Los gatos alzados

LOS GATOS ALZADOS
(O «Vibraciones hacia Barrio Alto»)

Jorge Rossi

Jorge Rossi es novelista y cuentista. Tiene una copiosa producción inédita.
Trabaja como profesor en la Universidad de París (Villetaneuse).

Araucaria de Chile. Nº 45, Madrid 1989.

Los días se sucedían grises uno tras otro.

Y fue en uno de esos días, durante una noche neblinosa y fría -cuando iba a dejar a Carlos-.en que mató al gato. Salió corriendo de entre las sombras para precipitarse de bruces contra el parachoques. Sintió el golpe (sobre la cabeza del gato, seguramente), propagarse hasta sus manos en una temblorosa crispación mientras afirmaba el volante con fuerza. Por el espejo retrovisor alcanzó a ver cómo el gato se retorcía en el aire culebreando en espasmos de agonía.

«Lo siento», dijo. «Pero iba demasiado rápido; no pude evitarlo.» Y siguió.

-Estamos en octubre y aún hace frío -dijo Elena-. Está raro el tiempo. No sé qué pasa. En otros años para esta época ya andaba con ropa de verano. Dicen que es por la radiactividad. Santiago está cubierto permanentemente por una capa de «smog» que contiene una fuerte carga de radioactividad. Es por las explosiones en el Pacífico, ¿sabes? Pienso que las Naciones Unidas o alguien debería intervenir. Si seguimos así algo va a pasar.

A la mañana siguiente, al doblar por la Rotonda, vio a otro gato muerto en la calle con la cabeza reventada y sumida en un charco de sangre.

Tuvo que hacer un viraje brusco para no aplastarlo. La cabeza, una masa sanguinolenta de entre la que sobresalía el pardo pelaje. «Si lo hubiera alcanzado a ver», recordó, «habría tratado de evitarlo». El momento exacto en que el gato atravesaba la calle con toda la elasticidad de su cuerpo aún con vida, la cabeza gacha, el cuerpo recto y seguro lanzado hacia adelante, los músculos tensos palpitando bajo la piel lustrosa. «¡Si hubiera podido evitarlo!»

Estuvo toda la mañana ordenando expedientes. Frente a su ventana asomaba otra ventana y entre ventana y ventana un trozo de atmósfera gris y lechosa que iba aclarándose a medida que transcurrían las horas. A las doce y media bajó para almorzar en el negocio de siempre. Mientras leía el periódico esperando que vinieran a atenderlo sintió el roce deslizarse por entre la franela de sus pantalones. Levantando la punta del mantel para ver: se encontró con los amarillos ojos que plácidamente se posaban sobre los suyos. Era una mirada lánguida y comunicativa. Con un movimiento brusco de sus piernas y con un «¡ahh!» sorpresivo ahuyentó al gato que salió corriendo del negocio para perderse en la calle. Frente a él estaba la empleada con la nota en alto y el lápiz listo esperando su pedido.

-¿Qué tiene para hoy día? -preguntó.

Antes de llegar a su casa, mientras esperaba frente al semáforo, vio a otro. Alguien lo había arrinconado contra la cuneta. Pero entre las luces del crepúsculo que ya decrecían pudo ver las manchas de sangre sobre el pavimento. ¡Luz verde! «Las siete y ya está oscuro», se dijo.

