Fuera de lugar

FUERA DE LUGAR *

Federico Schopf

Araucaria de Chile. N 9, 1980.

I

Resulta difícil -y quizá deformado por la nostalgia y los sueños- expresar lo que perdieron para siempre con el Golpe Militar los escritores jóvenes de Chile dispersos ahora por el mundo. En el período anterior a la Unidad Popular, la Poesía joven de Chile se había caracterizado por su hermetismo (que no es sólo una cuestión de estilo) y por sus intentos de comunicar una experiencia de la vida como despertenencia, desarraigo, insatisfacción existencial. Las situaciones y estados de ánimo que nuestra poesía expresaba correspondían a nuestra relación marginal y de rechazo respecto a la sociedad en que vivíamos. Nuestra poesía se dirigía a un público de poetas, estudiantes, intelectuales y, en general, personas de suficiente formación literaria, es decir, no aspiraba a un reconocimiento social excesivamente amplio. No era, sin embargo, una poesía que se expresara sólo en un lenguaje elevado; todo lo contrario y, de acuerdo a la tradición hermética de la poesía chilena, utilizábamos también palabras y frases del lenguaje popular y las capas medias. Pero a fines de los años 60 teníamos ya la sensación de que nuestra poesía había comenzado a repetir el lenguaje, las imágenes, las sensaciones, es decir, se transformaba insensiblemente en retórica. Creíamos estar inmersos en la realidad más espesa y, de hecho, era así, pero fragmentariamente. La conciencia creciente de esta aprehensión fragmentaria del mundo y de nuestras propias vidas fue una de las causas que condujo a nuestra poesía a una profunda crisis a comienzos de los años 70. El triunfo de la Unidad Popular, a la que apoyábamos, y de su candidato. Salvador Allende, fue para nosotros la evidencia final de que las luchas sociales del pueblo chileno habían pasado desapercibidas para nuestra literatura. El triunfo de Allende y la adhesión entusiasta que suscitaban en nosotros sus programas de reformas sociales fueron una oportunidad para plantearnos el sentido de nuestro trabajo literario.

Un documento inicial de esta toma de conciencia fue un Manifiesto del Taller de Escritores de la Unidad Popular, que se publicó a fines de 1970. Poco a poco se hizo claro que el camino era más largo v que no pasaba sólo por una dura autocrítica, secretamente deseada. Fuimos poseídos por un intenso deseo de colaboración. Sucesivas discusiones nos mostraron la distancia entre cierto voluntarismo literario y las posibilidades reales de hacer otra poesía, otra narrativa, otro teatro. A nuestro lado, vimos crecer la canción política, enraizada en las tradiciones folklóricas nacionales. Las brigadas de jóvenes obreros comenzaban a llenar las ciudades de pintura mural producida colectivamente. Llegaron a constituir verdaderos códigos gráficos para la transmisión de mensajes políticos. Los escritores contribuíamos bastante a la discusión de los problemas y al diseño de una política cultural al servicio del proceso de cambios sociales que impulsaba la Unidad Popular. Para la mayoría de nosotros se abrió un abismo entre lo que deseábamos producir literariamente como escritores comprometidos y las obras que realmente estábamos en condiciones de crear. Con cierta conciencia de culpa, con cierta desesperación impotente, nos calificábamos de "intelectuales heredados".

Nos habíamos preocupado obsesivamente de una "interioridad" que habíamos generalizado falsamente y que, en realidad, estaba determinada en el tiempo (esto lo sabíamos, éramos historicistas, yo lo era al menos) y en el espacio social. Nuestras sensaciones eran, en gran medida, posibles a partir de nuestra "posición" en la estructura social. Nuestro lenguaje literario era poco comprensible más allá de ciertos círculos (hablo de los poetas) y era incapaz de expresar los problemas y sectores de la realidad que estábamos descubriendo para la literatura. Teníamos que encontrar algún estilo eficaz de comunicación y representación de los acontecimientos sociales que se desarrollaban ante nuestros ojos y que se fundaban en una larga lucha, a la que también había que dar expresión literaria. Pero, cómo hacerlo? No bastaba querer. Era necesario poder.

