La Composición

LA COMPOSICIÓN

Antonio Skármeta

Araucaria de Chile. Nº 2, 1978.

El día de su cumpleaños, a Pedro le regalaron una pelota. Pedro protestó porque la quería de cuero blanco con segmentos negros, como las que pateaban los futbolistas profesionales. En cambio, ésta, de plástico, amarilla, le parecía demasiado ligera.

-Uno quiere meter un gol de cabecita y sale volando. Parece pájaro por lo liviana.

-Mejor -le dijo el padre-. Así no te aturdes la cabeza.

Y le hizo un gesto con los dedos de que callara porque quería oír la radio. En el último mes, desde que las calles de Santiago se llenaron de militares, Pedro había notado que todas las noches el papá se sentaba en su sillón predilecto, levantaba la antena del aparato verde, y oía con atención noticias que llegaban desde muy lejos. A veces venían amigos del padre que fumaban como chimenea y que después se tendían en el suelo y también ponían las orejas cerca del receptor como si les fueran a repartir dulces por sus agujeros.

Pedro le preguntó a la mamá:

-¿Por qué siempre oyen esa radio llena de ruidos?

-Porque es interesante lo que dice.

-¿Qué dice?

-Cosas sobre nosotros, sobre nuestro país.

-¿Qué cosas?

-Cosas que pasan.

-¿Y por qué se oye tan mal?

-Porque la voz viene de muy lejos.

Y Pedro se asomaba somnoliento, tratando de adivinar por cuál de los cerros de la cordillera que le regalaba su ventana se filtraría la voz de la radio.

En octubre, Pedro protagonizó grandes partidos de fútbol en el barrio. Jugaba en una calle de muchos árboles, y correr bajo su sombra en la primavera era casi tan agradable como nadar en el río en verano. Pedro sentía que las hojas susurrantes eran la enorme marquesina de un estadio techado que lo ovacionaban cuando recibía un pase preciso de Daniel, el hijo del almacenero, y se filtraba como Simonsen entre los grandores de la defensa para meter el gol.

-¡Gol! -gritaba Pedro, y corría a abrazar a todos los de su equipo, que lo levantaban en andas como si fuera un volantín o una bandera. A pesar de que Pedro ya tenía nueve años era el más chico por esas esquinas y por eso todos lo llamaban «el Chico».

-¿Por qué eres tan chico? -le decían a veces para fastidiarlo.

-Porque mi papá es chico y mi mamá es chica.

-Y seguramente también tu abuelo y tu abuela, porque eres requetecontrachico.

-Soy chico, pero inteligente y rápido. Cuando agarro la pelota nadie me puede parar. En cambio ustedes son tiesos como burros.

Un día Pedro intentó un veloz avance por el flanco izquierdo, donde estaría el banderín del córner, si eso hubiera sido una cancha perfecta y no la calle entierrada del barrio. Cuando llegó hasta Daniel, el hijo del almacenero, simuló con la cintura que avanzaba, pisó el balón hasta dormirlo en sus pies, lo levantó sobre el cuerpo de Daniel, ya vencido de cara al barro, y suavemente lo hizo rodar entre las piedras que marcaban el arco.

-¡Gol! -gritó Pedro, y corrió hacia el centro de la cancha, esperando el abrazo de sus compañeros. Pero esta vez nadie se movió. Estaban todos clavados mirando hacia el almacén. Algunas ventanas se abrieron y se asomaron ojos pendientes de la esquina como si hubiera llegado un famoso mago o el Circo de las Águilas Humanas con sus elefantes danzarines. Otras puertas, sin embargo, se habían cerrado golpeadas por un ventarrón imprevisto. Entonces Pedro vio que al padre de Daniel dos hombres se lo llevaban arrastrándolo, mientras un piquete de soldados lo apuntaban con metralletas. Cuando Daniel quiso acercársele, uno de los hombres lo contuvo poniéndole la mano en el pecho.

-Tranquilo -le gritó.

El almacenero miró a su hijo y le habló suavecito:

-Cuídame bien el negocio.

Cuando los hombres lo empujaban hacia el jeep, el padre quiso llevarse una mano al bolsillo, y de inmediato un soldado levantó su metralleta:

-¡Cuidado!

El almacenero dijo:

-Quería entregarle la llave al niño.

Uno de los hombres lo apretó del codo:

-Yo lo hago.

Palpó los pantalones del detenido y allí donde se produjo un ruido metálico introdujo la mano y sacó las llaves. Daniel las recogió en el aire. El jeep partió y las madres se precipitaron a las veredas, agarraron a sus hijos del cuello y los metieron en sus casas. Pedro se quedó cerca de Daniel en medio de la polvareda que hizo el jeep al partir.

