Viernes con Bach

Viernes con Bach

Omar Saavedra

Araucaria de Chile. N 21, 1983.

Recordarás cruzando el mar un día
Tu leve juventud con tus amigos
En flor, así alejados de la guerra.

(Luis Cernuda)

Es un hecho que los adultos mienten. O callan, pero eso no es más que otra forma de mentir. Otro estilo, diría yo, algo así como hablar de otras cosas. Mentir es un síntoma inequívoco de adultez. Uno de los adultos más mentirosos que he conocido es Benjamín, el dentista, porque sucede que ni siquiera era dentista, sino judío. Y ni siquiera judío de buena fe, porque en un viernes de Bach me dijo que su plato favorito era también la chuleta de chancho con papas fritas. Y el padre Villaseca ya nos había advertido que a los judíos se les conoce porque no les gusta la carne de chancho, pero Villaseca es otro adulto, así es que no es tan seguro que sea cierto. Después de Benjamín sigue mi mamá, después de mi mamá sigue mi papá y detrás de él siguen todos los adultos: una interminable fila de mentirosos. Tan larga, que a uno le llega a parecer una fila redonda, sin comienzo ni final. Como una ronda.

Todos los viernes, mi mamá esperaba que yo terminara mis tareas y en silencio, sin decirme nada, comenzaba a ponerse el abrigo y los zapatos nuevos, y cuando estaba lista me preguntaba qué estaba esperando, por qué no me había vestido todavía. Yo esperaba simplemente que ella se hubiera olvidado que era viernes, pero esperé siempre en vano. Así es que me ponía mi abrigo, mis zapatos negros y no decía nada. Cuando nos veía listos para partir, mi hermana chica comenzaba a llorar y mi mamá sin escucharla le decía a la señora Blanca que no se olvidara de cerrar la puerta con llave una vez que terminara de planchar y se fuera a casa. Eso, porque mi hermana había aprendido a arrancarse cuando se quedaba sola.

A pesar de que era viernes, las calles habían comenzado a verse desiertas y yo había dejado de preguntar por qué, ya que sabía que mi mamá me iba a responder que era por el invierno y a la gente le gustaba quedarse en casa. Una mentira, claro. En otros viernes, hace no sé cuánto tiempo, las calles de los viernes parecían de domingo. Lo único que cambiaba en esos viernes de invierno era que los pescadores se ponían los chaquetones de lana antes de sentarse a las puertas de las casas. Y cuando llovía se sentaban adentro, junto a las ventanas abiertas, por lo que de todas maneras las calles se veían con gente. A tal punto, que muchos viernes salíamos antes de que yo hiciera las tareas, porque mi mamá se detenía cada veinte pasos a conversar de algo con alguien y a escuchar los rumores de la calle. Y como la casa de Benjamín estaba al final del pueblo, a siete calles de la nuestra, en aquellos viernes nos demorábamos por lo menos una hora en ir y otra en volver y a nuestro regreso ya hacía mucho rato que mi hermana chica había dejado de llorar.

Pero los viernes cambiaron. Y con los viernes cambió también la calle. Nos demorábamos apenas diez minutos en ir y diez minutos en volver. Lo que no cambió nunca fue la hora y media con Benjamín. Pero las calles están ahora tan desiertas que los uniformes se ven desde lejos y mi hermana chica todavía lloraba cuando la mamá abría la puerta.

Al vernos. Benjamín hacía siempre como que se sorprendía: otra mentira. Sabía perfectamente, igual que nosotros, que era viernes y sabía que desde hacía una infinidad de viernes lo estábamos visitando a causa de mis dientes absurdos. Eso lo dijo él la primera vez que le abrí la boca: qué dientes más absurdos, dijo. Ni siquiera me lo dijo a mí, sino a mi mamá. Y los dos se sonrieron. Yo no dije nada, pero sabía muy bien que mis dientes no eran absurdos. Si se quedaron llenos de hoyos parchados y tan disparejos como los del padre Villaseca fue por culpa de Benjamín. Y de su máquina. Y del alambre retorcido que me plantó al cuarto viernes. Un alambre con un sabor a sangre tan de veras, que la primera vez creí que toda la boca se me había convertido en un solo tajo abierto, enorme. Horas me miré en el espejo antes de convencerme que no había tajo ni nada: sólo el alambrito retorcido y brilloso.

