que nos desordena los sentidos y la lengua, que nos obliga a multiplicar imágenes (nuestros mejores poetas son los que han logrado clavarse vertebralmente en este caos, sin pretender dominarlo), a buscar y preferir los caminos laterales para llegar a metas que por cierto suelen alejársenos.

Nuestros colegas europeos tienen el naipe barajado de otra manera. Me da la impresión que sienten el espectáculo del mundo como un acontecimiento que exige ser permanentemente interpretado y ordenado para actuar exitosamente en él y los noto vacilantes en aquellas zonas turbias e imprecisas de la vida. Los veo, tal vez por la enorme tradición cultural (donde hacen nata filósofos, músicos, científicos, escritores) más provistos de respuestas que de preguntas. Pienso que para ellos la posesión de informaciones objetivamente verificadas es la clave para el dominio de la realidad. Creo que nosotros, aun privilegiando los modos del saber científico, convivimos naturalmente con un margen de duda, irracionalismo, o simplemente la voluntad de torcerle la nariz a los hechos. Este desmérito es especialmente grave en nuestro trabajo político. La izquierda suele confundir sus fantasías con la realidad.

Esta estimulante diferencia se concreta en mis trabajos comunes con colegas europeos del mundo de la radio, la política, el cine, la literatura, y nuestros acuerdos son alcanzados finalmente sólo gracias a 1) que yo estoy dispuesto a dudar hasta del aire que respiro, 2) que amo más la divergencia que la concordancia, y 3) que debo sobrevivir económicamente en un medio y en un idioma que no es el mío. Así, puedo afirmar que en nuestros diálogos, casi no he conocido un artista o productor europeo que no se mueva ya en los márgenes de una preceptiva para la creación a la cual ésta debe ajustarse. Tienen una natural confianza en lo que saben, y este saber les dice que hay un modo de hacer las cosas bien. En función de este código se plantean las discusiones. Cambiar las reglas del juego, es lo impracticable. He encontrado a mis amigos más bien reacios a aceptar la posibilidad de que haya otro código de lectura de la realidad y otra estética que la exprese. Todos los enredados argumentos que intercambiamos, concluyen invariablemente en un juicio tácito o explícito: "Este film (ensayo, drama, canción, discurso) lo hacemos para el público alemán y no para tu público latinoamericano". Por ese público chileno -en especial- que hoy no puede ver mis films, oír mis obras o leer mis libros, dejo dientes y pelos en la discusión. A veces pierdo, a veces gano.

Estos son los defectos de mi obra que sacan de quicio a mis amigos alemanes: 1) Confianza (ofrecer en la imagen y en la palabra un mundo mejor que el que nuestra machucada realidad cede: imposible convencerlos que para nosotros la esperanza y el futuro es el horizonte que define nuestra lucha y un elemento tan constituyente de nuestro presente como nuestras muelas y nuestras manos), 2) Lateralismo (preferir armar una historia o una acción mostrando las señales de la historia o la acción y no las historias y acciones mismas, fijando la vista en los coletazos del tiburón y no en el voluminoso animal, huellas del paso de la bestia, pero borroneadas por otras fieras) y 3) Busquitismo (concebir la obra como la búsqueda de algo y no como la ilustración de algo ya sabido, encontrado, masticado).

Así, tengo ahora que admitir que este exilio en West Berlín me ha cambiado: he tenido que amarrarme más fuerte los nudos en la garganta, ahorrarme bajo el ala del sombrero una lágrima asomada (según la exacta descripción del cantor de tangos Carlos Gardel), desconfiar de la energía que engendra esperanzas y delirios y someter mi fantasía a las pruebas del sentido común, la probabilidad o la discreción, tachar aquellos diálogos marginales que para mí eran esenciales pero que "diluían la historia" (para mí esos diálogos buscaban esa historia y su marginalidad era la prueba de que esa historia existiría de un modo respirable). He aprendido a hacer explicable y convencible lo que hasta para mí sigue siendo un misterio. Esto en mis trabajos para el cine. Pero en mi obra propiamente literaria sigo escribiendo como se me da la gana.

Como artista deseo volver a mi patria. No tengo ninguna nostalgia especial de sus comidas (muy picantes para un estómago pequeño burgués, o más bien más burgués que pequeño), de sus vinos (los hay franceses a seis marcos que pueden competirles) ni de sus paisajes caóticos que van desde orgía de desiertos hasta vegetaciones impenetrables. Sólidos y líquidos, pasión y ternura, cordilleras nevadas y desiertos abrasantes los tengo a la vuelta de la esquina en charters asépticos, con cuotas quincenales, azafatas sonrientes y Eurocheques agresivos y seguros.

Quiero volver a Chile por su gente. Quiero estar impregnado, repleto de la emoción de permanecer cerca de mi hermano que ha sufrido y que conociendo el rigor de la represión sigue trabajando por la democracia y el socialismo como un amante obseso de la libertad.

Muchas veces personas amables o curiosas me preguntan si la ausencia de mi país no dificulta su representación en mi obra. Después de haber escrito desde hace cinco años sobre Chile, y nada más que sobre Chile aunque sea un poema de amor, ya me siento autorizado para responderles que no, aunque la respuesta final la tengan mis lectores.

La ausencia física de mi país me pide por el contrario una especial tensión de la percepción y la memoria, una mayor hondura en el buceo de esas sensaciones matrices que son la verdad de cada escritor. Así, la fantasía tiene que hacerse más rigurosa y esencial. La distancia exige que los ojos se aprieten y el foco se concentre. Allí, en esas retinas fuertemente ceñidas, que a veces no pueden dejar de nublarse, veo el doloroso presente de mis compañeros en Chile y el tenaz esfuerzo que hacen para cambiar su suerte. Son estos datos concretos los que conminan mi obra a la esperanza y exigen a mi fantasía detectar el futuro en el presente.

De ese futuro, todo exiliado chileno que trabaja por él es un embajador.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03