Eduardo Ruíz Contardo

Eduardo Ruiz, ex-vicerrector Sede Oriente de la Universidad de Chile

1. Creo que es aventurado decir que un rasgo importante de la cultura latinoamericana es su carácter dependiente. De lo que no cabe duda, es que la dependencia genera aberrantes distorsiones en sus manifestaciones y desarrollo y en el sentido y objetivos de la Institución Académica. En nuestros países el condicionamiento a la universidad se produce a partir de los complejos mecanismos de la dependencia; resulta entonces que o contiene ningún grado de autonomía promisorio para un énfasis creativo, por ello cuentan con indudable limitaciones para el cumplimiento de su tarea científica y tecnológica. En el concierto internacional de la creación científica, la tarea de la universidad latinoamericana se ha tenido que limitar fundamentalmente al desarrollo de procesos de reproducción y de difusión, generándose articulaciones dependientes de centros foráneos de aparente excelencia.

Manifestamos nuestra convicción en orden a la responsabilidad que corresponde a las universidades latinoamericanas, por constituir los cuerpos de representación fundamental de la intelectualidad en cada país, en orden a integrar, canalizar y organizar la actividad de los hombres creadores con el sentido de un compromiso histórico-cultural con sus pueblos. De ahí la necesidad de una mayor claridad respecto de su función y del contexto socio-cultural en que se mueve. Valga entonces referirnos a estas cosas en términos de un «quehacer».

En la polémica sobre estos problemas generalmente nos encontramos con menciones no integradas entre sí de problemas como: la necesidad de una cultura de masas; cuál debe ser el papel de la ciencia; la recuperación y afirmación de lo propio, y, naturalmente, la definición de la función universitaria, etc. Nos parece que deben apreciarse todas ellas como expresiones más o menos específicas que se integran como problemas propios de la génesis de los proyectos culturales nacionales. En otras palabras, que todas estas connotaciones necesariamente se integran conceptualmente en un todo; así no podríamos hablar de una cultura nacional si no resulta de una amplia participación creativa de las masas y si no deriva en su beneficio; y sí por otra parte las conquistas de la ciencia y la tecnología, así como las creaciones artísticas no se transforman en bienes culturales colectivos, haciendo desaparecer las castas de «hechiceros modernos». También la universidad se tendría que entender no como un templo esotérico para elegidos, sino como centros integrados socialmente, tanto en relación a su producto como a su comunidad. Surge también, de la misma manera, un sentido social nacional para el papel del profesional, aquel «hombre culto» con sentido histórico de su función que pasa a ubicarse legítimamente en el universo nacional dinámicamente proyectado.

Pero todo lo anterior, para que adquiera esa dimensión requiere una concepción social nacional de la capacidad creativa; en este sentido nos parece necesario empezar por reconocer que la vida cultural está integrada por todas las formas y niveles de creación que cotidianamente una nación está implementando.

Debemos llegar a concebir una muy amplia y compleja cadena en que se inserta cada hecho. Entendiendo que comienza en los rasgos históricos que advertimos en los usos y costumbres colectivos e individuales, en el campo y en la ciudad, que practican nuestros pueblos y que permanentemente se están enriqueciendo con la experiencia y las necesidades de su precaria subsistencia; se integran a esa cadena también todas las formas artesanales de producción y las tecnologías mayor o menormente complejas. Apareciendo en la cúspide del sistema las creaciones más sofisticadas de carácter artístico y científico. Todas estas instancias son verificables como hechos permanentes en cada sociedad, pero no adquieren su condición de integración si no son reconocidas como partes, necesarias y vitales en un sistema total.

Muchos son los factores que actúan en su desintegración, las formas de la dependencia cultural no son sino mecanismos que interrumpen este continum, desgajando algunas de sus partes y haciéndolas depender de otros sistemas culturales. El desprecio que los «intelectuales tradicionales» tienen por la cultura popular constituye una forma interna de desintegración. En suma, no adquiere su vitalidad real si no hay un reconocimiento mutuo entre sus partes, y de la importancia que esto tiene para consolidar una capacidad creativa que adquiera las proyecciones de proyecto cultural histórico nacional. No se trata de concebir lo nacional como autosuficiente y, por consiguiente, despreciar los aportes de la cultura universal, pero éstos pasan a adquirir su verdadero reconocimiento y dimensión cuando se integran, ahora más conscientemente, a un devenir propio más consolidado, la comprensión de ellos adquiere la dimensión de un real aporte y no de una dependencia o sentimiento de minusvalía cultural.

