La Insurrección

La Insurrección

Antonio Skármeta

Literatura Chilena. creación y crítica. N 15 marzo 1981

Capítulo de la novela inédita "La insurrección"

Aunque era pleno día y el sol caía desde el cielo intachable, los vehículos militares entraron al barrio con sus luces encendidas. Mantuvieron la formación en hilera, hasta que el primero se abrió cuneteando la vereda y el espacioso coche del capitán Flores pasó a encabezar el conjunto. Los vecinos, turbulentamente anclados en sus casas, terminaron de cubrir las ventanas de cortinas estampadas y echaron el cerrojo a las puertas. El capitán Flores frenó frente a la vivienda de Agustín, y giró el volante dejando el auto atravesado en el empedrado callejero. Asomando la cabeza por la ventanilla, quiso discernir los ruidos del vecindario. Sin descender, exigió con la llave del coche en alto que los jeeps apagaran los motores. Cuando tras de un par de explosiones se produjo la calma, el capitán pudo jurar que se hallaba ante uno de los mas raros silencios que había conocido, e intentó precisar su matiz y sus potenciales riesgos.

Al salir del coche, saltaron también sus soldados con las armas listas en una maniobra que pareció perfeccionada en laboriosos ensayos. Flores se frotó con el Pañuelo el gris sudor de sus palmas, lo dobló con exceso de meticulosidad, lo puso en el bolsillo de la guerrera, alisó el bulto que la prenda le produjo en el pecho, como quien sacude una terca pelusa del uniforme, y levantando la enérgica barbilla ordenó:

- ¡ Agustín Menor!

Aunque no quitó la vista de la casa, por toda respuesta sólo consiguió que el ya intenso silencio se perfeccionara. El árbol a su flanco izquierdo, le pareció pintado por un niño, tan quieto y arrebolado.

Extendiendo otra vez el pañuelo, se limpió en él las manos como si accionara una toalla.

-Agustín Menor- llamó, apenas subiendo el tono.

La puerta de la casa fue abierta desde el interior, pero nadie surgió en el dintel. Convenidos, los rifles de todos los soldados apuntaron en esa dirección. Pero en vez del muchacho, apareció don Antonio enfundado en la flamante camisa que le trajera Agustín, acariciándose las solapas cual si temiera una prematura arruga en su apariencia. Por los costados de sus pies calzados con sandalias de cáñamo, surgieron dos gallinas que se detuvieron en la vereda aturdidas por la luz. El capitán pudo advertir que sus manos comenzaban una vez más a mojarse. La caída de los hombros de don Antonio le pareció humilde, pero reconoció la altanería de los rebeldes en el riguroso mentón.

-¿ Quién sos vos? - le dijo.

-Antonio. Antonio Menor.

-Antonio Menor, 'señor'.

-Antonio Menor, señor.

El capitán asintió ceremonioso. Hubo un movimiento indefinible en la vivienda vecina a la de Agustín, más sin necesidad de darse vuelta, supo que sus reclutas vigilaban. Pudo percibir el caño de los Garand en cada nervio de su espalda con la lucidez que sólo dan dos décadas en los cuarteles.

-Vengo a buscar a tu hijo, pues. Ahora indicó a su tropa, aún sin mirarla, con el gesto informal con que los adolescentes presentan a sus amistades.

-Aquí no está, señor.

-¿ Y dónde, pues ?

-No sé, señor. De estar en algún lado, estará en el cuartel.

El capitán fue hasta la muralla, junto a don Antonio. Sacó el revolver del cinto, y con la cacha picoteó el frágil adobe de la pared que se descascaró abundantemente.

-Paja, pura paja- comentó.

Puso de vuelta el arma en la cartuchera, bajó al padre del peldaño tendiéndole con gentileza la mano, y ya en la vereda lo tomó del codo iniciando un lento paseo hacia la esquina. Le apretó suavemente el antebrazo.

-Tu hijo no se presentó el lunes al cuartel-. Y agregó en voz baja, casi con tristeza: -Anda la bola en el barrio de que desertó.

-No puede ser, señor.

Desde sus posiciones, los militares seguían el paseo inmutables, clavados bajo el sol. De vez en cuando, entrabados por los rifles, se pasaban la manga de sus guerreras sobre la frente para secar sus sudores. Flores puso sus labios cerca de la oreja del padre, y le dijo con el esbozo de una sonrisa:

-Anda la bola en el barrio que vos andas con los sandinistas, cabrón.