Ese alambre lo usé siempre. Casi siempre. En los primeros días después de ese cuarto viernes con Benjamín, me lo sacaba de camino a la escuela y me lo volvía a poner antes de regresar a casa. Es que el guatón Quevedo cuando me vio, me dijo hocico con herradura. Por eso. Cuando mi mamá me preguntaba, yo le respondía que sí, que todo el tiempo había andado con el alambrito puesto. Uno no se da cuenta cuando empieza a convertirse en adulto. Eso duró hasta que en otro viernes. Benjamín bajó la música y dijo: si no lo usa, no vamos a terminar nunca. No me lo dijo a mí, claro, sino a mi mamá. Ya en la calle, ella me dio un bofetón y dijo: si no lo usas, no vamos a terminar nunca. Otra mentira, porque ella no tenía nada que terminar. Pienso que los dientes son un asunto privado. Desde entonces usé el alambre hasta el jueves pasado. Al guatón Quevedo le dije: mejor hocico con herradura que chancho con anteojos. Entonces no me lo dijo más y yo terminé acostumbrándome al sabor a sangre.

Los viernes esos, después de sorprenderse. Benjamín ponía uno de los discos y comenzaba a lavarse las manos. Yo ya estaba donde tenía que estar y Benjamín conversaba con mi mamá no sé sobre qué cosas, porque lo único que me interesaba era tratar de adivinar de qué música se trataba. Durante los primeros viernes no lo hacía, porque no sabía. Lo supe después. Me costó trabajo saberlo. Uno no puede imaginarse de lo que son capaces los adultos. En los primeros viernes, cuando todavía no lo sabía, los discos de Benjamín me parecían tan absurdos como mis dientes. Honegger, le decía Benjamín a mi mamá y llenaba con mucha calma la jeringa de aguja larga. No estoy seguro que Honegger haya sido el peor. Si se piensa bien, tal vez los peores fueron Diabelli o Buxtehude: si sonaba uno de los dos, yo podía entonces comenzar a sudar, porque sabía que me tocaba un viernes de máquina. Con el que tuve siempre dificultades fue Debussy. Podía significar un relleno o tratarse del puré de yeso rosado con el que Benjamín me tapaba la boca abierta, cuando necesitaba otro molde de la absurdidad de mis dientes. Debussy me producía náuseas.

Una muestra de que mi mamá no sabía asociar, es que al poco tiempo de empezar mi tratamiento, empezó por su cuenta a buscar en la radio esos programas de música absurda. Llegaba incluso a tararearla cuando estábamos solos en casa.

El menos peligroso de todos fue siempre Bach. Con Bach no me pasó nunca nada. En el peor de los casos, durante los viernes de Bach, Benjamín se limitaba a dar un paseo por mi boca con su espejito redondo, a decirme que me enjuagara y eso era todo. Poco a poco, los viernes de Bach se fueron haciendo muchos; Benjamín ya ni siquiera me indicaba que fuera a mi lugar, sino que se sacaba el delantal y nos invitaba a pasar a su habitación. En verdad eran dos habitaciones, pero yo sólo conocí una, la primera. En la mesa bajita le servía una taza de té a mi mamá, él se preparaba un café y entre las tazas de té y de café ponía la botellita redonda de la que se tomaba un trago en una copa también redonda. Nadie puede discutir que los franceses saben hacerlo, le decía a mi mamá después del primer sorbo. Mi mamá se reía como si fuera la primera vez que Benjamín lo decía. Como sea, sin delantal, tomando café, conversando muy despacio con mi mamá, Benjamín llegaba a verse hasta simpático. Sólo dejaban de conversar cuando en algunos viernes comenzaron a oírse los camiones de camino a la playa. Al descubrir que los viernes con Bach no me pasaba nada, aprendí que podía respirar, aunque lo que respirara en todos esos viernes haya sido el olor de siempre de la consulta. Y con Bach en los oídos y ese olor en las narices, sabía que podía jugar muy tranquilo con las estrellas de mar que Benjamín me pasaba en una caja de madera.