-No sé qué les pasa a los gatos -dijo Elena- Anoche aullaron toda la noche. ¿No los sentiste...? «¿Anoche...?» -Debe de ser la radioactividad- continuó Elena. Anoche tenía que apurarme o si no pronto las aguas me cubrirían. Ya lamían la plataforma por la que yo me deslizaba. «Tiene que atravesarla en cinco minutos», me habían dicho. Era «la orden». Miré mi reloj: los minuteros se había detenido, no sonaban. Por el horizonte se abatían alas espesas y ventrudos nubarrones negros oscilaban en el cielo; un viento huracanado se erizaba sobre el mar. Las turbulentas aguas culebreaban por entre mis piernas para ir a estrellarse con fuerza contra el muro. Succionando se retiraban en un reflujo de piedrecillas y gemidos. Enlazando mis tobillos, enraizándose a mis piernas, mi cintura, forcejeando contra ellas, hasta el pecho ahora, mis manos engarfiándose al vacío, pugnando por aferrarse a un punto. Aleteando. Y la corriente que me suspendía por encima del mar para abalanzarme contra el muro. Sentí la llamarada de sangre estallar sobre la frente y un sabor tibio y espeso empaparme la lengua... Entonces fue cuando vislumbré el resquicio, la escondida puerta, las aguas me condujeron hasta una pequeña playa. La mujer estaba de pie esperándome con un cuchillo apoyado en la mano. «Tómese a ese cordel», me ordenó con su voz seca y cascada. Luego echó a andar, traqueteando. Yo iba detrás, semiagotado y enajenado por el cansancio. Nos introdujimos por corredores de viscosa piedra fugazmente iluminados por antorchas que se adosaban a los muros. Un vaho a humedad impregnaba la atmósfera. Oscilaban las corredizas llamas en el espacio nocturno. La mujer iba adelante haciendo repiquetear entre sus descarnadas manos un manojo de llaves. Llegamos a un portón salpicado de agrietaduras y la mujer, enarbolando una puntuda llave, introdújola en la cerradura. Rechinaron los goznes al abrirse las pesadas hojas. Alineadas junto a las murallas nos esperaban sendas hileras de viejas vestidas con sayas pardas que movían al unísono sus desdentadas bocas y cuyos labios decrépitos bisbiseaban un murmullo en sordina. De sus manos sarmentosas pendían luengos rosarios de cuentas negras y brillantes que los huesudos dedos reparaban ceremoniosamente. A medida que avanzábamos el murmurio fue convirtiéndose en letanía y finalmente en cántico triunfal. Resonaban las plañideras voces propagándose por las oquedades de los inmensos corredores... Se divisaba al fondo. Llegamos. El instrumento estaba preparado para el sacrificio; el filo de la guillotina refulgía en su bruñidez de plata. Tomándome de las manos me hicieron hincarme, la cabeza fuertemente retenida junto al dorsal. La cuchilla bajó de golpe y cercenó mi cuello; la cabeza salió rodando por la pendiente, describiendo convulsivas cabriolas en el aire, los desorbitados ojos vueltos mirándome angustiosamente, implorando mi ayuda. Partí corriendo tras ella sin importarme mi propia sangre que se iba deslizando por mi cuerpo a medida que avanzaba y la cabeza -mi propia cabeza- seguía rodando y rodando pendiente abajo. Los cánticos llenaban los espacios, el gozo exultante. «¿Anoche? No. Anoche no sentí nada. Anoche dormí toda la noche.»

-Sí, los gatos están extraños -continuó Elena-. Anoche aullaron toda la noche. Algo les pasa; no es normal. El período de celo ya pasó; es en agosto y estamos en octubre. Casi no parece primavera. ¿Será la radioactividad? Prefiero que no salgas esta noche; hace demasiado frío y está lloviznando.

«Me comprometí a llevar este informe hoy día. La reunión es mañana temprano y yo no podré asistir. No me demoro nada; en media hora estaré de vuelta.» Y poniéndose la chaqueta tomó las llaves del auto. Encendió la calefacción, hacía frío. Fue un frenazo brusco e inusitado. El gato emergió de entre las sombras para ir a precipitarse contra el auto; alcanzó a frenar. Los focos lo inmovilizaron un instante: estaba frente a él. Brillaron sus ojos de vidrio esmerilado en la oscuridad. Lo miraron un instante. Sintió esa mirada líquida y encendida, llegarle. Luego el gato atravesó corriendo la calle y se perdió en las sombras. Más allá detuvo el auto; le temblaban las manos. «Sería bueno que estirara un poco las piernas», se dijo. Estacionó a la sombra de un árbol bajándose del automóvil. Miró el cielo: plomizas sombras se desplazaban en lo alto dejando ver una que otra estrella. Una sutil neblina -humedad más bien- pensó, se deslizaba por entre el follaje de los árboles. Hurgó entre sus bolsillos hasta encontrar fósforos. El fuego brilló en la noche como una inesperada luz. Apoyándose contra el tronco de un árbol comenzó a fumar pausadamente, aspirando el humo con intensidad. Miró la hora; eran cerca de las once. Sintió que algo se deslizaba por entre sus piernas. Bajó la vista y se encontró con las encendidas pupilas que lo miraban tranquilamente. Salió corriendo y se subió al auto.

