Amigo

AMIGO

Mario Salazar

Araucaria de Chile. N 20, 1982.

-Anda a buscar a tu padre, dile que venga ahora mismo...

La niña trató de preguntar qué pasaba.

-¡Corre, dile que es urgente!

Atravesó el patio y corrió hacia el camino que lleva al río, cruzó por el potrero grande saltando entre los matorrales.

Cuando el padre la vio venir corriendo y agitando los brazos, detuvo su trabajo y salió a su encuentro. Con la voz entrecortada la niña le dio el recado. La subió a su caballo y salieron a todo galope en dirección a la casa.

La mujer lo esperaba en la puerta. Entraron, y antes que él alcanzara a preguntar nada le dijo: "Tu hermano menor está aquí", y señaló la puerta del dormitorio.

Entró y vio a su hermano tendido en la cama. Tenía la cara herida. El trabajaba muy lejos, en una mina, y no lo veía hacía mucho tiempo; ahora estaba en su casa, lo habían dejado unos obreros sin explicar nada.

El hombre herido apenas abrió los ojos, al verlo sonrió, tomó la mano de su hermano y se la apretó con fuerza: "... la huelga, hermano, fue en la huelga. Lo que nos pagaban no nos alcanzaba ni para comer y decidimos no trabajar más hasta que nos pagaran lo justo, o por lo menos lo necesario para poder vivir; pero en vez de pan nos dieron palos, nos defendimos, pero ellos tenían las armas. Ahora debo irme lejos, porque me persiguen, dicen que fui yo quien inventó la huelga, como si fuera yo quien inventó el hambre... Por eso estoy aquí".

Afuera soplaba el viento del otoño, el invierno no tardaría en llegar.

-¿Y qué puedo hacer yo?... ¿Cómo te puedo ayudar?...

-Pásame al otro lado de la cordillera, quizá ahí no me puedan encontrar.

El hombre miró a su mujer, y ella lo comprendió todo. Era peligroso intentar cruzar en esa época del año; pero el herido había llegado hasta ellos con la esperanza de encontrar ayuda,..., y eran hermanos.

La mujer abrazó a la niña y con voz firme preguntó:

"¿Cuándo parten?".

-Mañana.

Aún el sol no había salido. En la puerta de la casa esperaban los caballos listos para el viaje. Lentamente el hermano herido caminó hasta los caballos, lo acompañaban los tres y lo ayudaron a montar.

-Papá... -pregunto la niña-, ¿te llevas al perro?

-No, es mejor que se quede para que les cuide -respondió el padre mientras montaba en el caballo.

-Qué te crees -respondió la mujer-, nosotras nos cuidamos solas, llévate a ese sinvergüenza, que lo único que hace es desordenar -...y a los cuatro se les iluminó la cara con una sonrisa al ver que el perro se revolcaba en la tierra, como si hubiera comprendido que hablaban de él.

Era un perro de buen humor, amarillo, de pelo no muy largo y cola juguetona. Con este perro ocurría una cosa curiosa: no tenía nombre. Le habían inventado varios, pero ninguno parecía quedarle bien. Cuando pequeño pensaron ponerle "Juguete", por lo juguetón que era, pero aún siendo un cachorro hizo arrancar a un zorro grande que quería comerse las gallinas de la casa. Entonces pensaron llamarlo "Cazador", pero cuando salían a cazar, en vez de atrapar las liebres, se dedicaba a corretearlas hasta que se cansaban, y en lugar de atacarlas les ladraba alrededor hasta que volvían a correr y él seguía persiguiéndolas, pero sin regresar nunca con presa alguna. Era así, entonces, que se había quedado sin nombre y así lo llamaban: Sin nombre.

El camino no era fácil. Había que encontrar los senderos más solitarios, para evitar a los guardias fronterizos, y al mismo tiempo cuidarse de no quedar atrapados por los peligros de la montaña.

Los hombres no se hablaban. Poco había que decir. Un hermano partía y el otro se quedaba. Tan sólo el paso de los caballos y los ladridos del perro quebraban el silencio del camino por el cual comenzaban a subir hacia los gigantes de piedra.

Necesitaron tres días para hacer la mitad del camino; afortunadamente había caído poca nieve y los pasos estaban libres. Al amanecer del quinto día llegaban a la frontera.

El hermano mayor se afirmó en los estribos, levantándose un poco de su montura, y señaló hacia adelante: "Desde ese cerro azul para abajo ya no es Chile".

Los dos hermanos se miraron sin decirse nada. Había llegado el momento en que cada uno seguiría su camino, y las palabras no alcanzaban a decir todo lo que hubiera sido necesario.

El hermano mayor rompió el silencio: "Es mejor que llegues a pie. Te van a preguntar de dónde sacaste el caballo, y te puede traer más líos".

Corría un viento frío y el sol en lo alto lo iluminaba todo.