Porque sucede que Benjamín era coleccionista de estrellas de mar. Las paredes de la primera habitación estaban tan llenas de ellas, que si uno cerraba los ojos, podía llegar a creer que estaba en la playa de rocas del pueblo. Quizás porque era Bach, por la mezcla de olores de consulta y estrellas secas y, sobre todo, porque hacía tiempo que la playa del pueblo la habían clausurado. No se me habría ocurrido si en uno de esos primeros viernes. Benjamín no le hubiera dicho a mi mamá: Bárbara, dime si Bach no huele a mar. Y en esos viernes cerré tan a menudo y por tanto tiempo mis ojos, que mi mamá y Benjamín llegaban a creer que yo me había dormido y hablaban más despacio todavía. Pero yo no dormía. Yo me imaginaba solamente que estaba en la playa de rocas y pensaba que no había nada que temer.

Pasaron muchos viernes antes de que Benjamín me regalara una estrella de mar. Mejor dicho, pasaron muchos viernes antes de que mi mamá aceptara que Benjamín me regalara la estrella. Es una tridacna azulenca, me dijo, es tuya, te la regalo. Pero todavía pasaron muchos viernes más antes de que mi mamá me permitiera llevarla a casa. Recién lo pude hacer el primer viernes en que las calles comenzaron a verse desiertas y Benjamín después de abrir las ventanas le subió tanto el volumen a Bach, que parecía que el tocadiscos iba a estallar. Para que lo escuchen, le dijo a mi mamá. A ella le brillaron los ojos sin decir nada, pero aceptó que me llevara la estrella a casa. Si tu papá te pregunta de dónde la sacaste, qué le vas a decir?, me preguntó después. Que me la encontré en la escuela, le respondí por instinto y ella entonces me hizo un cariño en la cabeza como si yo hubiera dicho una verdad. Pero mi papá no preguntó nada, porque toda esa semana y las dos siguientes estuvo de guardia y cuando regresó colgó su uniforme en el baño, se metió a la cama y durmió todo el día. Tal vez no preguntó por la estrella porque ya había pasado tanto tiempo, que de seguro creyó que yo la tenía del último verano de verdad. La única pregunta que hizo antes de dormirse fue: y qué se rumorea allá en la calle?. Mi mamá no respondió, sino que se encogió de hombros. Le voy a decir a Blanca que lave el uniforme, dijo. Medio dormido mi papá la contradijo: es mejor que lo laves tú, princesa. Mi mamá no es princesa, claro, pero de todas maneras cerró la puerta del dormitorio.

La tridacna de Benjamín tenía un secreto: se encendía de azul en las noches. Cuando se la mostré, mi hermana chica tuvo miedo. No hay por qué tenerle miedo, le dije, todas las estrellas brillan de noche. Eso es media verdad y media mentira, hay noches en que las estrellas dejan de brillar, pero mi hermana se tranquilizó y dejó que la colgara en la pared de nuestra pieza. Me la quedé mirando un largo rato, jugando en la memoria con sus tres puntas azules hasta que Bach se me apareció en los oídos y yo pude dormirme sin pensar en el sabor a sangre del alambre retorcido que abrazaba mis dientes como una herradura.

Cuando saquen las alambradas que rodean la playa de rocas, me gustaría empezar a coleccionar estrellas por mi cuenta, fue lo que pensé esa noche en que descubrí el secreto de la tridacna de Benjamín. Pensé también que entonces habría dos grandes colecciones en el pueblo: la de Benjamín y la mía. Y la mía iba a ser la mejor, porque yo no sería dentista, sino coleccionista simplemente. Además que basta un dentista por pueblo, más aún si el pueblo tiene apenas siete calles tan desiertas como las nuestras. Tan solitarias que ahora ni siquiera importa que sea verano o invierno. Los veranos de antes sí que eran importantes. Desde muy lejos llegaban buses con gente a pasar el día en la playa, porque aunque de rocas nuestra playa era tan magnífica en verano, que uno podía en ella olvidarse del resto del mundo. Los que llegan ahora no los conocemos ni los vemos, sólo sabemos que llegan por el ruido de los camiones en camino a la playa de rocas y porque después mi mamá se encierra en el baño a lavar el uniforme de mi papá.

