Palabras para una estética del destierro

Palabras para una estética del destierro

Alfonso Sastre

Trabajo leído en la Sesión Inaugural del Congreso de Literatura Chilena en el Exilio, realizado en Los Angeles, California.
Literatura Chilena en el Exilio. N 14 Abril 1980

Va a tratar este congreso de una literatura -una parte de la literatura chilena de hoy- que se hace fuera de su lugar. Pero ya, nada más decir esto, me pregunto cuál es, o habría de ser, el lugar propio de la literatura. Y : ¿cuál es, o dónde está, el lugar -el ubi- de los escritores? Permitidme que me haga y os haga algunas reflexiones al respecto desde mi punto de vista, que es el de un escritor teatral que ha pasado, como tantos otros, teatrales o no, por delicados trámites como el exilio interior -que es otra situación a tener muy en cuenta-, la cárcel y, en fin, el exilio a otro país que el mío: a Francia, donde residí involuntariamente algo más de un año, hasta que fui expulsado por la policía de aquel país; una historia, en fin, como otras muchas.

El exilio a otro país que el mío -acabo de decir; y ya me extraña haber dicho mi país. ¿Pues de quién será mi país? Desde luego que de ninguna manera es mío ni de cualquier otro escritor militante o combatiente desde posiciones de izquierda; pues todos nosotros vivimos en tierra extraña, como se dice en una expresión que tiene, desde luego, no pocas resonancias místicas: algo así como si dijéramos que nuestro reino no es de este mundo o cosa parecida. Nos sonreímos, claro esta, al decir esto, pero, en verdad, muchas veces se ha señalado el carácter utópico de nuestras determinaciones y actitudes; y nosotros no solemos negarlo con mucha fuerza. Casi diría que muchas veces nos resignamos, mal o bien, a ese carácter utópico de nuestra práctica. ¿Seria nuestro lugar la militancia en los partidos revolucionarios? También ahí encontramos serias dificultades para ubicarnos. Mil ejemplos podrían citarse sobre esto. Así, ¿dónde estaría el lugar propio, que él no consiguió encontrar a pesar de su entrega a la causa revolucionaria soviética, de Vladimir Maiacovski? ¿O recordáis la relación Lenin-Máximo Gorki? O, hablando de casos menos patéticos, allí tenéis a Bertolt Brecht: un comunista para todos (y también para él mismo) pero sin carnet alguno en el bolsillo.

¿Dónde y cómo ponernos los escritores? ¿Se siente uno mal en todas partes? ¿Es uno, como se dice en español, culo de mal asiento ? Así parece.

Cuando escribo esta líneas, oigo a una señora comentar que en las grandes ciudades -y ella está hablando de Los Angeles- 'está uno lejos de todo': Marginado, pues, en un mundo poblado de gentes marginantes-marginadas. Cada uno solo. Cada uno incomunicado. Y está hablando una señora angloamericana y bilingüe, ¿Qué tendría que decir -o qué dirá- un hispano monolingüe en esa gran ciudad o en otra cualquiera? ¿Y qué dirá un escritor? Algunas veces, durante el franquismo, estuve con exiliados españoles en distintos lugares de América; y aún tratándose de América Latina, donde la extrañeza o el extrañamiento por el lenguaje, no se producían, era muy triste aquel espectáculo. Porque aquellas personas no vivían en ninguna parte: ni en España, país del que efectivamente se hallaban lejos, ni en aquellos, países en los cuales residían; ellos vivían en un país imaginario, que un día fue real, y soñaban un regreso a aquel país ya inexistente. Después yo mismo habría de vivir una situación algo semejante en Burdeos; y allí, a muy poca distancia física del territorio español, y sin embargo insalvable por el serio riesgo que comportaba volver, me imaginaba el dolor moral de Francisco de Goya, que en aquella ciudad de su destierro murió, y también de las terribles soledades de Holderlin por aquellas mismas calles. Pobre Holderlin: él estuvo siempre desterrado en su propia patria, en aquella torre construida no de marfil sino de su propia locura, o sea, de su terrible, desconsolada e inconsciente protesta. Y me acuerdo ahora de un pequeño film que hizo conmigo la TV francesa, y de cómo me plantearon que contara en él mis vivencias de Burdeos, y que yo les dije que no vivía en Burdeos., que yo no veía nada en sus calles, ni siquiera sus calles mismas; y el film al final se tituló 'Non lieu', no ha lugar, y en él yo era una especie de fantasma...