Intentos como los planteados pueden darle un sentido consistente a la institución académica, en términos de la recuperación de la verdadera realidad cultural de cada país y, por consiguiente, de la búsqueda del proyecto histórico nacional. Así, muchas de las demandas que se postulan en los procesos de reforma universitaria pasan a tener sentido, como: la democratización universitaria, la enseñanza vinculada a la realidad, el pluralismo académico, etc., y particularmente, el rol de la juventud intelectual. Esta construcción académica será la verdadera arma contra las formas de dependencia cultural.

¿ Como ya dijimos, las universidades latinoamericanas representan en sus respectivos países la realidad cultural de ellos. Es un hecho que las instituciones académicas son centros que intentan la integración y organización de la actividad cultural. Por otra parte, pareciera superada la dimensión académica clásica que abstraía a los universitarios de la participación política. Como consecuencia, es notoria la inserción creciente de miembros universitarios, en la tarea política de sus respectivos medios. La resultante es obvia: las universidades pasan en Latinoamérica por un período de violenta represión. De hecho, se vive una situación de inestabilidad académica por el riesgo constante de la eventual intervención gubernamental y policial. Las violaciones de la autonomía universitaria están constituyendo buenos indicadores del grado y contenido del conflicto político en cada país. Las limitaciones a la publicación, difusión e información son normas cotidianas impuestas a gran parte de las universidades de nuestra América Latina. La crisis capitalista, que más la sufrimos nosotros que la metrópoli, sin duda acarreará mayor coacción a las universidades. Lo anterior define externamente el carácter de la vida universitaria en nuestros días, por consiguiente, es el medio en que se efectúa nuestra tarea.

La experiencia vivida en Chile, especialmente en los años del Gobierno de la Unidad Popular, nos generan inquietudes respecto de nuestras universidades. Nos preguntamos, ¿hasta qué punto el conflicto social en nuestro caso, por su magnitud y profundidad no nos adelantó la visión real de lo que debe ser la universidad latinoamericana? Estamos conscientes que el voluntarismo académico difícilmente permite llegar a la aprehensión de las demandas reales que entabla un pueblo. Pero también es claro que el acontecer social en un país latinoamericano es parte de toda nuestra historia como Continente y en tal sentido pudiera estar reflejando las situaciones latentes que requieren un descubrimiento oportuno y previsor. Todavía más, cuando la tarea de la liberación de nuestros pueblos debe ser la preocupación esencial de los hombres «cultos».

Resulta entonces, que con la relatividad de las dimensiones nacionales del conflicto, hay un requerimiento permanente, en orden a la recuperación de los proyectos histórico-culturales en cada nación. Esto implicará la búsqueda de formas y fases específicas, válidas para cada contexto, que intenten recoger la vitalidad creadora de los pueblos e integrarlas a todas las etapas del quehacer cultural y científico. Surgirán entonces los caminos de imbricación de la universidad con el pueblo, de búsqueda de la propia realidad cultural; de conceptualización de los rasgos que asume la dependencia cultural; del sentido no eufemístico de la democratización de la universidad; de las técnicas didácticas más apropiadas a la formación de un profesional con conciencia social de su trabajo, etc. Es imprescindible también, denunciar sin ambages el papel mediatizador y de poder favorable al sistema que cumplen nuestras universidades. En suma, se trata de descubrir objetivamente la realidad dinámica de nuestros pueblos, único sentido realmente científico para nuestros institutos académicos. Creo que nuestra experiencia nos permitió constatar carencias de la función académica, que salvando la especificidad nacional, se advierte en toda Latinoamérica. La superación de la crisis académica en la región dice relación, a nuestro juicio, con una real superación en la consecución de los objetivos antes delineados.

Estas experiencias pueden constituir nuestro fundamental aporte a la identidad y desarrollo cultural latinoamericano.