Me cuesta ahora recordar el curso inspirado, tenso, delirante de las discusiones que surgían en los lugares y las horas más inesperadas. Rostros escépticos, rostros llenos de pasión y entusiasmo, oportunismo, mecanicismo, audacia, ingenio, sencilla grandeza, pedantería. Los ideólogos de antiguo y nuevo cuño, los conversos provistos de aparatos aparentemente sistemáticos, coherentes, exhaustivos se enfrentaban a los que, sencillamente, intentaban ver la realidad, comprenderla, representarla, quizá tratar de hacerla. Frente a los ideólogos que condenaban implacablemente -en nombre de la realidad social- a la literatura que trataba de la subjetividad como una alienación, defendimos los derechos a expresar la vieja y la nueva subjetividad como parte constitutiva de la contradictoria totalidad real. Pero descubrimos no sin asombro que nuestra dependencia cultural y nuestra alienación eran más profundas de lo que creíamos. Para mí se hizo progresivamente claro que era necesario distinguir entre la producción teórica (e ideológica, que se disfraza de teoría) y la producción literaria, que no necesariamente se basa en el conocimiento teórico, conceptual. Por supuesto, se trata de una distinción que se ha hecho desde antiguo, pero que a menudo se pierde de vista en los momentos de euforia y pasión y que. desde luego, no es tomada en cuenta por los ideólogos de turno.

Volvieron a proponerse bajo otro ropaje -e incluso negándolos- el realismo socialista y el voluntarismo estético como los caminos a seguir por una literatura auténticamente revolucionaria. Pero ya sabemos -en reiterada experiencia- que las obras literarias que siguen estos modelos carecen de fuerza persuasiva; de hecho, no constituyen representaciones verdaderas de la realidad, sino más bien un encubrimiento ideológico realizado desde una posición que combate a las clases dominantes y su ideología, proponiendo su contradicción aparente.

Para nosotros, ya en ese entonces, era claro que éstos no podían ser los únicos resultados que, en el campo literario, surgieran de la atmósfera cargada de motivaciones que se vivió durante la Unidad Popular. Estas eran más bien obras paraliterarias, subliteratura de izquierda. Da la impresión de que la producción de obras literarias auténticas -que correspondan a los nuevos contenidos y que surjan de las condiciones que se iban desarrollando- requiere de máx tiempo del que realmente hubo: quiero decir, más tiempo para la contemplación y la penetración de una realidad social en movimiento, a menudo confuso y vertiginoso; más tiempo para la creación de nuevas condiciones interiores y exteriores: más tiempo para el surgimiento de una nueva imaginación que sea capaz de representar los sectores de realidad que los jóvenes escritores iban descubriendo y contribuyendo, en la medida de sus fuerzas, a realizar. No hay que olvidar que la experiencia allendista de instaurar el socialismo por vía democrática duró apenas tres años. En este sentido, resulta sintomático que para muchos escritores (incluido yo mismo) haya sido en el exilio, es decir. en el recuerdo y la imaginación, que se han abierto nuevas dimensiones de este proceso contradictorio y se han revelado sus raíces en el pasado de Chile. Después del Golpe Militar y en el exilio, cuando ya no existe este proceso grandioso y estimulante, que quizá hubiera reducido a muchos de nosotros al silencio.

II

Ahora vivo en el exilio en Frankfurt, desde hace ya casi cinco años. Mi situación es esencialmente diversa a la que experimenté cuando realicé por primera vez un viaje a Alemania en 1968, gracias a una beca del gobierno alemán. La peregrinación a Europa (sobre todo a París) ha sido casi un acto ritual, un deseo permanente de la mayoría de los intelectuales hispanoamericanos. No creo que esta peregrinación sea exclusivamente -como se ha afirmado muchas veces- una muestra de dependencia cultural. La cultura hispanoamericana es una cultura mezclada, criolla y, en este sentido, resulta fecundo acceder a un conocimiento vivencial de una de sus fuentes. Por otra parte, el conocimiento de los países europeos otorga un punto de vista más amplio y contrastivo para comprender nuestro propio mundo y nuestra cultura.