Fue mirando el fuego azul y frío de la tridacna de Benjamín que decidí que cuando volvieran los veranos de entonces, yo iba a empezar mi colección de estrellas. Lo decidí porque todavía no sabía que el mar podía teñirse de rosa, ni sabía tampoco que los coleccionistas podían ser personas peligrosas. Por eso es que deseé que el tiempo que faltaba para empezar mi colección no fuera tan largo como dijo Benjamín. Por supuesto que no me lo dijo a mí, sino a mi mamá. Esto va para largo, le dijo. Y no se refería a mis dientes absurdos, porque cuando lo dijo era un viernes de Bach y ellos estaban sentados frente a sus tazas de té y de café. Yo había cerrado los ojos para imaginarme que estaba en la playa, pero yo puedo oír incluso con los ojos cerrados. Y con los ojos cerrados sentí que después de oír lo que Benjamín le había dicho, mi mamá le había rozado muy suavemente la mano, como lo hace conmigo o mi hermana cuando alguna amigdalitis la emprende con nosotros al comienzo de los inviernos. No se conocen todas las posibilidades que ofrecen los ojos cerrados. Mi mamá había rozado la mano de Benjamín porque su voz había sonado muy rara cuando le dijo ronco que esto iba para largo, es decir, el tiempo que faltaba para que volvieran los veranos de entonces y yo pudiera comenzar la colección que me había imaginado.

Sé que una colección es algo que no tiene fin, pero eso no me preocupaba, yo sabía que las estrellas van a existir siempre. No se las puede prohibir y yo pensaba que tenía mucho tiempo por delante. El caso de Benjamín era diferente porque era un adulto, casi tan viejo como mi mamá o mi papá. Su tiempo se había hecho escaso, aunque como dentista tuviera poco que hacer al final de esas calles desiertas. Quiero decir que era su tiempo de coleccionista el que se había hecho escaso después de la clausura de la playa y eso le preocupaba tanto, que durante muchos viernes lo único que sonaba en su consulta era Bach y ni siquiera me hacía abrir la boca para dar su paseo con el espejito redondo por ella. Nos esperaba con el té para mi mamá en la mesita y la caja de estrellas para mí junto al tocadiscos. Bach sonaba ya hace tantos viernes que yo había perdido el miedo de retroceder a Debussy o Buxtehude. Me apuraba en terminar mis tareas y mi mamá ni siquiera tenía tiempo para preguntarme por qué no me había vestido todavía. Hubo veces en que me puse el abrigo y los zapatos negros antes que ella y sin una palabra caminábamos las siete cuadras hasta Benjamín, que seguía sorprendiéndose cuando nos veía aparecer, a pesar de que el té y la caja con estrellas nos esperaban como siempre.