3- El problema debemos ubicarlo en las complejas formas de dominación político-cultural. Ya es tiempo que se trabaje sistemáticamente el contenido de lo que la burguesía de nuestros países llama nuestras «culturas nacionales»», para desentrañar cuanto de falso, carente de originalidad y con función manipuladora encontramos en él. Sin embargo, debemos aceptar su capacidad rectora, que le permite englobar a toda la sociedad e instrumentalizar hábilmente la historia y los rasgos culturales autóctonos. Todo lo cual lo dimensiona convenientemente a los efectos de legitimar sus formas de dominación y de lograr en instituciones como la universidad la inserción de objetivos y formas orgánicas compatibles con sus intereses. Lo anterior tiene implícita la referencia de excelencia externa de las grandes naciones capitalistas como creadoras de la cultura moderna, lo que en el interior contribuye seriamente a un conformismo intelectual que termina solo por reproducir ciencia y tecnología importada. Sistemáticamente se van limitando las expectativas de creación y, por consiguiente, los esfuerzos científicos y tecnológicos.

Además desde las metrópolis se discuten las capacidades técnicas y científicas de nuestras universidades, manejándose imágenes de atraso que se contraponen a culturas superiores, sin embargo, no hay dificultad para promover la captura masiva del producto de nuestros institutos, tanto en cuanto a sus éxitos científicos, como en cuanto a los profesionales que formamos. La llamada fuga de cerebros ya adquiere caracteres masivos y se suman por decenas de miles los aportes humanos que hacemos a los países supuestamente desarrollados.

Bajo la argumentación de la necesidad del desarrollo y de obtención de recursos para ello, se establecen convenios a través de los cuales se canaliza la importancia de «expertos» y la formación de los «nacionales» en el extranjero. En estos esquemas las prioridades se imponen desde la metrópoli, puesto que las líneas que ellos aceptan obtienen los recursos necesarios. El modo de producción científico comienza a guiarse por las leyes capitalistas. Hay un mercado en el cual se formula una demanda, entonces el trabajo científico pasa a ser una mercancía. Resultan legítimos y eficaces los mecanismos de incentivos económicos, premios, puntuación, derechos de autor, etc., todo lo cual consigue desviar a nuestros profesionales de una búsqueda nacional.

No se trata de concebir lo nacional como autosuficiente y, por consiguiente, despreciar los aportes de la cultura universal, pero éstos pasan a adquirir su verdadero reconocimiento y dimensión cuando se integran, ahora más conscientemente, a un devenir propio más consolidado, la comprensión de ellos adquiere la dimensión de un real aporte y no de una dependencia o sentimiento de minusvalía cultural.

Me parece que éstas son las situaciones y peligros que considerar frente al problema y de ahí sacar como conclusiones: a) buscar en primer término los mecanismos de perfeccionamiento en el propio país o en latinoamérica, organizando centros o institutos calificados con asesoría y aportación extranjera, pero en el marco de la definición nacional; b) utilizar los mecanismos de perfeccionamiento en el extranjero sólo cuando esta necesidad arranca de un proyecto claramente imbricado en necesidades científicas claramente integradas a proyectos nacionales.

4. Creo que ya no cabe duda alguna respecto del papel que la Universidad tiene en la historia político-social de un país. Las formas, dirección e intensidad de su rol, es un problema de poder. Ya se trate de un «cambio social» o de una «regresión total» como ahora se intenta en Chile. Si no se entiende así el problema no habría explicación para la brutal represión de la universidad y de toda la intelectualidad que desencadenaron en nuestro país.

La universidad reproduce las formas esenciales que revista la lucha de clases bajo los tamices de sus propias peculiaridades, fijados por el modelo de relación culturales de la sociedad, que tienen como sostén «la tradición cultural nacional» y las características del sistema educacional.

Constituye una caja de resonancia de lo externo, asimilando el conflicto conforme a las especificidades derivadas de su conformación y funciones. Es una institución eminentemente sensible a la coyuntura conflictiva, pero precisa de una «neutralidad» institucional para cumplir sus funciones.

Valga recordar que la universidad es un producto de la sociedad a la cual pertenece; por consiguiente, para cada momento se darán características específicas en su interrelación con el contexto social de referencia. Dicho de otra manera, la universidad responde en cada momento a un determinado estadio del desarrollo económico, social y político, el cual generará demandas específicas a la institución académica y las características de ella estarán marcadas por los rasgos esenciales de las mismas.

Por otra parte debemos anotar las dimensiones específicamente políticas de la universidad. Constituye un «centro de poder» que tiene un ámbito y medios propios de ejercicios; y es un instrumento de una clase o de fracciones de ella para su inserción en la estructura de poder y su medio eficaz de manipulación ideológica.