El campanilleo del reloj despertador lo sacó del sueño. Abrió los ojos: una claridad difusa se colaba por entre los intersticios de las persianas. Elena dormía tranquilamente a su lado; alargó la mano para acariciarle el cabello; ella como que rezongó queriendo despertarse. Apartando la ropa de un salto se bajó de la cama; abrió la ventana. Lo vio echado al pie de la cama mirándolo con sus ojos de un fulgor líquido. No atinó a hacer nada; se quedó inmovilizado sobre el piso. El gato de un salto trepó a la ventana y huyó por los tejados. «Sin hacer el más mínimo ruido», pensó. Elena despertaba. «¿Qué haces asomado a la ventana?», preguntó. «Nada. Quería ver si había sol. Pero no hay.»

-Este tiempo está terrible -decía Elena mientras hacía crujir entre sus dientes las tostadas con mantequilla-. Está cargante, ya no lo soporto. Estoy pensando en irme a la playa por unos días. Con Gigitte. Ayer la llamé por teléfono y está de acuerdo. Partiríamos el viernes.

-¿Por cuánto tiempo?

-No lo sé. Tal vez una semana. ¿Te importa?

-No, no te preocupes. Total, almuerzo en el centro y en la noche me hago un sandwich.

-Quiero ver la primavera -continuó Elena-, las flores; ver un trozo de cielo azul. ¡Nunca había pasado lo de este año! ¡En octubre y sin sol! Iremos en el auto de Gigitte.

Al ir a subir al ascensor tropezó con un gato que se le entrecruzó por entre las piernas y siguió por el pasillo y al abrir la puerta de la oficina, otro gato saltó del escritorio escapando por la ventana. Tocando el timbre, llamó a Paulina. «¿Paulina?, ¿no ha notado nada extraño con los gatos? Andan por todas partes. Ahora mismo había uno echado encima del escritorio». «Es la época, señor. Andan alzados. No se preocupe, es normal, pasa todos los años.» «Muy bien. Preocúpese de decirle a Domínguez que tenga cuidado de cerrar bien las ventanas. Puede retirarse.»

Abrió el periódico: «Manada de gatos hambrientos asalta almacén de comestibles.» Lo golpeó la noticia. «En sector apartado de Santiago sucedió el hecho. Se cree que las causas son el abandono que de ellos han hecho algunos pobladores. Los gatos se habrían refugiado en unas construcciones abandonadas aumentando de esta manera en forma considerable su descendencia. Se los ha visto en la noche salir en grupos a buscar comida. La situación hizo crisis cuando a plena luz del día se atrevieron a asaltar la rotisería ubicada en «Avenida Estrella esquina de Capitán Alvarado.» El hecho produjo desconcierto y pánico entre los clientes que se encontraban comprando. El dueño trató de ahuyentarlos, pero fue agredido por varios animales, resultando con magulladuras en la cara y varios mordiscos en el brazo derecho. Tuvo que ser llevado de inmediato a la posta más cercana. Después llegó «carabineros», pero no pudieron hacer nada pues los gatos ya se habían dispersado. Actuaron -según la opinión de algunos vecinos- en forma organizada y veloz. Hasta se creyó ver a un gato que hacía las veces de jefe y al cual todos obedecían. Todo el asunto en cuestión fue sumamente rápido y desconcertante, no durando más de cinco minutos. Carabineros hizo una lista de los daños ocasionados al negocio y prometió hacer la denuncia correspondiente a la Municipalidad para que se tomen las medidas del caso.»