Durante esta primera estadía escribí, entre otras cosas, un poema en que se reflejaba la sensación de extrañeza y soledad de alguien que se desplazaba por un mundo ajeno y de apariencia cerrada. El poema se titulaba significativamente "El espía que regresó del frío", parodiando el título de una pésima película de propaganda anticomunista (y el nombre de una novela de John Le Carré que no he leído y probablemente no leeré nunca). El poema dice así:

No logró acostumbrarse a ninguna lengua extraña.
Se desplazó por capitales de importancia
bebió interminables tazas de café, ensayó diálogos
con extraños cercanos a su mesa, ascendió a la torre de varias catedrales
-desde allí vio el trazado medieval de muchas calles-
pretendió descifrar tapices, se interesó en la teoría de la información
pero no logró ningún contacto interesante.

Sólo conversaciones acerca de flores en una lengua borrosa
recetas de botica, preguntas por el tiempo, citas a destiempo con extranjeras recién conocidas paseos por la orilla del lago de Zurich con un frío que calaba los huesos
los cabellos largos, las cinturas lo apasionaban, pero eran frías
parecían hechas de mármol o eran maniquíes sedosos
expertos en abrir las piernas con medias que llegaban hasta la cintura.

Caminó por el jardín de Luxemburgo
-allí fue capaz de enumerar una a una las estatuas-
le parecía que las calles cambiaban de nombre tan pronto las abandonaba.

Ruido interminable de botellas de cerveza, borracheras espantosas para su misión.
películas en que las imágenes se escapaban de sus ojos
como los presuntos sospechosos en las esquinas de los bulevares:
maquinarias de arte incomprensibles -mensajes vacíos que proclamaban el vacío-
centro de acción en forma de espiral donde pequeños toques de corneta
mantenían al margen de la voluntad,
fornicaciones no disfrutadas, operetas, idas y venidas en diversos metros
y un recuerdo permanente de la patria con que no se lograba cumplir.

Dos o tres impresiones están en la base de este poema: el lago de Zurich y su misteriosa atracción; ciertos pasajes de cristal, que suelen unir edificios en esta ciudad y por donde se deslizaban transeúntes silenciosos y metódicamente inclinados; la visión de algunas estatuas de Giacometti recortadas contra el espacio o el tiempo espacializado que las corroía; la soledad en el jardín de Luxemburgo; el recuerdo constante del país de origen.

El poema fue escrito en la cercanías de Zurich, pero -lo que es decisivo- el autor se colocaba en la perspectiva futura de retorno a su país. La posibilidad de este retorno era un presupuesto psicológico de mi residencia temporal en Europa y de la escritura de este poema.

Ahora, la situación ha cambiado. La emigración de muchos escritores chilenos ha sido un acto de abandono forzoso de su país. Algunos fueron perseguidos policialmente; otros perdieron sus fuentes de trabajo; otros no pudieron resistir el empobrecimiento cultural provocado por la Junta Militar, es decir, aquello que los escritores que eligieron el exilio "interior" han llamado el "apagón cultural", el peso de la noche.

Uno de los problemas que enfrenta el escritor en el exilio es la pérdida de su contexto lingüístico originario, la pérdida de la posibilidad de un contacto vivo y cotidiano con lo que podríamos llamar la "lengua nacional" en sus más diversos niveles de manifestación y uso, desde el nivel intelectual hasta las jergas populares. Hablar en un café con los amigos, intercambiar frases con un dependiente, discutir con los estudiantes, salir a deambular por las calles y escuchar los comentarios al pasar, leer los titulares de la prensa en los kioscos, escuchar casualmente fragmentos de conversación en los buses, eran ya maneras inadvertidas, no programáticas, de "reaprovisionarse de combustible", de material expresivo, palabras y frases cargadas de capacidad significativa y actualidad en un determinado sistema de signos y gestos.

Quizá deba aclarar que nunca he creído en las virtudes de un estilo esencialmente regionalista o criollo. Por el contrario, me parece que la expresión literaria ha de lograr el máximo radio de comunicación, es decir, de comprensibilidad posible, aunque sin perder por ello su capacidad de representación concreta. Pero en mi caso ha sido sólo afuera, en el destierro, cuando no he tenido la lengua hablada y escrita de mi comunidad "al alcance de la mano" o, mejor dicho, al alcance del oído, cuando me he percatado de la importancia decisiva que este contexto lingüístico vivido y en desarrollo permanente tiene para una expresión poética suficientemente concreta y, a la vez, deseosa de difusión.

