El mejor lugar del mundo

El mejor lugar del mundo
Testimonio de Caroline Richards

Carlos H. León

Carlos H. León es sociólogo y cineasta. Vive en Québec, Canadá.

Caroline Richards llegó a Chile en 1966, contratada junto a su marido Howard como profesores de inglés. Como sucede con tantos extranjeros, el país austral los embrujó y se quedaron. Adquirieron una parcela en Limache y se apasionaron por el proceso social y político de Chile. En 1967 nace una hija chilena, Shelley.

Caroline nació en Atkinson. Nebraska (Estados Unidos) en 1939. Doctorada en Historia en. la Universidad de Stanford, el golpe pinochetista la sorprende en Chile. Entonces, siente la necesidad de contar la ignominia en la que era ahogada su patria de adopción y comienza a escribir una novela, Sweet Country (Dulce Patria). La escribe en inglés, su lengua nativa. La familia abandona Chile un año después del golpe. En 1976 nace su segunda hija. Laura. La novela se termina en Estados Unidos y es publicada en Nueva York en 1979. Desde su aparición ha recibido excelentes criticas de los más importantes diarios norteamericanos. El New York Times la distinguió como uno de los mejores libros publicados en el país en 1979. Sweet Country recibió, además, los premios Great Lakes Colleges Associalion for New Fiction 1979 y National Endowment for the Arts, en 1980. De ella se ha hecho una versión cinematográfica -realizada por Michael Cacoyannis, el director griego de Zorba el griego- que acaba de estrenarse en Nueva York.

De manera suscinta, se puede decir que la estructura narrativa de Sweet Country es rica y compleja, en contraste con el desarrollo del tema, que es simple. El periodo en que transcurre la historia es corto: de septiembre a diciembre de 1973. Hay cuatro narradores: Eva María, secretaria de Hortensia Bussi, que trabaja en La Moneda; su hermana Mónica, que es profesora; Ben, médico norteamericano y su esposa Anna, dueña de casa en un pueblo cerca de Valparaíso. Luego del golpe, Eva María es detenida y torturada. Mónica, con ayuda de Ben y de Anna, tratan de buscarle refugio en una embajada. Cada uno de los narradores tiene una visión distinta aunque complementaria de los acontecimientos. Hay, a lo largo del relato interesantes reflexiones y puntos de vista sobre el proceso social chileno y sobre el gobierno de la Unidad Popular. Sweet Country trasciende el género, a menudo sospechoso, de las historias reales transformadas en ficción. Caroline Richards ha marcado esta historia con el signo de los buenos novelistas, infundiendo a la trama un apasionante y sostenido interés, con la ayuda de un arma poderosa: una rica imaginación literaria.

La presente conversación tuvo lugar en Québec, Canadá. Nos juntamos, como miles de chilenos exiliados a través del mundo, a conversar de Chile, y, en este caso, también de su novela; ella con su acento gringo y nosotros con nuestra guitarra descolorida.

-¿Cómo ocurrió tu encuentro con Chile, tu decisión de ir a trabajar allá?

-En los años 60, nosotros éramos estudiantes. En esa época había en todas partes mucho interés por América Latina, sobre todo a causa de la Revolución Cubana, la Alianza para el Progreso y cosas como esas. Howard y yo queríamos vivir en Latinoamérica, vivir este proceso desde el interior para comprenderlo mejor y poder eventualmente colaborar de alguna manera en él. Nosotros teníamos muchas afinidades con los movimientos de liberación contra el imperialismo. El problema era a dónde ir. A Cuba no era posible. Pero habíamos oído hablar bastante de Chile, que iniciaba un proceso de reformas con un gobierno demócratacristiano recién elegido que nos pareció muy interesante. Además, sabíamos que Chile tenia una tradición democrática sólida, una vida cultural importante y una historia social y política muy especial. Entonces, buscamos trabajo allí desde los Estados Unidos. Nos respondieron positivamente desde el Santiago College de Providencia. Este es un colegio de momios, un colegio de habla inglesa. Howard era Encargado de Estudios y yo profesora de inglés. Trabajamos allí tres años. Cuando llegamos, me di cuenta que en realidad no sabíamos casi nada de Chile. Yo pensé que era un país muy bonito pero un poco aburrido, en el que no pasaba nada... pero no era así.