A la mañana siguiente, después de ducharse con rapidez y sin terminar de tomarse el café, bajó a la calle. Paró en el primer kiosco de diarios que encontró y compró un periódico: «Horda de gatos famélicos asalta Supermercado.» «El extraño hecho sucedió casi al anochecer cuando estaban a punto de cerrar el negocio encontrándose éste todavía repleto de gente. Las bestias se repartieron estratégicamente por los puntos donde se encuentran los alimentos fiambres -especialmente carnes- llevándose gran cantidad de ellos. Un empleado que trató de hacerles frente resultó con mordeduras de gravedad en la cara teniendo que ser internado inmediatamente con diagnóstico reservado. En el negocio se produjo el pánico siendo imposible controlar el orden. Los clientes -en su mayoría señoras y niños- se atropellaron y golpearon en su desesperación por salir, a raíz de lo cual muchas personas resultaron con contusiones leves. En el atropello por salir se produjeron incidentes de toda especie, como ser volcamiento de mercaderías con el consiguiente destrozo y quiebre de lozas y cristales. La sección menaje resultó ser la más afectada. Los daños ascienden a varios miles de escudos. El dueño del establecimiento ha hecho declaraciones al respecto y opina que el Seguro debe hacerse cargo de la situación. Consultado el abogado de la compañía aseguradora, éste emitió un juicio negativo pues, dijo, hechos de esta naturaleza no están contemplados en los estatutos de la compañía.

»La ciudadanía empieza a alarmarse; es el segundo hecho de esta naturaleza que se registra en menos de una semana. Se supone que las Autoridades respectivas tomarán las medidas del caso. Hasta el momento, las invasiones han tenido lugar en sectores periféricos, pero se teme un desplazamiento de las hordas hacia otros sectores. Como hecho curioso se señala que no atacan nunca solos. Lo hacen siempre en grupos dé no menos de a seis.»

Llegó a la oficina sin poder concentrarse en su trabajo. Apretando el timbre llamó a su secretaria y le dio orden de comprar varios periódicos. Todos coincidían en la noticia diciendo más o menos lo mismo. El hecho era inexplicable. Los animales actuaban con una velocidad increíble y con un sentido innato de organización que desconcertaba a todos los expertos. Un periodista estudiaba el caso tratando de recomendar varias posibilidades tácticas frente al ataque. Se hacía imprescindible tomar medidas de seguridad. Por de pronto, no llevar niños a lugares donde vendieran comestibles relacionados con cecinas o alimentos fiambres. Lo que dificultaba la defensa era la facilidad que tenían para escabullirse aún por los lugares más increíbles. Se contaba el caso de un gato que dando un salto fabuloso había logrado encaramarse a una muralla de por lo menos diez metros de altura y de ahí saltar a la calle. Lo terrible es que «los gatos tienen siete vidas», agregaba un chistoso, pero la gravedad de los acontecimientos no se prestaba para bromas y el humorista había sido censurado con una mirada de glacial reproche.

La mañana se le fue sin saber cómo. Miraba el montón de expedientes acumulados encima de su escritorio sin decidirse a tomar uno. Levantándose de su silla se acercó a la ventana: abajo la ciudad palpitaba en un mar ululante de gente. En las ventanas de enfrente veía personas reclinadas sobre sus escritorios, algunas tecleando a máquina, otras, como él, ordenando papeles. Volvió a su escritorio. Sabía que no iba a poder trabajar. Llamando a su secretaria le dio instrucciones diciéndole que volvería después del almuerzo. «Tengo que ir al banco a arreglar un asunto. Si no llego temprano, no se preocupe. Tal vez me demore un poco.» Y ajustándose la corbata, salió de la oficina. «Hoy es jueves, mañana viernes; en la tarde podría irme a la playa», pensó. «Será una sorpresa para Lena. Ni se lo espera.» Antes de entrar al restaurante, hurgó en su bolsillo para depositar una limosna en el hueco de la mano que le alargaba un pordiosero. «Felices ellos que no ven», se dijo casi en voz alta extrañándose al mismo tiempo de su pensamiento. «Un pisco sour con bastante hielo para empezar, por favor.»