Por supuesto, esta sensación de pérdida es diversa para quienes se encuentran exiliados en países de otra lengua (como es mi caso en Alemania) y para quienes se encuentran en países de habla española. Un escritor chileno me ha dicho que para él ha resultado incluso estimulante el hecho de encontrarse con otros usos del mismo idioma. Escuchar y leer la misma lengua, aunque usada de distinta manera, en otras conexiones semánticas, ha enriquecido contrastivamente su propia escritura. Sin embargo, creo que aún en este caso óptimo pueden insinuarse los peligros que trae un distanciamiento progresivo con respecto al código lingüístico originario. Ello porque este código lingüístico originario es sólo la parte más visible del conjunto de signos, usos y costumbres en que el escritor estaba originalmente inmerso y desde el cual escribía y recibía estímulos para escribir. En este sentido, quizá pueda decirse que lo que más falta hace al escritor en el exilio sean las circunstancias inmediatas, que actuaban como un conjunto disperso, no organizado, de "objetos correlativos", cuya presencia podía despertar en él inesperados estados de ánimo o "iluminaciones" súbitas de la realidad. Ciertas calles al atardecer, ciertos edificios que eran casi siempre imitaciones de modelos europeos, ciertas paredes grabadas por el tiempo y por los hombres, paisajes, gestos observados al pasar, sonrisas, el movimiento, la forma de hacerse y deshacerse de la muchedumbre a la salida de las oficinas, la organización de las manifestaciones políticas, su clímax, son aspectos parciales de este correlato objetivo, de este sistema de códigos vividos y reconocibles en su familiaridad y extrañeza concretas; son (para decirlo de otro modo) manifestaciones de una manera determinada (y no sólo dependiente) de relacionar la naturaleza y la historia, el individuo y la sociedad, la solidaridad y la soledad más intensa, los ensueños y la injusta realidad social.

Hoy día ya no tenemos la presencia inmediata de estas circunstancias lingüísticas y de vida; hoy día, en el exilio, debemos escribir desde otras circunstancias, inmersos a medias, integrados y desintegrados en otros contextos de lengua, usos, costumbres e instituciones, en otra naturaleza, etc., elementos que, desde luego, no nos son del todo ajenos, pero que ocupaban otro lugar en el orden y desorden de nuestro mundo. Antes podíamos imaginar y recordar el mundo, quizá nuestro mundo, nuestra realidad, sueños y esperanzas, desde nuestras circunstancias y contextos originarios; hoy día, desde otras circunstancias, debemos también imaginar y recordar estas circunstancias perdidas.

En este sentido, escribir en el destierro es escribir desde cierta irreparable sensación de pérdida. Paradójicamente, sin embargo, los efectos de esta pérdida no son, no han sido (al menos para mí) sólo negativos. El Golpe Militar y la Dictadura del General Pinochet han tenido para mi la virtud de iluminar retrospectivamente el mundo perdido, de relacionar (es mi esperanza) el pasado y el presente de Chile, las experiencias de la vida privada y la vida pública. Hace muchos años deseaba yo escribir una novela sobre mis estudios secundarios en un internado. Como si recién despertara de un sueño, se me revelan ahora en esa vida escolar los gérmenes de fascismo que hay ocultos en importantes sectores de nuestras capas medias (gérmenes de un fascismo condenado de antemano al fracaso en un país como Chile, es decir, a agregar más frustración y rencor aún a sus resentidos sostenedores). Como en una lenta película que fuera penetrando en el pasado y en la cual se conociera ya el presente, veo desfilar seres y acontecimientos por primera vez en lo que me parecen sus verdaderas conexiones y significaciones. De este modo, la pérdida real del mundo en que vivía se ha transformado para mí en el comienzo de su recuperación en el plano de mi trabajo literario y mi conocimiento de Chile.