Estar lejos, decíamos. Y que ello es malo; que ello habla de soledad y de incomunicación. Pero también, ¿no es cierto que hay toda una estética de la distanciación: un postulado, precisamente de Brecht, según el cual una relación distante con la realidad seria una condición necesaria para un arte que ya no sea una diversión bárbara: para un arte de nuestro tiempo, o, como él decía, de la era científica? De modo que no sólo seria bueno sino hasta necesario que el escritor tome sus distancias, pues sólo si en su trabajo se produce esa distanciaciór su obra podrá producir los convenientes efectos capaces de contribuir a la liberación de los espectadores (ahora hablo concretamente del teatro) con relación a sus hábitos enajenantes y a sus prejuicios inducidos por el sistema social en que vivimos. No hay que pensarlo mucho para aducir que hay distancias y distancias, y que una cosa es, en efecto, la distancia (voluntaria y, a fin de cuentas, mental, propia de una perspectiva literaria o artística, y muy, muy otra la distancia (involuntaria) del destierro. Pero además la doctrina Brecht puede y debe ser dialécticamente negada por un postulado que afirme como condición necesaria la vivencia profunda de la realidad, conjugad con los momentos de extrañeza o alejamiento, incluso, físico, que nos permitan verla y no acabar ahogados o confundidos por la multitud heterogénea de sus solicitaciones en la vida corriente Dos luces, pues, por lo menos, han de proyectarse, en mi opinión sobre nuestro objeto literario para que él aparezca en nuestra imagen con todo su relieve y con toda su profundidad; laque procede de nuestra inmersión, de nuestro baño, en las cosas, y la que tiene su origen en nuestro distanciamiento critico de ellas.

¿Y sería el destierro una situación literariamente infecunda? Que no y que no es algo que salta a la vista a poco que se mire a la historia de la literatura particularmente a la de la poesía. El destierro y la cárcel -Nazim Hikmet y César Vallejo acordándose de su 'burro peruano en el Perú' nos acompañen en esta afirmación, por no buscar otros y más acompañantes- han sido situaciones que han generado literatura, y gran literatura, siempre: literatura que no necesariamente ha versado sobre la situación, de cárcel o destierro, en que se ha producido: recordad nada más ahora el 'Quijote', obra que fue gestada, como nos dijo el mismo Cervantes, allí donde toda incomodidad tiene su asiento, y que no trata precisamente de cárceles ni de enclaustramientos sino de los movimientos libres y hasta yo diría libertarios de don Quijote y Sancho por una tierra de caracteres cuasi infinitos; La Mancha. Cautiverio y destierro fueron sin duda experiencias dolorosas y literariamente fecundas para Miguel de Cervantes, y ocasionalmente 'en El Quijote, pero mucho más en algunas de sus comedias, hay recuerdos, por cierto nunca amargos, de sus prisiones argelinas. ¡Que el destierro sea o pueda ser una situación fecunda desde el punto de vista literario no quiere decir, naturalmente, que sea una situación deseable ni siquiera en las más pequeñas e inofensivas dosis! Si la escritura literaria viene -y en qué medida venga- del dolor es algo que no vamos a discutir aquí, pero no me cabe la menor duda de que la escritura es deseable y el dolor no y de ninguna manera, y aún creo que la escritura tiene algo de remedio -no analgésico, aunque algo de bálsamo o de dulce nepente, como en el poema famoso de Edgar Allan Poe pueda tener- contra los sufrimientos del ser humano, o del animal humano, como queráis decir. Permitidme una comparación grosera: no dudo de que el foie gras sea un manjar exquisito, pero me parece difícil convencer de ello al pato de cuyo hígado enfermo e hipertrofiado procede. De determinados dolores -los propios del exilio- se trata aquí. Ahora hemos dicho de la fecundidad literaria de sufrimientos, pero hemos de precisar esto en el sentido de que el destierro opera de muy diferentes maneras sobre los escritores y, lógicamente, sobre su obra.