Todo sucedió en forma veloz e inesperada. El gato saltó del asiento trasero y se le lanzó al cuello. Sin saber cómo lo agarró del pelaje lanzándolo por la ventanilla del auto. El gato trató de aferrarse a su brazo, pero finalmente cayó al pavimento. Alcanzó a frenar en seco antes de chocar con el auto que venía en dirección contraria. La sangre empezó a brotar a borbotones de su mano izquierda ensuciándole el pantalón. Tenía rasguños en la cara y cuello. Se arremolinó la gente y varios autos se detuvieron. Alguien le vendó la mano con un pañuelo y le daba recomendaciones. Le temblaba la mandíbula y no podía hablar; trató de emitir algunos sonidos pero las palabras se estrangulaban en su garganta en un balbuceo inconexo. Hasta que vio que entre la gente se abría paso un carabinero y después de preguntarle lo sucedido le recomendaba que fuera a curarse la mano. Le dio las gracias y se fue. Llegó a su casa y empapándose la mano en alcohol se dio cuenta de que las heridas eran más bien superficiales; le escocían, sin embargo. Encendió la radio; necesitaba tranquilizarse. «Y si me fuera a la playa mañana en la mañana», pensó. «Esta noche lo decidiré.» Las noticias eran alarmantes. En varios puntos de la ciudad se sabía de ataques de gatos. Y ya no solamente a lugares de comida sino también a personas aisladas. Las autoridades estaban seriamente alarmadas y recomendaban varias medidas de precaución. Se hacía hincapié en dormir con todas las ventanas cerradas y sobre todo en tener sumo cuidado con los niños. En un departamento las bestias habían atacado a una guagua. La madre la había dejado sola y al volver se había encontrado con una masa sanguinolenta... Habían entrado por el balcón. Estaba medio trastornada, siendo necesario internarla inmediatamente. Lo extraño es que los ataques se reducían sólo a ciertas áreas de la ciudad. Los sectores marginales no habían tenido problemas. Se atacaba siempre en grandes centros comerciales, edificios de departamentos o casas particulares. Alguien había recomendado la posibilidad de usar bombas lacrimógenas, pero como los ataques eran sorpresivos y las bestias podían escabullirse con tanta rapidez, éstas resultarían ineficaces. Se estaba estudiando la posibilidad de utilizar otro tipo de bombas que les produjese una paralización o muerte inmediata. Pero esta solución también presentaba sus inconvenientes, pues la dosis de contaminación venenosa que contendrían dichas bombas afectaría seriamente a las personas y más aún, dejaría inservibles a los alimentos.

Después de asegurarse que todas las puertas y ventanas de la casa estaban bien cerradas, se aventuró a acostarse. Pero no podía dormir. A cada rato se levantaba a registrar las dependencias. Intentó leer, pero tampoco pudo. «¡Si tan sólo hubiera podido evitarlo!», recordó. «Aunque tal vez hubiera podido», pensó. Una vez había matado a un gato en la carretera yendo hacia el sur... Y otra cuando estaba aprendiendo a manejar. Y otra vez cuando... Recordó la mano del mendigo pidiéndole una limosna. Todos los días ese mendigo... ¿Era hombre o mujer? Apenas recordaba la expresión de su cara, la voz pedigüeña. Se ponía justo ahí, a la entrada del restaurante. Nunca le había llamado la atención hasta ahora. ¡Había tantos limosneros en la ciudad! Y sobre todo en el centro. Pero en general él era reacio a dar limosnas. Instintivamente le molestaba esa caterva de mendigos que exponían a la vía pública sus miserias y podredumbres. Se iría a la playa en la mañana, tipo diez; llegaría justo a la hora del almuerzo. Ahora le estaba empezando a dar hambre y recordó que en la casa no había nada para comer. «Debe de haber alguna conserva», se dijo; pero ante la idea de tener que abrir el tarro desistió de la idea. Empezaba a sentir sueño.

Pensaba dejar ordenados algunos papeles en su oficina y después partiría inmediatamente a la playa. Antes de bajar a echar andar el auto, abrió la caja de fondos asegurándose la pistola en su bolsillo. «Por si acaso», pensó. Las calles se encontraban vacías; era más temprano que de costumbre. «Tomaré desayuno en ese negocio», se dijo de improviso parando el auto. «El café y un buen sandwich me reconfortarán.» Estaba comiéndose el sandwich cuando irrumpió la manada de gatos. Saltaron atropellándose sobre el mostrador y empezaron a disputarse los comestibles. Las empleadas huyeron despavoridas profiriendo chillidos de espanto. El trató de huir encontrándose con la puerta bloqueada por una multitud de gatos que no cesaban de entrar. Dando un salto trepó a una mesa y de ahí pasó a la cocina y viendo una puerta abierta, desembocó en la calle. Alcanzó a subirse al auto en el momento exacto en que otros grupos venían doblando la esquina. Lo curioso es que los gatos marchaban acompasadamente, sin prisa, en un orden simétrico. Pasaron por su lado sin siquiera mirarlo. Buscaban los negocios. De todas partes brotaban rebalsando calles y veredas. Dos autos que se encontraban delante de él se habían detenido sin saber sus conductores a qué atenerse. No se escuchaba un ruido;