-¿Por qué se lo llevaron? -preguntó. Daniel hundió las manos en los bolsillos y en el fondo apretó las llaves.

-Mi papi es de izquierda -dijo.

-¿Qué significa eso?

-Que es antifascista.

Pedro había oído antes esa palabra en las noches de su padre junto a la radio verde, pero no sabía aún qué era, y encima de todo le costaba pronunciarla. La «efe» con la «ese» se le daban vuelta en la lengua y al decirla le salía un sonido lleno de aire y saliva.

-¿Qué significa antifa-fa-cista? -preguntó. Su amigo miró la calle ahora largamente vacía y le dijo como en secreto.

-Que quieren que el país sea libre. Que los milicos se vayan de Chile.

-¿Y por eso se los llevan presos?

-Yo creo.

-¿Qué vas a hacer?

-No sé.

Un obrero vino lentamente hasta Daniel y le pasó la mano por el pelo, dejándolo más chascón que nunca.

-Te ayudo a cerrar -dijo.

Pedro se fue pateando la pelota de vuelta a casa, y como no había nadie en la calle con quien jugar corrió hasta la otra esquina a esperar el bus que traería a su padre de vuelta del trabajo. Cuando llegó, Pedro se le abrazó a la cintura, pues no llegaba más alto, y el padre se inclinó para darle un beso.

-¿No ha vuelto aún la mamá?

-No -dijo el niño.

-¿Jugaste mucho fútbol?

-Un poco.

Sintió que la mano del padre le tomaba la cabeza y la estrechaba con una caricia sobre el pantalón.

-Vinieron unos soldados y se llevaron preso al papá de Daniel.

-Sí, sé -dijo el padre.

-¿Cómo lo sabes?

-Me avisaron por teléfono.

-Daniel se quedó de dueño del almacén. A lo mejor ahora me regala caramelos.

-No creo.

-Se lo llevaron en un jeep. Como esos que salen en las películas. El padre no dijo nada. Respiró muy hondo y se quedó mirando con una tristeza larga la calle. A pesar de que era día y primavera sólo la atravesaban los hombres que volvían lentos de sus trabajos.

-¿Tú crees que saldrá en la televisión?

-¿Qué? -dijo el padre.

-Don Daniel.

-No.

En la noche se sentaron los tres a cenar, y aunque nadie le ordenó que se callara, Pedro no abrió la boca, como contagiado por el silencio con que sus padres comían, mirando los dibujos del mantel igual que si las flores bordadas estuvieran en un lugar muy lejano. De pronto la madre comenzó a llorar, sin ruido, y el niño vio que una lágrima caía sobre la sopa.

-¿Por qué está llorando la mamá?

El padre se fijó primero en Pedro y luego en ella y no contestó. La madre dijo:

-No estoy llorando.

-¿Alguien te hizo algo? -preguntó Pedro.

-No -dijo ella.

Terminaron de cenar en silencio y Pedro fue a ponerse su pijama, que era de color naranja y tenía muchos dibujos de pájaros y conejos. Cuando volvió, la madre y el padre estaban abrazados sobre el sillón con el oído muy cerca de la radio, que emitía sonidos extraños, más confusos ahora por el poco volumen. Casi adivinando que el padre se llevaría un dedo a la boca y le indicaría que se callase, Pedro preguntó rápido:

-Papá, ¿tú eres de izquierda?

El hombre miró a su hijo, luego a su mujer, y en seguida ambos lo miraron a él. Después bajó y subió lentamente la cabeza, asintiendo.

-¿También te van a llevar preso?

-No -dijo el padre.

-¿Cómo lo sabes?

-Tú me traes buena suerte, Chico -sonrió el hombre. Pedro se apoyó en el marco de la puerta, feliz de que no lo mandaran directo a acostarse como otras veces. Prestó atención a la radio, tratando de entender qué era lo que atraía la compañía de los padres y sus amigos cada noche. Cuando la voz en la radio dijo: «la junta fascista», Pedro sintió que todas las cosas que andaban sueltas en su cabeza se juntaban igual que en ese juego de rompecabezas cuando pedacito a pedacito armaba la figura de un velero.

-¡Papi! -exclamó entonces-. ¿Yo también soy antifascista? El padre miró a su esposa como si la respuesta a esa pregunta estuviera escrita en los ojos de ella y la madre se rascó el pómulo con una cara divertida hasta que dijo:

-No se puede decir.

-¿Por qué no?

-Los niños no son antinada. Los niños son simplemente niños. Los niños de tu edad tienen que ir a la escuela, estudiar mucho, jugar harto y ser cariñosos con sus padres.

Cada vez que a Pedro le decían frases tan largas se quedaba con los ojos muy abiertos, esperando que el rompecabezas se le armara en su cerebro. Pero esta vez pestañeó con la vista fija en la radio.