El hombre opuso esta vez resistencia a la presión del capitán cuando lo conminó a seguir paseando. Terco en esa baldosa callejera, repuso:

-Eso no es cierto, señor.

-¿ Vos decís que miento, viejo ?

Don Antonio espió la calle a lo largo hasta perderse en la transparencia tropical del horizonte. Esta vez tenia que vigilar sus palabras como un andinista palpa las rocas antes de encumbrarse.

-Usted no, capitán. La gente.

Flores desprendió su mano del antebrazo del hombre. Pestañeó tupido a centímetros de la frente del padre, y alertado por el ceño fruncido de éste, sus movimientos se aceleraron súbitamente puestos a presión. Con tal vigor condujo a don Antonio hasta el umbral de la vivienda, que pareció llevarlo en vilo.

-Anda y decíle al muchacho que ya se venga.

No se dilató en examinar la perplejidad del padre. Imantado, avanzó hasta el coche, introdujo el brazo por la ventanilla del volante, apagó los focos, fue hasta el jeep más cercano, y se sentó en el parachoques apoyando la espalda en el motor. Desde allí le hizo señas al hombre alentándolo a entrar de una buena vez. Este asintió con la barbilla, y haciendo ostentación de su desconcierto, fue perdiéndose en el cuarto. El capitán alzó la vista hacia el sol y se le afirmó tan vertical como éste proponía su caída. Sin dejar de contemplar la altura, extrajo el pañuelo, estrujó el sudor de sus manos amasando con la tela una bola, y lo introdujo arrugado al bolsillo del pecho

-Hace sed de cerveza, carajo- dijo, mojando con la lengua su labio superior. Y clavó la vista en la puerta.

Don Antonio había permanecido aquel lapso en la sala, la repentina sombra el exacto espejo de su confusión. Por más que contemplara los muebles familiares, las fotos desteñidas y las manchas en las murallas, no podía inspirarse. Sintió el morbo de su inactividad, suspenso como un adicto a su droga. 'No sé qué pensar, no sé qué hacer, ni siquiera sé si podré, si sabré moverme cuando quiera'. La saliva que derramó sobre su labio inferior creció en su conciencia, puesta bajo reflectores. ' No sé cómo empezar a pensar. No sé por qué estoy aquí. Por qué me estoy quedando aquí. Sólo sé que me estoy quedando. Que no me muevo. Que tengo que hacer algo que no sé que es. Me estoy quedando aquí. La puerta hacia la cocina, el tránsito al palio, los saltarines muros que circundaban su casa, aún en su desconcierto le parecieron inviables.

-¿Qué te dilata ahí, viejo?

Como si el grito desde la calle reciclara sus movimientos y su capacidad de coordinar, fue hasta el armario, despreció las servilletas bordadas del primer cajón, y hundió las falanges hasta topar ¡unto con la madera del fondo la cacha metálica del revólver familiar, Lo puso entre las manos, y lo estudió largamente con la actitud incierta con que se observa un pájaro herido. Volvió a meterlo en el estante, derramó sobre él las banales servilletas, vino otra vez hasta el centro del salón y estuvo un minuto más allí, recogiendo con escandalosa ternura las fotos de sus familiares amados. Desde esos rostros de gala, hizo un último esfuerzo por pensar. Dotado de una súbita insensatez fue hasta la puerta y se puso bajo su marco, concluyendo ante el ceño fruncido del capitán:

-No lo he encontrado, señor- dijo,

-¿Viejo? - preguntó el capitán, inclinando el cuello y aconchando la oreja con la mano.

Don Antonio aclaró la garganta. De alguna manera, las Palabras estaban aún allí, con la porfiada monotonía del surco que impide la progresión de la aguja en el disco.

-No le he encontrado, señor.