Nadie sabe lo que pasa ahí detrás, Bárbara, dijo Benjamín una vez, nadie lo sabe y nos quedamos tan tranquilos como si aquí no pasara nada. Prométeme que no vas a hacer ninguna tontería, prométemelo, insistió mi mamá esa vez. Prometido, le respondió Benjamín y se tomaron su tiempo antes de empezar a hablar de otras cosas. Sin moverme y con los ojos cerrados, recorriendo con los dedos las puntas rugosas de las estrellas, yo pensaba en la playa y en los veranos de entonces. Lo que haya sido, Benjamín no cumplió lo prometido. Fue ese viernes en que el mar comenzó a teñirse de rosa como si fuera un atardecer. En la escuela, el padre Villaseca hizo correr las cortinas de la sala de clases para que no nos distrajéramos mirando el cambio de color y en lugar de empezar con geometría como todos los viernes, abrió la Biblia y sin mirarla habló de la siembra de vientos y la cosecha de tempestades, sin explicar con una sola palabra de cómo era posible que una cantidad tan grande de azul comenzara a sonrosarse de atardecer. Hablar de otras cosas es otra forma de callar, creo. Al terminar, cerró el libro y el amén se le cayó como un crujido de muy adentro, como cuando se rompe una rama seca. A la hora de almuerzo mi hermana chica dijo que el mar se había convertido en una sopa de frutillas y mi mamá la hizo callar de un palmetazo en la boca. Para que se dejara de llorar, yo le dije no más que eso pasaba también en los atardeceres, que se recordara del verano pasado. Voy convirtiéndome en un adulto hecho y derecho, pero mi hermana me cree todavía. Estoy seguro que si no hubiera sido viernes, habríamos ido de todos modos al dentista. Benjamín no estaba. Había sólo un papelito colgado a la puerta que mi mamá leyó, lo convirtió en una bolita y sacó la llave de debajo del limpiapiés. Preparó su té, el café para Benjamín y puso la botelilla redonda entre las dos tazas. Lo que no hizo fue poner el disco de Bach, así es que nos quedamos en silencio esperando. En un silencio tan grande, que era como si la calle se hubiera metido a la pieza. En ese viernes descubrí otra cosa: que mi mamá no sabe esperar. Por muy suaves o lejanos que fueran los ruidos de afuera, dejaba de recorrer la pieza y volvía a mirar por entre el enrejado de las celosías. Desde mi rincón junto al tocadiscos mudo, yo podría haberle dicho que no se preocupara, pero también estoy aprendiendo a callar. Cuando la puerta se abrió, yo ya había cerrado los ojos para escuchar mejor. Pude oír clarito el abrazo silencioso con el que mi mamá terminó su espera. Tonto, más que tonto, susurró mi mamá con sus ojos brillantes, fingiendo un enojo para que no se le notara la alegría chica de las personas grandes. Tosí antes de abrir los ojos y ahí fue que descubrí que los coleccionistas pueden ser personas peligrosas. Benjamín había puesto sobre la mesa, todavía húmedas, las tres estrellas más hermosas que yo había visto en mi vida, mucho más todavía que mi tridacna azulenca, porque eran estrellas que más parecían soles de atardecer, brillando sin esperar la noche. En vez de sentarse a contemplarlas. Benjamín bebió de pie un largo trago de la botellita redonda sin preocuparse de que yo viera que estaba llorando. Antes de tomarse otro, encendió las siete velas del candelabro polvoriento y otro más antes de poner el disco de los viernes. Volví a cerrar los ojos porque nunca se sabe para qué sirve ver llorar a los adultos. Antes de que la idea de la playa se apareciera en mi memoria, escuché que Benjamín se metía al baño y vomitaba. Desde la mesita, muy brillantes, las estrellas nuevas aplastaban el olor a consulta y aromatizaban de mar la pieza. El deseo de tocarlas me picaba en la punta de los dedos, pero sólo me acerqué a ellas cuando mi mamá acompañó a Benjamín a la segunda habitación, la que no conozco, y yo subí otro poco el volumen de la música para que no fueran a creer que estaba escuchando. No es mi culpa que Bach tuviera momentos tan quedos y que yo no necesitara cerrar los ojos. Yo estaba a solas con las estrellas. Me acodé a la mesita, sin pestañear, para ir mirando cómo se les secaba el agua. Y nosotros aquí tan tranquilos como si todo fuera normal, decía Benjamín. La estrella más grande tenía doce puntas y todos los rojos que uno sea capaz de imaginar, partiendo desde un rosa pálido en el centro hasta un marrón fulgurante en cada punta. Nadé en diagonal hasta el primer arrecife, decía Benjamín y yo volvía a contar los doce límites de la gran estrella roja. Allí los vi. Bárbara, allí donde empieza la primera rompiente, decía Benjamín. La segunda estaba hecha de un solo verde. No puedes imaginártelo. Bárbara, decía Benjamín. Era tan verde que se veía como una hoja de encina, hasta con las venitas de las hojas, una hoja sin defectos aunque no alcanzara a ser perfectamente simétrica. Les amarraron ruedas de trenes a los tobillos. Bárbara. La más pequeña era la reina de las tres, era como si la hubiera pintado mi hermana con todos los colores de mi acuarela y tan pequeña que yo podía encerrarla en mi puño. Están en un fondo de arena cubiertos de cangrejos y son tantos, Dios mío, son tantos, repetía Benjamín. Antes de que se acabara el disco y comenzara ese largo silencio que salió de la segunda pieza, volví a mi rincón y cerré los ojos. No para imaginarme la playa, sino para dormirme de verdad, sin sueños, sin nada.

Benjamín me despertó haciéndome cosquillas con una tableta de chocolate en la nariz y Bach sonaba de nuevo, haciendo que el viernes fuera otra vez viernes. Mi mamá me miró con ojos muy brillantes, pero yo sé que ella no llora, así es que pensé que era porque también los ojos de Benjamín estaban igual de brillantes. Como si los dos se entendieran hasta en eso. Todo era tan normal que hasta lamenté que mi hermana chica no estuviera con nosotros; tan tranquilo que a mi mamá y a mí nos costó trabajo tener que ponernos los abrigos.