-Bueno -dijo, rascándose el ombligo, que se le asomaba siempre que el pantalón del pijama comenzaba a resbalársele-, pero si el papá del Daniel está preso, el Daniel no va a poder ir más a la escuela.

-Acuéstese, Chicoco -dijo el padre. Al día siguiente, Pedro se comió un par de marraquetas con mermelada, untó un dedo en la pileta, se arrancó las legañas de los ojos, y partió corre que te vuela al colegio para evitar que le anotasen un nuevo atraso. En el trayecto descubrió un lindo volantín rojo enredado en las ramas de un árbol, pero por más que saltó y saltó no hubo caso.

Todavía no terminaba de sonar ding-dong la campana, cuando la profesora entró muy tiesa acompañada por un señor con uniforme militar, una medalla en el pecho larga como zanahoria, bigotes grises, y unos anteojos más negros que mugre en la rodilla. Tal vez no se los sacó porque el sol entraba al aula igual que si quisiera incendiarla.

La profesora dijo:

-De pie, niños, y bien derechitos.

Los chicos se levantaron y esperaron la palabra del militar, que sonreía con sus bigotes de cepillo de dientes bajo los lentes negros.

-Buenos días, amiguitos -dijo-. Yo soy el capitán Romo y vengo de parte del Gobierno, es decir, del general Pinochet, del almirante Merino, del general Leigh y de César Mendozita, para invitar a todos los niños de todos los cursos de este colegio a escribir una composición. El que escriba la más linda de todas recibirá, de la propia mano del general Pinochet, una medalla de oro y una cinta como ésta con los colores de la bandera chilena.

Puso las manos tras la espalda, se abrió de piernas con un salto y enderezó el cuello levantando un poco la barbilla.

-¡Atención! ¡Sentarse!

Los muchachos obedecieron rascándose como si les faltaran manos.

-Bien -dijo el militar-, saquen cuadernos... ¿Listos los cuadernos? ¡Bien! Saquen lápiz... ¿Listos los lápices? ¡Anotar! Título de la composición: «Lo que hace mi familia por las noches»... ¿Comprendido? Es decir, lo que hacen ustedes y sus padres desde que llegan del colegio y del trabajo. Los amigos que vienen. Lo que conversan. Lo que comentan cuando ven la tele. Cualquier cosa que a ustedes se les ocurra libremente con toda libertad. ¿Ya? Uno, dos, tres: ¡comenzamos!

-¿Se puede borrar, señor? -preguntó un niño.

-Sí -dijo el capitán.

-¿Se puede hacer con lápiz Bic?

-Sí, joven. ¡Cómo no!

-¿Se puede hacer en hojas de matemáticas, señor?

-Perfectamente.

-¿Cuánto hay que escribir, señor?

-Dos o tres páginas serán. Los niños reclamaron en coro.

-Bueno -corrió el militar-, que sean una o dos. ¡A trabajar!

Los niños se metieron el lápiz entre los dientes y comenzaron a mirar el techo a ver si por un agujero caía volando sobre ellos el pajarito de la inspiración. Pedro estuvo chúpale que chúpale el lápiz, pero no le sacó ni una palabra. Se rascó el agujero de la nariz y pegó debajo del escritorio un moquito que le salió por casualidad. Leiva, su compañero de banco, estaba comiéndose una por una todas las uñas.

-¿Te las comes? -le preguntó Pedro.

-¿Qué? -dijo el compañero.

-Las uñas.

-No. Las corto con los dientes y después las escupo. ¡Así! ¿Vis?

El capitán se acercó por el pasillo y Pedro pudo ver a centímetros la dura hebilla dorada de su cinturón.

-¿Y ustedes no trabajan?

-Sí, señor -dijo Leiva, y a toda velocidad arrugó las cejas, sacó la lengua entre los dientes y puso una gran «A» para comenzar la composición. Cuando el capitán se fue hacia la pizarra y se instaló a hablar despacito con la profesora, Pedro le espió la hoja a Leiva.

-¿Qué vai a poner?

-Cualquier cosa. ¿Y vo?

-No sé.

-¿Qué hicieron tus papis ayer?

-Lo mismo de siempre, pu. Llegaron, comieron, oyeron la radio y se acostaron.

-Igualito mi mami.

-Mi mamá se puso a llorar de repente.

-Las mujeres se la pasan llorando, ¿te hai fíjao?

-Yo trato de no llorar nunca. Hace como un año que no lloro.

-¿Y si te saco la chucha?

-¿Pa qué, si soy mi amigo?

-También es cierto.