El Militar se sacó el quepis y paseó despacio el Índice por su circunferencia interior. Durante algunos segundos estuvo echándose aire agitando la visera sobre la frente, hasta que depositó con formal gesto -asiendo con las yemas los extremos- el tocado de vuelta en la cabeza. Giró sobre los talones con prestancia disciplinaria y avanzó directo hasta don Antonio, cerrando de un manotazo la puerta de su propio coche que le impedía el tránsito. Con un gesto apenas perceptible de su anular, hizo que el padre de Agustín descendiera la grada y se le uniese en la vía. Tomándolo del codo reinició el paseo, sumido en una vaga cavilación. Cada vez que llegaban a la esquina, giraban y volvían hasta la vivienda. El viejo se dejaba conducir con el rostro tan inexpresivo como una valija. Más pensando en voz alta que advirtiéndoselo, el capitán expuso lo que pareció ser el fin de su razonamiento:

-Yo contra vos no tengo nada. Yo aprecio a tu hijo, y porque aprecio a tu hijo, te aprecio a vos. Al fin de cuentas, cabrón, vos sos el padre de tu hijo.

Se puso teatralmente un dedo en la sien, como quien se apuntara con el caño de un revólver, obligando con un tirón del codo a que el padre se detuviera en seco a considerar su coreografía: 'Tu hijo tiene de esto. Es advertido. Y si es hijo tuyo, vos también tenés de esto agregó, punzando ahora con su meñique la propia sien de don Antonio, en un rápido juego de manos. 'Y si tenés de esto, quiero que me lo probés'. Lo levantó de vuelta a la grada y le dijo cortésmente, sonriéndole y guiñándole un ojo: 'Tráemelo'. El capitán avanzó hasta el jeep, apretó el interruptor del altoparlante, y emitió su comunicado:

-¡Atención! ¡Mucha atención! Se realizará una operación registro de inmediato. Todos los habitantes de la cuadra deben abandonar ya mismo sus casas.

En cuanto hubo bajado el magnetófono, las puertas comenzaron a abrirse con la coordinación de un abanico, la fluidez de un bandoneón. Sin prisa, como si primero surgieran los ojos y los cuerpos después, fueron saliendo ceremoniosamente niños, mujeres y algunos ancianos que ante la pedrada del sol dudaron entre cruzar los brazos sobre el pecho o enredarse los dedos a la altura del vientre. El capitán recorrió el conjunto dándose golpecitos insatisfechos en el muslo.

-Cabrones- fue diciendo en su recorrido- nos dejan a los viejos y a los chavales, y los hijos de puta se esfuman. Fue justo al terminar esta frase que le atrajo la atención una robusta mujer de vestido floreado que mantenía rígida a su hijo en brazos. Flores pudo sentir exactamente el impacto que su mirada había causado en el cuerpo de la mujer. Como si de repente la hubiera electrizado, dado vuelta la piel y ella expusiera transparente su terror. Sus brazos apretaron con más fuerza al hijo. El capitán anduvo los pasos que la separaban de ella y detrás del tranco del capitán avanzaron de reojo las miradas de todos los vecinos. El silencio le pesó a Flores. Un cerro en la nuca.

-¿Qué hay comadre? -dijo- ¿El chico no estará ya muy crecido para mimarlo tanto?

Extrañamente, la mujer fue ahuecándose, dejando una prodigiosa concavidad en su pecho y vientre como si quisiera devolver al muchachón a su entraña. Flores le señaló imperiosamente el pavimento: 'Déjalo que se sostenga por sus propios medios'

-Tiene sólo doce años, capitán.

-Catorce o quince- dijo Flores, indicando impaciente el suelo con su índice-. Déjalo, pues.

La madre lo fue bajando y sus pupilas buscaron una remota complicidad, asistencia o intervención de los pobladores, cabizbajos en la encostradura de su mudez. Cuando lo depositó en el empedrado, con súbita vehemencia apretó la cabeza del niño contra su pecho, y sus brazos temblaron cuando el capitán quiso apartárselos tomándola de las muñecas. A la tácita plegaria, el militar repuso con una mirada firme y terapéutica, y trajo al niño hacia el muro blanco, tomándolo de la mano como un padre a un escolar el primer día de clase. Luego fue retirándose hasta el centro de la calle, y allí, en medio de los jeeps y su tropa, se formó una imagen total de la escena. Un estratega del campo de batalla, un coreógrafo que levanta el telón que va a ser inflamado por la danza. Las miradas de los pobladores se repartían entre el niño, preciso en el muro bajo las consignas sandinistas que ahora parecían apuntar hacia el con sus dedos delatores, su propia altanería socarrona de maestro de ceremonias con el oído vigilante a alguna sorpresa que cayera de los techos, y el humilde dintel de don Antonio exasperantemente vacuo. Entre ese manojo de intenciones, prestó cuidado a aquellos que preveían de las canaletas en los tejados los derrames de ángeles sandinistas con espadas de fuego como en las estampitas parroquiales. Mientras se acariciaba el bigote, tuvo la sensación de que por las tejas y calaminas no transitaba siquiera un gato. Sólo entonces, caminó moroso hasta la puerta de Agustín, introdujo la nariz en la ardiente penumbra y dijo con voz íntima:

-Háceme el favor de salir un ratito, viejo.