-¿Tú hablas de qué año precisamente?

-De 1966. Frei era el presidente. En el Santiago College la gran mayoría eran momios. Había algunos demócratacristianos; incluso había alguno de izquierda. Pero todo era derechista, hasta las puertas. La primera semana en Chile, alguien nos presentó a Ariel Dorfman, que desde entonces es nuestro amigo. Recuerdo que ese mismo día Ariel nos llevó a la carpa de Violeta Parra. Ese fue mi primer contacto con la cultura chilena.

-La peña era una manifestación desconocida para ti. ¿Cuál fue tu reacción? ¿Conociste a Viólela?

-Antes quisiera hacer una rectificación. En realidad ése no fue mi primer contacto con la cultura chilena. Yo ya había leído bastante a Pablo Neruda, en inglés, claro. Fue si, mi primer contacto con la cultura popular chilena en directo, si pudiéramos decir. Recuerdo que llegamos muy temprano a la carpa en La Reina y que no había mucha gente. Pero me llamó la atención una señora un poco fea, pensé yo, con un plato de empanadas. Era Violeta Parra. Para mí fue una sorpresa y también una enseñanza ...Entonces todo el mundo comenzó a decir "¡Violeta, canta, canta!", pero ella dijo: "No, estoy demasiado triste, no, no voy a cantar". Me impresionó profundamente. Esa noche probé las empanadas y el vino tinto y no sé por qué extraño fenómeno, sentí que me bautizaba de chilena.

-Tu experiencia en el Santiago College debe haber sido muy especial. ¿Cómo te sentías en ese ambiente reaccionario de gente chic en esos primeros años del gobierno de Freí había sido desplazada del poder político?

-En general, creo que fue una experiencia bastante frustrante. Después de un corto tiempo me había hecho una idea propia de la realidad chilena, que era bien distinta de aquella que prevalecía en el colegio. Recuerdo especialmente un hecho: un profesor amigo nuestro, que era hijo del historiador conservador Néstor Meza. había hecho algunas criticas a las clases dirigentes chilenas en el curso que él daba. Esto indignó al Presidente del Centro de Padres, que era Fernando Léniz. futuro Ministro de Economía de Pinochet, quien se quejó ante la Dirección. Entonces, ésta informó del hecho al Presidente de Braden Copper Co., que era a su vez Presidente del Consejo del Santiago College. Este último pidió informes a la Embajada de Estados Unidos sobre las actividades del profesor Meza. A los dos días llegó un informe en el que se daba cuenta que el investigado era democristiano y no izquierdista, pero se agregaba una nota con los nombres de otras personas del colegio que si eran de izquierda y que no habían sido objeto de sospechas por parte de la Dirección. Esto me pareció increíble. ¡La Embajada Norteamericana podía dar informaciones sobre las actividades y sobre la filiación política de cualquier ciudadano chileno! Cuando Léniz se enteró del informe, dijo que las personas como Meza eran las peores. "Se pueden infiltrar disfrazados de demócratas", afirmó, "parecen limpios, pero son los más peligrosos". Meza, que tiene un doctorado en Historia, se gana hoy la vida en Chile como fotógrafo.

-¿Y ustedes tuvieron problemas también con la Dirección?

- Sí. Había una polarización creciente en todos los sectores y en el Santiago College esto era particularmente evidente. Los momios consideraban al gobierno democristiano como comunista y antipatriótico y actuaban con un odio desmedido contra todo aquello que tocara sus intereses económicos y su dominación ideológica... La verdad es que el calificativo de frustrante para esta experiencia es muy suave. Fue horrible. Hablo de la institución y del ambiente general. Sin embargo, conocimos allí algunas personas muy valiosas, gentes de ideas progresistas que aún siguen siendo amigos nuestros. Además, esta experiencia me ayudó para conocer a la reacción chilena, su análisis de la realidad, cosa que me sirvió bastante para escribir mi novela.