Cuídate, por lo que más quieras, cuídate, susurró mi mamá a mis espaldas.

Esa noche, antes de dormirme volví a mirar la tridacna encendida y ya no estuve tan seguro de querer ser coleccionista, por mucho que le envidiara a Benjamín sus últimas tres estrellas. Y ya estuve completamente seguro cuando el lunes temprano escuché lo que la señora Blanca le dijo a mi mamá: se lo llevaron anoche, señora. Lo dijo bien despacito porque creía que mi papá estaba en la casa. Mi mamá ni siquiera se fijó en mí cuando partí a la escuela. Después de la canción nacional, el padre Villaseca ordenó que se abrieran las ventanas de la sala de clases y mirando de reojo, igual que nosotros, el mar rosado, habló de la primera plaga en el país de los egipcios. Cuando llegamos al amén yo me quedé callado, porque estaba pensando en otras cosas. Ese lunes fue un lunes muy largo. Todos los lunes son largos, pero ése fue el más largo de todos. Y no lo digo porque los lunes me toquen tres horas de matemáticas seguidas. Para su mala suerte, aquel lunes duró para mi mamá hasta el miércoles en la tarde, hasta la hora en que mi papá regresó de la guardia del fin de semana. Precisamente le tuvo que pasar a ella, que no sabe esperar. Mi papá protestó porque mi mamá nos había enviado a la cama tan temprano. Mi hermana chica lo llamó desde la pieza y él encendió la lámpara de velador para hacer sobre la pared las sombras que a mi hermana le gustan: un perro, un gallo, una cabra y un enano con bonete. Son las mismas que me gustaban a mí cuando era chico y que dejaron de gustarme cuando aprendí a hacerlas yo solo. Mi hermana aplaudió cada sombra. Antes de salir, mi papá me preguntó si todavía quería un tren eléctrico para la pascua. Claro, le dije. Bueno, vamos a ver cómo anda la nota en matemáticas este año, dijo. Nos arropó a los dos, apagó la luz y volvió al comedor. Nos quedamos en la oscuridad con el fuego azul de la tridacna y mi hermana me preguntó si yo podía hacer sombras con las manos igual que el papá. No, le mentí, y le pedí que se callara porque quería dormir. Recién pude escuchar algo cuando la señora Blanca dijo que ya había lavado los platos y preguntó si podía irse. Buenas noches, dijeron los tres.

Sin necesitar estar enojado o gritar, es la voz de mi papá la que se escucha siempre. No puedo hacer nada, princesa, yo cumplo órdenes. Yo seguía pensando en otras cosas, tratando de no mirar la estrella azul. Hasta los niños saben que es zona prohibida y los letreros están escritos en buen español. Yo pensaba, por ejemplo, que me iba a costar trabajo subir la nota en matemáticas. No están los tiempos para andar metiendo la nariz donde no corresponde, princesa, tú sabes que se rumorea cualquier cosa allá afuera. Por más que pensaba no se me ocurría nada. Mejor es que cambiemos de tema, princesa, los asuntos del servicio no tienen por qué interesarte. O sí?. Lo único que me interesa es el tratamiento del niño, casi gritó mi mamá. Entonces dejé de pensar, porque se me ocurrió la idea. Empecé primero con unos gemidos suavecitos: uno corto, uno largo, uno corto, otro más largo. Yo sabía que no podía apurarme, que tenía que hacerlo bien, así es que pasó como una hora antes de que se dieran cuenta. Fue mi hermana la que me ayudó y se levantó para ir a decir que yo no la dejaba dormir. Mi papá encendió de nuevo la lámpara del velador y me preguntó lo que me pasaba, pero no le respondí. Sólo que ahí cambié los gemidos por los quejidos. Mi papá me puso la mano en la frente. Parece que tiene fiebre, princesa, le dijo a mi mamá. Empecé a revolearme y a transformar los quejidos en una especie de aullidos, sin responder cuando mi papá me volvía a preguntar dónde me dolía. A lo mejor es la barriga, dijo mi mamá. Ahí sí que tuve que decir algo: los dientes, dije, me duelen los dientes. Y mi mamá se me quedó mirando con la boca abierta. Por suerte mi papá ya se había ido al baño a buscar una aspirina. Vomitarla no me costó mucho trabajo, porque lo hago siempre. Mi hermana me siguió ayudando y se contagió con mi llanto, así es que todo era cuestión de esperar. Pasó mucho tiempo antes de que mi papá se decidiera a llamar por teléfono. Pasó tanto tiempo que llegué a pensar que la idea no era tan buena. No se puede llorar por tiempo indefinido, aunque se quiera. Mi mamá me llevó en brazos al comedor para que mi hermana pudiera dormir y para que mi papá pudiera verme bien. Me preparó un té y al té le agregó unas gotas. Son para dormir, le explicó a mi papá. Eran las gotas para la tos, pero para el que no sabe, los frascos se ven iguales porque mi hermana les había arrancado las etiquetas durante la última amigdalitis. Era muy tarde cuando mi papá se decidió a llamar por teléfono. Dejó la puerta del dormitorio abierta y yo reduje los llantos para que mi mamá pudiera escuchar. Bajo mi responsabilidad, le dijo al oficial de guardia, mándelo a mi casa con un vehículo después que firme la declaración. Y dígale que tiene veinticuatro horas para abandonar el pueblo. Usted me entiende.