El padre vino hasta el dintel y le pareció que los ojos de los pobladores eran aerolitos, que astillaban el sol y lo penetraban hasta los huesos. Era como si el polvo de la calle levitara y todos tuvieran atascadas las amígdalas de un liquido insoluble, de un silencio bochornoso, parecido a las heces.

-Parece que no lo encontraste- dijo Flores, subiendo por primera vez el volumen de su diálogo con el viejo para que alcanzara al vecindario.

Inclinado como un cachorro de lánguidos ojos» su cuello rígido, murmuró mínimo, con el tono de un enfermo:

-Lléveme a mí, señor.

-¿ A vos? - gritó, golpeando el puño contra la palma de su mano, inopinadamente preso de un desasosiego que en un segundo hizo añicos la templanza de su rango. -¿Y qué sabes hacer vos? ¿Sabes manejar un telégrafo? ¿Conducir un Sherman? ¿Reparar el neumático de un auto? ¿Has salido alguna vez de esta mierda donde querés enterrar en vida a tu hijo? ¿Que clase de padre sos? ¿Qué clase de padre sos, grandísimo cabrón?

Las pestañas del capitán relampaguearon cebadas en la mansa actitud de don Antonio y su vista recorrió al vecindario, cuyas cabezas se fueron doblegando a su paso como si fueran velas que él soplara con su aliento.

-Y a ustedes, señores, no les vamos a regalar Nicaragua. Antes de que lleguen aquí los sandinistas, yo mismo voy a bombardear León hasta que no quede ni una mosca ni una hierba.

Estuvo inmóvil un rato esperando alguna respuesta, y luego elevó los ojos hacia la única nube paralizada en el cielo. Arrugó el ceño, desagradado. ' Hace una sed del carajo ' pensó.

-A vos te aprecio, viejo- le gritó a don Antonio, sin mirarlo. Esgrimió tenso el índice señalando al chico de doce años. Como un fogonazo pudo sentir el recelo de la gente. Encarnizado en la nueva temperatura, fue rápido hasta el niño, le alzó la cabeza asiéndolo de la nuca y lo dio vuelta hacia el padre, exhibiendo un objeto. Desde la gran distancia que los separaba, afinó la dicción para decirle, casi silabeando:

-Pero este cabrón me da lo mismo. Empujó al chico contra la pared, y volvió decidido a instalarse en el exacto centro de la calle, coronando el arsenal de sus hombres.

-¿ Oíste, viejo? - gritó.

Fue entonces cuando apareció Agustín en el marco de la puerta, el torso desnudo, la gorra militar con un dejo impulcro en la caída sobre la ceja, la guerrera colgando de su puño hasta arrastrarse por el suelo. Observó al capitán con expresión neutra, ignoró la cerrada tensión de los vecinos, se puso la chaqueta abrochándose los botones -salvo el del cuello- mientras el sol hinchaba el polvo y enceguecía las manchas de aceite de los jeeps sobre el empedrado, y luego fue hasta su superior balanceando su cuerpo con movimiento compadre, como si su peso y altura fueran superior al real. A un metro de distancia, Flores extendió el brazo y brilló entre el pulgar e Índice, perpendicular a su cuerpo, el cromado manojo de llaves del auto. Las sometió a un tintineo, y cuando Agustín las arrebató, sin cortesía ni violencia, le indicó con la quijada el coche y contempló el elástico lomo del chico flectarse para ocupar el asiento delantero. Cuando el motor arrancó, el capitán le dedicó una leve sonrisa al padre, y luego extendió su amabilidad al resto de los pobladores. Tocándose elegantemente el borde del quepis, les dijo :

-Así me gusta, que nos comprendamos con buenas palabras.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03