sólo esa procesión negra y oleosa de cabezas gachas invadiendo los espacios. El día se anunciaba de un color pardo ceniciento. Se decidió a hacer andar el auto. Lentamente al principio, más rápido luego. Aplastó a uno. El aullido rasgó el silencio. Al momento todos se pusieron a gritar. Algunos saltaron subiéndose al techo del auto. En su desesperación, aceleró. Sólo sentía que las ruedas iban entrechocando con una masas blanduzcas, tiñendo de rojo el asfalto a medida que avanzaba. Acelero más y más. Dos gatos habían logrado mantenerse encima del capó tratando de arañar el limpiaparabrisas. Vio que tenía el camino libre. Aceleró a fondo; luego frenó bruscamente lanzando al aire a los gatos. Después continuó. Llegó a su casa y bajándose apresuradamente del auto se metió a la casa. Trancó puertas y ventanas. Encendió la radio: las noticias eran alarmantes. Toda la ciudad se encontraba invadida por hordas de gatos que sembraban el pánico entre la población. Había varias personas muertas. El comercio estaba cerrado. No se sabía a qué cantidad llegaba el número de bestias, pero se suponía que eran millones. Lo extraño es que las fuerzas estaban controladas solamente en algunos sectores de la ciudad. Últimamente las jaurías se había desplazado hacia el barrio residencial. Apagó la radio. Entró al baño y sacándose la ropa se metió bajo la ducha helada. Después se fue a la cocina y abrió el refrigerador. Tenía la boca seca; casi no quedaba nada. Miro la despensa. «Tengo comida como para una semana», se dijo. Pero inmediatamente se sonrió. «¡No es para tanto! ¡Esto tiene que pasar! ¡Las autoridades ya habrán tomado las medidas del caso!» Se le vino a la mente la jauría avanzando por las calles como un río de cabezas desbordadas. «Yo no quise matarlo», recordó. «Pero no pude evitarlo.» Ni tampoco esa vez. Ni la otra. Y la otra, allá en la carretera. Pero no sentía hambre. «¡Si al menos Lena estuviera aquí!», gimoteó.

.En la noche comenzaron a llegar. Frotando sus cuerpos suaves contra los vidrios de la ventana, mirando hacia adentro con sus pupilas fosforescentes como dos brasas chisporroteando. No se atrevió a bajar las persianas. Apagó las luces. Pero los ojos brillaban aún más en la oscuridad. Como dos pequeñas luces amarillas que se iluminaran con fuego propio. Arropándose en una manta, prefirió quedarse en el living intentando dormir. Pero ahí estaban, mudos, echados sobre el alféizar de la ventana, enroscando sus cuerpos mórbidos entre las rejas, mirándolo, la huesosa mano del mendigo estirándose para recibir la limosna, la cabeza reventada y sumida en un charco de sangre; su propia cabeza rodando y rodando pendiente abajo mientras describía grotescas cabriolas en el aire mirándolo con ojos implorantes a él, que estaba tendido sin poder hacer nada. Se palpó el bolsillo del pantalón: aún tenía la pistola. Al primero que entrara lo acribillaba. Pero se dio cuenta de que eran muchos y él disponía solamente de seis balas. Incorporándose de un salto empezó a disparar contra la ventana. Los gatos no se movieron; a ninguno le había dado. Seguían mirándolo, inmutables. Los vidrios se había roto y se percató de que ahora podrían entrar. Se acercó un poco más, enfrentándolos. Pero los gatos siguieron quietos y silenciosos, sin moverse. Sabía que le quedaban dos balas. Abriendo la boca introdujo el cañón hasta sentir que la punta le raspaba la garganta. Entonces disparó. De la boca saltó un chorro de sangre mientras su cuerpo se desplomaba sobre la alfombra, la cabeza sumida en un charco de sangre.

No alcanzó a ver cómo los gatos saltaban ágilmente de la ventana a la calle y se perdían en la oscuridad de la noche.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03