Por supuesto, no sé aún cuál será el resultado final de mis esfuerzos por darle forma literaria a estas experiencias escolares; no sé aún si seré capaz de comunicar el conocimiento literario de este sector de nuestra realidad; pero, eso sí, se me ha hecho absolutamente claro que el único camino que no se puede seguir es el de la literatura voluntarista y programática que, al repetir una serie de consignas, sólo descubre la verdadera realidad de nuestra patria en el presente y en el pasado. Equivocadamente, muchos intelectuales comprometidos han llegado a creer que su tarea es divulgar consignas e imágenes ideológicas de la realidad. Por desgracia, esta pseudoliteratura encuentra también su público dentro de la izquierda, sobre todo, entre los estudiantes contestatarios de los países desarrollados. El anhelo de determinado "consumo ideológico", ciertas oscuras necesidades de autoafirmación acelerada suelen satisfacerse con caricaturas melodramáticas de nuestra realidad o con canciones y poemas eufóricos y triunfalistas, que hacen alentar en todos falsas esperanzas. Pero hay demasiados ejemplos, en la historia reciente, del olvido en que rápidamente cae esta pseudoliteratura y este pseudoarte programático y voluntarista. En este sentido, me parece evidente que la verdadera tarea de los escritores progresistas es contribuir a la desmitificación de nuestra realidad presente y nuestra historia.

III

Un peligro que asalta a los escritores en el exilio es la exageración de los rasgos expresivos locales o regionales en su estilo. Este rasgo expresivo parece característico del exiliado y lo he podido constatar en mis viajes. Creo que con esta exageración hay un intento de defender la propia identidad y la identificación con la patria perdida frente al nuevo medio. Pero no hay que olvidar que nadie habla sólo con localismos o con un porcentaje tan alto de localismos. Y, en segundo lugar, no debe perderse de vista que el exiliado continúa hablando "como se hablaba" en su país en el momento en que lo dejó. Conoce y habla un estado sincrónico de su lengua nacional, pero no la diacronía que le sigue. Existen muchos ejemplos de este fenómeno. Dicen que en alguna isla de Grecia hay sefarditas expulsados de España que continúan hablando entre sí como en el siglo XVI. Por otra parte, yo he conocido en Budapest a españoles separados de su comunidad lingüística desde fines de la Guerra Civil Española y que traducían textos en un castellano pasado de moda. A los chilenos nos puede ocurrir (espero que no) como a los marineros de Cristóbal Colón que, al arribar al país del Patriarca (en la novela de García Márquez) sorprenden a la gente con su jerga anticuada.

La falta del contexto lingüístico inmediato y la necesidad de hablar y escribir para un nuevo público, mejor dicho, de escribir ensayos para un nuevo receptor -que no está muy informado acerca de nuestro mundo- conduce, entre otras cosas, a un empobrecimiento del lenguaje. Este empobrecimiento lingüístico hay que entenderlo en varios sentidos. Desde luego, no sólo comienzan a olvidarse ciertos usos y a repetirse otros con tenacidad y desesperación, sino que, además, la falta de difusión de muchos de- estos últimos, amenaza con hacer incomprensible el discurso o comprensible sólo a medias más allá de la comunidad lingüística a que pertenecen originalmente. Por otra parte, las necesidades de comunicación con su nuevo público hacen que el ensayista (hablo de un chileno en Alemania) termine utilizando un español standard, una lengua que es un resultado de contactos y desplazamientos por países que hablan y no hablan en español, pero que no son el suyo. Una lengua obtenida de este modo es muy general y nada de concreta en sus representaciones. Y sólo (es una creencia) desde lo más concreto se alcanza la verdadera universalidad, que no es sólo lo común a todos los objetos de un mismo género o especie, sino su singularidad como todo.

Pero quizá una de mis experiencias más importantes en el exilio sea el descubrimiento del carácter falsamente "universal" que tenían muchos de nuestros conceptos. Su radio de validez no era sólo temporal, sino también regional, espacial. Nosotros escribíamos desde Chile, desde una situación comunicativa concreta, para lectores chilenos, aunque también para otros. Nuestro discurso pretendía ser comprendido más allá de la situación comunicativa concreta en que surgía y en la que encontraba su (escaso) público inmediato. Nuestro discurso partía de los supuestos de universalidad dados en nuestro medio. Afuera, he descubierto que muchos de estos supuestos universales tienen también una difusión local determinada. Supongo que al hacer esta observación no confundo lo general (histórico) con lo universal (que no puede existir sino como máxima abstracción, es decir, punto de referencia demasiado enrarecido). Más bien tengo la sospecha de que ciertos conceptos aparecen estrechamente relacionados con el acto histórico de su constitución y, por supuesto, con las condiciones de su constitución.