A esta altura del problema conviene recordar la complejidad de las tareas universitarias, permitiendo su desglose visualizar con más precisión las fuentes de sus tipos de conflictos. En primer término están presentes las formas de vinculación de la institución académica al sistema de dominación; ya advertíamos las características instrumentales y como centro de poder que tiene la universidad; debe hacerse también breve mención de sus funciones ideológicas legitimantes, mediatizadoras del conflicto, de instrumento de la pequeña burguesía, etc. Otro rasgo que está presente es la demanda objetiva que proviene del aparato productor, situación que responde al carácter del desarrollo económico vigente. En tercer término se requiere tener presente la composición interna de la comunidad universitaria, las formas como se distribuyen los grupos ideológicos, grupos de intereses, etc. Finalmente, cierto tipo de conflictos surgen de lo que se ha dado en llamar la «demanda subjetiva hacia la institución», es decir, la presión que pueden ejercer algunos sectores sociales para lograr ser favorecidos con el producto de la universidad.

Sin embargo, ya no es motivo de duda que la universidad está lejos de constituir el escenario real en que se manifiesta la contradicción esencial que se da en la sociedad. También es dable afirmar que se expresan en su interior y adaptadas a sus propias características institucionales ciertas representaciones ideológicas de la contradicción externa. Es decir, lleva en su seno la negación de su existencia actual; sin embargo, no podemos pretender que esta negación realmente esté expresando la formulación de una concepción clara y alternativa de la contribución que puede hacer la universidad al devenir de los cambios en América Latina.

Creo que más bien sólo tienden a expresar reflejamente las actitudes antisistema que con mayor o menor claridad en cuanto estrategias políticas se dan en los contextos nacionales. En otras palabras, salvo con raras excepciones no advertimos proyectos alternativos que se expresen para las universidades, respetando su especificidad en cuanto funciones y limitaciones para concurrir al cambio histórico.

Es preciso constatar la debilidad que en materia cultural presentan los proyectos políticos más radicales que se advierten en América Latina, con la excepción de Cuba, lo cual sin duda expresa ciertas debilidades de esos proyectos, todo sin perjuicio que reconozcamos el fortalecimiento de la lucha revolucionaria en la región. Pero no podemos pretender resolver a priori el curso de la historia y la coherencia e integridad del pensamiento revolucionario, que como dicen Marx y Engels en La ideología alemana: «presupone ya la existencia de una clase revolucionaria.» De ahí que podamos afirmar que en cada país hay una historia intelectual ligada a la historia social, y que, por consiguiente, nuestro concepto de universidad tiene que arrancar de esa propia historia en cuanto consiste en un sistema de conflictos de clase y de explotación imperialista.

Sólo en estos términos le podremos dar una dimensión real a su relación con el cambio socio-político de nuestros países, y permitirle un rol importante en ellos, sobre todo ahora en que se trata por todos los medios de destruir cualquier intento que en lo cultural pudiera llegar a constituir un modelo peligroso para los mecanismos de dominación y explotación brutal que la agonía capitalista requiere en nuestro continente. Es por eso que debemos mantener el esfuerzo en la búsqueda constante de las formas y vías que en materia cultural corresponden más seriamente a la lucha que libran nuestros pueblos por su liberación y construcción de sociedades más justas. No olvidemos la interacción recíproca que ocurre permanentemente entre el mundo de las ideas, la creación y las formas de organización de la riqueza y el trabajo.

5. La Reforma de 67 a 69, como todo proceso de cambio académico fija en una primera instancia, un nuevo marco institucional que supera las formas excluyentes y restringidas del manejo universitario que hasta entonces imperaban. Se abren los cauces de la participación de toda la comunidad y se actualiza, por consiguiente, al interior de la universidad el juego democrático que las mayorías reclaman en el ámbito nacional. Son las condiciones básicas para superar las deformaciones tendenciosas y elitistas que un manejo restringido puede ocasionar. Es decir, se entregan los medios para enriquecer la confrontación y el diálogo universitario en los términos existentes en el país. Es a partir de ese marco que se ponen a prueba los contenidos de las funciones formativas, científicas y culturales de la universidad, es decir, se logra el enjuiciamiento de la función social y nacional que la corporación estaba cumpliendo. No otra cosa se podía exigir a las acciones llevadas a cabo en los años 67 y 68. Entendido así el problema, y ahora con un horizonte de reflexión mucho más amplio, creemos que entonces se llegó a logros altamente significativos y que enriquecieron el debate teórico e ideológico de la universidad en cuanto a su sentido y formas de acción.