Los dos se metieron los lápices y miraron y miraron la ampolleta apagada y las sombras en las murallas y sintieron la cabeza hueca como alcancía y oscura como pizarrón. Pedro acercó la boca a la oreja de Leiva y le dijo:

-¡Oye, Falco! ¿Tú soi antifacista?

Leiva vigiló la posición del capitán. Le indicó a Pedro que girara el cuello y vino y le dijo echándole el aliento en el oído:

-¡Por supuesto, pu ¡ueón!

Pedro se apartó un poco y le guiñó un ojo igualito como hacían los cowboys en el cine. Después volvió a acercársele simulando que escribía algo en la hoja desierta:

-¡Pero tú eres un niño!

-¡No tiene nada que ver!

-Mi mamá me dijo que los niños...

-Siempre dicen eso... A mi papi se lo llevaron preso p'al norte.

-A don Daniel, también.

-No lo conozco.

-El almacenero.

Pedro contempló la hoja en blanco y leyó lo escrito con su propia letra: «Lo que hace mi familia por las noches», por Pedro Malbrán, Escuela Siria, Tercera Preparatoria A.

-Flaco -le dijo a Leiva-, voy a hacerle empeño a la medallita.

-¡Dale, Chico!

-Si me la gano, la vendo y me compro una pelota de fútbol tamaño cinco de cuero blanco con parches negros.

-Si acaso llegai a ganártela.

Pedro mojó la punta del lápiz con un poco de saliva, suspiró hondo y escribió sin una pausa el siguiente texto:

«Cuando mi papi güelve del trabajo yo lo voy a esperar a la micro. A veces mi mami está en la casa y cuando llega mi papá le dice hola Chico, cómo te jüe hoy día. Bien, le dice mi papá, y a ti cómo te jüe. Aquí estamos, le dice mi mamá. Después yo salgo a jugar fútbol y me gusta jugar a meter goles de cabecita. Al Daniel le gusta jugar de arquero y yo le saco pica porque no me puede atajar cuando yo le chuteo. Después viene mi mamá y me dice ya venga a comer Pedrito y nos sentamos a comer y yo siempre me como todo menos los porotos, que no los trago. Después mi papá y mi mamá se sientan en el sillón del libin y juegan ajedrez y yo hago las tareas. Y más después nos vamos todos a la cama y yo juego a hacerles cosquillas en los pieses. Y después, después, después no puedo contar más porque me quedo dormido.»

Firmado: Pedro Malbrán.

PD.-Si me dan un premio por la composición ojalá sea una pelota de fútbol, pero no de plástico.

Pasó una semana, durante la cual se cayó de puro viejo un árbol en el barrio, a un niño le robaron la bicicleta, el basurero estuvo cinco días sin pasar y las moscas tropezaban en los ojos de la gente y hasta se le metían por las narices, se casó Gustavo Martínez de la casa del frente y repartieron así unos pedazos de torta a los vecinos, volvió el jeep y se llevó preso al profesor Manuel Pedraza, el cura no quiso decir misa el domingo, el Colo Colo ganó por goleada un partido internacional, apareció el muro blanco de la escuela atravesado por una palabra roja: «Resistencia». Danielito volvió a jugar fútbol y metió un gol de chilena y otro de palomita, subieron de precio los helados, y la Matilde Schepp, cuando cumplió ocho años, le pidió a Pedro que le diera un beso en la boca.

-¡Estái loca vo! -le dijo éste.

Después que pasó esa semana pasó todavía otra, y un día volvió al aula el militar con los brazos cargados de papeles, una bolsa de caramelos y un calendario con la foto de un general.

-Mis queridos amiguitos -le dijo al curso-. Sus composiciones han estado muy lindas y nos han alegrado mucho a los militares y en nombre de mis colegas y del General Pinochet debo felicitarlos muy sinceramente. La medalla de oro no recayó en este curso sino en otro, en algún otro. Pero para premiar sus simpáticos trabajitos les daré a cada uno un caramelo, la composición con una notita, y este calendario con la foto del prócer.

Pedro se comió el caramelo en el bus hacia su casa. Se quedó en la esquina esperando que llegara el padre y más tarde puso la composición sobre la mesa de la cena. Abajo, el capitán había escrito con tinta verde: «¡Bravo! ¡Te felicito!» Con una mano cuchareando la sopa y con la otra rascándose el ombligo, Pedro esperó a que el padre terminara de leerla. El hombre le pasó la composición a la mamá y la miró sin decir nada. Le metió dale que dale al plato hasta que hubo engullido el último fideo, pero sin quitar de la vista de su esposa. Entonces ella levantó la vista de la hoja y le apareció en la cara una sonrisa radiante como fruta. Esa misma sonrisa, calcadita, se la copió enseguida el padre.

-Bueno -dijo-. Habrá que comprar un ajedrez, por si las moscas.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03