Por el contrario, una ventaja del exilio es que el escritor descubre muchos presupuestos suyos que le eran inadvertidos o alcanza el conocimiento detallado de muchos de estos presupuestos.

IV

Dentro de la agitada historia de nuestros países latinoamericanos -sometidos a los sucesivos imperialismos de España, Inglaterra y Estados Unidos- Chile había logrado mantener una tradición democrática relativamente larga y estable. Esta tradición se vio interrumpida en escasas, aunque decisivas, ocasiones. La más importante de todas ocurrió en 1891, cuando un alzamiento de la oligarquía -apoyada por el Imperio Británico- derrocó a un presidente que había intentado nacionalizar los yacimientos de salitre y fundar las bases de una industria nacional, es decir, que había pretendido realizar un cambio decisivo en la economía y en la política del país.

Me parece justa la advertencia de muchos intelectuales chilenos de que hay que investigar las verdaderas causas y, sobre todo, las condiciones en que se desarrolló la democracia en nuestro país. Es seguro que nuestra verdadera historia no coincide del todo coa la historia oficial de Chile, escrita por historiadores influidos (casi siempre de modo decisivo) por la ideología de la clase dominante. Un ejemplo de que no siempre los representantes de la clase dominante se atenían a la legalidad democrática es la masacre de mineros en Santa María de Iquique, ocurrida en 1907 y que dejó un saldo que las estimaciones hacen alcanzar a 5.000 muertos.

Sin embargo, nunca hubo en la historia de Chile una represión tan violenta y sostenida como la que desató la Junta Militar desde 1973. La increíble crueldad y falta de altura moral e intelectual del régimen del General Pinochet es de todos conocida. Menos conocido es el hecho de que hasta antes del Golpe Militar fue nuestro país un lugar permanente de refugio para los perseguidos políticos de América Latina y Europa. Ahora, todo ha cambiado. La obligación de salir del país y buscar asilo es una experiencia nueva para el pueblo chileno y, con muy pocas excepciones, también para sus intelectuales. Por primera vez en la historia de Chile se puede hablar casi de una diáspora. Hay obreros, empleados, profesionales, escritores, músicos, dirigentes de partidos políticos marxistas y cristianos, deportistas chilenos en casi todos los lugares del globo. No sin asombro me he encontrado hace pocas semanas con un teólogo de una iglesia evangélica disidente en una calle de Frankfurt. "Hombre, le dije, tú también". "Sí, me contestó, yo también. Era anti-allendista, pero aquí estoy".

Los propósitos de la Junta han ido mucho más allá del derrocamiento de Salvador Allende y la destrucción del proyecto de socialismo democrático. Esta no se propone tampoco únicamente desmontar las formas del Estado chileno hasta 1973. Los militares chilenos representan fuerzas oscuramente antidemocráticas y es en este sentido profundo que debemos hacer cuanto sea posible para combatirlos desde el exilio.

La simple restauración o restablecimiento de nuestras antiguas formas de estado y democracia es poco probable e incluso en ciertos aspectos poco deseable. Pero afortunadamente para nosotros (los que estamos en el exilio y los que soportan la vida en el interior) no es fácil destruir "hasta las raíces" las formas de vida de un pueblo o una comunidad nacional. En eso se funda nuestra esperanza. En eso se funda nuestro trabajo solidario con los que de cualquier forma luchan o resisten adentro y fuera de Chile con el propósito de construir una nueva democracia. Advirtiendo, eso sí, que tampoco hay que mitificar el futuro.


* Versión reducida del trabajo preparado originalmente por el autor para la Radio de Frankfurt, con motivo de un debate sobre los escritores chilenos y el exilio. Se suprimieron la primera parte y algunos fragmentos finales, pensados para lectores europeos y no chilenos.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03