Naturalmente, que el enjuiciamiento sustantivo debía recorrer etapas más largas. La discusión sobre el sistema de roles profesionales, sus contenidos, la función de la investigación científica, el papel de la llamada extensión universitaria, el verdadero sentido de la autonomía, de la democratización de la universidad, etc., deberían enfrentarse a largos procesos de discusión y confrontación dentro de la comunidad académica y en la cual también participarán los actores nacionales del proceso histórico. Todo esto empieza concretamente desde el mismo momento en que se consagra la nueva institucionalidad académica, pero sin duda su prueba esencial comienza con las transformaciones sociales y políticas a partir de 1970. La universidad se convulsiona, sus conflictos se hacen más patentes, en la medida que está recibiendo el impacto del cambio y está buscando sus formas de adecuación a dicho proceso. Una universidad acostumbrada a servir a una clase dominante y a sus proyectos económicos y sociales debe actualizarse en función de las nuevas necesidades nacionales, institucionales, políticas, tecnológicas, culturales, etc., que impone el desarrollo de los proyectos políticos populares. Decir esto está más allá de la concepción de una universidad militante, es tan simple como entender de que todas las instituciones del país, incluso las académicas, deben estar al servicio de los objetivos que las grandes mayorías se plantean. A pesar del corto tiempo que tiene esta segunda fase del problema, se empiezan a advertir indispensables revisiones en materia de formación profesional, así como en términos de una investigación científica de urgencia que lograra palear los efectos de un bloqueo tanto interno como externo. Esto que naturalmente empieza a formularse como una gran potencialidad renovadora, constituye la verdadera razón de la brutal represión llevada al seno del mundo intelectual y académico. Se pueden permitir muchos avances pero no que el contenido espiritual de la nación pase a ser manejado por la base misma de la sociedad y en un constante superar los elementos de manipulación que hacen a la subsistencia de esquemas injustos.

6. La tríada citada refleja la necesidad de organizar con alguna especificidad las funciones de la universidad, lo cual naturalmente implica un buen grado de formalismo y de convencionalismo.

La validez de ella debe estimarse más allá de esos elementos.

La docencia constituye el rasgo esencial de la corporación académica desde que en la historia nos encontramos con instituciones que resuelven el problema de la reproducción de equipo humanos. Surge la institución universitaria por la necesidad de lograr una continuidad en el uso y acumulación de conocimiento, todo esto adecuado a las necesidades que cada sociedad y en cada época plantean. La investigación científica va surgiendo conforme el desarrollo del hombre exige una búsqueda de explicaciones coherentes de la realidad natural y, posteriormente, social; pero esta función no es necesariamente incorporada a la institución universitaria, incluso hoy en los países de más alto desarrollo, tienen soluciones privadas en los capitalistas, y por otras instituciones en los socialistas. En América Latina, sin embargo, casi en su totalidad corresponde a las universidades. De cualquier forma, lo que se enseña es lo que se conoce, o lo que se reflexiona en torno a los hechos que se manejan; y entre los que aprenden habrá muchos que buscarán seguir conociendo, lo que los llevará a investigar; por consiguiente, existe una relación indiscutible entre docencia e investigación y su separación no es más que formal.

La «extensión» todavía se maneja en términos clásicos. El concepto denota una separación entre la comunidad universitaria y el contexto social, de alguna manera refleja la idea de «una torre de cristal». Se establece, por consiguiente, un sutil puente entre esta aislada comunidad y el pueblo lego e inculto. Actualmente es imposible mantener dicha concepción, y eso sin esgrimir consignas como la de la universidad comprometida. Por otra parte, el problema tampoco se resuelve estableciendo una confusión entre la idea de comunidad académica y la de sociedad, o más claramente la de pueblo. Por todo, el problema nos lleva a la necesidad de buscar una ecuación que "o considere la sociedad y, particularmente, el pueblo como un mero receptor de una creación cultural que se efectúa en la universidad, mensaje que en cuanto a su contenido, formas e intensidad estaría definido por el académico. Esto carece de sentido cuando partimos de la concepción de que la creatividad nacional radica en todo un pueblo y que la institución académica debe lograr una sensibilidad ante ella que le permita aprehenderla e incorporarla a los niveles de mayor sofisticación cultural. En otras palabras, la ecuación debe consultar la verdadera relación dialéctica del conocimiento y la creatividad entre un pueblo y una comunidad científica.