Cuando el Land Rover pasó a buscarnos, mi mamá y yo ya estábamos con los abrigos puestos. Bajo mi responsabilidad, doctor Glisser, le repitió mi papá a Benjamín desde la puerta. Pero no sirve de nada tener buenas ideas si los adultos mienten. Estábamos los tres sentados, cuando le dije al chófer que esperara un momento y volví a la casa a buscar la tridacna azulenca. Es que ya estaba seguro que no iba a ser coleccionista y pensé que lo mejor era devolvérsela a Benjamín. Mi papá hablaba de nuevo por teléfono: recójanlo hoy en la tarde, decía. Me devolví con las manos vacías y con algo como dolor de estómago.

También la madrugada era rosada cuando llegamos a la consulta. Sin poder disimular sus ojos brillantes, mi mamá le dijo al chófer que se podía ir, que nosotros íbamos a regresar a pie. Está bien, señora, respondió él. Benjamín abrió las ventanas de par en par, y antes de lavarse la cara se quedó mirando un rato en dirección a la playa, hacia el lado por donde sale el sol. Para que no se produjeran malentendidos me fui al rincón del tocadiscos, puse el de Bach y me senté sin ganas a jugar con las estrellas. Ellos estuvieron mucho tiempo sin decirse nada, hasta que mi mamá empezó a llorar, casi como por casualidad. Benjamín le tomó el pelo, sin importarle si yo tenía los ojos abiertos o cerrados, pero yo hice como que jugaba con la más pequeña de las estrellas nuevas, la que parecía pintada por mi hermana chica. No pasó nada, Bárbara, no alcanzó a pasar nada, le decía Benjamín a su oído y sonaba como si fuera él, el que quería convencerse de que era cierto. Sé que no habría servido mucho que yo hubiera dicho algo. A lo mejor, sólo les habría roto el primer jueves de su vida, por eso no dije nada.

El café y el té se habían enfriado en las tazas antes de que Benjamín tranquilizara a mi mamá y la contagiara con una risa que no le creí. Bueno, revisemos ahora al campeón, dijo levantándose. Si no hubiera seguido riéndose, yo habría creído que estaba diciendo en serio lo de "campeón". Ni siquiera me hizo sentarme en el sillón. Me sacó el alambre y le dijo a mi mamá: digamos que fue una inflamación a las encías, esto no lo va a necesitar más. Y tiró el alambre al canasto de los papeles. No me pareció tan extraño que el sabor a sangre se quedara donde mismo, porque ya me había acostumbrado. Hoy a la tarde le echamos un último vistazo a esos dientes absurdos, dijo, pero mi mamá fue la única que siguió riéndose. Entendiendo mal mi forma de mirar las estrellas colgadas a la pared. Benjamín me puso la mano en el hombro y dijo: no me las voy a poder llevar, te quieres quedar con ellas, campeón? No, gracias, pero si quiere se las guardo, le mentí mirándome la punta de los zapatos. Me puse el abrigo y salí a la calle antes que mi mamá, para que por mi culpa no tuvieran que ahorrarse el último abrazo.

Rostock, 1982


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