-¿Cómo te afectó a ti esta polarización creciente de ¡a población frente al proceso social y político?

- También me radicalicé, por supuesto. Las medidas tomadas por el gobierno de la D.C. durante los primeros años me parecieron justas y progresistas. No era el socialismo, pero la mayoría de ellas tuvo el apoyo de la izquierda y eran combatidas con odio por la burguesía, que consideraba a Frei como un ente del infierno... El mismo Frei que en septiembre del 73 se arrodillaba al lado de Pinochet y de la camarilla golpista para dar gracias al cielo, mientras el pueblo, en el que había muchos demócratacristianos, era masacrado y Chile se hundía en la larga noche de la dictadura. Bueno, a medida que el gobierno de Frei se derechizaba, yo veía cada vez con mayor simpatía el programa de la Unidad Popular. Un acontecimiento de esos años me conmovió: los guerrilleros que habían peleado junto al Che Guevara, pasaron al Norte de Chile y Allende fue a recibirlos. Para mi eso era una actitud que demostraba bien la consecuencia de Allende. Pero lo que más me entusiasmaba era esa facultad chilena de progresar en paz y libertad, de caminar hacia una sociedad más justa en democracia. En ese sentido el triunfo de la U.P. me pareció algo maravilloso. Además, que para mi fue francamente inesperado. Me impresionaba especialmente la gran libertad de expresión que existía en el país. Realmente era mucho más completa que la que había en los Estados Unidos. La prensa, por ejemplo, representaba a los sectores más variados y antagónicos, con una libertad que algunos calificaron incluso de excesiva. En Estados Unidos, en cambio, todos los diarios dicen más o menos lo mismo. Es una misma ideología con distintos disfraces. En Chile todo el mundo estaba politizado, lo que constituyó también para mi una experiencia nueva. Los trabajadores, los agricultores de los pequeños pueblos, las empleadas domésticas, los estudiantes, todo el mundo hablaba de política y sabia muchas cosas sobre la política. Llegar al socialismo sin violencia era la tesis nueva y esperanzadora que presentaba Chile ante el mundo. Por eso, cuando Allende fue elegido Presidente, la idea de vivir definitivamente en Chile se afirmó en nuestra familia.

- En esa época ustedes ya vivían en Limache. ¿Qué puedes decir de la vida en ese pueblo?

-Nosotros nos habíamos comprado una pequeña parcela al lado del estero de Limache. Era muy linda. Me gustó la vida del pueblo chico, a pesar del dicho "Pueblo chico, infierno grande". No hay que olvidar que Charles Darwin en su libro sobre El viaje del Beagle, afirma que el valle de Limache es uno de los lugares más aptos para la vida en el mundo. Yo vivía en el campo y también en la ciudad, lo que me permitía el conocer a gentes de todas las clases sociales. Yo había aprendido mucho sobre la historia de Chile, conocía gente de todas las tendencias políticas. En un pueblo chico hay siempre una jerarquía social bien establecida. Yo no pertenecía a la clase alta y todo el mundo se confiaba a mi. Los alemanes me contaban sus problemas porque yo era gringa; las empleadas, porque yo tenia fama de mujer comprensiva; los campesinos, porque nosotros éramos también campesinos. Teníamos cabras, limones, fruta, pollitos...

-Ya en esa época le dedicabas a escribir.

-Bueno, yo había decidido dedicarme a la profesión de escritora y estaba comenzando a escribir una novela sobre la época del Presidente Balmaceda. No pude continuar porque vino el golpe y sentí la necesidad imperiosa de escribir sobre lo que estaba pasando. Entonces comencé a escribir Sweet Country. Pero algún día continuaré...

-Después del golpe ¿Qué hacías además de escribir? ¿Cómo era tu relación con la gente?