Sociología de las culturas desterradas: imaginad qué campo tan interesante para una investigación. Yo sólo recordaré ahora que los mayores traumas se dan cuando el destierro lo es a áreas lingüísticas extrañas. No hablemos por un momento de escritores. Durante los últimos años hubo un masivo destierro de trabajadores españoles a Alemania, Francia. Inglaterra, los países escandinavos. Fácil que la sirvienta de una casa francesa fuera española. Fácil que el camarero de un restaurante inglés fuera español. Fácil encontrar españoles en los puestos más desfavorecidos de las fábricas alemanas. Y no en pocos casos se daba el drama lingüístico de la pérdida de la propia lengua y la no adquisición de la del país. Típicos casos de spanglish o de espafrancais etcétera. También se ha dado, claro está, la fuerte resistencia de los mundillos culturales hispánicos que han conseguido algo tan difícil como no aprender ni una palabra del idioma del país; y, en fin, los casos de adaptación lingüística al medio tampoco son demasiado infrecuentes.

En cuanto al escritor, yo pienso que su verdadera e irrenunciable patria es el idioma y muy importante para él vivir dentro de su propia área idiomática. Es evidente que para los intelectuales españoles que llegaron a México o a Chile después de la guerra civil española la situación no pudo ser tan traumática como para aquellos que se vieron de pronto en países eslavos u otros por mucho que en aquellos países como la Unión Soviética se atendiera a las necesidades culturales propias de nuestros compatriotas. Muchos años después he conocido a gentes que fueron trasladadas a la URSS siendo niños, en las evacuaciones para evitarles los peligros de la guerra española -y por cierto que fue otra, y de las más terribles, la que luego tuvieron que sufrir con la invasión de los ejércitos nazis-, y que volvieron a España muchos, muchos años después, con sus carreras universitarias y sus especializaciones, y hablando perfecta y hasta castizamente el español. Pero yo hablaba ahora del caso específico de los escritores; y veo cuan diferentes son las reacciones del escritor ante el destierro; y también que en algunos casos ese dolor del destierro no solamente no es fecundo sino que la pérdida de las raíces propias genera una paralización de la escritura literaria. 'Escribir, ¿para qué? es una pregunta que se hace uno muchas veces sin necesidad de haber sido desterrado -y ya recordareis cómo se hizo Sartre esa pregunta-; pero tal interrogación puede llegar a ser planteada con caracteres cuasi trágicos cuando, pongamos este ejemplo, un escritor hispánico se halla de pronto residiendo en un fiord noruego, allí donde Ibsen pudo sentirse como pez en el agua, si es que alguna vez algún escritor se ha sentido así; pues, como antes decíamos, lo propio nuestro parece ser no sentirnos demasiado bien en parte alguna. También hay, sin embargo, casos de 'renacionalización' en otro tugar y hasta se dan, por extraño que a mí personalmente me parezca, escritores bilingües: escritores que adoptan como secundarios e incluso como primarios los módulos de, digámoslo así, la cultura anfitriona. Veo, a poco que lo pienso, que la realidad de la relación literatura y exilio es irreductible a muy pocos esquemas.

Apenas he pensado que la patria del escritor es su lenguaje -y en ese sentido sería impensable un escritor apátrida y también un escritor verdaderamente desterrado en la medida en que nosotros llevamos nuestro mundo (lingüístico) con nosotros aunque sólo sea reducido a nuestra relación entre nosotros y nuestros libros: nuestra biblioteca, por pequeña que ella sea a veces reducida a unos pocos volúmenes muy queridos en una maletita; todos sabemos lo que quedarnos sin libros significa para nosotros: es la cumbre de nuestro destierro, una verdadera tragedia...- decía que apenas he pensado que la patria del escritor es su lenguaje cuando ya me encuentro con escritores bipátridas.