7. La libertad constituye un presupuesto necesario para el desarrollo cultural, sin embargo, en la medida en que el avance de la cultura en todas sus manifestaciones nos acerca al recuperación de la verdadera realidad y, por consiguiente, a los elementos que en la base generan sistemas injustos y represivos, se pone en peligro la vigencia de esa misma libertad. Debemos tener siempre presente este proceso natural y, por consiguiente, entender que a partir de su propia reforma en cuanto intento de inversión en una cultura de masas, la universidad debe ir generando las formas de defensa social que requiere la institución y que están más allá de sus puertas. Nos parece importante reiterar que el sentido de la defensa se debe al contenido preciso que se logra por la necesidad que tienen nuestras instituciones académicas de revisar su verdadero papel.

Se plantea siempre la conservación de un ambiente democrático y pluralista dentro de las universidades; esto sin duda es legítimo, entendiéndolo como el medio que posibilita el debate más amplio respecto de las formas y mecanismos de articular un proyecto cultural histórico nacional. No se debe entender, a mi juicio, como mecanismo de funcionalización de cualquier tipo de contradicción ideológica; para empezar deben descartarse, naturalmente, todas aquellas visiones retardatarias e instrumentalizantes que no contribuyan a hacer de la universidad una pieza angular en el desarrollo cultural integrado de una nación. Sólo entonces se pueden discutir ampliamente las fórmulas de adaptación de la universidad a los objetivos planteados y se puede, por consiguiente, cumplir el papel que de hecho le corresponde en todo el sistema educacional de una nación, ya que está demostrado que la reforma del sistema educacional debe empezar con la reforma de la universidad.

Íntimamente vinculado con estos problemas está el de la autonomía universitaria que pasa a tener una dimensión política especial, en términos de constituirse en un valor nacional que garantice su libertad democrática y las condiciones para su funcionamiento, es decir, debe entenderse una autonomía integral política, cultural y material.

Se presenta así una tarea inmediata cual es la defensa solidaria que todo el sistema universitario latinoamericano debe realizar en torno a la mantención de las prerrogativas que le permitan una vida adecuada para la consecución de sus objetivos fundamentales. Además, y en relación a esto último, deben buscarse las formas de reactivación de una comunicación y diálogo inter universitario en función de la búsqueda constante de sus roles históricos sustantivos. Nos llama la atención que en las reuniones científicas internacionales sólo en forma ocasional y tangencial se toca el problema. Más aún, no se advierte una política clara en este sentido de los organismos internacionales rectores y conservadores de la cultura.

8. Las medidas de autofinanciamiento, total o parcial, normalmente representan una concepción muy reaccionaria de la función educativa en general. Puesto que elimina ésta de entre las funciones públicas del Estado y automáticamente las libra al ejercicio y la influencia privadas; cuando más, mantiene como funciones públicas y con apoyo financiero estatal, aquellas esenciales para el modelo económico vigente. Normalmente, cuando se plantea para la enseñanza superior, está reflejando criterios que en algún momento se insertarán en el resto de los niveles educacionales. Su carácter reaccionario puede advertirse además desde otros ángulos; por una parte, significa una concepción elitista y discriminatoria de la educación; por otra, la educación implica una inversión que posteriormente tendrá que ser lo suficientemente rentable.

Me parece el problema suficientemente claro y la democratización del país tendrá que tener, como uno de sus aspectos fundamentales, la recuperación de la educación pública en todos sus niveles «como atención preferente del Estado».

Muchas veces se pretenden justificar soluciones de educación no gratuita, especialmente para la universidad, argumentando que quienes llegan a ella no son precisamente de los sectores más desvalidos, y por consiguiente, se pretende revertir a dichas medidas de un hálito de justicia social. Sin embargo, si se trata de una sociedad capitalista y de un gobierno con intenciones reformistas que busca mantener servicios fundamentales a la sociedad, como la educación, sobre la base del mayor esfuerzo de los poderosos, lo debe lograr a través de otros mecanismos, como el sistema impositivo, es decir, aquellos que hacen justicia en las formas de financia-miento del gasto público, pero no aplicando un sistema de tasas específicas a la función educadora.