-Me sentía viviendo una pesadilla. Pero debía sobreponerme porque dada mi condición de norteamericana podía ayudar mucho. En Limache había mucha gente en las prisiones. Conversé con muchos que habían sido torturados. El ruido de los helicópteros y de los disparos nocturnos, la impotencia y la decepción de los pobres, el rostro de los terratenientes ebrios de crueldad, quedaron definitivamente en mi memoria. Los gestos de humanidad y de valentía me llegaron profundamente en esos días de agudizada sensibilidad. Recuerdo a tantos... al Embajador de Suecia, a algunos norteamericanos que eran voluntarios Quakers y Luteranos, gente que ayudaba y defendía a los perseguidos... Recuerdo que mi hija, que era obligada a cantar la Canción Nacional en el colegio de Limache, con esas estrofas de apología a los milicos. Se puso desde entonces muy circunspecta; a los siete años, ya sabía que tenía que desconfiar de los militares.

- Un año después ustedes salieron de Chile...

-Si, no nos obligaron, pero yo estaba enferma de los nervios y quería olvidar ese mundo de injusticia y de crueldad, a pesar de que me daba mucha pena dejar a tanta gente sufriendo. De todos modos, ese año que vivimos bajo la dictadura fue muy importante para mi. Fue una experiencia de vida terrible y hermosa a la vez. Conocí la injusticia y la traición, pero también la solidaridad y la dignidad humanas y aprendí que estas últimas cualidades son las de los pueblos. Sin este contacto con la cruel realidad chilena posterior al golpe, no habría podido escribir mi novela.

-Tú habrías podido escribir un testimonio o un reportaje de lo que viviste en Chile, ¿por qué escogiste una novela?

-Ya dije que yo estaba comenzando otra novela sobre la vida del Presidente Balmaceda, pero a partir del 11 de septiembre no podía pensar, sino en el golpe. Entonces me dije que era mi deber el contar lo que estaba pasando en Chile, pero no sabia cómo hacerlo. Me parecía todo tan terrible y complejo. Un día, una amiga me contó el drama de algunas personas que ella conocía y pensé que podría tomar esas historias simples y dramáticas como base de mi novela. Me parece que una novela es más apta para expresar las emociones y los sentimientos que un reportaje... escribir simplemente la historia o describirla simplemente es una constatación desprovista de humanidad. El novelista, en cambio, recrea la vida, exterioriza y transmite las miserias y las grandezas de los seres humanos... y se trataba precisamente de liberar un grito, de expresar nuestro sentimiento, nuestra protesta... Para mi, el escribir en ese contexto era un acto político de participación en la lucha contra la dictadura.

-¿Tus personajes existieron realmente?

-...Hoy creo que son ficticios. Pero todos tomaron la existencia de gentes que yo conocí, de historias vividas. Mis personajes intentan ser una síntesis, una amalgama del pueblo chileno que yo percibía y también de algunos extranjeros como yo que asumieron la tragedia como propia. Este intento de concentrar en un personaje las características generales de un grupo humano, de salir de la anécdota particular, de implicarse finalmente, de tomar posición con el acto de escribir, se opone a la ideología literaria en boga en Estados Unidos, según la cual la verdadera obra de arte debe pretender la individualidad, la prescindencia política. Algunas criticas en Estados Unidos dijeron que Sweet Country es una buena novela "a pesar de contener juicios políticos". Ahora bien, el personaje central es una secretaria de la señora Hortensia Bussi. Yo sabia que la señora Hortensia tenia secretaria, empleadas. Pero yo no las conocía. Entonces, a este protagonista le di las características de gentes que yo conocía. Pero mi personaje central va un poco más allá. Es una metáfora. Esta mujer encarna lo mejor del pueblo chileno. Está casi idealizada en la novela. Algo parecido hice con los otros personajes. Es el trabajo de recreación del mundo del escritor, ese poder sutil y tremendo del poeta, del músico, del creador, del artista.

- La novela se publicó en inglés solamente. ¿Por qué no ha sido publicada en castellano?