Pienso ahora en uno de ellos a quien muy particularmente admiro: Samuel Beckett: un escritor anglo-francés si así pudiera decirse, ¡y además irlandés! ¿Qué querrá decir todo esto? En seguida veo que, por lo menos, aunque sea irlandés no es un escritor irlandés- Para decir esto tengo buenos ejemplos en el territorio español: allá -y digo allá desde mi provisional v ocasional aquí (otra vez el tema del ubi, del lugar, siempre tan problemático)- tenemos casos como los de Unamuno o Baroja los cuales eran vascos -y de qué manera: muy vascos- pero no fueron escritores vascos. Vascos escritores pero no escritores vascos; ésa es la cuestión, de la misma manera que Beckett es un irlandés escritor pero no un escritor-irlandés. Es curioso, por cierto, que una parte excelente de la literatura inglesa sea obra de irlandeses escritores: otro tema para una reflexión, que en España podríamos ilustrar con el hecho de que gran parte de la mejor prosa castellana escrita en España sea obra de escritores gallegos, vascos o valencianos: de gentes que han escrito fuera de su tierra y de su área lingüística propia. Desde luego que, sea como sea, por literatura vasca no podemos entender sino la escrita en la lengua propia de los vascos, el euskera, y no la producida en castellano por más que sus autores hayan nacido en Euskal Herría. Tema floreciente de sugerencias para un debate. ¿Y cómo no recordar aquí casos como el de Kafka: un judío de Praga que aprendió tardíamente el yiddish y que escribió en alemán? ¿A qué literatura pertenecerá su obra? ¿Cuáles su sitio en la literatura desde un punto de vista -primordial cuando de literatura se trata- lingüístico? Tener un sitio, ahí es nada: preguntémosle a un torero lo que significa 'tener sitio en el toro' y de qué manera hay que luchar para conseguirlo. Pero nosotros... nuestro sitio... el sitio de Kafka... Demasiado difícil determinar nuestro lugar aunque no nos movamos del territorio de nuestra nacionalidad, en el que uno se halla tantas veces desterritorializado. No por casualidad he usado ahora este concepto de Deleuze y Guattari, y aprovecho la ocasión para recomendar precisamente su librito sobre Kafka: 'Por una literatura menor.'

Pero voy a terminar esta intervención pues son sólo quince los minutos concedidos y no quisiera pasarme de la raya: ello estaría - y me pondría- fuera de lugar... Recuerdo ahora que cuando la policía francesa me devolvió sin el menor miramiento, a un territorio que era hipotéticamente el mío -el territorio español- publiqué un articulo en el diario 'El País' de Madrid con el título '¿Dónde estoy?': es la pregunta de alguien que vuelve, extrañadamente, en sí y que no sabe ni dónde está ni en que lugar ponerse, después de haber recibido, como un boxeador inexperto, una soberana paliza. Nada, en fin, resulto al final demasiado grave; y, por lo demás los escritores de teatro estamos acostumbrados -aún en el caso de no sufrir exilios ni otras situaciones tan fuertes- a no saber muy bien donde estamos y hasta a no estar en ninguna parte.

Mis colegas chilenos han de saberlo lo mismo que yo, a no ser que los mundos teatral y literario sea entre ellos muy diferentes a como es en España, donde los escritores de teatro somos considerados como gentes del mundo teatral, en la consideración de los demás escritores, mientras que en el mundo propiamente teatral se nos considera gentes de letras. Así pues, para el teatro estamos en la literatura y para la literatura estamos en el teatro. ¿Dónde estamos, pues? ¿Acaso en ninguna parte?

A los compañeros de Chile, escritores y artistas en el exilio, como a todos los trabajadores y profesionales que campean hoy forzadamente por esos, y por estos, mundos, les deseo en el alma que pronto, muy pronto, esta pesadilla se termine. También vosotros, desde vuestro exilio, podéis contribuir a acabarla. Mil gracias por vuestra amable atención.

Irvine, California, enero-febrero 1980.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03