El hermano menor se agachó y acarició al perro, y sin mirar hacia atrás comenzó a bajar hacia los valles de un país que él no conocía.

El hermano mayor lo vio partir, y por primera vez, luego de haber cruzado tantas veces por aquel lugar, sintió que esos cerros y los valles que se extendían tras ellos hasta perderse eran en verdad otro país.

Amarró con su lazo al otro caballo, y sin esperar más se dispuso a emprender la vuelta. Volvería por un camino distinto. El perro iba adelante y el sol se había cubierto tras una nube que anunciaba nevazón.

Cuando la nieve llega a las montañas cada metro que se avanza es un peligro, porque la nieve tapa los barrancos. Hay que andar despacio; una equivocación puede costar la vida.

El hombre había decidido parar a descansar lo menos posible, porque cada día el invierno se acercaba más y con él la nieve y el frío. Tenía que llegar pronto.

El cielo estaba limpio, pero se había levantado un viento fuerte que arrastraba la nieve de los días anteriores. El perro olfateaba el camino ayudando a encontrar la huella. De pronto, el caballo pisó mal una roca y perdió el equilibrio doblando las patas delanteras. Con espanto vio cómo el precipicio, que llevaba al lado derecho, se abría ante él para tragárselo. Rodó por la pendiente entre rocas, piedras y nieve, tratando de agarrarse de lo que podía para detener su caída. Cuando logró darse cuenta de lo que había pasado vio que, unos cien metros más arriba, su perro trataba de detener a los caballos que, espantados por el accidente, querían huir.

Se había roto una pierna, y una herida profunda le hacía sangrar el brazo derecho. Trató de moverse, pero el dolor era más fuerte que él. Tenía que llegar hasta las cabalgaduras. Quedarse donde estaba era morir congelado.

Sin nombre había logrado detener a los caballos; lo miraba, gemía y ladraba, sin decidirse a abandonarlos para bajar hasta donde él estaba.

El viento seguía soplando. Quién sabe cuánto tiempo pasó antes que, tras grandes esfuerzos, comenzara a subir. Ya estaba bastante cerca del camino, cuando desde el cielo vio una sombra negra que caía sobre él. Era un cóndor real. Pasó sobre su cabeza con las alas extendidas, haciendo vibrar el aire. Sabía que bastaría un solo golpe de aquellas enormes alas para que cayera al fondo del abismo. Su sangre había atraído al cóndor y su única posibilidad de salvarse estaba en su rifle, que se encontraba en la montura del caballo. Trató desesperadamente de apurar su subida, pero la nieve, el hielo y sus heridas se lo impedían. Los caballos, asustados por la presencia del cóndor, trataban otra vez de huir; relinchaban y pateaban el suelo. Sin nombre corría de un lado a otro ladrando y gruñendo para impedirles la fuga.

El cóndor había hecho un círculo en el cielo y ahora caía en vuelo rasante sobre los peñascos. Venía en dirección a él, balanceando las alas. Al verlo venir, el hombre se lanzó tras unas piedras y lo sintió pasar rozando sus espaldas. Cuando el cóndor se elevó para preparar su segunda embestida, se levantó de su refugio.

-¡Amigo! -le gritó a su perro-... ¡La carabina!..., ¡el rifle! Nunca antes lo había llamado así, pero el perro entendió de inmediato. Sin nombre dejó a los caballos de lado y se lanzó pendiente abajo.

En ese momento volvía el cóndor. Detuvo su vuelo frente al perro agitando sus alas con violencia y trató de avanzar hacia el hombre, pero Sin nombre no esperó el ataque y se abalanzó con furia sobre él obligándolo a emprender el vuelo.

Tenía que aprovechar el momento para llegar hasta su arma. Arrastrándose, casi sin aliento, llegó hasta los caballos, tomó el rifle y caminó cojeando hasta el borde del camino. El cóndor lo había olvidado y se concentraba en el perro.

Ambos animales se enfrentaron en una lucha mortal. El perro se defendía, sin retroceder, mientras el ave gigantesca trataba de envolverlo con sus alas para arrastrarlo al vacío.

El hombre disparó y el tiro retumbó como un trueno en las montañas.

-¡Amiiigoo! -gritó. El eco repitió su llamada. Divisó al cóndor, muerto, pero no a su perro.

Pensó, desesperado, en su mujer, en su hija, en su hermano, en la despedida...

¡AMIGO! ¡¡AMIIIGOO". -volvió a gritar y su voz pareció atravesar la cordillera de un extremo al otro.

De pronto lo vio aparecer, y fue como cuando llega el sol después de una noche triste. Venía subiendo con su lado izquierdo herido. Trepaba la pendiente lentamente, cojeando, pero movía la cola. Estaba vivo.

Soltó el fusil y corrió, como pudo, hasta el perro. Lo tomó en sus brazos y en ese instante supo que le había encontrado un nombre: lo llamaría Amigo.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03