- Hay varios motivos. En primer lugar, mi lengua es el inglés. Además, la novela fue terminada en Estados Unidos. Allí pude tener acceso a las informaciones que necesitaba ya que en Chile me fue imposible consultar ciertos documentos, libros y periódicos a causa de la censura que se impuso a las bibliotecas y a toda la producción cultural. Por otra parte, aunque la primera edición se agotó en Estados Unidos, el número de ejemplares vendidos no fue suficiente para interesar a las casas editoriales españolas. En Chile era imposible publicarla, en Argentina también. Se trataba, además, de mi primera novela. Había que encontrar un traductor... Ahora, después de haber recibido buenas criticas de los más importantes diarios norteamericanos y de algunos premios, y además, con la versión cinematográfica, estamos renovando las gestiones para poder publicarla en castellano. Creo que se lo debo a Chile.

-La forma narrativa de Sweet Country no es tradicional. ¿Cómo la concebiste? ¿Cómo se integran los personajes?

- Se podría decir que Sweet Country es una novela abierta, en el sentido que la temporalidad no es lineal. Hay vueltas al pasado y también visiones del futuro. Hay mucha descripción. Las reflexiones de los personajes, la visión que tienen de los acontecimientos que los sacuden, experimentan transformaciones y pasan por diferentes etapas, a veces se contradicen; pero es una búsqueda de luz, de una luz cuya fuente es Chile. Una de las cualidades de la novela parece ser, precisamente, la existencia de un clima de una cierta extrañeza, en el que no existe una verdad absoluta. Lo que sucede está marcado por una ambigüedad, como en la vida. Es una ambigüedad de situaciones, de verdades mutables. Las perspectivas cambian, se vuelven más complejas...

Creo que esto es necesario en el arte. Pero la visión total y trascendente, la que elige el escritor, la trinchera desde la que lucha, no son ambiguas. Ya el hecho de escribir una tragedia sobre el golpe constituye una toma de posición inequívoca... En cuanto a los personajes, son ellos los que imponen esta estructura narrativa. Son seres que luchan, que temen, que cambian, que se oponen y que al fin y al cabo se complementan. Lukács decía que los personajes de una novela no deben ser famosos, pero que deben conocer a las gentes famosas, para reconstruir la historia de muy cerca y libremente. Yo creo en eso. Mi personaje central, Eva María, es una chilena que se amalgama en una metáfora con Chile: joven, inteligente y fuerte, pero vulnerable. Los otros actores de este drama hablan y reflexionan de ellos mismos y también de los demás, lo que crea un contrapunto en el que lo esencial, más que diluirse, se vuelve complejo y consistente.

- La forma narrativa es libre, pero el lenguaje es elevado...

- Es que el lenguaje forma parte de esta metaforización de la que he hablado. Los personajes son como Allende, como la clase media intelectual, con pensamientos profundos y bien expresados. La novela no es proletaria, ni sus personajes, pero esto no le quita validez porque también es relativo. El proletariado está contenido también. Es que ese lenguaje es mi forma de expresión novelística. Sweet Country es una tragedia en la que los personajes y los acontecimientos pretenden tener una significación trascendente. No son ni exclusivos ni excluyentes ni privados. Pero este lenguaje integra también palabras que tienen una resonancia, un color típicamente chilenos y de las que mi novela no podía prescindir. Confeccioné una lista de varias decenas de palabras: ají, terremoto, palta, rodeo, momio, tinto, congrio, etc. Son palabras que están adscritas indisolublemente a la significación de lo chileno.

-De todo lo que supone la creación de una obra literaria, ¿qué fue para ti lo más difícil?

- Creo que fue la descripción de las torturas... las escribí respetando escrupulosamente el relato de personas que las sufrieron personalmente. Pienso que es lo más terrible que he escuchado jamás... Es que el acto de escribir es volver a recrear los hechos, es como volver a vivirlos, es, en cierta manera, sufrirlos en carne propia. Es meterse en el alma del torturado y del torturador...