9. El problema tiene varias dimensiones: a) el «robo de cerebros» uno de los mejores negocios del imperialismo cultural, aun cuando se esmera en despreciar la cultura latinoamericana y sus niveles de desarrollo; b) «expulsión de cerebros» por persecución política, situación nunca vista en Chile e inaugurada en septiembre de 1973, en esta categoría se incluyen extranjeros;

c) «liquidación de cerebros», también es una categoría que tiene un origen político reciente y significa la aniquilación física y mental así como la muerte de intelectuales. La historia lo recordará y reconocerá sus aportes, así como estigmatizará para siempre a los culpables; d) la «pérdida de cerebros» también es una categoría que se inaugura a partir de 1973 y se debe a la liquidación de los centros académicos y culturales, dentro de la política de «muera la inteligencia» y de traslación de la riqueza nacional a los bolsillos de los uniformes y de las transnacionales. En este caso los cerebros trashumantes buscan otros lugares para vivir y enriquecen voluntariamente y de buena fe otros países más hospitalarios; e) el «embrutecimiento de cerebros», es una nueva experiencia y se logra haciendo de la educación en general un sistema oscurantista, reaccionario e increíblemente primario por la influencia que en él tienen los militares; f) finalmente, y para no seguir porque las categorías son infinitas, hasta llegar a los descerebrados, nos resta hacer mención de los «cerebros vendidos» que resultan de las políticas siniestras del imperialismo de compra de voluntades que al interior de nuestros países expresan su enajenación en las formas más reaccionarias, llegando a justificar a los «descerebrados» que pretenden gobernar la cultura y los seres racionales.

Frente a todo esto lo único que corresponde es liberar el país, democratizarlo, para que se vuelva a pensar en sentido nacional y colectivo, tanto en lo político, económico y cultural. Así se recuperan las funciones que en todo país civilizado y progresista como el nuestro existen y donde encuentran cabida los «cerebros» conscientes y patriotas.

10. Me parece altamente compleja la consulta, sin embargo, es muy conveniente empezar a levantar un debate, un intercambio de ideas en torno a la recuperación de la institución universitaria, pero a mi juicio visto en un contexto más amplio como es la recuperación cultural del país. Por de pronto adelantaremos algunos criterios, sin pretender agotar ni la primera parte del problema. Esto nos lleva inicialmente a la búsqueda de un diagnóstico objetivo que refleje cabalmente la precaria situación actual.

A lo menos se pueden establecer fehacientemente algunos parámetros básicos: a) eliminación de todo estilo democrático en la relación social de carácter cultural, tanto en las universidades como en el resto de las instituciones pertinentes; b) desprecio por las expresiones culturales populares; c) sentido utilitario de la institución académica en función de necesidades específicas del modelo económico y de las expectativas de las clases altas; d) destrucción de equipos y de comunidades científicas y culturales que no son de interés instrumental; e) pauperización absoluta de sus patrimonios y financiamientos. En suma, la institución académica, como eje de la actividad cultural de nuestros países pierde absoluta vigencia y sólo pasa a ser un instrumento de funciones y expectativas específicas. Es la ideología capitalista imperante que hace resonar de nuevo aquella vieja y dramática frase «muera la inteligencia» a través de esbirros por ella entrenados.

Se trata entonces de a lo menos recuperar una institución académica que al igual que en el resto de latinoamérica se había transformado en el eje de la actividad cultural del país, prestando sus servicios a toda la comunidad nacional. Para ello y conforme a principios antes expresados, se tienen que recuperar los estilos de participación democrática que se había logrado a partir de la Reforma, excluyendo aquellas concepciones políticas antagónicas en su esencia con el espíritu universitario y la cultura, me refiero a toda concepción totalitaria. Y sobre todo, levantar en la comunidad intelectual el compromiso social de participación y contribución a la reconstrucción general del país. Es la gran tarea de las próximas décadas, recuperar el nivel de desarrollo económico, político y cultural que ha sido detenido y trastocado, aunque nunca derrotado. Para ello la autonomía, el pluralismo ideológico deben transformar a la Universidad en un ejemplo de fuerza y convivencia para toda la sociedad chilena en función de sepultar definitivamente la negra noche del fascismo. La gran batalla cultural estará dada por levantar al nivel de valores nacionales, la defensa del patrimonio, económico, político, social y cultural del país, rechazando cualquier política oligárquico-imperialista, luego de su crisis y derrota, demostrando objetivamente el alto costo social de esta experiencia criminal. En el ámbito latinoamericano debemos vencer la incomunicación intelectual; las fuerzas para defender y crear se definen a partir de un diálogo permanente, que debe tender a configurar una unidad continental en defensa del patrimonio y de la libertad de creación cultural en América Latina.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03