- A raíz de tu novela creo que has tenido oportunidad de dar algunas charlas sobre Chile en Estados Unidos.

- Han sido en realidad muchas las charlas y las conferencias y en diferentes lugares de Estados Unidos. He sido invitada por diferentes grupos e instituciones: comunitarios, sindicales, universitarios, religiosos. Entre todas las instituciones norteamericanas, las iglesias, sean Evangelistas, Metodistas o Católicas son las más progresistas. Debo decir que en todos esos lugares, existe una solidaridad extraordinaria con la lucha contra la dictadura chilena. Esto me ha dado la ocasión de conocer y trabajar junto a gente excepcional, como Penny Lernoux, Joel Gajardo, Isabel Letelier...

-¿Cómo ves tú el futuro próximo de Chile? ¿Sigues creyendo que se puede acceder al socialismo por la vía pacífica?

-La verdad es que no quiero aparecer como ingenua con respecto a la política. El desarrollo del proceso chileno, sobre todo durante el periodo de la Unidad Popular, me entusiasmó y me dio esperanzas de que era posible una sociedad socialista por la vía de las elecciones. Pero eso no quiere decir que esté siempre contra toda violencia en toda circunstancia, especialmente si ésta es justificada por intereses del pueblo chileno. Como mucha gente, como la mayoría de los chilenos, yo prefiero la vía pacifica, pero no al precio de humillar y masacrar indefinidamente a la gente y destruir el país. Porque la gran mayoría creyó en la paz y la libertad para construir el futuro es que el caso chileno despertó tal expectativa en el mundo entero. Era una experiencia inesperada, fascinante. Y yo no estoy segura que lo que pasó en Chile demuestre que es imposible el paso al socialismo por la vía pacifica, porque a las presiones y la ayuda del imperialismo, al complot de la burguesía y a la traición de las Fuerzas Armadas, hay que sumar algo que también fue decisivo y que fueron los errores y más que eso, las disidencias en el seno del gobierno de la Unidad Popular. Mucho se ha hablado y escrito sobre eso, las autocríticas han sido numerosas y honestas, pero es una situación que todavía no podemos superar. Las lecciones de la historia son duras de aprender y de asumir. Después de doce años de dictadura, el consenso mínimo para expulsar a Pinochet y su camarilla no se logra. Todavía las divisiones parecen insuperables en un momento en que muchos caprichos políticos son injustificables. La unidad que vive la base del pueblo chileno no se ve asumida ni apoyada por todas las dirigencias políticas y eso constituye el mejor pilar de la dictadura. Pero también es una responsabilidad histórica de los dirigentes. Afortunadamente, aún la esperanza no se pierde... ya ves que hablo como una verdadera chilena...

-¿Quieres regresar a Chile?

-Por supuesto.

-¿Ahora, a pesar de la dictadura?

-Ahora... No sé... No estoy muy segura. Es que ya fuimos de visita en 1980 y encontramos un país tan cambiado. Doce años de dictadura y de represión han hecho estragos. Quisiéramos quedarnos aquí en Québec por ahora, pero no es posible. Debemos regresar a Estados Unidos y la idea no nos seduce mucho. No tenemos interés de vivir bajo el gobierno de Reagan, sostenedor de Pinochet y reaccionario como él. En Chile tenemos una parcela que es tan bonita. En Limache, "el mejor lugar del mundo". Y están nuestros amigos, nuestros años mejores. La unidad por la democracia tendrá que lograrse muy pronto. Mi sueño es volver a Chile en un día de libertad, a comenzar de nuevo, a colaborar modesta pero decididamente en la reconstrucción moral y material, a llenarme los ojos de murales y los oídos de cantos, a caminar sin temor por las calles... ¿Sabes? Como para apurar un poco el momento, para empujar la realidad, he comenzado a escribir unas meditaciones sobre la filosofía histórica de unas palabras pronunciadas por el Presidente Allende: "Así se escribe la primera página de esta historia. Mi pueblo y América escribirán el resto"...


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03